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lunes, 12 de octubre de 2015

Emmanuel Carrère: El Reino

Idioma original: francés
Título original: Le Royaume
Traductor: Jaime Zulaika
Año de publicación: 2014
Valoración: Recomendable

Este es uno de los libros más esperados, después del éxito de Limonov, que transformó a Carrère en una celebridad en España (aunque en Francia ya lo era antes de eso). Bueno, pues es un libro extraño; un buen libro también, sin duda, pero un libro extraño que sospecho que desconcertará a muchos de sus lectores.

Para empezar, es un libro sobre Jesucristo, San Pablo, los primeros años del cristianismo y sobre el evangelista Lucas. No parece el tema más candente en un momento en el que el Islam es la religión que está en boca de todos, incluso de aquellos que no tienen ni idea de lo que es el Islam. (Houllebecq, con más sentido de la actualidad y quizás más voluntad de polémica, acaba de publicar Sumisión este mismo año). Pero a Carrère le interesa es el cristianismo, porque es la religión a la que él pertenece por cultura, y porque durante un breve periodo de tiempo fue un cristiano convencido y fervoroso.

Porque esa es otra: no es solo que el tema de este libro parezca algo demodé: es que es un libro muy difícil de clasificar. La primera parte (que, por cierto, se lee de un tirón) cuenta un episodio de la vida del propio Carrère: una crisis espiritual que le llevó, durante unos pocos años, a abrazar la fe cristiana y dedicarse devotamente a la lectura y comentario del Evangelio de San Juan. En esta primera parte se nos cuenta su depresión, su descubrimiento de la fe, la ardua tarea de glosador evangélico, su posterior desencanto y su vuelta al estado original de descreído cinico.

Pero a partir de ahí el libro se transforma, y pasa a ser una reconstrucción, todo lo minuciosa que permiten las fuentes, de la vida de San Pablo, de los primeros años de vida de las comunidades cristianas, y de Lucas el Evangelista, un personaje con el cual Carrère claramente se identifica, por su labor de cronista y su situación en un modesto segundo plano. Así, en esta segunda (y tercera y cuarta) parte, ya no es Carrère el protagonista -aunque sigue estando muy presente en el texto, con constantes comentarios y puntualizaciones, o recuperando ocasionalmente el primer plano-, y el género cambia de la autobiografía al ensayo... o la historia... o la exégesis bíblica...

Y aunque la segunda parte del libro, la dedicada a San Pablo, también se lee de un tirón (porque San Pablo es, como el propio Carrère dice, un personaje muy "dostoievskiano"), a partir de la tercera parte el interés decae bastante, por varios motivos: primero, porque a partir de aquí el texto sigue más de cerca el Evangelio de Lucas (aliñado con historia de Roma, con episodios de la vida del propio autor y muchos otros elementos que le dan variedad al texto); después, porque Lucas, el cronista, es un personaje mucho menos interesante que Pablo, el predicador enfurecido; y también porque el propio texto se vuelve algo repetitivo, con su repetición de ciertas anécdotas y de ciertos recursos (por ejemplo, comparar la expansión del cristianismo bajo el Imperio Romano, con la expansión del yoga y el budismo en nuestros días en los países occidentales).

El Reino tiene valores indudables: el primero, el conocimiento profundo que Carrère demuestra de la vida en el primer siglo de nuestra era, en Jerusalén, en Grecia, en Roma; en segundo lugar, la honestidad con la que deslinda lo que está estrictamente basado en fuentes fiables, lo que se puede intuir a partir de ellas, y lo que, simplemente, él se inventa porque no hay ninguna documentación al respecto; y por último, y esto para el lector es muy importante, el humor y el tono despreocupado con el que está escrito el libro, que trata a Jesús y sus discípulos con respeto, pero también con ligereza irreverente. Los lectores más postmodernos también apreciarán el la autoreferencialidad del texto, que desde la primera página hasta la última se muestra en proceso de ser escrito.

No cabe duda de que El Reino es por todo ello una trabajosa obra de investigación, erudición y divulgación bíblica, que hablará especialmente a quienes estén interesados por estos temas. En cambio, para quienes ya conozcan razonablemente bien los evangelios y sus parábolas, o para quienes simplemente no tengan ningún interés por ellos, resultará una obra decepcionante. Para ellos, lo que queda es la lucha de Carrère contra sí mismo, y su búsqueda honesta de una respuesta en cuanto a su propia fe o falta de ella; quizás no sea suficiente para hacer el libro atractivo, pero sin duda provocará algunas preguntas.


También de Emmanuel Carrère en ULAD: Aquí

jueves, 1 de mayo de 2014

Emmanuel Carrère: El adversario

Idioma original: francés
Título original: L'adversaire
Año de publicación: 2000
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: muy recomendable

¿Convierte en best-seller a un libro el hecho de leerlo a un ritmo vertiginoso? ¿Es la facilidad de lectura un mal indicio para los puristas? Si uno parte de esas preconcepciones, si se prefiere un estilo tortuoso y difícil, será mejor optar por otra lectura. También, de paso, si se tiende a evitar las novelas con un fuerte componente visual, si las historias basadas en hecho reales (y, por tanto, ligeramente adaptadas) nos despiertan cierto escepticismo, si las historias en las que el escritor se autoincluye ligeramente  en la trama acaban pareciéndonos algo impostadas.
Por mi parte, de momento, voy a dejar de usar la escala Houellebecq para juzgar la obra de cualquier escritor francés, cosa injusta para escritores dignísimos cuando Houellebecq es simplemente otro nivel.
De Carrère me quedé con las ganas de reseñar Limónov: otro compañero lo hizo aquí y suscribo cada letra de esa reseña. El tono de El adversario, obra con la que Carrère se alzó a la fama y alcanzó reconocimiento, es algo similar, con Carrère presentando también como introductor, testigo o cómplice de una especie de semblanza vital. Pero donde Limónov era simplemente la biografía de un escritor acanallado y comprometido, aquí la apuesta de Carrère es dura: Jean-Claude Romand asesinó a su familia tras una existencia donde todo estaba edificado sobre el engaño y la falsedad, impostando desde su profesión hasta los más pequeños detalles de su cotidianidad. Carrère decidió indagar sobre la vida del monstruo y especular sobre cuales habían sido los motivos que le habían llevado a acabar con la vida de sus padres, su mujer y sus dos hijos. Una cuestión muy peliaguda en un mundo dispuesto a encontrar sus demonios, su maldad absoluta, y a volcar sobre ellos el peso de la justicia, de la venganza, de las frustraciones.
Carrère plantea su obra, una especie de intento de inmersión en el crimen y en todas las circunstancias que fueron claves en que se produjera, como una especie de secuencia que cuesta abandonar una vez se entra en ella. Toma el riesgo de plantear un hecho deleznable como una especie de fin inevitable, como una etapa final cuando las etapas iniciales son la mentira constante y el engaño, a todos los niveles, con consciencia y con una planificación que estremece. Aventuro que en Francia, en su momento, su lectura ocasionaría más de un debate que, curioso, podría repetirse el año que viene cuando Romand sea puesto en libertad tras cumplir su condena.
No obstante, debo aclarar que, cosa que pocas veces suelo hacer, tuve que repetir mi lectura de las últimas páginas del libro. Escribe un brillante y aguerrido párrafo como éste:

 "Y lo peor, a la inversa, que podría sucederle, era que unas meapilas como Marie-France le tendiesen en bandeja un nuevo personaje que interpretar, el de gran pecador que expía sus pecados rezando rosarios. Para aquel género de cretinos, Martine no hubiese sido hostil al restablecimiento de la pena capital"

Tras ello, Carrère se embarca en una chocante explicación final que me deja algo incómodo, como si toda la construcción, la brillante construcción previa, quedara justificada por una especie de conclusión beata y buenista que, sin estropear el libro, que es magnifico, sí que nos deja alguna duda sobre la intención de su autor.

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miércoles, 15 de abril de 2015

Emmanuel Carrère: Una semana en la nieve

Idioma original: francés
Título original: La Classe de neige
Año de publicación: 1995
Traductor: Javier Albiñana
Valoración: recomendable... o incluso más que eso

El protagonista de esta novela es un niño francés llamado Nicolas... Lo confesaré: por un momento, mi naturaleza frívola me tentó para comenzar esta reseña con alguna clase de broma sobre "el pequeño Nicolás" (quienes nos lean desde España me entenderán, para su desgracia; a los demás, sólo decirles que tienen suerte de no saber quién es cierto mentecato berlanguiano). Ahora bien, según fui leyendo el libro, se me fueron quitando las ganas de bromas. En primer lugar, porque el argumento de la novela mueve bien poco a la sonrisa. Y después, porque a pesar de su brevedad, tanto de la novela completa como de cada uno de los capítulos -de tan sólo una o dos páginas muchos de ellos-, nos encontramos ante una obra literaria que exige, si no un gran esfuerzo de concentración -que no es necesario, pues la prosa es cristalina y tan precisa como el mecanismo de un autómata-, sí que afrontarla con la seriedad que merece, pues no deja dudas sobre que es obra de un escritor con todas sus letras, y éstas, además, en mayúsculas.

Tan escritor es (y era hace ya 20 años, por lo visto) Emmanuel Carrère que se atrevió aquí a pergeñar un malabarismo con la historia...Incluso diría más: un malabarismo con tres bolas en el aire, mientras pedaleaba sobre un monociclo y daba un salto mortal con tirabuzón... Porque es un historia que comienza como una novela de crecimiento o aprendizaje (quizá sea excesiva la etiqueta de "bildungsroman", no sé...) que tiene como protagonista a un chaval -ahora sí. Nicolas- de  diez u once años, que va a pasar unos días con su clase del cole aprendiendo a esquiar, como es habitual en Francia. Un niño tímido y poco integrado en el grupo que, además, verá remarcar su diferencia desde el  principio, cuando su padre se empeñe en llevarlo a él mismo a la nieve, en lugar de acudir allí en autobús, con su compañeros.... un hecho anecdótico, éste, pero que enseguida cobrará su importancia como desencadenante de toda una serie de situaciones. No quiero olvidar comentar que Carrère, junto a su indudable calidad como narrador, demuestra poseer la sensibilidad necesaria para retratar el mundo íntimo y protector de los niños, sobre todo de los más introvertidos e imaginativos.

Y a partir de aquí es donde el autor, como ya he comentado, se pone a hacer ciertos malabares con los elementos que componen la historia..No voy a desvelar los detalles de la pirueta, claro, pero sí cabe responder a una pregunta: ¿consigue Carrère salir airoso del empeño o o se pega un trastazo con monociclo y todo? Pues en mi opinión, sí que consigue realizar el ejercicio, aunque bordeando peligrosamente el desastre. Y si le sale bien es, en gran medida, por los dos elementos que ya he mencionado en el párrafo anterior: su pericia y calidad narrativa, por un lado, y por otro, la sensibilidad que demuestra hacia su protagonista, con el que no nos queda más remedio que empatizar, y de qué manera...

De ahí que, a la hora de valorar esta novela corta, no dude en recomendarla, y si no le otorgo incluso una mejor valoración es, porque, a pesar del satisfactorio resultado final, no puedo olvidar el equilibrismo sobre el alambre (quizá esta imagen sea más adecuada que la del malabarista) que efectúa la historia que nos cuentan. Tal vez haya quien piense que en realidad sí que pierde pie, y quien considere que, por el contrario, llega sin problemas al otro lado, incluso montada sobre el monociclo. En fin... eso ya, que cada lector lo juzgue.


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martes, 14 de enero de 2014

Colaboración: Limónov de Emmanuel Carrère

Idioma original: francés
Título original: Limónov
Año de publicación: 2011
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: Muy recomendable
Esta biografía novelada del escritor ruso Eduard Limónov ha sido uno de los acontecimientos literarios en España en el 2013, así como lo fue (o quizás porque lo fue) en Francia en el 2011, donde además recibió una buena ración de premios, entre ellos nada menos que el “Prix des prix”, el premio al mejor de los libros premiados ese año (¿se imaginan algo parecido aquí? Habría que elegir entre el Planeta, el Nadal, el Biblioteca Breve, el Primavera…. En fin, mejor no demos ideas).

El autor, Emmanuel Carrère, tras reencontrar a Eduard Limónov como opositor a Putin, habiéndolo conocido años atrás como escritor trasgresor en Paris, interesó por su azarosa trayectoria y decidió contárnosla. Una buena idea, sin duda; primero, porque la vida de escritor-delincuente-guerrillero-político-agitador de Limónov da no sólo para una estupenda biografía, sino que ésta prácticamente se escribe sola (más aún cuanto que, al parecer, el propio Limónov ya se había dedicado a contar en sus libros todos sus avatares, con profusión de detalles escabrosos, pues se trata de uno de esos autores que escriben básicamente sobre sí mismos). En segundo lugar, fue una buena idea porque a Carrére le ha salido un libro absorbente, vibrante, que se lee de una sentada y se echa de menos cuando termina. Y no sólo por lo insólito o aventurero del protagonista, sino por el mundo que retrata: una Unión Soviética más gris, cutre y doméstica que opresiva, pero también vital, orgullosa de sí misma… (¿quizá esa vitalidad  fuera consecuencia de la juventud, no del entorno que envolvía al personaje?). Una Rusia en permanente “zápoi” (se explica muy bien lo que es en el libro), estupefacta tras su penúltima debacle. Y un Occidente veleidoso y cruel, bajo su opulencia decadente…

La única pega a esta biografía, por ponerle alguna, es la excesiva injerencia, a mi juicio, de la figura del autor y sus circunstancias (en la línea de otros escritores franceses, como Houellebecq o Beigbeder, pero  también Laurent Binet en “HHhH”). Tal vez lo haya hecho para resaltar así el origen proletario de Limónov y su férrea voluntad de convertirse en alguien, en un héroe o una estrella (aunque sea del fracaso), a costa de todo tipo de aventuras y peripecias, frente a su propia y aburrida vida de hijo de la burguesía intelectual, él mismo escritor de gran éxito, además… (casi llega a dar pena, el pobre). Aunque, ciertamente, esta presencia un poco chapucera del propio Carrère nos sirve para encontrar dónde está el intríngulis de la historia, que aen mi opinión, trata de la oposición (o complementariedad) entre la creación de una obra literaria (que es lo que hace Carrère) frente a la creación  (o autocreación) de un personaje literario ,que es lo que hace Limónov, ya desde un principio, desde que es un jovenzuelo que decide ser no ya un bandido, sino el rey de los bandidos, no sólo un poeta, sino el más grande de los poetas, no sólo político, sino el salvador de todo un país... (y eso, para acabar pasando a la Historia, tal vez, como el protagonista de un libro… escrito por otro).

Y si bien su figura nos puede parecer incluso irrisoria o infantil (sobre todo en sus escarceos bélicos), ególatra, fanfarrona, oportunista… seguramente reflejo de una personalidad acomplejada, no deja de poseer también cierta grandeza de espíritu (incluso mucha, en ocasiones, según nos trasmite su biógrafo); y aunque le intuyamos más bien vacuo y algo gilipollas, no deja de caernos bien, el tipo, pese a que por momentos nos parezca un trasunto mal fotocopiado de Johnny Rotten o Boris Vian, de Trotsky o incluso el Brad Pitt de “El club de la lucha”. O un místico de tres al cuarto, futuro gurú en la meseta de Altai. La biografía, si ésta era su intención, resulta eficaz: al final del libro, uno le ha cogido cariño al tal Limónov, se promete no perderle de vista y siente curiosidad por leer alguno de sus libros. A ver si, encima va a resultar no ser un mal escritor, y todo.

En resumen, una lectura muy recomendable. Y ante todo, muy adictiva.

También de Emmanuel Carrère en ULAD: Aquí

Firmado: Juan G. B.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Emmanuel Carrère: Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos Philip K. Dick 1928-1982

Idioma original: francés
Título original: Je suis vivant et vous êtes morts Philip K. Dick 1928-1982
Año de publicación: 1993
Traducción: Marcelo Tombetta
Valoración: entre recomendable y está bien; imprescindible para seguidores de Philip K. Dick (o de Carrère)

En este blog somos muy de Philip K. Dick (bueno, en realidad soy yo, que últimamente me ha dado por leerlo) y también somos muy de Emmanuel Carrère (en esto ya somos varios los culpables), así que, ¿cómo no reseñar un libro escrito por uno y que trata sobre el otro? Libro que además tiene el interés añadido de marcar un punto de inflexión en la trayectoria literaria del autor francés: hasta este momento, se dedicaba a la ficción literaria pura y dura; a partir de esta biografía, sus libros (no todos: aún escribió alguna novela "tradicional") se han ido basando, sobre todo, en la observación y semblanza de personajes reales (más o menos célebres, por diversos motivos... o no); también, en su última publicación -El Reino- sobre el nacimiento de toda un religión tan poco "relevante" como es el cristianismo...

Curiosamente, este tema del cristianismo enlaza perfectamente con esta biografía del escritor Philip K. Dick de curioso título (del que, quien haya leído Ubik reconocerá perfectamente su origen)... pero mejor no adelantar elementos del libro... Para empezar hay que reconocer que es una biografía muy bien realizada, más aún por la dificultad inherente al personaje. No me refiero tanto a la falta de documentación o testimonios sobre él, que más bien parecen abundar (para empezar, en sus propios libros, amén de los que escribieron luego varias de las personas que se relacionaron con él), sino porque el amigo Dick, estaba en apariencia, por decirlo de algún modo, no ya como una de las maracas de Machín sino como las dos. Entiendo que tal afirmación parece displicente y sin duda resulta arriesgada, partiendo de alguien que lleva una vida más o menos apacible y que tiene una visión del mundo más o menos convencional. También, que si Philip K. Dick estaba, en efecto como una regadera (no sé si resulta exacto tal símil, de todos modos), tampoco pasa nada: no sería el primero... me refiero al caso de escritores y artistas en general, y además, gracias a eso, sin duda, podemos nosotros  los "cuerdos" disfrutar y asombrarnos con una serie de relatos -novelas y cuentos- que nos abren las puertas de mundos desconocidos y realidades paralelas a la nuestra. De todas formas, aconsejo dos cosas a quien se proponga leer esta biografía: la primera, prepararse por un viaje por la paranoia, la manía persecutoria, el psicoanálisis junguiano, la -casi- psicosis, las drogas varias (curiosamente, no el LSD, que al parecer Dick sólo probó una vez en su vida, pese a ser considerado uno de los autores más "lisérgicos" de los 60), el delirio religioso, la relaciones sentimentales obsesivas...

Por otra parte, recomiendo leer antes que esta biografía, al menos las novelas más destacadas de Dick, para evitar el riesgo, más que cierto, de destripamiento total por parte de Carrère. Y de paso el riesgo, no menos previsible, de condicionamiento en su lectura, pues en la biografía se nos ofrecen muchos datos sobre la concepción y elaboración de tales novelas, señalando elementos e interpretaciones que posiblemente nos pasarían desapercibidos en caso de una lectura anterior -de hecho, yo mismo debería revisar alguna de las reseñas que he escrito en este blog, para ser más riguroso-: en el caso de Dick, su experiencia de la vida alimentaba su obra y viceversa, hasta el punto de que el hombre parece haber acabado inmerso en la trama de alguno de sus libros. Lo que no deja de tener su guasa, tratándose de un autor de ciencia-ficción... Ciertamente, el concepto de "realidades paralelas" o "universos dentro de otros universos" parece que estaba muy presente en la existencia de este escritor.

La biografía, en suma, resulta ser exhaustiva y pertinente, y con mínimas intrusiones de la vida y opiniones del autor, que,a este respecto, se mantiene más apartado que en su posterior Limónov (lo que, en mi opinión, es de agradecer). Todo un viaje, además, por una época apasionante del siglo XX y por la vida y obra de uno de sus escritores fundamentales -al menos a posteriori-; imprescindible para los seguidores de Philip K. Dick y también recomendable para el resto de lectores. Aunque en alguna ocasión, ya digo se sientan tan perdidos como Douglas Quail en Marte o John Anderton investigándose a sí mismo. Si sirve de consuelo, parece que el propio Dick no lo tenía mucho más claro, la mayor parte del tiempo...


Más libros de Emmanuel Carrère en Un Libro al Día: aquí


sábado, 13 de diciembre de 2014

Emmanuel Carrère: El bigote

Idioma original: francés
Título original: La moustache
Año de publicación: 1986
Traductora: Esther Benítez
Valoración: recomendable

El bigote parte de una circunstancia simple, casi anecdótica: un hombre, en principio sin ningún rasgo característico excepcional -se diría que es el prototipo del ciudadano francés medio: joven profesional más o menos acomodado, casado, sin hijos-, salvo un negro bigote que le ha acompañado durante años, decide un día afeitárselo para darle una sorpresa a su mujer, que no le ha conocido sin él, mientras ésta hace la compra. Pero a su vuelta, su esposa parece no notar ningún cambio, aunque él desconfía, pues ella es una terca aficionada a las bromas pesadas. Pero tampoco sus amigos, con los que cenan esa noche, dicen anda sobre el cambio, ni sus compañeros de trabajo... Nuestro protagonista comienza deslizarse hacia una zona de incertidumbre, en la que las dudas y las certezas devienen intercambiables y los recuerdos se confunden con lo imaginario, y viceversa... Un lugar en el que ni siquiera existe la seguridad de la propia locura, porque... ¿y si fuesen los demás los locos?

Esta es una novela corta pero de una evidente densidad, a pesar, ya digo, de lo anecdótico, incluso banal, de su planteamiento. Como cualquiera puede suponer al leer la sinopsis, el manido adjetivo "kafkiano" es lo primero que se le viene a la cabeza al lector, aunque en la contraportada del libro también se hace referencia a otro autor cultivador de un cierto género fantástico, como es el francés Maupassant. A mí, en cambio, esta narración me ha traído el recuerdo -aunque no tenga demasiado que ver, salvo la apelación al absurdo- de La nariz un conocido cuento de Gogol, en el que su protagonista persigue a su nariz por todo San Petersburgo, igual que el de Carrère parece perseguir a su bigote por todo París.... pero aquí se acaba toda similitud, porque lo que en un relato es humor, aun con cierta acidez, en el otro deriva pronto hacia lo trágico e incluso cabe  cierta reflexión existencialista (más en el pensamiento suscitado del lector que en el propio relato, debo aclarar) sobre aquello que compone nuestra identidad y, aún más lejos, sobre lo que podemos estar seguros de que constituye la realidad que nos rodea... o no. En este sentido, esta novela también me trae a la memoria alguna película del director Christopher Nolan. Y, si alguien la ha visto, supongo que también recordará una película francesa del 2005, titulada, precisamente, La moustache, basada en esta misma historia y dirigida... pues por el propio Emmanuel Carrère. Yo no tengo el placer.

La novela en sí es del año 1986, una de las primeras publicadas por este autor, y sin embargo, hay que decir que está escrita con absoluta corrección y solvencia, incluso con brillantez en algunos pasajes. No obstante, también es cierto que hay una zona media de "calma chicha", en la que el protagonista se ve metido en un bucle recurrente entre la locura y la cordura que puede resultar algo pesada... una sensación paliada, sobre todo, por la propia brevedad de la novela, que hace que pronto superemos estas aguas quietas -que no tranquilas- para precipitarnos, llevados por una corriente inexorable, hacia el turbulento remolino final. Un remolino como el que se produce al quitar el tapón de una bañera y que arrastra, junto con la espuma y los pelos de un bigote recién afeitado, muchas de las seguridades y convenciones que nos tranquilizaban antes de comenzar a leer el libro. Porque quizá sea ésta la sensación principal que nos queda, al cerrarlo: desasosiego.

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miércoles, 28 de junio de 2023

Emmanuel Carrère: V13. Crónica judicial

Idioma original: Francés
Título original: V13. Cronique judiciaire
Traducción: Jaime Zulaika
Año de publicación: 2022
Valoración: Está muy bien

Quien ya conozca la obra de Emmanuel Carrére seguro que sabe de sus diversas exploraciones en la violencia, el dolor o la muerte. Buena muestra de lo anterior lo constituyen el magnífico El adversario o, el no menos estupendo, De vidas ajenas.

Pues bien, este V13 vendría a ahondar en la línea de los anteriores a través de la crónica de los nueve meses del juicio por los atentados del 13 de noviembre de 2015 en la sala Bataclán, en diversas terrazas del distrito X de París y en el Stade de France.

Originalmente concebidos y publicados como artículos periodísticos de periodicidad semanal y ampliados convenientemente para su publicación en formato libro, los textos de V13 tienen, en palabras del propio autor, un doble objetivo: leer el libro (la vida?) de los yihadistas desde el principio y construir un relato colectivo. Para lograrlo, Carrère ordena los textos cronológicamente y entrelaza en ellos dos componentes: las certezas y las dudas. 

En la primera están los grandes rasgos de los hechos, la atrocidad y brutalidad de los atentados, el sufrimiento de las víctimas y sus familiares. Mención especial merece la parte dedicada al testimonio de los supervivientes y/o familiares de las víctimas, historias terroríficas sobre vidas destrozadas narradas por Carrère con gran sensibilidad y que dejan al lector muy pero que muy tocado.

En la parte de las dudas estarían algunos comportamientos demasiado erráticos (aunque quizá el problema sea buscar la racionalidad donde no la hay), las personalidades de algunos de los protagonistas, las reacciones ante la tragedia, que van desde la esperanza hasta el odio, pasando por la culpa, etc.

Uno de los principales méritos de Carrère radica en ofrecernos esa visión "global", en ese no quedarse en uno solo de los aspectos de la tragedia, pero sin perder de vista que "comprender no significa disculpar".  Esto permite encontrarnos con un completo y complejo catálogo de sentimientos y personajes, que van de lo cruel y lo trágico a lo patético, de lo dostoyevskiano a lo balzaquiano.

Lo hace, además, dando al conjunto un ritmo vertiginoso (algo que me parece sumamente complicado tratándose de una recopilación de artículos) y flirteando con diversos géneros, tanto es así que V13 podría ser leído, además de como crónica, como "thriller", ensayo histórico, novela de acción o novela judicial. 

En resumen, un texto impactante, en especial en su primera mitad, pero sumamente recomendable para acercarnos a unos hechos y unos seres fieramente humanos, aunque nos pese.

Un montón de libros de Emmanuel Carrère reseñados AQUÍ

jueves, 16 de octubre de 2014

Emmanuel Carrère: De vidas ajenas

Idioma original: francés
Título original: D'autres vies que la mienne
Año de publicación: 2011
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: muy recomendable

La literatura, como el cine, reacciona ante los grandes acontecimientos de la humanidad. Quizás su reacción sea más lenta y más reflexiva, quizás sea más íntima dado que es la reacción de una persona, el escritor, no la de un equipo de producción trabajando a pleno rendimiento. El siglo XXI está siendo profuso en esos hechos que nos marcan, los que casi indeleblemente nos hacen recordar qué hacíamos cuando eso sucedió.
Y, junto al 11-S, al Katrina, a la catástrofe de Fukushima, otra palabra ha quedado ya marcada en nuestro vocabulario: tsunami. El de las navidades de 2004, en la costa de Tailandia y otros países. El que se lleva a Juliette, hija de cuatro años de un matrimonio amigo del escritor. Un tramo inicial que es ya un puñetazo en la quijada. Aún con el peso de este acontecimiento, y resulta que ni siquiera consigue alzarse en el centro de esta brillante novela. El centro aquí son las personas. Personas que superan como pueden las desgracias que se interponen en sus plácidas existencias.
Pero no salgáis huyendo: este es un libro que empieza triste y que se desarrolla triste (pero esperanzado), que empieza con tonos trágicos, pero esto no es ninguno de los artefactos sacacuartos a costa de desgracias de Albert Espinosa. Porque Carrère, por suerte, es escritor, no mercader de infortunios. Y cómo estructura y cómo adereza los hitos, los hechos capitales de esta historia, eso no tiene nada que ver con intenciones de hacer caja a cuenta de historiales clínicos: la trama, explicarla y desplegarla, está por encima del todo y su desarrollo se produce de forma casi vertiginosa, narrando emociones con tanta objetividad y precisión que, como paradójico resultado, emociona y subjetiviza. Difícil de explicar. Complicado. Porque aquí me he encontrado al mejor Carrère, mejor incluso que en otras dos obras suyas muy notables. Puede que sea gracias a una traducción muy precisa, puede que sea porque el francés tenga estructuras sintácticas parecidas y que se pierda menos. Pero Carrère, abandonando Sri Lanka y explicando la historia de Etiénne, juez que pierde a otra Juliette, ésta colega de profesión, ésta simplemente una persona a la que le une un recto sentido de lo justo y alguna otra circunstancia, actuando, otra vez, como narrador de historias que le atrapan, es un escritor en estado de gracia. Que se permite jugar con el proceso de creación de su obra, interactuar con algún otro de sus libros, trazar semblanzas de personajes de envergadura, y dejar, siempre, el listón muy elevado.

También de Emmanuel Carrère en ULAD: Aquí

viernes, 25 de noviembre de 2016

Reseña Interruptus. Emmanuel Carrère: Bravura

Idioma original: Francés
Título original: Bravoure
Traducción: Jaime Zulaika
Año de publicación: 1984
Valoración: Decepcionante

Antes de leer esta reseña, consulte a su médico o farmaceútico. No, perdón. Antes de leer esta reseña, recordad que se admiten contrarreseñas. Es más, estaríamos encantados de recibirlas.

Al lio. He dejado este libro en la página 120. Vale que tiene 350 páginas, que a lo mejor he pecado de precipitación o que en las 230 restantes quizá todo cobraba sentido para hacer de este libro una obra maestra, pero la verdad es que no me apetecía continuar. Hay mucho por ahí que leer.

Sé que las comparaciones son odiosas, pero cuando uno ha leído otras obras de Carrére tan buenas como "Limonov", "El adversario" o "Una novela rusa", tiende a comparar y, desgraciadamente, "Bravura" no está a la altura, ni de lejos, de ninguna de ellas. Ni tan siquiera se acerca, en mi opinión, a "El bigote", que es sensiblemente inferior a las anteriores y que fue publicada dos años después de "Bravura".

Y eso que, a priori, el punto de partida parece interesante. Porque el libro comienza hablando de John William Polidori, aspirante a escritor, licenciado en medicina a los 19 años y acompañante (y secretario) durante un breve espacio de tiempo de Lord Byron o Mary Shelley. Y parece que va a continuar con la historia de su caída en desgracia y de su derrumbamiento, hasta el punto de acabar Polidori viviendo en la miseria y convertido en un adicto a los opiaceos, debido a lo que el considera una doble usurpación (la de la idea del Frankenstein de Shelley y la de la publicación de su único relato bajo el nombre de Byron).

Pero no. Lo que parecía que iba a ser un libro semejante a obras posteriores del autor, la novelización de la vida de un sujeto real de lo más interesante, pasa a ser una novela gótica o romántica con elementos de ciencia-ficción. Esto, por sí solo, no tiene que ser algo negativo. El problema es cómo se lleva a cabo. Para esa transción comienza un juego de espejos reiterativo y absurdo, el argumento se retuerce de forma inverosímil por momentos, la narración se estanca y da la impresión de que no se va a llegar a ninguna parte, de que algo se te ha escapado por el camino. 

Llevas 80 páginas con una sensación extraña. No entiendes dónde quiere llegar el autor ni el camino que ha elegido. Se te está haciendo cuesta arriba. Pero es Carrère y decides seguir. 20-30-40 páginas más. La misma sensación continúa. No ves una salida porque el libro sigue dando vueltas en círculo. No le encuentras sentido. Te preguntas: ¿por qué no habrá seguido este hombre con la historia de Polidori, que tan curiosa parecía? Compruebas horrorizado que aún queda más de la mitad del libro y, con gran dolor de corazón y de bolsillo, decides dejarlo para otra ocasión. O no, ¡quién sabe!

Para terminar, una pregunta que cada cierto tiempo me asalta: ¿Por qué las editoriales (en general) se empeñan en exprimir el jugo de autores de reciente éxito con la publicación de sus obras de juventud, las cuales en muchos casos no están a la altura?

Otros libros de Emmanuel Carrère en ULAD: Una semana en la nieveYo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philp K. Dick 1928-1982. El bigoteEl adversarioEl reinoDe vidas ajenasLimonov

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Hélène Carrère D'Encausse: Alexandra Kolontai

Idioma original: Francés

Título original: Alexandra Kollontai. La Walkyrie de la Révolution

Traducción: Lara Cortés

Año de publicación: 2021

Valoración: Muy recomendable

Pese a haber sido, entre otras cosas, Gran Cruz de la Legión de Honor, miembro de la Academia Francesa desde 1991, Secretaria Perpetua del susodicha academia desde 1999 o Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, Hélène Carrèrre D'Encausse es más conocida por estos lares por ser la madre de Emmanuel Carrère que por su propios méritos. Cosas de "la vida", ya sabéis.

El caso es que por fin nos estrenamos en esto de reseñar a Carrèrre D'Encausse y lo hacemos con esta magnífica biografía de Alexandra Kolontai, quien fuera la Comisaria de Pueblo de Asuntos Sociales (aka Ministra de Asuntos Sociales) allá por 1917-18 y la primera Embajadora de la historia.

Se inicial el libro con una breve introducción sobre la evolución de la situación política de Rusia en el siglo XX (decembristas, abolición de la servidumbre, Tkachov, Bakunin, Pugachow, crecimiento de la industria, conflictividad laboral y social, etc) que sirven para situar a Kolontai en su contexto histórico.

Tras esa introducción, Carrèrre D'Encausse entra en materia y nos cuenta la vida y obra de un personaje fascinante y contradictorio situado en un contexto histórico tan terrible, convulso y atrayente como la Rusia/URSS de 1905-1945. En esa narración se intercalan la vertiente íntima de la vida de Kolontai y su vertiente pública, en la que destaca su permanente implicación en políticas en favor de la mujer y su labor diplomática en Escandinavia a finales de los años 20 y en los años 30.

Tres son los aspectos que me gustaría destacar en lado más "genérico" del texto:

  • su ritmo (ya sabemos de dónde lo ha heredado Emmanuel). Si es que hay partes de libro que puedes ser leídas casi como un "thriller político"!!!
  • su carácter preminentemente divulgativo. No son necesarios grandes conocimientos a nivel "teórico" para seguir el texto. Un conocimiento e interés previo mínimo, sí, pero no ser un especialista en marxismo-leninismo, vaya.
  • su espíritu desmitificador aun sin dejar de reconocer los méritos de cada uno: Lenin no fue un santo (también había ahí un macho-alfa tirando a sanguinario), Kolontai no fue solo una ferviente feminista (en el fondo hay un ser contradictorio, con sus sombras, dudas y cuestionamientos (y ahora lo desarrollo más)), etc. 
Entrando algo más al detalle, me quedo con los capítulos que abarcan el período 1917-1939. Me parece que la autora dibuja muy bien el ambiente de esperanza, terror y paranoia que caracteriza la época y creo especialmente relevantes y reveladores cómo son y cómo van evolucionando las posiciones políticas e ideológicas (menchevique, bolchevique, oposición de izquierdas, stalinismo, etc) y su relación con el poder y sus máximos exponentes (Lenin, Stalin, Bujarin, Zinoviev, etc). Nos queda la duda de saber si Kolontai fue, en el fondo, un animal adaptativo, una revolucionaria sincera o alguien que, llegado el momento de las purgas y ejecuciones, solo buscaba sobrevivir. Quizá una mezcla de todo lo anterior.

En cualquier caso, lo que es indudable es que Alexandra Kolontai fue un personaje histórico con un poder de atracción bestial,  una mujer "en tierra de hombres" que abrió (o trató de abrir) caminos hasta entonces vedados para ellas y que Hélène Carrère D'Encausse nos la ha acercado a través de una biografía de lo más completa y altamente recomendable.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Lo mejor de 2021: Lo que opinan nuestros lectores

Con cierto retraso y tal como avisamos, estas son las listas que nuestros lectores han enviado indicando sus lecturas favoritas del 2021.

En riguroso orden de llegada.

Os agradecemos vuestra colaboración y, ya que estamos, nos encanta la enorme diversidad de vuestras elecciones.

Salud y cultura, amigos.

Anónimo

Ficción

Libros que merecen mejor valoración en el blog

Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino

Tres tristes tigres de Cabrera infante


Libro que me gustaría que reseñaran nada más que para ver qué valoración le dan

La mano junto al muro/El falso cuaderno de Narciso Espejo de Guillermo Meneses


Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz de Bryce Echenique


Nada que decir, apuestas seguras

Pedro Páramo y el llano en llamas de Rulfo

Ficciones de Borges

Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosas


Imprescindibles en el blog pero no en mi corazón

Bajo el volcán de Lowry

La insoportable levedad del ser de Kundera


No ficción

Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

Sociología y pragmatismo de Wright Mills

La distinción de Bourdieu

La selva de los símbolos de Turner


Relectura necesaria

La imaginación sociológica de Wright Mills

Outsiders de Howard Becker

La zona gris de Auyero


Libro de método que parece un fastidio pero que puede ser grato para gente de otras áreas

Los trucos del oficio de Becker

Describir el escribir de Cassany

Decir casi lo mismo de Eco


Clásicos que faltaban

La rebelión de las masas de Ortega y Gasset

Técnica y civilización de Mumford


Libros de mi país o sobre mi país que me gusta releer

Adiós al socialismo de Del Búfalo

La renta y el reclamo de Bautista Urbaneja

El Estado mágico de Coronil


Conseguidos por sorpresa

Orientalismo de Said

La invención de Irlanda de Kiberd

Comunidades imaginadas de Anderson


Gabriel Diz

Les dejo una selección de lo que he leído en 2021. Son 13 libros en total, algo más de uno por mes. Estuve un rato largo intentando dejar la lista en 12 para que fuera un libro por mes pero no lo logré:


1)Jane Eyre (Charlotte Bronte)

2)El corazón del daño (María Negroni)

3)Años luz (James Salter)

4)2666 (Roberto Bolaño)

5)Las tres vanguardias (Ricardo Piglia)

6)La virgen cabeza (Gabriela Cabezón Cámara)

7)Nuestra parte de noche (Mariana Enriquez)

8)La hermana menor (Mariana Enriquez)

9)El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares)

10)Prins (Cesar Aira)

11)La sangre manda (Stephen King)

12)La llamada del Cthulhu (H.P. Lovecraft)

13)Persecución (J.C. Oates)

Carlos Ávila:

El descubrimiento del año: la escritora mexicana Fernanda Melchor. De

todas formas ha sido un año prolífico en esto con Alejandro Zambra, Óscar

Martínez, Kent Haruf o Andrea Abreu entre otros.

Relectura de clásicos: Memorias de un europeo de Stefan Zweig.

Decepciones: Serge de Yasmina Reza y No tengo tiempo. Geografías de la

precariedad de Jorge Moruno.

Autores que no me fallan: Marín Caparrós y su Ñamérica, Leila Guerriero

con Frutos extraños y Carrère con Yoga.

Buenas investigaciones y muy bien contadas: No digas nada de Patrick

Radden Keefe y Laëtitia o el fin de los hombres de Ivan Jablonka.

Una autobiografía muy potente: Trilogía de Copenhague de Tove

Ditlevsen.

Libros para reírse con ganas y desconectar: Cualquiera de los tres de relatos

de Kenneth Cook.

Lecturas que dejan mal cuerpo pero que es necesario hacer: Antisocial de

Andrew Marantz y Extrema derecha 2.0 de Steven Forti.

Propósito para 2022: Seguir y seguir leyendo cada día y atreverme con

Guerra y paz.

Pablo GP

Libros Preferidos:

- Donal Ryan: Corazón giratorio.

- Fiódor Dostoyevski: Los hermanos Karamazov.

- Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas.

- Albert Cohen: Bella del señor.

- Elizabeth Kolbert: La sexta extinción.

- Mario Levrero: La ciudad y El lugar, de la Trilogía involuntaria (París me pareció más flojo).

Libros Destacables:

- Marlon James: Breve historia de siete asesinatos.

- Alan Parks: Enero sangriento.

- Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa.

- Jeffrey Eugenides: Middlesex.

- Bruce Chatwin: Colina negra.

- Peter Kaldheim: El viento idiota.

Mención honrosa:

- Alan Parks: Hijos de Febrero.

- Natalia Ginzburg: El camino que va a la ciudad y otros relatos.

- D.H. Lawrence: El arco iris.

- Chriss Offutt: Kentucky seco.

- Emmanuel Carrère: Yoga

Decepciones:

- George Saunders: Lincoln en el bardo.

- Johnny Marr: ¿Cuándo es ahora? Memorias.

- William Gaddis: La carrera por el segundo lugar.

- Hubert Selby Jr: Última salida para Brooklyn.

Maqroll El Gaviero

Mis mejores lecturas del año (las dejo en 9):

- Los siete locos (Roberto Arlt)

- Limónov (Carrère)

- La mano izquierda de la oscuridad (UK LeGuin)

- Glosa (JJ Saer)

- Me llamo Rojo (Pamuk)

- Martin Eden (Jack London)

- Kokoro (Soseki)

- El idiota (Dostoievsky)

- La suerte de Omensetter (W Gass)


Si se pudiera meter poesía: mención especial a Basilio Sánchez (“He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes”) y a Alejandra Pizarnik (cualquier cosa suya).

Ángel Muñoz

El mejor,

No digas nada, Patrick Radden Keefe, minucioso, objetivo (hasta donde uno puede serlo) y muy esclarecedor, el conflicto del IRA explicado casi como si fuera un novela de acción, espectacular.

Me daba perezón pero mira…

Línea de fuego, Arturo Pérez-Reverte, guerra civil y el más famoso de los miembros de la RAE… de entrada lo último que pensaba coger, pero me parece que Arturo sabe dar ritmo a las novelas, sabe transmitir un escenario con verosimilitud, y se intenta alejar de maniqueísmos. Lo fulminé en un plis-plas (¿estará esta expresión reconocida por la RAE?)

Me arriesgué y no me decepcionó

64, Hideo Yokoyama, citando a los inmortales No me pises que llevo chanclas, “Japón, mía que está lejos Japón” Lejos física y culturalmente, y este libro me situó en una sociedad a la que me costaba entender, con una forma de narrar que se aleja de mi zona de confort, pero mereció la pena, novela redonda.

Qué necesidad tenía yo…

A ver, que es que uno es masoca, empezar una serie de libros y dejarlos… me cuesta, y pasa lo que pasa. Entre las sagas en los que mil veces pensé para qué te metes… destaco como horrorosas, Balada de serpientes y pájaros cantores, Suzanne Collins;  La sexta trampa, J.D. Baker y La hora de los hipócritas, Petros Markaris.

Decepción especial para La era de la supernova, Cixin Liu (absurda es decir poco).

Y en el apartado me importa cero lo que me cuentas, Boston. Sonata para violín sin cuerdas, Todd McEwen (recomendación de ULAD, pero yo es que no le veo la gracia) y Contemplaciones, Zadie Smith (¿dónde está la Zadie de Dientes blancos?)

Sorpresas inesperadas

Esos libros que te llegan de algún modo raro y me han dejado impactado, La verdadera vida, Adeline Dieudonne (la violencia hacia la mujer contada de una forma distinta, sin guardar nada pero sin crudezas, obra de arte); El evangelio de la anguila, Patrick Svenson (un libro sobre anguilas, y que se queda corto… no hay mas que decir), Al final siempre ganan los monstruos, Juarma (miedo me daba la expectación creada, y merece la fama que tiene).

Me hicieron reír, mucho

Antes todo esto era campo atrás, Pablo Lolaso (solo para amantes del baloncesto), Subidón, Joaquín Reyes (solo para amantes… pues eso de la muchachada)

Para pasar un buen rato, con ciencia-ficción

Proyecto Hail Mary, Andy Weir (este autor tiene un don cuando habla del espacio) El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, Becky Chambers (exquisito, no es el qué les pasa, son los personajes los que hacen esta novela)

Zoila Blanco

ATRAPA LA LLEBRE (L.Bastasic)

Y LLOVIERON PAJAROS (J.Saucier)

VERA (E. von Armin)

ELS DICS (I.Solá)

LA DRECERA (M.Martin Serra)

LAS LEALTADES (De Vigan)

LA AVERIA (F.Dürrenmatt)

ELS PROSCRITS DE SANTA FE (J, Masanès)

EL RETORN DEL CATO (M. Asensi)

TSUNAMI (A. Pijuan)

LLUM DE FEBRER (E.Strout)

L'ANY QUE VA CAURE LA ROCA (P. Coll)

LA KLARA I EL SOL (I. Kazuo)

AMARILLO (F. Romero)

EL IMPERIO DE YEGOROV (M. Moyano)

LAS GRATITUDES (De Vigan)

Sergio Borao Llop

Ante todo, gracias por las reseñas diarias.

En segundo lugar, os paso la relación de lecturas destacadas de este año que termina (tal vez -mi memoria no es tan precisa- vaya también alguna del 2020). El orden es alfabético por apellido de autor

Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie

La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler

Noir, de Robert Coover

Todo lo que muere, de John Connolly

La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

Solo el silencio, de R. J. Ellory

X, de Percival Everett

Vivir abajo, de Gustavo Faverón Patriau

Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James

El gran cuaderno, de Agota Kristof

El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri

Cuentos completos, de Mario Levrero

Ánima, de Wajdi Mouawad

Plop, de Rafael Pinedo

Las primas, de Aurora Venturini

Michi:

Mejor novela hispanoamericana: El día del Watusi - Francisco Casavella y Basilisco - Jon Bilbao

Mejor novela de lengua extranjera: Un mapa para un crimen - Collin Harrison y El club de los

mentirosos - Mary Karr

Mejor novela en galego: O paraíso dos inocentes - Antón Riveiro Coello 

Mejor libro de viajes: La frontera - Erika Fatland; Los sótanos del mundo - Ander Izagirre; El río de la luz - Javier Reverte 

Mejor ensayo sobre música: The Stooges: Combustión Espontánea - Jaime Gonzalo y Hotel California - Barney Hoskyns 

Mejor ensayo medioambiente: Sueños Árticos - Barry Lopez 

Mejor ensayo sobre cine: El otro Hollywood - Legs McNeil y Jennifer Osborne 

Mejor novela negra: La playa de los ahogados - Domingo Villar 

Mayor decepción: Desierto Sonoro - Valeria Luiselli y Temporada de Huracanes - Fernanda Melchor 



lunes, 23 de septiembre de 2019

David Grann: Los asesinos de la luna

Idioma original: inglés
Título original: Killers of the Flower Moon
Traducción: Luis Murillo Fort
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

A lo largo de la historia, se han escrito grandes novelas ubicadas en el género del true crime. Novelas que van más allá de la frecuente y temida etiqueta de basada en hechos reales (que uno nunca sabe hasta qué punto se asemejan a los hechos en cuestión), pues estas describen con exactitud y meticulosidad historias de crímenes sucedidos y dejan totalmente de lado cualquier tentación de ficcionarlos. En este género nos podemos encontrar con grandes clásicos como «A sangre fría», de Truman Capote, también «El adversario», de Emmanuel Carrère, o más recientemente la novela que nos ocupa.

Pongámonos en situación: Oklahoma, 1921, territorio poblado por la tribu de los Osage, un pueblo expulsado, por parte del gobierno, de su antiguo asentamiento en Kansas y al que ubicaron en Oklahoma, territorio árido, estéril y, aparentemente, sin ninguna posibilidad de ser explotado económicamente. Pero las cosas fueron algo diferentes a las previstas y resultó que la zona donde los Osage fueron emplazados y, en consecuencia, proclamados dueños de esas tierras, era un territorio que ocultaba uno de los mayores yacimientos petrolíferos de los EUA. De esta manera, la tribu de los Osage, anteriormente pobre y maltratada, pasó a ser en poco tiempo el pueblo más rico en renta per cápita del país, gracias al dinero que cobraban de manos de las empresas prospectoras a través de acordar con ellas licencias de explotación. Y claro, ¿qué ocurre cuando una tribu menospreciada por la sociedad pasa a ser más rica que sus vecinos blancos, dominantes y supremacistas? Que surgen las envidias, los recelos, los intereses y, en este caso, también los crímenes.

Porque la novela empieza fuerte y vemos cómo, en medio de tan comprometida situación racial y económica, aparecen los cadáveres de dos acaudalados indios de treinta y pico años de edad (no hago spoilers, este hecho ocurre justo al principio). Tenemos por tanto fallecidos, con claros indicios de asesinato, tenemos conflicto racial, una patrulla ciudadana que augura de todo menos profesionalidad e imparcialidad, un sheriff que simpatiza con delincuentes, corruptos y maleantes (estamos no plena ley seca, y la elaboración y comercio de alcohol en clandestinidad era habitual y lucrativa) y un autor que sabe cómo gestionar el tempo, exponer los hechos, y mantenernos en vilo. Los ingredientes perfectos para una novela de la que no despegar la vista hasta haberla devorado.

Con este punto de partida, vemos como la sucesión de muertes de miembros de la tribu Osage empieza a ser motivo de preocupación entre sus gentes, cada vez más conscientes de las envidias que causan por su situación económica y porque, en el fondo, molestan en una zona habitada en su mayoría y gobernada por gente blanca que esgrime una pretendida superioridad racial hasta el punto en que los miembros de la tribu necesitan un tutor blanco para gestionar sus gastos. Y las autoridades tampoco parecen muy interesadas en esclarecer lo sucedido, contando además con la connivencia periodística que ayuda a aumentar un rencor y recelo hacia los Osage. Y, en todo este caso judicial y policial, aparece e interviene en la investigación de los sucesos un recién formado FBI, una organización con grandes claroscuros bajo la sombra de su creador John Edgar Hoover.

Como en todo true crime, hay que equilibrar perfectamente la aportación de información real con el ritmo de la narración y, a pesar de que en el inicio uno teme que esta sea una lectura inundada de datos, y más aun viendo la gran cantidad de anotaciones (que, con sabia decisión, se encuentran al final del libro), el autor sabe calibrar perfectamente este aporte y encontrar el equilibrio, pues parece que la principal función de proporcionar esas referencias es dar credibilidad a su relato. Porque estamos delante de un caso real y claro, hay que aportar datos e información contrastada, pero el autor es hábil en este aspecto y no abusa de ello, sino que teje una historia muy interesante, que más allá de la investigación del caso nos hace partícipes de las dificultades y vicisitudes de una pudiente tribu ubicada en medio de un territorio con mayoría blanca, con los pertinentes recelos y tiranteces entre los miembros de ambas comunidades. Además, intercalando la propia investigación de las muertes acontecidas, el autor introduce pinceladas de la historia de los Osage y las diferentes circunstancias que les llevaron a realizar numerosos éxodos (circunstancias donde el hombre blanco les expulsaba de sus tierras, básicamente). Estos fragmentos de narración son también interesantes pues nos acercan a una mirada más realista sobre lo sucedido con los nativos (algo parecido a lo que ya hizo Philipp Meyer en «El hijo») y nos alejan del habitual relato de blancos buenos e indios malos (expuesto también el «El origen de los otros», de Toni Morrison).

David Grann conduce con maestría la narración, e introduce, en paralelo al propio caso, interesantes pinceladas sobre la creación y formación del FBI, con sus evidentes luces, sombras y corruptelas. El ritmo narrativo de la novela es alto, y a medida que uno entra en la historia se ve totalmente atrapado por ese entramado de medias verdades, pistas poco fiables e información que lleva tiempo escondida bajo un manto de ocultos intereses. La información es proporcionada con destreza, de manera progresiva y sin contener demasiado un avance que uno agradecería más rápido, no por falta de ritmo sino porque la historia, en la segunda mitad del libro, te mantiene totalmente absorto y con deseos de llegar a su desenlace.

Por todo ello, este libro es un claro ejemplo de cómo mantener la tensión en una novela de true crime, nutrido de muchas referencias para evidenciar la veracidad del relato, pero sin entorpecer para nada la lectura. La historia descrita sirve, no únicamente para conocer una historia de asesinatos en plena formación del FBI de Hoover, sino para ver cómo los intereses económicos, el racismo, la parcialidad jurídica, el poder social y económico y la corrupción pueden irrumpir y dificultar la resolución de un caso de resultado muy evidente a ojos del lector.

Si mi valoración del libro no es aún más positiva, no es porque lo narrado no sean interesante, al contrario, sino porque creo que la complejidad de la trama con sus diferentes frentes abiertos demandaba un libro más extenso, que hubiera permitido, además de tratar el caso, profundizar en la corrupción y zonas turbias de los inicios del FBI que el libro apunta e insinúa, pero sin llegar a detallar de manera suficiente. Ese deseado mayor volumen de páginas hubiera contribuido a dar mayor contundencia y redondez a un libro ya de por sí interesante por lo que relata, pero también por lo que sugiere: un país donde los intereses económicos y políticos chocan directamente con la libertad y los derechos de sus habitantes.

También de David Grann en ULAD: El comandante yanqui

lunes, 14 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (1)

Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez 


Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.

Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.

Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.

Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.

Cada libro con su postal.

Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.

La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.

Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.

Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.

En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.

Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).

Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.

Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…

…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.

El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.

jueves, 28 de junio de 2018

Éric Vuillard: El orden del día

Idioma original: francés
Título original: L'ordre du jour 
Año de publicación: 2017 
Traducción: Javier Albiñana Serain 
Valoración: está bastante bien

Otro libro francés ganador del Goncourt (pardiez, ¿cuántos premios Goncourt da esta gente al año?) y otro libro francés que parte de algún hecho real, cómo no, para ir destejiendo, literariamente, la trama más o menos  que forma la urdimbre que es, este caso, la Historia. Esta vez no se trata de la biografía de alguno de esos nombres ya casi desconocidos que jalonan las enciclopedias (para la chavalería: unos librotes que había antes de existir la wikipedia), al estilo de Echenoz o Deville. Ni, mucho menos, esta sirve de excusa para la consabida autoficción, como a veces nos inflige el, y por otra parte, muy estimado por aquí, insigne Emmanuel Carrère. No: Vuillard se decide por recrear una serie de momentos clave o cuando menos "llamativamente ocultos" del ascenso de los nazis al poder en Alemania.

Para empezar, la reunión que el 20 de febrero de 1933 (unos días antes del incendio del Reichstag, recordemos) mantuvieron con el presidente, justamente, del Parlamento alemán, a la sazón Hermann Göring y con el canciller de Alemania, es decir, Adolf Hitler, veinticuatro dirigentes de las principales empresas alemanas -como algunas cuyo nombre quizás nos suenes. IG Farben, BASF, Bayer, Agfa, Opel, Siemens, Allianz o Telefunken-, y en la cual estos industriales se comprometieron a apoyar al partido nazi y realizaron suculentas donaciones para la siguiente campaña electoral. Por ejemplo, el simpático caballero de la foto de la cubierta del libro es Gustav Krupp, célebre empresario del acero que donó un millón de marcos a los nazis en aquella ocasión (luego se resarciría económicamente, por decirlo así, utilizando durante la guerra mano de obra esclava proporcionada por esos mismos nazi... entre ellos él, mismo, pues también se hizo miembro del partido). A cambio de este apoyo, Hitler y sus muchachos se comprometían no sólo a garantizar la estabilidad política, sino además, y sobre todo, acabar con la amenaza comunista y los molestos sindicatos. Un detallito, éste del apoyo del empresariado alemán al régimen nazi, que se suelen olvidar los iluminados ultraliberales que, hoy en día, propugnan que nazismo y fascismo, e incluso el propio franquismo, no fueron sino meras variantes del socialismo).

Ahora bien, en vez de seguir por esta senda abierta en los entresijos económicos del III Reich, como podría parecer, Vuillard nos ofrece a continuación un par de nuevas muestras de reuniones no demasiado aireadas y que fueron consolidando el poder del régimen nazi antes del estallido de la guerra: la visita a Alemania del Lord presidente del Consejo Británico, Lord Halifax, en noviembre de 1937, sobre todo, la fundamental reunión  de febrero de 1938 en el Berghof hitleriano entre el Führer alemán  y el dictador nacional católico de Austria, Kurt von Schuschnigg, en la que a éste le quedó clarinete la intención de aquel de anexionar para Alemania su, por otra parte, Austria natal. Este acontecimiento histórico, precisamente, el Anschluss sobre Austria, ocupa buena parte del libro -que tampoco es muy extenso: 140 página- y se nos explica con cierto detalle, desde sus pormenores más chuscos, como la incompetencia alemana para demostrar su poderío militar (luego le fueron cogiendo el tranquillo) o la comida en la que el Ministro de asuntos Exteriores alemán, Ribbentrop se dedicó a entretener a los mandatarios británicos para retrasar su reacción, a los más trágicos (la oleada de suicidios que acompañó esta anexión al Reich alemán).

Por no extenderme más: el libro, como se ve, va saltando de un momento a otro y aunque la intención final se vislumbra  bastante bien, el resultado es un tanto disperso y, sobre todo deja la impresión de una obra inacabada. De excelente factura, eso sí, pues Vuillard escribe muy bien, con ese estilo entre solemne y cercano que sólo saben ajustar los franceses, pero incompleta, como si se tratara de la puesta en limpio de una libreta de notas, pero faltaran otras dos  para completar el cuadro. Lo más interesante, aparte de la prosa de este autor, son los retratos que nos dejan de ciertos personajes, no los principales, sino otros que va mostrándonos en los frecuentes desvíos a un lado y otro del camino que sigue el libro (sea este el que sea): desde el pintor loco suizo Louis Soutter al compositor Bruckner, desde el nazi austríaco Seyss-Inquart al verdugo que lo mató en Nuremberg, John C. Woods. Y nos queda también una visión de la Historia y sus azares bastante desencantada y sobre todo, poco crédula con los grandes gestos, las grandes palabras, los sinos que nos parecen tan evidentes a posteriori y que en realidad, tal vez no fueran más que el resultado de una serie de torpezas, de cobardías y renuncias.... (a ver si nos aplicamos el cuento, que pintan bastos):

"Se abruma a la Historia, se pretende que ésta obliga a adoptar poses a los protagonistas de nuestros tormentos. No vemos nunca el dobladillo mugriento, el hule amarillento, la matriz del talonario, la mancha del café. Tan sólo mostramos el perfil amable de los acontecimientos (...)"

"Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor (...)Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días , con pan para la aves."

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard