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viernes, 8 de abril de 2022

Robert Walser: Los hermanos Tanner

Idioma original: alemán

Título original: Geschwister Tanner

Traducción: Juan José del Solar

Año de publicación: 1907

Valoración: Decepcionante


Si comenzamos una novela teniendo como protagonista a un joven de veinte años que rápidamente se presenta solo y errabundo por una ciudad, es fácil pensar que estamos ante eso que se viene a denominar novela de formación o de aprendizaje (chico que se busca la vida incorporándose al mundo adulto con sus consecuentes dificultades, que le hacen ir madurando, etc.). Si tenemos a la vista un título que hace referencia a hermanos, podemos pensar en una saga familiar (cada uno toma un rumbo y tal vez colisionan entre ellos, o con los padres) o en una interacción de algún tipo en base a sus personalidades, diversas pero con algo en común (los Karamazov). Ni una ni la otra. A Los hermanos Tanner le podría cuadrar mejor ese coso al que llamamos novela filosófica, es decir, algo que se presenta en formato narrativo pero cuyo objeto real es ahondar en una serie de cuestiones en torno a la vida, el ser humano, su posición como ente social, su perspectiva en relación con la existencia.

Aclarado esto, diremos que el joven se llama Simon Tanner, que no tiene oficio ni, que se sepa, estudios concretos, y se dedica a deambular sin más objetivo que recorrer, observar, sentir, e intentar disfrutar de todo lo que se le va presentando. Pero no piensen en alguien ansioso de experimentar, crear o conocer (desafíos, sexo, arte, relaciones). Simon se decide por algún trabajillo cuando se ve ya muy necesitado de fondos, toma contacto con desconocidos solo por pura casualidad, y el motor que le anima no es otro que avanzar de alguna forma hacia algo inconcreto, y mientras tanto ser capaz de sentir la nieve, una puesta de sol o una simple charla. Diríamos que no hace nada sino estar. ¿Simplemente un vago? Tampoco. Es un tipo ligeramente insolente a quien continuamente le están diciendo que nunca dejará huella en nadie, algo que parece bastante duro de tragar, pero que a él le resulta del todo indiferente, porque lo que valora es sentir la vida y prácticamente nada más. Un chico raro, realmente.

Sus hermanos, aunque comparten la gloria del título, apenas ocupan un pequeño puñado de páginas: Klaus, el mayor, científico, un tipo serio y responsable aunque en el fondo triste (o así lo ve Simon); Karl, el artista, involuntaria e irresistiblemente seductor; Hedwig, la única hermana, solitaria e incómoda en un papel de maestra rural que no cree que le corresponda; Emil, el hermano perdido, el más fascinante, que acabó en un manicomio. Al margen del tanto autobiográfico que pueda tener el relato (tengo la intuición de que muy elevado), esos hermanos ostentan un papel muy secundario y apenas representan distintos afluentes del río de la vida, caminos en direcciones diversas que contrastan con la actitud indolente y contemplativa que muestra Simon.

Por lo demás, en la novela no ocurre nada relevante, lo que tampoco es necesariamente un lastre, porque lo que le interesa a Walser parece ser solo profundizar en la posición de Simon, acomodaticia, de simple espectador que transita (nunca mejor dicho) por el mundo observando y nutriéndose de la contemplación de la naturaleza, de la comprensión de casi todo lo que le rodea, de las personas y sus circunstancias. Y, sobre todo, recreándose en las larguísimas parrafadas que intercambia con todo aquel que se encuentra. 

Porque (y ahí está el gran escollo del libro), el deambular de Simon no es más que una excusa para colocar interminables peroratas, ya sean de palabra o como monólogos reflexivos, explicando una y otra vez sus peculiares puntos de vista, o divagando sobre la amistad, la personalidad o las diferentes perspectivas de la vida en el campo y en la ciudad. Cualquier cosa le sirve para explayarse y llenar dos o tres páginas de soliloquio que, siendo sinceros, aburren a las ovejas. 

De forma que, por interesantes que puedan parecer las meditaciones de Simon-Walser (y a mí me lo parecen solo de forma muy limitada), al cabo de unas pocas sesiones de lectura es inevitable que el asunto nos pese mucho, demasiado, y uno esté ansioso de que ocurra algo, aunque no sea algo físico, que el personaje experimente algún desarrollo, que esos secundarios empiecen a aportar algo más que nuevas disertaciones o un dudoso papel de oyentes. En definitiva, que el relato arranque por alguna parte y se convierta, al ritmo que sea, en algo con una progresión aunque sea mínima. Porque ciertamente una novela puede servir muy bien para exponer cuestiones bien profundas sobre temas muy diversos, y hay montones de ejemplos excelentes. Pero si hablamos de narrativa, hay unos mecanismos para hacerla funcionar, y colocar un personaje que se limita a hablar o reflexionar bajo registros invariables no parece un sistema muy adecuado. Cierto que existe cierta tendencia de otros autores germánicos a eso que llanamente llamamos enrollarse, y más en esas épocas de arranque del siglo XX (Wassermann); pero tampoco me parece suficiente para exculpar a Walser, porque hay quien es capaz de bordar esas ensoñaciones del paseante en su periplo (Sebald).

No sé, puede que Walser sea de esos autores a los que se ama o se odia, y yo, sin llegar a tanto, y al menos a partir de este libro, tal vez me incline algo más por lo segundo que por lo primero.

P.D: Por destacar algo, aunque no sea del todo en el plano literario, hay una escena en la que Simon encuentra a un poeta conocido muerto en la nieve, seguramente agotado por una caminata. El joven admira la dignidad que envuelve el fin de ese hombre. Y es justamente la forma en que encontraron el cadáver del propio Walser medio siglo más tarde. 

Otras obras de Robert Walser en ULAD (y, en general, con mejores valoraciones): Jakob von GuntenVida de poetaEl ayudanteEl paseo

miércoles, 16 de febrero de 2022

Lo mejor de 2021: Lo que opinan nuestros lectores

Con cierto retraso y tal como avisamos, estas son las listas que nuestros lectores han enviado indicando sus lecturas favoritas del 2021.

En riguroso orden de llegada.

Os agradecemos vuestra colaboración y, ya que estamos, nos encanta la enorme diversidad de vuestras elecciones.

Salud y cultura, amigos.

