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domingo, 17 de enero de 2021

Marta Orriols: Dulce introducción al caos

Idioma original: catalán
Título original: Dolça introducció al caos
Traducción: Noemí Sobregués
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Casualidades de la vida o no, en menos de un año he leído dos libros de autoras catalanas que tratan sobre el embarazo no deseado por, al menos, una de las partes. Estoy hablando de Eva Baltasar y su «Boulder», pero también de este libro que nos ocupa de Marta Orriols. Las diferencias entre ambos libros son abismales pues, a pesar del gran talento que tienen ambas autoras, mientras en Boulder se incide en cómo la elección y su consecuencia afecta a la pareja y su vida, Orriols trata sobre cómo la propia toma de decisión influye en la vida de cada uno. Dos enfoques totalmente diferentes, dos estilos radicalmente distintos, aunque podrían ser complementarios.

Cabe decir que leer a Marta Orriols supone constatar que la manera de decir las cosas importa, que sabe buscar la belleza en las palabras, que se nota en su estilo un deseo (casi un ansia) de escribir buscando la perfección. Porque es obvia su intención de encontrar aquellas descripciones sobre los sentimientos que albergamos dentro de nosotros, a las que hábilmente parece encontrar siempre aquellas palabras que los definen. Incluso, en ocasiones, haciéndolo en exceso. Veamos.

A modo de resumen, la autora basa su relato en la pareja formada por Dani y Marta, de treinta y pico años cada uno, de caracteres diferentes y necesidades afectivas casi discrepantes. Su vida, tras más de dos años juntos, experimenta un punto crítico en su relación, pues ella queda embarazada y decide no seguir adelante con el embarazo, interrumpirlo, abortarlo, finiquitarlo. Este hecho (que ocurre en las primeras veinte páginas, por lo que no desvelo nada que estropee la lectura) supone un momento crucial en la vida de cada uno y también en la propia como pareja, pues estos momentos críticos, decisivos y definitivos, cada uno los experimenta desde su propio ser, situando las necesidades personales por encima del conjunto. Y, siendo así, es inevitable que en momentos de decisiones irreversibles cada uno actúe como sepa, o como pueda o como el cuerpo le pida. Incluso a costa del otro, o de uno mismo.

Y, en esa relación en la que se encuentran Dani y Marta, en un continuo y suspendido estado de embriaguez emocional, con sus imperceptibles defectos y fricciones que sirven únicamente para constatar que sus sentimientos son reales, que existen, en un momento de placentera relación propia de quien se encuentra en un perpetuo estado de solidez sentimental, ¿qué ocurre cuando se produce un embarazo no buscado? ¿Cómo afecta a los dos miembros de la pareja por separado y cómo lo hace como pareja? Y, es más, ¿qué ocurre si ella tiene claro que no quiere seguir con el embarazo y lo asume y decide sin intención ni margen de debatirlo o, tan siquiera, de tantear puntos de vista u opciones? ¿Qué ocurre cuando la decisión deja al otro al margen de la propia pareja, desplazando el centro hacia un lugar al que no puede acceder, cuando la decisión afecta a la pareja, pero también a uno mismo, al tener que responder a la ineludible cuestión de si ha llegado el momento de «agarrarse a un proyecto de por vida y dejar atrás el simulacro de vida feliz donde nada es definitivo ni comprometedor» porque aquello «que de verdad da miedo es dejar de ser quienes son para volcarse en otro, llenar la vida de miedo que ahora no tienen, iniciar algo conjunto y para siempre»? Este es el argumento sobre el cual gira esta novela de Marta Orriols, donde la acción transcurre en unos pocos días, en un breve lapso de tiempo que incidirá en una vida entera.

Estilísticamente, uno reconoce enseguida la calidad literaria de Orriols, de trazo preciso, claro, poético, detallado y detallista. Es evidente que escribe bien, domina el lenguaje y lo adorna de palabras que envuelven los sentimientos haciéndolos reconocibles y hasta cierto punto deseables, con frases de poética musicalidad y precisa estructura buscando siempre alcanzar los sentimientos del lector. Sin embargo, detecto en este libro (o, mejor dicho, en su primera mitad) un defecto importante, no por carencia, sino al contrario, por exceso; una desmesura en la búsqueda de la perfección. Da la sensación de que cada frase tiene que ser arrebatadoramente perfecta, bella y precisa, como si su escritura sufriera un síndrome de Stendhal donde el propio relato pierde fuerza y se desvanece ante tanta belleza, porque el dominio del lenguaje de Orriols es tan acaparador que puede empalagar por exceso si no se contiene; como un artista descomedidamente exquisito que necesita plasmar de manera perfecta cada trazo, ignorando que en la imperfección y en los vacíos también puede haber belleza, en esos huecos que dejan respirar al lector y le sorprenden por contraste.

