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jueves, 27 de julio de 2023

Arthur Schopenhauer: El arte de tener razón

Idioma original: Alemán
Título original: Eristische Dialektik: Die Kunst, Recht zu behalten
Traducción: Luis Fernando Moreno Claros
Año de publicación: 1864
Valoración: Recomendable para interesados

El arte de tener razón (también conocida como Dialéctica eurística) es una obra de Arthur Schopenhauer publicada póstumamente. Se aleja de la metafísica que caracterizó la aportación de juventud del autor y se centra en una filosofía más práctica. No tiene, a mi juicio, el nivel de refinamiento de otros trabajos del pensador, ni en forma ni en fondo. Aun así, no sólo es intrínsecamente interesante, sino que sigue siendo relevante a día de hoy. 

¿De qué trata? Básicamente (y dejando de lado apartados menos enjundiosos), ofrece 38 estratagemas con las que imponerse en un debate. No son particularmente éticas, pero, según Schopenhauer, el hombre recurrirá, dada su «maldad», a toda clase de «astucias, ardides y bajezas» en una discusión, por lo que uno debe enfrentar al enemigo en igualdad de condiciones.

En efecto: para Schopenhauer, «si fuésemos honestos por naturaleza, intentaríamos simplemente que la verdad saliera a la luz en todo debate, sin preocuparnos en absoluto de si ésta se adapta a la opinión que previamente mantuvimos, o a la del otro; eso sería indiferente o, en cualquier caso, algo muy secundario.» Sin embargo, no suele ser así; tendemos a embarrar los intercambios de ideas, hasta tal punto que no los empleamos para acercarnos a la verdad, sino para salir victoriosos. 

En este sentido, remarca el filósofo que «la verdad objetiva de una tesis y su validez en la aprobación de los contrincantes y los oyentes son dos cosas distintas. (Hacia lo último se dirige la dialéctica).» Después añade que «Quien queda como vencedor de una discusión tiene que agradécerselo por lo general no tanto a la certeza de su juicio al formular su tesis como a la astucia y habilidad con que la defendió.» 

Y por esto considero que El arte de tener razón es no sólo reivindicable, sino que de rabiosa actualidad. En una cultura del debate pueril, los zascas, las cámaras de eco y los memes simplificados, incluso los portadores de la verdad (o, mejor dicho, de tesis más próximas a la verdad que su rival) se ven obligados a pelear como salvajes. 

Ojalá viviéramos en un mundo perfecto, en el que los individuos cercaran las verdad. Ojalá fuera posible hacer caso a la sensatez de Mark Twain cuando sostenía que «Nunca discutas con un idiota. Te rebajará a su nivel y te ganará por su experiencia». Ojalá pudiéramos respetar al propio Schopenhauer, que advierte que, al debatir, «ambos contrincantes deben estar igualados en cuanto a cultura e inteligencia. Si uno de ellos carece de la primera, no entenderá todo (...). Si carece de la segunda, el rencor que sentirá por ello le instigará a actuar deslealmente con astucia o groseria.» 

Lamentablemente, en el infierno fanático, tribal y polarizado que nos ha tocado en suerte no nos podemos permitir semejantes lujos; uno no puede ser excesivamente selectivo, íntegro o riguroso al debatir contra dogmáticos, tribalistas y prejuiciosos que siempre van a la defensiva y cuya autocrítica brilla por su ausencia.

Porque debéis tener claro que estamos encerrados en un enorme manicomio, rodeados de gente con la que debatir es igual a desafiar a una paloma en un juego de ajedrez. «La paloma no hará sino tirar todas las piezas y defecar en el tablero para luego volar, cantando con orgullo su victoria y dejando atrás todo el desorden y la suciedad que otros tendrán que limpiar.» Eso afirmaba Ece Temelkuran sobre debatir con Donald Trump. Mas, no por ello debemos agachar la cabeza y fingir que esa clase de gente no existe y sus palabras carecen de impacto. Lo siento, Temelkuran, pero no basta con rebatir y criticar desde la distancia a ese tipo de personas; hay que debatir. 

E insisto: no es la «dialéctica» la que determina «la verdad objetiva de una tesis», así que no hace falta sobredimensionar la importancia de «la aprobación de los contrincantes y los oyentes». Los debates son lo que son, y exigirles una probidad o precisión a los que, como formato, no se prestan, es ingenuo.

En fin: no abordaré cada una de las estratagemas prescritas por Schopenhauer individualmente, porque algunas se solapan o pueden inferirse de otras (por ejemplo, la 4 y la 9, o la 8 y la 38). Sólo señalaré que, en general, me parecen sumamente eficaces. Asimismo, remarcaré que las hay ilustradas con ejemplos, e incluso se nos da herramientas para evitar o contrarrestar un buen puñado de ellas. 

Llegados a este punto, dejad que alabe la edición de El arte de tener razón publicada por Acantilado. La introducción, a cargo de Luis Fernando Moreno Claros (responsable también de la traducción y las notas), es un tanto dispersa, pero muy exhaustiva y esclarecedora. Moreno Claros hace una labor encomiable al contextualizar la obra: establece referentes, la sitúa cronológicamente, sugiere cuáles pudieron ser sus gérmenes… 


Libros sobre Arthur Schopenhauer en ULAD: Arthur Schopenhauer, En presencia de Schopenhauer

sábado, 12 de noviembre de 2022

David L. Carlson & Landis Blair: El accidente de caza

Idioma original: inglés

Título original: The Hunting Accident: A True Story of Crime & Poetry

Año de publicación: 2017

Traducción: Víctor Manuel García de Isusi

Valoración: entre recomendable y está bien

En 1959 el niño Charlie Rizzo vuelva a Chicago junto a su padre tras haber partido unos años antes con su madre, ahora fallecida. El padre de Charlie es ciego, debido supuestamente a un accidente de caza cuando era joven, y bastante peculiar para el ambiente en el que vive: se dedica a redactar en braille un libro basándose en los más grandes poetas de la literatura y a tratar de inculcar en su hijo valores estéticos y filosóficos. Pero cuando llega a la adolescencia , esta educación contrastará con el influjo de las calles de Little Italy, donde viven y Charlie se juntará con compañías poco recomendables. Además, a partir de cierto incidente, éste descubrirá la verdad sobre la ceguera de su padre, quien tratará de convencer a su hijo para que no se deje arrastrar por el mal camino.