Anónimo

Ficción

Libros que merecen mejor valoración en el blog

Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino

Tres tristes tigres de Cabrera infante


Libro que me gustaría que reseñaran nada más que para ver qué valoración le dan

La mano junto al muro/El falso cuaderno de Narciso Espejo de Guillermo Meneses


Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz de Bryce Echenique


Nada que decir, apuestas seguras

Pedro Páramo y el llano en llamas de Rulfo

Ficciones de Borges

Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosas


Imprescindibles en el blog pero no en mi corazón

Bajo el volcán de Lowry

La insoportable levedad del ser de Kundera


No ficción

Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

Sociología y pragmatismo de Wright Mills

La distinción de Bourdieu

La selva de los símbolos de Turner


Relectura necesaria

La imaginación sociológica de Wright Mills

Outsiders de Howard Becker

La zona gris de Auyero


Libro de método que parece un fastidio pero que puede ser grato para gente de otras áreas

Los trucos del oficio de Becker

Describir el escribir de Cassany

Decir casi lo mismo de Eco


Clásicos que faltaban

La rebelión de las masas de Ortega y Gasset

Técnica y civilización de Mumford


Libros de mi país o sobre mi país que me gusta releer

Adiós al socialismo de Del Búfalo

La renta y el reclamo de Bautista Urbaneja

El Estado mágico de Coronil


Conseguidos por sorpresa

Orientalismo de Said

La invención de Irlanda de Kiberd

Comunidades imaginadas de Anderson


Gabriel Diz

Les dejo una selección de lo que he leído en 2021. Son 13 libros en total, algo más de uno por mes. Estuve un rato largo intentando dejar la lista en 12 para que fuera un libro por mes pero no lo logré:


1)Jane Eyre (Charlotte Bronte)

2)El corazón del daño (María Negroni)

3)Años luz (James Salter)

4)2666 (Roberto Bolaño)

5)Las tres vanguardias (Ricardo Piglia)

6)La virgen cabeza (Gabriela Cabezón Cámara)

7)Nuestra parte de noche (Mariana Enriquez)

8)La hermana menor (Mariana Enriquez)

9)El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares)

10)Prins (Cesar Aira)

11)La sangre manda (Stephen King)

12)La llamada del Cthulhu (H.P. Lovecraft)

13)Persecución (J.C. Oates)

Carlos Ávila:

El descubrimiento del año: la escritora mexicana Fernanda Melchor. De

todas formas ha sido un año prolífico en esto con Alejandro Zambra, Óscar

Martínez, Kent Haruf o Andrea Abreu entre otros.

Relectura de clásicos: Memorias de un europeo de Stefan Zweig.

Decepciones: Serge de Yasmina Reza y No tengo tiempo. Geografías de la

precariedad de Jorge Moruno.

Autores que no me fallan: Marín Caparrós y su Ñamérica, Leila Guerriero

con Frutos extraños y Carrère con Yoga.

Buenas investigaciones y muy bien contadas: No digas nada de Patrick

Radden Keefe y Laëtitia o el fin de los hombres de Ivan Jablonka.

Una autobiografía muy potente: Trilogía de Copenhague de Tove

Ditlevsen.

Libros para reírse con ganas y desconectar: Cualquiera de los tres de relatos

de Kenneth Cook.

Lecturas que dejan mal cuerpo pero que es necesario hacer: Antisocial de

Andrew Marantz y Extrema derecha 2.0 de Steven Forti.

Propósito para 2022: Seguir y seguir leyendo cada día y atreverme con

Guerra y paz.

Pablo GP

Libros Preferidos:

- Donal Ryan: Corazón giratorio.

- Fiódor Dostoyevski: Los hermanos Karamazov.

- Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas.

- Albert Cohen: Bella del señor.

- Elizabeth Kolbert: La sexta extinción.

- Mario Levrero: La ciudad y El lugar, de la Trilogía involuntaria (París me pareció más flojo).

Libros Destacables:

- Marlon James: Breve historia de siete asesinatos.

- Alan Parks: Enero sangriento.

- Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa.

- Jeffrey Eugenides: Middlesex.

- Bruce Chatwin: Colina negra.

- Peter Kaldheim: El viento idiota.

Mención honrosa:

- Alan Parks: Hijos de Febrero.

- Natalia Ginzburg: El camino que va a la ciudad y otros relatos.

- D.H. Lawrence: El arco iris.

- Chriss Offutt: Kentucky seco.

- Emmanuel Carrère: Yoga

Decepciones:

- George Saunders: Lincoln en el bardo.

- Johnny Marr: ¿Cuándo es ahora? Memorias.

- William Gaddis: La carrera por el segundo lugar.

- Hubert Selby Jr: Última salida para Brooklyn.

Maqroll El Gaviero

Mis mejores lecturas del año (las dejo en 9):

- Los siete locos (Roberto Arlt)

- Limónov (Carrère)

- La mano izquierda de la oscuridad (UK LeGuin)

- Glosa (JJ Saer)

- Me llamo Rojo (Pamuk)

- Martin Eden (Jack London)

- Kokoro (Soseki)

- El idiota (Dostoievsky)

- La suerte de Omensetter (W Gass)


Si se pudiera meter poesía: mención especial a Basilio Sánchez (“He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes”) y a Alejandra Pizarnik (cualquier cosa suya).

Ángel Muñoz

El mejor,

No digas nada, Patrick Radden Keefe, minucioso, objetivo (hasta donde uno puede serlo) y muy esclarecedor, el conflicto del IRA explicado casi como si fuera un novela de acción, espectacular.

Me daba perezón pero mira…

Línea de fuego, Arturo Pérez-Reverte, guerra civil y el más famoso de los miembros de la RAE… de entrada lo último que pensaba coger, pero me parece que Arturo sabe dar ritmo a las novelas, sabe transmitir un escenario con verosimilitud, y se intenta alejar de maniqueísmos. Lo fulminé en un plis-plas (¿estará esta expresión reconocida por la RAE?)

Me arriesgué y no me decepcionó

64, Hideo Yokoyama, citando a los inmortales No me pises que llevo chanclas, “Japón, mía que está lejos Japón” Lejos física y culturalmente, y este libro me situó en una sociedad a la que me costaba entender, con una forma de narrar que se aleja de mi zona de confort, pero mereció la pena, novela redonda.

Qué necesidad tenía yo…

A ver, que es que uno es masoca, empezar una serie de libros y dejarlos… me cuesta, y pasa lo que pasa. Entre las sagas en los que mil veces pensé para qué te metes… destaco como horrorosas, Balada de serpientes y pájaros cantores, Suzanne Collins;  La sexta trampa, J.D. Baker y La hora de los hipócritas, Petros Markaris.

Decepción especial para La era de la supernova, Cixin Liu (absurda es decir poco).

Y en el apartado me importa cero lo que me cuentas, Boston. Sonata para violín sin cuerdas, Todd McEwen (recomendación de ULAD, pero yo es que no le veo la gracia) y Contemplaciones, Zadie Smith (¿dónde está la Zadie de Dientes blancos?)

Sorpresas inesperadas

Esos libros que te llegan de algún modo raro y me han dejado impactado, La verdadera vida, Adeline Dieudonne (la violencia hacia la mujer contada de una forma distinta, sin guardar nada pero sin crudezas, obra de arte); El evangelio de la anguila, Patrick Svenson (un libro sobre anguilas, y que se queda corto… no hay mas que decir), Al final siempre ganan los monstruos, Juarma (miedo me daba la expectación creada, y merece la fama que tiene).

