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miércoles, 18 de abril de 2018

CONCURSO ENSADA DE RESEÑAS: Primer Premio: Charles Dickens: Oliver Twist por José Ángel Gordillo

Lengua original: Inglés
Título original: Oliver Twist
Traductor: Enriqueta Sevillano
Año de publicación: 1837-1838
Valoración: Imprescindible

Poco puede decirse de esta obra que no se haya dicho ya.  De las aventuras del huérfano Oliver Twist (de su paso por asilos de beneficencia, de sus pinitos en la profesión funeraria, de sus buenas y no tan buenas compañías londinenses o del afortunado y feliz desenlace de sus vivencias) están al tanto incluso los peor informados. La guarida de Fagin resulta al común de los (lectores) mortales tan cara como el camarote del Pequod, las habitaciones del 221B de Baker Street o las mesas de la posada del Almirante Benbow. 
Charles Dickens da cabida en su prosa a dos pulsiones narrativas contradictorias. Por un lado tenemos al Dickens mordaz; el Dickens que se vale de la frase aguda, de la fina ironía y de la crítica sardónica para aniquilar con sus retórica cáustica las vergüenzas y los vicios más obscenos de la sociedad que le tocó vivir. Es en estas ocasiones, cuando modela desde el desenfado su prurito criticón y olvida cualquier compromiso con la corrección formal y política, cuando su crítica se hace más efectiva; más vigorosa y sagaz. Esta fuerza se transmite a su prosa, que interpela y conmueve al lector, aunque sea haciéndole reír a base de bien. 
Este impulso viene a menudo acompañado de otro de signo contrario. Hablamos en este caso del Dickens ampuloso y afectado, el que con solemnidad excesiva y poco entrenada pretende conmovernos. Esta afectación se adereza a menudo con una prosa almibarada hasta extremos intolerables y que otorga a la narración a un patetismo poco saludable. Donde el Dickens mordaz conmovía sin pretenderlo, el Dickens hiperbólico ni remotamente se aproxima a lo que de forma tan clara ambiciona.
Del mismo modo que conviven en el autor, las descritas pulsiones cohabitan su obra. Así pues, raro es el caso en que ambas no aparecen de consuno, entremezcladas en mayor o menor medida, combinadas con tino dispar y divergente fortuna; pero juntas, al fin y al cabo. Quizá sea Oliver Twist la novela que de un modo más claro da cuenta de la bicefalia dickensiana.  En esta novela Dickens retrata dos mundos antagónicos: el mundo de los Brownlow y el mundo de los Fagin. El primero es el universo de la burguesía acomodada y biempensante; de la clase media aburrida y anodina, preludio de la encorsetada (e hipócrita) moral victoriana. El mundo de los saciados, de los que, viviendo de las rentas (pues poco es lo que sabemos de la procedencia de sus emolumentos) no paran mientes a la hora de ofrecer pingües recompensas para conseguir lo que ambicionan. Este universo lo retrata el segundo Dickens. El mundo de Fagin es el mundo subterráneo; el mundo del subsuelo y de los bajos fondos. Un mundo habitado por ladinos proxenetas, pillastres carteristas, simpáticas meretrices y coléricos criminales. Mundo de tascas, de timbas y figones; de atmósfera congestionada por el humo del tabaco y el aroma de los licores. Territorio dominado por los “chavales del arroyo” (Pasolini dixit), donde la disipación y los más bajos (y humanos) instintos no se esconden, sino que se muestran con orgullo. Aquí utiliza el autor su otro registro, sulfúreo y penetrante. 
Hasta cierto punto, la dicotomía se plantea en términos de elección, pues a menudo es tan profunda la fractura entre una y otra dimensión que ciertos fragmentos podrían formar parte de novelas completamente distintas. En consecuencia, el lector quedará prendado de uno de estos universos y acabará odiando al otro. El propio Oliver, con su inocencia lacrimógena y su benevolencia ingenua, pertenece más al primero que al segundo; de ahí que nuestra afinidad para con el protagonista dependa de hacia donde se incline la balanza de nuestras preferencias. Yo tengo clara mi elección; pero, ¿cómo no quedar prendado de Dawkins, ese caballerete con ínfulas de lord? ¿Cómo no dejarse contagiar por la exagerada hilaridad de Charley Bates? ¿Cómo permanecer impertérrito ante la profunda y plebeya muestra de coraje y honradez dada por Nancy? Hasta la retórica enfurecida de William Sikes ejerce sobre el lector una intensa atracción.
¿Por qué imprescindible? Charles Dickens constituye una de las mas aplaudidas y admiradas figuras de la narrativa decimonónica y de la literatura universal; Oliver Twist, en tanto que epítome de toda su obra, en tanto que encarnación de su naturaleza bipolar, merece ser considerada como un jalón imprescindible dentro de la obra de un autor imprescindible. Pero al lector de esta reseña poco o nada ha de interesar la opinión de quien escribe; pase, lea y juzgue por usted mismo.

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viernes, 1 de junio de 2012

Zoom: "El guardavía" de Charles Dickens

Idioma original: inglés
Título original: The Signal-Man
Año de publicación: 1866
Valoración: Recomendable

No sabía yo, hasta hace dos días como quien dice, que Charles Dickens escribió relatos de fantasmas (más allá de los fantasmas de las Navidades pasadas, presentes y futuras de Cuento de Navidad, claro... Pero resulta que sí, que escribió no una, sino varias, algunas de ellas incluidas como relatos más o menos independientes en distintas novelas, por ejemplo en sus Pickwick Papers. Pero entre todos sus relatos sobrenaturales, el más famoso es este, "El guardavía", publicado originalmente como parte de una publicación especial de Navidad titulada Mugby Junction (1866).