Estamos pues ante una novela -gráfica, en este caso- de ésas entrañables, conmovedoras y no poco aleccionadoras: padre ciego, hijo díscolo, barrio italiano... vamos, con estos elementos hasta hace no mucho se podía haber hecho una peli la mar de chula con De Niro o Pacino de protagonista... Ahora bien, la historia da un giro y se convierte en una compleja narración carcelaria, que sigue un paralelismo -o más que eso- con el Infierno de Dante y con una improbable amistad como único seguro, bastante endeble, contra la tentación del suicidio. Todo ello jalonado con páginas en las que Charlie se dedica a leer párrafos del libro que su padre ha escrito durante años y que no son, precisamente, una muestra de literatura ligerita: además de mostrar un estilo un tanto rebuscado, tratan también de las dudas de un personaje al borde del suicidio.

Como se ve, y aunque se desarrolle en gran medida en una cárcel, no nos encontramos ante un cómic "de evasión" (perdón por el chiste, sé que es muy malo); por el contrario, nos hayamos ante una historia de ánimo ejemplificante y hasta trascendente, que puede parecer incluso un poco excesivo... hasta que te enteras de que está basada en personajes y sucesos reales. Esta gravedad, pues trata temas como la culpa y el remordimiento, la responsabilidad y el libre albedrío, la paternidad, la amistad e incluso el poder regenerador de la lectura, contrasta un poco con el estilo de dibujo de Landis Blair, que recuerda un poco al de Kim (aunque también es cierto que ni El arte de volar ni El ala rota son libros para "pasar el rato"), aunque trazado con una profusión de líneas finas que recuerda  también el estilo de otra ilustradora de Chicago, Emil Ferris. Destaca también su gran ambición a la hora de componer las páginas o las dobles páginas. 
Las ilustraciones, en todo caso, sirven para suavizar un tanto la historia, que, pese a tener algún momento que otro más distendido, no es precisamente una fiesta flamenca... lo que no significa -muy al contrario- que no deje un espacio para la esperanza y la redención. Incluso del peor de los criminales.


martes, 26 de abril de 2022

Salman Rushdie: La decadencia de Nerón Golden

 Idioma original: inglés

Título original: The Golden House

Año de publicación: 2017

Valoración: Imprescindible



Tardaré en reponerme de una lectura como esta, en el buen sentido, claro. Ya he comentado mi admiración casi incondicional por Salman Rushdie. ¿Salman o Nerón, por dónde empiezo? Creo que dejaré volar las teclas y que ellas decidan. Este espacio literario que he habitado durante casi veinte días, ¿o debería admitir que me ha abducido? es una de las pocas lecturas dónde me gustaría irme a vivir, al menos por una temporada. No es que aspire a compartir las experiencias de los personajes, ni hablamos de un idílico lugar donde pasar las vacaciones, es más bien como… lo que hace el narrador (y personaje relevante) de esta compleja trama. Observar, incluso espiar, acercarse o alejarse según conveniencia, incluso mimetizarse a veces y hasta participar en la acción según convenga. Pero sin tener que involucrarme tanto como él, ya que René, al fin y al cabo, vive realmente ahí dentro y no puede permanecer siempre al margen, en cambio el estatus de lector me protegería de cualquier salpicadura ocasional. De René hablare más adelante, él es quien explica los hechos pero detrás de él, y de todos los demás, está la mano expertísima de un escritor que sale y entra de la realidad según le convenga con toda naturalidad y un punto de arrogancia que le perdonamos porque puede permitírselo.

Comprendo que a muchos no acabe de atraerles ese simbolismo constante, la fusión de realidad y fantasía, un sarcasmo que utiliza lo esotérico, la mitología, la confrontación real/irreal junto a la realidad más cruda para hacer una feroz crítica social. Y esa ausencia de cortapisas, su costumbre de dar rienda suelta a una imaginación desbocada así como el señalamiento de nuestros defectos y vicios con la mayor crudeza posible tiene poco de comercial. No es fácil leer la obra de Rushdie porque exige un esfuerzo constante y, de alguna forma, nos arañan por dentro. Hasta yo, que he disfrutado tanto con sus novelas, tuve que abandonar una de ellas porque tanta alegoría me sobrepasaba una poco. Pero aquí se da un cambio apreciable: no existen dos planos, el argumento es absolutamente realista, las pinceladas de irrealidad son un mero adorno, una rúbrica de autor. Encontramos también más humanidad, afecto hacia los personajes, valores positivos, planteamientos éticos directos, empatía, incluso amor del bueno (y de varios tipos) junto a la crueldad, dolor e injusticia que suponen una llamada a la catástrofe y que no pueden faltar en este autor sin desvirtuar su auténtica esencia. Así que, en caso de estar dispuestos a abordar sus más de quinientas páginas, no se lo piensen mucho y conozcan a este Nerón Golden y a toda su familia. Van a disfrutar y a sufrir, van a amar a unos y odiar a otros. Y eso es lo que se espera de esas grandes historias cuya mayor virtud es, quizá, su capacidad de engancharnos a poco que estemos disponibles.

El acaudalado industrial del título se ha metamorfoseado junto con toda su familia, cambiado de nombre, nacionalidad e idioma. Su identidad, pues, es otra. (Este tema de la identidad, en sus diferentes facetas (religión, estado, sexo etc,) se contempla a lo largo de estas páginas, con mayor o menor detalle, desde varios ángulos distintos. Aunque originarios de la India, sus nombres de pila están todos tomados de la Roma clásica (Petronio, Apuleyo, Dioniso y Vespasiano son los nombres de sus hijos por orden de edad, su autor sabrá el por qué de este guiño entre tantos). Me consta que le interesa situar en primer plano la tragedia griega, ¿será esa la razón por la que habla todo el tiempo de romanos? El mundo clásico, es cierto, está muy presente, pero también la mentalidad y política estadounidenses, vida y fisonomía de Nueva York, hechos históricos, el arte, lo hindú, problemáticas recientes –como la absurda polémica del género fluido, que el autor acaba resolviendo con su lógica implacable sin eludir el dramatismo que implica–, haciendo gala de una erudición más sorprendente aún si pensamos que abarca los mundos oriental y occidental y en ambos parece sentirse igualmente cómodo. 