Me hicieron reír, mucho

Antes todo esto era campo atrás, Pablo Lolaso (solo para amantes del baloncesto), Subidón, Joaquín Reyes (solo para amantes… pues eso de la muchachada)

Para pasar un buen rato, con ciencia-ficción

Proyecto Hail Mary, Andy Weir (este autor tiene un don cuando habla del espacio) El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, Becky Chambers (exquisito, no es el qué les pasa, son los personajes los que hacen esta novela)

Zoila Blanco

ATRAPA LA LLEBRE (L.Bastasic)

Y LLOVIERON PAJAROS (J.Saucier)

VERA (E. von Armin)

ELS DICS (I.Solá)

LA DRECERA (M.Martin Serra)

LAS LEALTADES (De Vigan)

LA AVERIA (F.Dürrenmatt)

ELS PROSCRITS DE SANTA FE (J, Masanès)

EL RETORN DEL CATO (M. Asensi)

TSUNAMI (A. Pijuan)

LLUM DE FEBRER (E.Strout)

L'ANY QUE VA CAURE LA ROCA (P. Coll)

LA KLARA I EL SOL (I. Kazuo)

AMARILLO (F. Romero)

EL IMPERIO DE YEGOROV (M. Moyano)

LAS GRATITUDES (De Vigan)

Sergio Borao Llop

Ante todo, gracias por las reseñas diarias.

En segundo lugar, os paso la relación de lecturas destacadas de este año que termina (tal vez -mi memoria no es tan precisa- vaya también alguna del 2020). El orden es alfabético por apellido de autor

Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie

La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler

Noir, de Robert Coover

Todo lo que muere, de John Connolly

La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

Solo el silencio, de R. J. Ellory

X, de Percival Everett

Vivir abajo, de Gustavo Faverón Patriau

Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James

El gran cuaderno, de Agota Kristof

El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri

Cuentos completos, de Mario Levrero

Ánima, de Wajdi Mouawad

Plop, de Rafael Pinedo

Las primas, de Aurora Venturini

Michi:

Mejor novela hispanoamericana: El día del Watusi - Francisco Casavella y Basilisco - Jon Bilbao

Mejor novela de lengua extranjera: Un mapa para un crimen - Collin Harrison y El club de los

mentirosos - Mary Karr

Mejor novela en galego: O paraíso dos inocentes - Antón Riveiro Coello 

Mejor libro de viajes: La frontera - Erika Fatland; Los sótanos del mundo - Ander Izagirre; El río de la luz - Javier Reverte 

Mejor ensayo sobre música: The Stooges: Combustión Espontánea - Jaime Gonzalo y Hotel California - Barney Hoskyns 

Mejor ensayo medioambiente: Sueños Árticos - Barry Lopez 

Mejor ensayo sobre cine: El otro Hollywood - Legs McNeil y Jennifer Osborne 

Mejor novela negra: La playa de los ahogados - Domingo Villar 

Mayor decepción: Desierto Sonoro - Valeria Luiselli y Temporada de Huracanes - Fernanda Melchor 



sábado, 25 de abril de 2020

Junichirō Tanizaki: La madre del capitán Shigemoto

Idioma original: japonés
Título original: 重本船長のお母さん (Shigemoto senchō no okasan)
Traducción: Luisa Balseiro Fernández-Campoamor
Año de publicación: 1949
Valoración: Recomendable

Parece inevitable que si hablamos de Junichirō Tanizaki nos venga inmediatamente a la cabeza el precioso ensayo El elogio de la sombra, algo así como una condensación, sencilla y poderosa a partes iguales, de lo que, tirando de tópico, podríamos llamar el alma japonesa . Un libro tan agradable de leer como instructivo para el lector occidental. Sin embargo, Tanizaki trabajó sobre todo la novela, así que iba siendo hora de sondearlo un poco por ese camino.

Lo que nos presenta en esta ocasión es una reelaboración de un antiguo cuento medieval, al parecer ya citado en la descomunal Historia de Genji. Todo gira en torno a la dama de Ariwara, una joven de belleza inigualable, casada con el anciano Kunitsune, un octogenario de cierta posición social, algo así como un noble de segunda fila. En torno a la muchacha (cuyas virtudes físicas realmente muy pocos conocen de verdad) revolotean diversos candidatos, pero ninguno tan enamorado como su propio marido. Es el primero de los dos núcleos fundamentales del relato: la presencia de su joven esposa insufla vida en Kunitsune, que no solo conserva suficiente vigor para engendrar un hijo, sino que se aferra desesperadamente a la dama, no se cansa de contemplarla y agasajarla hasta donde le es posible. Las dos caras de la vida se reúnen en esa casa sombría, donde la joven es la luz que alimenta al viejo en su decadencia.

Pasados los años, el magnetismo reaparece en una forma diferente. Shigemoto, el hijo nacido de esa desigual relación, busca revivir el amor de su madre a la que perdió de vista siendo un niño pequeño. Apenas conserva unas imágenes borrosas de ella, pero necesita volver a sentirla, con la misma intensidad con que el anciano anhelaba su presencia. La misteriosa fuerza de la juventud, de la belleza, de una forma de vida esencial, activa de forma similar a los dos personajes, no obstante sus diferencias.

Es en realidad un relato bastante sencillo, que quizá en formato occidental hubiera ocupado un puñado de páginas, pero los registros de la literatura japonesa son, como sabemos, bastante peculiares. Quede claro que la prosa de Tanizaki es fluida y ágil, no se demora en adornos o descripciones, pero sí que profundiza mucho más de lo que podemos acostumbrar en el gesto, la sombra o la actitud, y enfoca las situaciones desde distintas perspectivas hasta sumergir al lector en la atmósfera exacta de las circunstancias, sus protagonistas y su entorno. Lo diferente del paradigma literario se aprecia muy bien en los numerosos poemas que brotan a la menor ocasión: son casi siempre apenas un par de versos, algo parecido a un aforismo, a veces una especie de mensaje cifrado… algo cuya belleza no es tan fácil captar para un lector no habituado (yo mismo, sin ir más lejos).

Pero no todo son delicadas flores del cerezo o persianas que ocultan discretamente lo que no debe ser visto. La cultura japonesa tiene esa otra cara salvaje que puede resultar incluso más chocante. En nuestra novela, el momento en que se desata la acción fundamental no es otro que una fiesta, algo que comienza con los protocolos de la más rígida etiqueta y degenera en una juerga bárbara. El sake empieza a correr a ritmo desbocado como para hacer palidecer la bacanal de los hermanos Karamazov y naturalmente termina de muy mala manera, aunque con plena eficacia narrativa, porque sirve de gozne para enlazar los dos núcleos del relato a que me refería antes, esos dos amores obsesivos:  el crepuscular del anciano Kunitsune y el filial del pobre Shigemoto.

Se diría que el gusto por el detalle o el silencio, la extrema sensibilidad de la cultura japonesa, son tan radicales como sus inmersiones en lo sórdido, porque el episodio etílico viene acompañado de otros momentos también brutales, como cierta escena que bordea la coprofagia (con una buena corriente cómica, es verdad) o las terribles imágenes de la práctica de la Contemplación de la Impureza, un rollo budista bastante duro que constituye todo un punto de inflexión en la historia.

Puede que de mis comentarios se pudiera deducir una valoración más alta que ese recomendable que pongo arriba. Lo cierto es que el relato es de gran belleza, y puede que, más que durante la lectura, se aprecie con más intensidad según lo vamos rememorando y deteniéndonos en los detalles. Pero tampoco voy a negar que presenta también algunas disfunciones, le cuesta un poco coger el rumbo, hay pasajes en que el hilo parece perderse en derivaciones innecesarias, y peca en ocasiones de redundante. Aun así, tengo claro que merece mucho la pena conocerlo.