El protagonista del relato es, como indica el título, un guardavía: una de esas personas que se dedican a dar o negar el paso a los trenes a la entrada de estaciones y túneles para evitar accidentes. El equivalente ferroviario de los controladores aéreos, vamos. Este guardavía en concreto está aterrorizado por la presencia de un ente sobrenatural e invisible para cualquier persona que no sea él: un hombre que se le aparece, le llama, intenta advertirle de algún peligro futuro. La primera vez que lo vio, fue unas horas antes de un terrible accidente de tren en el túnel; la segunda, poco antes de que una joven muchacha muriera en misteriosas circunstancias; y ahora que se le sigue apareciendo... ¿de qué intentará avisarle? (Claro que no voy a contar aquí de qué intenta avisarle: el que quiera saberlo, que se lea el relato...).

La historia está basada en hechos reales, hasta donde puede estarlo un relato fantástico, obviamente. En 1865, o sea, un año antes de la publicación del relato, el propio Charles Dickens se vio involucrado en un accidente de tren en Staplehurst: el tren en el que viajaba descarriló, y varios vagones cayeron al río, causando 10 muertos. Dickens viajaba en uno de los vagones que no llegó a caer, y colaboró heroicamente en el salvamento de las víctimas, pero quedó profundamenta afectado por el suceso. Sin embargo, el accidente descrito en el relato (un choque en un túnel) se parece más a otro accidente anterior, el choque del tunel de Clayton de 1861.

"El guardavía" conserva el atractivo de los clásicos relatos de fantasmas del siglo XIX, aunque está libre (gracias a dios) de la cansina adjetivación romántica ("espeluznante criatura", "horrenda visión", etc.). De una sencillez narrativa casi total, consigue ni más ni menos que lo que pretende: crear tensión, sugerir misterio, provocar una cierta inquietud en el lector y cerrar el relato sin ser ni demasiado obvio, ni demasiado rebuscado.

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martes, 5 de octubre de 2010

Grandes villanos literarios: Daniel Quilp en Almacén de antigüedades de Charles Dickens


Título original: The Old Curiosity Shop
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1840-1841
Valoración: muy recomendable

Cuando comentamos el tema de esta serie, los villanos, me puse a pensar en cuál de ellos me había parecido más malicioso. Y al poco tiempo caí en uno que, a su vez, me había parecido un ser sumamente repugnante, retorcido y maligno: Daniel Quilp. El más villano de los villanos de Dickens, y ya es decir, porque escribió y describió a muchos.

La descripción que de él hace Dickens es tremenda, pues nos lo muestra como enano, deforme, jorobado, feo, de aspecto sucio y con una mirada malignísima. Vamos, que es el vivo retrato del retrato de Dorian Grey, pero sin marco.

A Daniel Quilp lo podemos encontrar persiguiendo a la joven y virtuosa Nell y a su abuelo por media Inglaterra. El abuelo, del que no se nos dice su nombre, posee una tienda de antigüedades en Londres. Desea ganar más dinero para poder legárselos a Nell, pero lo pierde en el juego. Desolado, le pide un préstamo a Quilp que este no duda en hacérselo pagar, con creces. Después de varias vicisitudes que no vamos a desvelar, nos encontramos con una persecución que implica a los protagonistas y al villano y que termina...Bueno, se trata de una novela publicada por entregas, y los lectores estaban tan enganchados a la trama que en la bahía de Nueva York llegaron a apiñarse para preguntar a gritos a los barcos que traían la última entrega por el final de la novela.

Charles Dickens es uno de los grandes y describe en sus obras personajes profundos y elaborados de toda índole, pero frente a los personajes virtuosos se me han quedado grabados los villanos. Descritos con precisión y haciendo partícipe al lector de los gestos y tics que los acompañan, haciéndolos más reales y terroríficos. Aún recuerdo con repelús cómo uno de sus villanos se retuerce las manos una y otra vez, llenas de dedos nudosos y nerviosos.

Vamos, que hay que leer esta obra, en su momento seguidísima y con ese buen final que los grandes escritores saben aportarnos.

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sábado, 24 de diciembre de 2011

Charles Dickens: Un cuento de Navidad

Título original: A Christmas Carol
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1843
Valoración: ¡Paparruchas! No, en serio: Recomendable

Hala, ya está, ya me he decidido después de algunas dudillas (temía pecar de cursi, típico y/o tópico)... Esta Nochebuena los lectores de ULAD podrán disfrutar de la reseña más asquerosamente navideña posible: la de Cuento de Navidad, de Charles Dickens. Vamos, que de originalidad nada, porque ya sé, sí, que no hay Navidad que se precie sin cuatro o cinco versiones cinematográficas de la novelita que hoy reseño, una emisión de Qué bello es vivir y la banda sonora de Eduardo Manostijeras dándonos la brasa sin tregua... (By the way: ¿Qué fue de la Caperucita Roja de Chanel number 5? Cómo echo de menos ese anuncio, pardiez...).

Pero a lo que vamos: tratar de reseñar la novela de la que han salido tropecientas versiones cinematográficas, teatrales y televisivas, desde la de Los Teleñecos hasta la de Los Simpson pasando por la del insufrible Mathew McConaughey o la del genial Bill Murray, mi preferida (a este tipo ya lo atrapen en el tiempo con una marmota, ya lo rodeen los zombies o ya lo intente matar el fantasma de Jack Palance, nos mata de risa y ternura con su cara de "Qué se le va a hacer").

El ya viejuno Ebenezer Scrooge es un elemento de mucho cuidado. El típico empresario inglés sin escrúpulos engendrado por la Revolución Industrial, negrero y rata hasta límites insospechados, obesionado por acumular y acumular, solitario como un lobo y explotador sin compasión de su pobre ayudante. Como es de suponer, Scrooge odia a muerte las Navidades y el darle el día libre a su esclavo por celebrarse el nacimiento de Jesuscristo.

Pero quién le iba a decir a un tipo que utiliza como recurrente muletilla esa antediluviana expresión que es "¡Paparruchas!", que la Nochebuena que Dickens nos relata, se le viene a aparecer su difunto socio, Marley, una pieza de su estilo que sólo una vez muerto se da cuenta de que lo más importante en la vida es el amor y la relación con otros seres humanos y no la acumulación de bienes. Marley, a su vez, le anunciará la visita de otros tres fantasmas (a saber, Navidades Pasadas, Presentes y Futuras), y así, Scrooge irá comprendiendo que pasó de ser un chiquillo feliz y sencillo a convertirse en un avaro monstruoso por una serie de decisiones equivocadas, que la gente de su entorno es feliz aunque tenga muy poco y que no le guardan rencor pese a que se porte fatal con ella (atención al pobre hijo enfermo de su empleado y a su sobrino Fred, al que desprecia y ningunea cruelmente), y que si no cambia de forma de ser, acabará malamente, muriendo pronto y podrido de riquezas sin utilizar y dolorosa soledad.

Y bueno, después de estos tres tours fantasmagórico-temporales, es de suponer que nuestro amigo Scrooge llegará a interesantes conclusiones y decisiones...

A los que aún no sepan cómo acaba esta historia, les recomiendo que en vez de ver la versión fílmica de Barbie, por ejemplo, se molesten en hacerse con un ejemplar de la novelita original, ya que descubrirán matices y detalles que van más allá de lo vistoso y efectista. No en vano, Dickens, como muchos sabrán, fue un escritor interesado en reflejar en sus obras los dolorosos estragos (trabajo infantil en condiciones terroríficas, miseria acongojante, prostitución forzosa, familias miserables, empleados esclavizados...) que causó en su país la Revolución Industrial.

Y ya está. Nada de paparruchas y que a nadie se le atragante el turrón pensando en que el lunes hay que volver a trabajar con algún que otro Scrooge rondando por la oficina...

PD: bonita la foto que adorna este post, ¿verdad? Con fantasmas estilo chicas Marvel. Por cierto, ¿alguien sabe si hay versión superhéroes de la historia? Fijo que sí...

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domingo, 12 de abril de 2020

Charles Dickens: Tiempos difíciles

Idioma original: inglés
Título original: Hard Times
Traducción: Amando Lázaro Ros
Año de publicación: 1854
Valoración: Recomendable

Tiempos difíciles, buen título para la época que vivimos. Charles Dickens tiene un raro privilegio en el que pocos autores le superan, quizá únicamente Kafka: que su apellido haya derivado en un adjetivo de uso universal, dickensiano, como definición de toda una realidad histórica, ya saben, la Inglaterra de la primera revolución industrial, en la que el uso intensivo de las máquinas crea una nueva clase social, la de los trabajadores de las fábricas y las minas, gentes hacinadas en viviendas que apenas merecen ese nombre, cubiertas de hollín y asfixiadas por los humos, niños que aprenden rápido a buscarse la vida. Todo un panorama que contrasta con la pervivencia de la vieja aristocracia y el apogeo de las costumbres victorianas.

Las dos caras de esa sociedad tienen cabida en Tiempos difíciles, aunque con papeles diferentes: el núcleo de la historia está protagonizado por las clases acomodadas, mientras proletarios y titiriteros forman el escenario de fondo y les sirven de contraste. Se produce cierta conexión entre ambos mundos y tiene su importancia, pero no es decisiva, no estamos ante una novela de tesis o de denuncia. Esto, queridos amigos, es más bien un folletín.

Tenemos una familia burguesa de buena posición, en la que Thomas Gradgring ejerce toda su autoridad patriarcal para imponer su modelo social victoriano y su pensamiento positivista. Contención en las formas, normas rígidas y exclusión de cualquier atisbo de fantasía, anhelo de belleza o capacidad de asombro, en definitiva, del mínimo asomo de algo que no fuese real, práctico, medible; esos son parámetros de la educación que impone Gradgring y, claro está, eso dará lugar a algunos problemas dentro de su propia familia. Y ya está servido uno de los elementos fundamentales del libro: la crítica a un modelo cuyas costuras revientan necesariamente porque –véase la paradoja- es incapaz de reconocer aspectos fundamentales de la realidad humana.

Esa crítica se manifiesta a través de algunos personajes memorables, entre los que sobresale el odioso Bounderby, vociferante, fanfarrón, insensible y avaricioso (y falso, y también ridículo), que encarna todo los defectos de esa moral dominante, y de esta forma la caricaturiza sin piedad. También cumple ese papel el joven Tom, algo así como el eslabón débil del sistema, o la malvada señora Sparsit, una especie de antecesora elegante de Cruella de Vil. Pero al otro lado de la barricada brilla igualmente Stephen Blackpool, una especie de símbolo del proletariado sufriente y honrado; y, haciendo de puente entre los dos mundos, Cecilia, el nexo digamos material entre ambos, y sobre todo Louise, en quien se anudan todas las contradicciones. Y un poco al margen de esa dualidad social, el que me parece la figura más grandiosa del reparto: la señora Gradgring, ‘un montoncito de chales’, que protagoniza –muy a su pesar, desde luego- una de las escenas mejor desarrolladas de todo el relato. Como se ve, Dickens es un maestro en la construcción de personajes, tal vez no muy ricos pero sí intensos y continuamente redefinidos mediante interminables matices.