“Tendríamos que haber adivinado que un hombre que se había puesto el nombre del último de los Julio-Claudios de Roma y luego se había instalado en una domus aurea estaba reconociendo públicamente su propia locura, sus fechorías, su megalomanía y su inminente final trágico, y también riéndose en la cara de todo aquello; un hombre así estaba arrojando un guante a los pies del destino y chasqueando los dedos en la cara de la Muerte al acercarse esta…”.

En India, Nerón había perdido a su primera mujer, víctima de un terrible atentado, pero no tardará en aparecer Vasilisa, la cazafortunas joven, bella y arpía (¡cómo no! otro mito que no podía faltar), cuyo papel es fundamental en el desarrollo de los hechos. Y si la riqueza atrae a los ambiciosos, el culebrón que acabo de esbozar es un imán para un joven creador, el mencionado René, vecino de la cómoda zona residencial donde viven, que cree haber encontrado en la Casa Dorada el guion perfecto para triunfar en el mundo del cine. Como solo conocemos su punto de vista, forzosamente tiene que caernos bien, aunque su hipocresía sea más que evidente para el lector y gracias a ella capte la confianza de los Golden y de todo su entorno. El desarrollo no es lineal, abundan los cambios de registro, la alternancia entre primera y tercera personas, apuntes para ese futuro guion, flash backs ocasionales y digresiones varias. Historias dentro de historias, metaliteratura como ingrediente indispensable que no puede faltar en un guiso cocinado por Rushdie. Los recuerdos de Nerón Golden, en plena decadencia y cercano ya el desenlace, servirán para dar sentido a todo lo anterior, gracias a sus confidencias comprendemos que la clave del misterio se encuentra en la mafia. Como todo ese material está en manos de un narrador que, además, es cineasta, imaginen cuántos títulos y escenas salen de su cabeza y se convierten en el vehículo que da forma a su relato. 

El climax de la acción tiene lugar en la época inmediatamente anterior a las elecciones que acabará ganando Trump, y que René vive con auténtico pavor como ciudadano y como documentalista cuyo principal deber es informar. La gran tragedia griega que se venía anunciando culmina finalmente, de todo aquel esplendor solo quedan las cenizas, y sin embargo, sorprendentemente, se produce cierta justicia. Poética, no religiosa, no se premia a los buenos y se castiga a los malos, muchos malos caen, también algunos buenos, tal como sucede en la vida, pero unos pocos, por sorprendente que parezca, pueden disfrutar de un final feliz.

Traducción: Javier Calvo

También de Salman Rushdie: Dos años, ocho meses y veintiocho noches, Los versos satánicos

martes, 5 de octubre de 2021

Kim: Nieve en los bolsillos. Alemania 1963

Idioma: español (y alemán)

Año de publicación: 2018

Valoración: recomendable

Es curioso (aunque quizá tristemente previsible) cómo en países que han sido formado por oleadas de emigrantes, como es el caso de los EEUU o que han tenido una larga tradición de inmigración, como casi todos los de Europa, haya prendido hoy en día con cierta fuerza las ideas y prejuicios contra la emigración que reciben actualmente, (a veces incluso pegándose un tiro en el propio pie, como vemos que ocurre en el Reino Unido). Por lo que respecta al caso español, y dejando aparte la salida de muchos profesionales cualificados a partir de la crisis del 2008, viven aún muchos de los cientos de miles, quizá millones, de ciudadanos que en la década de los 50 y sobre todo 60 y 70 salieron a trabajar a diversos países europeos más industrializados, como Alemania, Francia, Holanda, Suiza... evidentemente no en patera, pero sí en tren o en interminables viajes en autobús y en no pocos casos con una mano delante y otra detrás o sin posibilidades de volver a su tierra, por diferentes motivos. Y no siempre de manera regularizada o "legal", hay que decir, por más que eso fuera lo que vendía el franquismo.

Uno de ellos fue un joven Joaquim Aubert, conocido posteriormente como Kim, célebre dibujante del desopilante Martínez el facha y de las aclamadas novelas gráficas con guión de Antonio Altarriba, El arte de volar y El ala rota, que en 1963 dejó sus estudios de Bellas Artes y, antes de tener que incorporarse al servicio militar, pasó un año en Alemania, en principio para trabajar y ganar algo de dinero, pero que, sobre todo, se convirtió en una experiencia vital al convivir con muchos de estos emigrantes españoles. En realidad, el  joven Kim se dedicó a alternar ocupaciones esporádicas -debido a que carecía de permiso de trabajo- con labores artísticas en el albergue de Remscheid donde vivía junto a otros muchos emigrantes. Llevándose insólitamente bien entre ellos, por cierto, lo mismo que con la mayoría de los, por lo general, agradables y hasta simpáticos nativos. Sin olvidar los acercamientos eróticos con las nativas, que también los tuvo..


Lo más interesante de esta novela gráfica/memorias de juventud no son, empero, las peripecias que le van pasando al protagonista,  sin, por una parte, los compañeros que va encontrando en su aventura y que le van contando sus historias y las razones que les impulsaron a dejar España, además de las económicas: un campesino analfabeto, un boxeador, una chica que huye de su padre, un desertor, un tonadillero homosexual, un abogado infiel... Entre todos, van trazando un retrato del país real, harto diferente a aquel encorsetado y monolítico que pretendía el régimen gobernante. Amén de que, nos viene a decir la historia, por encima de las diferencias de clase, educación o de personalidad está la humanidad que nos hermana y los infortunios compartidos, que también unen bastante...

Por otro lado, quizás aún más interesante del libro sea que nos enseña cómo vivían, trabajaban, se divertían -o se aburrían-, soñaban... aquellos emigrantes que, más allá de alguna película o libro puntuales, o la famosa canción de Juanito Valderrama, apenas han sido retratados y menos aún sin caer en el tópico, en nuestro imaginario cultural (y no muy diferentes, es de suponer, de los inmigrantes con los los que hoy nos cruzamos en nuestras calles). Es estupendo que se haya hecho en esta novela gráfica que va enganchando según se avanza en su lectura, gracias a unos personajes entrañables, un dibujo de trazo amable y un humor empático, lleno de comprensión e incluso ternura. Un libro como mínimo recomendable, pero que hasta sería deseable que leyera todo el mundo.


También de Kim y reseñado en Un Libro Al Día: El arte de volar

viernes, 26 de enero de 2018

3x1: Museos, Historietas Y Viceversa


A estas alturas, creo que todos convendremos en considerar al cómic -llamémosle tebeo, BD o fumetti- como una más de las artes -¿la octava, quizá?- o, cuando menos, una afortunada combinación entre dos de ellas. En todo caso, quienes sí parecen tenerlo claro son algunos de los más importantes museos del mundo; no sólo porque en ellos se programen exposiciones sobre este género (como la que ahora mismo hay en el Reina Sofía de Madrid dedicada a George Herriman, creador de Krazy Kat), sino porque algunos incluso han decidido implementar joint-ventures editoriales para optimizar la sinergia resultante de esta suerte de coworking artístico-conceptual (vale, pido perdón por la gilipollez de esta frase, pero no me he podido resistir...); es decir, en plata: que ciertos museos han comenzado a publicar cómics, de reputados autores, eso sí, relacionados precisamente con su actividad museística o alguna de las obras que en ellos se exponen.


Autor: Nicolas de Crécy
Título: Periodo glacial
Idioma original: francés
Título original: Période Glaciaire
Año de publicación: 2005
Traducción: Ana Millán
Valoración: entre recomendable y está bien


El museo pionero en esta práctica, que yo sepa, fue el del Louvre (cómo no, dada la categoría y respeto que se le concede en Francia a la Bande Dessinée), habiendo participado en esta iniciativa autores tan reconocidos como Enki Bilal o Jiro Taniguchi. O quien abrió en 2005 esta serie de coediciones de cómics relacionados con el museo: el sorprendente y exquisito Nicolas de Crécy, precisamente con este Período glacial, original historia postapocalíptica en la que un grupo de exploradores-antropólogos, ayudados por una especie de híbridos parlantes entre perro y cerdo -como el romántico Hulk-, recorren una Francia convertida en blanquisa en busca de los escasos restos de la civilización actual... ¿Hasta dónde llegarán en su pesquisa? Ya, ya lo sé; no es muy difícil de adivinar... ; )

El resultado es una obra deliciosa y con el peculiar toque lindante con lo surreal que caracteriza a este autor. Como mínimo, una propuesta interesante y recomendable, sobre todo para los amantes del cómic galo.




Autor: Étienne Davodeau
Título: El perro bizco
Idioma original: francés
Título original: Le chien qui louche
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien


El perro bizco, de Étienne Davodeau también pertenece a la serie publicada por las ediciones del Museo del Louvre en colaboración con Futuropolis, aunque en este caso el registro cambia: está ambientada en un prosaico presente y la ironía melancólica del cómic anterior se convierte en un humor mucho más evidente, casi con la tierna socarronería de las películas de Jacques Tati. Aquí el protagonista es Fabien, un vigilante del museo -muy divertida la relación que los celadores mantienen con las obras y con los visitantes que las contemplan- que debe atender a la "sugerencia" de la familia de su novia Mathilde, el irreductible clan Benion, de colgar en el mismísimo Louvre un cuadro horrendo pintado por un antepasado con ínfulas artísticas: "El perro bizco", claro... obra que hace honor a su nombre. El pobre Fabien se ve en un aprieto fácil de imaginar, hasta que recibe una ayuda inesperada, que no desvelaré. Una BD divertida y hasta tierna, aunque no deja una huella demasiado profunda, hay que reconocer...



Título: El perdón y la furia
Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: está bastante bien

Este tercer cómic, sin embargo, está editado por el Museo de Prado, pinacoteca que también se ha sumado a esta práctica editorial, pero relacionándola con exposiciones que se hacen en el Museo (habiendo sido así su primera Historieta publicada El tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana), de Max, con motivo de la exposición que celebraba el V centenario de El Bosco). Este otro cómic, El perdón y la furia, está dedicado a José de Ribera y cuenta la historia de un artista llamado Osvaldo González,  obsesionado hasta la locura con la obra de este pintor; en concreto con el conjunto llamado Las furias, encargado por el virrey de Nápoles en 1632, y que él relaciona con el Speculum redemptionis, la Geometría Mágica y otras sesudeces de las que sin duda se han informado bien los autores del libro.  Autores que son, Altarriba y Keko, además de otra historieta, Yo, asesino que comparte con este cómic no sólo una afinidad temática, la relación entre el arte y el crimen -aunque aquí no todo es lo que parece- sino también la misma técnica gráfica, a base de violentos claroscuros, en puro blanco y negro, aderezados tan sólo por la violencia del color rojo.

Los admiradores de esta pareja de guionista-ilustrador no se verán decepcionados, pero para los que no las conozcan, quizás sea mejor empezar a leer otraas obras de Altarriba, como la ya mencionada o la excepcional El arte de volar.


En fin, no sé hasta qué punto esta y otras iniciativas semejantes conseguirán que los no aficionados al género se interesen o simplemente respeten un poco más los cómics. O consigan que quienes no suelen entrar en un museo se acerquen de vez  en cuando a uno. Pero ojalá ocurriera alguna de las dos cosas o ambas. Porque de hecho, no hay por qué elegir entre la "alta cultura" y la cultura popular: una puede disfrutarse tanto como la otra. O viceversa.


Otras obras de Antonio Altarriba y Keko reseñadas en Un libro Al Día: Yo, asesino, El arte de volar 

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del año: El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del año: Coronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del año: Continente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganas: Locus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatado: Reivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF: 