Otras obras de Junichirō Tanizaki en ULAD: El elogio de la sombra, La llave, El demonio y otros relatos

martes, 22 de mayo de 2018

Friedrich Nietzsche: Así habló Zaratustra. El manga

Idioma original: japonés
tulo original: Manga de dokuhu, Zaratustra kaku katahiri
Año de publicación: 2008
Traducción: Maite Madinabeitia 
Valoración: delirante

¿Cómo? ¿Nietzsche? ¿Manga? Pues sí, amigos: el manga. Porque resulta que hay una colección, "la otra h", de la editorial Herder (Herder, nada menos...), dedicada a publicar versiones manga de grandes obras de la literatura y, sobre todo, de la filosofía occidental, desde La Divina Comedia a Los hermanos Karamazov, de Homero a Kafka, de Rousseau a Marx y Engels (pasando, cómo no, por...ejem,  En busca del tiempo perdido ). La idea inicial, supongo, era interesar a los jóvenes japoneses -aunque hoy en día, también del resto del mundo-, en las grandes obras obras del pensamiento a través de un medio que les resultara familiar y atractivo. Perfecto, claro, nada que objetar.

Ahora bien, cuando se trata de obras filosóficas, debido a su propia naturaleza especulativa, se ve que la opción ha sido novelizarlas de alguna forma, para hacer más digeribles los conceptos -en este caso, toda esa mandanga del superhombre y el eterno retorno-; este manga nos traslada, pues, a una ciudad alemana del siglo XIX, donde un pastor protestante tiene dos hijos: Zaratustra, un cabroncete bastante macarrilla y Álex, buen chaval, manso y obediente, pero que vive angustiado por la sospecha de ser adoptado, además de por el bullying constante al que le somete el puñetero de su hermano. Como personajes femeninos, nos encontramos, por un  lado, a la santa y paciente madre  de ambos y por otro, también a una misteriosa y bella mujer, Salomé, que aparece en momentos clave de la historia para burlarse de Zara y deduzco que, de paso, provocar ese punto de acicate erótico para la muchachada otaku que todo manga shōnen debe tener... (wikipedia, amigos, si no, de qué carajo voy a saber yo qué es todo eso).


No voy a extenderme con detalle sobre la trama de la historia -poco que ver con el Zaratustra original, aviso-, pero diré que a lo largo de sus páginas esta nave se va escorando hacia el puro delirio: comienza como una especie de anime de la Nippon Animation (Heidi y todo eso), pasa por un culebrón de época de las sobremesas de TVE, vira hacia La naranja mecánica o una peli de Haneke, para acabar encallando en un refrito de Paulo Coelho pasado por Borges... Y por Nietszche, lógicamente, que era de lo que se trataba. De hecho, qué queréis que os diga (y pido perdón  a quienes nos lean desde allende los mares si no entienden de qué hablo): leyendo este manga no he podido dejar de pensar en Joaquín Reyes disfrazado del filósofo alemán, bigotón en ristre, y sentenciando con su acento albaceteño: "¡Así habló Zaratustra! ¡Zaratuuustraaa!" Pues esa imagen es menos delirante que este manga, creedme (aunque aún peor es la obra original del amigo Federico; eso sí que no se lo puede leer ni Dios... menos mal que para entonces ya había muerto, el pobre).

Bueno, ahora, a por El capital, que también promete...


Dado que no se especifica quiénes son los perpetradores finales de este manga, aquí están otras obras del amigo Friedrich Nietzsche reseñadas en Un Libro Al Día: El Anticristo

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN:

      martes, 6 de junio de 2017

      Fiódor Dostoyevski: Los hermanos Karamazov

      Idioma original: ruso
      Título original: Братья Карамазовы (Brát'ya Karamázovy)
      Traducción: Rafael Cansinos Assens
      Año de publicación: 1.880
      Valoración: Muy recomendable


      Poniéndonos un poco solemnes, podríamos preguntarnos qué es una obra maestra, y las opiniones podrían multiplicarse sin fin: libros que trascienden fronteras y épocas, exposición de inquietudes y valores del ser humano, personajes intensos y poliédricos, dosis afortunadas de humor inteligente, talento a la hora de elaborar y estructurar una historia. Y así, sin medida, con los matices que cada lector aporta desde su experiencia o sus gustos. Visto así, ‘Los hermanos Karamázov’ reúne muchos de esos elementos, tal vez todos los citados y algunos más, así que veamos por qué (o por qué no) es una obra maestra, y que cada uno valore.

      La última obra de Dostoyevski (lo de la grafía ya lo dejamos para otro momento) responde al arquetipo de la gran novela decimonónica rusa: muchísimas páginas (casi 1.200 en mi vetusta y venerable edición de Aguilar), personajes atormentados, el alcohol y la postración moral de la Rusia profunda, pasiones, crímenes y enfermedades, aspectos algunos de ellos muy relacionados con la propia vida del autor. El elenco lo encabeza Fiódor Pavlovich, el padre, un tipo egoísta y despreciable, histriónico y vicioso, uno de esos villanos absolutos que hubiera merecido estar en aquella semana que ULAD dedicó a estos pérfidos personajes hace ya unos años.  Y sus hijos, claro, que forman una especie de trinidad con vértices en aspectos clave de la condición humana: el desenfreno y la violencia (Mitia), el intelecto (Iván), la espiritualidad (Aliosha).

      La primera parte de la obra (como un cuarto) se dedica a caracterizar a la familia Karamázov y a un buen número de personajes satélites. Aquí entran monjes, amantes, funcionarios o criados que no me detendré a enumerar, y que irán encontrando acomodo en el desarrollo de la acción. La presentación es siempre dialogada, con larguísimas parrafadas (aquí todo es larguísimo) que no oculto que pueden llegar a agotar al lector. Pero no nos rindamos tan pronto, porque el dibujo es perfecto y además muy necesario para entender con quién nos estamos manejando. Situados los actores, pasamos sin mucho preámbulo al ámbito de la reflexión filosófica y teológica, introducida mediante un estremecedor monólogo de Iván, que se prolonga otro centenar de páginas a través de la historia y muerte del stárets Zosima (una especie de santón), a quien Aliosha tiene como maestro. El texto adquiere una densidad considerable en torno a la culpa y al libre albedrío, dejando claro que estamos ante un libro profundo que toca cuestiones capitales.

      Pero de repente tenemos un nuevo cambio de ritmo. Como se iba barruntando, las turbulentas relaciones entre los Karamázov sólo podían desembocar en una noche de locura. Nos encontramos de golpe ante una trama criminal en la que los acontecimientos se suceden sin pausa, desarrollándose la intriga de forma impecable, ágil, sobrecogedora. El lector sólo ve lo que Dostoyevski quiere que vea, y el viejo ruso coloca justo en el núcleo de la acción una pequeña elipsis, un breve apagón que por sí solo mantiene la tensión durante el resto del libro. En el torbellino de miedos y emociones, aquellos personajes tan lenguaraces del principio se van resituando, creciendo y ganando potencia y matices, lo mismo que los hermanos, en quienes descubrimos rasgos que sirven de contrapunto al retrato inicial. De tal forma que tanto protagonistas como secundarios son, cada vez más, personajes ricos y extraordinariamente definidos.

