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martes, 5 de agosto de 2025

Sergio Lozano Mateos: Vicio

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Está bien (sobre todo para incondicionales de la literatura del exceso)

Vicio compila tres novelas cortas de Sergio Lozano Mateos. Todas están narradas en primera persona con un estilo directo y coloquial (en ocasiones incluso soez), las empapa el mismo humor negro y giran en torno a adictos y drogas. Analicémoslas una a una:

En "Pandemia de vino y rosas", Tuco, un fotógrafo, pierde el proyecto en el que estaba trabajando porque se le rompe el disco duro. Para colmo, se queda sin hierba en el inicio del confinamiento por el coronavirus. 

Esta novela corta exprime con acierto su limitada premisa e incluye bastantes escenas esperpénticas, delirantes o adrenalínicas (y algunas que son las tres cosas a la vez, como aquellas en las que el protagonista está con el trasnochado Piti).

En "Feedback", Ángel, de cuarenta y cinco años, cargo intermedio de una empresa farmacéutica adicto al sexo, el alcohol y la coca, lucha por mantener su empleo ante una nueva gestión y conciliar su desnortado tren de vida con su familia, amantes y amigos.

Esta novela corta abunda en críticas a esos ejecutivos que no dan un palo al agua, abusan de su poder y son tan egoístas que no sienten empatía alguna por el prójimo. Alberga un par de momentos brillantes, que logran que olvidemos por un instante que el protagonista es escoria y nos conmovamos ante su patética existencia. 

En "Luna nueva de agosto", los acontecimientos se precipitan una noche en que un urbanita, que ha ido a pasar unos días al campo, se cuela junto a sus amigos borrachos y drogados a la huerta del vecino. 

Al contrario que sus predecesoras, esta novela corta no tiene un protagonista indiscutible. De hecho, aunque también se narra en primera persona, los capítulos alternan las voces de los tres personajes principales. Asimismo, presenta una escena lisérgica (por desgracia, la única de todo el volumen), la del conejo.

De las novelas cortas que compila Vicio me han gustado su ritmo (ágil e intenso) y los amagos de desarrollo de sus contradictorios protagonistas (quienes suelen acabar igual que empezaron, aunque se convencen de que no es así).

En cambio, creo que no aprovechan del todo las posibilidades de la ficción y el lenguaje a la hora de plasmar los excesos (especialmente los que tienen que ver con la adicción al sexo, la ingesta de alcohol o el abuso de drogas recreativas). 

A esto hay que añadir otra cosa que, a mi juicio, lastra Vicio: dadas las similitudes en forma y fondo de los textos que compila, el volumen se hace algo pesado de leer (sobre todo de corrido). 

Sea como fuere, Vicio es un libro perfectamente disfrutable. Incluso yo, que nunca me he sentido atraído por esa literatura que se enfoca en el alcohol y las drogas (recuerdo quedar poco impresionado con Historias del Kronen, Menos que cero, Azul casi transparente y otras obras similares), sé apreciarla cuando aprovecha dicha temática para explorar la psicología de sus personajes autodestructivos, hacer retratos generacionales o lanzar un poco de crítica social (que es, precisamente, lo que logran las tres novelas cortas de Lozano).

Ah, la imagen de la cubierta de Vicio no me parece nada atractiva. Es evidente que está generada con Inteligencia Artificial, y por tanto adolece del desaliño estético que caracteriza las ilustraciones salidas de esta tecnología.

sábado, 11 de diciembre de 2021

Irvine Welsh: El artista de la cuchilla

Idioma original: Inglés     
Título original: The Blade Artist
Traductor: Francisco González, Arturo Peral y Laura Salas Rodríguez
Año de publicación: 2016
Valoración: Está bien como novela negra al uso. Recomendable en tanto que ejercicio de género capaz de suscitar preguntas incómodas 

El artista de la cuchilla recupera a Frank Begbie, el psicópata de la pandilla de inadaptados de Trainspotting, y lo sumerge en una trama propia de la novela negra más violenta y ácida. Abundan  en estas páginas el alcohol, el sexo, la acción, la crueldad e incluso el humor negro, pero también reflexiones en torno a la moralidad o la incapacidad de cambiar sustancialmente (y menos todavía para bien). 

Entre las muchas virtudes que le he visto a este texto de Irvine Welsh, destacaría las siguientes: 

  • Funciona de manera autónoma. En otras palabras: se puede comprender perfectamente aunque no hayas experimentado Trainspotting (o, como es mi caso, apenas recuerdes nada).
  • Se lee en un santiamén. No sólo porque su argumento es sumamente adictivo, sus capítulos breves y su prosa dinámica, sino porque uno quiere saber cómo culminará todo. 
  • Nos interesa Begbie. Es un cabronazo de mucho cuidado que comete actos aberrantes y cuyo egoísmo puede llegar a atragantársenos, pero Welsh logra que comprendamos por qué es así.
  • Sus contrastes entre EEUU y Escocia, California y Edimburgo, el pasado y presente de Bedge, la personalidad real de éste y su nueva apariencia (encarnada bajo el nombre de Jim Francis). 
  • Sus desalentadoras reflexiones. Por ejemplo, aquellas que evidencian la relación que existe entre la pobreza, la marginalidad y el crimen, o las que señalan la vertiente superficial y cínica del arte moderno. 

Quizás le veo un par de defectos a la obra:


  • En determinadas momentos, uno tiene que suspender la incredulidad en demasía: cuando se nos obliga a aceptar que la estela de destrucción que va dejando Begbie a su paso no lo llega a incriminar, cuando se nos pretende hacer creer que dos gángsters importantes se reunirían con él sin escolta, o cuando se nos ofrecen ciertas motivaciones. 
  • Algún personaje no encaja del todo en la historia, pues su relevancia nunca acaba de cuajar. Sería el caso, por ejemplo, de Martin Crosby, el agente de Begbie, de Harry Pallister, un policía obsesionado con la mujer de éste último, o de John Dick, el que fuera mentor del protagonista.   

En cualquier caso, recomiendo El artista de la cuchilla. Aunque debo advertiros de que el hecho de que un auténtico hijo de puta como Bedge se salga con la suya inquietará a los moralistas, y de que la descarnada violencia de la novela puede llegar a conmocionar a los que tengan un estómago delicado. Pero bueno, conociendo a Welsh, estoy seguro de que esa era su intención.

jueves, 4 de junio de 2020

Bruce Jay Friedman: Towns

Idioma original: Inglés
Título original: About Harry Towns
Año de publicación: 1974
Traducción: Manuel Moreno
Valoración: Entre recomendable y está bien

Towns, de Bruce Jay Friedman, versa sobre la vida de Harry Towns, un guionista de cine que se ha separado de su esposa, hace cómicos esfuerzos por ganarse el cariño de su hijo, vive por encima de sus posibilidades en un apartamento de lujo de Manhattan, se acuesta con múltiples mujeres, ha perdido a sus padres y, amén de ludópata, es adicto a la cocaína. Los defectos del bueno de Harry son considerables; sin embargo, él es consciente de ellos e incluso los señala de forma explícita o implícita, por lo que se gana la simpatía del lector.

Como afirma Rodrigo Fresán en el prólogo de este volumen, Towns es una «novela-en-cuentos» (género híbrido también conocido como ciclo cuentístico). La conforman cinco capítulos: "Volver de la costa", "Socios", "Alto, fuerte y guapo", "Nieve", "Uno tras otro" y "Otro intento". Aunque dichos capítulos-relatos se pueden leer de forma autónoma, en su conjunto desprenden una cierta continuidad y gravitan alrededor de cuestiones recurrentes.

A mi juicio, los tres primeros superan con creces a los que les siguen. Friedman tiende a la dispersión, pero en estas narraciones iniciales hay un empaque la mar de satisfactorio, además de una exploración temática francamente lograda. De modo que son muy interesantes. Por el contrario, ninguno de los textos que siguen a "Alto, fuerte y guapo" me ha llegado a impactar en demasía, salvo en pasajes puntuales.

Quizás le pondría una pega a la prosa de Friedman, y es que tengo la impresión de que el autor no sabe cuándo terminar un párrafo. En lo que respecta a la traducción de Manuel Moreno, decir que siente un apego excesivo por expresiones propias del argot norteamericano que en nuestro idioma suenan poco naturales, como «el tipo» o «el chico» (ésta última hace referencia al hijo de Towns). También criticaría de la traducción de Moreno la reiteración de ciertas palabras sin intencionalidad estilística mediante.

En resumen, Towns es una lectura irregular que gustará especialmente a aquéllos familiarizados con las inquietudes de la ficción americana de segunda mitad del siglo XX, a aquéllos que encuentren entrañables a sus escenarios y personajes, a aquéllos que disfruten del humor amable cuyo origen es la amargura. Porque si algo hay en estas páginas es este tipo de humor.  

jueves, 27 de febrero de 2020

James Ellroy: Esta tormenta

Idioma original: inglés
Título original: This Storm
Año de publicación: 2019
Traducción: Carlos Milla Soler
Valoración: bastante recomendable (y, sin duda, para los fans)

Última brutalidad, por el momento (*), perpetrada por el señor Ellroy, con todas esas cosas que tanto le gusta meter en sus novelas al viejo Demon Dog: violencia en plan burro, sexo desenfrenado -a veces también a lo burro-, alcohol y drogas por un tubo, polis corruptos a cascoporro, pirados de toda clase y muchos, muchos fascistas, fascistas a tutiplén... Coño, es que aquí hay más fascistas que en un mítin de VOX con barra libre; hasta los rojos que salen son bastante fascistas, no os digo más... También hay un mogollón de personajes -de hecho, el libro incluye al final una sección de Dramatis Personae para no perderse- que que se explayan a lo largo de casi 700 páginas de una trama que se enrosca y se desenrosca, que se ramifica y se poda a sí misma, a una velocidad extenuante. Porque esa es otra: la novela está escrita al ritmo del jazz más sincopado, con la cadencia de una metralleta Thompson que suelta una larga ráfaga de balas hasta que se agota todo el cargador. Pasan tantas cosas en cada uno de sus cortos capítulos que se hace imposible una sinopsis siquiera aproximada, menos aún en una modesta reseña...

Intentémoslo: la novela comienza en la tormentosa Nochevieja del año 41, poco después del ataque a Pearl Harbor -e inmediatamente después de la anterior novela de Ellroy, Perfidia- y la acción se extiende durante los primeros mese del año 42, cuando se temía un ataque japonés al sur de California y los nipones residentes en ese estado fueron recluidos en campos de concentración, por si las moscas. Crímenes que suceden esos primeros meses del nuevo año, más otros que vienen del pasado acaban convergiendo, en las mentes más perspicaces del departamento de Policía, en una trama inestable que arranca -o no- en el robo de un cargamento de oro en el año 31, y cristaliza de forma inaudita en el asesinato de unos polis de dudosa reputación en un tugurio de aún peor reputación en el barrio negro, pasando por el incendio de Griffith Park en 1933. Todo ello aderezado con los supuestos tejemanejes de los quintacolumnistas pronipones, pronazis o prosoviéticos, más la paranoia y la excitación de esos primeros momentos de la guerra en América. Y la presencia como guest stars de famosos de Hollywood como el afamado Orson Welles -éste no le cae muy bien a Ellroy- y Bárbara Stanwyck, entre otros...

¿Cómo maneja James Ellroy todo este quilombo? Pues al igual que hizo en Perfidia, repartiendo el peso de la investigación de los distintos sucesos, y de la propia narración de los mismos, entre varios personajes, en este caso un quinteto compuesto por:
  • Elmer Jackson: poli paleto y cafiche que busca a) desentrañar y si es necesario vengar la muerte de su hermano, delincuente ocasional no menos paleto y b) hacerle alguna jugarreta a Dudley Smith y protegerse por si éste se le adelanta.
  • Hideo Ashida: japo protegido del Departamento de Policía y de Dudley Smith en particular, por su habilidad como forensic. Busca impresionar a D. S.
  • Dudley Smith: poli irlandés corrupto y filofascista, macho alfa (o "chad", como dicen ahora los pobrecicos incels) favorito de Ellroy, se supone... Destinado como oficial del SIS a Baja California para detectar movimientos japoneses y quintacolumnista, allí entra en contacto con los sinarquistas mexicanos, tipejos aún más filofascistas que él, liderados por un tal Abascal (que también manda narices). Busca tenerlo TODO.
  • Joan Conville: oficial de la Marina que, de forma accidental, entra a trabajar para el departamento de Policía, donde subyuga a todo el mundo por su inteligencia, encanto y donosura de pelirroja del Medio Oeste. Busca venganza por la muerte de su padre en un incendio.
  • Kay Lake: abeja reina y metomentodo favorita de Ellroy (comprensible si pensamos que el personaje fue interpretado en el cine por Scarlett Johansson). Busca respuestas y salirse con la suya, básicamente.
Todo esto, ya digo, contado a un ritmo endiablado, absolutamente agotador, pero también electrizante: los capítulos que narran la "Batalla de Los Ángeles", por ejemplo, parecen coreografiar la música de una enloquecida Big Band. Frases cortas, casi telegráficas, en capítulos también cortos... pero que al cabo de unos cuantos, el lector siente como si un boxeador profesional le hubiese dado una paliza, cuando menos a los puntos.

Otro rasgo del estilo, además de esta velocidad y agilidad pasmosas, dignas de un practicante de parkour literario, es el empleo, en apariencia indiscriminado, de, por decirlo así, "términos políticamente incorrectos": aquí los afroamericanos son "charoles" y "tiznajos"; los mexicanos, "cholos", "frijoleros", "espaldas mojadas"; los homosexuales... ya os podéis imaginar. En principio, no deja de ser una forma de ambientar la novela en esos años 40 en los que los epítetos racistas, etc. se soltaban con naturalidad, más aún, es de suponer, por parte de los policías blancos... pero también cabe adivinar una cierta satisfacción en el autor por utilizar un lenguaje que escandalice a las mentes progres bienpensantes. Aunque al profundizar un poco en su narrativa, pronto se da uno cuenta de que su discurso -al menos, el subyacente- es mucho menos racista, menos derechista y machirulo de lo que parece. Ellroy podrá considerarse a sí mismo el último de los escritores "machos", el novelista cargado de testosterona y sin pelos en la lengua que se explaya en tal sentido en sus libros y entrevistas, pero al tiempo que representa ese papel, parece estar guiñando un ojo para avisarnos de que no va en serio. Bueno, sólo un poco...

(*) Aún quedan dos novelas más para completar el "Segundo Cuarteto de Los Ángeles", aunque cronológicamente, éste corresponda a una época anterior al "Primer Cuarteto de L. A.". Ambos, junto con la "Trilogía Americana", constituirán al final (esperemos) un ciclo de once novelas negras con personajes en común que saltan de unas a otras, que abarcarán desde 1941 a 1972 (he de decir, no obstante, que a diferencia de las series anteriores, en este Segundo Cuarteto sí que resulta conveniente haber leído el primer libro antes de acometer el segundo).

Otros libros del mismísimo Perro del Demonio reseñados en ULAD: PerfidiaLa Dalia NegraMis rincones oscuros

domingo, 15 de diciembre de 2019

Thomas De Quincey: Confesiones de un inglés comedor de opio

Idioma original: inglés
Título original: Confessions of an English Opium Eater
Traducción: Louis Loayza
Año de publicación: 1822 (un año antes, por entregas)
Valoración: Está bien 

Thomas de Quincey está estrechamente relacionado con el romanticismo inglés por la época en que vivió (entre el XVIII y el XIX), por relaciones personales (los poetas Wordsworth y Coleridge) y por determinadas atmósferas por las que se mueven sus textos (los sueños, el mundo clásico). Pero quizá el vínculo más poderoso era un cierto deseo de forzar los límites, desbordar la realidad para asomarse al misterio, lo desconocido o lo inexplorado. Todos aquellos que de una u otra forma crearon dentro de esa corriente se dejaron llevar hacia esos terrenos. La singularidad de este autor (aunque no sólo de él) es que además utilizó su propio cuerpo para experimentar cosas nuevas.

Las Confesiones son un ensayo autobiográfico, el primero de una especie de trilogía, en que De Quincey empieza, claro está, contando su infancia y primera juventud. Poseedor de un brillante intelecto, es objeto de una educación rigurosa y exigente, y destaca en sus conocimientos de griego clásico. Consigue escapar de sus tutores y vive en la indigencia en Londres, ayudado por una prostituta. Como suele ocurrir en el relato autobiográfico, no sabemos hasta dónde se ajusta a la realidad o la adorna, pero en es todo caso una narración intensa y apasionada que evoca la moda literaria del momento.

A partir de aquí hace su aparición el opio. Dice De Quincey que empieza a consumirlo para paliar unos dolores, aunque teniendo en cuenta la popularidad del mejunje en ese tiempo y en el entorno del autor, podríamos sospechar que su uso no era tan estrictamente analgésico. El caso es que de inmediato descubre sus al parecer grandes virtudes, y se lanza sin recato a una apología en toda regla. No solo resulta patente por qué el texto pudo resultar controvertido en su época, sino que para el resabiado lector del siglo XXI el entusiasmo mostrado por el autor hace pensar que de no tratarse de una obra de hace doscientos años el libro estaría en manos la de fiscalía antidroga. Por lo visto, unos años más tarde el propio autor retocó el texto para rebajar un poco el tono, publicándose una segunda edición algo menos espontánea. Para no perder de vista que hablamos de un texto literario, también hay que decir que la prosa de De Quincey, con sus largas perífrasis, me resulta algo pastosa, a veces un poco cargante en sus redundancias.