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


jueves, 30 de abril de 2015

Antonio Altarriba & Keko: Yo, asesino

Idioma original: español (creo)
Título original: Moi, assasssin
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Otra cosa tal vez no, pero desde luego este libro deja bien a las claras desde su título y aún más desde su magistral primera página, de qué trata: pues de las andanzas de un asesino, claro, contadas por él mismo. No un asesino a sueldo ni un terrorista obediente a su Causa, ni un homicida "pasional" (¿os acordáis de aquel "romántico" eufemismo, en boga hasta hace no demasiado tiempo?): hablamos de un asesino psicópata, frío y sin motivos aparentes. Pero nada del típico asesino en serie que destripa a sus víctimas o deja una firma reconocible para que le trinque la policía, más pronto que tarde; nuestro asesino es "en exclusiva", como dice él, mata por puro placer y para satisfacer una inquietud estética. Es más, se toma cada uno de los asesinatos como una obra de arte diferente, como una performance con la que trasmitir un mensaje conceptual, aunque sea poco discernible y aun permanezca oculto para la mayoría de la gente. Porque el asesino protagonista, Enrique Rodríguez, es además profesor de Historia del Arte de la Universidad del País Vasco y ha desarrollado toda una tesis sobre el "arte del sufrimiento" en la que se basa su exitosa carrera académica.
Y aquí debo hacer una aclaración: aunque como lector soy bastante aficionado a la novela negra o policiaca, no es que yo tenga un especial interés en este tipo de personajes, asesinos psicópatas, de los que, por otra parte, en los últimos tiempos hemos sufrido una saturación en películas, series, novelas y hasta ensayos sesudos. Mi interés por esta novela gráfica /cómic -o  lo que se diga- viene en gran parte motivada porque la ciudad en la que se desarrolla gran parte de la historia ha sido -y aún es en buena medida-  también mi ciudad. Y es más, yo estudié en la Facultad universitaria donde da clase el asesino de la historia, hasta que fui injustamente expuls... bueno, ejem, dejémoslo. Digamos que es mi alma máter y conozco perfectamente sus pasillos y departamentos, que salen aquí plasmados. Lo que no conocí entonces, lo puedo jurar, es a ningún profesor asesino, aunque sí a más de uno al que me hubiera gustado... en fin, corramos otro estúpido velo... Bueno, para acabar el "momento Cuéntame" de hoy, explicaré que, para más regocijo, resulta que el guionista de este cómic/novela gráfica, Antonio Altarriba, también es profesor en esa misma Facultad (no de Historia del Arte, por suerte); imaginemos jocosos comentarios y el desinhibido ambiente que puede haber generado allí la publicación de este libro... Quizás previendo ciertas suspicacias -y también como una broma privada, al parecer- el dibujante Keko creó al asesino como un retrato exacto del guionista Altarriba. Lo que, por otro lado, ha resultado ser un acierto: resulta perfecto como plasmación del asesino Enrique Rodríguez, inconcebible con otro aspecto antes incluso de acabar de leer el libro.
Ya puestos, hay que hacer una especial mención al magnífico trabajo gráfico de Keko: no se trata sólo de ese estupendo dibujo en blanco y negro (y los toques de rojo, allí donde se requiere este color... adivinad dónde), minucioso para la ambientación (disfrutarán en especial quienes conozcan la ciudad de Vitoria, pero también aparecen otros escenarios: Madrid, París, Valladolid, Salamanca...) y expresionista al hora de tratar los personajes. No soy un aficionado exhaustivo de las novelas gráficas o cómics, pero su trazo me ha recordado a clásicos maestros del claroscuro como Will Eisner, Alex Toth y, sobre todo, el  Frank Miller de Sin City. O el Taxista de Martí, aparecido en la legendaria revista El Víbora. Sin olvidar que, aparte del tenebrista pero adecuado uso de luces y sombras, destaca la sabia planificación y montaje de las escenas... algunas de ellas especialmente delicadas, puesto que narran asesinatos truculentos, pero que este dibujante resuelve de forma magistral.
Al estar contada desde el punto de vista del asesino, éste nos va ilustrando a lo largo de toda la historia de las razones que justifican sus actos criminales. Al tratarse de un inteligente profesor universitario, el discurso está bien cimentado, aparte de que aparecen continuas referencias, tanto visuales como literarias, a la relación entre la violencia y el arte, comenzando  por el célebre libro de Thomas de Quincey El asesinato como una de las Bellas Artes (no aparece, sin embargo cierta referencia  de la cultura popular actual que, no por obvia, me parece menos pertinente: la del inefable personaje Hannibal Lecter. Aunque  no me refiero al dr. Lecter sujeto con el bozal o que se dedicaba a comerse el hígado de sus víctimas, sino al que, después de mostrar en una conferencia como fue el horcamiento de los Pazzi, en el siglo XV, reproduce el acto con su siguiente víctima); es más, el profesor Rodríguez no sólo considera como artísticas sus acciones, sino al asesinato gratuito como un actos verdaderamente revolucionario, a diferencia de los que matan amparándose o al servicio de una ideología -y aquí la inserción de un atentado de ETA no es mero recurso de la ambientación- o por servir a intereses espúreos, por interés personal. Nuestro asesino mata "por amor al arte" -son sus palabras- e incluso como una reivindicación de su individualidad y de sus instintos reprimidos por la sociedad y el Estado, que aceptan y fomentan ciertas formas de violencia mientras persiguen otras que escapan a su control. Incluso lo que parece insinuarnos esta historia es que el riesgo quizás no esté tanto en considerar el asesinato como un tipo de arte, sino que puede estar en considerar el arte -según qué arte, de quién y por quién- como un tipo de crimen.
Claro, que también todo este discurso puede verse como una elaboración intelectual del personaje, destinada a justificar -ante sí mismo, sobre todo- el sucumbir sin resistencia ante sus impulsos criminales. Y eso que el asesino de la historia, no es sólo una fría máquina de matar -y éste es uno de los aciertos del guión de Altarriba-, sino un tipo con sus problemas laborales, sentimentales y existenciales (casi se diría que está en plena crisis de la mediana edad). Incluso llega a parecernos una víctima él también, en este caso de las consabidas intrigas entre colegas universitarios y académicos... La empatía que él no parece sentir por los demás, acabamos sintiéndola los lectores por este asesino, que acaba por hacerse entrañable, de tan magistralmente que lo han construido los dos autores de este libro.


Nota aclaratoria: El título original está en francés porque esta novela gráfica se editó primero en Francia, aunque supongo que el idioma en el que se escribió fue el castellano. Digo supongo porque resulta que A. Altarriba es catedrático de literatura francesa, así que entra dentro de lo posible que escribiera el guión directamente en este otro idioma. Je ne sais pas.





Otros libros de Antonio Altarriba en Un libro al día: El arte de volar

martes, 15 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (2)

TOC, por David Villar Cembellín

El acto de leer, a estas alturas lo tengo claro, es un trastorno obsesivo-compulsivo. Obsesivo, porque mentalmente no concibes tu existencia sin lectura o tu mente sin el sumatorio de las mismas; y compulsivo, porque recurrentemente vuelves a los libros como pulsión vital. «El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad», que dijo Picasso en la que puede ser la mejor definición sobre la función de la Literatura.