      Los macabros episodios culminan en una bárbara juerga, y constituyen el tronco de la novela, que no desvelaré aunque resulta bastante conocido. Pero al mismo tiempo se nos presentan otras varias subtramas que se entrecruzan con la principal y sirven para plantear cuestiones laterales, desarrollar algunos personajes o jugar con ese ritmo irregular con el que tanto parece disfrutar Dostoyevski. Así que, tras la intensidad de las páginas anteriores, encontramos otro pequeño receso (lo de 'pequeño' es un decir, claro), en el que descubrimos por ejemplo algunos de los personajes infantiles/adolescentes más inquietantes que uno puede recordar, e incursiones en el mundo del delirio y los sueños, hasta con trazos de literatura fantástica.

      En un nuevo cambio de registro, el desenlace se construye en una soberbia escena de literatura forense, llena de vaivenes, en la que, sin perder un segundo la tensión, las piezas van encajando, incluso algunas que parecían olvidadas desde el principio del relato, lo que dice mucho sobre la perfecta construcción de este enorme edificio literario. Según nos aproximamos al final, la capacidad del autor para sumergirse en la psicología de cada uno de los personajes adquiere dimensiones colosales, cualidad que por lo visto deslumbró al mismísimo Dr. Freud. 

      Tampoco voy a ocultar que no es nada fácil comentar en unos pocos párrafos un libro de semejante intensidad y extensión, y menos sin incurrir en spoiler. No sé si ´Los hermanos Karamazov' es una obra maestra, pero seguro que se le acerca mucho. Y ¿por qué entonces le he birlado la etiqueta de Imprescindible? Pues, aparte de la posible racanería del reseñista, porque me parecería injusto para el lector, incluso con un componente casi de reproche, decirle que es imprescindible que se trague este enorme volumen de páginas, sumergido durante horas y más horas en los horrores y dilemas que propone Dostoyevski. Y, bueno, tampoco nos engañemos, quizá todas esas páginas son demasiadas, quizá don Fiódor debería haber sido capaz de contenerse un tanto. Y tal vez queda algún personaje que a mi modo de ver podría haber dado algo más de sí (sí, todavía más). Bueno, cuestiones secundarias, opinables, que aunque me hayan inducido a no darle nuestra máxima valoración, no impiden que el libro resulte inolvidable.

      P.S. No creo que sea necesario conocer el idioma original para distinguir una buena o mala traducción, y en este caso no recomiendo para nada la del atronador Cansinos Assens, que no parece tener claro hasta qué punto ser o no literal, y tiende a quebrar el ritmo hasta el punto de obligarnos a releer muchas frases. Seguro que hay versiones mucho más atinadas.

      Otras obras de Fiódor Dostoyevski en ULADAquí

      viernes, 11 de marzo de 2016

      Colaboración: El Idiota, de Fiódor Dostoyevski

      Idioma original: Ruso
      Título original: Идиот, Idiot
      Año de publicación: en serie, entre 1868 y 1869
      Valoración: Imprescindible

      Imaginaos un bólido de extrema pureza colisionar de lleno ante las puertas del mismísimo infierno y ahí tendréis El Idiota. ¡Qué cosas no sucederán!

      Dostoyevski junta en su protagonista todo lo que es noble en este mundo y cual muñequito anaranjado de Google Maps, le arroja sin dilaciones al vacío haciéndolo estrellarse en el San Petersburgo de mediados de siglo XIX, donde la perfidia, el vicio y los matrimonios de interés son pasto de todos los días.

      La historia amanece cuando nuestro querido príncipe Myshki , último en su linaje, sin un kópec en el bolsillo y con un hatillo cargado al hombro, retorna a la Madre Rusia tras cuatro años de tratamiento a su idiocia en las montañas suizas. Su enfermedad de idiota, no obstante, remite parcialmente a lo que hoy en día calificaríamos de cuadro epiléptico de severidad media. La acepción moral del epíteto que titula la obra es sin duda lo que la convierte en imperecedera y en un clásico de la literatura universal.

      ¿Es un alma pura un idiota por antonomasia? ¿Es el destino irremediable de un Jesucristo que camina por la Tierra y fraterniza con la sociedad de su época, terminar clavado en la cruz?

      El autor le dedica casi un tercio de este ladrillo literario (lectores de playa abstenerse, los rusos son raza misteriosa y escriben para ser efectivamente leídos) a las primeras veinticuatro horas de contacto de Myshkin con la humanidad. Luego, hecho el mundo, Fiodor se arremanga. Y es que Dostoyevski no es solamente el dueño del escalpelo más brillante en el arte de la disección del alma humana. Es además un carnicero.

      Sin apremio por meros triángulos amorosos el autor erige colosales heptágonos desbordantes de locura, tragedia y pasión. Uno tras otro sus personajes son llevados al cadalso y encaramados al potro de la tortura emocional para luego después, palmaditas en la espalda mediante, apearlos a sus buenas suertes en el dichoso caso de supervivencia.

      Los más avezados “intelectualoides literalitos” siguen insistiendo en discutir si el opus magnum de Dostoyevski es Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov, pero yo coloco a El Idiota cuando menos a la par de estos dos gigantes. El sayo genial y hecho a medida de la omnipresencia psicológica permite que la historia fluya sin perder intensidad en ningún momento. Revolviéndose en la tormenta se intuye la pregunta fatal: ¿Somos dignos de Dios?

      Otras obras de Fiódor Dostoievski en ULADAquí

      Firmado: Renzo Sclavo

      jueves, 17 de diciembre de 2015

      Colaboración: Almas muertas de Nikolái Gógol

      Idioma original: Ruso
      Título original: Мёртвые души
      Año publicación: 1842
      Valoración: Imprescndible

      Nos sentamos esta vez ante la que está considerada como “Primera Gran Novela Rusa”, una obra polémica en el momento de su publicación (1842), no solo por su argumento principal (la compra de “almas muertas” por parte del protagonista, cuando la emancipación de los siervos en Rusia no tuvo lugar hasta 1861), sino también por la feroz crítica a todos los estamentos de la sociedad rusa de la época.

      Se trata de una obra inacabada que, al parecer, iba a constar de tres partes de las cuales, desgraciadamente, solo se conservan íntegramente la primera y escasos fragmentos o borradores de la segunda y la tercera. Lo peor de todo es que fue el propio Gógol quien, en un rapto de misticismo después de un viaje a Jerusalén, quemó íntegramente la segunda parte.

      A pesar de tratarse de una obra inacabada, solo la lectura de la primera parte de la misma es una auténtica delicia. En esta primera parte, Pavel Ivanovich Chichikov, hombre de mediana edad y condición social recorre Rusia con la intención de comprar a pequeños terratenientes y señores rurales “almas muertas”, campesinos ya fallecidos que aún figuran en los registros oficiales como vivos y por los cuales sus propietarios continúan pagando sus correspondientes impuestos. La idea del protagonista es acreditar que posee un cierto número de almas con el fin de que el gobierno le conceda tierras para colonizar y un préstamo que le haga escalar socialmente. Vaya, un trepa de tomo y lomo.

