Idioma original: catalán
Título original: Dolça introducció al caos
Traducción: Noemí Sobregués
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable
Título original: Dolça introducció al caos
Traducción: Noemí Sobregués
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable
Casualidades de la vida o no, en menos de un año he leído dos libros de autoras catalanas que tratan sobre el embarazo no deseado por, al menos, una de las partes. Estoy hablando de Eva Baltasar y su «Boulder», pero también de este libro que nos ocupa de Marta Orriols. Las diferencias entre ambos libros son abismales pues, a pesar del gran talento que tienen ambas autoras, mientras en Boulder se incide en cómo la elección y su consecuencia afecta a la pareja y su vida, Orriols trata sobre cómo la propia toma de decisión influye en la vida de cada uno. Dos enfoques totalmente diferentes, dos estilos radicalmente distintos, aunque podrían ser complementarios.
Cabe decir que leer a Marta Orriols supone constatar que la manera de decir las cosas importa, que sabe buscar la belleza en las palabras, que se nota en su estilo un deseo (casi un ansia) de escribir buscando la perfección. Porque es obvia su intención de encontrar aquellas descripciones sobre los sentimientos que albergamos dentro de nosotros, a las que hábilmente parece encontrar siempre aquellas palabras que los definen. Incluso, en ocasiones, haciéndolo en exceso. Veamos.
A modo de resumen, la autora basa su relato en la pareja formada por Dani y Marta, de treinta y pico años cada uno, de caracteres diferentes y necesidades afectivas casi discrepantes. Su vida, tras más de dos años juntos, experimenta un punto crítico en su relación, pues ella queda embarazada y decide no seguir adelante con el embarazo, interrumpirlo, abortarlo, finiquitarlo. Este hecho (que ocurre en las primeras veinte páginas, por lo que no desvelo nada que estropee la lectura) supone un momento crucial en la vida de cada uno y también en la propia como pareja, pues estos momentos críticos, decisivos y definitivos, cada uno los experimenta desde su propio ser, situando las necesidades personales por encima del conjunto. Y, siendo así, es inevitable que en momentos de decisiones irreversibles cada uno actúe como sepa, o como pueda o como el cuerpo le pida. Incluso a costa del otro, o de uno mismo.
Y, en esa relación en la que se encuentran Dani y Marta, en un continuo y suspendido estado de embriaguez emocional, con sus imperceptibles defectos y fricciones que sirven únicamente para constatar que sus sentimientos son reales, que existen, en un momento de placentera relación propia de quien se encuentra en un perpetuo estado de solidez sentimental, ¿qué ocurre cuando se produce un embarazo no buscado? ¿Cómo afecta a los dos miembros de la pareja por separado y cómo lo hace como pareja? Y, es más, ¿qué ocurre si ella tiene claro que no quiere seguir con el embarazo y lo asume y decide sin intención ni margen de debatirlo o, tan siquiera, de tantear puntos de vista u opciones? ¿Qué ocurre cuando la decisión deja al otro al margen de la propia pareja, desplazando el centro hacia un lugar al que no puede acceder, cuando la decisión afecta a la pareja, pero también a uno mismo, al tener que responder a la ineludible cuestión de si ha llegado el momento de «agarrarse a un proyecto de por vida y dejar atrás el simulacro de vida feliz donde nada es definitivo ni comprometedor» porque aquello «que de verdad da miedo es dejar de ser quienes son para volcarse en otro, llenar la vida de miedo que ahora no tienen, iniciar algo conjunto y para siempre»? Este es el argumento sobre el cual gira esta novela de Marta Orriols, donde la acción transcurre en unos pocos días, en un breve lapso de tiempo que incidirá en una vida entera.
Estilísticamente, uno reconoce enseguida la calidad literaria de Orriols, de trazo preciso, claro, poético, detallado y detallista. Es evidente que escribe bien, domina el lenguaje y lo adorna de palabras que envuelven los sentimientos haciéndolos reconocibles y hasta cierto punto deseables, con frases de poética musicalidad y precisa estructura buscando siempre alcanzar los sentimientos del lector. Sin embargo, detecto en este libro (o, mejor dicho, en su primera mitad) un defecto importante, no por carencia, sino al contrario, por exceso; una desmesura en la búsqueda de la perfección. Da la sensación de que cada frase tiene que ser arrebatadoramente perfecta, bella y precisa, como si su escritura sufriera un síndrome de Stendhal donde el propio relato pierde fuerza y se desvanece ante tanta belleza, porque el dominio del lenguaje de Orriols es tan acaparador que puede empalagar por exceso si no se contiene; como un artista descomedidamente exquisito que necesita plasmar de manera perfecta cada trazo, ignorando que en la imperfección y en los vacíos también puede haber belleza, en esos huecos que dejan respirar al lector y le sorprenden por contraste.