Así las cosas, recapitulemos: ¿dónde comenzó mi afición de lector? No tengo ninguna duda, el germen tuvo lugar a edad temprana con las historietas de Pulgarcito, un tebeo que devoraba semanalmente y que proporcionó infantil e infinito placer al niño que fui. Por supuesto que a esos Pulgarcitos siguieron otros tebeos: la colección entera de Tintín, de Astérix, Zipi y Zapes, Mortadelos y Filemón, Grandes Aventuras Ilustradas… mi afición lectora se cimentó sobre una sólidas raíces: los tebeos. En mi cabeza sonaban Enrique y Ana.

A posteriori —o paralelamente, no recuerdo— llegaron decenas, quizá centenares de libros infantiles que sacaba casi a diario de la Biblioteca del Colegio de La Salle de Sestao (un abrazo fuerte desde aquí para Míkel, el bibliotecario): allí fueron cayendo desde la colección de Los Cinco (que me volvió loco), hasta los infames Hollister (que nunca me terminaron de gustar, demasiado anglobuenistas), Los tres investigadores, La banda del cuatro y medio, libros de El barco de vapor, la colección entera de los inolvidables Elige tu propia aventura de tapa roja (mis favoritos, La guarida de los dragones y Te conviertes en tiburón), etc. Pero si debo rescatar un libro de mi infancia, aquel fue La historia interminable. Su extensión (400 páginas o´clock), el carácter épico de la aventura que contaba, la multitud de personajes, la tipografía a doble color… aquel ejemplar que mi madre me compró en el Círculo de Lectores fue, sin ambages, mi lectura favorita de aquella infancia tardía. Aún lo es. En la radio sonaban casetes de Duncan Dhu que regalaban con la SuperPop y recopilatorios grabados de Los 40 Prinicpales a los que bautizaba con los originales nombres de “Guay 1”, “Guay 2”, “Guay 3”…

Y en estas llegó mi pubertad, llegó la adolescencia… y digamos que estuve más preocupado/ocupado de otras cosas que de leer. Además, en términos estrictamente crematísticos fue mi adolescencia una época particularmente jodida: fumador precoz, bebedor de fin de semana y aficionado a los tebeos… muchos vicios para 300 pesetas a la semana si las notas acompañaban (que no era el caso, para más inri). Pero, oh, de repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas en mi mano. ¡2000 pesetas!

—Son para sacarte el bono mensual para el tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre.
—Sí, mama —mentía yo.

Y esas 2000 pesetas para el bono mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía ir el resto del mes de colada en el tren, ni tan mal. Así fue como el casi hasta la indigencia misérrimo adolescente de Margen Izquierda que fui —que en el fondo siempre seré— consiguió dinero para seguir comprando cómics (el Spiderman de McFarlane, la Patrulla-X de Claremont…). Mis lecturas de esa época: las Crónicas de la Dragonlance (que me encantaron), El señor de los anillos (que me pareció un tostón ultradescriptivo, aún hoy no trago a Tolkien), los mitos de Chtuluh de Lovecraft, y algún que otro libro de más empaque que iba rescatando de las abigarradas estanterías de mi casa: La ciudad de la alegría de Lapierre, La insoportable levedad del ser de Kundera, Por quién doblan las campanas de Hemingway, Misericordia de Galdós, Tartufo de Moliere, Papillón de Carriere, Réquiem por un campesino español de Sender, La buena tierra de Pearl S. Buck, etc. La verdad es que tenía en mi propio hogar un buen fondo de armario. 

Pero si he de elegir una lectura de adolescencia que me marcó, que me tocó hondo, fue El club de los poetas muertos de N. H. Kleinbaum. Probablemente será una obra menor, o tramposa, o maniquea, pero me da igual, no me avergüenza reconocerlo… en aquel momento quinceañero la leí de un tirón, me habló de mí mismo y agitó mi anterior como ninguna lectura lo había hecho hasta entonces. En mi radiocasete sonaban noche y día A night at the opera de Queen, Violator de Depeche Mode, Disintegration de The Cure y Zooropa de U2.

Y como quien no quiere la cosa, crecí, me hice legal —que no moralmente— adulto, y el cuerpo me pedía más y más. Y entre cosas que me dejaron amigos (La tregua de Benedetti, El camino de Delibes…) y cosas que iba sacando de la biblioteca de Sestao (me divertí mucho cuando descubrí a Bukowski y Fante, me maravillé con Unamuno a través de Niebla, flipé con la trilogía de Auschwitz de Primo Levi…), las lecturas crecían y crecían. Además, gracias a trabajos esporádicos comencé a gozar de cierto escaso poder adquisitivo y pude culminar los imprescindibles de cómics que había ido dejando cojos a falta de vil metal: Watchmen, V de Vendetta, The Sandman, Black Orchid... Los dos más grandes de aquella época fueron sin duda Alan Moore (de quien aún sigo comprando compulsivamente todo lo que hace, de nuevo el TOC) y Neil Gaiman. Todavía conservo los originales de aquellos cómics que editó Zinco por primera vez. En la radio sonaban Guns´n Roses y grupos grunge que nunca me acabaron de convencer del todo, mientras yo descubría a Serrat, a Sabina, a Victor Jara, y me iba de concierto hasta Barcelona para ver a U2 (año 1997, Placebo de teloneros).

Y el tiempo prosiguió. Y con él las lecturas. Y así llegaron los que considero los más grandes. Pessoa y su Libro del desasosiego. Dostoievski y sus hermanos Karamazov (y, ¡oh!, Noches blancas). Scott Fitzgerald y sus hermosos y malditos. Steinbeck y sus uvas de la ira. Céline y su viaje al fin de la noche. Kenzaburo Oé y su cuestión personal. Y los relatos y el teatro de Chejov (mención especial para las líneas finales de El tío Vania y Las tres hermanas). Y la inolvidable disertación amorosa de Carson McCullers en La balada del café triste. Y la siempre hilarante y divertida crítica social de Gogol. Y el realismo sucio y desesperanzado de Thom Jones, Kjell Askilden y Ray Pollock. Y los futuros distópicos de Zamiatin, Orwell y Huxley. Y los alegatos antibelicistas de Trumbo y Vonnegut. Y la eterna espera de Buzzati. Y la lucidez impía de Saramago. Y las historias siempre trágicas y emocionantes de Zweig. Y los justos de Camus. Y las ciudades de Calvino. Y las estrellas de Lem. Y tantos y tantos…

La lista a estas alturas no es interminable, pero sí extensa. Menos de lo que me gustaría, no obstante. También han ido evolucionando mis gustos en cómics, creo, hacia terrenos más europeos e independientes, y en estos años he leído unos cuantos excelentes: Blankets de Craig Thompson, El arte de volar de Altarriba y Kim, la serie de Paul de Rabagliati, el Paracuellos de Carlos Giménez, el siempre seguro de calidad Luis Durán, y muchos más que no tendría tiempo aquí de reseñar. Además, con el tiempo he dado cabida a la poesía, a la que tenía semiolvidada, y he disfrutado como un loco de poetas tan grandes como Pessoa, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvetaieva, Kavafis, Karmelo Iribarren, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Altolaguirre, Kirmen Uribe, y tantos otros que se me estaban escapando —que todavía se me escapan— por pura ignorancia (internet ha sido un cauce muy útil, por cierto, para estos hallazgos). En mi reproductor de mp3 ahora suenan mucho los Smiths y Nacho Vegas, señal tal vez de que a estas alturas me he vuelto un ser más triste, o quizá tan sólo más lastimero.

Pero a lo que vamos: con el carácter ecléctico de siempre, sigo leyendo. Sin un orden, sin un patrón, solo por el placer de leer, y lo seguiré haciendo. Pero sirvan estas líneas, este corolario a esta biografía lectora, como agradecimiento a todos aquellos que lo hicieron posible y sentaron las bases del lector en que me he convertido. Así, quede dicho:

¡GRACIAS A MI FAMILA POR AQUELLOS PRIMEROS “PULGARCITOS”!
¡GRACIAS A MIKEL Y SU BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE LA SALLE DE SESTAO POR EXISTIR!
¡GRACIAS A MI MADRE POR EL EXCELENTE FONDO DE ARMARIO LITERARIO QUE TENÍA EN CASA!
¡GRACIAS A LOS AMIGOS, NOVIAS, COMPAÑEROS DE TRABAJO… QUE COMPARTIERON CONMIGO SUS LECTURAS FAVORITAS!
¡GRACIAS A LOS LIBREROS QUE SUPIERON DESCUBRIRME AUTORES QUE DESCONOCÍA Y A AQUELLOS QUE SUPIERON ENCONTRAR MIS EXIGENCIAS MÁS BIZARRAS! (un abrazo especial para aquel dependiente rastafari de la FNAC-Zaragoza que se equivocó conmigo y se pensó algo que no era cuando le pedí el Maurice de Forster) ;P
¡GRACIAS A LA GUAPA BIBLIOTECARIA DE MUSKIZ QUE NUNCA SE ENFADA CUANDO LE LLEVO CON MUUUUUCHO RETRASO TODOS LOS LIBROS QUE ME LLEVO!
¡GRACIAS A LOS PEQUEÑOS EDITORES QUE ARRIESGAN Y RESCATAN DEL OLVIDO OBRAS QUE VALEN MUCHO LA PENA!
¡GRACIAS A INTERNET, Y SUS DESCONOCIDOS, Y SUS CRÍTICAS, Y SUS BLOGS, Y SUS PÁRRAFOS ESCOGIDOS… QUE SIRVEN DE BRÚJULA PARA TODOS ESOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS!

Gracias a todos, de verdad. Mi trastorno obsesivo-compulsivo está en deuda con vosotros. Pero eternamente agradecido por el mismo, en serio.

domingo, 24 de febrero de 2013

Izaskun Gracia: Artikoa/Ártica


Idioma original: euskera y español (edición bilingüe) 
Título original: Artikoa/ Ártica
Fecha de publicación: 2012
Valoración: Imprescindible

Tras apostar por autores como Raúl Zurita, Valerie Mejer, Andrés Fisher o Reynaldo Jiménez, la editorial Amargord ha acertado una vez más con la edición bilingüe Artikoa/ Ártica de Izaskun Gracia Quintana (Bilbao, 1977). Por un lado, por presentar, tal y como indica Pello Otxoteko en el prólogo a la obra, este grito silente que nace de la ruptura profunda y llega a la fragilidad de la belleza, consiguiendo en el camino, poco a poco, sacudir el equilibrio del lector. Y, por otro, por decantarse por un proyecto tan interesante como el de la edición bilingüe. En una nota al final del libro, la escritora explica que algunos poemas de este libro aparecieron en euskera; otros, en castellano. Poco a poco, todos acabaron entremezclándose. En este sentido, es llamativo el equilibrio que se da entre español y euskera, ya que, independientemente de la lengua en que se conciba y lea el texto, la voz poética es una, pura, y esto es muy difícil de lograr en el caso de escritura bilingüe.

Artikoa / Ártica encierra una poesía de la carencia, de la búsqueda y del desasosiego generado ante la perspectiva de que nada parece cambiar. Una poesía que se trastormenta y vuelve a nacer o se cose al cielo para dar rienda suelta a las ansias de volar. Para ello, la poeta hace uso de un lenguaje depurado y de una estructura muy meditada que ya se advirtiera en poemarios anteriores como fuegos fatuos (accésit en el certamen poético Centro Juvenil Latina, 2003), eleak eta beleak (XVII Premio de Poesía Ernestina de Champourcín, 2007) o saco de humos (XIX Premio de Poesía Villa de Aranda, 2010). La obra no incluye una estructura inicio-núcleo-desenlace. Sin embargo, la disposición de los poemas, de cada una de las palabras, los espacios o los silencios es precisa. Nada sobra. Nada falta. Nos hallamos ante una poesía exacta, tensa, donde la autora templa el verso y da a luz una obra perfecta. Cerrada.

El mundo conocido comprime y cerca, pero Izaskun Gracia se acerca a la grieta y observa, analiza. Calla. Bosqueja paisajes en los que sobrevuela héroes agotados, ventanas cegadas, cuerpos de los niños muertos que yacen bajo una higuera, se pierde, el vuelo se detiene en un templo, dios la llora y el cuerpo cae en astillas. Tras poner en duda todo lo aprendido,  entiende el relámpago, embiste la tormenta a través de los ríos que parten de ella y, acuática y silente, abandona sus apóstoles, arde los templos y, a falta de dios, busca en sus muertos la respuesta a sus nombres. Reconstruye. Acto seguido, deshace telares y ocupa entonces el cuerpo en otro compás que trastormenta y dirige sus pasos sin agua. Porque, al fin y al cabo,  no vale la pena agotarse […] que el momento ha llegado y por nada luchar vale ya/ la pena.

No todo es su decir. También está aquello que calla, la sugerencia, el juego de la ambivalencia que introduce valiéndose de la ausencia de puntuación y de una exactitud y concisión admirables en el manejo de la palabra. Versos de una voz poética luminosa que ha visto mucho y que a veces se duele (min ematen dit munduak/ eta ulertzen ez dudan bizitzak/ y tus intentos por volvernos habitables en una tierra que nos/ regurgita impasible mientrasla piel se cubre de/ cicatrices a medida que pasa el tiempo) y, sin embargo, se empeña, terca, en encontrar el norte en mitad de una avenida gélida, ártica, que cubre la piel de cicatrices y que la voz recorre una y otra vez con el fin de no olvidar quién es, con el fin de encontrar más postigos con los que cegar todas las ventanas para, sabiéndose exiliada, dejar la estancia sin resquicio de su vuelta y evitar así la tentación de volverse atrás: han de cambiar los pasos, advierte la poeta, porque adelante ya no es un/ sentido/ el norte desaparece de los mapas que aterida dibujó la/ consciencia/ y en el proceso queda la duda que no desaparece/ sempiterna e innata como el sabor de la piel hasta la muerte/ o hasta volver a la tierra siendo ya polvo años después de/ haber muerto.

Así como existe un movimiento punk, una generación ni-ni o un grupo de poetas gafapasta obsesionados con lo postmo, debería existir una generación izaskungracia que declamara sus versos por la calle, que declamara por ejemplo eta erbesteak beste lur batean esnatu ninduen hegalditik/ non gorputza ez zen egin jausteko baizik eta ezpalak/ eta orduek ez zuten itxaron gu prest egon arte, o que se tatuara enredé en catálogos de imposturas y hallé la adecuada/ alumbré otro cuerpo y salí/ y el mundo se abrió calle e incertidumbre de mañana a la altura del tobillo o en las corvas, que escribiera en las paredes

sakrifizioan irekita larrugorritu nintzen               me desnudé abierta en sacrificio
husturik                                                                 vaciada
eta poliki-poliki ez daukadanak bihurtu               y poco a poco lo que carezco
ninduen harresi]                                                   me volvió muralla]


Y entonces, el mundo sería más habitable.

También de Izaskun Gracia en ULAD: Crónicas del encierro

viernes, 7 de enero de 2011

Antonio Altarriba y Kim: El arte de volar


Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 2009
Valoración: Imprescindible

El 4 de mayo de 2001, Antonio Altarriba se quitó la vida. Tenía 90 años y dejaba un hijo, que no entendió la razón por la que su padre hizo lo que hizo hasta que leyó su diario y encontró entre sus páginas a un hombre que poco o nada tenía que ver con aquel al que creía conocer. El arte de volar es la historia de Antonio Altarriba “padre”, pero también el viaje que realiza Antonio Altarriba “hijo” buscando a su progenitor. Poniéndose en el lugar de su padre, adoptando su voz, el autor narra la existencia del hombre que le dio la vida y, con ella, la de tantos hombres y mujeres a los que les tocó recorrer el mismo camino de frustración y fracaso.

Conoceremos así a un niño que quería volar, a un adolescente que huyó a Zaragoza en busca de una vida mejor, a un soldado, emigrante, marido, trabajador, adúltero, padre… Antonio Altarriba fue uno de esos protagonistas anónimos que sufrió el hambre, la escasez y el exilio, y que tuvo que tragarse su orgullo para poder sacar adelante a su familia, aun a costa de todos sus ideales.

Altarriba realiza un magnífico trabajo al escribir el guión de El arte de volar, pero habría quedado cojo si no hubiera contado con el apoyo del dibujante Joaquin Aubert, Kim, conocido por ser el autor de las historietas de Martínez, el Facha que semanalmente se pueden leer en la revista El Jueves. Kim realiza un trabajo inmejorable, muy expresivo y detallado, que se complementa perfectamente con el fluir de los acontecimientos.

El arte de volar, en resumen, no sólo cuenta la historia –desgarrada, frustrante y dolorosa– de su protagonista, sino que nos escupe a la cara 90 años de historia de un país en el que nacieron miles de hombres y mujeres que no tuvieron ninguna oportunidad de tomar las riendas de su vida y que, llenos de sinsabores y capeando como podían la injusticia, se esforzaron por intentar llegar al día siguiente como buenamente podían. Por todos ellos, leed este libro. No os defraudará.


También de Antonio Altarriba en Un Libro Al Dïa: Yo, asesino

sábado, 10 de octubre de 2009

Deyan Sudjic: El lenguaje de las cosas

Idioma original: inglés
Título original: The Language of Things
Año de publicación: 2009
Valoración: Está bien


Hace no muchos años, la gente sólo poseía aquello que necesitaba. Poco a poco, a medida que creció nuestro poder adquisitivo, la cosa cambió. Lo que considerábamos necesario tenía que ser también bonito, elegante y, además, caro (y si encima aparentaba todo el dinero que valía, mejor). Partiendo de la premisa de que los objetos que poseemos (como la obsoleta máquina de escribir que guardamos por su valor romántico y los recuerdos que nos evoca o el ordenador último modelo que nos hemos comprado) forman parte de nuestra historia y nos distinguen de los demás, Deyan Sudjic reflexiona sobre el diseño, el lujo o el afán de posesión que nos invade y nos hace intentar tener más y más cosas.

En un mundo en el que una silla puede costar tanto como un cuadro o una escultura, debemos plantearnos si el diseño es realmente otra forma de arte o tan sólo una evolución desproporcionada de nuestro afán consumista. Del mismo modo, es necesario reflexionar acerca del lujo, de cómo éste ha cambiado a lo largo de los años (si antes volar se consideraba lujoso ahora lo es hacerlo en jet privado, por ejemplo) y en qué medida nos afecta, podamos permitírnoslo o no. El lenguaje de las cosas nos invita a plantearnos estas cuestiones, al mismo tiempo que nos guía a lo largo de la historia de aquellos objetos que definen lo que somos y, sobre todo, nos hace pensar qué hace que deseemos tener tantas posesiones que muchas veces ni utilizamos y si no seríamos más felices liberándonos de todas ellas.