En los mismos registros se mueve también la tercera parte del librito, en la que el paraíso encontrado se ha vuelto una enorme carga, un monstruo voraz que cada vez pide más y del que De Quincey es consciente de que debe desembarazarse. Lo que era una especie de bienestar cósmico se ha apoderado del débil cuerpo de Thomas y va devorando su vitalidad. Si alguien ha visto a alguno de esos ancianos del norte de Tailandia, consumidos por toda una vida de cuelgue, entenderá de lo que hablamos: la adormidera le enreda en un estado permanente de tránsito entre el sueño y la realidad, y el escritor parece decidido a huir. Conocemos con cierto detalle los síntomas, así como el programa que De Quincey se impone para abandonar progresivamente el vicio. En estos tiempos en que tenemos tan interiorizados los problemas de la droga, los procesos de desintoxicación y las distintas terapias, resulta a la vez admirable y un poco enternecedor observar a un consumidor masivo ('confirmado y habitual, a quien preguntarle si tal día en particular había o no había tomado opio equivaldría a preguntarle si sus pulmones habían respirado'), decidido a desengancharse (y convencido de conseguirlo) por su sola fuerza de voluntad y guiado por la razón y un método sencillo e intuitivo.

Otra cosa es que lo consiguiera o no, porque él mismo reconoce la dificultad de la empresa, y confiesa que el éxito no lo fue tanto como en algún momento pudo parecer (al lector y a él mismo). Y no faltan comentaristas que aseguran que en la exposición de ese esfuerzo por escapar del opio hay algo o bastante de postureo, y que en realidad De Quincey nunca lo abandonó del todo, en parte porque su tenacidad fue algo menor de lo que dice en el libro, y quizá también condicionado, como decía antes, por un entorno en el que la amapola circulaba con generosidad.

El libro resulta desde luego original por el tema que trata, pero sobre todo por hacerlo en una época para nosotros remota, cuando los primeros estupefacientes llegan masivamente a Europa desde el Extremo Oriente. Pero para ser sincero, lo veo más bien como un documento que al margen de lo dicho tampoco creo que tenga un interés especial desde el punto de vista literario.

P.S.: Pronto seguiremos con el tema del opio, ya verán.

También de Thomas De Quincey en ULAD: Del asesinato considerado como una de las bellas artes

sábado, 9 de diciembre de 2017

Bret Easton Ellis: Lunar Park


Idioma original: Inglés
Título original: Lunar Park  
Traducción: Juiz Rodríguez Cruz
Año de publicación: 2005
Valoración: Repugnante 

Me encanta American Psycho, de Bret Easton Ellis. Tengo veintidós años y ya he leído esta novela cuatro veces. Pienso que su factura es perfecta (aunque, ciertamente, algo inaccesible); es un libro con un inusual paralelismo entre lo que quiere comunicar y los aspectos formales. También he leído Menos que cero, la primera novela de Ellis. Ha envejecido mal, no lo niego, pero no es un auténtico despropósito. Lo tercero que he abordado del autor es Lunar Park, y me ha parecido un insulto. Mira que tenía todos los ingredientes para que me gustara: una mezcla de realidad y ficción, a Patrick Bateman (el protagonista de American Psycho) y sucesos de apariencia sobrenatural. ¿Cómo ha podido naufragar de tal manera una historia tan prometedora?

Creo que a Ellis le ocurre como a Palahniuk. Ambos autores lograban escandalizar al principio. Ahora, sin embargo, no lo consiguen con la misma efectividad. Pese a sus constantes esfuerzos. Y, para colmo, esta insistencia les vuelve machacones. La polémica no es ya un medio para ellos, sino un fin absurdo y gratuito. Ya cansa que recurran a ella una y otra vez, irreflexivamente. 

Lunar Park parecía haberse dado cuenta de esto. Al empezarla, pensé que Ellis se estaba redimiendo, que iba a cambiar de modus operandi; una lástima que no fuera así. El escritor vuelve al shock que en su momento le funcionó, y que ahora no es más que un recurso barato: sexo pornográfico, violencia extrema y drogas duras. Bret Easton Ellis cae de nuevo en la provocación. Lo peor es que no por inercia, sino que para vacilarnos, pero ya llegaremos a esto. 

La premisa de la novela no es muy original. Ellis es perseguido por una de sus creaciones. El adversario del escritor es una confusa mezcla entre Bateman y su padre ya difunto (quien fue, de hecho, su principal inspiración a la hora de concebir al asesino de American Psycho). Metaliteratura a punta pala, vamos. Ellis es el protagonista del duelo al que ya tantos otros se han enfrentado: pienso en Frankestein, de Shelley, o en Beaumont, de King. 

El protagonista de Lunar Park está lleno de defectos. Lo sabe y hasta lo reconoce. Esta es una buena decisión. Al fin y al cabo, ya no estamos frente a los desubicados adolescentes de Menos que cero, ya no hablamos del psicópata completamente ido de American Psycho. No, el protagonista no es otro que el propio Ellis, autor de los anteriormente citados libros. Este enfant terrible que escandalizó al panorama literario en el pasado parece haber madurado: se arrepiente de sus errores. ¿Pues por qué sigue cometiéndolos? No para. Drogas, alcohol, mujeres. Y no tengo ni idea de por qué narices le aguanta su cabreada esposa (añadido ficticio, por cierto). 

Ellis, en una entrevista, aseguró que escribiendo esta novela se estaba mofando de la visión que la gente se había formado sobre él. Pues bien, esto me parece una pataleta infantil. Al principio de su carrera, esa intención me hubiera parecido justificada. Ya sabes, por lo de indignar a un público hipócritamente remilgado, que se lo tiene bien merecido. Pero a estas alturas no lo veo necesario. Creo, incluso, que está fuera de lugar. Los lectores ya no son igual de impresionables que antaño. Ya no tienes que escandalizarlos para reírte de ellos. Por eso no veo por qué nos tiene que tomar el pelo. En Lunar Park no buscamos la redención de Ellis por morbo. Él nos la ofrece en bandeja de plata al iniciar este libro, y cuando nos ha dado una falsa impresión, nos la quita delante de nuestras narices. ¿Qué recibimos a cambio de nuestra credulidad? Que en su novela nos haga pensar que se está flagelando para después acabar riéndose en nuestra cara. 

Ellis también confirmó que el protagonista de la novela está basado un 60% en él. ¿Dónde empieza realmente, pues, esa versión que el lector se ha fabricado sobre Ellis si él mismo confiesa haberse inspirado mayoritariamente en sí mismo?

En definitiva: mientras que Lunar Park arranca con un agradable sabor a autocrítica (personal y literaria), acaba por recurrir a los tropos de siempre. Lo que parecía una especie de autobiografía no autorizada, la confesión avergonzada y a regañadientes de una persona que ha cambiado, da paso a una dispersa sucesión de momentos que buscan ser polémicos y que acaban contradiciendo el que se nos hizo creer (a traición) que era el mensaje inicial. Dichos momentos, por cierto, opacan la supuesta historia principal de la novela, aquélla en la que el escritor se ve inmerso en una persecución metaliteraria. 

Mejor paro, que sueno a ex pareja despechada, a moralista barato. ¿Soy un exagerado? ¿Soy injusto al reclamar algo a una obra, algo que creía que el autor me estaba ofreciendo? Al fin y al cabo, hay muchas reseñas celebrando aquello que yo critico. Ni idea. Va, Ellis, riéte de mí, si quieres; felicidades, has conseguido indignarme. Lo único que tengo claro es que es poco probable que relea tu Lunar Park. Para ver a Bateman ya tengo suficiente con American Psycho o la excepcional encarnación de Christian Bale. 


También de Bret Easton Ellis en ULAD: American PsychoMenos que cero, Suites Imperiales 

viernes, 10 de febrero de 2017

Ryū Murakami: Azul casi transparente

Idioma original: japonés
Título original: Kagirinaku tomeini chikai buru
Año de publicación: 1976
Traducción: (del inglés) Jorge G. Berlanga
Valoración: recomendable para lectores audaces


Nos encontramos ante la primera novela de Murakami, publicada a unos tempranos 24 años y que, no obstante, le valió a su autor varios premios y un considerable éxito comercial, al menos en su país de origen. Es además, una obra, si no autobiográfica, sí que en cierto modo "testimonial", pues los protagonistas son un grupo de jóvenes de unos pocos años menos que su autor, con la adolescencia apenas cumplida. ¿Y de qué trata esta novela con un título tan cuqui? Pues de lo que debe tratar una protagonizada por jovenzuelos, claro: de sexo, droga y rock & roll.

Bueno, rock & roll tampoco hay tanto: algunas menciones a la banda sonora de fondo, con grupos de los 60 y 70 -Rolling Stones, The Doors, Led Zeppelin...- y música negra en general. Sexo, en cambio, sí que hay a mansalva y de qué manera; polifuncional y salvaje (nada recomendable para espíritus sensibles, en todo caso). Y drogas, para qué contar; los personajes de la novela le dan a casi todo: heroína, hachís, mescalina, ácido, nibroles (o metacualona, un sedante-hipnótico), pegamento... vaya, un auténtico despliegue de politoxicomanía. De regalo, también encontramos aquí su dosis de una violencia dura y desabrida. Y todo convenientemente aliñado con una sordidez que recorre sin compasión toda la novela, que está bien regada con vómito, sangre, semen, mugre, podredumbre e insectos espachurrados.

Sé que hasta ahora no he comentado nada sobre el argumento de la historia, pero es que tampoco hay mucho que contar; el protagonista /narrador es un joven llamado Ryu (ay, el viejo truquillo de los escritores para dotarse a sí mismos de  un aura más cool...) que vive junto a una base de las fuerzas estadounidenses y que aprovecha la visita de un grupo de amigos, tan drogotas como él, para organizar fiestas -llámalo orgías- para unos soldados afroamericanos, ir a un concierto de rock y, sobre todo, colocarse sin descanso como ávidas comadrejas (baste mencionar que el personaje del libro que parece más centrado  es la vecina-medio novia del protagonista, que es una chica de alterne heroinómana). No es de extrañar que en su momento el libro fuese todo un éxito en Japón; imagino que los padre querían escandalizarse con lo que supuestamente hacían sus hijos y los hijos, divertirse con lo que escandalizaba a sus padres (algo parecido a lo que sucedió en España con Historias del Kronen). Muchos lectores recordarán, además, ejemplos de esta "literatura del exceso"; como antecedentes, se puede citar a Burroughs, a Bukowsky, a Jean Genet... y entre los continuadores, es inevitable acordarse de Trainspotting (hay quien incluso ha llamado la novela de Murakami "la Trainspotting japonesa", obviando que se publicó 17 años antes); entiéndase, no estoy afirmando que Welsh o Mañas plagiaran en algo Azul casi transparente, pero sí que pertenecen todas a la misma familia narrativa o son hitos en un mismo hilo que recorre la literatura y la cultura contemporánea.

Otra referencia de la que se suele hablar al respecto de esta novela es la de El extrajero, de Camus. Y no es algo descabellado: en la novela de Murakami -narrada igualmente en primera persona- también prevalece un tono despegado o ausente, si se prefiere; da igual lo que haga el protagonista: inyectarse caballo, travestirse para fornicar en una orgía, asistir a una brutal paliza, llevar a un amigo suicida al hospital... todo lo vive como si le estuviese pasando a otra persona o, más exactamente, (no) le afecta como si le estuviese ocurriendo a otra persona... Resultan brillantes, en mi opinión, los pasajes en los que Ryu describe la imágenes y sensaciones que le acometen en pleno "colocón", así como los que cuentan lo que ocurre cuando llega el bajón o resaca de los efectos de las drogas. La contención estilística, así como el buen uso del tempo narrativo y la misma extensión acotada de la novela -que se circunscribe a poco más que la visita del grupo de amigos a casa de Ryu- resultan un claro acierto que consigue acrecentar y transmitir ese efecto de extrañamiento que siente el propio narrados de la historia, de forma más perturbadora de lo que hubiese sido un exceso de verborrea psicotrópica. Bien, pues, por el entonces aún joven escritor Murakami. Sabemos que las comparaciones son odiosas, pero ya podrían aprender otros... ; )



Otros títulos de Ryū Murakami reseñados en Un Libro Al Día: Los chicos de las taquillas

sábado, 20 de febrero de 2016

Anthony Burgess: La naranja mecánica

Idioma original: inglés... y nadsat
Título original: A Clockwork Orange
Año de publicación: 1962
Traducción: Aníbal Leal y Ana Quijada (el prólogo y el capítulo 21)
Valoración: Muy recomendable


Todos hemos visto la película (supongo); sus imágenes forman parte de la iconografía de la Historia del cine y también de la cultura pop del siglo XX. Los niños se disfrazan de drugos en Carnaval. Millones de aficionados al fútbol identifican con su título a cierta selección nacional (supongo también). Pero, ¿cuántos hemos leído la novela original de Burgess? No pretendo ir de estupendo: yo no lo había hecho hasta ahora, lo reconozco... Cierto es que el hecho de conocer ya su argumento, al haber visto la película y la aparente dificultad de su lectura provoca que mucha gente no se moleste en leerlo, creo... En el caso de la "dificultad" de su lectura, se debe a que la novela está escrita, casi en todo momento, utilizando la supuesta jerga nadsat, inventada por Burgess a partir del slang del Este de Londres y el ruso. He aquí una muestra (prometo que tomada al azar): "Pero cuando se hubo ucadido y yo estaba preparándome esa taza muy fuerte de chai, me reí para mis adentros pensando en la vesche que tanto preocupaba a P.R. Deltoid y a sus drugos. Pues bien, si me porto mal, con las crastadas, los tolchocos y los juegos con la britba y el viejo unodós unodós, y si me lovetan, tanto peor, oh hermanos míos, y a decir verdad no puede gobernarse un país si todos los chelovecos se comportan como lo hago yo de noche..." No está mal, ¿eh?; pero no hay que asustarse: cuando se llevan leídos dos o tres capítulos, ya no hay que consultar el glosario que está al final del libro... más de media docena de veces por párrafo. De todos modos, el curioso lenguaje con que está escrita la novela, plagado también de onomatopeyas -e influenciado, por lo visto, por la narrativa de Joyce- no impide para nada que su lectura sea extremadamente ágil, acorde con la narración anfetamínica que estamos leyendo.

No contaré mucho de la historia en sí, pues supongo que ya es de sobra conocida: el protagonista, Álex, es un adolescente líder de una pandilla de drugos que se dedican con denuedo a drogarse, robar y practicar la ultraviolencia en una ciudad de una Gran Bretaña distópica, aunque bastante verosímil. Lo único positivo que se puede encontrar en el personaje (aunque no del todo, porque también contribuye a exacerbar su ansia destructiva) es su amor por la música clásica. No contaré más para no chafar la lectura a quien no conozca la novela ni la película, pero en, fin, sólo avisarle de que va a encontrar altas dosis de violencia y cinismo; y sobre todo, una crítica despiadada a todo lo que se mueve: la prepotente juventud y la rencorosa vejez, la mezquindad de las clases populares y la suficiencia de los intelectuales, la manipulación por parte del Gobierno y también de los políticos de la oposición... Lógicamente, es una novela sobre la violencia, sobre su naturaleza y sus consecuencias (que nadie piense, además, que Burgess escribía sobre el particular desde la barrera: su esposa sufrió durante la guerra mundial una agresión similar a las que se narran en la novela, a manos de unos desertores del ejército estadounidense). Pero es un libro que no da respuestas, me temo, aunque sí que nos hace plantearnos las preguntas.

Lo mismo ocurre sobre el tema que, en mi opinión, es el principal de este libro: el viejo asunto del libre albedrío, tan caro para los escritores británicos católicos, como era Burgess -y esta vez no lo digo yo: lo comenta él mismo en el prólogo-... la característica de esta novela es que lo del libre albedrío puede verse desde una perspectiva política, es decir, la libertad de actuación , aunque sea para cometer tropelías, del ciudadano frente a la tutela del Estado; pero también, lo podemos contemplar desde el punto de vista religioso: ¿hasta qué punto una supuesta divinidad, además omnipotente, nos deja libertad para errar a sus criaturas, creación suya, por otra parte...? Así se pregunta el personaje que, junto con el escritos que sufre la agresión en su casa, claro está, parece más un reflejo del autor de la novela, el capellán de la cárcel -o como diría el viejo Álex, el chaplino de la staja-: "...La  bondad viene de adentro, 6655321. La bondad es algo que uno elige. Cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre..."

Por fin, está el asunto del capítulo 21 y último. Un capítulo que no fue incluido en la edición norteamericana -ni en la primera española, al parecer- y tampoco en la versión cinematográfica, basada en ésta. Un capítulo que, en cierto modo, cambia el significado final de la novela...o quizá no. Porque puede que nos ea sino una vuelta de tuerca más, más satírica de lo que parece. O una venganza del autor sobre su personaje, quién sabe... en todo caso, es cada lector quien debe decidir, como reconoce el propio Burgess si este capítulo mejora el libro o no. En fin, hermanos míos, que todo veco y toda debóchca que no haya leído el libraco lo haga scorro, a videar qué le parece la vesche. Estoy seguro de que el rascaso le resultará joroschó. Pero que muy joroschó...





jueves, 12 de febrero de 2015

Patricia Heras: Poeta muerta

Idioma: español
Año de publicación: 2014
Valoración: necesario

Es probable que muchos de nuestros lectores, sobre todo los que nos siguen desde Cataluña, conozcan el llamado "caso 4F", que ha adquirido más notoriedad a partir de la exhibición del premiado documental Ciutat morta, aunque el origen del asunto date nada menos que del 2006. No es el lugar apropiado este blog sobre libros para extenderme sobre los pormenores del caso, ni tengo espacio para hacerlo (quién lo desee, puede encontrar información aquí o, de manera mucho más resumida, aquí). Baste decir que hasta ahora se ha saldado con un agente de la Guardia Urbana de Barcelona tetrapléjico y varias personas condenadas por este hecho, pese a ser inocentes, a todas luces... O al menos a las mías, por escasas que resulten, pero también a las de mucha gente cuando cuando conoce los detalles de lo ocurrido (1). Y, desde luego, no me cabe duda de que inocente era  Patricia Heras, una de las condenadas y autora de este libro. Un libro recopilatorio de sus poemas y otros escritos y, por desgracia, póstumo, pues Patricia Heras se quitó la vida hace casi cuatro años, tras pasar por la cárcel y obtener el tercer grado penitenciario.

Como ya digo, se trata de una recopilación de escritos variados (2), pero no realizada por su autora, sino que han sido rescatados de los archivos -algo caóticos, por lo visto- que dejó. El criterio de ordenación parece ser, más o menos, el cronológico, de manera que todo -poemas, ficciones en prosa, dietarios...- acaben formando una suerte de autobiografía. Destaca, claro está, la vertiente poética de Patricia Heras, dividida aquí en varios periodos: el anterior a 2007, lo componen una serie de poemas enérgicos, electrizantes, incandescentes incluso, en los que, en buena parte, se retratan los efectos de diversas drogas -el título de esta primera entrega de sus Poemas Difuntos es asaz significativo: Delirius Tremens-, no sin un refrescante toque de humor que resulta característico de casi todo lo escrito por Heras, incluso en momentos mucho más negros. También hay poemas de carácter sexual -generalmente de forma muy explícita, aunque también hay alusiones eróticas más disimuladas en otros poemas-, que son, en mi opinión, en los que mejor se plasmaba el talento poético de esta autora. Por ejemplo, el comienzo de Eléctrica niña:

Entre ondas geminadas y sacudidas bastardas sin control
me muerdo el labio y relamo tu presencia
mientras me vibran las manos con estertores mortales
y se me paraliza el sexo

En estos poemas hay psicotropía, urgencia, ciberpunk y mucha vitalidad, pese a cierto toque nihilista... Un nihilismo y una oscuridad que se acrecientan en la segunda entrega de estos Poemas Difuntos, pese a que la calidad literaria ha subido enteros ("He ahorcado mi inocencia /Su orgullo adolecido aún voraz no impide que se mee encima, /su belleza efímera /expira con los últimos latidos suplicantes..." de Absolución). En los últimos Poemas Difuntos vuelve al tema erótico (quizá el término "pornográfico" le gustaría más a su autora, creo) en Herejía o Ataxia y también a una amarga crítica a la sociedad bienpensante en Ni Ni ("Joven sobradamente preparada Ni Ni, /ni se ofrece como engranaje o prostituta del Estado /ni se vende como correo de la puta Inquisición..."). Normal, dadas las ccircunstancias... (y muy comedida me parece). Estremecen, por finalizar, alguno de sus últimos versos, como Esa cabeza negra, que comienza así: 

                                                     Cuando encontraron el cadáver
                                                     lo más asombroso era
                                                     su perfecto estado de conservación

O Qué estás haciendo con tu vida, rabiosa letanía cuyo título ya lo dice todo.

El resto de los escritos recopilados en el libro son variopintos y, sin embargo, guardan gran relación entre sí y bastante coherencia, recurrentes siempre de ciertos temas (autobiografía más o menos ficcionada o ficción autobiográfica, "tecnoerotismo", referencias al suicidio...). Encontramos el germen de una novela, unos cuantos relatos, un par de argumentos para cómics, una suerte de diarios -memorias, más bien- y, como núcleo central de esta parte en prosa del libro (para el lector, al menos, no sé si lo sería para la autora o el recopilador), una crónica de su kafkiana detención -si en algún caso se puede aplicar tan manido adjetivo, sin duda, es en éste- y de su paso por prisión, crónica ésta que resulta menos tremebunda que irónica y hasta desenvuelta, aun sin poder ocultar la desolación que se esconde en el fondo ni el cutrerío de su superficie.

Me resulta imposible calificar este libro de acuerdo a los parámetros habituales en este blog -un "recomendable" no sería adecuado para los  lectores con una sensibilidad diferente a la de esta escritora y en cuanto a "imprescindible" no sería justo para con un libro que se sale del canon literario clasificatorio al uso-; eso, sin tener en cuenta que resulta imposible desvincular al lectura de estos escritos de las circunstancias de la vida y muerte de su autora. Pero es que además no quiero calificarlo de ninguna manera. O, en todo caso, afirmo que este libro me parece necesario. Necesario como testimonio de una vida, pero también como atalaya y baluarte de lo heterodoxo, de lo divergente, de lo no convencional; necesario como lo es que alguien nos recuerde a veces nuestros defectos, el orgullo miope de la sociedad autocomplaciente en la que chapoteamos satisfechos. necesario como lo es que entre nosotros haya siniestros, queers, pornoterroristas, poetas... todo aquel que decide vivir de acuerdo con los mandatos de su individualidad y que no por eso merecen ser sospechosos a priori y mucho menos reos de lesa majestad.

Un libro necesario, repito, aunque no un emblema de nada... no sé si a Patricia Heras le hubiera gustado serlo.

(1) Huelga decir que las opiniones vertidas aquí respecto a las sentencias judiciales de las que hablo son responsabilidad exclusiva de quien esto escribe, no de todos los que participamos en este blog.
(2) Quien desee echarle un vistazo a alguno de estos escritos, puede hacerlo en el blog de la propia Patricia Heras, que aún se mantiene: http://poetadifunta.blogspot.com.es/

                                                    

martes, 26 de noviembre de 2013

William S. Burroughs: El almuerzo desnudo

Idioma original: inglés
Título original: (The) Naked Lunch
Año de publicación: 1959
Valoración: Imprescindible

He dudado bastante con la valoración de este libro. Pensaba ponerle un "Muy recomendable", que es ya una nota muy alta; luego he pensado ponerle un "recomendable", porque hay momentos en que el libro resulta algo repetitivo y porque no es un libro "muy recomendable" para todo el mundo; pero al final he decidido hacer lo contrario y darle un "imprescindible". ¿Y por qué? No solo porque es uno de los libros más influyentes de la literatura estadounidense del siglo XX, sino también, y sobre todo, porque en cierto sentido este libro consigue llevar la literatura, la palabra, hasta un nuevo límite, y un libro que consigue hacer eso puede decirse que es imprescindible.

Este es un libro sobre la droga: heroína, morfina, opio, marihuana, cocaína y todos los derivados imaginables. Es un libro escrito por un yonqui durante su etapa de adicción (aunque publicado más tarde, ya "limpio"). Pero no es uno de esos libros que hablan sobre la droga con espíritu documental o moralizante, "la droga te hace esto, tiene estos efectos, puedes acabar así". Solo el prólogo y el epílogo, escritos con posterioridad al resto de la novela, tienen algo de esto: algo de catálogo de distintas drogas y sus consecuencias físicas, psicológicas, emocionales.

Pero lo que hay en medio, o sea, la novela en sí, es más bien una visión del mundo a través de los ojos de la droga. Con una desinhibición agresiva, provocadora y decididamente política. Se habla mucho, claro, de la vida en el submundo yonqui: los trapicheos, los engaños, las mejores técnicas para drogarse, los peores efectos secundarios imaginables. Pero también se habla de sexo: sexo en todas sus formas, pero sobre todo sexo homosexual, violento, comprado, indeseado. Y también de política, y de medicina, y de filosofía, y de opresión, y de la guerra, y de la vida y de la muerte.

Y todo esto, hay que insistir, a través de una visión distorsionada, fragmentaria, provocadora. Por momentos, repugnante, insultante. Cada capítulo es una escena aislada, en un espacio y un tiempo diferentes de la anterior, aunque con algunos personajes que repiten su aparición aquí o allá (de ahí que se hable de "novela" y no de recopilación de textos); y todos ellos están llenos de alucinación y paranoia onírica. Los yonquis se disuelven en series protoplásmicos para absorber la droga, o a otros yonquis; la policía te deja libre si le chupas la polla hasta hacerlos desaparecer; un hombre que cosigue hablar con el culo es devorado por dentro por ese mismo culo... Ese tipo de historias.

Por eso hablaba de que este libro llega a un límite al que no llega casi ningún otro libro en la historia de la literatura: muy pocos escritores se han atrevido a ser tan brutalmente directos, por una parte, y tan descontroladamente libres en cuanto a la forma, la estructura o el estilo. Naturalmente, el libro fue inmensamente polémico cuando se publicó, por su contenido sexualmente explícito, homosexual y pedófilo. De hecho, tengo mis dudas de si un libro como este sería publicado hoy en día, cuando en algunos aspectos parece que estamos más atrás que en 1959.

No puedo terminar esta reseña sin mencionar al traductor de la edición de Anagrama, Martín Lendínez: tuvo que ser un infierno traducir una novela tan llena de slang, neologismos, tecnicismos y vulgarismos como esta, y conseguir que sonase creíble. Y Martín Lendínez lo ha conseguido.

sábado, 27 de julio de 2013

Bret Easton Ellis: Menos que cero

Idioma de publicación: inglés
Título original: Less than zero
Año de publicación: 1985
Traducción: Mariano Antolín Rato
Valoración: seguramente en 1985, "muy recomendable", en 2013, dejémoslo en "está bien"

Lo que tiene lo contemporáneo: ciertos libros envejecen tan rápido como ciertos peinados, ciertos modelos de gafas de sol, ciertas gabardinas con hombreras ilustradas a la Warhol. Y los autores, claro. De la foto de mocoso rebelde y la sucinta biografía (no había más que decir, claro) del autor, seguramente Easton Ellis haya tenido que acabar admitiendo ante el público que seguir el ritmo de vida de sus personajes le hubiera llevado a la tumba. Menos que cero (llamada así por una canción de Elvis Costello, gracias Tuli Márquez por recordármelo inconsciente y casualmente esta mañana)  no ha envejecido bien: de hecho esos tiempos que describe ya no nos resultan ajenos solo por su lejanía temporal, apenas unas décadas, sino por su lejanía social. Es como ver series como Gossip Girl. Nada que ver con lo que nos rodea. Y aunque aún haya fiestas desmadradas y droga y jovenzuelos, todo el conjunto ya no da tanto el pego.
Ocurre que Easton Ellis tuvo la oportunidad de abanderar una generación con libros como este y, sobre todo, con American Psycho, su celebérrima segunda novela. Obras de un componente visual muy marcado, obras de un escritor acunado por la cultura del cine y el video clip, a la vez que declaraciones de principios de un estilo de vida marcado por el éxito desbordante y desmesurado, su correspondiente saturación, y la interpretación de esta saturación. Los Palahniuk, Leavitt, puede que hasta Welsh...
Las primeras páginas me resultan destacadas por dos detalles: una mención incrustada (sin demasiada justificación, supongo que para aportar coartada culta) de Mientras agonizo, obra de referencia de Faulkner, y esa sensación constante de ir y venir deslabazado del protagonista, que me recuerda (salvando muchísimo las distancias, por favor) a una especie de reverso de Holden Caufield, aunque también le reconozco, por ejemplo, en el John Self de Dinero de Martin Amis (libro de la misma época) . El problema es que ese itinerario de excesos nos resulta demasiado familiar y hoy nos cansa a las primeras de cambio. Tanto descontrol, ya se sabe. Se ve llegar el trastazo.
Ah, el argumento. Pues un estudiante de unos veinte años que pasa unos días en casa, gastándose un dineral (de su acaudalada familia) básicamente en cocaína, y viéndose con su círculo de amigos, todos de sus mismas aspiraciones. En medio, oyen música y van a conciertos y a bares y conducen coches carísimos. No es que siempre se enteren de que lo hacen. Parece.
El libro tarda mucho en estructurarse, en generar una escueta trama y, también como Dinero, parece convertir de ese flash continuo de situaciones excesivas (fiestas, droga, despilfarro) su hilo argumental. Lo que ya no alcanzo a comprender es si Easton Ellis usa esa dispersión como recurso narrativo o la cosa simplemente surgió así. El caso es que el desvarío y el exceso se nos antoja hoy bastante ajeno, algo impropio. A saber si esos tiempos y esas costumbres se repetirán, pero no lo parece. La trama solo se define algo hacia el final, un clásico final en espiral donde, de repente, se empotran un par de escenitas de snuff-movie que no alcanzan a aportar cohesión, que no llegan a conformar Menos que cero como esa novela generacional que, parece, en su día alguien se empeñó en reivindicar. De ahi a especular si los encendidos elogios en su momento están justificados o si Easton Ellis es sólo una pieza más en una cadena que ampararía cierto tipo de escritores del desmadre (Bukowsky, Welsh, Thompson, Selby) que se confunden con sus personajes... pues me limitaré a eso, a opinar que el tiempo le ha pasado una elevada factura.

También de Bret Easton Ellis en ULAD:  Suites ImperialesAmerican Psycho