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lunes, 29 de mayo de 2017

Javier Valdez Cárdenas: Malayerba (La vida bajo el narco)

Año de publicación: 2009
Valoración: Muy necesario


Javier Valdez Cárdenas fue brutalmente asesinado el pasado 15 de mayo en Culiacán (Sinaloa, México), ciudad que le vio nacer allá por 1967. ¿El “motivo”? Pues, sencillamente, su labor como periodista, profesión tantas veces menospreciada y tantas veces maltratada, desde la cual denunció los estragos originados por el narcotráfico y el crimen organizado.

Una idea de la magnitud de la tragedia causada en Sinaloa por el crimen organizado la dan las siguientes cifras:

Sinaloa sumó cerca de mil doscientos homicidios en el 2008. Unas ochenta personas que no tenían qué ver con el narcotráfico cayeron abatidas por las balas. Cerca de 112 agentes de las policías Federal, Estatal y Municipal, y también efectivos militares, fueron asesinados en circunstancias similares.

Más allá de las fríos datos, hay dos componentes en la tragedia que quisiera destacar; por un lado, el ambiente de psicosis, terror y paranoia colectiva; por otro, la normalización de la violencia en la vida cotidiana, su aleatoriedad y su institucionalización. Es fundamentalmente contra este segundo componente contra el que van dirigidos los escritos de Valdez Cárdenas: contra la impunidad, contra el machismo, contra la corrupción política y policial, contra la complicidad del gobierno y la policía con narco, etc.

La forma elegida en esta ocasión es la del relato breve, de apenas 3 o 4 páginas. Unos 75 relatos de un nivel medio muy alto. Desgraciadamente, y más desde ese fatídico 15 de mayo, la principal virtud del libro no es su calidad literaria sino su capacidad para remover estómagos y despertar conciencias. Esto lo consigue poniendo en primer plano la omnipresencia de la violencia en sus diferentes formas, una violencia que atraviesa la vida de los seres que pueblan los relatos. 

Esos seres pueden ser niños que juegan a los balazos, a las camionetas y a los rifles de alto poder, niños que llevan en su inocencia el lenguaje de la muerte, jóvenes vírgenes entregadas al capo local de turno con el fin de intentar salir de la miseria, adolescentes con prisa por vivir y por tener dinero, hombres y mujeres adultos en busca de dinero fácil para una vida mejor, policías que se juegan la vida por cuatro pesos y se pasan al otro bando, etc. 

Estos son solo algunos ejemplos. Otros pueden ser aún más casuales, como un camarero que escucha una conversación que no tendría que haber oído, alguien que colisiona con la furgoneta de una panda de matones, alguien que saluda a quien no debe en el momento más inoportuno., etc.

En los relatos de “Malayerba”, en Culiacán, en Sinaloa, la violencia es aleatoria. La vida vale una mierda. O menos que una mierda. Vale lo que quiera el narco, el policía o el alcalde corrupto de turno. Pese a saberlo perfectamente, Valdez Cárdenas se atrevió a denunciarlo y le costó la vida, como les ocurre a algunos de los protagonistas de sus relatos.

A nosotros, como lectores, nos queda la obligación de acercarnos a sus escritos, de no ignorar la jodida realidad y de tratar de que su asesinato, como el de tantos otros, no quede impune.

martes, 10 de mayo de 2016

Jon Ronson: ¿Es usted un psicópata? Un viaje a través de la industria de la locura

Resultado de imagen de es usted un psicopataIdioma original: inglés
Título original: The Psychopath Test: A Journey Through the Madness Industry
Año de publicación: 2011
Valoración: Está bien


No suelo dejarme tentar demasiado por artimañas editoriales, pero reconozco que este título me persiguió durante más de un año hasta que caí como una pardilla. Supuse que el autor sería algún reconocido profesional de la psiquiatría y que habría realizado un trabajo científico con el propósito de ilustrar al profano, con esa idea me embarqué en una lectura que no ha hecho otra cosa que decepcionarme página tras página.
Jon Ronson no es un estudioso del cerebro sino un periodista de investigación más o menos ortodoxo –que, además de publicar libros, ha trabajado como locutor de radio y documentalista de televisión– al que hay que reconocerle la audacia para internarse en terrenos tan delicados y complejos como este con el aplomo y la despreocupación que manifiesta. Con algún bloguero me he topado que, seducido quizá por el encanto de su autor, dice ver psicópatas por todas partes inmediatamente después de su lectura. Esto no pasa, créanme.  Por supuesto, encontrarán a unos pocos personajes excéntricos, no muy bien perfilados psicológicamente, tal como era de esperar, muy alejados de una vida social normalizada y más cercanos a la caricatura que al retrato de una personalidad coherente. Lo que él hace se conoce como periodismo gonzo, subgénero cuya prioridad parece ser tanto encumbrar al periodista como complacer a un público poco exigente concentrándose en los movimientos de aquel y en las anécdotas y circunstancias que rodean sus pesquisas. Un método que no parece excesivamente escrupuloso con la materia que tiene entre manos.
La propaganda editorial, al menos la española, practica la misma estrategia al colocarnos frente a un misterioso volumen que recibe por vía postal un selecto grupo de personas y cuyo origen es preciso descubrir a costa de lo que sea. ¿Les suena de algo esto? Publicación de identidad dudosa, volumen de ventas asegurado. El buen Ronson, tras aburrir al incauto lector con idas, venidas, correos e indagaciones sin trascendencia, acaba descubriendo que el incógnito autor solo busca divertirse a costa de un público escogido por él mismo sin reparar en las consecuencias que puede acarrear. Esto le pone sobre la pista de la psicopatía y a partir de ahí inicia una tarea entre periodística y detectivesca, tan superficial como podamos imaginarnos. Visita hospitales psiquiátricos, recaba testimonios de truculentas técnicas experimentales realizadas en los años 60, viaja, conoce a mucha gente, se da toda la importancia que puede y se lo pasa la pipa, la verdad. Muchos de los chavales que se preguntan ahora mismo en qué carrera van a matricularse el próximo curso, de mayores, querrían ser como Ronson. O Ronson, directamente.
“Tony explicó que fingir demencia resulta de lo más sencillo, sobre todo si uno tiene diecisiete años, consume drogas y ve muchas películas de terror. No hace falta saber cómo se comportan los dementes auténticos, basta con imitar al personaje interpretado por Dennis Hopper en el filme Terciopelo azul.”
No he dejado de preguntarme hasta el último momento si la psicopatía puede considerarse una enfermedad mental. Desde luego, tenía entendido que no. Incluso me sorprende que en algunos países se interne a los etiquetados como psicópatas. Resulta todo muy confuso. Al cerrar el libro, conocemos perfectamente la personalidad del periodista pero, sobre la cuestión que trata, estamos como al principio. O peor aún porque ahora tenemos más dudas. Algún test no demasiado fiable que confirma las cuatro ideas sobre su carisma y proverbial falta de sensibilidad hacia el prójimo señalada hasta la saciedad por las películas y poco más. Es un hecho que aquí hay de todo menos ciencia.
En mi opinión, su mayor acierto consiste en cuestionar si no habremos puesto el mundo en manos de decenas de psicópatas. Quizá –se plantea el periodista– que sean ellos quienes manejan las finanzas, la política y todos los mecanismos verdaderamente importantes, constituya el verdadero el motivo de tanta desigualdad, tanta guerra, tanto desastre que podría evitarse fácilmente.
Naturalmente, y como no podía ser de otra modo, fue elegido Libro del año 2011 por Amazon, Publisher's Weekly, Hudson Bookseller y Goodreads. 

domingo, 10 de enero de 2016

Félix Fénéon: Novelas en tres líneas

Idioma original: francés
Título original: Nouvelles en trois lignes
Año de publicación: 1906, en el diario Le Matin. 1948, como libro.
Traducción: Lluís Maria Todó
Valoración: muy recomendable

Empezaré la reseña por lo más obvio: ni microrrelatos, ni "poetweets", ni haikai 3.0, ni gambas fritas... ninguna modernez que se le ocurra al último hipster literario de turno resulta original: todo eso ya lo hacía, más de un siglo atrás -110 años, para ser exacto- el señor Félix Fénéon, ilustre y ubicuo animador de los ambientes pictóricos y literarios franceses de finales del siglo XIX, crítico de arte, descubridor de nuevos talentos, editor de revistas de vanguardia, funcionario ejemplar en el Ministerio de Guerra, anarquista furibundo, acusado incluso -aunque absuelto- de un atentado con bomba contra un restaurante frecuentado por senadores de la República. Periodista y galerista después de perder su puesto en el ministerio; durante el año 1906 se encargará de la columna de hechos diversos del periódico liberal Le Matin, donde plasmará, a partir de los sucesos por lo general luctuosos, acaecidos por todo el territorio francés y aun en las colonias, sus excepcionales Novelas en tres líneas, a razón de veinte diarias.

De todos modos, ¿realmente podemos hablar de "novelas", en este caso? Es obvio que se juega con el doble significado en francés del término nouvelles : en principio, significa noticias, novedades, pero también relatos cortos (más que "novelas" propiamente dichas). Por otra parte, a estas alturas del siglo XXI, ya con todo el XX toreado, sabemos bien que no es necesario que una novela respete la disposición clásica de planteamiento-nudo-desenlace (más epílogo, si se tercia), para ser considerada como tal. Lo que no significa que algunos relatos no respeten a la perfección ese esquema básico:

El señor O. Calestroupat conoció en la Cámara de los Diputados a una señora poco esquiva. Velada galante seguida de triste despertar: le habían birlado once mil doscientos cincuenta francos.

En otras muchas ocasiones, sin embargo, Fénéon sigue tácticas más astutas; por ejemplo, inicia la noticia/relato, con algún elemento más desconcertante, ya sea por desusado o banal, para acabar rematando la faena con lo que debería, en puridad, suponer la idea central de la noticia:

Apenas acababa de aspirar su rapé cuando A. Chevrel estornudó y cayendo del carro de heno que le traía de Pervechéres, expiró.

Por no hablar de cuando la evidente sorna obliga a repensar la historia que se acaba de leer, por breve que sea:

Como las dedicaba a aporrear el  piano, la policía de Brest juzgó no electorales las sesiones del bardo Artigues, candidato. Infracción.