      Por desgracia para él, esos mismos propietarios empiezan a desconfiar de las intenciones de Chichikov, dando al traste con el negocio.

      A lo largo de la obra, la trama se ve interrumpida en numerosas ocasiones por las reflexiones y comentarios del propio Gógol. Destaca, por ejemplo, el capítulo XI, en el que el Gógol narrador lanza una diatriba contra la sociedad rusa de su tiempo que no deja títere con cabeza. Aunque, como ya hemos dicho, está considerada como la “Primera Gran Novela Rusa”, no esperemos encontrar unos personajes atormentados o angustiados como los que todos conocemos de grandes novelones rusos del XIX: Raskolnikov, los hermanos Karamazov, Andrei Bolkonsky o Pierre Bezujov. Aquí los personajes y las situaciones son caricaturizados (a veces incluso grotescamente), sacando a relucir Gógol lo peor de la condición humana en cada uno de ellos: el egoísta e insensible Chichikov, el fanfarrón y jugador Nozdriov, el avaro y desconfiado Sobakevich, la chismosa Korobochka, el detestable Pliuschkin, los nobles más preocupados por aparentar que por cualquier otra cosa, los propietarios al tanto de las últimas modas y bagatelas que llegan de Paris, Moscú o San Petersburgo pero que tienen a sus fincas y campesinos semiabandonados y semiesclavizados, la burocracia corrupta, etc.

      En cualquier caso nos encontramos ante una novela (poema épico en prosa, según su autor) maravillosa. Ágil, con una representación de la célebre “alma rusa”, una descripción de los diferentes ambientes en que se mueve el protagonista y una caracterización de los personajes espectacular, y que, pese a tener casi 175 años desde su publicación, sigue siendo plenamente disfrutable en la actualidad, como ocurre con los grandes clásicos.

      ¿Qué más se puede pedir?

      Bueno sí. Podríamos pedir que estuviera terminada. Porque, si las otras dos partes que estaban inicialmente proyectadas hubieran tenido el nivel de la primera, probablemente estaríamos hablando de LA GRAN NOVELA RUSA. En cualquier caso, disfrútenla, devórenla, porque estamos ante un clásico imprescindible. No por nada comenta por ahí la crítica “profesional” que esta obra llega a prefigurar a Dostoyevski, Joyce, Kafka, Borges, etc. Palabras mayores, oigan. ¡Esto sí que es un clásico, y no el Madrid – Barcelona!

      Otras obras de Nikolai Gógol en ULAD: El inspectorEl capoteTarás Bulba

      Firmado: Kim Jong Nam

      jueves, 21 de agosto de 2014

      2000: Se dice pronto

      Cartel oficial de las fiestas de ULAD.
      Presupuesto: 15.000.000.000€


      Se hace saber al respetable público lector de Un Libro Al Día que, con motivo de la celebración de la entrada número 2000, el consejo rector de ULAD ha aprobado el siguiente programa de festejos:
       
      9:00 - Diana a cargo de la charanga eslava de los Hermanos Karamazov. ¡Diversión y alegría desde primera hora de la mañana!

      10:00 - Pregón de fiestas leído in spiritum por Franz Kafka, para que la fiesta no pare. Txupinazo, seguido de la aparición de los bomberos para apagar las consecuencias del txupinazo.

      10:00-14:00 - Chiquipark para los más peques con hinchables Stilton. Torneo infantil de quidditch con escobas voladoras (según las reglas de Hogwarts). Alternativamente, campeonato de caza de gamusinos en la era del pueblo.

      10.30 - Conexión en directo con Japón, desde donde Haruki Murakami nos hablará de su nueva novela en la que un hombre sensible y solitario se encuentra envuelto en una compleja trama dezzzzzzzzzzzz...

      11:00 - Parada militar con trajes de época,  organizada por la Asociación Pérez-Reverte de Recreación Histórica Castrense. En sentido contrario avanzará el pasacalles alienígena de la empresa Gurb de Barcelona (disfraces de churro y de Marta Sánchez disponibles para quien los solicite), hasta producirse la confluencia de ambos eventos con resultados imprevisibles.

      11:30 - Exhibición de herri kirolak: los harrijasotzailes Arretxe, Zaldua y Uribe (entre otros) se desafiarán a levantar la literatura vasca sin ayuda de poleas ni artificios mecánicos. Después,  la colla castellera Monzó, Pamiès i Piñol tratará de conseguir un quatre de nou. En caso de no conseguirlo, nuevo intento el día 11 de septiembre.

      12:00 - Vaquillas y concurso de recortes, con la presencia del ministro Wert.

      12.30 - Concurso de imitadores de Vila-Matas. Se espera la presencia del señor Vila-Matas, que se imitará a sí mismo hasta que el resto de competidores desista por agotamiento.

      13:00 - Cucañas, carreras de sacos y captura de libro engrasado. En esta ocasión se engrasará el Ulises de James Joyce. El ganador recibirá de premio un libro de Corín Tellado y un diccionario de inglés irish. Acto seguido, lanzamiento de libros de bolsillo (con tres categorías: Posteguillo, Tom Sharpe y Echenoz).

      14:00 - Paella popular y arroz negro al estilo escandinavo (valencianos abstenerse, por su bien).  Bollus preñaus y chorizos a la sidra para quien acredite su asistencia a la Semana Negra de Gijón.

      15:00 - Resopón y sobremesa amenizada con la lectura consecutiva de seis novelas de Amèlie Nothomb

      15:30 - Debate con comentarios de sus mejores momentos

      15.30 - Siesta de pijama, pero solo media horita que si no hace mal.

      16:00 - Cuentacuentos a cargo de Fernando Sánchez-Dragó. Prohibida la asistencia a menores de edad. Prohibida la entrada a mayores de edad. Prohibida la entrada a Fernando Sánchez-Dragó.

      17:00 - Campeonato de vuelo acrobático de palíndromos. Lucha leonesa de metáforas y metonimias. Carreras de sinécdoques. Exhibición de litotes. Concurso de camisetas mojadas sin nadie dentro.

      17:30 - Degustación solidaria de chocolate con churros a beneficio de Letraheridos Anónimos. (Con lo recaudado se patrocinará la publicación de un autor inédito. En Kindle. Y baratita).

      18:00 - Corrida de toros: En la plaza del pueblo se soltarán ejemplares de La broma infinita, 2666, Libertad, El jilguero y Las benevolentes, para que lidie con ellos quien buenamente pueda.

      19:30 - Desfile de alta costura con diseños de la modista María Dueñas.

      20:00 - Tangos y milongas con don Jorge, el bandoneonista ciego y el combo porteño Los Rayuelos, seguidos de fados pessoanos y loboantuneros. Después, suicidio colectivo de los asistentes.

      21:00 - Cena ligerita servida por el restaurante hi-tech À la Pynchon.

      Plato combinado único: Sopa espesa de Arco Iris 
      Lote de 49 postres
      Vino de las bodegas de Vineland.

      21:55 - Atención médica a indigestiones, mareos y desorientaciones.

      22:00 - Bailables con la orquesta andina Los Litumas y el afamado cantante de boleros Mario Vargas (o sea, la fiesta del chivo).

      23:00 - Fuegos artificiales de la conocida pirotecnia Alt Lit. Este acto puede cancelarse según las inclemencias meteorológicas y la volubilidad de los señores pirotécnicos.

      24:00 - Entierro de la Sardina,  hasta la entrada 3000.

      martes, 15 de abril de 2014

      Biografías lectoras: ganadores (2)

      TOC, por David Villar Cembellín

      El acto de leer, a estas alturas lo tengo claro, es un trastorno obsesivo-compulsivo. Obsesivo, porque mentalmente no concibes tu existencia sin lectura o tu mente sin el sumatorio de las mismas; y compulsivo, porque recurrentemente vuelves a los libros como pulsión vital. «El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad», que dijo Picasso en la que puede ser la mejor definición sobre la función de la Literatura.

      Así las cosas, recapitulemos: ¿dónde comenzó mi afición de lector? No tengo ninguna duda, el germen tuvo lugar a edad temprana con las historietas de Pulgarcito, un tebeo que devoraba semanalmente y que proporcionó infantil e infinito placer al niño que fui. Por supuesto que a esos Pulgarcitos siguieron otros tebeos: la colección entera de Tintín, de Astérix, Zipi y Zapes, Mortadelos y Filemón, Grandes Aventuras Ilustradas… mi afición lectora se cimentó sobre una sólidas raíces: los tebeos. En mi cabeza sonaban Enrique y Ana.

      A posteriori —o paralelamente, no recuerdo— llegaron decenas, quizá centenares de libros infantiles que sacaba casi a diario de la Biblioteca del Colegio de La Salle de Sestao (un abrazo fuerte desde aquí para Míkel, el bibliotecario): allí fueron cayendo desde la colección de Los Cinco (que me volvió loco), hasta los infames Hollister (que nunca me terminaron de gustar, demasiado anglobuenistas), Los tres investigadores, La banda del cuatro y medio, libros de El barco de vapor, la colección entera de los inolvidables Elige tu propia aventura de tapa roja (mis favoritos, La guarida de los dragones y Te conviertes en tiburón), etc. Pero si debo rescatar un libro de mi infancia, aquel fue La historia interminable. Su extensión (400 páginas o´clock), el carácter épico de la aventura que contaba, la multitud de personajes, la tipografía a doble color… aquel ejemplar que mi madre me compró en el Círculo de Lectores fue, sin ambages, mi lectura favorita de aquella infancia tardía. Aún lo es. En la radio sonaban casetes de Duncan Dhu que regalaban con la SuperPop y recopilatorios grabados de Los 40 Prinicpales a los que bautizaba con los originales nombres de “Guay 1”, “Guay 2”, “Guay 3”…

      Y en estas llegó mi pubertad, llegó la adolescencia… y digamos que estuve más preocupado/ocupado de otras cosas que de leer. Además, en términos estrictamente crematísticos fue mi adolescencia una época particularmente jodida: fumador precoz, bebedor de fin de semana y aficionado a los tebeos… muchos vicios para 300 pesetas a la semana si las notas acompañaban (que no era el caso, para más inri). Pero, oh, de repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas en mi mano. ¡2000 pesetas!

      Son para sacarte el bono mensual para el tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre.
      —Sí, mama —mentía yo.

      Y esas 2000 pesetas para el bono mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía ir el resto del mes de colada en el tren, ni tan mal. Así fue como el casi hasta la indigencia misérrimo adolescente de Margen Izquierda que fui —que en el fondo siempre seré— consiguió dinero para seguir comprando cómics (el Spiderman de McFarlane, la Patrulla-X de Claremont…). Mis lecturas de esa época: las Crónicas de la Dragonlance (que me encantaron), El señor de los anillos (que me pareció un tostón ultradescriptivo, aún hoy no trago a Tolkien), los mitos de Chtuluh de Lovecraft, y algún que otro libro de más empaque que iba rescatando de las abigarradas estanterías de mi casa: La ciudad de la alegría de Lapierre, La insoportable levedad del ser de Kundera, Por quién doblan las campanas de Hemingway, Misericordia de Galdós, Tartufo de Moliere, Papillón de Carriere, Réquiem por un campesino español de Sender, La buena tierra de Pearl S. Buck, etc. La verdad es que tenía en mi propio hogar un buen fondo de armario. 

      Pero si he de elegir una lectura de adolescencia que me marcó, que me tocó hondo, fue El club de los poetas muertos de N. H. Kleinbaum. Probablemente será una obra menor, o tramposa, o maniquea, pero me da igual, no me avergüenza reconocerlo… en aquel momento quinceañero la leí de un tirón, me habló de mí mismo y agitó mi anterior como ninguna lectura lo había hecho hasta entonces. En mi radiocasete sonaban noche y día A night at the opera de Queen, Violator de Depeche Mode, Disintegration de The Cure y Zooropa de U2.

      Y como quien no quiere la cosa, crecí, me hice legal —que no moralmente— adulto, y el cuerpo me pedía más y más. Y entre cosas que me dejaron amigos (La tregua de Benedetti, El camino de Delibes…) y cosas que iba sacando de la biblioteca de Sestao (me divertí mucho cuando descubrí a Bukowski y Fante, me maravillé con Unamuno a través de Niebla, flipé con la trilogía de Auschwitz de Primo Levi…), las lecturas crecían y crecían. Además, gracias a trabajos esporádicos comencé a gozar de cierto escaso poder adquisitivo y pude culminar los imprescindibles de cómics que había ido dejando cojos a falta de vil metal: Watchmen, V de Vendetta, The Sandman, Black Orchid... Los dos más grandes de aquella época fueron sin duda Alan Moore (de quien aún sigo comprando compulsivamente todo lo que hace, de nuevo el TOC) y Neil Gaiman. Todavía conservo los originales de aquellos cómics que editó Zinco por primera vez. En la radio sonaban Guns´n Roses y grupos grunge que nunca me acabaron de convencer del todo, mientras yo descubría a Serrat, a Sabina, a Victor Jara, y me iba de concierto hasta Barcelona para ver a U2 (año 1997, Placebo de teloneros).

      Y el tiempo prosiguió. Y con él las lecturas. Y así llegaron los que considero los más grandes. Pessoa y su Libro del desasosiego. Dostoievski y sus hermanos Karamazov (y, ¡oh!, Noches blancas). Scott Fitzgerald y sus hermosos y malditos. Steinbeck y sus uvas de la ira. Céline y su viaje al fin de la noche. Kenzaburo Oé y su cuestión personal. Y los relatos y el teatro de Chejov (mención especial para las líneas finales de El tío Vania y Las tres hermanas). Y la inolvidable disertación amorosa de Carson McCullers en La balada del café triste. Y la siempre hilarante y divertida crítica social de Gogol. Y el realismo sucio y desesperanzado de Thom Jones, Kjell Askilden y Ray Pollock. Y los futuros distópicos de Zamiatin, Orwell y Huxley. Y los alegatos antibelicistas de Trumbo y Vonnegut. Y la eterna espera de Buzzati. Y la lucidez impía de Saramago. Y las historias siempre trágicas y emocionantes de Zweig. Y los justos de Camus. Y las ciudades de Calvino. Y las estrellas de Lem. Y tantos y tantos…

      La lista a estas alturas no es interminable, pero sí extensa. Menos de lo que me gustaría, no obstante. También han ido evolucionando mis gustos en cómics, creo, hacia terrenos más europeos e independientes, y en estos años he leído unos cuantos excelentes: Blankets de Craig Thompson, El arte de volar de Altarriba y Kim, la serie de Paul de Rabagliati, el Paracuellos de Carlos Giménez, el siempre seguro de calidad Luis Durán, y muchos más que no tendría tiempo aquí de reseñar. Además, con el tiempo he dado cabida a la poesía, a la que tenía semiolvidada, y he disfrutado como un loco de poetas tan grandes como Pessoa, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvetaieva, Kavafis, Karmelo Iribarren, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Altolaguirre, Kirmen Uribe, y tantos otros que se me estaban escapando —que todavía se me escapan— por pura ignorancia (internet ha sido un cauce muy útil, por cierto, para estos hallazgos). En mi reproductor de mp3 ahora suenan mucho los Smiths y Nacho Vegas, señal tal vez de que a estas alturas me he vuelto un ser más triste, o quizá tan sólo más lastimero.

      Pero a lo que vamos: con el carácter ecléctico de siempre, sigo leyendo. Sin un orden, sin un patrón, solo por el placer de leer, y lo seguiré haciendo. Pero sirvan estas líneas, este corolario a esta biografía lectora, como agradecimiento a todos aquellos que lo hicieron posible y sentaron las bases del lector en que me he convertido. Así, quede dicho:

      ¡GRACIAS A MI FAMILA POR AQUELLOS PRIMEROS “PULGARCITOS”!
      ¡GRACIAS A MIKEL Y SU BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE LA SALLE DE SESTAO POR EXISTIR!
      ¡GRACIAS A MI MADRE POR EL EXCELENTE FONDO DE ARMARIO LITERARIO QUE TENÍA EN CASA!
      ¡GRACIAS A LOS AMIGOS, NOVIAS, COMPAÑEROS DE TRABAJO… QUE COMPARTIERON CONMIGO SUS LECTURAS FAVORITAS!
      ¡GRACIAS A LOS LIBREROS QUE SUPIERON DESCUBRIRME AUTORES QUE DESCONOCÍA Y A AQUELLOS QUE SUPIERON ENCONTRAR MIS EXIGENCIAS MÁS BIZARRAS! (un abrazo especial para aquel dependiente rastafari de la FNAC-Zaragoza que se equivocó conmigo y se pensó algo que no era cuando le pedí el Maurice de Forster) ;P
      ¡GRACIAS A LA GUAPA BIBLIOTECARIA DE MUSKIZ QUE NUNCA SE ENFADA CUANDO LE LLEVO CON MUUUUUCHO RETRASO TODOS LOS LIBROS QUE ME LLEVO!
      ¡GRACIAS A LOS PEQUEÑOS EDITORES QUE ARRIESGAN Y RESCATAN DEL OLVIDO OBRAS QUE VALEN MUCHO LA PENA!
      ¡GRACIAS A INTERNET, Y SUS DESCONOCIDOS, Y SUS CRÍTICAS, Y SUS BLOGS, Y SUS PÁRRAFOS ESCOGIDOS… QUE SIRVEN DE BRÚJULA PARA TODOS ESOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS!

      Gracias a todos, de verdad. Mi trastorno obsesivo-compulsivo está en deuda con vosotros. Pero eternamente agradecido por el mismo, en serio.

      jueves, 30 de agosto de 2012

      Fiódor Dostoievski: El eterno marido

      Título original: Vechnyj muzh
      Idioma original: ruso
      Fecha de publicación: 1870
      Valoración: Muy recomendable

      Agosto expira, y con la llegada de septiembre, el otoño ya es casi un hecho. Y aunque cada vez se luzcan menos, las incombustibles campañas publicitarias de la “Vuelta al cole” lo inundan todo, como si desde la cúpula del consumismo pretendieran prepararnos psicológicamente para las hojas secas, el viento frío y las lluvias finas y persistentes. Y qué se le va a hacer, pero todo esto me gusta. Prefiero las estaciones frescas a las cálidas. Que soy más de bruma que de duna, vamos, y el libro que hoy reseño es perfecto para comenzar una transición benévola entre este verano que ya se nos va y mi querido y reconfortante otoño. Perfecto por su aura borrascosa y extraña.

      Digamos que en esta ocasión el monstruo de Dostoievski no es que no se luzca como acostumbra, pero El eterno marido es, en mi humilde opinión, una de sus novelas más peculiares. En ella, para variar, presenta una única trama lineal, su longitud no es demasiado extensa, y sus criaturas son más complejas y ausentes de precedentes literarios claramente identificables que nunca.

      Ahora, hagamos las presentaciones...

      El primer antihéroe de la función es Veltchaninov, un tipo de vida poco ordenada que espera ansiosamente que le sea concedida una generosa herencia. El segundo responde al nombre de Pavel Pavlovich y es un viudo de espíritu apesadumbrado que va a todas partes con su pequeña, una lánguida niña llamada Lisa que no logra poner, haciendo uso de la frecuentemente esperanzadora magia infantil, una pizca de luminosidad e ingenuidad en la trama. Pero qué le vamos a pedir al Padre de todos los atormentados, que fue el que la inventó...

      Sigamos.

      La historia que Dostoievski nos regala en esta ocasión comienza a tejerse cuando estas criaturas mencionadas coinciden en el espacio y en el tiempo, y los dos hombres descubren los roles que ambos desempeñaron en un triángulo amoroso cuyo vértice principal está ya en el otro mundo: Veltchaninov no es otro que el ex-amante de la difunta esposa de Pavlovich. Y como hablamos del escritor del que hablamos, lo vuelvo a recordar, creedme que Veltchaninov arrastra una buena dosis de sentido de culpabilidad, y Pavlovich, no menos cantidad de tormento y resentimiento.

      El encuentro que tendrán los dos hombres y la extraña relación que comenzarán, siempre velados por el fantasma de la amante/esposa traidora, alicatará para siempre las imágenes que ambos poseen de sí mismos, siendo la de Pavlovich la de “el eterno marido”, fiel, paciente y traicionado, y celoso de un amante luminoso al que nunca podrá igualarse. Pero pronto quedará claro que el papel de Veltchaninov, el del amante que da a la esposa insatisfecha la emoción y la pasión que la misma no encuentra en su rutinario matrimonio, tampoco es satisfactorio para su portador, anhelando éste la estabilidad y el prestigio que da el saberse el hombre oficial, legítimo y socialmente reconocido de la amada.

      En síntesis: una novela breve, intensa, extraña, inolvidable, dura, realista y un perfecto ejercicio de psicoanálisis dostoievskiano que no me canso de recomendar sólo a un determinado tipo de persona que no me atrevo a describir. Pero en esta ocasión, he sido infiel a mi costumbre y la recomiendo de forma abierta.

      Feliz transición rumbo al equinoccio otoñal.