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viernes, 2 de diciembre de 2011

El libro de mi infancia: Francisco Ibáñez: Chapeau el Esmirriau y El antídoto, de Mortadelo y Filemón

Fecha de publicación de Chapeau el Esmirriau: 1971
Fecha de publicación de El antídoto: 1973
Valoración: Imprescindibles

Aprendí a leer con Mortadelo y Filemón. No es una fantasmada, es de verdad: mi tío Carlos era un gran fan de las aventuras de los dos agentes de la T.I.A. y, cuando yo era pequeño, siempre había "tebeos" en casa. No me acuerdo muy bien, pero mi madre cuenta que yo solía mirar los dibujos y, cada dos por tres, le preguntaba "¿qué dice aquí?", a lo que ella, solícita, respondía leyéndome los bocadillos. Supongo que la guardería ayudó, pero sin duda pude practicar mucho con ellos... Debió ser un gran éxito personal terminar mi primer volumen solo, sin ayuda.

Dicho esto, y para hacerlo breve, debo decir que Francisco Ibáñez me acompañó durante muchos, muchísimos años. Mortadelo y Filemón son una parte fundamental de mi infancia, y todavía hoy, si tengo un día tonto, me atrevo a comprar alguno de los últimos libros. Ya no es lo mismo, claro: el mundo del comic ha cambiado, yo he cambiado, el humor no es igual que en los ochenta, pero hay un "algo" mágico, una sensación de bienestar inexplicable, que siento cuando abro cualquiera de estos "tebeos" y le dedico un ratito a su lectura. Incluso me viene a la boca una memoria de galletas de chocolate, a mis casi 33 años... Supongo que la infancia era eso: jugar y comer galletas. La parte buena, al menos.

Como todo el mundo sabe, o casi todo el mundo, Mortadelo y Filemón son dos agentes de la T.I.A. que se dedican a resolver crímenes e investigar lo que sea que el jefe de ambos, el Súper, les encargue. Normalmente también aparecen dos secundarios imprescindibles: Ofelia, la secretaria, y el Profesor Bacterio, genio de los inventos. Y punto. No hay más misterio.

He seleccionado estos dos libros porque mi memoria es como es. Cuando pensé en escribir una breve reseñar sobre el libro de mi infancia, automáticamente concluí que no podía elegir TODOS los libros de Mortadelo y Filemón, por mucho que me gustara hacerlo. Así que me dije: ¿cuáles recuerdas vivamente? Y fueron estos dos. El primero, Chapeau el Esmirriau, cuenta la historia de un tipo pequeño con un sombrero alucinante, del que saca todo tipo de objetos, que roba una moneda valiosísima que los dos agentes deben recuperar. En el segundo, El antídoto, Mortadelo y Filemón deben viajar a la República de Bestiolandia para encontrar una hoja de Hierbajus Apestosus Repelentus, con la que podrán curar al Súper de un problemilla físico (careto de cerdo) causado por un invento del Profesor Bacterio.
Las aventuras de Mortadelo y Filemón siempre son iguales: 44 páginas de gags absurdos, Mortadelo disfrazándose de cosas, Filemón echándole la bronca, explosiones, equivocaciones, destrucción, gamberradas, peleas... Un festival del humor en toda regla, inolvidable, siempre con guiños a la situación política o cultural del momento, parodiando las series de televisión, el mundo del espionaje, los personajes públicos... Gracias a ellos, creo, descubrí en mí la afición por la lectura, y aunque no eran más que "tebeos" (en aquellos tiempos no se llamaban comics, y estaban considerados lectura para público infantil y juvenil), fueron cientos las horas que dediqué a revisar cada una de las viñetas, cada frase, cada pequeño chiste. Leí cada volumen con voracidad muchísimas veces, y guardo un cristalino recuerdo de la excitación con que llegaba a mis manos uno que no había leído. Ay, qué tiempos...

En fin. Gracias, Ibáñez, por todo lo que me enseñaste. Especialmente a mirar el mundo siempre, siempre, bajo el prisma del humor. En estos tiempos chungos que vivimos, hacen falta cosas así.


También de Francisco Ibáñez en ULAD: 13, Rue del Percebe

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

viernes, 16 de diciembre de 2022

Miguel Gallardo y Juan Mediavilla: Todo Makoki

Idioma: español (o algo parecido)

Año de publicación: entre 1978 y 1994, como historias sueltas; 2012, como libro

Valoración: Fuera de concurso

Puede que quede un poco buitre (Buitaker, en este caso) aprovechar el fallecimiento de alguien para reseñar sus libros, pero, aparte de que no solemos hacerlo (y este año ha habido unas cuentas ocasiones, por desgracia, sobre todo en el mundo del cómic; ayer mismo, Calpurnio, que tenía no poca relación con los autores y el personaje de este libro), en el caso que nos ocupa hoy me parece más que justificado, puesto que en este ya agonizante 2022 nos han dejado no uno, sino los dos artífices de este libro: el dibujante Miguel Gallardo y, más recientemente, el guionista Juan Mediavilla. De todas formas, la reseña del Todo Makoki era una de las cuentas pendientes de este blog, porque estamos hablando, amigues míes, si no del cómic español -y personaje- más importante de los últimos 50 años (no me atrevería a afirmar tanto y menos aún a decir cuál puede ser), sin duda sí que el más gamberro y descacharrante, con el protagonista más majarón del tebeo hispánico... sin olvidar a su pandilla de secuaces y antagonistas, a cual más delirante. La antítesis de la corrección política actual, que no resistiría ni la más ligera mirada woke ni, mucho menos, la de la sociedad bien pensante... (milenials, centenials, agarraos bien las pelotas a donde podáis antes de atreveros a leer este cómic).

¿Quién es Makoki? Pues un personaje nacido, al parecer, de un relato de Felipe Borrallo, allá por 1977, un majareta escapado del frenopático, aún en bata y con el casco y los cables del electroshock colgando, refugiado junto a sus colegas delincuentes en la Barcelona más preolímpica y cutre que cabe imaginar, donde sobreviven a base de trapicheos, palos y de colocarse con todo lo que encuentran a su paso, Las desopilantes aventuras de Makoki y la basca, publicadas primero en Disco Express y luego en otras revistas (como la mítica El Víbora), tuvieron tal éxito que merecieron su propia publicación, epítome de la llamada "línea chunga", titulada, cómo no, Makoki, hasta el año 1994. Para entonces, símbolo de una época que ya había pasado o se había transformado en otra cosa, el personaje acabó por desaparecer para convertirse en leyenda.


Este compacto volumen está dividido en cinco libros -los dos primeros, a su vez, compuestos por varias historias más o menos independientes-: Las aventuras de Makoki, La juventú de Makoki, Fuga en La Modelo, Makoki en Niu Yors y La muerte de Makoki. Todos ellos -salvo el último, mucho más cuidado- dibujados por Gallardo con un trazo entre anfetamínico y naif, muy poco primoroso, deudor tanto del "estilo Bruguera" o de las tiras de Popeye el Marino, como del underground de la época, ya fuera americano o autóctono, y con una composición algo caótica, representativas del zeitgeist (aprovecho para meter el palabro) de aquellos años del punk. Pero que nadie piense en postureos de modernillos; las historias de Makoki, incluso cuando recogen los avatares de los pasotas o drogatas de aquellos años y se desvíen, en la mayoría de las ocasiones, hacia el puro delirio, están firmemente ancladas en el costumbrismo de la España de por entonces, pero también de aquel intemporal, el que viene, en línea directa, de La Celestina o el Lazarillo de Tormes. Prueba de ello es el particular lenguaje urdido por Mediavilla, mezcla de la jerga delincuencial barcelonesa, del habla charnega y de las expresiones de moda entre la juventud de la época (hoy bastante vintage... siendo generosos). Escrito, eso sí con un escrupuloso cuidad de incluir todas la incorrecciones ortográficas habidas y por haber. como tocaba... Es el argot que emplean los entrañables peculiares coleguis de Makoki: el fornido y fiel Morgan, el sociópata Emo -de Emosiones-, el desconfiado Cuco, el Niñato, el laborioso Chenchín, el buitre Buitaker, el dr. Otto y su ayudante Josechu Julagaray... Sin olvidarnos, claro, de sus enemigos mortales, que también los tiene, como buen superhéro... bueno, héroe... en fin, lo que sea: el siniestro comisario Loperena, el inspector Pectol o el cyborg bonaerense -Capital Federal- Robesto...

A lo largo de sus aventuras vamos conociendo las cuitas, los fracasos y los triunfos -de éstos, más bien pocos- de esta alegre pandilla de inadaptados -por no decir descerebrados-, a través de una serie de historias un tanto (o bastante, hay que admitirlo) disparatadas y dispersas. La parte más ambiciosa y extensa es la de Makoki en Niu Yors -genial Morgan creyendo que está en Bilbao-, que , además, esconde multitud de homenajes a otros personajes y autores de cómics, desde los Freaks Brothers de Sheldon a Carlos Sampayo, pasando por la MARVEL, pero los más logrados y coherentes narrativamente son la espectacular Fuga en la Modelo -y minuciosa, puesto que los autores consiguieron los planos de la cárcel para reproducirla con total fidelidad... incluso circuló la leyenda urbana de que había quien se fugó de verdad de esa cárcel gracias al cómic- y La Muerte de Makoki, de estructura casi "tarantiniana" (o quizás "guyritchiana"... o más bien viceversa, en este caso).

En fin, si Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape o El capitán Trueno (o, en un sentido más amplio, las canciones de Manolo Escobar, el Un, Dos, Tres o las películas de Esteso y Pajares) forman parte, para bien o para mal, de nuestro background cultural (en el sentido, literal de "patio trasero"), no lo hacen menos las historietas de Makoki, de Peter Pank o la Anarcoma de Nazario (o el cine "quinqui", las primeras pelis de Almodóvar, la música de Siniestro Total o de Kortatu, las rumbas de los Chunguitos...). Así que nunca está de más echarles un vistazo, aunque sólo sea para alucinar un poquito con lo que se hacía en el cómic de hace ya cuarenta años. Y espere,os que se pueda seguir haciendo.

Nota final: el prólogo de Antonio Escohotado os lo podéis saltar, a no ser que os interese mucho el personaje, porque básicamente habla de sí mismo y de sus movidas particulares...

La criaturita, con sus papás...

Otros cómics de Miguel Gallardo reseñados en Un Libro Al Día: María y yo, María cumple 20 años

miércoles, 4 de marzo de 2015

Paco Roca: El invierno del dibujante

Idioma: español
Año de publicación: 2010
Valoración: muy recomendable

¡Qué bueno es Paco Roca! No sólo dibuja maravillosamente, sino que domina a la perfección el arte narrativo y sus historias rezuman humanidad por cada una de sus viñetas. Además, sin caer nunca en la complacencia maniquea ni evitar los aspectos más "incómodos" de sus personajes; muy al contrario, los señala y comprende como el autor profundo y verdadero que es.

Bueno, podría decir que aquí acaba el panegírico, pero no es así, porque el libro-cómic-novela gráfica (en este caso nunca "tebeo" pero no por las razones que cabría suponer...) de la que hablamos hoy sólo puede merecer mis más fervientes elogios. Para empezar, el tema que trata, un hecho poco conocido (supongo que incluso dentro del mundo de la historieta), quizás anecdótico, pero que sirve de punto de partida del argumento y de metáfora de toda una época de la Historia de España, tan gris y fría como un largo invierno: en la Navidad en 1958, una serie de dibujantes, que habían abandonado la célebre editorial Bruguera (rival acérrima de TBO, de ahí lo que he puesto antes) un año y medio atrás, para editar su propia revista, Tío Vivo, vuelven al redil tras haber fracasado económicamente (en buena parte por las trabas puestas por su editorial de origen). No eran unos dibujantes cualesquiera, sino los más destacados, hasta ese momento, de Bruguera: Conti (autor de Carioco), Cifré ( del Reporter Tribulete), Escobar (Zipi y Zape, no digo más...), Giner (El inspector Dan) y Peñarroya (Gordito Relleno)... estos "monstruos" quisieron desasirse del sistema impuesto en la editorial, que les aseguraba los ingresos, pero a cambio de una producción ingente y, sobre todo, de perder sus derechos sobre los dibujos entregados. Su partida, de todas formas, posibilitó la entrada en la editorial de nuevos valores, como Raf (Sir Tim O'Theo) y, sobre todo, el apabullante Francisco Ibáñez (Mortadelo y Filemón... para empezar). A partir de este momento, sin embargo, las historietas publicadas por Bruguera perdieron buena parte del carácter crítico y corrosivo que, al parecer, tenían hasta ese momento, a pesar de la censura imperante  (en esta novela gráfica también aparecen retratados otros grandes dibujantes como "Miquel Bernet, "Jorge, autor de Doña Urraca y padre de Jordi Bernet; el inclasificable, en todos los sentidos, Vázquez o escritores de la casa como Víctor Mora, guionista de El Jabato y El capitán Trueno o Francisco González Ledesma, alias "Silver Kane" cuando firmaba novelas del oeste y escritor de género negro, ahora tan en boga, con su nombre real).

Bueno, quién haya aguantado hasta aquí, tras este rosario de nombres, habrá adivinado que para el hoy gran dibujante Paco Roca todos éstos son los héroes de su infancia (y también para mí... o más bien, son los autores de los héroes de mi infancia) y, desde luego, eso se nota en el cariño con el que los ha retratado y contado sus cuitas. Lo ha hecho sin caer tampoco en una manida confrontación entre buenos y malos: en esta historia, todos tienen sus razones para actuar como actúan, incluso algunos de los que lo hacen de manera más implacable o falta de ética. Para empezar, varios de los personajes plasmados en El invierno del dibujante, como Josep Escobar o el jefe de publicaciones, Rafael González, habían sido represaliados por el régimen franquista y bastante les había costado salir adelante... Este exquisito trato a sus protagonistas (en verdad, esta es una historia coral) se corresponde con la gran elegancia desplegada en la composición gráfica y en la puesta en escena, atenta a todos los detalles de la época (magníficos los pequeños momentos costumbristas de la vida en la calles de Barcelona que nos brinda).

Recapitulando: una joya de libro, una pequeña obra maestra sobre una parte de nuestra Historia colectiva ... y sobre los creadores de una parte de nuestra historia personal. Al menos, de la mía.

Y una última nota: precisamente hace pocos días ha fallecido Francisco González Ledesma, a los 87 años de edad. Espero que esta reseña sirva como modesto homenaje, a él y al resto de los creadores que protagonizan este estupendo libro.




También de Paco Roca en ULAD: Los surcos del azar

viernes, 12 de abril de 2024

Eduardo Mendoza: Tres enigmas para la Organización

Idioma: español

Año de publicación: 2024

Valoración: está bien

Vamos a reconocer de una vez que Eduardo Mendoza es el escritor español y puede que de todo el mundo más listo que hay. las pruebas: escribió hace ya casi cincuenta años una novela de pretigio, pese a su carácter bastante disfrutón, como se dice ahora o disfrutona pese a tener prestigio, si se prefiere). Repitió la jugada años después con otra no menos disfrutona y prestigiosa y entre medias, unas novelitas graciosetas, como para relajar la mano sin perder el pulso, que tuvieron igualmente gran predicamento, porque a todo el mundo le gusta echarse unas risas. Después multiplicó la jugada con una narración por entregas que acabó siendo un bombazo y el hombre lo vio claro... ¿Para qué preocuparse en escribir novelas más o menos serias, sin duda excelentes, pero que gozaban de menor favor del público lector? Después de todo, ya había demostrado (y demostraría aún en más de una ocasión) lo que era capaz de hacer y si el populacho quería jolgorio y cachondeo, pues eso le iba a dar, que ahí están los chines, después de todo. Así, Mendoza ha acabado convirtiéndose en el autor español de humor más reconocido, celebrado y, sobre todo, rico... quiero decir exitoso, que ya se sabe que los literatos no escriben para ganar dinero. 

En fin, que el señor Mendoza lleva ya años y lustros escribiendo novelas más o menos humorísticas, más o menos originales y más o menos conseguidas. De las que yo he leído (tampoco todo) de lo que va de siglo, destacaría, por ejemplo, El asombroso viaje de Pomponio Flato, cuyo título, simplemente, ya mueve a la sonrisa o Riña de gatos, que, en cambio, no es demasiado cómica, o lo es todo lo que puede serlo un asunto tan risueño como la Guerra Civil española (ninguna de las dos novelas reseñadas en el blog, por cierto... de momento). 

Su última creación, al menos publicada, es, cómo no, otra novela de humor, está Tres enigmas para la Organización, de la que es difícil hacer spoilers, porque ya su título lo dice todo: la citada Organización es una agencia española de ¿seguridad? ¿Inteligencia? ultrasecreta que se ocupa de resolver  relacionar casos que han quedado fuera del alcance del resto de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Con base en una oficina del Ensanche de Barcelona, la Organización es lo más parecido a la T.I.A. del añorado Ibáñez que podemos encontrar en el panorama literario y sus agentes no menos precarios y peculiares que los mismísimos Mortadelo y Filemón: camuflados (?) tras noms de guerre como Pocorrabo,  Buscabrega, Monososo, la Boni o la señora Grassiela, se afanarán en desentrañar tres misterios que si jefe -simplemente conocido como el Jefe- se ha empeñado en que deben guardar relación entre sí: el suicidio de un cliente de un hotel de las Ramblas, la desaparición del propietario de un lujoso yate amarrado en el puerto y el sorprendente manteniendo de precios bajos de la empresa Conservas Fernández. Pese a su apariencia inoperante, la troupe de la organización no se mueve mal en las labores detectivescas, un poco al estilo de los ocupantes de la Casa de la Ciénaga de Mick Herron o los poulets grillés de Sóphie Hénaff, y los tres casos, entre peripecia y trapisonda, se van desenredado a la vez que se imbrican entre sí, por paradójico que resulte...

Con estos huesos se puede hacer buen caldo y a don Eduardo no le sale mal, gracias a su proverbial socarronería, a su inventiva para los personajes extravagantes y a un lenguaje entre relamido y a la pata llana que resulta de lo más eficaz a efectos cómicos. Y, sobre todo,  merced a su gran oficio que le permite dotar a lo que escribe de un aire natural, hacer que sus libros se lean con facilidad sin resultar excesivamente sencillos y dando siempre la impresión de que el autor los ha escrito con la misma facilidad, y, sobre todo, pasándoselo pirata... Que luego resulten más o menos hilarantes es otra cosa; en es te caso, la novela sin duda, provoca una perenne sonrisa e incluso alguna que otra carcajada, pero quizá queda ya un poco lejos de otros títulos más gloriosamente cómicos de este escritor. Lo que, en todo caso, no está nada mal, habida cuenta que el señor Mendoza atesora ya más de ochenta primaveras, cosa que nadie podría adivinar leyendo este libro. Quizás para él y otra gente como él habría que acuñar un término opuesto al popular y expresivo "viejoven"... ¿Joviejo? ¿Joven, sin más? Lo que sea, pero por muchos años.

Tropollón de libros de Eduardo Mendoza reseñados: aquí

lunes, 16 de noviembre de 2015

Arturo Pérez-Reverte: Hombres buenos

Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: por una parte, está bien; por otra, intragable


Hacía un porrón de años que no leía nada de Pérez-Reverte. Cuando escribo "porrón", me refiero a la época de los primeros Alatristes...¿cuánto hace ya de eso? ¿Doce, quince años? Por ahí... Lo menciono porque aunque me consta que él ha ido sacando libros con la regularidad de un metrónomo o un desfile militar (¿cómo no enterarse, con las campañas de promoción por tierra, mar y aire que suelen acompañar el lanzamiento de sus novelas?), yo no tenía mucha idea de por dónde han ido sus derroteros literarios; si sigue haciendo lo de antes o ha evolucionado hacia... yo qué sé, la autoficción metaliteraria. Por decir algo. 

Impelido por razones que no vienen al caso a leer su última novela, Hombres buenos, ahora puedo afirmar que Pérez-Reverte ha mejorado bastante como escritor: ya no abundan tanto los lugares comunes, los diálogos chulescos... los personajes apareen definidos por algo más que un patronímico chocante y dos o tres rasgos tópicos (ahora son cuatro. por lo menos); la narración se ha vuelto menos efectista y más reflexiva. A cambio, el libro también resulta más aburrido, me temo. También es verdad que la historia que nos cuenta no resulta especialmente trepidante: se trata del viaje -auténtico- que, a finales del siglo XVIII, realizaron a París dos miembros de la Real Academia Española de la Lengua con el objeto de adquirir, para tan venerable institución, una primera edición completa de la Enciclopédie de Diderot y D'Alembert, el no va más del saber científico y filosófico del momento. Una historia ésta que con seguridad le resulta especialmente cara a don Pérez-Reverte, pues no olvidemos -ni podemos hacerlo, puesto que él se encarga de recordárnoslo a lo largo de todo el libro- que también es académico de la RAE... pero una historia, en fin, que a pesar de los loables intentos del autor por darle vidilla a la trama, da como resultado una novela fundamentada, más que nada, en una recreación histórica minuciosa -y aparentemente bien conseguida, hay que decirlo- y en los constantes diálogos entre los personajes. Conversaciones que tratan sobre todo, como no podía ser de otra forma, de: 
1-Libros y autores de la época.
2-La disyuntiva entre tradición /modernidad o ciencia/ superstición (por no decir religión).
3-España; es decir: los males de España; los remedios a los males de España; la dificultad de aplicar los remedios de los males de España, etc... (toda una fiesta, vaya).

Los protagonistas, el marino don Pedro Zárate y el bibliotecario don Hermógenes, resultan una pareja dispar pero bien avenida (en la tradición de las buddy stories: Don Quijote y Sancho, el Gordo y el Flaco, Mortadelo y Filemón...); demasiado bien avenida, quizá, desperdiciando el juego que podrían haber dado sus desavenencias. Menos mal que a partir de un cierto momento se les incorpora el ínclito y revolucionario abate Bringas, (personaje también real, al parecer), para aportar la nota discordante. En todo caso, resulta incluso loable la idea de honrar la memoria de unos hombres que trataron, en la medida de sus posibilidades, de contribuir a desasnar a sus compatriotas (con eficacia harto discutible, como demostraron los dos siglos subsiguientes).

Para ser justos, hay que admitir que el resultado de estas casi seicientas páginas es una novela correcta, bien escrita y ambientada, de lectura fácil aunque, como ya he señalado, más bien aburridilla. Pero en fin, aconsejable a quien le gusten las recreaciones históricas y las novelas de corte convencional. Ahora bien... quizá no tan convencional porque resulta que Pérez-Reverte sí que se dedica, o al menos lo utiliza,  a ese recurso tan à la page que es la llamada "autoficción". Aunque sea una autoficción un tanto impostada: en efecto, don Arturo se coloca a sí mismo como personaje para contarnos sus cuitas, indagaciones y difíciles pesquisas para documentar esta novela como es debido (perfeccionista que es... y deja ver). Es un truco muy pillo, puesto que le sirve, por un lado, para colarnos así la información que, en rigor, debería de proporcionarse a través de la narración en sí. Y por otro, nos demuestra lo muchísimo que ha trabajado en la ambientación, a pesar de que tal cosa no se trasluzca siempre en la novela (por ejemplo: nos cuenta los muchos y venerables libros y cartografía que hubo de consultar para establecer la ruta exacta de Madrid a París en el siglo XVIII, con sus casas de posta, etc... y luego, apenas lo utiliza al contar el viaje). De paso, inserta como personajes a algunos de sus compañeros académicos, a quienes seguro se les hizo el culo gaseosa al verse inmortalizados en tan insigne obra.

¿Les parece que el tono de la reseña se ha ido agriando en el anterior párrafo? Pues sí, lo siento... pero si hay algo que me toca las narices -por no decir otra cosa- es esta puñetera moda de la autoficción, más aún si es fullera, como es el caso... ¿Quién les ha dicho a los juntaletras de turno que a los lectores nos interesan un pimiento su vida y circunstancias? Por lo que a mí respecta, acepto -a regañadientes- que lo haga Emmanuel Carrére, por ejemplo, que ha demostrado ser un buen escritor; paso por que lo haga Laurent Binet, que parece buen chaval. Incluso se lo puedo perdonar a... no sé, Paco Roca, que al menos tiene el doble curro de dibujar y escribir (a Cercas, por si alguien se lo está preguntando, no se lo perdono). ¿Pero a Pérez-Reverte? ¡Ni hablar del peluquín! Además, si quisiera saber algo -más- de su vida, para eso está twitter, que tampoco es que sea muy discreto, el hombre...

Vamos, jamais de la vie! (que es la manera fina de decir que en mi **** vida).

(Pido perdón si alguien se siente molesto por las palabras de mi último párrafo -excepto si se trata del autor del libro, claro está-, y les doy gracias a todos por su comprensión al permitirme el desahogo. Que tós semos personas humanas... ¿que no?).


Otros libros de Arturo Pérez-Reverte en ULADCabo TrafalgarLa sombra del águilaEl maestro de esgrimaLa reina del sur

martes, 3 de agosto de 2021

Gastón Segura: Los invertebrados

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021
Valoración: Recomendable

Dice la faja de este libro (¡malditas fajas!) algo así como "Cuando se cumplen 10 años del 15-M, llega su novela". Igual es mucho decir. Vale que la novela está ambientada en los días (especialmente) anteriores al "festejo" y por supuesto que puede ser leída como una metáfora de lo que acabó siendo todo aquello, pero creo que el texto va un poco más allá.

Y es que "Los invertebrados" vendría a ser, más bien, una crítica / burla de la sociedad española en los "alocados" años del aznarismo / aguirrismo (no demasiado diferentes, por otra parte, de los "alegres" años de felipismo: Expo 92, JJOO, etc), años en los que trepas y jetas del más diverso pelaje y condición campaban a sus anchas haciendo y deshaciendo a su antojo los más variados pufos, chanchullos y mamandurrias. Pero cuidado que aquí no solo sale escaldada la clase política. Hay leña para todos: "artistas" de medio pelo, gente "guapa", nobles de pacotilla, mindundis con ínfulas... Casi todos ellos embusteros, gorrones, pelotas, faranduleros, narcisistas... Vaya, lo que sería no dejar títere con cabeza.

En cuanto a la trama de la novela, esta se centra en Moisés Marmelo, "rojete" que tras una larga convalecencia en un hospital se encuentra con que el chiringuito (no de los de cervecita, vermouth y terraceo) en el que por avatares del destino trabajaba ha echado la persiana, lo que da paso a una "novela negra", con sus matones, policías corruptos y fiambres, con sus chantajes, trapisondas y pesquisas varias, aunque siempre con el humor como eje central del texto.

Ese, el humor, es un elemento clave ya que "Los invertebrados" se mueve entre lo esperpéntico, lo grotesco y lo picaresco, con personajes bufonescos que recuerdan a la mejor tradición literaria española. Ligado de forma indisoluble a lo anterior está el estilo, muy en la línea de esa tradición, con un lenguaje, al mismo tiempo, cuidado y "castizo" y con unos personajes muy definidos ya desde los propios nombres.

Todo esto hace de "Los invertebrados" una novela en cierto modo sorprendente (tal vez por mis propias expectativas) que nos sitúa ante esos espejos deformantes de los que hablaba Valle-Inclán. Si acaso, por ponerle algún pero a la novela, creo que ese factor sorpresa y ese trepidante ritmo inicial (por momentos, parece que estamos hasta en un cómic de Mortadelo y Filemón) decae hacia la parte final, esa en la que la novela "negra", con todas las comillas del mundo, pierde peso.

lunes, 25 de abril de 2016

Francisco Ibáñez: 13, Rue del Percebe (edición integral)

Idioma: español
Año de edición: 2016 (por entregas, desde 1961 en la revista Tío Vivo)
Valoración: imprescindible

Decía Franco, ese hombre (al menos lo decía en aquella divertida película: Espérame en el cielo) que España era un cuartel. Bien, dado su peculiar sentido de la realidad, es de suponer que él lo viera así, pero se equivocaba: España -o cualquier otro país,nación o comunidad sobre esta Tierra- si se puede equiparar con algo es con una casa de vecinos. Bien que lo sabía el gran Francisco Ibáñez (como ante lo supo el no menos grande Joaquín Xaudaró o lo sabría después, como metáfora aún más general de lo que es la vida, el celebrado Georges Perec), que a partir del 6 de marzo de  1961, o sea, en el Pleistoceno medio , más o menos, comenzó a publicar esta serie de viñetas sobre un edificio de viviendas al que, misteriosamente, le había desaparecido la fachada, por lo que podíamos contemplar lo que ocurría en su interior, situada en la ya mítica dirección de la Rue del Percebe, nº13 (¿porque "rue" y no "calle"? Ni idea...).

He puesto que 1961 era el Pleistoceno -por favor, que no se me enfaden los nacidos antes de aquel año-, pero es que en comparación con la España y la Europa de ahora mismo, lo era. Veamos, sin embargo, si esta impresión no es engañosa: en nuestra casa de vecinos tenemos, en el piso inferior -en realidad, en plena calle-, aun tipo, don Hurón, viviendo en una alcantarilla y en el local comercial, a un tendero que no se corta en de engañar a su clientela. En el piso más alto, el ático, a un artista moroso que hace lo que sea para despistara sus acreedores -dicen que inspirado en el legendario Vázquez, compañero de Ibáñez en la editorial Bruguera-; ente medias, encontramos a un ladrón compulsivo, a un sastre poco escrupuloso con los encargos que le hacen los clientes, a una señora que regenta una pensión que más bien parece un "piso-patera", un ascensor cochambroso que no funciona.... ¿qué, se va pareciendo más a la realidad española actual? (un detalle en la última viñeta, correspondiente al año 2002, el ladrón fumándose un puro, le explica a un colega de profesión: "¡Quita , quita; ni robar carteras ni gallinas!¡Ahora estoy en el consejo de Administración del banco de Mindanao, Seychelles, Tortugaria!"... no quiero imaginar si la serie hubiese seguido hasta 2016...)

Bueno, no quiero ser malvado; también hay otros inquilinos cuyas aventuras -desventuras, en realidad- tiene un cariz más tierno o más locatis, pero menos ácido: la viejecita que acoge mascotas imposibles, el veterinario que se enfrenta a casos de lo más insólitos, el científico loco empeñado en crear monstruos, aunque le salgan muy poco terroríficos, la madre que tienen que lidiar con unos niños, estos sí que auténticamente pavorosos... o el ratón que tortura al gato de las formas más imaginativas y sádicas posible... bueno vale, éstos ya de "tiernos" tienen poco.

Con motivo del 80 cumpleaños de su autor-para quien no lo sepa, el padre de Mortadelo y Filemón, Sacarino, Rompetechos, etc...- se ha editado esta maravillosa edición integral con todas las historietas de 13, Rue del Percebe. Un acierto total que los fans de esta serie, los que nos destetamos leyendo Mortadelos, Tío Vivos o DDT no podremos sino agradecer siempre. otro acierto: ene sta edición integral no hay ni preámbulos ni epílogos escritos por alguna figura más o menos conocida de las letras o el tebeo... no hace falta, está todo en las viñetas inmortales de Ibáñez. ¡Quien, por cierto, ojalá cumpla muchos más!

Nota sobre la valoración: Tal vez a algún lector de este blog le llame la atención que la valoración de este libro sea la misma que la del Ulises, por mencionar la última reseña que ha firmado un servidor (por no recordar que la de Los reconocimentos, por ejemplo se queda "sólo" en muy recomendable). La razón es doble: por un lado, como ya se sabe, la valoración de los libros es competencia exclusiva de quien firma la reseña, aunque los compañeros del blog puedan no estar de acuerdo. Y sí, a mí me parece que esta recopilación es imprescindible, tanto para quien conoce y ha leído estas historietas como para quien no las conoce aún (incluso más para éstos últimos).

En segundo lugar, aunque pueda parecer fruto del capricho, yo al menos sopeso varios aspectos antes de atribuirle una valoración u otra al libro reseñado. Uno de ellos es su excelencia literaria o falta de ella; también la importancia para la literatura que puede haber tenido o tiene aún la obra reseñada. Pero no deja de ser importante también la vivencia personal, subjetiva, que tenemos los reseñistas -o tengo yo- con el libro reseñado. de hecho, eso es lo que hace que las valoraciones de este blog no pretendan ser un "canon" inamovible, sino propuestas de lectura, incluso consejos de amigos, creo yo... Y según este último criterio, no puedo considerar a esa recopilación sino como imprescindible.

Otros títulos de Francisco Ibáñez reseñados en Un Libro Al Día: Chapeau el Esmirriau, El antídoto

martes, 28 de julio de 2009

Marjane Satrapi: Bordados

Título original: Broderies
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 2003
Valoración: Muy recomendable

No es la primera reseña que hago de esta autora de comic iraní, afincada en París, y probablemente tampoco sea la última. Ella fue quien me abrió las puertas al mundo del comic, más allá de Mortadelo y Filemón o Zipi Zape. Aunque sólo sea por eso, le estoy profundamente agradecido. Sin embargo, mi agradecimiento va mucho más allá. Gracias a ella me he acercado a la realidad iraní y a su historia, lo que recientemente me ha permitido comprender mejor las revueltas surgidas tras las pasadas elecciones. Gracias a ella he disfrutado de horas de inmenso placer literario, mientras devoraba las páginas de Persépolis o Pollo con ciruelas. Hoy es el turno de Bordados, una novela gráfica o, por calificarla mejor, un conjunto de cotilleos reunidos en torno a viñetas dibujadas al más puro estilo de Satrapi.

Si un lector se adentra en el mundo de esta autora por este comic, probablemente se sienta algo decepcionado o incompleto. En mi opinión, Bordados es una especie de complemento a Persépolis, en el sentido de que sirve para completar la visión que de Irán se nos muestra en esta última. Si Persépolis nos ofrece la evolución histórica de la revolución islámica desde los ojos de una niña (más adelante, una joven), Bordados nos sitúa en el mismo centro de una conversación de café entre mujeres iraníes para permitirnos conocer lo que piensan sobre su día a día y, muy en particular, sobre sus relaciones con los hombres. El mismo título del comic nos orienta hacia la pérdida de la virginidad ("bordado" se refiere a la operación para restaurar el hímen), tema recurrente a lo largo de las conversaciones de las mujeres protagonistas.

Sencillas, directas, sin tapujos. Así hablan, comentan, se ríen y entablan conversaciones sobre temas que, a primera luz, pueden parecer tremendamente banales, pero que en el fondo encierran las grandes preocupaciones del ser humano. En cualquier caso, el mayor logro de Satrapi probablemente sea trasladarnos efectivamente a ese corro de mujeres y convertirnos en testigos de primera fila de sus charlas, de modo que, cuando uno cierra el libro, parece que acaba de tomarse un té, rodeado de mujeres iraníes, sobre las que conoce hasta sus más íntimos secretos.

También de Marjane Satrapi en ULAD: Pollo con ciruelasPersépolis