El relato gira demasiado en torno al sentimiento de sorpresa y al impacto por la noticia, y sitúa a Dani en un intento y voluntad de poder volver a la situación anterior a que ella comunicara la noticia. Pero lo que sorprende es que la voluntad de él está en seguir adelante, pero no se exponen sus motivos. Y eso hace que difícilmente conectemos con un personaje que, aunque descolocado, necesitamos que sea a la vez creíble. Porque en ocasiones da la sensación que el elemento disruptivo de la noticia del embarazo hubiera funcionado prácticamente igual si la noticia fuera acerca de una enfermedad terminal o una infidelidad; la revisión de una vida y una relación, las dudas sobre la pareja y su durabilidad. Así, habla más de la pérdida de libertades y añoranza a la juventud que de la ilusión hacia el nuevo futuro, aunque sepa que la decisión de interrumpirlo está ya tomada. Da la sensación que Orriols se sirve de esa premisa para hablar sobre anécdotas del pasado y episodios puntuales sobre la juventud, las relaciones sentimentales, la pareja, el trabajo, la rutina, el deseo... así como nutrir el relato de reflexiones de Dani acerca del sindicato de guionistas o los problemas de la industria televisiva, los problemas de la generación próxima a los treinta años, la juventud añorada, el trabajo o la rutina que en ocasiones tienden al cliché. No es fluida su imbricación con el punto de partida, no transiciona de manera natural la crítica con la historia contada ni tampoco ayuda la aparición de personajes secundarios insuficientemente definidos y que aportan poco a la historia. Además, y es otra percepción personal, estructurar el relato en grandes bloques correspondientes a los personajes hace que las dos partes del libro sean desequilibradas.
Afortunadamente, estos defectos se diluyen y desaparecen pasada la mitad del relato, donde la parte de Marta pasa al primer plano y corrige con creces esas sensaciones anteriores; aquí sí hay conexión, hay belleza, pero no desmesura, hay definición y facilidad en empatizar. Hay dudas definidas y reales, hay incertidumbres fundadas, pero no por un pasado determinado sino porque es la condición humana ante la duda de si tomar una decisión u otra temiendo que ninguna de las dos sea la correcta; porque puede que no sea el momento, pero puede que nunca lo sea. Porque ella tiene «la seguridad de que la suciedad la genera ella tome la decisión que tome». Porque siempre hay motivos para posponerlo, hasta que el siempre deja de ser una posibilidad remota.
Es en ese tramo final del libro, a partir de la visión de Marta y del desenlace de la historia, donde Orriols muestra todo su potencial, donde despliega el tapiz del relato allí donde se siente cómoda: en las emociones, en los sentimientos, en los vacíos existentes y las verdades a medio decir. Es en esos espacios de pequeños silencios y grandes verdades calladas, donde se percibe más confortable con el relato y deslumbra con altas dosis de veracidad y realismo, de silencios antiguos y emociones contenidas. Orriols es buena en esto, pues más que en construir pasados o ambientes, sublima la narración cuando habla de lo que sienten sus personajes, que todos somos un poco ellos, que por eso retratan unas vidas que, más próximas o lejanas en apariencia, contienen algo de nosotros dentro de ellas.
Pero que los defectos expuestos no lleven a engaño, pues el libro bien vale la lectura; en ese estilo bello, precioso, pero a la vez hiriente en algunos casos, encontramos auténticas joyas que la autora nos sirve para constatar su talento al definir emociones, como cuando describe los inicios de una pareja, ese momento en que «festivos, empezaban a idear un mundo en común y aún no podían preverse los gestos» o con Dani, que a sus treinta años, «se sabe instalado en una libertad volátil, en parte impuesta por un sistema que facilita una especie de resistencia a la inmadurez» o constatando, en otra de las grandes verdades que contiene el libro, que «la amistad es un espejo perfecto» en el que buscar el reflejo de quién somos. También la revisión de una vida y la reflexión sobre el futuro incierto que asoma, cuestionándose «qué tiene más valor, lo que ha vivido o lo que se pensaba que viviría».
Por todo ello, un libro recomendable a pesar de su irregularidad porque leer a Orriols siempre es una decisión acertada, es como recobrar la sensación de sentirse comprendido por un autor, de poner las palabras adecuadas para describir emociones que tienen sus personajes, pero que podría tener el propio lector. Sorprende la decisión de Orriols en centrar la vista principalmente en Dani cuando lo fácil hubiera sido hacerlo sobre Marta. Y no únicamente fácil, sino también provechoso, porque es en Marta donde parece que la autora se siente más a gusto, donde aparta clichés y sensaciones ya vistas, donde se vuelca irremediablemente y deposita todo su talento en esbozar los distintos pliegues anímicos por donde se esconde cada uno de nuestros miedos e inseguridades.
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