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viernes, 2 de diciembre de 2011

El libro de mi infancia: Francisco Ibáñez: Chapeau el Esmirriau y El antídoto, de Mortadelo y Filemón

Fecha de publicación de Chapeau el Esmirriau: 1971
Fecha de publicación de El antídoto: 1973
Valoración: Imprescindibles

Aprendí a leer con Mortadelo y Filemón. No es una fantasmada, es de verdad: mi tío Carlos era un gran fan de las aventuras de los dos agentes de la T.I.A. y, cuando yo era pequeño, siempre había "tebeos" en casa. No me acuerdo muy bien, pero mi madre cuenta que yo solía mirar los dibujos y, cada dos por tres, le preguntaba "¿qué dice aquí?", a lo que ella, solícita, respondía leyéndome los bocadillos. Supongo que la guardería ayudó, pero sin duda pude practicar mucho con ellos... Debió ser un gran éxito personal terminar mi primer volumen solo, sin ayuda.

Dicho esto, y para hacerlo breve, debo decir que Francisco Ibáñez me acompañó durante muchos, muchísimos años. Mortadelo y Filemón son una parte fundamental de mi infancia, y todavía hoy, si tengo un día tonto, me atrevo a comprar alguno de los últimos libros. Ya no es lo mismo, claro: el mundo del comic ha cambiado, yo he cambiado, el humor no es igual que en los ochenta, pero hay un "algo" mágico, una sensación de bienestar inexplicable, que siento cuando abro cualquiera de estos "tebeos" y le dedico un ratito a su lectura. Incluso me viene a la boca una memoria de galletas de chocolate, a mis casi 33 años... Supongo que la infancia era eso: jugar y comer galletas. La parte buena, al menos.

Como todo el mundo sabe, o casi todo el mundo, Mortadelo y Filemón son dos agentes de la T.I.A. que se dedican a resolver crímenes e investigar lo que sea que el jefe de ambos, el Súper, les encargue. Normalmente también aparecen dos secundarios imprescindibles: Ofelia, la secretaria, y el Profesor Bacterio, genio de los inventos. Y punto. No hay más misterio.

He seleccionado estos dos libros porque mi memoria es como es. Cuando pensé en escribir una breve reseñar sobre el libro de mi infancia, automáticamente concluí que no podía elegir TODOS los libros de Mortadelo y Filemón, por mucho que me gustara hacerlo. Así que me dije: ¿cuáles recuerdas vivamente? Y fueron estos dos. El primero, Chapeau el Esmirriau, cuenta la historia de un tipo pequeño con un sombrero alucinante, del que saca todo tipo de objetos, que roba una moneda valiosísima que los dos agentes deben recuperar. En el segundo, El antídoto, Mortadelo y Filemón deben viajar a la República de Bestiolandia para encontrar una hoja de Hierbajus Apestosus Repelentus, con la que podrán curar al Súper de un problemilla físico (careto de cerdo) causado por un invento del Profesor Bacterio.
Las aventuras de Mortadelo y Filemón siempre son iguales: 44 páginas de gags absurdos, Mortadelo disfrazándose de cosas, Filemón echándole la bronca, explosiones, equivocaciones, destrucción, gamberradas, peleas... Un festival del humor en toda regla, inolvidable, siempre con guiños a la situación política o cultural del momento, parodiando las series de televisión, el mundo del espionaje, los personajes públicos... Gracias a ellos, creo, descubrí en mí la afición por la lectura, y aunque no eran más que "tebeos" (en aquellos tiempos no se llamaban comics, y estaban considerados lectura para público infantil y juvenil), fueron cientos las horas que dediqué a revisar cada una de las viñetas, cada frase, cada pequeño chiste. Leí cada volumen con voracidad muchísimas veces, y guardo un cristalino recuerdo de la excitación con que llegaba a mis manos uno que no había leído. Ay, qué tiempos...

En fin. Gracias, Ibáñez, por todo lo que me enseñaste. Especialmente a mirar el mundo siempre, siempre, bajo el prisma del humor. En estos tiempos chungos que vivimos, hacen falta cosas así.


También de Francisco Ibáñez en ULAD: 13, Rue del Percebe

jueves, 6 de marzo de 2014

Biografías lectoras: La lista de la compra

  • Chuches, chocolatinas y pipas Facundo:
Todo Mortadelo (y todo Bruguera), el gran Guillermo el Travieso, auténtico rey de Inglaterra; Los tres investigadores, Verne, Stevenson, Conan DoyleLas minas del rey Salomón... la felicidad, según Borges.


  • Salsa de tomate y ketchup:
Agatha Christie (sobre todo Miss Marple, la abuelita que nadie quisiera tener), El misterio del cuarto amarillo de Gaston Leroux, Los crímenes de la Rue Morgue de Poe, Chacal de Frederick Forsyth...


  • Carne y pescado:
Vázquez Figueroa (el favorito en las bibliotecas de las cárceles, también), Stanislaw Lem,  La ciudad de los prodigios  (un prodigio, en sí misma), Cien años de soledad, claro... y Un día  en la vida de Iván Denisovich  (no pregunten por qué)...


  • Fruta y verdura:
El diablo sobre las colinas de Pavese, que me pilló en el  momento tonto. Qué hago yo aquí de Chatwin, que me abrió los ojos al mundo; Ficciones, de Borges, que me abrió los ojos a los libros; Los tíos de Sicilia  de Leonardo Sciascia, que me enseñó que la literatura podía tratar no sólo de lo literario; El barón rampante de Italo Calvino, que me enseñó que una novela podía ser perfecta, en fondo, en forma e intención. Y divertida y maravillosa…


  • Vino y licores:
            A partir de aquí y hasta la fecha, barra libre. Y que dure.


miércoles, 4 de marzo de 2015

Paco Roca: El invierno del dibujante

Idioma: español
Año de publicación: 2010
Valoración: muy recomendable

¡Qué bueno es Paco Roca! No sólo dibuja maravillosamente, sino que domina a la perfección el arte narrativo y sus historias rezuman humanidad por cada una de sus viñetas. Además, sin caer nunca en la complacencia maniquea ni evitar los aspectos más "incómodos" de sus personajes; muy al contrario, los señala y comprende como el autor profundo y verdadero que es.

Bueno, podría decir que aquí acaba el panegírico, pero no es así, porque el libro-cómic-novela gráfica (en este caso nunca "tebeo" pero no por las razones que cabría suponer...) de la que hablamos hoy sólo puede merecer mis más fervientes elogios. Para empezar, el tema que trata, un hecho poco conocido (supongo que incluso dentro del mundo de la historieta), quizás anecdótico, pero que sirve de punto de partida del argumento y de metáfora de toda una época de la Historia de España, tan gris y fría como un largo invierno: en la Navidad en 1958, una serie de dibujantes, que habían abandonado la célebre editorial Bruguera (rival acérrima de TBO, de ahí lo que he puesto antes) un año y medio atrás, para editar su propia revista, Tío Vivo, vuelven al redil tras haber fracasado económicamente (en buena parte por las trabas puestas por su editorial de origen). No eran unos dibujantes cualesquiera, sino los más destacados, hasta ese momento, de Bruguera: Conti (autor de Carioco), Cifré ( del Reporter Tribulete), Escobar (Zipi y Zape, no digo más...), Giner (El inspector Dan) y Peñarroya (Gordito Relleno)... estos "monstruos" quisieron desasirse del sistema impuesto en la editorial, que les aseguraba los ingresos, pero a cambio de una producción ingente y, sobre todo, de perder sus derechos sobre los dibujos entregados. Su partida, de todas formas, posibilitó la entrada en la editorial de nuevos valores, como Raf (Sir Tim O'Theo) y, sobre todo, el apabullante Francisco Ibáñez (Mortadelo y Filemón... para empezar). A partir de este momento, sin embargo, las historietas publicadas por Bruguera perdieron buena parte del carácter crítico y corrosivo que, al parecer, tenían hasta ese momento, a pesar de la censura imperante  (en esta novela gráfica también aparecen retratados otros grandes dibujantes como "Miquel Bernet, "Jorge, autor de Doña Urraca y padre de Jordi Bernet; el inclasificable, en todos los sentidos, Vázquez o escritores de la casa como Víctor Mora, guionista de El Jabato y El capitán Trueno o Francisco González Ledesma, alias "Silver Kane" cuando firmaba novelas del oeste y escritor de género negro, ahora tan en boga, con su nombre real).

Bueno, quién haya aguantado hasta aquí, tras este rosario de nombres, habrá adivinado que para el hoy gran dibujante Paco Roca todos éstos son los héroes de su infancia (y también para mí... o más bien, son los autores de los héroes de mi infancia) y, desde luego, eso se nota en el cariño con el que los ha retratado y contado sus cuitas. Lo ha hecho sin caer tampoco en una manida confrontación entre buenos y malos: en esta historia, todos tienen sus razones para actuar como actúan, incluso algunos de los que lo hacen de manera más implacable o falta de ética. Para empezar, varios de los personajes plasmados en El invierno del dibujante, como Josep Escobar o el jefe de publicaciones, Rafael González, habían sido represaliados por el régimen franquista y bastante les había costado salir adelante... Este exquisito trato a sus protagonistas (en verdad, esta es una historia coral) se corresponde con la gran elegancia desplegada en la composición gráfica y en la puesta en escena, atenta a todos los detalles de la época (magníficos los pequeños momentos costumbristas de la vida en la calles de Barcelona que nos brinda).

Recapitulando: una joya de libro, una pequeña obra maestra sobre una parte de nuestra Historia colectiva ... y sobre los creadores de una parte de nuestra historia personal. Al menos, de la mía.

Y una última nota: precisamente hace pocos días ha fallecido Francisco González Ledesma, a los 87 años de edad. Espero que esta reseña sirva como modesto homenaje, a él y al resto de los creadores que protagonizan este estupendo libro.




También de Paco Roca en ULAD: Los surcos del azar

lunes, 19 de julio de 2021

Marcial Lafuente Estefanía: Río de la muerte

Idioma original: castellano

Año de publicación: ni se sabe

Valoración: Inclasificable


Esto es muy bizarro, ya verán, pero la historia de la literatura tiene estas cosas (y muchas otras). Vean, Wikipedia dixit: 

'Marcial Antonio Lafuente Estefanía (,,,)  fue un popular escritor español de unas dos mil seiscientas novelas del oeste, considerado el máximo representante de dicho género en español. Además de publicar como M. L. Estefanía, utilizó seudónimos como Tony Spring, Arizona, Dan Lewis o Dan Luce y para firmar novelas rosas María Luisa Beorlegui y Cecilia de Iraluce. Las novelas publicadas bajo su nombre han sido escritas, o bien por él, o bien por sus hijos, Francisco o Federico, o por su nieto Federico, por lo que es posible encontrar novelas "inéditas" de Marcial Lafuente Estefanía'.

El subrayado de las dos mil seiscientas es mío, y no resulta menos relevante por el hecho de que se trate de relatos cortos de alrededor de cien páginas. Pero no acaba ahí la cosa. Por lo visto, este caballero fue miembro de la CNT, concejal y hasta general de artillería del Ejército republicano. Todo lo cual (más un cierto tiempo de cárcel) no impidió que su labor literaria, desarrollada íntegramente durante el franquismo, obtuviese un cierto reconocimiento a nivel popular. 

No nos paramos. Hace mucho tiempo me contaron que hubo una época (no, sé, hacia los años 50 o 60 del siglo pasado) en que se podían comprar ciertos libros en un kiosko y, una vez leídos, cambiarlos por otros, no sé si gratis o por un precio simbólico. Vamos, una especie de avance de lo que hoy sería el bookcrossing o nuestro uladiano #MULiLi, si ustedes prefieren. Algo sorprendente, sí, pero ¿saben quién era el number one, el que lo petaba en ese peculiar mercado del trueque? Pues claro, nuestro amigo Marcial, con sus dos mil seiscientas novelas del Oeste, seguramente adquiridas por el padre o la madre en el mismo lugar y al mismo tiempo que el TBO o el Mortadelo para el niño. Así que vamos allá con una de ellas.

En cada una de las orillas del río Pecos (no me dirán que esto no empieza como un western pata negra) hay un rancho, con las respectivas familias enfrentadas, en ambos casos padres viudos con varios hijos varones, que pugnan por destruir al contrario. Mejor dicho, pugna por ello una de las dos familias, porque unos son los buenos, y los otros, los malísimos. El colmo de la bondad es el joven Jeff, que además de bueno es alto, guapo y pelea como los ángeles, si es que los ángeles pelean, que eso no se sabe. Porque, cómo no, hay peleas en el salón, tenemos sheriff y juez bien integrados en la pequeña comunidad, alguna chica con papel muy muy secundario que aporta una pizca de ingrediente galante, torneos de puntería y carreras de caballos (el rodeo, eso sí, no sale). Vamos, que no falta casi nada en ese archiconocido universo que nos ha dejado tantísimas películas durante varias décadas. Y ojo, que nuestro amigo Marcial no es como aquel escritor de Juegos de la edad tardía que ambientaba obras en Nueva York sin haber estado nunca allí. Lafuente Estefanía vivió realmente en los Estados Unidos, y recorrió el país durante varios años, así que sabía de lo que hablaba.

El problema, como bien sabemos los que hemos visto montones de aquellas películas, es que hay algunas pocas muy buenas, bastantes regulares o pasables, y otra buena cantidad de basura, de eso que se llama (o llamaba, no sé) serie B. Es decir, parecidos ingredientes, personajes aparentemente similares, pero operando sobre guiones infames, con directores de pacotilla y actores ridículos. Imitación barata, estética cutre y consumo rápido, algo que podríamos definir como western-pulp, por ejemplo. Y qué quieren que les diga, como ya se habrá imaginado el lector, el librito de don Marcial (y supongo que los otros dos mil quinientos noventa y nueve) se mueve por esa misma zona. Viene a ser como una especie de minimalismo narrativo o literatura Primark, lo más básico de lo básico, algo que, dejando a un lado la abundancia de violencia y sangre, podría leer sin ningún problema un niño de ocho o diez años.

Admito que me apena un poco decirlo, porque por alguna razón me ha caído simpático el buen Marcial, pero no me sorprende que el mundo literario haya despreciado (o simplemente ignorado) este tipo de libros, no obstante su éxito comercial tanto en España como en Sudamérica, incluso en los propios Estados Unidos. Es todo tan simple, tan obvio, que no da ocasión a pensar  ni a detenerse en una imagen o un matiz, sencillamente porque no los tiene. Es un estricto producto de entretenimiento, algo en lo que emplear el puñado de minutos que uno puede precisar para despachar setenta páginas en vez de hacer cualquier otra cosa, fumarse un par de cigarros, hacer un crucigrama o, mucho peor, mirar las fotos que algún pelma ha colgado en Instagram.

Estos libros son desde luego la foto de una época y seguramente la de una clase social, la foto de quienes en aquella España gris, con el recuerdo fresco de la guerra y aplastados por un régimen mojigato y sobre todo aburrido, buscaban una distracción en estas sencillas historias de vaqueros que se vendían a precios populares. Una escapatoria, asequible y sin complicaciones, para llenar algunos ratos engañando a la frustración y las dificultades para llegar a fin de mes. Desde ese punto de vista, los libros de Lafuente Estefanía no serían desde luego literatura de gran valor, pero quizá sí una ayuda para quienes tuviesen la modestísima ambición de ir un pasito más allá de la radionovela o el carrusel deportivo.

A nosotros, desde unas cuantas décadas más adelante, todo esto no sirve al menos para entretenernos aunque sea de forma indirecta, porque no solo dedicamos una entrada a algo parecido a la arqueología literaria (y de alguna manera a reivindicar un nombre que tuvo su momento y su público), sino que bien podríamos montar una jugosa subserie de nuestras Malditas cubiertas, y hasta detenernos un poquito a pensar por qué, según lo que señala la Wiki que cito arriba, los seudónimos que utilizaba don Marcial para sus novelas rosas llevaban siempre apellidos vascos colgando de nombres de señoras.


lunes, 25 de abril de 2016

Francisco Ibáñez: 13, Rue del Percebe (edición integral)

Idioma: español
Año de edición: 2016 (por entregas, desde 1961 en la revista Tío Vivo)
Valoración: imprescindible

Decía Franco, ese hombre (al menos lo decía en aquella divertida película: Espérame en el cielo) que España era un cuartel. Bien, dado su peculiar sentido de la realidad, es de suponer que él lo viera así, pero se equivocaba: España -o cualquier otro país,nación o comunidad sobre esta Tierra- si se puede equiparar con algo es con una casa de vecinos. Bien que lo sabía el gran Francisco Ibáñez (como ante lo supo el no menos grande Joaquín Xaudaró o lo sabría después, como metáfora aún más general de lo que es la vida, el celebrado Georges Perec), que a partir del 6 de marzo de  1961, o sea, en el Pleistoceno medio , más o menos, comenzó a publicar esta serie de viñetas sobre un edificio de viviendas al que, misteriosamente, le había desaparecido la fachada, por lo que podíamos contemplar lo que ocurría en su interior, situada en la ya mítica dirección de la Rue del Percebe, nº13 (¿porque "rue" y no "calle"? Ni idea...).

He puesto que 1961 era el Pleistoceno -por favor, que no se me enfaden los nacidos antes de aquel año-, pero es que en comparación con la España y la Europa de ahora mismo, lo era. Veamos, sin embargo, si esta impresión no es engañosa: en nuestra casa de vecinos tenemos, en el piso inferior -en realidad, en plena calle-, aun tipo, don Hurón, viviendo en una alcantarilla y en el local comercial, a un tendero que no se corta en de engañar a su clientela. En el piso más alto, el ático, a un artista moroso que hace lo que sea para despistara sus acreedores -dicen que inspirado en el legendario Vázquez, compañero de Ibáñez en la editorial Bruguera-; ente medias, encontramos a un ladrón compulsivo, a un sastre poco escrupuloso con los encargos que le hacen los clientes, a una señora que regenta una pensión que más bien parece un "piso-patera", un ascensor cochambroso que no funciona.... ¿qué, se va pareciendo más a la realidad española actual? (un detalle en la última viñeta, correspondiente al año 2002, el ladrón fumándose un puro, le explica a un colega de profesión: "¡Quita , quita; ni robar carteras ni gallinas!¡Ahora estoy en el consejo de Administración del banco de Mindanao, Seychelles, Tortugaria!"... no quiero imaginar si la serie hubiese seguido hasta 2016...)

Bueno, no quiero ser malvado; también hay otros inquilinos cuyas aventuras -desventuras, en realidad- tiene un cariz más tierno o más locatis, pero menos ácido: la viejecita que acoge mascotas imposibles, el veterinario que se enfrenta a casos de lo más insólitos, el científico loco empeñado en crear monstruos, aunque le salgan muy poco terroríficos, la madre que tienen que lidiar con unos niños, estos sí que auténticamente pavorosos... o el ratón que tortura al gato de las formas más imaginativas y sádicas posible... bueno vale, éstos ya de "tiernos" tienen poco.

Con motivo del 80 cumpleaños de su autor-para quien no lo sepa, el padre de Mortadelo y Filemón, Sacarino, Rompetechos, etc...- se ha editado esta maravillosa edición integral con todas las historietas de 13, Rue del Percebe. Un acierto total que los fans de esta serie, los que nos destetamos leyendo Mortadelos, Tío Vivos o DDT no podremos sino agradecer siempre. otro acierto: ene sta edición integral no hay ni preámbulos ni epílogos escritos por alguna figura más o menos conocida de las letras o el tebeo... no hace falta, está todo en las viñetas inmortales de Ibáñez. ¡Quien, por cierto, ojalá cumpla muchos más!

Nota sobre la valoración: Tal vez a algún lector de este blog le llame la atención que la valoración de este libro sea la misma que la del Ulises, por mencionar la última reseña que ha firmado un servidor (por no recordar que la de Los reconocimentos, por ejemplo se queda "sólo" en muy recomendable). La razón es doble: por un lado, como ya se sabe, la valoración de los libros es competencia exclusiva de quien firma la reseña, aunque los compañeros del blog puedan no estar de acuerdo. Y sí, a mí me parece que esta recopilación es imprescindible, tanto para quien conoce y ha leído estas historietas como para quien no las conoce aún (incluso más para éstos últimos).

En segundo lugar, aunque pueda parecer fruto del capricho, yo al menos sopeso varios aspectos antes de atribuirle una valoración u otra al libro reseñado. Uno de ellos es su excelencia literaria o falta de ella; también la importancia para la literatura que puede haber tenido o tiene aún la obra reseñada. Pero no deja de ser importante también la vivencia personal, subjetiva, que tenemos los reseñistas -o tengo yo- con el libro reseñado. de hecho, eso es lo que hace que las valoraciones de este blog no pretendan ser un "canon" inamovible, sino propuestas de lectura, incluso consejos de amigos, creo yo... Y según este último criterio, no puedo considerar a esa recopilación sino como imprescindible.

Otros títulos de Francisco Ibáñez reseñados en Un Libro Al Día: Chapeau el Esmirriau, El antídoto

sábado, 29 de enero de 2022

José Domingo: Aventuras de un oficinista japonés

Idioma: ninguno

Año de publicación: 2012 (2017 con "Guía de lectura")

Valoración: Bastante recomendable

¿Quién ha dicho que la vida de un gris oficinista, de un simple chupatintas, ha de ser monótona y aburrida? Que se lo digan al protagonista de este cómic, un buen señor que sale de trabajar y en el trayecto hasta su casa le ocurre de todo. Pero cuando digo de todo, quiero decir DE TODO... ¿Qué se os ocurre, a ver? ¿Que le persiga un rollito de sushi gigante? Pues le pasa. ¿Que se cuele en la morada de unos gaijin caníbales? Pues pasa también. ¿En una secta satánica que maneja el servicio de Correos? Ídem. ¿Ser deglutido y... ejem, defecado en forma de bola gigante de chicle por un alienígena? Pues igual. ¿Que se enamore en medio de tanto ajetreo? En fin, no os voy a contar todas las vicisitudes del buen hombre, pero insisto: le pasa de todo, cualquier cosa que os podáis imaginar...

Y toda esta delirante historia (no cabe sino calificarla así) narrada sin una sola palabra, aparte de los carteles en japonés o inglés que se ven en los edificios, y a través de unas viñetas con un encuadre fijo picado y con perspectiva diédrica, a razón de cuatro por página (excepto alguna en la que se unen parara permitir una panorámica más amplia de la escena-; estos elementos formales , así como el aire naïf de los dibujos, hacen recordar la estética de los videojuegos, hoy en día ya vintage: en efecto, nuestro oficinista parece un personaje de Mario Bros. o Donkey Kong que tiene que ir pasando pantallas, a cada cual más extravagante... otra circunstancia que remite a la "cultura visual y narrativa" (esto me está quedando un poco cooltureta... sorry) que recibimos los niños de hace... ejem, taitantos años es la prolijidad de detalles y personajes secundarios, de pequeñas historias que abundan en todas las viñetas, como ocurría (y sigue ocurriendo) en aquellos míticos tebeos de Mortadelo o Superlópez. De hecho, y aunque para su disfrute ayuda no poco el gran formato que tiene este libro, en la edición del cómic que yo he leído, al menos, adjunta una guía, página por página, para no perderse todos estos detalles que, en una primera lectura, es fácil que nos pasen desapercibidos. Se impone, pues, una segunda lectura -y no descartéis una tercera, cuarta...- no menos regocijante que la primera, aunque ya no se pueda igualar el nivel de sorpresa inicial.

Por supuesto, señalar que el artífice de esta genial "ida de olla" es el aragallego (o gallegonés), al que imagino levantándose cada mañana dispuesto a plasmar en el papel las flipadas oníricas que había soñado infligirle, quizás a modo de terapia, al pobre oficinista japonés de su historia. O tal vez no lo soñara, sino todo sea el resultado de una imaginación desbocada, lo cual, huelga decirlo, está requetebién, más aún viendo el resultado... (tanto que este cómic recibió, en su momento, el premio nacional del Salón de Cómic de Barcelona y llegó a estar nominado para el Eisner). Como sea, es una obra especialmente disfrutable. Y, además, aquellos a los que se nos va de vez en cuando la pinza, se lo agradecemos a su autor: sabemos que no estamos solos...


lunes, 2 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Windows

Mucho hemos tardado. Fue allá por el quinto aniversario de este Un libro al día cuando quienes por esa época llenaban de reseñas el blog se decidieron a desnudarse un poco y mostrar al mundo algo de su currículum lector, claro está, el anterior a embarcarse en este pequeña aventura. Han transcurrido no ya otros cinco años, sino seis, y todavía varios de ellos conservan humor y afición suficientes para seguir aquí, ni siquiera hace falta que los nombre, porque todos los conocéis: los cuatro fantásticos de ULAD. Y ahora, así, en frío, nos lanzan a los más jóvenes recientes colaboradores una invitación, no sé si algo envenenada, para que pasemos por el mismo trance. No sé si con más pudor que entusiasmo aceptamos la iniciativa, y aquí nos tendréis, uno tras otro, contando nuestras batallitas con los libros, espero que para entretener y no para aburrir.

ooooOoooo

Hummm… esto de las biografías lectoras tiene un peligro evidente: el autobombo, en plan: yo, devorador de libros desde mi la más tierna infancia, a los trece ya leía a Sartre y me había despachado la Ética a Nicómaco, lo que más me divertía era leer a Joyce en versión original para descubrir los matices del humor irlandés, y para mi decimoquinto cumpleaños me pedí las obras completas de… No va a ser mi caso. De hecho mi trayectoria como lector es bastante poco espectacular, discreta, hasta corriente.

La Prehistoria 

Podría llamar así a esa etapa inicial de la infancia, más o menos tardía, porque todavía ni siquiera había comenzado propiamente mi historia como lector. Uno no era nada parecido a esos niños ensimismados/entusiasmados tras las páginas de un libro en un desván (vamos, el Bastian de La historia interminable), ni siquiera despachaba con avidez colecciones para chavales, y de hecho nunca he leído nada de Los Cinco o similares. Las que sí volaban eran las páginas de tebeos de Mortadelo, Zipi y Zape y cosas así, ya saben, Ibáñez, Vázquez y toda esa tropa, además de algunos antiguos de Superman y Hazañas bélicas de mi hermano mayor. Entre aquella marea de historietas ilustradas apenas pudo hacerse hueco alguna cosa de tapas algo más sólidas: El principito que mandaban leer en el colegio, Viaje al centro de la Tierra (único Julio Verne que quise leer de una amplia colección a mi disposición) o, algo más tarde, el Diario de Ana Frank, además de un venerable tomo sobre astronomía que todavía luce su lomo azul en lugar preminente del salón, faltaría más. Las ventanas eran pequeñas, apenas dejaban ver el exterior, pero sí se podía intuir que algo asomaba por ellas.

La verdad está ahí fuera

Efectivamente, el primer impulso para ver lo que había detrás de los libros parece que me llevó, más que hacia la literatura, hacia los misterios de lo paranormal. No sé hasta dónde pudo influir la combinación previa entre Julio Verne y el libro sobre los cuerpos celestes, creo que no mucho, más bien debió ser el descubrimiento de los libros de mi primo Javi, que incluía unos cuanto títulos de gente como Erich von Däniken o Charles Berlitz. No sé cuántos de esos libros leí ni cuáles eran, solo se me ha quedado grabado el título de El triángulo de las Bermudas. Pero en todo caso eran distintos (aunque me temo que muy semejantes) tipos de misterios sobre ruinas mayas, extraterrestres, mensajes ocultos o desapariciones inexplicables. Servidor era desde luego muy crédulo, y debatía con ardor frente a quien se atreviese a poner en duda mis asombrosos descubrimientos. El asunto terminó de golpe cuando leí (no sé si en libro o en alguna revista) que J.J. Benítez afirmaba que había estado (de cuerpo presente, no en ensoñación) en Ganímedes, el satélite de Júpiter que yo conocía tan bien por el libro de astronomía. No, este señor no había estado en Ganímedes ni de coña, y en tiempo récord me convertí en agnóstico en materia paranormal. Posiblemente gracias a eso estuve preparado para abrir la siguiente ventana. La buena.

Los hermanos Maristas

Es muy posible que sea el único que lo diga, pero es de justicia: en favor de mi afición lectora intervinieron de forma decisiva dos profesores de Maristas de Bilbao. El primero fue el hermano Palencia (nunca supe su nombre). El plan de estudios incluía por esa época más bien algunos clásicos, supongo que el Quijote, el Lazarillo, Bécquer y no recuerdo qué más. O sea, nada demasiado atractivo para un chaval de quince o dieciséis años. Pero es que el hermano Palencia, desde luego muy a su pesar, nos hacía tanta gracia cuando hablaba enfáticamente de esos libros o cuando leía algún párrafo, que terminó por engancharme un poquito. También por ahí pudo empezar a entrar cierta afición a la poesía, quizá Machado, Lorca, mi paisano Blas de Otero, y tal vez la que podría considerar mi primera lectura seria: La catedral, de Blasco Ibáñez.

La estocada decisiva me la dio don Pedro Orbezua, a quien seguramente haya ya citado alguna vez aquí. En clase era el hombre más serio y enérgico del mundo, inflexible, granítico, nos tenía acojonados pese a estar ya (nosotros, no él) en edad plenamente contestataria. Pero oiga, cada día entraba en clase con cuatro o cinco libros para leer pasajes concretos en que apoyar sus explicaciones. Y ahí sí que se abrieron las ventanas de par en par. En el irremediable orden cronológico entraron el 98, la generación del 27, Cela y Sender, y sobre todo la narrativa española de los 60 tras los pasos de Joyce o Faulkner, el existencialismo, Camus… En fin, todo ese mundo de la literatura irrumpió por aquella ventana como una luz inmensa, desordenada, inabarcable y fascinante.

Y todo lo demás

Cuento tantas cosas de ese momento cero porque a partir de ahí todo fue un flujo interminable que ha llegado hasta hoy mismo, con la misma ansia de conocerlo todo y sin nada que se pareciese a un sistema. Quizá de lo primero realmente potente, tras amagar con el Retrato del artista adolescente y Dublineses, fue el Ulises, pero mezclado con mil cosas heterogéneas: el descubrimiento de que los clásicos griegos no eran un tostón incomprensible (La Odisea, Sófocles), La metamorfosis, César Vallejo, La muerte en Venecia, Shakespeare, Sartre, Valle-Inclán, León Felipe, Nietzsche, Jorge Manrique, libros políticos a cascoporro, la Biblia y el Corán, Quevedo, por supuesto Cien años de soledad… 

No sería capaz de destacar hitos concretos, seguramente cada uno de esos grandes títulos de la literatura fue en sí mismo un gran empujón, el impulso hacia otras de las miles de ofertas que este arte iba sembrando aquí y allá. Pero tal vez hubo momentos en que determinados títulos me ayudaron a abrir nuevas ventanas a libros que escapaban a los clásicos consagrados. Ahí tuvieron bastante culpa El nombre de la rosa y, unos años más tarde, Juegos de la edad tardía. Efectivamente, había vida más allá de los 60 o 70 del siglo pasado y, aun manteniendo mi reverencia hacia los clásicos, también había que conocerla. Así se ha ido formando un aluvión casi aleatorio, una masa creo que bastante respetable, aunque muy modesta en comparación con mucha gente, seguramente todos mis compañeros de blog y muchos de nuestros habituales lectores. 

¿Qué ha quedado en limpio de todos estos años de lectura caótica? Pues muy buenos ratos, algunas decepciones y tiempo perdido en cosas que no lo merecían, recuerdos de libros venerables, muchos olvidados por mi escasa memoria, y la sensación de haber explorado, aunque solo sea un poquito, el genio y el trabajo de muchos tipos brillantes que lo dejaron ahí escrito para que otros, en el momento o muchos años después, lo disfrutemos o aprendamos con ellos.

Y esto continúa.

martes, 28 de julio de 2009

Marjane Satrapi: Bordados

Título original: Broderies
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 2003
Valoración: Muy recomendable

No es la primera reseña que hago de esta autora de comic iraní, afincada en París, y probablemente tampoco sea la última. Ella fue quien me abrió las puertas al mundo del comic, más allá de Mortadelo y Filemón o Zipi Zape. Aunque sólo sea por eso, le estoy profundamente agradecido. Sin embargo, mi agradecimiento va mucho más allá. Gracias a ella me he acercado a la realidad iraní y a su historia, lo que recientemente me ha permitido comprender mejor las revueltas surgidas tras las pasadas elecciones. Gracias a ella he disfrutado de horas de inmenso placer literario, mientras devoraba las páginas de Persépolis o Pollo con ciruelas. Hoy es el turno de Bordados, una novela gráfica o, por calificarla mejor, un conjunto de cotilleos reunidos en torno a viñetas dibujadas al más puro estilo de Satrapi.

Si un lector se adentra en el mundo de esta autora por este comic, probablemente se sienta algo decepcionado o incompleto. En mi opinión, Bordados es una especie de complemento a Persépolis, en el sentido de que sirve para completar la visión que de Irán se nos muestra en esta última. Si Persépolis nos ofrece la evolución histórica de la revolución islámica desde los ojos de una niña (más adelante, una joven), Bordados nos sitúa en el mismo centro de una conversación de café entre mujeres iraníes para permitirnos conocer lo que piensan sobre su día a día y, muy en particular, sobre sus relaciones con los hombres. El mismo título del comic nos orienta hacia la pérdida de la virginidad ("bordado" se refiere a la operación para restaurar el hímen), tema recurrente a lo largo de las conversaciones de las mujeres protagonistas.

Sencillas, directas, sin tapujos. Así hablan, comentan, se ríen y entablan conversaciones sobre temas que, a primera luz, pueden parecer tremendamente banales, pero que en el fondo encierran las grandes preocupaciones del ser humano. En cualquier caso, el mayor logro de Satrapi probablemente sea trasladarnos efectivamente a ese corro de mujeres y convertirnos en testigos de primera fila de sus charlas, de modo que, cuando uno cierra el libro, parece que acaba de tomarse un té, rodeado de mujeres iraníes, sobre las que conoce hasta sus más íntimos secretos.

También de Marjane Satrapi en ULAD: Pollo con ciruelasPersépolis

viernes, 7 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Todo leído, todo por leer

Una de las escenas del crimen
Marrón. Papeleta. Papelón. Reto. Desafío.

Vergüenza.

Pues no es desnudarse ni nada el autobiografiarse a base de lecturas. No serviría una listita tipo libros que llevarse a una lista desierta. No. Hay que echar mano de recuerdos íntimos, algunos de los cuales puede que no sean para hacer grandes alardes.
Guillermo el travieso, los libros del Los cinco del pino solitario (que dejaron en mí una enorme curiosidad por esos pícnic con cerveza de jengibre, mejunje que, con el paso del tiempo, descubrí que era el ginger ale). Son primeras lecturas conscientes y espontáneas, porque andan por casa. Igual que los cómics (entonces se llamaban tebeos) de Mortadelo y una curiosa cosa llamada algo así como clásicos o narraciones ilustradas donde Jules Verne (entonces le llamaban Julio) arrasaba.
Sería imperdonable no mencionar Marsuf, el vagabundo del espacio de Tomás Salvador: ese fue mi primer disfrute no sólo del fondo sino de la forma. Un libro al que le faltaban media docena de páginas, que cayó en mis manos de la manera más casual.
Las lecturas obligatorias de los estudios secundarios: cómo, si no, hubiera accedido a la oscuridad gótica de Josafat de Prudenci Bertrana o a la narrativa chispeante y socarrona de Quim Monzó. Por no hablar de la angustia y la sobriedad de Pérez Galdós.
A pesar de lo cual diría que mi primer shock surgió de leer a Hunter.S.Thompson. Tanto, que pasadas unas décadas, releerlo me supuso una relativa decepción. El primer corte, dicen, es el más profundo.
Supongo que muchos habremos tenido nuestra fase de fascinación por el género fantástico y la mía se desplazó de Asimov y Philip K. Dick a Lovecraft. Tanto me obsesionaron que acumulé colecciones hasta que la cosa remitió.
Y de ahí salté al páramo. Con excepciones contadas, y no todas demasiado honrosas (Katzenbach, Wolfe, Gordon, madre mía, negaré haber dicho que leí un libro de Noah Gordon o uno de esos best-sellers de John Grisham), transité unos lustros en medio de lecturas técnicas relacionadas con mi actividad profesional. Sin resquicio para ficción o ensayo, nada creo que interese a nadie aquí de Criterios de valoración de empresas o El control de gestión: una perspectiva de dirección.
Entonces (porque me lo iba mereciendo) Roberto Bolaño me salvó: pegándome una patada en la cara. Pero me salvó. Curioso, por una crítica encendida que leí en la revista RockDeLux, una crítica post-mórtem de esa moderna biblia que es 2666. Y es que, gran sacrilegio, he de reconocer que todavía tengo más discos que libros, y que mucha de mi curiosidad literaria procede del mundo musical: Hornby, Welsh, Amat. Peor aún, tengo una teoría que une la cuestión literaria y la musical, y sé, sé, repito, que no te puede gustar un escritor como David Foster Wallace a la vez que un tipejo como David Bisbal. Acabáramos.
Sí, ahí está el germen de mi reenganche, y por eso siempre agradeceré hasta los peores patinazos del escritor chileno. Por eso mi primera reseña aquí fue la de Estrella distante y por eso me enfrasqué en una búsqueda de influídos por e influyentes de. Por esa telaraña llegué a Houellebecq (puede que Houellebecq ya me interesara antes, por eso), a Franzen, a Kapuscinski y a muchos otros con los que sé que me pongo muy pesado demasiado a menudo. De ahí ese lustro largo de lectura impulsiva y compulsiva y cierta querencia por lo contemporáneo y por cierta literatura muy visual y cercana al pop. Quizás, a viernes como sale este texto, ya estemos un poquitín saturados de listas y relaciones, pero en fin. No querría olvidar a Capote, a Vila-Matas, a los buenos libros de Paul Auster, a Cormac McCarthy, a Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Richard Ford, Santiago Gamboa. Pero soy injusto, seguro.
Por cierto, igualmente he de agradecer a los malos escritores que me hayan ofrecido la posibilidad de, por contraste, apreciar a los buenos. Es muy cruel haber de mencionarlos justo en este momento tan idílico. Pero por qué no. Ray Loriga, Amélie Nothomb, gracias por vuestra insignificancia. Y los mayores placeres recientes ya he procurado que salgan en mis reseñas, así que igual sería demasiado repetitivo y demasiado autobombástico referirlos de nuevo. Por ahí me encontraréis cada cuatro o cinco días. Un placer.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Arturo Pérez-Reverte: Hombres buenos

Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: por una parte, está bien; por otra, intragable


Hacía un porrón de años que no leía nada de Pérez-Reverte. Cuando escribo "porrón", me refiero a la época de los primeros Alatristes...¿cuánto hace ya de eso? ¿Doce, quince años? Por ahí... Lo menciono porque aunque me consta que él ha ido sacando libros con la regularidad de un metrónomo o un desfile militar (¿cómo no enterarse, con las campañas de promoción por tierra, mar y aire que suelen acompañar el lanzamiento de sus novelas?), yo no tenía mucha idea de por dónde han ido sus derroteros literarios; si sigue haciendo lo de antes o ha evolucionado hacia... yo qué sé, la autoficción metaliteraria. Por decir algo. 

Impelido por razones que no vienen al caso a leer su última novela, Hombres buenos, ahora puedo afirmar que Pérez-Reverte ha mejorado bastante como escritor: ya no abundan tanto los lugares comunes, los diálogos chulescos... los personajes apareen definidos por algo más que un patronímico chocante y dos o tres rasgos tópicos (ahora son cuatro. por lo menos); la narración se ha vuelto menos efectista y más reflexiva. A cambio, el libro también resulta más aburrido, me temo. También es verdad que la historia que nos cuenta no resulta especialmente trepidante: se trata del viaje -auténtico- que, a finales del siglo XVIII, realizaron a París dos miembros de la Real Academia Española de la Lengua con el objeto de adquirir, para tan venerable institución, una primera edición completa de la Enciclopédie de Diderot y D'Alembert, el no va más del saber científico y filosófico del momento. Una historia ésta que con seguridad le resulta especialmente cara a don Pérez-Reverte, pues no olvidemos -ni podemos hacerlo, puesto que él se encarga de recordárnoslo a lo largo de todo el libro- que también es académico de la RAE... pero una historia, en fin, que a pesar de los loables intentos del autor por darle vidilla a la trama, da como resultado una novela fundamentada, más que nada, en una recreación histórica minuciosa -y aparentemente bien conseguida, hay que decirlo- y en los constantes diálogos entre los personajes. Conversaciones que tratan sobre todo, como no podía ser de otra forma, de: 
1-Libros y autores de la época.
2-La disyuntiva entre tradición /modernidad o ciencia/ superstición (por no decir religión).
3-España; es decir: los males de España; los remedios a los males de España; la dificultad de aplicar los remedios de los males de España, etc... (toda una fiesta, vaya).

Los protagonistas, el marino don Pedro Zárate y el bibliotecario don Hermógenes, resultan una pareja dispar pero bien avenida (en la tradición de las buddy stories: Don Quijote y Sancho, el Gordo y el Flaco, Mortadelo y Filemón...); demasiado bien avenida, quizá, desperdiciando el juego que podrían haber dado sus desavenencias. Menos mal que a partir de un cierto momento se les incorpora el ínclito y revolucionario abate Bringas, (personaje también real, al parecer), para aportar la nota discordante. En todo caso, resulta incluso loable la idea de honrar la memoria de unos hombres que trataron, en la medida de sus posibilidades, de contribuir a desasnar a sus compatriotas (con eficacia harto discutible, como demostraron los dos siglos subsiguientes).

Para ser justos, hay que admitir que el resultado de estas casi seicientas páginas es una novela correcta, bien escrita y ambientada, de lectura fácil aunque, como ya he señalado, más bien aburridilla. Pero en fin, aconsejable a quien le gusten las recreaciones históricas y las novelas de corte convencional. Ahora bien... quizá no tan convencional porque resulta que Pérez-Reverte sí que se dedica, o al menos lo utiliza,  a ese recurso tan à la page que es la llamada "autoficción". Aunque sea una autoficción un tanto impostada: en efecto, don Arturo se coloca a sí mismo como personaje para contarnos sus cuitas, indagaciones y difíciles pesquisas para documentar esta novela como es debido (perfeccionista que es... y deja ver). Es un truco muy pillo, puesto que le sirve, por un lado, para colarnos así la información que, en rigor, debería de proporcionarse a través de la narración en sí. Y por otro, nos demuestra lo muchísimo que ha trabajado en la ambientación, a pesar de que tal cosa no se trasluzca siempre en la novela (por ejemplo: nos cuenta los muchos y venerables libros y cartografía que hubo de consultar para establecer la ruta exacta de Madrid a París en el siglo XVIII, con sus casas de posta, etc... y luego, apenas lo utiliza al contar el viaje). De paso, inserta como personajes a algunos de sus compañeros académicos, a quienes seguro se les hizo el culo gaseosa al verse inmortalizados en tan insigne obra.

¿Les parece que el tono de la reseña se ha ido agriando en el anterior párrafo? Pues sí, lo siento... pero si hay algo que me toca las narices -por no decir otra cosa- es esta puñetera moda de la autoficción, más aún si es fullera, como es el caso... ¿Quién les ha dicho a los juntaletras de turno que a los lectores nos interesan un pimiento su vida y circunstancias? Por lo que a mí respecta, acepto -a regañadientes- que lo haga Emmanuel Carrére, por ejemplo, que ha demostrado ser un buen escritor; paso por que lo haga Laurent Binet, que parece buen chaval. Incluso se lo puedo perdonar a... no sé, Paco Roca, que al menos tiene el doble curro de dibujar y escribir (a Cercas, por si alguien se lo está preguntando, no se lo perdono). ¿Pero a Pérez-Reverte? ¡Ni hablar del peluquín! Además, si quisiera saber algo -más- de su vida, para eso está twitter, que tampoco es que sea muy discreto, el hombre...

Vamos, jamais de la vie! (que es la manera fina de decir que en mi **** vida).

(Pido perdón si alguien se siente molesto por las palabras de mi último párrafo -excepto si se trata del autor del libro, claro está-, y les doy gracias a todos por su comprensión al permitirme el desahogo. Que tós semos personas humanas... ¿que no?).


Otros libros de Arturo Pérez-Reverte en ULADCabo TrafalgarLa sombra del águilaEl maestro de esgrimaLa reina del sur

martes, 3 de agosto de 2021

Gastón Segura: Los invertebrados

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021
Valoración: Recomendable

Dice la faja de este libro (¡malditas fajas!) algo así como "Cuando se cumplen 10 años del 15-M, llega su novela". Igual es mucho decir. Vale que la novela está ambientada en los días (especialmente) anteriores al "festejo" y por supuesto que puede ser leída como una metáfora de lo que acabó siendo todo aquello, pero creo que el texto va un poco más allá.

Y es que "Los invertebrados" vendría a ser, más bien, una crítica / burla de la sociedad española en los "alocados" años del aznarismo / aguirrismo (no demasiado diferentes, por otra parte, de los "alegres" años de felipismo: Expo 92, JJOO, etc), años en los que trepas y jetas del más diverso pelaje y condición campaban a sus anchas haciendo y deshaciendo a su antojo los más variados pufos, chanchullos y mamandurrias. Pero cuidado que aquí no solo sale escaldada la clase política. Hay leña para todos: "artistas" de medio pelo, gente "guapa", nobles de pacotilla, mindundis con ínfulas... Casi todos ellos embusteros, gorrones, pelotas, faranduleros, narcisistas... Vaya, lo que sería no dejar títere con cabeza.

En cuanto a la trama de la novela, esta se centra en Moisés Marmelo, "rojete" que tras una larga convalecencia en un hospital se encuentra con que el chiringuito (no de los de cervecita, vermouth y terraceo) en el que por avatares del destino trabajaba ha echado la persiana, lo que da paso a una "novela negra", con sus matones, policías corruptos y fiambres, con sus chantajes, trapisondas y pesquisas varias, aunque siempre con el humor como eje central del texto.

Ese, el humor, es un elemento clave ya que "Los invertebrados" se mueve entre lo esperpéntico, lo grotesco y lo picaresco, con personajes bufonescos que recuerdan a la mejor tradición literaria española. Ligado de forma indisoluble a lo anterior está el estilo, muy en la línea de esa tradición, con un lenguaje, al mismo tiempo, cuidado y "castizo" y con unos personajes muy definidos ya desde los propios nombres.

Todo esto hace de "Los invertebrados" una novela en cierto modo sorprendente (tal vez por mis propias expectativas) que nos sitúa ante esos espejos deformantes de los que hablaba Valle-Inclán. Si acaso, por ponerle algún pero a la novela, creo que ese factor sorpresa y ese trepidante ritmo inicial (por momentos, parece que estamos hasta en un cómic de Mortadelo y Filemón) decae hacia la parte final, esa en la que la novela "negra", con todas las comillas del mundo, pierde peso.

jueves, 17 de octubre de 2019

Edogawa Rampo: El Lagarto Negro

Idioma original: Japonés
Título original: Kurotokage (黒蜥蜴)
Traducción: Lourdes Porta
Año de publicación: 1934, por entregas
Valoración: Se deja leer

El Lagarto Negro es la novela más emblemática de Edogawa Rampo. Originalmente fue publicada por entregas, de modo que muchos de sus capítulos empiezan con un resumen de lo sucedido previamente o acaban en un angustioso "cliffhanger". Evidentemente, esta naturaleza folletinesca resta empaque a la historia, provoca reiteraciones innecesarias y promueve omisiones sonadísimas. Pese a todo, la obra funciona en tanto que entretenimiento "kitsch".

Su argumento es simple: el detective Kogorô Akechi tendrá que enfrentarse, en una batalla sin parangón, a madame Midorikawa, una peligrosa criminal. Estas páginas nos ofrecen el robo de un diamante, damiselas en apuros y un museo del terror. ¿Qué más podemos pedir los fans de la literatura "pulp"? Para nosotros es imposible no encariñarse con El Lagarto Negro; su ingenuidad y sus extravagancias resultan francamente conmovedoras.

Estos son, a mi juicio, los aspectos positivos del relato: 

  • Se lee de un tirón. 
  • No se toma en serio a sí mismo. 
  • Su acabado "naif". 
  • Sus toques de género negro.
  • Las bizarradas "eroguro" que asoman de tanto en tanto.
  • Las referencias a la cultura oriental. 
  • Los cuatro primeros capítulos y la escena de la persecución.
  • El final, aunque es un tanto gratuito y pretencioso.  

Por otro lado, es innegable que esta ficción está repleta de defectos: 

  • Tiene errores de continuidad a punta pala. Por ejemplo: llegados a cierto punto, el narrador deja de referirse a madame Midorikawa como «el Ángel Negro». Así, de golpe. Y, ya que hablamos de apodos, Akechi comienza a llamar a su adversaria «Lagarto Negro», pese a no tener ninguna razón para hacerlo.
  • Hay que suspender la incredulidad para tragarse algunas cosas. El detective comete varias torpezas absurdas, teniendo en cuenta que es un veterano experimentado; madame Midorikawa no se siente tan amenazante como debería; ambos personajes se disfrazan igual de rápido que Mortadelo; en una sola noche, un joven delincuente aprende a actuar como si fuera un erudito... ¿Sigo?
  • Sus golpes de efecto se antojan rocambolescos cuando no directamente inverosímiles. Para colmo, la mayoría no son satisfactorios, pues Rampo nunca da pistas que permitan al lector atento predecirlos.
  • Hay bastante acción a lo largo del relato, pero ésta pierde intensidad por culpa de un manejo infantil de la tensión y múltiples conveniencias. 
  • La homogeneidad de un par de voces acaba siendo un recurso tramposo con el que sembrar una duda facilona. 
  • Desaprovecha ocasiones en las que podría haber dado profundidad a los personajes. Por ejemplo, el sentimiento de culpabilidad que atormenta a Jun’ichi Amamiya, uno de los secuaces de madame Midorikawa, nunca se trae a colación tras la presentación del personaje. La mismísima Lagarto Negro padece una «curiosa enfermedad» (exhibicionismo), y este hecho apenas tiene peso narrativo. ¿Y qué hay de la supuesta admiración mutua que sienten Akechi y su rival, apenas insinuada?  
  • Es evidente que Rampo añade párrafos adicionales, especialmente después de un diálogo, con tal de prolongar los escuetos capítulos que componen este libro. 
  • Usa términos ridículos como «malhechor», «esbirros» o «trifulca».

La novela cuenta con adaptaciones en varios formatos: a la televisión, al manga, a teatro y al cine. De sus dos versiones a la gran pantalla, la más memorable es la que dirigió Kinji Fukasaku y guionizó Yukio Mishima. Este film se toma algunas licencias (aunque, por lo general, respeta la esencia y argumento del material original), por lo que funciona como complemento del mismo. De visionado imprescindible para los que nos encanta la "serie B" genuina.        


También de Edogawa Rampo en ULAD: La bestia ciega, La bestia entre las sombrasCrímenes selectos

viernes, 12 de abril de 2024

Eduardo Mendoza: Tres enigmas para la Organización

Idioma: español

Año de publicación: 2024

Valoración: está bien

Vamos a reconocer de una vez que Eduardo Mendoza es el escritor español y puede que de todo el mundo más listo que hay. las pruebas: escribió hace ya casi cincuenta años una novela de pretigio, pese a su carácter bastante disfrutón, como se dice ahora o disfrutona pese a tener prestigio, si se prefiere). Repitió la jugada años después con otra no menos disfrutona y prestigiosa y entre medias, unas novelitas graciosetas, como para relajar la mano sin perder el pulso, que tuvieron igualmente gran predicamento, porque a todo el mundo le gusta echarse unas risas. Después multiplicó la jugada con una narración por entregas que acabó siendo un bombazo y el hombre lo vio claro... ¿Para qué preocuparse en escribir novelas más o menos serias, sin duda excelentes, pero que gozaban de menor favor del público lector? Después de todo, ya había demostrado (y demostraría aún en más de una ocasión) lo que era capaz de hacer y si el populacho quería jolgorio y cachondeo, pues eso le iba a dar, que ahí están los chines, después de todo. Así, Mendoza ha acabado convirtiéndose en el autor español de humor más reconocido, celebrado y, sobre todo, rico... quiero decir exitoso, que ya se sabe que los literatos no escriben para ganar dinero. 

En fin, que el señor Mendoza lleva ya años y lustros escribiendo novelas más o menos humorísticas, más o menos originales y más o menos conseguidas. De las que yo he leído (tampoco todo) de lo que va de siglo, destacaría, por ejemplo, El asombroso viaje de Pomponio Flato, cuyo título, simplemente, ya mueve a la sonrisa o Riña de gatos, que, en cambio, no es demasiado cómica, o lo es todo lo que puede serlo un asunto tan risueño como la Guerra Civil española (ninguna de las dos novelas reseñadas en el blog, por cierto... de momento). 

Su última creación, al menos publicada, es, cómo no, otra novela de humor, está Tres enigmas para la Organización, de la que es difícil hacer spoilers, porque ya su título lo dice todo: la citada Organización es una agencia española de ¿seguridad? ¿Inteligencia? ultrasecreta que se ocupa de resolver  relacionar casos que han quedado fuera del alcance del resto de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Con base en una oficina del Ensanche de Barcelona, la Organización es lo más parecido a la T.I.A. del añorado Ibáñez que podemos encontrar en el panorama literario y sus agentes no menos precarios y peculiares que los mismísimos Mortadelo y Filemón: camuflados (?) tras noms de guerre como Pocorrabo,  Buscabrega, Monososo, la Boni o la señora Grassiela, se afanarán en desentrañar tres misterios que si jefe -simplemente conocido como el Jefe- se ha empeñado en que deben guardar relación entre sí: el suicidio de un cliente de un hotel de las Ramblas, la desaparición del propietario de un lujoso yate amarrado en el puerto y el sorprendente manteniendo de precios bajos de la empresa Conservas Fernández. Pese a su apariencia inoperante, la troupe de la organización no se mueve mal en las labores detectivescas, un poco al estilo de los ocupantes de la Casa de la Ciénaga de Mick Herron o los poulets grillés de Sóphie Hénaff, y los tres casos, entre peripecia y trapisonda, se van desenredado a la vez que se imbrican entre sí, por paradójico que resulte...

Con estos huesos se puede hacer buen caldo y a don Eduardo no le sale mal, gracias a su proverbial socarronería, a su inventiva para los personajes extravagantes y a un lenguaje entre relamido y a la pata llana que resulta de lo más eficaz a efectos cómicos. Y, sobre todo,  merced a su gran oficio que le permite dotar a lo que escribe de un aire natural, hacer que sus libros se lean con facilidad sin resultar excesivamente sencillos y dando siempre la impresión de que el autor los ha escrito con la misma facilidad, y, sobre todo, pasándoselo pirata... Que luego resulten más o menos hilarantes es otra cosa; en es te caso, la novela sin duda, provoca una perenne sonrisa e incluso alguna que otra carcajada, pero quizá queda ya un poco lejos de otros títulos más gloriosamente cómicos de este escritor. Lo que, en todo caso, no está nada mal, habida cuenta que el señor Mendoza atesora ya más de ochenta primaveras, cosa que nadie podría adivinar leyendo este libro. Quizás para él y otra gente como él habría que acuñar un término opuesto al popular y expresivo "viejoven"... ¿Joviejo? ¿Joven, sin más? Lo que sea, pero por muchos años.

Tropollón de libros de Eduardo Mendoza reseñados: aquí