El relato gira demasiado en torno al sentimiento de sorpresa y al impacto por la noticia, y sitúa a Dani en un intento y voluntad de poder volver a la situación anterior a que ella comunicara la noticia. Pero lo que sorprende es que la voluntad de él está en seguir adelante, pero no se exponen sus motivos. Y eso hace que difícilmente conectemos con un personaje que, aunque descolocado, necesitamos que sea a la vez creíble. Porque en ocasiones da la sensación que el elemento disruptivo de la noticia del embarazo hubiera funcionado prácticamente igual si la noticia fuera acerca de una enfermedad terminal o una infidelidad; la revisión de una vida y una relación, las dudas sobre la pareja y su durabilidad. Así, habla más de la pérdida de libertades y añoranza a la juventud que de la ilusión hacia el nuevo futuro, aunque sepa que la decisión de interrumpirlo está ya tomada. Da la sensación que Orriols se sirve de esa premisa para hablar sobre anécdotas del pasado y episodios puntuales sobre la juventud, las relaciones sentimentales, la pareja, el trabajo, la rutina, el deseo... así como nutrir el relato de reflexiones de Dani acerca del sindicato de guionistas o los problemas de la industria televisiva, los problemas de la generación próxima a los treinta años, la juventud añorada, el trabajo o la rutina que en ocasiones tienden al cliché. No es fluida su imbricación con el punto de partida, no transiciona de manera natural la crítica con la historia contada ni tampoco ayuda la aparición de personajes secundarios insuficientemente definidos y que aportan poco a la historia. Además, y es otra percepción personal, estructurar el relato en grandes bloques correspondientes a los personajes hace que las dos partes del libro sean desequilibradas.

Afortunadamente, estos defectos se diluyen y desaparecen pasada la mitad del relato, donde la parte de Marta pasa al primer plano y corrige con creces esas sensaciones anteriores; aquí sí hay conexión, hay belleza, pero no desmesura, hay definición y facilidad en empatizar. Hay dudas definidas y reales, hay incertidumbres fundadas, pero no por un pasado determinado sino porque es la condición humana ante la duda de si tomar una decisión u otra temiendo que ninguna de las dos sea la correcta; porque puede que no sea el momento, pero puede que nunca lo sea. Porque ella tiene «la seguridad de que la suciedad la genera ella tome la decisión que tome». Porque siempre hay motivos para posponerlo, hasta que el siempre deja de ser una posibilidad remota. 

Es en ese tramo final del libro, a partir de la visión de Marta y del desenlace de la historia, donde Orriols muestra todo su potencial, donde despliega el tapiz del relato allí donde se siente cómoda: en las emociones, en los sentimientos, en los vacíos existentes y las verdades a medio decir. Es en esos espacios de pequeños silencios y grandes verdades calladas, donde se percibe más confortable con el relato y deslumbra con altas dosis de veracidad y realismo, de silencios antiguos y emociones contenidas. Orriols es buena en esto, pues más que en construir pasados o ambientes, sublima la narración cuando habla de lo que sienten sus personajes, que todos somos un poco ellos, que por eso retratan unas vidas que, más próximas o lejanas en apariencia, contienen algo de nosotros dentro de ellas. 

Pero que los defectos expuestos no lleven a engaño, pues el libro bien vale la lectura; en ese estilo bello, precioso, pero a la vez hiriente en algunos casos, encontramos auténticas joyas que la autora nos sirve para constatar su talento al definir emociones, como cuando describe los inicios de una pareja, ese momento en que «festivos, empezaban a idear un mundo en común y aún no podían preverse los gestos» o con Dani, que a sus treinta años, «se sabe instalado en una libertad volátil, en parte impuesta por un sistema que facilita una especie de resistencia a la inmadurez» o constatando, en otra de las grandes verdades que contiene el libro, que «la amistad es un espejo perfecto» en el que buscar el reflejo de quién somos. También la revisión de una vida y la reflexión sobre el futuro incierto que asoma, cuestionándose «qué tiene más valor, lo que ha vivido o lo que se pensaba que viviría». 