De forma que el folletín que decía antes tiene una importante carga crítica, no sólo en el interior de esa clase acomodada dominada por la hipocresía, sino mirando al escenario de fondo de esa población fabril siempre presidida por columnas de humo y casas iguales: ‘El tiempo siguió su marcha en Coketown lo mismo que sus máquinas: tanta materia prima trabajada, tanto combustible consumido, tanta potencia gastada, tanto dinero ganado’. Naturalmente, hay otras muchas alusiones al paisaje dickensiano al que me refería al principio, a la miseria, la insalubridad o la masificación, pero tampoco nos equivoquemos, no hablamos exactamente de crítica política. Aunque exista un deseo implícito de cambio, no hay propiamente denuncia ni una voz enérgica que clame por la justicia. Es más bien la contemplación de un fenómeno, con un cierto tono crítico, sí, pero donde la ironía no deja ver claro hasta dónde llega realmente la disconformidad del autor con lo que está describiendo.

La ironía, efectivamente, es uno de los ingredientes más notables de la prosa de Dickens. Es constante, omnipresente, por momentos ácida y en ocasiones algo reiterativa. Acentúa el poder del autor, compone una cierta distancia con la acción y le da indudable gracia al texto. De este modo se hace reconocible el estilo, que también tiene –todo hay que decirlo- otras características menos afortunadas: la frase sinuosa, los diálogos adornados (y alargados) por la etiqueta, las largas paradas para la descripción no siempre necesaria. Pesa a veces el hecho de que la novela se publicase, como era habitual en la época, por entregas, lo que da lugar a capítulos que siempre deben tener un hilo narrativo autosuficiente y dejar algo pendiente para convocar al lector al siguiente, lo mismito que las series que tanto gustan. Esto hace que encontremos cambios de ritmo bastante llamativos que no se justifican por la propia narración.

Sobre todo pesa esa morosidad en la acción, que hace que el libro sea como una gran máquina que echa a andar pesadamente, y que puede desanimar al lector en los primeros compases. Sin embargo la narración va adquiriendo vigor y claridad, y cuando alcanza el ritmo adecuado se hace interesante y entretenida, hasta culminaren esa sensación, que seguramente sólo son capaces de proporcionar los clásicos, de haber leído algo que será difícil de olvidar.

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viernes, 24 de abril de 2015

Charles Dickens: La casa lúgubre

Idioma original: inglés
Título original: Bleak House
Año de publicación: 1852-3
Valoración: está bien

Me resulta difícil valorar una novela como La casa lúgubre, que a lo largo de sus casi novecientas páginas me ha producido a partes iguales admiración y aburrimiento. Admiración, porque Dickens consigue crear y sostener un universo gigantesco de personajes principales y secundarios, entrelazados de las maneras más diversas (algunas sorprendentes, otras muy melodramáticas); aburrimiento, porque son casi novecientas páginas, y porque no todos esos personajes ni todas esas tramas me han interesado por igual; algunas de ellas, de hecho, no me han interesado lo más mínimo.

Es difícil resumir el argumento de La casa lúgubre, precisamente porque este entrelazamiento de historias. Quizás los protagonistas centrales sean el triángulo de jóvenes compuesto por Esther Summerson (una huérfana de corazón puro purísimo), Ada Clare y Richard Carstone (amantes cuyo amor es imposible, por lo menos por ahora), todos ellos bajo la supervisión de John Jarndyce, un hombre tan rico como generoso. Pero también ocupan un lugar central Lord y Lady Dedlock, representantes de la elitista aristocracia inglesa; Jo, el muy dickensiano niño mendigo; la filantrópica señora Jellyby, que se preocupa tanto por los pobres niñitos africanos que descuida a sus propios hijos hasta el punto de la indigencia...

Y de fondo, atravesando toda la novela de la primera a la última página, encontramos un despiadado retrato de la judicatura británica, lenta, farragosa, injusta, destinada más a dar de comer a los abogados que a descubrir la verdad e impartir justicia. El máximo representante de este sistema absurdo y corrupto es el caso "Jarndyce contra Jarndyce", del que se dice que ha atravesado ya varias generaciones, que requiere carretillas llenas para trasladar toda su documentación y que contamina con su perniciosa influencia a todos los que se implican en él (y muy particularmente, en este caso, al joven Richard, que fía toda su futura fortuna a la resolución del caso, condenándose así a desperdiciar su vida).

No creo ser muy original si digo que mi Dickens favorito es el humorista, el satirizador implacable de los defectos de la sociedad inglesa, en particular de la alta burguesía y la aristocracia: el retrato de lady Jellyby, que siempre tiene la mirada perdida "como si estuviera viendo África" y que es incapaz de cuidar a su propia familia, por ejemplo, es de lo más memorable del texto. En cambio, el Dickens lacrimógeno, el de las doncellas inmaculadas y los niños harapientos, me resulta bastante más intragable.

Resulta difícil, como decía al principio, darle una valoración a esta novela. Tiene, desde luego, acérrimos defensores (entre ellos G. K. Chesterton, nada menos) y tiene, indudablemente también, páginas y personajes magistrales, que están al alcance solo de los escritores más consumados. La propia construcción narrativa es digna de los maestros de la novela realista decimonónica, como Tolstoi, Balzac, Galdós, Eça, capaces de mantener vivos y diferenciados decenas de personajes.