El mundo que retrata Fénéon en sus nouvelles no resulta, sin embargo, demasiado amable, o no siempre; todo lo contrario... Debido a la materia prima periodística de la que se nutren, nos ofrecen una visión ominosa de la sociedad francesa de aquel 1906, plagada de homicidios, accidentes, suicidios, riñas, robos, atentados, huelgas, disturbios, epidemias y desastres naturales. Una realidad violenta, brutal a veces, que no encaja, quizá con la imagen plácida que a menudo nos hacemos del pasado.

Una loca de Puéchabon (Hérault), la señora Bautiol, despertó a sus suegros a mazazos.

Unos bebedores  en Houilles, se estaban pasando de mano en mano una pistola que creían descargada. Lagrange apretó el gatillo. No volvió a levantarse.

Ávidos de indulgencia, unos ladrones han desvalijado una tienda de objetos de piedad y peregrinación  de  Clichy-sous-Bois.

También, por suerte, hay lugar para las fiestas populares, los eventos destacados, los homenajes a figuras prominentes, siquiera a nivel local; momentos de respiro que nos parecen ahora de una ingenuidad que probablemente no era tal...

Delante de quince mil ciudadanos de Nîmes, seis toros destriparion a siete modestas yeguas y fueron estoqueados por Conejito y Bombita Chico.

El reglamento del alcalde de Angers sobre procesiones prohíbe en la calle los estandartes sindicales, los cantos no litúrgicos y los bastones.

La ironía, la retranca incluso, están presentes en todo momento, hasta en aquellas nouvelles que dan cuenta de hechos más trágicos; muy especialmente en las que glosan el asueto y otros actos edificantes para la sociedad bienpensante de la época:

Pánico entre las amazonas. El tiovivo de cerdos Legrand, en la plaza de las fiestas de Clichy, ha ardido a las seis de la tarde. Destrozos: dieciocho mil francos.

A igual modestia, distinta paga: la Reina de la virtud de Les-Granges-le-Roi, doscientos cincuenta francos; la de Magny-en-Vexin, trescientos; quinientos para la de Argenteuil.

Mil novecientos concursantes de "La Caña de Niort" estaban pescando ayer en el río Sèvre, y mil quinientos curiosos animaban a los peces a que picasen.

En última instancia, lo que más destaca de estas pequeñas  joyas escritas por Fénéon no es su originalidad, su habilidad técnica o su audacia narrativa -que iba a más según pasaban los días y los meses, y se ve que que aumentaba su soltura y confianza-, sino la humanidad de que hace gala. Quizás un tanto socarrona, ya digo, pero que no deja de ser compasiva incluso con los autores de las mayores atrocidades -no digamos ya con sus víctimas-, perfectamente sabedor de que en cualquier momento cualquiera de sus contemporáneos, cualquier conocido suyo o cualquier probo ciudadano que pasara por la calle podría convertirse en protagonista de alguna de estas nouvelles. Empezando por el mismo, claro. O por nosotros, si a eso vamos...

Demasiado jóvenes y ya madres, las señoritas Meuzaret, vecina de Saint-Barthélémy (Sena y Marne) y Garnier, vecina de Chassagne (Saona y Loira) han matado a sus respectivos hijos.

No me resisto, no sin antes recomendar encarecidamente este libro a todo el mundo -a quién no lo haya leído, para que lo haga; y a quien lo haya hecho, para que lo relea y vuelva a disfrutar de todas sus pequeñas maravillas-, a copiar una más de estas "novelas en tres líneas", que sin duda hará las delicias de más de uno de nuestros lectores. Nada nuevo bajo el sol, como se suele decir...

En Le Boulou (Pirineos Orientales) unos suboficiales españoles han insultado a un turista francés culpable de este grafiti: ¡Viva Cataluña!

También hay, claro está, muchas noticias de cargos políticos corruptos, pero ya no voy a poner ninguna: ¡son demasiadas y no tengo sitio para todas!

martes, 12 de mayo de 2015

Francesc Serés: La piel de la frontera

Idioma: catalán
Título original: La pell de la frontera
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable

La frontera no es una raya pintada en el suelo, ni una alambrada. Ni es un mar o un río, o un desierto. Ni siquiera ésta es la frontera entre dos estados. La frontera -cuando menos de la que habla el libro de Serés-, es un espacio más o menos definido en el que cristalizan los cambios incesantes de esta época; los cambios demográficos, las migraciones, pero también el cambio en los modos de vida y en los modos de ganarse la vida. Los cambios culturales y los de la historia íntima de cada pueblo, de cada familia, de cada cual...

Y hablamos de un espacio alejado de lo que suele considerarse como "fronterizo", aunque lo ha sido siempre; al menos, fronterizo entre dos lenguas, entre dos comunidades entrelazadas y opuestas, los dos lados de una misma moneda. Es el espacio que se extiende entre la ciudad de Lleida y los Monegros: la comarca del Segriá y esas tierras de Aragón donde se habla catalán y se conoce como la Franja (de Ponent o de Levante, según desde donde se mire). Tierras regadas por el Cinca y el Segre y dedicadas a la agricultura -árboles frutales, sobre todo- y la ganadería, y que necesitan, cuando llega la temporada de recogida, una ingente mano de obra, que en los últimos años ha ido llegando de todas partes: del Magreb y del África negra, de Bulgaria, Rumanía, Lituania... de Ecuador o incluso de China. Unas comarcas que han ido acogiendo, desde hace más de veinte años, sucesivas oleadas de estos inmigrantes, a veces enviados allí por las autoridades desde las grandes ciudades, donde su presencia no era deseada, de forma que acababan por transitas buscando faena por esos pueblos y esos campos que no estaban preparados para acoger un población creciente de forma tan explosiva.

A través de una serie de capítulos a modo de reportajes o incluso pequeños ensayos, escritos -o al menos datados- en los años del boom económico más reciente, pero también de la crisis actual, Serés busca radiografiar o incluso inventariar -infructuosamente, como él mismo admite- estas sucesivas llegadas de inmigrantes, cuyas historias se entremezclan con las de los lugareños para luego, en la gran  mayoría de los casos, disolverse, desaparecer para dejar sitio a una nueva masa de gentes con sus propias historias, tan diferentes y tan parecidas, todas. El autor, si bien pergeña aquí una explicación a este fenómeno migratorio -tampoco es que sea muy difícil adivinar las causas-, no trata en ningún momento de encontrar una solución: ni propone medidas sospechosamente taxativas ni cae en lo que se ha dado en llamar "buenismo" (curioso neologismo que convierte el adjetivo "bueno" en una palabra con significado, si no malo, sí que desdeñable). Lo que hace es tomar nota, hablar con inmigrantes, con agricultores, con dueños de talleres, con todo tipo de gente que habita ese territorio de frontera -que además, es el suyo, pues Serés es oriundo de uno de estos pueblos de la Franja-, tratar de dejar testimonio de lo que ha ocurrido en estos años tan cambiantes y acelerados, recoger su recuerdo antes de que sean fagocitados por el olvido, que también avanza cada vez más deprisa.

Porque ese espacio de frontera que intenta topografiar Serés no es solamente físico: también es una frontera temporal, la de estos últimos veinte o treinta años, en los que se han producido cambios -aún más perceptibles, supongo, en un entorno rural que en el urbano- que nos han llevado de unos modos de vida y unas estructuras socio-económicas  más o menos estables e incluso "tradicionales" a otras cambiantes y mestizas: la matanza del cerdo junto a los festivales tecno; la agricultura como actividad familiar, con usos y prácticas bien asentados, frente a los nuevos métodos y las variedades  de vegetales manipulados en el laboratorio, que convierten el sector primario en una suerte de producción industrial  (absolutamente reveladora la conversación que mantiene el autor con un ejecutivo de una empresa de productos transgénicos); la resistencia de una identidad cultural minoritaria junto a la inmersión en el mainstream de la cultura global, incluso en el mundo de la literatura. Nos habla también de la memoria, esa frontera, también cambiante y no siempre fiable, que existe entre el presente y el pasado; de la propia pero también de la familiar, o de la comunidad a la que se pertenece. De la frontera hacia el futuro que son los sueños, las esperanzas, aunque se sepan irrealizables, como el espejismo de esa nueva Las Vegas que pretendían erigir en plenos Monegros, uno de los fines del mundo, según el autor.

Incluso el propio libro, a medio camino de la narración y de las memorias, del reportaje y del ensayo, es una muestra más de ese territorio de frontera al que parecemos abocados en esta época, en todos los terrenos. Si es que no vivimos ya en él, desde hace tiempo.




jueves, 29 de enero de 2015

Günter Wallraff: Cabeza de turco

Idioma original: alemán
Título original: Ganz unten
Año de publicación: 1985
Traducción: Pablo Sorozábal
Valoración: muy recomendable

Ahí, tirado junto al contenedor, al lado de enciclopedias ilustradas de hace décadas, entre infumables novelas ganadoras o no de premios literarios orientados a vender como churros, junto a tochos de novela histórica a medida de bolsos de playa. Ahí, poderoso simbolismo, me encuentro el que fue número inaugural de la colección Crónicas de Anagrama. Una cuestión nada despreciable: elegir esta lectura para una colección que ha aportado maravillas como las de Ovejero o Carrión, o que ha incluido un buen número de obras de Kapuscinski.
Y puede ser que algunos ya hayan oído hablar de este Wallraff, señor que posa en la portada convenientemente aderezado con lo necesario para cambiar su semblante teutón hasta ese estereotipo: bigote, hirsuto pelo moreno, ojos oscuros, cara tiznada, casco de seguridad. Wallraff se llamará Alí, será, hace casi treinta años, un inmigrante turco en plena República Federal Alemana, la del Milagro Económico, la previa a la Caída del Muro, la de las mega-corporaciones industriales (vean el logo en su casco, logo que aún sobrevive). La que, pongámonos todo lo ibéricamente chulitos que queramos, ya nos ha invadido y nos gobierna sin pegar, esta vez, ni un solo tiro.
Lo que hace Wallraff es periodismo gonzo de denuncia, es plantar una semilla cuyos frutos aún hoy podrían ser visibles. Dónde empezó, si no, eso de camuflarse e infiltrarse para vivir en propia piel situaciones, para luego denunciarlas. Wallraff no tiene miedo aquí más que de ser descubierto y que eso dé al traste con sus planes. Trabaja en restaurantes de comida rápida, acepta toda clase de empleos precarios, mal pagados, en negro, en condiciones insalubres y sin el más mínimo derecho, a los que accede por una condición principal: creen que es un extranjero, un miserable inmigrante turco, y que hará lo que mejor les va a sus empleadores, trabajar mucho, por poco dinero, y sin rechistar. Todo el cúmulo de intermediarios desde su desempeño - tareas ingratas, horarios extenuantes, ausencia de documentos, riesgo para la salud - hasta el limbo inalcanzable de las grandes empresas -Thyssen, una de ellas, enough said- se dedica a lucrarse a costa de él y de miles como él. Sub-contratas que cobran y callan de empresas con problemas de mala solución que pagan y exigen silencio. Un periodista, en 1985, levantando testimonio en primera persona de ese trato vejatorio en todos los ámbitos (hilarantes las escenas en que acude a diversas iglesias para ser bautizado) que reciben las oleadas de inmigración que llegan a Europa (o dentro de Europa), una cuestión que, a ver si vamos a engañarnos, solamente ha cambiado en el perfil de sus protagonistas. Turcos esperando para limpiar tubería mugrientas de instalaciones industriales por cuatro cuartos o subsaharianos (toma palabro) esperando sobre una verja a que los señoritos acaben el último hoyo, para que llegue su oportunidad. Treinta años, casi, y de una actualidad que rabia. Bonito mundo, el nuestro.

También de Günter Wallraff en UnLibroAlDía:  El periodista indeseable

miércoles, 14 de enero de 2015

Charles Bowden: La ciudad del crimen

Idioma original: inglés
Título original: Murder City
Año de publicación: 2009
Traducción: Jordi Soler
Valoración: muy recomendable

John Kennedy: sí, un alto mandatario, claro, un presidente de los USA. Venga, saquen un libro que venga a aclarar algo más sobre el misterio de su muerte, otórguenle la promoción adecuada, y a vender.
Entonces: ¿cuantas muertes de trabajadoras de las maquiladoras son necesarias para generar un impacto equivalente? Millares, quizás, incluso así, igual ni eso. Ay. Vidas humanas de distintas categorías. Pero no todo es vender y obtener difusión. Y Charles Bowden lo sabía. Periodista a la vieja usanza, reportero de viajes, poderosa imagen de melena canosa y sempiterno chaleco multiusos cuyos bolsillos imaginamos llenos de cualquier cosa útil para su profesión. Libretas, bolígrafos, carretes, tarjetas de memoria, herramientas básicas, tarjetas de visita de contactos de todo el mundo. Charles Bowden, fallecido hace unas semanas sin gran repercusión. Que se aventuró, conocedor de los riesgos en que incurría, donde todo un Bolaño solo había osado chapotear tímidamente cambiándole el nombre a todo. Porque La ciudad del crimen no es la letanía forense que era La parte de los crímenes en 2666. Para nada: distinto, porque Bowden denuncia, sí, pero ante todo quiere aportar algo, aunque sea desesperación para ser compartida. Quiere sumar, pero quiere dividir esa realidad que le abruma y le agobia. Sabe que ello entraña riesgos, convive con ellos, usa de hilo conductor la triste historia de Miss Sinaloa, una desgraciada víctima que acaba ingresada en una especie de internado psiquiátrico regentado por un particular personaje llamado El Pastor.
Eh.
Estremeceos. Nada de aquí es ficción. Todo es real. Reales los personajes y sus vidas y muertes atormentadas. Reales las fotos que acompañan el texto. Real la sangre y reales los tiros, las violaciones, las torturas, los ametrallamientos. Real la impunidad y real el silencio que enturbia cualquier intención de acercarse a la verdad, de desenmascarar qué hay detrás, no solo de los célebres crímenes, los de las maquiladoras, sino de todos los demás (cientos): cualquiera que investiga, cualquiera que no colabora, cualquiera que no acepta sobornos, es una víctima potencial. Muertes a diestro y siniestro, relatadas, además, en un apéndice que requiere paciencia, y estómago, que es una proeza de minuciosidad y detalle, detalle escabroso, claro, por supuesto, pero a la vez espeluznante por la frialdad de la narración, aquí convertida en mera lista, de los crímenes constantes, y la indiferencia absoluta ante nada parecido a la denuncia de la injusticia. No sólo 2666 es una referencia: lo es Huesos en el desierto y lo es El poder del perro. O lo son productos visuales de impecable factura como Traffic o Breaking Bad.
Y el tono de Bowden es preciso pero también es frío y contundente: fríamente contundente en su conclusión. No hay apenas resquicio a la esperanza, los crímenes lo son porque forman parte de la industria paralela, más productiva y eficiente que la oficial, y donde cualquier pieza influyente está involucrada por acción o por omisión: policía, ejército, gobernantes locales y nacionales, medios de comunicación. La industria de la droga no tiene reparos en deshacerse de grandes piezas que le molesten, cómo va a tenerlos con las pequeñas. Y parece que no hay misterio: las mujeres de Juárez son seguramente jóvenes que cayeron en manos de cualquier individuo de bragueta y puñal fácil que sabía que no pagaría por ello, que sus actos no tendrían castigo. Los debe haber a cientos. Pero son los mismos individuos, o algunos de ellos, los que caen ajusticiados, ejecutados, liquidados, desaparecidos. La sensación es la de la existencia de un enorme pacto de silencio que cubre cualquier pequeño desliz, que impregna de normalidad cualquier comportamiento criminal (aplastantemente lógico: cuando el medio de vida es el delito, cualquier conducta delictiva se relativiza) y que vela por que la perfectamente engrasada maquinaria del narcotráfico (con volúmenes de negocio que ridiculizan una industria que, encima, siempre tiene las maletas hechas para deslocalizarse) no se pare ante nada. Cualquiera que represente ya no un obstáculo sino un mero contratiempo a su funcionamiento eficaz es aplastado, y lo de la impunidad ni se pone en tela de juicio. ¡Cuántos Bowden hacían falta en este mundo!

jueves, 20 de noviembre de 2014

Rodolfo Walsh: Operación Masacre

Idioma original: español
Año de publicación: 1957
Valoración: Muy recomendable

Quiere la casualidad que hoy 6 de agosto, en que voy a la biblioteca a por este libro, una de las noticias del día sea que Estela de Carlotto, una de las abuelas de la Plaza de Mayo ha podido reencontrarse, gracias a las pruebas de ADN, con su nieto, tras 36 años. También se da la coincidencia de que el día que lo encargué, 2 de agosto, hacía dos años de la publicación de una de mis primeras reseñas en ULAD, la de A sangre fria de Truman Capote, a raíz de la cual un amable lector me comentó que Operación masacre era realmente la obra fundacional del nuevo periodismo. Ni siquiera fue mi primera reseña en ULAD, honor que cedí a Estrella distante, novela relacionada también con golpes de estado en Latinoamérica, y van tres coincidencias, escrita por Roberto Bolaño, fallecido a los 50 años, igual que Rodolfo Walsh (cuatro). Bueno, a Rodolfo Walsh lo desaparecieron a raíz de una fuerte crítica al régimen militar argentino. Pero ya sabemos qué significa desaparecer bajo el mandato de una dictadura asesina.

Todos sabemos lo incómodos que resultan para los totalitarismos conceptos como cultura, libertad de opinión, libertad de expresión, en general cualquier mecanismo del intelecto encaminado a ampliar el alcance del conocimiento, cosa que suele acarrear peligrosas consecuencias para el poder establecido, ya que a la gente le da por ponerlo todo en duda. Por ejemplo, en Operación Masacre, Walsh indaga sobre lo que acontece la noche del 9 al 10 de junio de 1956, noche fría de invierno austral en que doce ciudadanos argentinos coinciden para oír la retransmisión de un combate, son detenidos y, en función de una Ley Marcial aun no en vigor (por horas) condenados a muerte y fusilados en el curso de la madrugada, bajo la sospecha de estar relacionados con un fallido proceso conspiratorio contra el gobierno. Un fusilamiento tan injusto como chapucero: los supervivientes ayudarán a Walsh y a su ayudante en la reconstrucción y denuncia posterior de los sucesos. Muchos de ellos cuando aún son objeto de persecución con objeto de borrar los rastros de tan macabro suceso.
El tono testimonial pasa por encima de cualquier otra premisa. Hasta el incluir la mera transcripción de algunos de los documentos judiciales. Con lo cual Rodolfo Walsh, sin que este comentario sea en menoscabo de un estilo depurado y urgente y de una capacidad de atrapar al lector, opta por ser claro y por no entregarse a más hipótesis (alguna un poco obvia, pues siempre se preguntará el lector qué es lo que pudo unir a hombres tan diferentes bajo el mismo techo en una noche tan señalada). Pero Walsh no se aventura por esos vericuetos, lo cual no acaba de ser una elección algo sesgada. Walsh se centra en el acto injusto del fusilamiento y en su condición de acto vil y chapucero cuya orden final procede del poder. 
Walsh pagó con su vida su coherencia profesional y su compromiso con la verdad: un artículo particularmente crítico con el régimen golpista de Videla provocó que viviera en carne propia circunstancias parecidas a los desgraciados hechos que describió en este libro. Lamentablemente, nadie pudo levantar un testimonio tan valioso como el suyo. Leer su obra es la única manera de mantener vivo el suyo y otros muchos testigos del trabajo periodístico, cuando deja de ser una profesión para ser una opción vital de alto riesgo.

Tenéis un Zoom en UnLibroAlDía hablando de un glorioso artículo de Walsh, Nota al pie
Otros libros de Rodolfo Walsh reseñados en Un Libro Al DíaLos irlandeses

martes, 16 de septiembre de 2014

Bruce Chatwin: Los trazos de la canción

Idioma original: inglés
Título original: The Songlines
Año de publicación: 1987
Traducción: Eduardo Goligorsky
Valoración: imprescindible

No puedo evitar lanzar un tweet de pre-aviso apenas leídas unas páginas. Este libro es especial, o es importante, o así, es lo que digo. Puede que apenas un par de párrafos sean suficientes para saberlo. Y no recuerdo bien cómo he dado con él. Habitual como soy de las estanterías de ficción, esta excelente narración está catalogada como literatura de viajes. Luego hay otras coincidencias: cierta persona conocida se va a vivir a Australia, aunque resulta que me entero de esto cuando el libro ya está en casa, esperando paciente el inexorable turno de lectura que he preestablecido hace semanas. Ese turno que establece alternancia de estilos, de autores, de tiempos de ubicación de acciones. Bah. Igual es una estupidez, tanta premeditación. Cuando una lectura te levanta de la silla gravitando dará igual cuales sean sus características en relación a la anterior o a la siguiente. Basta con que sea irresistible. Y sí, Chatwin escribe desde su experiencia, pero sus personajes reales son fascinantes, cómo los presenta y los describe, les hace superar a muchas ficciones. Y lo que cuenta. Veamos lo que cuenta. 
Difícil es definir ya qué es Los trazos de la canción. Obviamente es la crónica de un viaje, pero su estilo y su distribución por capítulos cortos lo adaptarían incluso a la condición de relato. Y el tono es personal, confidente, lo que cuadra con lo autobiográfico y, ya puestos, atribuyamos a Chatwin la cualidad de envolverlo todo en un muy leve halo como para situarlo cerca de la ficción.
Y aún más difícil explicar de qué versa y a qué viene ese título. Los aborígenes australianos establecían las fronteras de sus territorios y la situación de algunos de sus lugares sagrados en función de canciones por las que esos territorios quedaban definidos. Una tradición secular que impone a los colonizadores ciertas restricciones. Arkadi, ruso residente en Australia y, a la sazón, cicerone de Chatwin, ha de encargarse de negociaciones relacionadas con los emplazamientos del proyecto de una línea de ferrocarril teniendo en cuenta esa condición. Dialogando con los representantes de las comunidades aborígenes e intentando comprender la necesidad de preservar lo sagrado de esos territorios. Eso es un punto de partida, solamente, aviso.
Los trazos de la canción es una colosal aventura en modo real: los lugares que sirven de escenario a esa misión, desde tabernas de mala muerte a chozas precarias, a caravanas destartaladas, sin recurrir a fácil búsqueda de lo exótico, sin hacer turismo eco-yuppie, esos lugares los vemos y los olemos. Sus personajes, tan notables y tan diversos que no sería justo nombrar a éste y olvidar a aquél. Sin el recurso de lo entrañable o lo sentimentaloide, se nos muestran en su día a día. Pero eso no es lo único: sería muy fácil tirar simplemente de solvencia como escritor para describir mundos y lugares lejanos, lo que ya a simple vista es fascinante. Chatwin no se queda (quedaba, lamentablemente Chatwin falleció con 49 años, en 1989) ahí. Los trazos de la canción desarrolla capítulos que son auténticos catálogos de citas donde tiene cabida el pensamiento humano, donde se ahonda en aspectos antropológicos, nuestro comportamiento atávico como especie, dominante o no, la agresividad, la condición carnívora, las especies que nos precedieron, nuestras costumbres, el nomadismo, el sedentarismo. Oh sí. 335 páginas de libro total. Qué es eso de restringirlo a un estante de libros de viaje. Disfruten de Chatwin (yo voy a seguir haciéndolo, claro), disfruten de su magnífica escritura y de su sentido común expectante. De su facilidad para escuchar y transcribir lo escuchado a espléndidas páginas que nos transportan tan lejos, y tan cerca.

También de Bruce Chatwin en ULAD: UtzColina Negra

martes, 8 de julio de 2014

Xavi Ayén: Rebeldía de Nobel. Conversaciones con 16 autores premios Nobel de literatura

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable (porque solemos reservar los imprescindibles a obras más basadas en la creación, que si no...)

Culos inquietos. Xavi Ayén seguro que conoce a Jorge Carrión. Los dos son (como yo) catalanes, y los dos son jóvenes escritores, o periodistas, o ambas cosas, que demuestran haber pasado por un severo y estricto régimen consistente en leer todos los estantes de la biblioteca del barrio propio y de otros limítrofes, desde la A a la Z. Sí: una de las maneras, no solamente de que bulla el deseo de escribir, sino de que esta escritura sea poderosa, es leer a manta. Leer sin negociación, hasta que el peso de los párpados ya es tal que ni a por café para seguir despiertos tenemos fuerzas de ir. Menudos dos tipos. Si los de RBA han captado la desesperación en mis mails (los he envíado remojados en sangre, sudor y lágrimas), cuando esta reseña se publique yo debería tener en las manos su galardonado ensayo Aquellos años del boom, dedicado a la eclosión de la literatura iberoamericana. Pero como, hoy por hoy, no puedo saberlo, tiro de lo que hay.

Lo que hay no es poco: son 16 conversaciones de Xavi Ayén con premios Nobel de Literatura, las recogidas en este magnífico Rebeldía de Nobel. Si los Nobel son escritores necesarios por antonomasia (¡oigo ataques de tos!) lo que digan dieciséis de ellos no puede dejar de interesarnos nunca. A pesar de lo cual, despistado de mí, lo que me informa de la existencia de este estupendo libro es el tweet de su autor en su cuenta @XaviAyen, conforme va a ser descatalogado. Lo puedo comprender: libros de este tamaño (25x30, desafiando los confines de una librería convencional y otorgándole un engañoso status de libro-objeto, que me niego a etiquetar), con este entorno gráfico, son proyectos arriesgados, inversiones de alto riesgo para cualquier editor. Pero, por favor, necesarios. Absolutely. Aunque cuenten con el respaldo de poderosos medios de comunicación, que supongo que fueron los que debieron correr con los gastos de desplazamiento, con las minutas para pagar las excelentes fotografías de Kim Manresa, los traductores. Inversión difícil de recuperar, si, como defiende Vila-Matas, somos solamente 30.000 los interesados en disfrutar de ellos. Los que aceptamos sacrificarnos por los millones restantes que no se prestan a disfrutar. Como cosacos, oigan.

Difícil quedarse con uno solo de los personajes: detalle tras detalle, todos los entrevistados nos seducen. Casi todos, algo un poco obvio, premiados cuando ya son ancianos, muchos de ellos representantes de literaturas alejadas de corrientes y mercados mayoritarios. Xavi Ayén nos deleita con sus elegantes presentaciones sobre los entornos de los escritores, los lugares que habitan, su día a día, las situaciones generales o personales que les han inducido a su creación literaria. Sobre lo que han hecho mientras han sido entrevistados. Habrá quien opte por dosificar el disfrute, servidor se lo ha zampado en unas tres horitas de desbordante lujuria.

Entonces, yo me pregunto si esos enormes y atractivos libros que reposan en posición horizontal "decorando" las mesas auxiliares de medio mundo (esos de la Taschen, o algunos como Rincones de las iglesias románicas en Languedoc o Las mejores mil fotografías de capós de Aston Martin) no pueden dejar un espacio para que obras como están se reediten por la eternidad, y acaben formando parte de nuestra librería personal (ergo, yo no tenga que ir abrazado al libro a devolverlo a la biblioteca, a entregarlo entre sollozos, cómo sin saber que va a ser de él cuando nos separemos) y acaben esperando pacientes a que esporádicamente volvamos a sus textos y a sus imágenes, que tanto nos dicen. Cómo que resignarme. No creo que tengamos muchas veces la suerte de leer, reunidas en un solo volumen, la entrañable rebeldía de Doris Lessing, la chulería caribeña de García Márquez, la firmeza de Kenzaburo Oé, la serenidad de Imre Kertesz, la tozudería de Naipaul o la dignidad de Naguib Mahfuz. Y me dejo otros diez. Descatalogar este excelente trabajo, este colosal esfuerzo. A qué hay que apelar, a quién hay que llamar.

jueves, 1 de mayo de 2014

Emmanuel Carrère: El adversario

Idioma original: francés
Título original: L'adversaire
Año de publicación: 2000
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: muy recomendable

¿Convierte en best-seller a un libro el hecho de leerlo a un ritmo vertiginoso? ¿Es la facilidad de lectura un mal indicio para los puristas? Si uno parte de esas preconcepciones, si se prefiere un estilo tortuoso y difícil, será mejor optar por otra lectura. También, de paso, si se tiende a evitar las novelas con un fuerte componente visual, si las historias basadas en hecho reales (y, por tanto, ligeramente adaptadas) nos despiertan cierto escepticismo, si las historias en las que el escritor se autoincluye ligeramente  en la trama acaban pareciéndonos algo impostadas.
Por mi parte, de momento, voy a dejar de usar la escala Houellebecq para juzgar la obra de cualquier escritor francés, cosa injusta para escritores dignísimos cuando Houellebecq es simplemente otro nivel.
De Carrère me quedé con las ganas de reseñar Limónov: otro compañero lo hizo aquí y suscribo cada letra de esa reseña. El tono de El adversario, obra con la que Carrère se alzó a la fama y alcanzó reconocimiento, es algo similar, con Carrère presentando también como introductor, testigo o cómplice de una especie de semblanza vital. Pero donde Limónov era simplemente la biografía de un escritor acanallado y comprometido, aquí la apuesta de Carrère es dura: Jean-Claude Romand asesinó a su familia tras una existencia donde todo estaba edificado sobre el engaño y la falsedad, impostando desde su profesión hasta los más pequeños detalles de su cotidianidad. Carrère decidió indagar sobre la vida del monstruo y especular sobre cuales habían sido los motivos que le habían llevado a acabar con la vida de sus padres, su mujer y sus dos hijos. Una cuestión muy peliaguda en un mundo dispuesto a encontrar sus demonios, su maldad absoluta, y a volcar sobre ellos el peso de la justicia, de la venganza, de las frustraciones.
Carrère plantea su obra, una especie de intento de inmersión en el crimen y en todas las circunstancias que fueron claves en que se produjera, como una especie de secuencia que cuesta abandonar una vez se entra en ella. Toma el riesgo de plantear un hecho deleznable como una especie de fin inevitable, como una etapa final cuando las etapas iniciales son la mentira constante y el engaño, a todos los niveles, con consciencia y con una planificación que estremece. Aventuro que en Francia, en su momento, su lectura ocasionaría más de un debate que, curioso, podría repetirse el año que viene cuando Romand sea puesto en libertad tras cumplir su condena.
No obstante, debo aclarar que, cosa que pocas veces suelo hacer, tuve que repetir mi lectura de las últimas páginas del libro. Escribe un brillante y aguerrido párrafo como éste:

 "Y lo peor, a la inversa, que podría sucederle, era que unas meapilas como Marie-France le tendiesen en bandeja un nuevo personaje que interpretar, el de gran pecador que expía sus pecados rezando rosarios. Para aquel género de cretinos, Martine no hubiese sido hostil al restablecimiento de la pena capital"

Tras ello, Carrère se embarca en una chocante explicación final que me deja algo incómodo, como si toda la construcción, la brillante construcción previa, quedara justificada por una especie de conclusión beata y buenista que, sin estropear el libro, que es magnifico, sí que nos deja alguna duda sobre la intención de su autor.

También de Emmanuel Carrère en ULAD: Aquí