Mostrando las entradas para la consulta llucia ramis ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta llucia ramis ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de junio de 2026

Llucia Ramis: Un metro cuadrado

Idioma original: español

Año de publicación: 2026

Valoración: muy recomendable

Es un poco inevitable que, vista la eficacia de su escritura, siempre le solicite en algún punto a Llucia Ramis que vaya un poco más allá y aborde directamente una obra íntegra de ficción. No porque lo que escriba en otros registros no sea satisfactorio, más bien por esa manía (personal, pero creo que no seré el único) de ver cómo ciertos escritores abordan el proceso creativo, una vez que en la obra que publican relacionada con sus vivencias, con su día a día, ya vemos que se maneja de forma brillante y solvente. Aunque quizás la alternativa fuera ese enorme páramo últimamente muy concurrido de la autoficción. Igual me callo, ¿no?

En Un metro cuadrado Llucia Ramis nos ofrece una mezcla entre ensayo en base a experiencias propias y diario de existencia alrededor de sus peripecias como inquilina de diversos pisos en varios barrios de Barcelona, encabezando cada capítulo con la ubicación de cada vivienda, algunos datos del edificio en que se emplazaba, y el alquiler que en cada periodo tuvo que abonar (y una ligera referencia de cómo sus ingresos derivados de su profesión no crecían al mismo ritmo que ese alquiler). Desde que, dado que en la isla de Mallorca no podía cursar la carrera de Periodismo, tuvo que llegar como una estudiante veinteañera (un piso en Sarrià perteneciente a unos familiares) hasta que, después de un periplo que incluyó París, Buenos Aires e incluso esporádicos regresos a Baleares, acaba hipotecándose en la compra de un pequeño piso en Barcelona. Estancias de diversas duraciones, en ocasiones conviviendo con amigas, compañeras de estudios, a veces con su pareja. Ramis intercala sus reflexiones, siempre en torno al concepto de casa como punto necesario de referencia para el ser humano, o eso dicen las leyes que debería ser así. También añade una bitácora intermitente de las relaciones de pareja que le acompañaron en cada momento.

Leer Un metro cuadrado es, sí, enormemente satisfactorio. Aunque también es, conforme la cercanía a sus circunstancias es mayor, proclive a cierto desasosiego. Por qué resulta todo tan caro, por qué una persona con un cierto peso en la escena literaria local se encuentra en tantos momentos en una precariedad forzada por la avaricia de los arrendadores, por la tacañería de sus empleadores, por la cosa esa del mercado. Veo, en la minuciosa bibliografía que Ramis nos aporta, al menos tres lecturas coincidentes que tratan, de forma frontal, estas mismas cuestiones: Pacheco, Amat y Dioni, entre otros, están desplegando una especie de ecosistema de denuncia de esas situaciones que Ramis expone aquí, y resulta espeluznante, porque la cosa va a más, ver que se genera tanta literatura (y buena, y certera) a costa de algo que debería ser pasto de prensa, pasto de debate parlamentario, pasto de promesas electorales de aquellas (...) que se cumplen. Pero, como demasiadas veces pasa, luego surgen las razones de alto rango que neutralizan la denuncia, que anestesian la rabia con la que esta se formula, que mitigan y relativizan, con lo que aquello que debería ser un aullido de protesta acaba siendo una tímida queja desde un rincón, una queja que aunque tenga una forma colectiva y coral, queda solapada y replicada con los inapelables argumentos que conocemos de sobras, muchos de ellos, dejad que me repita, incluyendo la palabra mercado. 

