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miércoles, 2 de marzo de 2016

Ryū Murakami : Los chicos de las taquillas

Idioma: japonés
Título original: コインロッカー・ベイビーズ (Koinrokkā Beibīzu)
Año de publicación: 1980
Traducción: Pilar Álvarez Sierra
Valoración: entre recomendable y está bien

Imaginemos por un momento, cada uno de nosotros, que somos un escritor joven, que ha publicado ya un par de novelas que consiguen notoriedad y buenas críticas en nuestro país. Ante nosotros se abre un futuro literario prometedor... ¿suena bien, verdad? Pero en ese momento comienza a publicar otro novelista que se apellida exactamente igual y que no sólo tiene también cierto éxito, sino que éste comienza a ser arrollador, descomunal, a los largo y ancho de todo el globo... Horreur! ¿Qué hacer? Ya es demasiado tarde para firmar con otro apellido y ,además, nuestros libros también son bien acogidos aunque, no obstante, no tanto... demasiado bien como para abandonar la escritura y dedicarse a otra cosa... la música, por ejemplo; ¿resignarse entonces a convertirse en un "escritor de culto"? ¿Pelear con uñas y dientes por el favor del público masivo? ¿Cometer seppuku?

Bien, algo así es lo que le pudo pasar a Ryunosuke Murakami... no hace falta decir con quién. Aunque he de aclarar que todo el párrafo anterior no se debe más que a una elucubración mía, completamente ociosa; para empezar, ignoro si el apellido Murakami es tan común en Japón -algo así como Pérez o González- como para que la coincidencia con Haruki no llame la atención de nadie. Además, al menos en su país las novelas de Ryunosuke han tenido bastante éxito, por lo visto, y se ha convertido en un autor bien considerado. Aunque no tanto, por supuesto, como para que se baraje su nombre cada año -incomprensiblemente- para el Nobel... Por otro lado, tampoco es que tenga mucho que ver la narrativa de Ryū con la de Haruki: en Los chicos de las taquillas, por ejemplo, encontramos jóvenes torturados por el desasosiego existencial, personajes autodestructivos, pasiones desesperadas, escenas de sexo algo morbosillas... ¿Eh? un momento, algo no me cuadra... mejor reseteamos... je.

Empiezo de nuevo: Los niños de las taquillas cuenta la historia -historias, pues a partir de un momento la narración se bifurca- de Kiku y Hashi, dos niños recién nacidos que son rescatados de sendas taquillas de monedas, donde han sido abandonados, en el verano de 1970 (ignoro si tan atroz circunstancia es habitual en Japón). Criados primero en un orfanato, son adoptados después por un matrimonio de una isla frente a la ciudad de Sasebo (localidad natal de Ryū Murakami), donde viven hasta que Hashi decide marcharse a Tokio para buscar a su madre biológica y convertirse en cantante. "Hermanos de taquilla" , por decirlo así, hay un lazo íntimo y casi indestructible entre ellos, aunque son muy diferentes: Kiku, deportista y resuelto, aunque tímido en su relación con los demás; Hashi, más "sensible" y aparentemente dependiente de su hermano... o quizás sea al revés.

No cuento más del argumento, que aún da varias vueltas y revueltas; sólo decir que nos encontramos ante una historia que oscila entre el hiperrealismo y la exageración esperpéntica; entre el intimismo y la espectacularidad, la introspección y el nihilismo... Se desarrolla entre la abigarrada multitud nipona y los escenarios desolados, casi postapocalípticas (el poblado minero abandonado, Toxicentro, archipiélagos de islotes sulfurosos...) o simplemente sórdidos (el barrio de Shinjuku, la cárcel, el manicomio), lo que le confiere a la novela, a mi parecer, un aire decididamente ochentero -soy algo ventajista: se publicó en 1980, claro-; al menos, a mí me ha recordado a ciertos cómics de esa época que he leído, que presentaban una visión del futuro desesperanzada, pero al tiempo, excitante...

Como se puede suponer, la novela resulta un tanto irregular -aunque son 500 páginas, después de todo-; no tanto porque lo sea su estilo, que siempre se muestra de lo más eficiente, ya tenga que lidiar con momentos líricos, soeces o bizarrescos, sino porque a uno le cuesta a veces entender a dónde quiere llegar el autor, con ciertos giros del argumento y las subtramas que van apareciendo. Aún así, es un libro que se lee con agrado y hasta expectación (aunque reconozco que me costó una buena cantidad de páginas meterme a fondo en él). En todo caso, creo que merece la pena prestarle más atención de ahora en adelante, a este Murakami cuya sensibilidad, más enérgica que lánguida, puede resultar más estimulante que otras a las que estamos acostumbrados





viernes, 10 de febrero de 2017

Ryū Murakami: Azul casi transparente

Idioma original: japonés
Título original: Kagirinaku tomeini chikai buru
Año de publicación: 1976
Traducción: (del inglés) Jorge G. Berlanga
Valoración: recomendable para lectores audaces


Nos encontramos ante la primera novela de Murakami, publicada a unos tempranos 24 años y que, no obstante, le valió a su autor varios premios y un considerable éxito comercial, al menos en su país de origen. Es además, una obra, si no autobiográfica, sí que en cierto modo "testimonial", pues los protagonistas son un grupo de jóvenes de unos pocos años menos que su autor, con la adolescencia apenas cumplida. ¿Y de qué trata esta novela con un título tan cuqui? Pues de lo que debe tratar una protagonizada por jovenzuelos, claro: de sexo, droga y rock & roll.

Bueno, rock & roll tampoco hay tanto: algunas menciones a la banda sonora de fondo, con grupos de los 60 y 70 -Rolling Stones, The Doors, Led Zeppelin...- y música negra en general. Sexo, en cambio, sí que hay a mansalva y de qué manera; polifuncional y salvaje (nada recomendable para espíritus sensibles, en todo caso). Y drogas, para qué contar; los personajes de la novela le dan a casi todo: heroína, hachís, mescalina, ácido, nibroles (o metacualona, un sedante-hipnótico), pegamento... vaya, un auténtico despliegue de politoxicomanía. De regalo, también encontramos aquí su dosis de una violencia dura y desabrida. Y todo convenientemente aliñado con una sordidez que recorre sin compasión toda la novela, que está bien regada con vómito, sangre, semen, mugre, podredumbre e insectos espachurrados.

Sé que hasta ahora no he comentado nada sobre el argumento de la historia, pero es que tampoco hay mucho que contar; el protagonista /narrador es un joven llamado Ryu (ay, el viejo truquillo de los escritores para dotarse a sí mismos de  un aura más cool...) que vive junto a una base de las fuerzas estadounidenses y que aprovecha la visita de un grupo de amigos, tan drogotas como él, para organizar fiestas -llámalo orgías- para unos soldados afroamericanos, ir a un concierto de rock y, sobre todo, colocarse sin descanso como ávidas comadrejas (baste mencionar que el personaje del libro que parece más centrado  es la vecina-medio novia del protagonista, que es una chica de alterne heroinómana). No es de extrañar que en su momento el libro fuese todo un éxito en Japón; imagino que los padre querían escandalizarse con lo que supuestamente hacían sus hijos y los hijos, divertirse con lo que escandalizaba a sus padres (algo parecido a lo que sucedió en España con Historias del Kronen). Muchos lectores recordarán, además, ejemplos de esta "literatura del exceso"; como antecedentes, se puede citar a Burroughs, a Bukowsky, a Jean Genet... y entre los continuadores, es inevitable acordarse de Trainspotting (hay quien incluso ha llamado la novela de Murakami "la Trainspotting japonesa", obviando que se publicó 17 años antes); entiéndase, no estoy afirmando que Welsh o Mañas plagiaran en algo Azul casi transparente, pero sí que pertenecen todas a la misma familia narrativa o son hitos en un mismo hilo que recorre la literatura y la cultura contemporánea.

Otra referencia de la que se suele hablar al respecto de esta novela es la de El extrajero, de Camus. Y no es algo descabellado: en la novela de Murakami -narrada igualmente en primera persona- también prevalece un tono despegado o ausente, si se prefiere; da igual lo que haga el protagonista: inyectarse caballo, travestirse para fornicar en una orgía, asistir a una brutal paliza, llevar a un amigo suicida al hospital... todo lo vive como si le estuviese pasando a otra persona o, más exactamente, (no) le afecta como si le estuviese ocurriendo a otra persona... Resultan brillantes, en mi opinión, los pasajes en los que Ryu describe la imágenes y sensaciones que le acometen en pleno "colocón", así como los que cuentan lo que ocurre cuando llega el bajón o resaca de los efectos de las drogas. La contención estilística, así como el buen uso del tempo narrativo y la misma extensión acotada de la novela -que se circunscribe a poco más que la visita del grupo de amigos a casa de Ryu- resultan un claro acierto que consigue acrecentar y transmitir ese efecto de extrañamiento que siente el propio narrados de la historia, de forma más perturbadora de lo que hubiese sido un exceso de verborrea psicotrópica. Bien, pues, por el entonces aún joven escritor Murakami. Sabemos que las comparaciones son odiosas, pero ya podrían aprender otros... ; )



Otros títulos de Ryū Murakami reseñados en Un Libro Al Día: Los chicos de las taquillas

martes, 1 de noviembre de 2022

Entrevista a la Reina del Terror: MARIANA ENRIQUEZ

Madrid. Martes, 25 de octubre de 2022. 13:30. Esta es la primera entrevista "presencial" de la historia de ULAD. Con los nervios propios de un fan y con el miedo a que las preguntas preparadas sean ridículas, reiterativas o fuera de lugar, a que el móvil no me grabe o a que empiece a sudar como si estuviera subiendo el Tourmalet (en agosto), acudo a la cafetería del Hotel Las Letras para, gracias a la amabilidad de María Teresa Slanzi y Lidia Lahuerta (Anagrama), charlar con la Reina del Terror. Estas son nuestras preguntas y las respuestas de la gran Mariana Enriquez.

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ULAD: Si ahora saliéramos a la calle y encontráramos a una persona que no ha leído nada tuyo (que lo dudo), ¿cómo le definirías tu obra?

ME: Yo diría que, sobre todo, soy una escritora de ficción en el sentido amplio. Es decir, novelas y cuentos de ficción oscura. No diría especialmente de terror porque “Bajar es lo peor” a mí no me parece, por ejemplo, un libro de terror, sino más bien me parece un libro de ficción oscura con algún elemento muy ambiguamente sobrenatural. Y, después, también una periodista que, sobre todo en los libros, se interesa por temas más bien periféricos o directamente frikis, como el libro sobre cementerios, por ejemplo.

ULAD: ¿Y cuál de tus libros sería el que mejor condensa tu universo?

M.E.: “Nuestra parte de noche” creo que es el que condensa todo porque, de alguna manera, es como que ahí se llega a la constelación de temas. Los otros son como planetas y ahí están todos juntos.

ULAD: Si ahora ese alguien fuera a buscar tu nombre en internet una de las primeras “etiquetas” que encontraría sería la de gótico latinoamericano, cosa que a mí personalmente me parece un poco reduccionista. ¿Te encentras cómoda dentro de esas etiquetas?

ME: Yo entiendo que son etiquetas. Entonces, como tales, son cosas que sé que tengo que aceptar y no frustrarme demasiado o discutirlas demasiado porque son cosas que pasan, pero yo personalmente me considero más una escritora de terror. Incluso si decís terror latinoamericano, me parece más sensato. El gótico no sé bien de qué estamos hablando. A mí me parecen más cuentos de terror. En fin, tampoco me quita el sueño. Bueno, está bien, si quieren poner gótico latinoamericano, adelante. Alguien puso alguna vez realismo gótico, lo que es un disparate, así que prefiero que pongan gótico latinoamericano porque realismo gótico no hay.

ULAD: Para terminar con el tema de las etiquetas… parece que cada vez hay más escritores de “géneros” y que estos son cada vez más tenidos en cuenta a nivel de público y de crítica. ¿Te parece que hay cada vez una mayor hibridación o contaminación entre ellos y con la corriente “central” de la literatura o que es un mundo cada vez más más aislado, tanto a nivel de escritores como de lectores?

M.E.: Yo creo que cada vez más hibridación y también hay un poco más de concentración en ciertos fans del género que les interesa que el género se mantenga puro. Eso pasa siempre, es una cosa absolutamente normal. Pero creo que lo que pasa con cierta generación de escritores que escriben terror o ciencia ficción es que no son solo lectores de ciencia ficción o solo lectores de terror, sino que leen de una manera mucho más amplia y no solo libros. Quiero decir que también miran otras cosas de la cultura: cine, series, arte, música, moda, lo que quieras. Entonces me parece que por eso también se da la hibridación, no solo entre géneros literarios sino entre otras expresiones. Entonces me parece que ahí se produce una sinergia que es muy importante. Y después, como contrafenómeno de eso, está el fan que es el fan del terror, que quiere al terror puro sin la contaminación de la realidad, sin la contaminación de lo social, sin la contaminación de otros géneros, etc. También me parece bien, también me parece honesto. Me parece como el fan de futbol, ¿viste? que dice “soy fan de mi equipo y no de la selección nacional”. Y está bien. No hay problema en eso.

ULAD: Cambiando un poco de tema (o quizá no tanto)… Desde siempre, la literatura latinoamericana ha estado muy influenciada por las vanguardias literarias europeas o de Estados Unidos. En los últimos tiempos, esa influencia se extiende a la cultura de masas a través de la música, del cine, de la televisión o de literatura más “mainstream”. En ese sentido, ¿podemos decir que la literatura latinoamericana tiene más de continuidad que de ruptura con vuestra tradición anterior?

M.E.: Es raro porque yo creo que hay mucho de la literatura latinoamericana que fuera de Latinoamérica no sé no se difunde. Quiero decir que tenemos como como tradiciones muy variadas que, en muchos casos, tienen que ver con las diferentes inmigraciones… Y además que Latinoamérica es un continente, por ejemplo, en el que está Brasil, un país con otra lengua y con otra tradición.

Por poner un ejemplo, en la tradición de la literatura uruguaya tenés cosas muy extrañas como Marosa Di Giorgio, que es una especie de poeta de la metamorfosis del cuerpo, una cosa totalmente rarísima que está en la onda de “Las flores del mal” y Baudelaire, y después tenés a Juan Carlos Onetti, que es como una versión dark de Faulkner, si una cosa así es posible. Y después tenés, por ejemplo, en Argentina a Roberto Arlt, que es un realista medio obsesionado con el ocultismo y está Borges, que es el escritor insignia de la Argentina y es una cosa rarísima porque es un poeta y cuentista (nunca escribió una novela) medio obsesionado con las sagas finlandesas. Y después si te vas a Chile tenés una tradición súper realista pero también escritores que están totalmente chiflados como José Donoso. O en Brasil está Clarice Lispector, que es como una post-surrealista. O Alejandra Pizarnik, que es una poeta surrealista, etc.

Entonces, yo creo que en realidad a cada país hay que pensarlo solo, así como pensamos en la literatura española o literatura francesa y no en literatura europea, digamos. Y que cada uno tiene una tradición donde hay un montón de escritores que, por lo locales que son, a veces no trascendieron incluso entre países. Hay escritores que son tan particulares, que por ejemplo trabajan tanto con la historia argentina o con la historia paraguaya, que no se conocen en otros países. O como el Caribe, que para mi es como otro mundo. ¡Si casi no entiendo ni cómo hablan! Bueno, sí, porque al tener la misma lengua hay como algo de la gramática que funciona y todos nos entendemos, pero desde dónde vienen ciertos temas que a ellos les preocupan es totalmente lejano para mi.

ULAD: Con las influencias no voy a insistir. Ya se ha escrito mucho y bien, pero sí quería preguntarte una cosa sobre “Bajar es lo peor”: Igual no fue una influencia en su momento pero ¿ves algún paralelismo con “Azul casi transparente”, del Murakami bueno (Ryu Murakami).

M.E. Sí, yo era fan y creo que lo leí en esa época y lo sigo leyendo (Los chicos de las taquillas, Sopa de miso), pero “Azul casi transparente” era el único que en ese momento había publicado “Compactos Anagrama” y yo leía eso y Dennis Cooper. En ese momento esos eran mis escritores de lo sórdido.

ULAD: Del otro Murakami mejor ni hablamos…

M.E.: No, bueno…Yo no lo odio. Me aburrió, pero tampoco me molesta. Quiero que le den el Nobel para se pelee 3 días la gente en Twitter y dejen de hablar pavadas.

ULAD: Centrándonos un poco en “El otro lado”… Aunque es algo común a toda tu obra, en “El otro lado” hay 3 pilares: lo terrorífico/terrible/horrible, lo político y lo popular, y eso hace de tu literatura algo perfectamente reconocible. Entonces, en cuanto a la parte terrorífica, ¿es un poco como decía la cabecera de Expediente X: “la verdad está ahí fuera”?

M.E.: Sí. Sí, definitivamente. Yo lo que trato es de lo terrorífico en general. Yo uso mucho lo sobrenatural (y me gusta muchísimo) y me gustan, sobre todo, ciertas cosas en particular como el ocultismo, los fantasmas, etc, más que los monstruos y otras cuestiones, pero creo que lo verdaderamente terrorífico es la realidad. Entonces, lo que yo hago es como recortar algo de la realidad, subirle el volumen y pasarlo a sobrenatural o fantástico. Y a veces, no, a veces hay cuentos que son muy ambiguos que uno no sabe si hubo una intervención o no porque a veces, no sé, yo siento que la realidad es muy endeble y que nunca sé lo que está pasando de verdad.

ULAD: En cuanto a la parte política, ¿puede ser una especie de intento de desactivar el legado que persigue a América Latina desde hace décadas?

M.E.: Siglos, diría yo. Sí hay algo de, digamos, de empezar a aprender. Yo creo que uno de los tantos problemas que tiene América Latina es una especie de disfuncionalidad por ser un continente que se independizó pronto, con mucha fuerza (la Revolución Mexicana, nuestra revolución…) y después algo como “¿y con toda esta riqueza qué hacemos?". Y ahí, en ese momento de debilidad como que empezó la depredación y en esa depredación hubo mucha complicidad de parte de la gente de América Latina porque hay una especie de fascinación… Como si estuvieses huérfano y entonces buscás un padre y viene este padre que te abusa y vos te lo bancás porque decís “bueno, al menos es un padre”

Es una explicación absolutamente absurda del problema sociopolítico de tanto tiempo, pero hay algo de eso. Hay algo de abandono y hay algo de las élites blancas controlando estos países de alguna manera que tiene que ver con racismo estructural del que no nos podemos desprender del todo. Por eso, para mí es tan complejo todo.

En Estados Unidos, por ejemplo, si me preguntan “¿sos una escritora de color?”. A ver, para vos que sos caucásico y rubio, sí. Pero si yo voy a Argentina y se enteran de que yo estoy apareciendo en público como persona de color a mí me matan, me linchan, porque en Argentina hay personas de color, que son, en general, la gente descendiente de indígenas, que la pasaron muy mal, que fueron masacrados, que al día de hoy son muy discriminados, de los que se habla despectivamente, etc. Entonces yo no puedo robarles la historia, hay como una imposibilidad de hacerse cargo de estas cuestiones que creo que está en el fondo estructural de los problemas y también en lo fascinante que es el continente en cuanto a contrastes. Es una mezcla de tradiciones que es bastante fascinante. La gente va y te dice “¡qué vivo que está!”. Bueno, está demasiado vivo. Igual un poco de aburrimiento…

ULAD: En cuanto a la parte pop (aunque “odies” a los Beatles) o popular: ¿es un intento de sacar la literatura de cierta burbuja de cristal o simplemente son influencias, sin más?

M.E.: Para mí termina siendo un intento involuntario porque la literatura nunca estuvo en una burbuja de cristal, al menos desde mi experiencia. Mi experiencia era leer Truman Capote, Graham Greene, Shakespeare, Borges, Cortázar, Alan Moore, Gaiman… Para mi todo es lo mismo. Y después me empezó a pasar de encontrar escritores y qué sé yo que te hablan de los haikus…. Yo ya había leído haikus y estaban buenísimos, pero no me parecían… Y como escritora de mi edad siempre digo lo mismo pero un poco es así:. yo crecí con Star Wars, con Twin Peaks , con ET…. Yo creo que mi primer llanto en un cine fue en ET, que me sacaron desmayada, más o menos. No soportaba y no soporto la injusticia. En la realidad convivo con ella, pero en la ficción me enloquece. Es como cuando abandonan a Frankenstein. Yo lloro y digo: “¡Pero no podés ser tan malo de crearlo y abandonarlo! No lo soporto”. O como en “Eduardo Manostijeras” cuando se le muere su creador, lo mismo me agarra como una especie de rebelión. No sé qué es, pero es solo en ficción. En la vida real digo “bueno, la vida es injusta”, pero en la ficción como que no lo soporto.

Entonces, toda esa cuestión emocional….Aprender a leer, más o menos, literatura con Stephen King…. Para mí no había ninguna diferencia, digamos, jerárquica entre Shakespeare y Stephen King. Yo me podía dar cuenta de lo qué había, pero entonces me parece que lo popular, lo oral (en cuanto a las historias que se cuentan oralmente: los Santos populares, las leyendas urbanas…., todo lo que es esa narrativa) y la narrativa también cinematográfica están incorporados en la literatura porque me parece que hoy pensar en la literatura como un compartimento estanco fuera de todas las otras influencias culturales es imposible. Es decir, tendrías que aislarte en una especie de torre, rodearte de libros y pasar de la vida, cosa que a mí me parece una vida muy aburrida. Básicamente, a mi me divierte escribir.

ULAD: Ojalá tuvieras más tiempo, ¿verdad?

M.E.: Sí, claro. No puedo estar con la pipa hablando de escritores, de ideas… Veamos el capítulo blanco y negro de la tercera temporada de Twin Peaks y discutamos sobre ello, si podemos, dos días. ¡Es más literario!

ULAD: Siguiendo con “El otro lado”, el libro que se acaba de publicar en España, hay en el 200000 referencias (musicales, cinematográficas, literarias…). Aparte de cierta fascinación morbosa por ellos o por su muerte, ¿qué nos atrae tanto de figuras como Brian Jones, Kurt Cobain, River Phoenix, Sylvia Plath y toda esta gente?

M.E.: Yo creo que hay algo de la muerte joven y bella que es totalmente imbatible iconográficamente. Desde Rimbaud, si lo pensamos, hasta Ofelia en Hamlet, hasta Romeo y Julieta, pasando por Alejandro Magno, hay algo de la figura de ese talento y de esa belleza congelados. Quiero decir, por ejemplo, como Cobain, que es una persona que no va a hacer un mal disco (te gusten o no los discos de Nirvana). Es decir, que al nivel que estaba es una persona que no la va a cagar, ¿no? Es una persona que quedó congelada en ese momento. 

Brian Jones es distinto porque es como que entra en una decadencia muy pronto, a los 27 años, pero es lo mismo en algún sentido: el joven que cae en desgracia rápido y que no se le da la oportunidad de redención. Entonces siempre queda como congelado en el malditismo. Y hay algo en esa vida interrumpida y congelada que es una especie de foto fascinante que es muy difícil que después no se vuelva iconográfica.

Y después Sylvia Plath es un caso un poco diferente porque, aunque se quita la vida igual que Cobain, el montaje de su suicidio es muy particular, ¿no? Poner la cabeza dentro del horno, dejar ese libro y a los chiquitos, a sus hijitos, en la otra habitación con comidita… Es como muy tétrico. Pero deja ese libro maravilloso, “Ariel”, y entonces como que en eso hay una especie de gesto que tiene tal teatralidad y tal puesta en escena que es muy difícil negarle la potencia que tiene iconográficamente. Si no hubiera dejado ese libro de poemas, no estaríamos hablando en el mismo sentido. Sería solo la puesta trágica y ya, una performance, pero deja “Ariel” . Y es como la muerte de Bowie, más o menos. Solo el sabía que se estaba muriendo y de repente deja un disco y un video ¡¡¡donde se muere en el video!!!. Es como esa esa cosa de arte y vida, ¿no?, de hacer una obra de arte de tu vida y de tu muerte. Me parece muy difícil que no te resulte atractivo y, en todo caso, un poco hipócrita decir “no, no me atrae” porque si te atrae. Y el morbo es parte de la atracción. El morbo es todo. Las cosas nos dan morbo.

ULAD: Y ahora que le han dado el Nobel a Ernaux y que parece que vuelve la autoficción. ¿Podríamos decir que la autoficción de Mariana Enriquez está en “El otro lado” y en “Alguien camina sobre tu tumba”?

M.E.: Sí, en “El otro lado” y en “Alguien camina sobre tu tumba”, si bien este es más honesto. No es que “El otro lado” no lo sea, sino que ahora no soy la misma que cuando escribí esos textos. Revisándolos con Leila Guerriero, en ocasiones ella me preguntaba: ¿Realmente querés incluir esto?. Y sí, claro, esa era yo en aquella época. Es más bien que “El otro lado” funciona más como un registro de lo que voy siendo, como una especie de diario.

ULAD: En “El otro lado” hablas del fenómeno fan y de algunas de las “locuras” que has hecho como fan. Por el lado contrario, ¿cuál es la mayor locura (que se pueda contar, claro) que ha hecho un fan relacionada con tus libros o con tu persona?

M.E.: Sí, sí, claro que se pueden contar. Hay dos que me impresionaron. Una es de una chica que cuando salió “Bajar es lo peor” me llama al diario (entonces era fácil encontrarme porque yo trabajaba en un diario) y me dice que me quería conocer porque se había separado de su mujer (de su chica o de su novia) y que quería regalarme a mí, es decir, presentarme a su mujer como una especie de prenda de reconciliación, digamos. Y si lo podíamos hacer en el bar, como acá, y yo dije que sí y vino con su chica y no sé qué pasó. La chica era súper dura, me dio mala onda. Bueno…

Y hace unos meses, en París, había una chica que tenía una remera de Rimbaud, vino a que le firmara y yo le dije “¡Qué linda remera!” y… ¡¡¡¡se la sacó y me la dio y se quedó como en ropa interior!!! Bastante fuerte el momento. Pero yo la tengo y la uso, sí. Me dijo: “la usé una sola vez. Lavala y ya”. Espero que la vea en fotos o algo porque fue un momento y se fue. Yo le decía “no, no, no no” porque hacía frío pero no la pude parar.

ULAD: “Tantos libros y tan poco tiempo”, pero si tuvieras que decir “Estos tres, por poner un número (o, si son más, más), son mis imprescindibles. Creo que todo el mundo debería leerlos”, ¿cuáles serían?

M.E.: Para mí… tres es difícil. Vamos a decir cinco: “El país de octubre” de Ray Bradbury, “Ficciones” de Borges, “Beloved” de Toni Morrison, “Cementerio de animales” de Stephen King y, posiblemente, los poemas completos de T.S. Eliot.

ULAD: Y ya la última y más importante: ¿por qué Enriquez sin tilde?

M.E.: Eso pasa mucho con los inmigrantes en Argentina. Vos le decías el apellido al tipo que te anotaba y te anotaba como quería. Así que el misterio es solo un error burocrático.

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Paro la grabación. Sigue la charla durante unos 15 minutos: cementerios (si venís alguna vez a Madrid, visitad el de San Isidro), guerra civil, dictadura militar, Argentina 1985... Hay que ir terminando, así que saco los libros de Mariana (soy tan idiota que con las prisas me he dejado en casa los dos libros de cuentos) y, como buen friki y buen fan, le pido unas firmas. Entrevista hecha y libros firmados. ¡Misión cumplida!)

sábado, 2 de septiembre de 2023

Ryū Murakami: Sopa de miso

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Idioma original: japonés

Título original: イン ザ・ミソスープ (In za Misosūpu)

Año de publicación: 1997

Traducción: (del inglés) Javier Martínez de Pisón 

Valoración: recomendable (aunque no para todos los paladares)

¡ATENCIÓN! ATENZIONE! WARNING! Éste no es un libro de recetas de cocina. Repito: NO ES UN LIBRO DE COCINA. Aviso, no sea que alguien se ponga a leerlo para aprender a hacer una deliciosa sopa de algas, un ramen, temperatura... o, yo qué sé, albóndigas de pulpo o cualquier otro plato tradicional de la gastronomía nipona y le dé un parraque del susto...

Resumen resumido: Kenji es un joven de veinte años que se mudó a Tokio para preparar su ingreso en la universidad, pero ha acabado ganándose la vida como guía para extranjeros que quieren conocer la variada oferta sexual de la vida nocturna del barrio de Kabuki-cho, en el famoso distrito de Shinjuku. Unas noches antes de Nochevieja se reúne con un cliente de un norteamericano llamado Frank que resulta ser un tipo bastante peculiar y  le da cada vez más mala espina a Kenji, sobre todo porque unos días antes ha aparecido el cadáver despedazado de una adolescente que "lo vendía" -según cierta expresión  utilizada en ese ambiente y que explica, me parece, las supuestas aventurillas sexuales de cierto escritor español de extrema derecha que ya ha pasado a mejor vida, si cabe-; el joven guía, al darse cuenta de las rarezas y mentiras del tal Frank, sospecha que puede tener algo que ver con el crimen y, de esta forma, la novela, al menos en su primera mitad, se convierte en un thriller psicológico, para luego... (bueno, no quiero estropearle su lectura a nadie, así que considerad esta reseña, a partir de a, como un spoiler) digamos que hay algún que otro momento bastante gore o splatter (no sé explicaros la diferencia, habrá que preguntarle a Oriol)... Aviso también aquí para los lectores/as de espíritu y estómago sensibles.

De todos modos, tampoco penséis que este libro es un festival sangriento churrigueresco... es más, la comparación con El silencio de los corderos que se hace en la cubierta de la edición española me parece un tanto exagerada. De hecho, la mayor parte del libro se podría adscribir, como ya digo, tanto a la novela psicológica como a la filosófica o sociológica, dadas sus interesantes reflexiones sobre la cultura y la sociedad japonesa, lo que parece ser, a la postre, el principal interés de su autor. Amén, claro está, de sumergirnos, siquiera a través de una narración literaria, en el submundo de la industria sexual de Tokio, con sus clubes de omiai -donde los hombres pueden ligar tanto con profesionales como con aficionadas a ejercer un rato el puterío-, los soaplands (nada que ver con la sopa, tampoco esto, peep-shows, etc. Vaya, que entretenido es un rato, el libro.

Otro aspecto del mismo a tener en cuenta, por supuesto, es el apasionante pero falso debate sobre quién es mejor escritor, si este Murakami o el usurpador otro (bueno, apasionante sólo para Marc Peig y para mí, en realidad... y puede que sólo para mí); falso porque no hay duda alguna de que el Murakami bueno es Ryū, claro. Aunque, en este sentido, Sopa de miso no deja de encerrar cierta ironía, no sé si premeditada: tanto Kenji como su casi púber novia Jun, jóvenes sensibles y desencantados, e incluso un poco moñas, bien podrían ser los protagonistas de alguno de los pestiños libros que perpetra el otro Murakami, sólo que enfrentados, en este caso, sórdida e incluso espantosa realidad de la noche tokiota. Pero, ya se sabe que la cabra siempre tira al monte, que se dice...;)

Otros títulos del Murakami bueno reseñados en este augusto blog: Los chicos de las taquillas, Azul casi transparente, Piercing

sábado, 8 de julio de 2017

Ryū Murakami: Piercing

Idioma original: japonés
Título original: ピアッシング (Piasshingu)
Año de publicación: 1994
Traducción:  Albert Nolla (al catalán, como Pírcing) - Ana Lima (al castellano)
Valoración: recomendable /no recomendable

Difícil lo tengo para reseñar esta novelita -relato largo, más bien- sin destripar su argumento: en ella está todo tan medido, las cantidades son tan exactas como en una fórmula química o en una receta de repostería, de forma que es complicado no desvelar alguna de sus claves, lo que supondría sacar una cereza del cesto, con lo que, inevitablemente, saldrían otras enredadas con sus rabitos. Por contar algo, diré que la historia comienza con un joven padre levantado por la noche para contemplar y acariciar a su niña recién nacida, que duerme en la cuna... Que no se enternezca nadie: el protagonista, Masayuki, acaricia la mejilla del bebé, sí, pero con un punzón de picar hielo, mientras hace un esfuerzo ímprobo por no clavárselo. ¿Qué solución se le ocurre? Pues clavárselo a alguna otra persona...

No voy a revelar más, pues ya digo que no quiero estropearle la lectura a nadie; más aún en el caso de novelas como ésta,  donde todo, desde el background de los personajes, hasta los giros argumentales, está calculado y dosificado con suma precisión. Podría añadir, eso sí, que si hay alguien aficionado al BDSM, la automutilación o la violencia cuasi gore, así en general, éste sería, sin duda, un libro de su agrado... Podría añadirlo, pero estaría mintiendo o tergiversando la verdad. Porque si es cierto que esos elementos tan coloristas aparecen en la novela, también lo es que no suponen sino la apariencia, la superficie de la misma. Que no es una historia sobre gente clavándose punzones unos a otros o practicando sexo extremo -bueno, un poco sí, que no deja de haberla escrito de Ryū M.-, sino sobre la fragilidad del ser humano, sobre la vulnerabilidad de las víctimas y el reconocimiento entre ellas, sobre la soledad, que a veces no sabe expresarse más que a golpes.

Y también, ¿por qué no?, es una novela de suspense y hasta de cierto humor negro, escrita -ya sé que me repito- con la precisión de un relojero. Una novela corta quizá no recomendable para espíritus impresionables, aunque, desde luego, sí para cualquiera con cierta sensibilidad y compasión hacia su prójimo. No digamos ya para quien guste sumergirse en una narración sin poder despegar los ojos del libro.





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