jueves, 30 de agosto de 2012

Fiódor Dostoievski: El eterno marido

Título original: Vechnyj muzh
Idioma original: ruso
Fecha de publicación: 1870
Valoración: Muy recomendable

Agosto expira, y con la llegada de septiembre, el otoño ya es casi un hecho. Y aunque cada vez se luzcan menos, las incombustibles campañas publicitarias de la “Vuelta al cole” lo inundan todo, como si desde la cúpula del consumismo pretendieran prepararnos psicológicamente para las hojas secas, el viento frío y las lluvias finas y persistentes. Y qué se le va a hacer, pero todo esto me gusta. Prefiero las estaciones frescas a las cálidas. Que soy más de bruma que de duna, vamos, y el libro que hoy reseño es perfecto para comenzar una transición benévola entre este verano que ya se nos va y mi querido y reconfortante otoño. Perfecto por su aura borrascosa y extraña.

Digamos que en esta ocasión el monstruo de Dostoievski no es que no se luzca como acostumbra, pero El eterno marido es, en mi humilde opinión, una de sus novelas más peculiares. En ella, para variar, presenta una única trama lineal, su longitud no es demasiado extensa, y sus criaturas son más complejas y ausentes de precedentes literarios claramente identificables que nunca.

Ahora, hagamos las presentaciones...

El primer antihéroe de la función es Veltchaninov, un tipo de vida poco ordenada que espera ansiosamente que le sea concedida una generosa herencia. El segundo responde al nombre de Pavel Pavlovich y es un viudo de espíritu apesadumbrado que va a todas partes con su pequeña, una lánguida niña llamada Lisa que no logra poner, haciendo uso de la frecuentemente esperanzadora magia infantil, una pizca de luminosidad e ingenuidad en la trama. Pero qué le vamos a pedir al Padre de todos los atormentados, que fue el que la inventó...

Sigamos.

La historia que Dostoievski nos regala en esta ocasión comienza a tejerse cuando estas criaturas mencionadas coinciden en el espacio y en el tiempo, y los dos hombres descubren los roles que ambos desempeñaron en un triángulo amoroso cuyo vértice principal está ya en el otro mundo: Veltchaninov no es otro que el ex-amante de la difunta esposa de Pavlovich. Y como hablamos del escritor del que hablamos, lo vuelvo a recordar, creedme que Veltchaninov arrastra una buena dosis de sentido de culpabilidad, y Pavlovich, no menos cantidad de tormento y resentimiento.

El encuentro que tendrán los dos hombres y la extraña relación que comenzarán, siempre velados por el fantasma de la amante/esposa traidora, alicatará para siempre las imágenes que ambos poseen de sí mismos, siendo la de Pavlovich la de “el eterno marido”, fiel, paciente y traicionado, y celoso de un amante luminoso al que nunca podrá igualarse. Pero pronto quedará claro que el papel de Veltchaninov, el del amante que da a la esposa insatisfecha la emoción y la pasión que la misma no encuentra en su rutinario matrimonio, tampoco es satisfactorio para su portador, anhelando éste la estabilidad y el prestigio que da el saberse el hombre oficial, legítimo y socialmente reconocido de la amada.

En síntesis: una novela breve, intensa, extraña, inolvidable, dura, realista y un perfecto ejercicio de psicoanálisis dostoievskiano que no me canso de recomendar sólo a un determinado tipo de persona que no me atrevo a describir. Pero en esta ocasión, he sido infiel a mi costumbre y la recomiendo de forma abierta.

Feliz transición rumbo al equinoccio otoñal.

También de Dostoievski en ULAD: Noches Blancas, El jugador