Reseñado de Ramis en ULAD: aquí

viernes, 15 de noviembre de 2013

Llucia Ramis: Todo lo que una tarde murió con las bicicletas

Idioma original: catalán
Año de publicación: 2013
Título original: Tot allò que una tarda morí amb les bicicletes
Traducción: Llucia Ramis
Valoración: recomendable

Difícil, contar una historia personal de búsqueda de raíces sin apelar en exceso a la sensiblería. Difícil hurgar en la propia sensación como escritor y promover el interés de un lector, de un lector a veces demasiado ávido de literatura escapista y de no me expliques tus problemas que yo también tengo los míos. Si Llucia Ramis consigue salir victoriosa es por oficio, y por saber dosificar esos ineludibles tramos de revelaciones íntimas, por saber combinar lo que sería una historia que, en otras manos, tomaría insanos aires blandengues, y acabar por convertirla en una especie de tímida crónica generacional.
Curiosa, la toma autobiográfica cuando hablamos de una autora que apenas pasa de la treintena. Curioso, ese tono algo distanciado, para evitar caer de bruces en lo blandengue, y curioso, cómo funciona, aunque habrá que advertir a los que busquen emociones fuertes que este no es de esos libros de consumo rápido. La autora habla, en un tono íntimo, de temas demasiado cercanos y demasiado reales. Como la falta de expectativas de su generación, cuestión que hay que agradecer a la apoteosis neoliberal, pero que, a pesar de todo, no corta de cuajo las ilusiones. Menudos tiempos, y, a Llucia Ramis, el ser una escritora premiada no la exime de pagar facturas. Eso lo explica, y sin darse cuenta se abandera, cosa que le horrorizará (a través del libro aflora una encantadora chica tímida), en una especie de portavoz de toda esa generación (suponemos que resistiéndose a considerarse perdida) para la cual el talento ha dejado de ser sinónimo de éxito, de fama, de poder económico y ostentación. Pues no: demasiados buenos escritores subsisten de llenar papeles por aquí y por allá. De colaborar en periódicos, en revistas, en medios digitales, y que eso apenas les dé para comer. Ese lamento subyace a lo largo del texto: claro que conoceremos los orígenes de la familia materna de la escritora y sus trayectorias. Y asistiremos a esa decadencia física a la que estamos irremisiblemente condenados. Pero alejados del azúcar.
Este es un libro muy vinculado al presente no solo de la autora: también de ese deprimente entorno político y económico que nos ha tocado vivir. Ramis habla de decadencia producto de las circunstancias (las de la empresa familiar que cambia de manos), y de la situación actual, de la que la escritora se confiesa una víctima más. Sin recrearse en esa miseria, y dando muestras de conocer con certeza cuál es la frontera entre lo que quierecontar y aquello que al lector le interesa saber. Me gustaría, por eso, ver cómo se desenvuelve en la pura ficción.

jueves, 25 de octubre de 2018

Entrevista + Reseña. Llucia Ramis: Las posesiones

Idioma original: catalán
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Puede que si los tiempos fueran otros yo hubiera leído Las posesiones con otra actitud inicial. Me refiero a los tiempos en que los buenos escritores tenían suficiente con lo que obtenían de sus libros para vivir con cierto desahogo. En ese caso, Llucia Ramis, que es una buena escritora, no tendría porqué mantener una presencia en los medios que condicionase y espaciase los acercamientos a sus obras “serias”, y cuando el lector acudiera a Las posesiones podría hacerlo sin pensar en su autora como comentarista en radios o como cronista de eventos literarios, actividades legítimamente alimenticias pero que, puristas echémonos las manos a la cabeza, son bastante alejadas del arquetipo del autor que trasnocha en la búsqueda del párrafo perfecto y se tortura llenando la papelera de borradores que acaba destruyendo entre sangre, sudor y lágrimas. A cambio de eso, o en vez de eso, el que sigue a Llucia Ramis ya la ha visto comentando presentaciones en La Calders o retransmitiendo por Twitter galas de los Planeta y ha asistido a cierto jugueteo de quien sabe que puede elegir de qué lado le apetece estar.
Cuando ha estado del otro lado, Llucia Ramis ha recibido premios. Las posesiones, por ejemplo, en su versión en catalán (por supuesto, la que he leído al ser mi primera lengua) fue premiada por Anagrama y, a riesgo de ignorar si hubo o no muchos contendientes, creo que lo fue de una forma merecida. Porque, con las debidas distancias y los lógicos errores disculpables y subsanables, en cuanto Ramis se pone el uniforme de escribir (y aquí se lo ha puesto) esa aura de frivolidad se desvanece y queda sustituida por una atmósfera sincera y cercana, pero con la mesura suficiente para dejar de lado ñoñeces y cursiladas y confidencias que suelen malbaratar (palabra que se queda muy corta) los textos de este tipo.

Hablando de tipos. Veo una cierta insistencia en el uso del término “novela” para describir textos como éste. Puede que tenga algo que ver con cuestiones comerciales, pero a mi me causa desconcierto y hasta me confunde, ya que, asumiendo cierta profusión de licencias creativas, me empieza a parecer que ya es un recurso el apelar al equívoco, el sobre-estimular al lector a la hora de afrontar un texto como si diciendo abiertamente “soy escritor y escribo sobre cosas que me han pasado” obrase un efecto desmotivador.

Porque me he encontrado googleando "Benito Vasconcelos" aunque fuera para constatar que sí, es un personaje creado para esta ficción pero no, podría ser que cierto sentido del respeto haya inducido a Llucia Ramis a alterar detalles. Aún así, aunque todo encaje con la realidad y las fechas y las circunstancias cuadren, Ramis me ha enredado, como decimos aquí, y me he visto absorto en esta historia. La de una chica mallorquina intentando abrirse paso en la vorágine barcelonesa pero absolutamente dependiente de divisar todo el rato una referencia para un eventual regreso. La de un padre recién jubilado que emplea sus fuerzas en buscar justicia en el mundo. La de un empresario de los tiempos del pelotazo y de la burbuja y del dinero negro (etapa ni mucho menos cerrada) abrumado por ser víctima de las trampas que él mismo ha creado. La de parejas de ir y venir, todas ellas maduras para unas cosas e inmaduras para otras, y en el telón de fondo esa precariedad que empieza a lastrar a una generación. La generación que se encontró la crisis cuando pensaban que iban a progresar, y la generación a la que se intenta convencer que ya todo está superado pero una de las claves de esa superación es que tú te olvides de cobrar lo que se le pagaba a cualquiera en 2006 por hacer lo que tú haces ahora. Ramis no tiene inconveniente en ponerse a sí misma de ejemplo de esa situación. Y esa honestidad traspasa la página y llega mejor al lector que muchos otros que no voy a citar. Aunque le he decir lo mismo que le dije a Halfon: la experiencia propia puede ser un buen vivero y es obviamente un punto de partida donde uno se mueve particularmente bien. Pero yo espero ficción abierta, creación, diseño de mundos más allá del propio. Esa batalla hay que librarla un día u otro.

Por si esta brillante novela no fuera suficiente, nos ha contestado de forma exuberante, sincera e intensa a unas cuantas preguntas. Menuda entrevista nos has concedido, Llucia: Moltes gràcies.

¿Por cuál de sus novelas recomendaría al lector que empezara con su obra?

Supongo que por la última, Las posesiones. Sergi Pàmies dijo que era como un “grandes éxitos”, así que no hace falta leer ninguna otra. Todo lo que una tarde murió con las bicicletas es más memorialística y la cara soleada de Las posesiones, según Julià Guillamon. En estas dos hablo de Mallorca y las familias, y en Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes treinta años y Egosurfing (las anteriores), hablo de Barcelona y los grupos de amigos. Todas están ubicadas en 2007, justo antes de la crisis, cuya sombra ya se cernía sobre nosotros.

En las dos que he leído he advertido una cierta añoranza de la vida en una isla, como si la vorágine barcelonesa fuera algo de lo que hay que salir a aliviarse. ¿Se ve de vuelta en el futuro, escribiendo desde una terraza en un pueblo, con vistas al mar?