Y sin embargo, la lectura se me ha hecho pesada, pesadísima por momentos. Quizás convenga recordar que La casa lúgubre, como gran parte de la obra de Dickens, se publicó por entregas de treinta y dos páginas cada una (a un precio de un chelín). No cabe duda de que la experiencia de leer ochocientas página seguidas es muy diferente a la de leer 32 páginas al mes durante dos años, y quizás sea esta segunda la lectura preferente de un texto como este: por entregas, por fascículos para no empachar.

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martes, 10 de julio de 2018

Mary Elizabeth Braddon: El rostro en el espejo y otros relatos góticos

Idioma original de los relatos: Inglés 
Traductora: María Pérez de San Román  
Año de publicación de este volumen: 2018
Valoración: Recomendable  

La Biblioteca de Carfax me ha vuelto a sorprender, esta vez con una antología de terror victoriano. En El rostro en el espejo y otros relatos góticos, la editorial nos obsequia con una ilustración de cubierta espléndida, un prólogo luminoso y seis de los mejores textos de Mary Elizabeth Braddon, autora best-seller que en su época llegó a vender más que el mismísimo Charles Dickens, y que fue realmente polémica debido a su peculiar estilo de vida y a su defensa del igualitarismo. 

Veo que la mayoría enmarca las narraciones de El rostro en el espejo y otros relatos góticos dentro del subgénero terrorífico de fantasmas, y no les culpo; a fin de cuentas, muchos de los ingredientes de los que Braddon se sirve para gestar estas piezas remiten a ese tipo de historias. Por ejemplo: jóvenes hermosas que languidecen, pretendientes relegados a la friendzone, amigas de lealtad inquebrantable, eruditos escépticos, criados supersticiosos, casas embrujadas, objetos malditos o maldiciones proferidas en el último suspiro. No obstante, tengo que advertir que, pese a los clichés empleados en estos relatos, todos escapan gozosamente de lo convencional. De modo que nadie acuda a ellos (o los evite) pensando que al leerlos se va a topar con relatos de fantasmas al uso, plagados de tópicos de manual. No, no, no. Aquí se le da un enfoque distinto, menos complaciente, al subgénero. Ya veréis.

También querría destacar los puntos negativos de estas historias. Irrisorios, vale, y condicionados por el momento histórico en que fueron escritas, pero que no he podido dejar de notar. En primer lugar, ciertos pasajes ampulosos de la prosa de Braddon. No los hay en exceso, y la mayoría de las veces están justificados: por ejemplo, cuando aparecen en cartas escritas con voluptuoso entusiasmo (me voy a poner rococó yo también, venga). Sin embargo, en un par de ocasiones encontramos estos pasajes en diálogos, de modo que las conversaciones se sienten poco naturales, forzadas. Otro punto negativo sería la previsibilidad de algunas historias. Eso no es culpa de la autora, innovadora hasta cierto punto, sino nuestra, ya que tenemos un bagaje demasiado grande, con lo cual es difícil sorprendernos...

Aclarado esto, vayamos al contenido. Empezamos con "El rostro en el espejo". Es una historia interesante, y, como todas las demás, bien escrita. En especial, debo destacar su premisa (esos protagonistas que van a la caza de espectros) y su atmósfera, ambas muy conseguidas. Va seguida de "Ella", relato que aborda el mismo elemento sobrenatural que el primero, un espejo fatalmente profético, desde un enfoque complementario, y no repetitivo. A continuación tenemos a "La sombra en la esquina". En una mansión embrujada entra a trabajar una joven, que perderá la vida debido al escepticismo de su señor y la tozudería de un criado. Luego viene "La buena lady Ducayne". El más pulp del conjunto, pues tiene incluso una reminiscencia a esos médicos sin escrúpulos que parecen salidos de las revistas de la década de los cincuenta (y que conste que no lo digo como algo negativo). Para colmo, "La buena lady Ducayne" revisita el mito del vampiro, lo cual siempre es de agradecer. "Su última aparición" cubre a una desdichada actriz de teatro, que en su inocencia se ha casado con un canalla. Menos mal que tiene a un solícito caballero que la admira, dispuesto a matar por ella. ¿O quizás no es afortunada por ello? En "El visitante de Eveline", dos primos se baten en duelo por una mujer. El ganador será atormentado por el espectro del perdedor en sus momentos de mayor felicidad. Esta narración tiene una de las mejores frases del libro: «si los hombres tuvieran el poder de vengarse a sí mismos, la tierra estaría poblada de fantasmas». ¡Flipa con la sentencia lapidaria! 

En fin, que estamos ante un libro que contiene relatos innovadores y astutos, recuperados tras un injusto olvido. Es, en definitiva, una buena oportunidad para estrenarse con Braddon, o para conocer el trabajo de La Biblioteca de Carfax, que ha editado con oficio y cariño a partes iguales a la autora.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

jueves, 15 de febrero de 2018

VV.AA.: Damas oscuras



Idioma original de los textos: Inglés  
Traductoras: Olalla García
                           Alicia Frieyro
                           Sara Lekanda
                           Consuelo Rubio
                           Magdalena Palmer
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable



Pese a que disfruto sobremanera los relatos victorianos de fantasmas, apenas conocía un par de ellos salidos de la pluma de una mujer. Y no es que escaseen escritoras de dicho periodo que hayan cultivado esta temática, precisamente. Recientemente he llenado esta laguna pendiente y no podría haber quedado más satisfecho. 

Empecemos dando un poco de contexto. A lo largo del siglo XIX, la sociedad anglosajona experimenta un gran interés hacia lo oculto y los temas espiritistas. Durante el reinado de Victoria, de hecho, las historias sobre apariciones de ultratumba son tremendamente populares. En ese ambiente, muchas mujeres empiezan a publicar cuentos de fantasmas. Damas oscuras recopila un total de veinte de esos cuentos; cuentos de escritoras de habla inglesa, tanto británicas como, en menor medida, estadounidenses. Cuentos que están ordenados cronológicamente, lo cual permite al lector hacerse una idea general de la evolución que sufrió el género; concretamente, la antología abarca del año 1830 hasta el 1900. 

A la visión panorámica que genera este libro hay que sumarle otro atractivo: la variedad de su propuesta. Esta variedad se plasma en aspectos más superficiales, como la cambiante extensión de los cuentos (algunos podríamos considerarlos una "nouvelette"; otros no llegan a las cuatro páginas) o la perspectiva desde la que son narrados. La mayoría de cuentos, por ejemplo, están relatados en primera persona por alguien que vivió lo sucedido o al que se lo explicaron. También hay, pero, formatos completamente heterogéneos: algunas historias narradas en tercera persona y hasta una de modo epistolar. 

Asimismo, la figura del fantasma es abordada de distintos modos: los hay pura y genuinamente malvados, otros de intenciones más ambiguas, y aquellos que son pobres almas condenadas. El tono de algunas historias, en consecuencia, es o sombrío o trágico; en no pocos cuentos, además, podemos hallar un enfoque más distendido o hasta decididamente cómico. ¡Ah, cierto! Mi historia favorita es “La oración”, de Violet Hunt. Allí podemos apreciar a un fantasma que no se corresponde a ningún estereotipo en absoluto. 

Estos cuentos, en definitiva, son altamente recomendables. Sobre todo si te gustan aquéllos de autores como M. R. James o Charles Dickens. Y es que estas damas oscuras nada tienen que envidiar a sus contrapartes masculinas. 

sábado, 3 de octubre de 2009

Breve historia del libro (y II)

A menudo se nos olvida hasta qué punto los métodos o soportes que utilizamos para almacenar y transmitir información condicionan el desarrollo de la cultura, y cómo un cambio brusco en los primeros puede suponer una revolución en todos los ámbitos. Una de estas grandes revoluciones -que no han sido muchas a lo largo de la historia de la humanidad- se debió al ingenio y la audacia empresarial de un hombre, Johannes Gutenberg, que pese a ello acabó perdiendo el control de su invento y en la ruina.

Esta historia, como tantas otras, comienza con una apuesta arriesgada. Basándose en las técnicas xilográficas conocidas en Europa y en China desde varios siglos antes, Gutenberg desarrolló un sistema de impresión de "tipos móviles" (una pequeña pieza de hierro, no de madera, para cada letra, de manera que pudieran reutilizarse muchas veces para componer infinidad de textos), y después de probar su invento en diversos textos menores -poemas, documentos eclesiásticos...- se propuso producir 150 Biblias en menos tiempo de lo que el mejor copista tardaría en producir una sola. El resultado fueron las 180 Biblias conocidas como "Biblias de 42 líneas" o "Biblias de Gutenberg" publicadas en 1455, de diseño y perfección admirables, de las que solo se conservan actualmente 21 ejemplares completos (uno de ellos en España, en la Biblioteca Provincial de Burgos). Lamentablemente para Gutenberg, antes de que terminase su producción, su socio Johann Fust le reclamó el préstamo inicial y lo acusó de malversación de fondos (o el equivalente de la época), y terminó quedándose con el floreciente negocio de la imprenta en Mainz, Alemania -aunque parece ser que Gutenberg logró reubicarse en otras ciudades, y antes de morir vio reconocida su paternidad en el invento de los tipos móviles.

El invento de la imprenta complementó además la introducción de un nuevo soporte: el papel. Aunque el papel ya se conocía en China y en Europa desde varios siglos antes, no se generalizó en Europa hasta el siglo XIV, y fue sin duda tras la invención de la imprenta cuando comenzó a sobrepasar al pergamino como soporte fundamental de la cultura (de las 180 Biblias de Gutenberg, 135 se imprimieron en papel, y 45 en pergamino). Gracias a este material tan accesible y a la imprenta de tipos móviles, la producción de libros alcanzó en poco tiempo cotas y ritmos impensables en la Antigüedad o la Edad media, lo que trajo consigo cambios radicales en los procesos de transmisión de la cultura. Así, las 95 tesis de Lutero se difundieron como la pólvora por Alemania gracias a la imprenta, acelerando el inicio de la Reforma protestante. Otro ejemplo sería la Ilustración, cuyo labor de educación del gran público quedó simbolizada en una vasta empresa editorial: L'Encyclopédie.

En el primer tercio del siglo XIX se aplicó el vapor a las imprentas y a los molinos de papel, lo que abarató notablemente el precio de los libros y permitió aumentar las tiradas. Por otra parte, las conquistas sociales en el campo educativo extendieron la alfabetización a capas de población cada vez más amplias, generando un público lector masivo. Fue entonces cuando el libro abandonó su condición de objeto suntuario reservado a unos pocos: nacieron los best sellers. Éstos se llamaban entonces folletines y al principio se conformaban con ocupar una franja baja de algunos periódicos con sus historias de amor, suspense e infortunio. Pronto los periódicos empezaron a vender suplementos literarios, en forma de pequeños cuadernos que conforman novelas por entregas. El género causó auténtico furor y las mejores figuras literarias se dedicaron a él: Alejandro Dumas, Victor Hugo, Robert Louis Stevenson o Charles Dickens, entre otros. Los folletines de éste último enganchaban al público de tal manera que, al parecer, el público de Nueva York esperaba la llegada de las entregas directamente en el puerto.

Esta fue quizá el último cambio cualitativo relevante en la historia del libro. Desde entonces, el proceso de impresión ha seguido haciéndose más barato y más rápido, pero poco ha cambiado en el libro mismo en cuanto objeto. El cambio que empieza a vislumbrarse tiene que ver con la adaptación del texto a la era digital. Pero eso incumbe al futuro (o los futuros) del libro, y lo dejamos para otra entrada.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Colaboración: La reina Margot, de Alexandre Dumas

Idioma original: Francés

Título original: La reine Margot

Traducción: Elena Real y Dolores Jiménez

Año de publicación: 1845

Valoración: Decepcionante 


En verano es cuando más me apetece leer novelones decimonónicos – o quizás debería decir que es cuando único es realista ponerme a ello, puesto que es cuando tengo la calma y la concentración para embarcarme en la tamaña empresa que es leer un libro de tropecientas páginas escrito hace más de cien años. 

Este año le ha tocado el turno a La reina Margot, de Alejandro Dumas padre (me van a perdonar, yo soy de la generación en que se traducían los nombres de los grandes de la literatura, como si fuesen miembros de casas reales – que curiosamente se siguen traduciendo – y por lo tanto leí a Julio Verne y a León Tolstoi – aunque también a Charles Dickens y a Gustave Flaubert, hum, quién sabe qué aleatorios mecanismos llevaban a traducir a algunos y dejar en su idioma a otros… ) En fin, que me enredo. ¿Será por venir de leer este libro? Porque la verdad es que es un enredo tremendo. 

La reina Margot es una novela histórica, donde acontecimientos reales se mezclan con elementos ficticios.  Se centra en un episodio de la vida de la mujer que le da título, aka Margarita de Valois, hija de Catalina de Médicis y el rey francés Enrique II, destinada a convertirse en reina de un país donde el auge del Protestantismo está creando fuertes tensiones. Para paliar esas tensiones, a Margarita la casan con otro Enrique, Enrique de Borbón, rey de Navarra, criado en la fe protestante pero que acabará bautizándose católico. La boda, sin embargo, termina por ser uno de los detonantes de la matanza de San Bartolomé, en la que la población católica asesinó a miles de hugonotes, esto es, protestantes franceses. La novela cubre los días justo antes de la boda (y por ende, de la matanza) y los meses posteriores, y se ocupa fundamentalmente de los amores extramatrimoniales de la reina Margot, que se queda prendada de un hugonote, y los tejemanejes de la corte, encabezados por la madre de la reina. 

La trama, a mi parecer fascinante, no está bien aprovechada. Hay buenas escenas de acción, como es frecuente en el autor, pero las personalidades y las motivaciones de sus protagonistas están muy simplificadas, con lo que acaban resultando bastante planos: Margot es guapísima y buenísima, Catalina es también guapísima pero malísima, el hugonote de la reina es nobilísimo y su amigo fidelísimo, el rey es aburridísimo, etc. etc. No hay medias tintas. De modo que la realidad del período, de gran dramatismo y complejidad, queda como un decorado de cartón, y los personajes históricos, que no son todos, pero los que son tienen mucho jugo, parecen marionetas en un teatro infantil. Difícil conectar y mantener el interés a través de las más de 700 páginas del libro. 

Esperaba más del grande Dumas, autor de aventuras tan divertidas como las de los Mosqueteros, y también de material profundamente introspectivo, casi filosófico, como El Conde de Montecristo. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero es que La reina Margot es… un rollo. 

¿Vale la pena leer la novela? Yo diría que, si uno tiene curiosidad por la historia de Francia y disfruta con la prosa de Dumas, sí, vale la pena. Ahora, yo no lo hubiera hecho si hubiera sabido el tipo de lectura que me iba a proporcionar. Y esto lo digo yo, que me pirro por las novelas decimonónicas. ¡Sobre todo en verano! 

Firmado: Yaiza P.

También de Alexandre Dumas reseñado en ULADEl conde de Montecristo

viernes, 25 de diciembre de 2020

Paul Auster: El cuento de Navidad de Auggie Wren

Idioma original: inglés
Título original: Auggie Wren's Christmas story
Traducción: Albert Nolla (ed. en catalán) y Ana Nuño López (ed. en castellano)
Año de publicación: 1990
Valoración: muy recomendable

Por motivos evidentes, el día de Navidad es un día especial en los corazones de muchos. Es un día de recogimiento, un día emotivo, familiar, …. Y, por todo ello, también es un día propicio para escribir historias que sucedan en esta señalada fecha. Lo hizo, entre otros, Charles Dickens con «Un cuento de Navidad», John Updike con sus cuentos agrupados en «Los doce terrores de la Navidad» y, más recientemente, también Ali Smith situó su última novela «Invierno» en la víspera de Navidad. Y, como no podía ser de otro modo, un autor de la calidad de Paul Auster también quiso añadirse a la lista con este cuento de Navidad publicado por primera vez en el New York Times en el día de Navidad de 1990; un cuento diferente, especial, pero un cuento de Navidad, al fin y al cabo. Porque, de hecho, la Navidad es diferente para cada uno, y también para Auggie Wren, el protagonista principal de este relato.

El cuento empieza, ya desde la primera página, a presentarnos a los personajes que participan en él y, a pesar de tratarse de un libro brevísimo de menos de cincuenta páginas y de formato pequeño, la habilidad de Paul Auster en transmitirnos sensaciones e introducir a los personajes hace que con cuatro pinceladas ya estemos situados: nos encontramos en los días previos a la Navidad en Brooklyn, el barrio admirado por el autor, un barrio que ya forma parte del paisaje literario de los seguidores de Auster hasta el punto de que a menudo se convierte en un personaje más de sus novelas. Y, en una esquina del barrio, nos encontramos con el estanco de Auggie Wren, «ese extraño hombrecillo que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas». Así es como el protagonista narrador (también de nombre Paul y también escritor) describe al propietario del estanco, ese «personaje pícaro y ocurrente que siempre decía algo gracioso sobre el tiempo».

La relación entre Auggie y Paul, iniciada hace años de manera algo distante cambia de golpe cuando Auggie se da cuenta de que Paul es escritor y le coge confianza, llegando a un punto de intimidad que propicia que el estanquero le muestre su proyecto personal, una colección de fotografías hechas por él de un modo algo particular: durante doce años, cada día, a la misma hora, hace una foto (en un proyecto que podría llamarse «una foto al día», por poner un ejemplo que nos suene), y la hace desde la misma ubicación y retratando la misma vista. Auggie recopila, con este proyecto, miles de fotografías muy parecidas en apariencia, pero diferentes en detalle; el mismo escenario con diferentes rostros, diferente luz, diferentes condiciones meteorológicas. Así, con esta aparente sencillez, Auggie «fotografiaba el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía colocándose en un rinconcito del mundo deseando que fuera suyo». De esta manera podría captar el paso del tiempo, percibir, en el día a día, la vida de la gente anónima, observar su evolución, ver cómo transcurre el curso del tiempo en sus rostros y en sus cuerpos, advertir cómo el día a día incide y deja una marca a su paso en cada uno de ellos y ser testigo de ello, hacer este cambio un poco suyo y formar parte de él. 

Paul queda fascinado por el proyecto, convirtiéndose en motivo de conversación habitual entre él Auggie, hasta que un día el periódico donde Paul trabaja le hace un encargo: escribir un cuento de Navidad para publicarlo en esa señalada fecha. Paul acepta con desgana y cierto bloqueo creativo, porque, siendo honestos, «¿qué sabía yo, de escribir cuentos por encargo?», «¿qué sabía yo, de la Navidad?». Sus dudas se desvanecen a los pocos días cuando, compartiendo sus preocupaciones con Auggie, este le indica que «si me invitas a comer, amigo mío, te explicaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca». 

Creo haber llegado a este punto de la reseña sin haber explicado demasiado, pues la brevísima extensión del cuento exige prudencia en revelar más detalles de esta destacable historia que, a pesar de su corta extensión contiene todos los elementos que hacen de Paul Auster un grandísimo escritor:
  • Un escenario reconocible: Auster sitúa la acción en el archiconocido barrio de Brooklyn, el escenario clave de gran parte de sus obras y el lugar donde reside desde hace años (como él mismo detalla en su libro autobiográfico «Diario de Invierno»). Para los que hemos leído gran parte de la obra del autor, uno reconoce perfectamente en sus libros las calles y el ambiente en el que transcurren sus historias. Y, en este caso, no sólo ubica la historia en él, sino que Auggie lo retrata, como queriendo captar su alma y trasladarla a las palabras.
  • El misterio: como todo cuento destacable, la narración empieza despertando un interés incuestionable. Ya en la primera frase el autor lo hace evidente al decir «Le oí contar este cuento a Auggie Wren». Así entra en juego el cuento dentro del cuento, la intriga en saber en qué consiste, qué fue lo que le contó un tal Auggie Wren del que todavía no conocemos quién es ni qué relación tiene con el narrador.
  • La atmósfera: Auster crea un mundo inmenso a partir de poquísimos detalles. Con pequeños aportes de información, uno tiene la sensación de que lleva muchas páginas leyendo sobre la historia y lo que ocurre. La familiaridad con ella es inexorable, es íntima, es envolvente.
  • Los personajes: retratados a la perfección, uno podría describir a Paul y Auggie sin equivocarse demasiado ni apartase mucho de la idea que el autor tenía al escribir el relato. Con la precisión cirujana de un escritor con mucho talento, el autor transmite la personalidad de ambos personajes sin excesivos adornos.
  • El azar: como en todo relato de Auster, el azar, la coincidencia o la aleatoriedad son elementos que inciden en la historia y le dan ese punto de posibilidad que hacen que sea algo que pueda suceder, que pueda ocurrir a cualquiera de sus personajes o a incluso los lectores.
  • El desarrollo: la historia avanza de manera rápida, sin respiro, se lee (y debe leerse) de una tacada, con aliento contenido y voracidad creciente, con el deseo inexorable de conocer lo que Auggie tiene que contar.
  • El desenlace: llegados al final, uno se percata que se ha dejado arrastrar por la historia como le ha ocurrido al propio Paul, en un cuento de Navidad diferente a los que estamos acostumbrados pero que contiene algunos de los elementos reconocibles en ellos: un punto de caridad humana, el recogimiento y la necesidad de afecto.

Por todo ello, y al igual que hace Auggie con las fotografías ubicándose en una esquina y dejando que las vidas de quienes transitan por delante pasen a formar parte de la suya, las novelas de Paul Auster dejan también su huella, página a página, en cada uno de los lectores que admiramos su obra, construyendo en nuestro interior un mundo cálido y humano. Dice el autor que «mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdadera». Y es posible que esa sea la magia, no únicamente de los libros, sino también de la Navidad.

Otras obras de Paul Auster en ULAD: aquí

miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XXEl gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXICorazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vidaLa democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajesEn las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del añoEl templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

RelecturasLos pasos perdidosLa marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...