Por todo ello, un libro recomendable a pesar de su irregularidad porque leer a Orriols siempre es una decisión acertada, es como recobrar la sensación de sentirse comprendido por un autor, de poner las palabras adecuadas para describir emociones que tienen sus personajes, pero que podría tener el propio lector. Sorprende la decisión de Orriols en centrar la vista principalmente en Dani cuando lo fácil hubiera sido hacerlo sobre Marta. Y no únicamente fácil, sino también provechoso, porque es en Marta donde parece que la autora se siente más a gusto, donde aparta clichés y sensaciones ya vistas, donde se vuelca irremediablemente y deposita todo su talento en esbozar los distintos pliegues anímicos por donde se esconde cada uno de nuestros miedos e inseguridades. 

También de Marta Orriols en ULAD: Aprender a hablar con las plantas

jueves, 6 de diciembre de 2018

Marta Orriols: Aprender a hablar con las plantas

Idioma original: catalán/castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

De un tiempo a esta parte, estamos asistiendo a un importante auge de nuevas figuras literarias en nuestro país que irrumpen con fuerza, pidiendo paso de manera firme, segura y atrevida. Ocurrió hace poco con Eva Baltasar y su «Permafrost» («Permagel» en su versión original en catalán), ocurre también con Anna Punsoda y su «Els llits dels altres» y ocurre ahora con Marta Orriols. Todas ellas mujeres catalanas, todas escribiendo su primera novela, y haciéndolo en obras de temática claramente introspectiva. Sorprende y alegra el atrevimiento de estas nuevas voces que entran en el mundo de la novela, un mundo nuevo para ellas, pero en el que saben moverse como si fueran ya veteranas en el arte de narrar. Y Marta Orriols es un claro ejemplo de ello; destacadísimo, diría.

La historia empieza de manera directa, presentándonos a Paula, narradora en primera persona y protagonista absoluta, que ha perdido recientemente su pareja; y lo ha hecho por partida doble, pues primero decide cortar con ella, y luego la pierde definitivamente, pues, justo después de que él le comunique su decisión, muere atropellado. Así, repentinamente la muerte, pero especialmente el duelo, inunda la vida de Paula. Un duelo sostenido en una dicotomía constante por la añoranza, pero también por cierta incomodidad o incluso enfado, pues el duelo modifica percepciones, cambia los recuerdos, y parece dibujar, a medida que avanza y madura, una realidad diferente a la que era, empujándola a olvidar recuerdos indeseados. Y con el duelo, aparece la solidaridad de los allegados, y su empecinamiento en ofrecer un consuelo que solo llega hasta la frontera anímica de quien realmente lo sufre, una puerta de entrada que solo el afectado puede abrir y dejar entrar, para encontrar en esas palabras de ánimo un refugio donde instalarse y aligerar la carga que supone cargar con la tristeza por el difunto.

Marta Orriols ha escrito una novela donde la muerte está siempre presente; presente por el recuerdo de los momentos vividos, pero también por el recuerdo de los momentos que, aun estando juntos, todavía no se habían materializado. De esta manera, el relato que nos narra ocupa un espacio dentro del lector, un espacio puede que compartido por aquellos que hayan pasado por situaciones similares, o un espacio libre, libre por desocupado, pero que vamos llenando de manera diaria con las preocupaciones que albergamos en nuestro interior, conocedores de que ese futuro existe y vendrá a por nosotros. Y los miedos, la soledad, la tristeza, y el desamparo en el que nos encontramos a veces en los abrazos de nuestros seres queridos, que nos rodean de buenas intenciones, pero nulos resultados, pues el vacío que se experimenta cuando alguien se va, no es únicamente el que deja esa persona en el mundo, en tu mundo, sino que también deja vacío el espacio que tú y esa persona formabais. Y la novela refleja esa sensación, pues parte de uno mismo desaparece con la persona que muere, creando un abismo inmenso que va más allá de la persona fallecida. Y la dualidad siempre existente, en una balanza en desequilibrio constante entre los recuerdos positivos y los negativos, entre lo que añoramos y lo que detestamos, entre lo que fue y lo que hubiera podido ser, entre lo que aceptamos y lo que rechazamos, entre una felicidad en momentos aparente, y una realidad que nos empeñamos en imaginar factible.

Y en ese proceso de superación, aparece el inevitable pacto con uno mismo, y en la acción de querer saldar cuentas irrumpe la extrema necesidad de la recomposición de uno mismo, en una clara pero desigual lucha entre superar un vínculo al pasado y la posibilidad de un futuro donde ese pasado encaje sin dañar demasiado. Y la autora hábilmente elige una profesión para Paula que se ajusta perfectamente en la historia, pues, siendo médica de una UCI neonatal, conoce perfectamente lo que implica la muerte, pero también la necesidad de luchar para evitarla, y construir y salir adelante en la vida, evitando una muerte siempre flotando en el ambiente, que asusta y espanta. Y Paula se encuentra en la misma posición, intentando sacar adelante una vida cuando la muerte está presente.

Estilísticamente, además de una narración delicada, rica, y perfectamente estructurada, y a pesar del duelo y la aflicción existentes, la novela no es triste pues permanece de manera latente un punto de inconformismo ante la situación, una voluntad de salir adelante ni que sea a trompicones, de manera espontánea y sin saber si es la adecuada, pero existe, está ahí, y la protagonista contagia esa actitud de manera evidente. No hay un desgarro emocional definitivo e irreversible a pesar de la muerte y la pérdida, sino una vitalidad que se sostiene a través de las pequeñas cosas cotidianas que conforman esas migas de pan necesarias para encontrar el camino perdido hacia una alegría que está ahí esperando para ser redescubierta. Así, el estilo de Marta Orriols, directo, franco, claro y nítido, genera una empatía con la protagonista de manera inmediata, y la introducción de escenas cotidianas de Paula permite conectar con ella desde el inicio; y su voz ayuda, pues la narración en primera persona nos acerca a ese personaje afectado, afligido, casi hundido, pero a la vez tremendamente vital. Cierto es que hay, en momentos puntuales (y especialmente superada la primera mitad del libro) una cierta ligereza narrativa al incluir conversaciones o pequeñas anécdotas que descargan la novela de la tensión emocional que la historia plantea en un inicio, pero quiero creer que el motivo es buscar la complicidad del lector añadiendo pinceladas de vida cotidiana con las que todos podríamos identificarnos. En cualquier caso, es algo puntual, y permite tomar cierto aire para encarar un final de novela donde la autora retoma el pulso y sitúa la historia en un punto final de alto nivel.

Estructuralmente, la novela también destaca en positivo por la narración alternada entre la propia historia y pequeños fragmentos que Paula escribe en conversaciones imaginarias hacia su difunta pareja. Esos fragmentos son aquello que aún les une y que le permite a Paula saldar las cuentas y desahogarse. Esas pequeñas partes necesarias de reconstrucción de un pasado para poder empezar un futuro sin cuentas pendientes, habiendo hecho las paces, no con el difunto, sino hacia uno mismo y su pasado, son para mí probablemente las mejores partes del libro, pues es en ellas donde la protagonista se expone y se desnuda frente a su propia imagen.

Por todo ello, la novela que ha escrito Marta Orriols es de las que dejan un gran recuerdo, agradable y positivo a pesar de la tristeza de la historia narrada. La autora sabe perfectamente cómo manejar el ritmo, equilibrar los momentos tristes y los alegres, y encontrar el equilibrio perfecto entre narración y reflexión, entre lo que sucede en la historia, pero también dentro de la protagonista, consiguiendo llenar el espacio narrativo entre obra y lector, y hacérsela sentir tan cerca hasta hacerla suya. Os la recomiendo encarecidamente.

También de Marta Orriols en ULAD: Dulce introducción al caos

sábado, 31 de mayo de 2025

Marta Orriols: A l’altra banda de la por

Idioma original: Catalán
Año de publicación: 2025
Valoración: Entre recomendable y está bien

A l'altra banda de la por sigue los pasos de Joana, una mujer ya madura a la que le gusta el arte y nadar, que tiene dos hijos y que trabaja como restauradora y conservadora en el MNAC. 

La novela de de Marta Orriols está bien escrita y es rica en reflexiones. Logra imprimir trascendencia a lo anodino, lo trivial y lo cotidiano con sumo acierto, además de apreciar la belleza de las cosas y los consuelos que nos proporcionan los demás, sin caer en ese afán grandilocuente y dignificador de otras obras similares. Asimismo, derrocha humanidad y madurez, y, pese a transmitir un mensaje positivo, no teme mostrar el lado negativo o decepcionante de la existencia, ni la cualidad oblicua y contradictoria del ser humano.

Dicho mensaje positivo es, precisamente, lo que más me ha gustado de A l'altra banda de la por. O, más que el mensaje positivo en sí, la grisalla que lo acompaña. Y es que éste reividinca las relaciones afectivas (con un ex marido, con un amante a quien apenas ves, con unos hijos que te ven como una pesada...), y el placer que podemos hallar en las pequeñas victorias diarias («Ressucitar un gerani, aconseguir unes entrades, regalar-les», pg. 262), pero siempre lo hace, insisto, sin caer en lo grandilocuente y dignificador.

También debo resaltar las perlas de sabiduría que salpican A l’altra banda de la por. Citaré sólo una, aunque podría elegir entre decenas: «Els fills eren l’oportunitat de reviure sensacions que havien quedat enterrades en el passat», pg. 190.

Otro aspecto de A l’altra banda de la por que me ha cautivado es la complejidad de las relaciones entre Joana y el resto de personajes. Complejidad presente especialmente en las interacciones que mantiene con Biel, el padre de sus hijos (con quien se sigue llevando bien y al que todavía quiere pese a  que están separados), con Mateu, catalán con quien intimó breve pero intensamente en el extranjero, o con sus difuntos padres.

Si bien podría ponerle algunas pegas a A l’altra banda de la por, adelanto que son tan insignificantes que en ningún momento lastran significativamente al conjunto. La primera tiene que ver con la prosa de Orriols; y es que tengo al sensación de que algunos de sus párrafos podrían subdividirse en varios, porque el bloque no siempre aporta información relacionada. 

La segunda pega: que la voz narrativa de A l’altra banda de la por no sólo aporta poco al interpelar al lector, sino que, además, dicho recurso estilístico resulta algo confuso. A mi juicio, se usa de manera tan esporádica que no deviene relevante. Además, en un inicio parece que pretende subrayar la universalidad de la obra, enfatizar cómo Joana es, pese a sus particularidades, parecida en el fondo al resto de seres humanos («Tot ella era, en realitat, el que som sempre tots nosaltres», pg. 125); sin embargo, en momentos concretos, la forma en que la voz narrativa interpela al lector parece resignificar estérilmente tanto al narrador como al propio lector (pg. 39, 51, 52, 180, etc...). 

La tercera pega que le pondría A l’altra banda de la por es que aborda temas de actualidad que, para mi gusto, sobran, y que a la larga quizá hagan que la obra no envejezca tan bien (pienso, por ejemplo, en la relación entre la protagonista y las redes sociales o el true crime, apenas esbozadas a modo de análisis sociológico y amago de caracterización). De hecho, Orriols baraja tantos temas (amor, maternidad, envejecimiento, orfandad, arte, machismo, cambio climático...) que no todos tienen la misma relevancia, interés, efectividad o ejecución.

Sea como fuere, A l'altra banda de la por es una novela madura y solvente, tanto en la forma como en el fondo. Conviene leerla y dejar que sus páginas resuenen en nosotros. Yo, por ejemplo, que nunca me he casado, y todavía menos divorciado, me he conmovido con la forma en que Joana habla de su relación con su ex marido. A modo de cierre, adjunto algunos pasajes que hablan sobre esto:

«Qui sap si, en l'atreviment que implicava una separació, ella no havia considerat que allò no tenia per què ser reversible. / No va calcular els danys col·laterals: que els sopars i aquells amics (...) es dissoldrien i s'anirien fent incòmodes (...). No va calcular tampoc que hi hauria una dona que no seria ella amb la rodonesa d'una panxa plena d'un fill que tampoc seria el seu (...)», pg. 177.

«L'entesa no era possible sota un mateix sostre. (...) Sota un mateix sostre es provoquen les preguntes més difícils, sovint es desperten l'egoisme, la defensa dels defectes propis (...). A fora, però, podien seguir protegint-se, respectant-se, cuidant-se. A fora era un bon lloc on estimar-se.», pg. 250.

«És lenta amb els sentiments. Per què hauria de deixar-se arrossegar pel ritme desenfrenat de la vida i girar full? Podria estar-se enganxada a l'estima del pare dels seus fills i a l'atracció del Mateu la resta de la seva vida. En tindria prou i li semblaria molt.», pg. 261.


También de Marta Orriols en ULAD: Aquí

lunes, 17 de diciembre de 2018

LO MEJOR DEL 2018, SEGÚN ULAD, MODESTIA APARTE

Juan G. B. dice: 

Oriol Vigil dice:

Koldo CF dice:
Ha sido, para mi, el año de los autores latinoamericanos. Aquí la lista:

Francesc Bon opina:
No ha sido un buen año. Mis preferencias siguen inamovibles y nadie les hace sombra y alguno ya debería. Y un desastre solo recordar leer autores españoles o estadounidenses. 
  • Mi mejor lectura del año: El viaje vertical, de Vila-Matas 
  • Novedades que salvo, y mucho: Las posesiones, de Llucia Ramis 
  • Te gustará si votaste o piensas votar a Vox: Ordesa de Manuel Vilas. (Esto es una broma muy del momento, ni siquiera comprendería que le gustara a alguien, y los que votan a Vox ni leen libros ni leen blogs literarios, seguro) 
  • Hartito de darles más oportunidades: Trueba, Amat, y otros involucrados en el socavón que se abre bajo lo que fue antes Anagrama. 
  • Propósitos de año nuevo que caerán seguro: Barth, Gaddis, Vollmann. Y ya que otros toman gustosos el relevo de la actualidad, re-lecturas a manta. 

Carlos Andia sentencia:
  • Lo mejor del año: las relecturas de Lorca (Bodas de Sangre / Yerma) y Carpentier (El siglo de las luces)
  • Narrativa: quizá Lectura insólita de 'El capital', de Raúl Guerra Garrido, porque el nivel, la verdad, no ha sido muy espectacular 
  • Descubrimientos: Antonio Di Benedetto (Zama), y la faceta literaria de Henri Michaux (Un bárbaro en Asia)
  • Reconciliación con, y por lo tanto reapertura de puertas a: Michel Houellebecq (gracias a El mapa y el territorio)
  • Ensayo: entre bastante igualdad, finalmente me decanto por Jean-Yves Jouannais (El uso de las ruinas, reseña dentro de poco) 
  • Clásico: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne 
  • Experimento: Me acuerdo, de Georges Perec (reseña también en unos días) 
  • Decepciones: varias, moderadas, quizá la más fastidiosa, por los elogios que arrastraba, Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón 
  • Intenciones: un hipertocho que llegará pronto, volver a Di Benedetto, quizá a Sabato, cosas interesantes... y, sí Koldo, Cartarescu también. 

Montuenga contribuye: 

Marc Peig opina:

Carlos Ciprés añade:
Y que en los próximos meses Ustedes gocen de sus lecturas. 

Beatriz Garza estima:
  • Autor descubrimiento del año: Margaret Atwood 
  • Novela(ZA) descubrimiento del año injustamente olvidada: Primera sangre de David Morrell 
  • Clásico del año: Marianela de Benito Pérez Galdós 
  • Novela (que como no podía ser de otra manera, supera a la película) del año: Tomates Verdes Fritos de Fannie Flagg 
  • Relectura provechosa del año: Las hermanas Grimes de Richard Yates 
  • Lectura LGTBI del año: La chica danesa de David Eberhoff 
  • Objetivos cumplidos del año: Lectura y reseña de novela gráfica 
  • Conceptos aprendidos del año: La diferencia entre "literatura" y "producto literario". El género del ciclo cuentístico
  • Objetivos para el año que viene: me abstengo, que luego me siento fatal. 

Santi concluye:

martes, 26 de febrero de 2019

Anna Punsoda: Els llits dels altres

Idioma original: catalán
Traducción: sin traducción a otras lenguas
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Destaqué, hace no muchas reseñas, el boom literario catalán femenino de 2018 con la irrupción de escritoras que, hasta la fecha, no habían publicado novela. Sorprendieron por la calidad de sus obras, bastante por encima de la media, y muy por encima si hay que juzgarlas por su primera novela. Así, ya hablamos en su día de Eva Baltasar y Marta Orriols, a las que se les une Anna Punsoda para completar una estupenda tríada gracias a esta novela, su ópera prima.

La novela arranca directamente con la introducción del personaje principal, Claustre, quien, en su retorno a su pueblo natal, se detiene en una fonda; ahí empieza un viaje introspectivo al pasado donde revive y recuerda su infancia con sus padres: un padre alcohólico y maltratador y una madre débil y sumisa. La parada que hace Claustre en la fonda es una parada también en su vida, una parada donde analiza su vida hasta ese momento, en pinceladas trazadas por fragmentos de memoria que evocan los recuerdos de cuando era niña, cuando no estaba preparada para entender el mundo difícil en el que se encontraba, cuando su inocencia moría a manos de una necesidad imperiosa e incesante en madurar, en entender que los abusos, el alcoholismo, y la enfermedad pueden ser los acompañantes más cercanos con quien avanzar en la vida, y que el ritmo que imprimen para aventurarse a ella es más rápido que el tuyo, demandando una madurez que golpea la inocencia a cada sentimiento de culpabilidad, a cada traspiés, a cada baño de realidad con la que uno se encuentra o hacen que la encuentre a ella.

Así, y a pesar de un inicio algo tibio, la narración en primera persona acerca al lector a la protagonista absoluta de la novela. Porque ella y su pasado son los únicos personajes de peso, y la autora se sirve de la difícil vida de la protagonista para tratar los diferentes problemas que acechan la vida de algunas personas. Así, en un camino vital narrado a modo de pinceladas, la autora habla de aquellas alegrías y escollos encontrados durante las diferentes etapas de la vida, y lo hace de manera lineal, para llevarnos trágicamente a aquellos momentos que marcaron intensamente su devenir: la soledad, la tristeza, la incomprensión, la duda, la decepción. La autora nos narra y transmite la incomprensión de quien no encuentra su lugar en el mundo, ni dentro de ella misma. Y lo ejemplariza a través de la protagonista, quien, físicamente, se vacía constantemente por dentro para intentar liberar una carga física, pero también emocional, para permitir con ello establecer una tabula rasa y, tal vez, empezar desde ahí a dibujar su personalidad y su vida.

Estilísticamente, el trazo de Anna Punsoda es ágil, de paso corto y huella larga, de una carga emocional y una visceralidad que transmite una indudable contundencia descriptiva. Sin excesivos adornos estilísticos o sin pretender demostrar un gran manejo de la narración descriptiva, esboza la historia de manera certera y suficiente para dejar que las frases apunten y despierten la imaginación para que, allí donde no llegue el texto, lo haga el propio lector con lo que evocan las palabras que lo componen. Rítmicamente, la lectura demanda y exige la autoimposición en imprimir cierta pausa, pues la narración de verbo rápido invita a agilizar su avance más rápido de lo que su prosa merece si se quiere disfrutar.

En los aspectos negativos encuentro un exceso de capítulos cortos no demasiado relacionados entre sí, dando la sensación de que la historia está fragmentada en exceso, sin una continuidad que permita entrar del todo en la personalidad y la vida de la protagonista. Tal vez, unas cuántas páginas más hubieran permitido dibujar mejor el escenario cambiante y caótico en el que se mueve la protagonista, y realizar un retrato más en profundidad de aquello que la separa del mundo, pues, centrándose en exceso en sus vicios o debilidades o manías u obsesiones físicas, la autora deja de lado, en cierta manera, aquello que la lleva a ir por ese camino tortuoso, y el lector que queda atrapado en sus páginas también se siente, como Claustre, algo perdido en ese mundo que se atisba pero no se termina de vislumbrar completamente, a pesar de la valentía de la autora en no autocensurarse al narrar ciertos (y excesivos) aspectos escatológicos o trágicos.

A pesar de ello, con un tramo final de muy alto nivel, la autora parece encontrar, justo cuando se está acabando el libro, el punto justo entre el dolor y la alegría, entre el sufrimiento y la tranquilidad, hallando ese momento vital tantas veces buscado. Y de esa forma, de manera análoga a la protagonista, parece como si al final, después de todo el recorrido, haya encontrado al fin la paz y el sosiego, el equilibrio necesario para poder finalmente descansar sabiendo que ha alcanzado aquello que buscaba.

lunes, 21 de enero de 2019

Pol Beckmann: Novel·la

Idioma original: catalán
Título original: Novel·la
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante recomendable

En la permanente y constante búsqueda de nuevos talentos, parece que el año pasado fue fructífero y complaciente con este humilde reseñista. A las ya mencionadas Eva Baltasar y Marta Orriols, una nueva y joven voz se añadió a esos autores que dan el salto al género de la narrativa: hablamos de Pol Beckmann quien, después de haber publicado una cincuentena de cuentos participando en premios literarios, se atrevió a publicar su primer libro de narrativa. E hizo bien, a tenor del resultado obtenido y las críticas cosechadas.

La novela que nos ocupa es de corta extensión y donde mi prudencia ya habitual en no adelantar lo que ocurre se extrema en este caso, pues cuanto menos se sepa del argumento, más sorpresa causará al lector. Y este es uno de los puntos fuertes del libro. Así que no seré yo quien lo estropee.

En esta novela, con un claro componente de meta literatura o meta ficción, lo primero que sorprende, ya en sus primeras páginas, es el estilo desenfadado, pero a la vez perfectamente narrado, que destila el libro. Hablaría de un estilo fresco pero esta palabra a menudo tiene connotaciones negativas por lo que hablaré mejor de desparpajo, pues no negaré que se hace evidente y palpable la juventud del autor, quien no rehúye ni esconde su edad. Y, en aras de ese atrevimiento y meta ficción, el autor escoge su propio nombre (prácticamente) y se lo otorga al protagonista de la obra, quien ejerce de protagonista absoluto, narrador, y quien, a la vez, también es escritor (e incluso parece que hasta pueda tener su misma edad). Y es la capacidad narrativa enérgica propia de esa edad la que alimenta el ritmo de la novela como si de una juventud algo alocada se tratara. Así, afloran en ella las dudas propias de la edad, un punto de inconsciencia o irresponsabilidad, pero a la vez un punto de euforia y desenfreno, atrevimiento y vitalidad; la exposición sin filtros al errático camino vital de un escritor perdido en su propia vida y en ausencia de una inspiración que le permita plasmar sobre papel lo que en su cabeza tiene forma de éxito.

En la narración, las escenas se entremezclan en la cabeza de Bekman, estableciendo un juego de muñecas rusas donde el personaje entra en una espiral de vidas ficticias o reales, personajes dentro de personajes, ideas imaginadas mezcladas con las reales o al revés, en una obra literaria donde lo onírico, lo imaginario, lo creativo, lo ficticio y lo real se entremezclan en un solo personaje. No sabemos qué es lo que hay de realidad o de verdad en ello, ni cuanto, pero la prosa y el estilo del autor nos envuelve en una lectura trepidante que vas más allá de lo que la propia historia cuenta, y nos lleva a explorar caminos donde personaje y autor, realidad y sueños, se entremezclan conformando una muy original novela que posiciona al autor como uno de los talentos a seguir muy de cerca.

De esta manera, obra y escritor, narrador y narración, sueños y realidades se entremezclan conformando una amalgama de ideas que envuelven, ocupan, habitan y crecen en la cabeza del autor y, por extensión, en la de un lector que asiste con interés al desarrollo de una historia caóticamente enrevesada. Estamos hablando de libros dentro de libros, de personajes dentro de personajes, en un ejercicio literario que va más allá de una simple historia, pues pretende estructurar, de manera coherente, la explosión de ideas que emana de la cabeza de un autor atrevido y valiente, osado y directo, espontáneo y brillante. Porque nada es lo que parece, o sí lo es, pues la vida la conforma no solo aquello que vivimos, sino también aquello que experimentamos, aunque sea únicamente en nuestra cabeza, o en la de los personajes que a su vez creamos.

De esta manera y partiendo de un triángulo amoroso, Beckmann ha escrito una novela fractal en la que plantea un juego meta ficcional en un ejercicio intelectual atrevido, pero a la vez acertado, donde realidad y ficción (y ficción dentro de la ficción) plantean un juego literario y analítico sobre la condición humana, sobre la realidad que vivimos y creamos, sobre las ilusiones y los sueños, sobre los distintos mundos en los que vivimos de manera simultánea y en el que intentamos encajar el mundo de los demás en el nuestro.

Prometedor debut el de Pol Beckman, en una novela que se disfruta por el exceso: el exceso en la historia, que uno adivina atrevida y forzada, pero que la narración valiente y desmesuradamente locuaz la convierte en un divertimento interesante. Porque es bastante irrelevante si la historia es algo inverosímil, pues dudo que un autor que pone su nombre y profesión al personaje protagonista, y encima narre en primera persona, tenga algún inconveniente en que así sea calificada. El planteamiento y juego literario en el que el autor invita al lector a participar, entrar y aventurarse, sustenta sobradamente una obra en la que la ficción muestra su mayor propósito: un ejercicio de imaginación sin límites ni cortapisas. El autor se muestra valiente y compensa su juventud con una gran calidad literaria; su osadía es su virtud, su atrevimiento es un valor y la narración cumple ampliamente con el cometido. Espero que la novela sea traducida al castellano porque se trata del debut de un talento a tener muy en cuenta, y del que deseo que su evolución esté a la altura de este prometedor debut.