El otro día hablaba con un amigo mallorquín que también vive en Barcelona, y comentábamos que, en el fondo, siempre nos hemos visto así de mayores: en una casa frente al mar. Pero cuando he tenido la oportunidad de hacerlo (y la he tenido en un par de ocasiones), no me he atrevido a dar el paso. No soportaría el paraíso. 
En Mallorca se vive muy bien si no has nacido allí, decía mi amigo. Los que regresan tras haber estudiado la carrera, o porque no encuentran trabajo, entran en la espiral de la ensaimada: se acomodan o les acomodan. Si tienes aspiraciones creativas, hay pocas salidas. De hecho, sólo las hay por avión o en barco. Claro que siempre puedes dedicarte a organizar bodas. Es el destino preferido para casarse.
Es un lugar que el mundo entero pisotea cada verano, y del que tú no puedes salir si no es dando un salto, porque estás rodeado de mar. Para mí Mallorca es como una madre: es la más guapa del planeta, la quieres con locura, te acoge siempre. Desde el momento en el que pones un pie en la isla, eres otra persona, vuelves a ser una niña. Te relajas, estás en casa. Pero al cabo de tres o cuatro días, no puedes más. Mallorca, igual que la familia, es refugio y a la vez es lastre. No puedes escapar.
En cambio, Barcelona es como esa pareja a la que habrías dejado mil veces porque cada dos por tres te saca de quicio. Y yo lo intenté: fui a París, a Buenos Aires, estuve a punto de irme a Madrid, incluso a Beirut. Pero al final siempre vuelvo. Necesito salir de vez en cuando, Barcelona puede resultar asfixiante. Es mucho más pequeña de lo que ella cree. Además, aunque vaya de presumida y se ponga guapa, está muy acomplejada y no sabe lo que quiere. Pronto se parecerá a todas esas ciudades que se ponen botox y silicona, y son indistinguibles. En cualquier caso, fue amor a primera vista. Desde que vine a pasar un fin de semana con unos amigos, a los dieciséis o diecisiete años, supe que viviría aquí, y por eso escogí carreras que no pudieran estudiarse en Palma. 
Sea como sea, no echo de menos la vida en una isla, sino a la isla en sí, al paisaje y la belleza que conformó una parte importante de mi vida. Necesito que ese paisaje se mantenga, porque si no, temo perder una parte de mi memoria y mi pasado. Por otro lado, no volvería a Mallorca para ocuparme de ello. En un momento de Las posesiones, la hija le dice a la madre que no pueden vender la casa familiar, que si lo hacen será como si le amputaran un brazo o una pierna; necesita poder pasar allí sus vacaciones o tendrá la sensación de que le falta algo. La madre le contesta: “Ah, muy bien, ¿y vas a hacerte cargo tú de la casa?”. Y la hija piensa que ni de coña. Ni se le había pasado por la cabeza.
Nuestra generación es un poco así: prematuramente nostálgica (echamos de menos los años ochenta, y pasaron hace cuatro días; aún no somos ancianos). Todavía esperamos que nuestros padres y abuelos cuiden del legado que nos dieron. Ellos lucharon para conseguir unos derechos y unas libertades, y no hemos entendido que a nosotros nos correspondía hacer un esfuerzo para conservarlos. En lugar de eso, nos quejamos por haber perdido unos privilegios, cuando lo grave es que estamos perdiendo esos derechos y libertades como perdemos las casas familiares, que nunca cuidaríamos (antes las alquilaríamos o venderíamos). Los privilegios son individuales, y los derechos y libertades, colectivos. Y claro, vivimos en una sociedad enfocada hacia el individualismo y el narcisismo, en la que nos dicen: móntatelo tú mismo y sálvese quien pueda.

Ya sé que la narradora no es la autora, pero, después de varias obras con coincidencias relevantes con su vida personal, ¿leeremos historias donde no la veamos en ningún personaje?

No creo. La novela tradicional cada vez me interesa menos, como lectora y como autora. Me gustan más los múltiples juegos que propone la realidad, que no existe por sí misma si no es como relato (lo que ya representa una forma de ficción). De todos modos, a partir de las historias de Philip Roth o Coetzee, por ejemplo, también creemos saber cómo son los autores, aunque los diferenciemos del narrador y los personajes, y nadie etiquete sus obras de “autoficción”.
Ahora se le llama autoficción a la literatura, cuando yo diría que la autoficción está en las redes sociales. De hecho, concibo la literatura –el artefacto literario– como una forma de distancia, una elaboración de la realidad que no tiene por qué pasar necesariamente por el yo. ¿Hacían Proust y Joyce autoficción? ¿Y Cervantes? ¿Por qué a los cantantes y poetas no se les pregunta cuánto hay de autobiográfico en sus canciones?
Mi yo es cronista, no protagonista. Pretende ser un yo observador. En una película, sería el director de fotografía. Puedo crear ambientes regulando la iluminación, tamizar algunas escenas, decidir dónde pongo el foco, pero no dar órdenes a los actores. Intento transmitir las emociones a través del modo en el que trato la imagen, subrayándolas lo mínimo. A partir de ahí, el lector pone de su parte. Capta las referencias, que lo trasladan a un momento de su propia vida (o no). No hago autoficción, sino que intento hacer alterficción. Quiero hablar de ti (de ti, y no de nosotros, ni de mí).
Mis narradoras, en primera persona, nunca tienen nombre. Se da por supuesto que es porque se llaman como yo, que su nombre es el que sale en la portada del libro. Mi nombre no merece salir en las páginas de ningún sitio. El juego que propongo (interno e íntimo) es otro: al escribir en primera persona, el lector o lectora lee en primera persona. Por lo tanto, el que se mueve por la historia es él o ella. Es el típico problema que flipa a los niños: “si tú eres tú, y yo soy yo, para ti tú eres yo”.

Como lector, y si las hay, no distingo grandes influencias, ¿cuáles son sus autores de referencia? Con tanto acceso al mundo literario, ¿qué hay en su mesita de noche? y, si no es demasiado comprometido, ¿podría hablarme de algunas lecturas recientes que le hayan dejado algún tipo de huella?

Mis referentes son Emmanuel Carrère, Michel Houellebecq, Natalia Ginzburg, Janet Malcolm, Stephen King (lo leí de adolescente, y fue el primero que me señaló la responsabilidad del escritor con respecto al texto y sus consecuencias; recordemos Misery), también Alejandro Zambra (por sus reflexiones sobre cómo escribir y leer). Todos tratan la escritura como trampa y a la vez salvación, que puede pervertirse hasta la obsesión. Se sitúan en algún lugar de aquello que cuentan. Están ahí, dudan, se equivocan, lo intentan de nuevo. Todos hablan del miedo, que es mi tema favorito y algún día espero estar preparada para abordarlo a fondo.
En mi mesita de noche está la obra completa de John Lanchester, porque participaremos en las Conversaciones de La Pedrera el 29 de octubre. Según los organizadores Montse Ingla y Toni Munné, compartimos al menos tres temas: el dinero, el tratamiento de la verdad y la familia. Mientras releía Capital, recordaba un proyecto –de momento aparcado– por el que quería entrevistar a todos los vecinos de la pequeña calle en la que vivía. A todos. Capital trata sobre los habitantes de la calle Pepys, en Londres, que ven como su fortuna crece por el simple hecho de tener una casa en un lugar que se revaloriza. He subrayado un montón de ideas en Cómo hablar de dinero. Me llama la atención que el dinero salga tan poco en las novelas, cuando es básico, lo determina todo. Explica cómo somos, hasta dónde estamos dispuestos a llegar dependiendo del valor que le demos, etc.
Me dejan huella muchos libros, por motivos distintos, casi siempre porque aprendo algo, o me enseñan las cosas desde una perspectiva que no me había planteado. ¿Recientes? Solenoide, de Cartarescu, Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, L'art de portar gavardina, de Sergi Pàmies, también Adrià Pujol... Mucho menos recientes: Cioran, Jules Renard, Alice Munro. Pero me estoy dejando un montón. 

¿De que manera decide lo que lee una persona tan activa?

Estoy al día de las novedades porque muchas llegan a casa. Al recibirlas, hojeo las primeras páginas y enseguida sé si me van a interesar o no. A veces me engancho inmediatamente. Otras espero a que salgan las primeras reseñas en prensa y comentarios en las redes. Condicionan bastante. Por ejemplo: compré un libro que me había llamado la atención, y lo dejé al tercer capítulo porque la cadencia narrativa me ponía de los nervios. Demasiado rimbombante. Semanas más tarde, periodistas culturales me hablaron bien del libro. Luego también algunos libreros, luego algunos críticos, y gente de mi entorno con quien suelo compartir gustos. Luego fue un fenómeno. Cuando lo elogió uno de mis hermanos –que no tiene relación con el mundillo editorial– pensé: tengo que darle una segunda oportunidad, a ver qué se me escapa. Lo leí del tirón, y sigo sin entenderlo. Pero esto es lo asombroso y fascinante de la literatura: que no hay nada que entender. Lo que encanta a unos no entusiasma a otros. No existen unas reglas universales, aunque exista un canon y una literatura universal.

Vd. escribe una sección semanal, una especie de crónica de las presentaciones de la semana literaria. ¿Es un mundo tan cerrado como parece? Si reseñar le tentara, ¿podría uno opinar sin cortapisas sobre las obras de toda esa gente con la que ha convivido? 

No, imposible. Cuando empecé a escribir las crónicas, hace unos quince años, no me conocía nadie y me permitía el lujo de decir lo que pensaba sin tapujos. Muchas presentaciones son un rollo, y el ego de la peña es alucinante. Lo que pasa es que, de vernos tanto, al final todo el mundo te cae bien. Siempre somos los mismos en los mismos sitios y haciendo lo mismo: beber, cotillear y reír. Es imposible criticar a las personas con las que te diviertes. O, al menos, lo es para mí. También sería muy difícil hablar de su obra, aunque me tienta hacerlo. Reseñas no, en todo caso un diario de lecturas. Sería un diario secreto, con un candado en forma de corazón para cerrar las tapas. 
Por ejemplo: en la página 34 de Cara de pan, de Sara Mesa, me acordé de una película que me impactó de pequeña. Se titulaba Viento en las velas. Unos piratas atacan un barco donde hay niños, navegan juntos, y al final los detienen. En el juicio, la niña protagonista está tan nerviosa y coartada por el entorno, que es incapaz de testificar a favor del pirata interpretado por Anthony Quinn, con el que se hicieron amigos. De manera que lo condenan a muerte. 
Contaría la vez que leí el Quijote (con veintipico años), o a John Irving (este verano, Una mujer difícil, y ya nunca dejaré el volante girado cuando el coche esté parado; de hecho, no conduzco). Pero no me veo acreditada para analizar ni criticar lo que hacen los demás.
Más ejemplos: a mí el rollo este desgarrador que se ha puesto tan de moda me parece pura pornografía. Y de la mala. Pero tiene éxito comercial (dentro de lo que sería “éxito comercial” en el mundillo, muy inferior al porno de verdad). Recibe buenas críticas, aplausos a la honestidad. Así que no tengo nada que decir. Y tampoco tengo nada que hacer, porque lo que escribo no va en esta línea. 
Si el cítico pone por las nubes el libro de X, cuyas novelas me parecen sosas, su efusividad provocará mi curiosidad, aunque el tema del libro en cuestión me interese cero. El crítico tiene criterio y normalmente es muy chungo, querré saber por qué se ha enamorado de este libro en concreto. Lo cojo, empiezo a leer y ya en la primera página se me cae de las manos. Lo dejo. ¿Y qué? ¿A quién le importa eso? ¿Para qué voy a publicar que estoy en total desacuerdo con el crítico, que sin duda tiene que haberse tomado un tripi? Ya he dicho que, aunque X me cae bien, no se encuentra en mi lista de favoritos. Pero no quiero entorpecer su trabajo ni la promoción de su libro. El tema no me motiva, vale. ¿Tengo que obligarme a leerlo y a obligarme a que me guste? A lo mejor no es el momento. El tema de su libro no me motiva. A lo mejor no es el momento de leerlo. A lo mejor me flipará dentro de unos años. A lo mejor estoy demasiado influenciada por el espíritu de contradicción. A lo mejor las expectativas eran demasiado altas. A lo mejor, si hubiera pasado de la primera página, se habría abierto ante mí un mundo nuevo, lleno de felicidad sideral. 
En definitiva: a lo mejor el libro es buenísimo y no tiene ningún sentido que yo publique lo que opino de él. Menos aún si me voy a encontrar a X en el próximo sarao literario. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Fingir que no escribí lo que escribí y que X no lo leyó? Además: ¿cómo se interpretaría mi reseña? Sin duda, como algo personal. Como un autor hablando de la obra de otro autor, de quien tal vez tenga celos y al que intenta boicotear. Es muy complicado. Y no me gustan nada estos rollos, generan estrés. Prefiero llevarme bien con todo el mundo. Mejor quedarse en las fiestas y contarlas (y contar hasta donde se pueda contar; el límite está en el Giardinetto).

Abusando de sus conocimientos de la escena, Vd., que conoce a tanta personalidad, sigue publicando en editoriales independientes. ¿Algún comentario?

La relación entre autor y editor es muy importante, y se basa en la confianza mutua. Uno tiene que creer en el otro y viceversa. Normalmente, cuanto mayor es una editorial, más diluida está la relación entre autor y editor, por una mera cuestión de número y números: hay otros muchos autores, y al grupo le interesa obtener beneficios para mantenerse y crecer. Si es grande, necesita más ganancias, con lo que apostará por obras más comerciales. 
Existen potentes grupos editoriales sin editores, o cuyos editores tienen poco margen de actuación, o poco tiempo para dedicarse a los autores, porque se les exigen resultados más económicos que literarios. Por una parte, estos grupos cuentan con premios suculentos, una muy buena distribución y mucha publicidad. Pero para que puedas acceder a todo eso, tienes que estar entre los más vendidos. Y entre los más vendidos no siempre están los mejores libros.
Yo quiero estar segura de lo que publico. Entiendo que pueda gustar más o menos, que pueda tener mejor o peor aceptación. Pero publicar es un honor, y hacerlo en sellos como Anagrama o Libros del Asteroide, formar parte de catálogos tan potentes como los suyos, para mí es una garantía de que no lo estaré haciendo tan mal. Ambos son una marca de calidad. Además, los editores me acompañan durante todo el proceso, nos entendemos, hablamos del texto; hacen observaciones, propuestas, las discutimos. Trabajamos juntos. El texto es mío, pero el libro es nuestro. Tenemos que quererlo, sentirnos orgullosos de él.
Algunas personas están impacientes por publicar, sueñan con tener fama y dinero. Carezco de esa vanidad. Escribir no va de eso. Tampoco va de competir, a ver quién está en las listas de los más vendidos o ha sido traducido a más lenguas. Son circunstancias pasajeras, el año que viene le tocará a otro. Meterse ahí es presionarse gratuitamente, una pérdida de energía absurda; uno acaba centrándose en sí mismo y no en su obra. Ni me voy a hacer rica con los libros que escribo, ni voy a enriquecer a nadie. Y sin embargo me siento la persona más afortunada del mundo. Me dedico a lo que quiero, hago lo que me da la gana, y estoy muy bien arropada.
Si una pequeña editorial como Barrett se fija en Coses que et passen a Barcelona... diez años después de su publicación, para mí es un regalo. Sé que se lo van  a currar, porque el hecho de sacarla en castellano les hace la misma ilusión que a mí. Al final se trata de disfrutar de lo que haces con personas que también lo disfrutan. De celebrarlo.

¿Cena de vuelta a casa después de los canapés, o las presentaciones ya no son lo que eran?

¡Jajaja! Hace tiempo que ya no dan canapés. ¡Incluso hay presentaciones en las que no dan ni una copa de vino al final! Y pensar que el premi Ramon Llull se llegó a entregar en Andorra, tres días en hoteles de lujo y baños en Caldea... He visto cosas que no creeríais, a importantes autores catalanes remojándose en aguas termales y paseando en albornoz. Todo eso se acabó para siempre. Creo que la situación actual se parece más a la alcoholexia. O sea: tomar unas cañas sin cenar porque no hay dinero para la tapas, pero mientras no falte para la cerveza, todo irá bien. Menos la resaca.

lunes, 17 de diciembre de 2018

LO MEJOR DEL 2018, SEGÚN ULAD, MODESTIA APARTE

Juan G. B. dice: 

Oriol Vigil dice:

Koldo CF dice:
Ha sido, para mi, el año de los autores latinoamericanos. Aquí la lista:

Francesc Bon opina:
No ha sido un buen año. Mis preferencias siguen inamovibles y nadie les hace sombra y alguno ya debería. Y un desastre solo recordar leer autores españoles o estadounidenses. 
  • Mi mejor lectura del año: El viaje vertical, de Vila-Matas 
  • Novedades que salvo, y mucho: Las posesiones, de Llucia Ramis 
  • Te gustará si votaste o piensas votar a Vox: Ordesa de Manuel Vilas. (Esto es una broma muy del momento, ni siquiera comprendería que le gustara a alguien, y los que votan a Vox ni leen libros ni leen blogs literarios, seguro) 
  • Hartito de darles más oportunidades: Trueba, Amat, y otros involucrados en el socavón que se abre bajo lo que fue antes Anagrama. 
  • Propósitos de año nuevo que caerán seguro: Barth, Gaddis, Vollmann. Y ya que otros toman gustosos el relevo de la actualidad, re-lecturas a manta. 

Carlos Andia sentencia:
  • Lo mejor del año: las relecturas de Lorca (Bodas de Sangre / Yerma) y Carpentier (El siglo de las luces)
  • Narrativa: quizá Lectura insólita de 'El capital', de Raúl Guerra Garrido, porque el nivel, la verdad, no ha sido muy espectacular 
  • Descubrimientos: Antonio Di Benedetto (Zama), y la faceta literaria de Henri Michaux (Un bárbaro en Asia)
  • Reconciliación con, y por lo tanto reapertura de puertas a: Michel Houellebecq (gracias a El mapa y el territorio)
  • Ensayo: entre bastante igualdad, finalmente me decanto por Jean-Yves Jouannais (El uso de las ruinas, reseña dentro de poco) 
  • Clásico: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne 
  • Experimento: Me acuerdo, de Georges Perec (reseña también en unos días) 
  • Decepciones: varias, moderadas, quizá la más fastidiosa, por los elogios que arrastraba, Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón 
  • Intenciones: un hipertocho que llegará pronto, volver a Di Benedetto, quizá a Sabato, cosas interesantes... y, sí Koldo, Cartarescu también. 

Montuenga contribuye: 

Marc Peig opina:

Carlos Ciprés añade:
Y que en los próximos meses Ustedes gocen de sus lecturas. 

Beatriz Garza estima:
  • Autor descubrimiento del año: Margaret Atwood 
  • Novela(ZA) descubrimiento del año injustamente olvidada: Primera sangre de David Morrell 
  • Clásico del año: Marianela de Benito Pérez Galdós 
  • Novela (que como no podía ser de otra manera, supera a la película) del año: Tomates Verdes Fritos de Fannie Flagg 
  • Relectura provechosa del año: Las hermanas Grimes de Richard Yates 
  • Lectura LGTBI del año: La chica danesa de David Eberhoff 
  • Objetivos cumplidos del año: Lectura y reseña de novela gráfica 
  • Conceptos aprendidos del año: La diferencia entre "literatura" y "producto literario". El género del ciclo cuentístico
  • Objetivos para el año que viene: me abstengo, que luego me siento fatal. 

Santi concluye: