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sábado, 25 de junio de 2022

Voltaire: Tratado sobre la intolerancia

Idioma original:  francés
Título original: Traité sur la tolerance
Año de publicación: 1763
Traducción: Mauro Armiño
Valoración: recomendable

En 1762, sucedió en Toulouse el caso de Jean Calas: un comerciante éste de religión protestante que tuvo la desgracia de que uno de sus hijos se suicidara; pero además, debido a la acusación de los sectores más católicos de la ciudad, toda la familia Calas fue acusada de haberle asesinado porque el joven quería cambiar de religión (hacia el catolicismo, se entiende).  Al final, el padre, jean, asumió toda la "culpa" para exonerar a su familia y fue ejecutado por ello, para alborozo de la multitud tolosana. En cambio, en la al parecer más laica y moderada París, adónde  se dirigió su viuda para reclamar justicia al monarca, el asunto causó una gran indignación, al menos en los círculos ilustrados a los que pertenecía e incluso podríamos decir que lideraba Voltaire y motivó que redactara este Tratado sobre la tolerancia. (*) 

En su obra, Voltaire, con esa claridad expositiva y estilística que le caracteriza (y de la que no solo deberían haber aprendido muchos de sus contemporáneos, sino también no pocos ensayistas actuales), pasa revista al caso de Jean Calas, se lamenta de la injusticia cometida y critica con dureza a quienes considera responsables. A partir de ahí, Voltaire se lanza a una disquisición sobre el concepto de tolerancia, su pertenencia al derecho natural o divino (según él, pertenece al primero, claro, excepto en el caso del judaísmo), sus posibles peligros, etc. y sobre la evolución de las leyes y costumbres a lo largo de la Historia, examinando la actitud de los antiguos griegos y romanos -en el caso de los mártires cristianos, Voltaire atribuye su persecución más a la actitud exaltada e irrespetuosa de éstos que a la intransigencia romana-, para pasar luego a loar la gran tolerancia que muestran, según él,  los fieles de otras religiones, como los mahometanos y, sobre todo, los judíos (si viviera hoy, a monsieur Arouet le daba un pasmo), en contraste con lo que ocurre entre los cristianos...

Aquí es donde ya Voltaire se suelta y emprende una diatriba sobre la falta de tolerancia de que ha hecho gala el cristianismo (recordemos que un siglo antes su país se había desangrado en las guerras de religión), independientemente de la rama que se profese; muy divertida resulta, por cierto, la fábula sobre un mandarín chino que trata de mediar en las disputas entre un jesuita, un luterano y un reformista holandés. Arremete, de paso, contra las indulgencias papales, las supersticiones populares -"La superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía: la hija muy loca de una madre muy cuerda (...)"-, cualquier dogmatismo -"Cuanto menos dogmas, menos disputas y cuanto menos disputas, menos desgracias; si esto no es verdad, estoy equivocado"-; usa la ironía tanto contra jesuitas como jansenistas, etc. Todo ello echando mano no sólo del razonamiento lógico, sino también deun gran sentido del humor, por medio de ejemplos, anécdotas, aforismos y otros recursos que consiguen hacer aflorar la sonrisa, pese a la gravedad del tema. Para acabar, o casi, con una oración a Dios en la que le pide que los humanos nos ayudemos unos a otros, por encima de nuestras diferencias, respetando las mil formas de adorar a ese dios al que se dirige cada cual.

Como podemos suponer, muchos de los ejemplos y referencias que cita Voltaire no le serán ya familiares a la gran mayoría de sus lectores actuales y tampoco entre nosotros, o al menos es lo que sucede en Europa, tiene tanto peso la religión como antaño (cabe preguntarse hasta cuándo, en todo caso9; aún así, la lectura de este tratado sigue resultando conveniente y sus conclusiones de lo más pertinentes en esta época en la que al integrismo intolerante de algunos existe la tentación de oponer una intolerancia de signo contrario (o no tan contrario... quizás se trate de los mismos perros con distintos collares). pero no perdamos la esperanza: recordemos que este libro tuvo en Francia un inesperado éxito a raíz de los atentados de Charlie Hebdo, multiplicándose por doce suis ventas... ojalá lo leyese todo el mundo sin necesidad de que ocurra algo así.

(*) De la que, por si a alguien le interesa, se publicó una versión reducida en la célebre colección Great Ideas de Penguin, titulada Contra el fanatismo religioso.

También de Voltaire y reseñado en Un Libro Al Día: Cándido o el optimismo

martes, 28 de septiembre de 2010

Voltaire: Cándido o el optimismo

Título original: Candide, ou l'Optimisme
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1759
Valoración: recomendable

En casa tenemos desde tiempos remotísimos una colección bellamente encuadernada de Clásicos Universales. Siendo yo una adolescente, me dediqué a ir leyéndolos. Como en clase habíamos tocado la Ilustración, y se mencionó a Voltaire, y vi que teníamos este librito en la susodicha colección, pues lo leí. Y confieso que me decepcionó un poco. Supongo que esperaba una crítica atroz sobre todos los temas y algo que me escandalizara como había escandalizado a sus contemporáneos. Pero claro, había pasado un par de siglos, y habíamos cambiado. Nos escandalizaba otra forma de escribir, y Voltaire se me hacía un poco bastante moderado.

Pero me explico. Cándido es considerada su obra cumbre, y eso que él mismo rechazaba su autoría y estaba firmada con un seudónimo. Pero no se suele hacer caso de ello y el estilo del autor indica que realmente es Voltaire su creador.

Bien. Novela corta o cuento filosófico, es muy breve. Voltaire expone sus ideas sobre el mundo y los que lo habitan, criticando varias cuestiones: el pensamiento de Leibniz, que afirmaba que estamos en el mejor de los mundos posibles y que todo tiende a mejorar. Así, Cándido el protagonista, discípulo de Pangloss (Leibniz), se ve continuamente forzado a reafirmarse en esta idea, a pesar de las calamidades que le acontecen; también critica a la vieja aristocracia, anquilosada en unos conceptos ya caducos y orgullosa de su decadencia; a la Iglesia y la religión católica, como hervidero de hipócritas, intolerantes y fanáticos; a la sociedad y el mundo en el que vive, donde la crueldad y la oscuridad campan por doquier.

Documento interesante sobre el Siglo de las Luces que nos muestra cómo hay voces que discrepan del orden establecido. Voltaire se pasó la vida entre viajes a la Batilla y destierros de Francia, Alemania, Ginebra, etc, pues provocaba a los ciudadanos con sus sátitas y críticas feroces. En esta breve novela conseguimos encontrar la mayor parte de sus argumentos en contra de un optimismo crédulo y una religiosidad hipócrita e intolerante. El era deísta y concebía la existencia de una entidad superior no interventora en los devaneos humanos, “no hay reloj sin relojero”. Apoya el arte y la ciencia.

Pero, me decepcionó, sí. Me impactó la fuerte crítica que transmite, y el que aún así posea cierto optimismo, pues cree que no estamos en el mejor de los mundos posibles, pero podemos cambiarlo. Lástima que no comparto su visión sobre el mundo que debería ser. Quizá fue eso lo que hizo que no me gustara la novela. Es el mensaje de fondo el que me deja ese poso agrio que me dice que hay algo que me chirría. Pero leedlo. Es muy interesante.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Ian McEwan: Cáscara de nuez

Resultado de imagen de cascara de nuez ian mcewan amazonIdioma original: inglés
Título original: Nutshell
Año de publicación: 2016
Valoración: Se deja leer





Vaya por delante que acabar esta novela me ha costado un triunfo. Los días pasaban y el marca-páginas no se movía gran cosa. Leía un par de líneas y me ponía a pensar en lo que fuese, avanzaba otro renglón y se me volvía a ir la cabeza, cualquier palabra servía para enganchar ideas que desviaban mi atención. Si he conseguido acabarla se debe a un esfuerzo ímprobo, no al disfrute, la intriga ni a ninguno de los elementos que sirven para fidelizar al lector. ¿Ustedes no se sentirían molestos si piensan que les están engañando palabra por palabra?
Cómo supondrán, lo de la nuez es una metáfora. No puedo desvelar a qué alude pues les mostraría la clave de la novela, su máxima originalidad y gran hallazgo. (Eso, al menos, es lo que debió pensar McEwan). 
Lo habitual, cuando se comenta una obra de ficción, es hablar sin tapujos de lo que aparece en las primeras páginas ya que nadie lo considera un misterio. Pero este caso me parece especial, así que tendré cuidado en no mostrar la carta por la que ha apostado el novelista y les recomiendo que procuren no leer sinopsis previas.
Es el momento de aclarar que es, precisamente, esa carta oculta –en mi opinión el colmo de lo inverosímil– lo que me disgustó tanto, me impidió disfrutar de la lectura y la alargó mucho más de lo deseable para una obra de poco más de doscientas páginas sin ninguna dificultad, al contrario, demasiado lineal para mi gusto. Y aquí aparecen otros obstáculos que también dificultaron mi labor: personajes tópicos y predecibles, un argumento calcado de novelas bien conocidas, nula complejidad de una acción que podría haberse resuelto en cuatro o cinco páginas, desenlace que no es más que un sencillo fuego de artificio, pues no solo es abierto es que además se refugia en lo obvio.
Nada nuevo bajo el sol: marido, amante, asesinato, testigo, decadencia. ¿A alguien le suenan estos ingredientes? Efectivamente, con dos enfoques muy distintos podemos encontrarlos en Thérèse Raquin (1868), de Zola y en El cartero siempre llama dos veces (1934), de James M. Cain, nada menos.
Pero lo principal, la famosa carta –que, como digo, McEwan se guarda en la manga muy poco tiempo, ya que solo hay que abrir el libro y leer la primera línea para que quede boca arriba– no es otra que la identidad del narrador, lo que se suele denominar punto de vista. Si la he definido –y lo mantengo –como el colmo de lo inverosímil es, simplemente, porque su pensamiento y opiniones, así como su carácter observador, están en abierta contradicción con su idiosincrasia. Yo la veo como una de esas ideas que parecen geniales a primera vista y que no tardan en desecharse por no resistir una segunda ojeada, me parece un recurso que no se puede permitir ni un principiante, mucho menos un escritor tan justamente reputado como este. En casos así, suelo atribuir los errores a la presión editorial, que quizá no deja tiempo a los autores para plantearse construcciones más sólidas. Pero vaya usted a saber, tampoco hay que disculpar al que escribe solo porque su obra, en general, pueda calificarse de magnífica.
Un pequeñísimo botón de muestra:
“… Sobre la esperanza: he sabido de las últimas matanzas como consecuencia de la búsqueda de sueños de la otra vida. Caos en este mundo, felicidad en el otro. Jóvenes de barba reciente, hermosa tez y largas armas de fuego en el Boulevard Voltaire, mirando a los ojos incrédulos y hermosos de su propia generación. No fue el odio lo que mató a los inocentes, sino la fe, ese fantasma famélico, todavía venerado, incluso en barrios más tranquilos. Hace mucho tiempo alguien sentenció que la certeza infundada era una virtud. Ahora lo dice la gente más educada…” *
¡Venga ya! ¿Alguien duda de que esto lo ha escrito (dicho, pensado) una persona educada y culta, de nacionalidad británica, o al menos de mentalidad  occidental, con personalidad moldeada en el ámbito universitario y más de seis décadas a cuestas? Ian McEwan sin ir más lejos ¿no? Desde luego, es obvio que se trata de la crónica de un escritor en su última fase vital y del resumen de todo un siglo efectuado por uno de sus influencers. Si lo que deseaba era hacer algo así –un proyecto tan legítimo como plausible– debería haber tomado otro camino, creo yo. Nada de novela negra fallida ni de narrador absolutamente improbable que, además, constituyen un lastre para ese testimonio vital en potencia.

(*)Traducción de Jaime Zulaika

También de McEwan: aquí

sábado, 8 de junio de 2024

Juan Jacinto Muñoz Rangel: El asesino hipocondríaco

Idioma: español

Año de publicación: 2012

Valoración: está bien

El asesino hipocondríaco es una novela negra de humor -o novela de humor disfrazada de negra... o incluso viceversa-, cuya premisa queda perfectamente resumida en el título: cuenta la historia de y por M.Y., un asesino a sueldo argentino que resulta ser, además sumamente hipocondríaco, de tal manera que los supuestos problemas de salud suyos son los que le impiden a su objetivo, un tal Eduardo Blanstein, al quien lleva meses y meses siguiendo por las calles de Madrid. pero siempre hay una enfermedad que le atormenta y le impide llevar a cabo el trabajo...

Como cabe suponer, el peso cómico de la novela tiene que ver con esta hipocondría extrema del asesino, que dice padecer enfermedades tan peculiares como el Síndrome del Acento Extranjero (ojo, que algo así sí que debe de existir), el Síndrome de Proteus (el del célebre "Hombre Elefante"), el del Espasmo Profesional, etc. además de otros males y alergias varias. No sólo eso, sino que comparte todas sus supuestas enfermedades con destacados filósofos y escritores de la Historia: Kant, Descartes, Coleridge, Poe, Swift, Byron, Voltaire, Moliére... todos ellos, por lo visto, también bastante hipocondríacos.

Como ficción humorística la novela mantiene un tono jocoso, así como consigue algunos momentos concretos bastante hilarantes; como narración en general, despojada de esos visos de comicidad y de la erudición de que hace gala el autor -quizá sea inventada, no lo sé-, digamos que se resiente según va avanzando la trama y los esfuerzos de M.Y. por asesinar a Blanstein nos van dando cada vez más igual. Este es el mayor problema del libro: empieza muy chispeante, con mucha espuma y burbujas, pero como una botella de champagne o cava (bueno, quizá sidra achampanada, en este caso), el gas enseguida pierde fuerza y se queda sin burbujas... Aún así y de todas formas, la novela nos cuenta una historia lo suficientemente original y ocurrente para que cualquiera pase un buen rato; el estilo ágil y los capítulos cortos ayudan, además, a su rápida y amena lectura. En suma, una novelita entretenida y más o menos divertida (según los gustos) aunque tal vez un poco menos de lo que promete en un principio.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Pankaj Mishra: La edad de la ira


Idioma original: inglés
Título original: Age of Anger. A History of the Present
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable


¿Dónde estamos exactamente? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué nos está pasando? ¿Qué relación tienen, en cualquier país del mundo, los acontecimientos de los últimos años con lo que ha sucedido antes y con lo que ocurre en otros sitios? Pankaj Mishra no tiene una respuesta simple, pero intenta contestar a estas cuestiones trazando una panorámica ideológica y social de alcance internacional desde la Ilustración europea hasta nuestros días. Partiendo de una extensísima bibliografía, que maneja con soltura gracias a su amplia erudición, el autor va trazando una ruta que comienza, transita y acaba en una palabra clave: resentimiento. Un resentimiento que comenzó a hacerse visible con Rousseau y llega hasta nuestros días.

“Estamos más cerca de entender el resentimiento actual cuando reconocemos  que éste surge de un deseo humano intensamente competitivo de convergencia y semejanza, más que de diferencias religiosas, culturales, teológicas e ideológicas.” “Las contradicciones y los costes del progreso de una minoría, largamente silenciados por el revisionismo histórico, se han hecho visibles a escala planetaria”.

El siglo XXI, al menos desde 2008, parece anunciar la decadencia de un modelo que arrancaría allá por el XVIII. Fue entonces cuando dio comienzo un proceso imparable que, a partir de la idea de progreso, fue poniendo en contacto las zonas más apartadas, universalizando los conocimientos y las formas de vida y creando expectativas de riqueza y desarrollo. Esto dio lugar a la progresiva desaparición o irrelevancia de comunidades sencillas, fuertemente cohesionadas, con costumbres y creencias tradicionales y sin excesivas ambiciones. Su promotor fue la Enciclopedia (Diderot, Voltaire etc.), y Rousseau –a pesar de formar parte de esa élite intelectual que logró secularizar la vida pública– el gran aguafiestas que creyó ver la semilla de todos los males en esa modernidad incipiente. El hedonismo, ambición y laicismo que promovió la nueva meritocracia sustituyeron a los antiguos ideales evangélicos, a partir de ahí, Occidente se fue volviendo narcisista y acabaría contagiando a gran parte del planeta, para bien y para mal. Pues un estado de cosas impuesto por una élite dio lugar –gracias al auge de tecnología, ciencia e industria– a desigualdades y actitudes despóticas y a un incremento de los ideales expansionistas justificados por las teorías de Darwin. Esto originó conceptos como democracia, revolución y socialismo. O lo que es lo mismo, competencia a todos los niveles. Tras el colonialismo, los nuevos estados independientes tuvieron que evolucionar a marchas forzadas para adaptarse a modelos occidentales que se habían gestado a un ritmo mucho más lento. En algunas zonas, fanáticos e intolerantes se presentaban como salvadores de la humanidad e imponían por la fuerza una vuelta a los valores tradicionales. La acracia predicaba una rebeldía destructiva como engañoso medio de conseguir la libertad, los magnicidios se multiplicaban y la represión se hizo más virulenta.
Todos estos hitos históricos han sido impulsados por líderes de opinión (filósofos, literatos, científicos, gobernantes) que pusieron en marcha las grandes corrientes de pensamiento y cuyas personalidades e ideas se exponen con bastante detalle. De aquí surge un panorama que engloba varios siglos y enlaza todas las áreas del planeta en una relación de causa-efecto bien documentada y justificada en base a la idea inicial: parece evidente que la superioridad y prepotencia de un sector de la humanidad no podían mantenerse indefinidamente. El siglo XXI ha traído consigo la pérdida de los puntos de referencia espacio-temporales y con ello la fe en el futuro. Los excluidos de la humanidad proliferan, el contrato social se ha roto produciendo una nueva clase: el precariado, las leyes del mercado en la aldea global han hecho coincidir las aspiraciones, y aunque nadie se responsabiliza de nada, el futuro parece augurar una hostilidad procedente tanto del ámbito natural como del humano, convergiendo ambos en abierta rebelión contra quienes han dilapidado los recursos… y contra todos los demás de rebote.

“No basta con culpar a la infamia política, la prevaricación financiera y los medios de comunicación. La guerra civil global es también un hecho profundamente íntimo; su línea Maginot discurre por los corazones y almas individuales. Tenemos que examinar nuestro propio papel en una cultura que alienta una vanidad insaciable y un narcisismo vacío.” 

Pues, como es obvio, las redes sociales no nos van a salvar aunque lo parezca.


Traducción: Eva Rodriguez Halffter y Gabriel Vázquez Rodríguez

miércoles, 22 de abril de 2015

Colaboración: Loops. Una historia de la música electrónica de Javier Blánquez y Omar Morera

Idioma original: español
Año de publicación: 2002
Valoración: Recomendable

La disquisición acerca de si tiene lógica escribir (o leer) libros sobre música es probablemente tan antigua como ésta última. Describir con palabras lo que debe ser escuchado parece desde luego un contrasentido, pero con algo de habilidad y apelando a la memoria musical del lector, el resultado no tiene por qué ser malo. Sobre todo, si de lo que se trata es de describir, como en este caso, un proceso evolutivo, la irrupción de nuevos recursos técnicos y por tanto nuevas formas que se incorporan al mundo de la música digamos popular.

Y esto es lo que propone Loops, uno de los pocos trabajos serios que pueden encontrarse en las librerías (en España, al menos) en torno a fenómenos musicales actuales, alejado de la apología y el producto para fans y coleccionistas. Nos contarán cómo las máquinas han ido penetrando en la historia de la música hasta modelar un concepto propio y diferente de lo hasta entonces conocido.

El libro es en realidad una sucesión de trabajos de autores diferentes en torno a las fases que ha ido atravesando el uso de estos elementos técnicos, y los movimientos que, derivados de ello, han ido dejando su sello y conformando lo que hoy conocemos más o menos como música electrónica.

El repaso resulta verdaderamente exhaustivo, y posiblemente termina pecando por exceso, como atestiguan sus muchas páginas cuajadas de nombres, fechas y títulos. Y quizás es esta la principal pega que podemos encontrarle: a veces da la sensación de que se ha suplido con datos e hiperinformación cierta incapacidad para sintetizar (término que aquí resulta paradójico) y traducir el flujo a conceptos abstractos.

Esta carencia/hipertrofia la advertimos especialmente en la primera mitad del volumen, precisamente cuando más desprevenidos nos encontramos, por lo que es también cuando más nos resentimos del bombardeo de dub, reggae, pioneros, hip hop o ruidismos varios. Cierto que quien esto escribe la gozó rememorando veneradísimos nombres, hoy olvidados, como Throbbing Gristle o Cabaret Voltaire, pero el disfrute subjetivo no debe perjudicar una opinión equilibrada (¿o sí?). Algo más adelante, cuando se coge el hilo del house, parece recuperarse un camino reconocible y coherente.

Por supuesto, tratándose de una obra colectiva, y pese a un loable esfuerzo uniformizador, se detectan altibajos, desde momentos de ritmo excesivamente periodístico hasta muy notables construcciones teóricas, como la de Oriol Rusell o el interesantísimo prólogo que firma el conocido Simon Reynolds. A destacar también los trabajos del propio coordinador de la obra, Javier Blánquez, y de Juan Manuel Freire, y muy atractiva la exploración sobre las tendencias más experimentales, bajo la autoría del responsable del Sonar.

En definitiva, el trabajo, imponente en cuanto a documentación, deja sin embargo sensaciones que se reparten al 50% entre la satisfacción por el enorme caudal informativo recibido, y cierta perplejidad ante una ensalada de datos que los autores no han conseguido estructurar del todo. Mejor quizás como obra de consulta que como lectura continuada. Por lo demás, muy buena presentación, interesante la discografía, y superlativa la bibliografía e índice.

Firmado: Carlos Andia

lunes, 17 de diciembre de 2018

LO MEJOR DEL 2018, SEGÚN ULAD, MODESTIA APARTE

Juan G. B. dice: 

Oriol Vigil dice:

Koldo CF dice:
Ha sido, para mi, el año de los autores latinoamericanos. Aquí la lista:

Francesc Bon opina:
No ha sido un buen año. Mis preferencias siguen inamovibles y nadie les hace sombra y alguno ya debería. Y un desastre solo recordar leer autores españoles o estadounidenses. 
  • Mi mejor lectura del año: El viaje vertical, de Vila-Matas 
  • Novedades que salvo, y mucho: Las posesiones, de Llucia Ramis 
  • Te gustará si votaste o piensas votar a Vox: Ordesa de Manuel Vilas. (Esto es una broma muy del momento, ni siquiera comprendería que le gustara a alguien, y los que votan a Vox ni leen libros ni leen blogs literarios, seguro) 
  • Hartito de darles más oportunidades: Trueba, Amat, y otros involucrados en el socavón que se abre bajo lo que fue antes Anagrama. 
  • Propósitos de año nuevo que caerán seguro: Barth, Gaddis, Vollmann. Y ya que otros toman gustosos el relevo de la actualidad, re-lecturas a manta. 

Carlos Andia sentencia:
  • Lo mejor del año: las relecturas de Lorca (Bodas de Sangre / Yerma) y Carpentier (El siglo de las luces)
  • Narrativa: quizá Lectura insólita de 'El capital', de Raúl Guerra Garrido, porque el nivel, la verdad, no ha sido muy espectacular 
  • Descubrimientos: Antonio Di Benedetto (Zama), y la faceta literaria de Henri Michaux (Un bárbaro en Asia)
  • Reconciliación con, y por lo tanto reapertura de puertas a: Michel Houellebecq (gracias a El mapa y el territorio)
  • Ensayo: entre bastante igualdad, finalmente me decanto por Jean-Yves Jouannais (El uso de las ruinas, reseña dentro de poco) 
  • Clásico: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne 
  • Experimento: Me acuerdo, de Georges Perec (reseña también en unos días) 
  • Decepciones: varias, moderadas, quizá la más fastidiosa, por los elogios que arrastraba, Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón 
  • Intenciones: un hipertocho que llegará pronto, volver a Di Benedetto, quizá a Sabato, cosas interesantes... y, sí Koldo, Cartarescu también. 

Montuenga contribuye: 

Marc Peig opina:

Carlos Ciprés añade:
Y que en los próximos meses Ustedes gocen de sus lecturas. 

Beatriz Garza estima:
  • Autor descubrimiento del año: Margaret Atwood 
  • Novela(ZA) descubrimiento del año injustamente olvidada: Primera sangre de David Morrell 
  • Clásico del año: Marianela de Benito Pérez Galdós 
  • Novela (que como no podía ser de otra manera, supera a la película) del año: Tomates Verdes Fritos de Fannie Flagg 
  • Relectura provechosa del año: Las hermanas Grimes de Richard Yates 
  • Lectura LGTBI del año: La chica danesa de David Eberhoff 
  • Objetivos cumplidos del año: Lectura y reseña de novela gráfica 
  • Conceptos aprendidos del año: La diferencia entre "literatura" y "producto literario". El género del ciclo cuentístico
  • Objetivos para el año que viene: me abstengo, que luego me siento fatal. 

Santi concluye:

lunes, 13 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #8 Maksim Gorki: La madre

Idioma original: ruso
Título original: Мать (Mat´)
Año de publicación: 1907
Valoración: Recomendable


Es indiscutible que Maksim Gorki es uno de los tíos más feos que han podido verse desde que los cromañón triunfaron en la línea evolutiva del hombre. Pero aparte de esa evidencia, Gorki fue también el abanderado del realismo social ruso, y un autor completamente implicado con los ideales revolucionarios que cristalizaron ahora hace justo cien años. Tras mucho batallar por sus ideas, parece ser que se las tuvo tiesas con el mismísimo Lenin y, en un largo tira y afloja durante el stalinismo, acabó cayendo en desgracia, no sin que antes su ciudad natal, Nizhni Nóvgorod fuera rebautizada con su apellido, lo cual no sé si es exactamente un premio. Vamos, como si la plaza de la Concordia estuviese en Voltaire, o la Giralda en Cernuda. Pero ya he vuelto a irme por las ramas.

La posición militante de Gorki fue siempre inquebrantable y queda patente en su obra, de la que ‘La madre’ es el ejemplo más significativo y reconocido. Digámoslo ya: todo el relato está hecho al servicio de la causa, la emancipación del proletariado, el despertar a una ‘nueva fe’. La acción se sitúa justamente en un periodo embrionario, en el momento en que pequeños grupos, integrados generalmente por jóvenes, toman conciencia de la situación y comienzan a expandir sus ideas entre los obreros, algo muy próximo a la excepcional ‘Germinal’, escrita unos cuantos años antes.

El Étienne de Zola es aquí Pável Vlásov, cuya madre asiste atónita a la transformación de su hijo en algo desconocido: un joven que no bebe, lee libros y se expresa sin la rudeza de sus vecinos, a veces de forma ininteligible para ella. La madre es entonces una especie de alegoría de Rusia, una mujer ignorante y devastada por la brutalidad y el alcoholismo de su marido -por lo demás muy poco diferente del resto de los hombres. Es ésta una imagen fijada como una maldición en la literatura rusa de la época. Como también observamos en otras obras, por alguna parte aparece una voz que clama contra ese país primitivo e inculto, pero Gorki va más lejos: ya no se trata sólo de un intelectual en su torre de marfil, sino de un fuego con vocación de extenderse entre los oprimidos, entre los trabajadores de las ciudades, de las fábricas, que tímidamente, aun con miedo, van sin embargo asimilando el mensaje liberador.

Pável es el cabecilla del movimiento, a su alrededor se mueve un pequeño círculo de jóvenes comprometidos, y la madre pasa lentamente del terror ante ideas subversivas que no entiende bien, a descubrir más bien a golpe de intuición el atisbo de un mundo futuro en el que será posible recuperar la dignidad, salir de la miseria, abandonar el estado de postración al que la vieja Rusia, el poder del dinero y la violencia han relegado durante siglos a los de su clase.

Como decía al principio, todo el libro está orientado a enaltecer estos principios con un objetivo didáctico. Pero esto tampoco quiera decir que carezca de valores literarios. Los personajes son simples aunque están bien dibujados; no busquemos sutilezas psicológicas, sus matices tienen que ver con su posición en relación con el ideal revolucionario, y sólo con ello: el hosco Vessovchikov va por libre, siempre echando de menos acciones más contundentes; el entrañable Andrei encarna el aura romántica de la lucha, mientras que Rybine presenta un sesgo mesiánico también interesante. Pável, el héroe, representa a su vez al estratega que estudia sin descanso, elabora planes y tiene muy claro lo que hay que hacer. Finalmente, la madre es la ingenuidad y el buen corazón de las gentes sencillas, la materia prima que hace posible la revolución. También es cierto que a la hora de expresarse, casi todos los personajes tienen la misma voz, incluida la propia madre. Pero estaría mejor decir que Gorki sólo permite esas voces y excluye expresamente tonos diferente tales como discusiones teóricas, o las intervenciones técnicas en un juicio. No quiere desenfocar la atención con cuestiones complejas o laterales, de manera que sólo tenemos la sencillez inicial de la madre y su posterior incorporación al coro que lanza sus proclamas y exhibe su aguerrida forma de vivir a la menor ocasión.

Algo parecido pasa con el argumento. Sí que existe un cierto crescendo con la progresiva infiltración de las ideas socialistas en las fábricas, su aceptación creciente por grupos cada vez más amplios, y la paralela asunción de esas ideas por parte de la madre. Pero el ritmo tampoco es gratuito, está también estrechamente relacionado con el mensaje, y hace posible exponer algunos puntos esenciales de la estrategia revolucionaria, primero los episodios de agit-prop en las fábricas, y más adelante la difícil tarea proselitista en el mundo rural.

No obstante lo dicho, aunque desde el primer momento uno es consciente de lo que tiene delante y de lo que puede esperar del libro, éste se lee con agrado. Hay que reconocer que a veces los discursos se hacen un poco pesados por reiterativos, que el trazo resulta algo maniqueo y se echa en falta algo más de humanidad, pero en general está escrito muy pulcramente, intenta, y creo que consigue casi siempre, mantener la atención del lector, colocándole claro está el mensaje, pero sin apabullarle, y concediéndole también algo de intriga, de entretenimiento, pedagógico pero digno. Sin olvidar ese espléndido capítulo-escena final, cinematográfico donde los haya y sumamente convincente.

Posiblemente el canon gorkiano no está tan lejano de aquella anécdota –apócrifa o no- que se atribuye a Bertolt Brecht, según la cual éste tenía junto a su escritorio un burro de madera con un cartelito colgado al cuello que decía ‘Yo también debo entenderlo’.

domingo, 30 de agosto de 2015

Matteo Collura: Sciascia. El Maestro de Regalpetra

Idioma original: italiano
Título original: Il maestro di Regalpetra. Vita di Leonardo Sciascia
Año de publicación: 1996
Traductora: María José Palomero
Valoración: Muy recomendable

El gran Leonardo Sciascia nació en Racalmuto, un pueblo del interior siciliano, de salinas y solfaratas, en 1921, cuando Italia estaba a punto de caer en la época fascista. Creció bajo su yugo y asistió a su declive, a la ocupación alemana y al desembarco aliado en la isla. También a las turbulencias de la posguerra y al hegemonía política de la democracia cristiana. Denunció a la Mafia que dominaba su tierra, gracias a la violencia y a su conchabeo con los mandamases de Palermo y Roma. Vivió en primera fila la confusión de los "años de plomo", las guerras mafiosas que asolaron Sicilia y el nacimiento del movimiento Anti-Mafia. Murió justo antes de que los actores políticos que se habían disputado su país durante décadas (DC, PCI, socialistas...) implosionaran a raiz del escándalo de la Tangentopolis (se libró, al menos, de tener que ver a Berlusconi de Presidente). Fue maestro, editor, concejal en Palermo, diputado nacional, amante de la cultura, tanto italiana y siciliana como europea -sobre todo, francesa y española-, erudito en literatura, lingüística, historia, amigo de escritores ilustres -Calvino, Bufalino-, discípulo de otros -Brancati-, pirandelliano, productor de su vino y su aceite, esposo, padre y abuelo, fino analista de la realidad italiana, coleccionista de grabados... y sobre todo, fue un hombre de letras, escritor de estupendas -y preclaras- novelas policíacas, cuentos bendecidos por el humor y la ironía, penetrantes ensayos; rescató también figuras y sucesos del pasado siciliano -aunque no solo siciliano- sobre los que extendió la luz de su entendimiento y su mirada llena de inteligencia y sutileza. Fue uno de los grandes de la literatura italiana, sin duda.

Matteo Collura traza aquí una biografía ejemplar, perfectamente documentada y estructurada, que recorre desde la infancia y años de formación del escritor siciliano, sus antecedentes familiares, sus amigos, etc... hasta sus últimos años, pasando por aquellos de compromiso político. Y, ante todo, sus libros, de los que hace un repaso pormenorizado y agudo, de la mano -o de la boca- del propio Sciascia. Porque la gran virtud de esta biografía es precisamente que convierte al biografiado en el guía que nos va mostrando lo que ha sido su propia vida. El autor se retira a un lado para cederle la palabra a Leonardo Sciascia, a través de su testimonio, obtenido de diversas entrevistas, libros de conversaciones (estupendo el de Fuego en el alma, con Doménico Porzio) o sus múltiples ensayos en el que nos fue legando su visión sobre numerosos asuntos, contemporáneos a él o pertenecientes a ese pasado que tanto le apasionaba (sobre todo el siglo XVIII, el Siglo de las Luces y de la Revolución francesa, el de Diderot y Voltaire...).

Tampoco se esconden aquí las polémicas que vivió este hombre de letras y de acción, que no huía de ellas, pese a su carácter eminentemente pacífico y para nada pendenciero. Pero era un hombre valiente, como ya demostró sobradamente al ser de los primeros y más decididos denunciantes de la opresión mafiosa que vivía Sicilia. Por eso, seguramente uno de sus momentos más amargos los vivió cuando, a raíz de un artículo suyo sobre el nombramiento del juez Borsellino (más tarde asesinado por la Cosa Nostra), fue acusado por los "fanáticos de la anti-mafia" de cierta connivencia, si no con tal organización, sí con su espíritu -o, cuando menos, de compartir el derrotismo interesado de sus valedores-... ¿A alguien le suena algo parecido? No, claro, en la impoluta democracia española no pasan ni han pasado nunca estas cosas... Otro momento "delicado" de su vida pública ocurrió cuando formaba parte, como diputado del Partido Radical,  de la comisión parlamentaria encargada de investigar el secuestro y asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas. Sus sospechas y disquisiciones sobre la naturaleza de este grupo le darían -y de hecho, ya le habían dado- para más de un libro.

Una biografía ésta que es, pues, el retrato de un hombre inteligente, lúcido, irreductible en su independencia intelectual; un hombre y un escritor de una pieza que supo mantener su integridad en una época y un lugar complicados para hacerlo, que además supo escribir una buena muestra de magníficas obras, y convertirse en un referente literario y cívico de primer orden. Una muy buena biografía escrita, además, por otro siciliano amante de su tierra y que nos brinda la oportunidad de conocer mejor a ese maestro de las letras que fue Leonardo Sciascia.

martes, 31 de julio de 2018

Arturo Uslar Pietri: La isla de Róbinson

Idioma original: Español
Año de publicación: 1981
Valoración: Bastante recomendable

“La isla de Róbinson” es la biografía novelada de Simón Rodríguez, de nombre “artístico” Samuel Róbinson, un personaje clave en los procesos de emancipación de la América española. Su importancia se debe, fundamentalmente, a que Rodríguez fue tutor y mentor de Simón Bolívar, aunque no hay que desdeñar en absoluto sus aportaciones en el ámbito de las reformas educativas.

Pese a que la novela es una continua rememoración de experiencias, paisajes y gentes de América del Sur, desde la selva a las cumbres andinas, del Caribe a la Tierra de Fuego, dos serise los principales ejes sobre los que gira el libro: la figura del Libertador, ya sea como presencia palpable o como influencia inasible, y la obsesión de Rodríguez por la educación como fuerza transformadora de la sociedad. Estos dos ejes serán una constante en una novela que podríamos dividir en dos partes bien diferenciadas. 

La primera parte sería una “novela de formación”, tanto del propio Rodríguez como de Bolívar. Abarcaría desde los días en los que ambos entran en contacto en su Caracas natal hasta los días de la independencia. Es novela de formación porque es la narración de la adquisición por parte de ambos de su bagaje político – cultural. Los escritos de Rousseau y Voltaire, la influencia de la independencia de los Estados Unidos y los iniciáticos viajes a la Francia revolucionaria y napoleónica , a Italia y a Inglaterra marcarán de forma indeleble a ambos, a través de la observación de los aciertos y errores, de las potencialidades y derivas de los procesos europeos.

La segunda parte daría comienzo con la independencia de las repúblicas latinoamericanas y llegaría hasta los últimos días de Simón Rodríguez. Esta segunda parte puede (y debe) leerse como la crónica de un fracaso: la primera de tantas oportunidades perdidas para América Latina, la eterna historia de las revoluciones traicionadas y malbaratadas por luchas intestinas, celos, rencillas y egos. Porque, pese a los triunfos militares de Bolívar, surgen las envidias, los intentos de asonada, las luchas de poder y los proyectos educativos de Rodríguez se ven abocados al fracaso. Ejemplo claro de este fracaso es la propia situación de Simón Rodríguez en sus días finales, dedicado a la fabricación de velas y jabones con los que iluminar y limpiar el exterior cuando todos sus esfuerzos en vida fueron destinados a iluminar y limpiar el interior.

En resumidas cuentas, “La isla de Róbinson” es una (muy) buena novela que, como todo, cuenta con sus cosas buenas y malas. A su favor están la universalidad de la obra pese a tratar un tema local, el reflejo del ambiente de derrota, de revolución fracasada y traicionada, la construcción de un gran personaje como el de Simón Rodríguez, y una mayor accesibilidad (o menor experimentación) que otras novelas del autor como la magnífica “Las lanzas coloradas”. En su contra, en cambio, pesan una cierta reiteración de ideas y una excesiva fragmentación de los episodios de la vida de Rodríguez, la cual provoca que no se profundice en momentos que podrían dar más de sí. Además, aunque esto es un asunto que hay que poner en mi “debe”, creo que se trata de una obra que disfrutarán más quienes posean más amplios conocimientos de los procesos de emancipación de la América española.

En cualquier caso, después de haber leído hace un montón de años “Las lanzas coloradas”, he quedado más que satisfecho con esta vuelta a uno de los grandes de las letras venezolanas. Habrá algún que otro Uslar Pietri más. Seguro que sí.

Tambien de Uslar Pietri en ULAD: Las lanzas coloradas Un retrato en la geografía Estación de máscaras

jueves, 18 de diciembre de 2014

John Barth: El plantador de tabaco

Idioma original: inglés
Título original: The Sot-Weed Factor
Año de publicación: 1960
Traductor: Eduardo Lago
Valoración: imprescindible... con algún matiz

Impelido por el renombre de esta novela, por las estupendas críticas y, sobre todo, por la reivindicación de este título que se hizo en un conocido blog -colega en esto de reseñar-: aquí, me decidí por fin a afrontar las casi 1200 páginas de este Plantador de tabaco (si menciono su extensión no es para colgarme medallas, sino, muy al contrario, para señalar mis deméritos como lector, al no haberme atrevido antes con el libro). La novela, además, pasa por ser una de las obras señeras de la literatura postmoderna norteamericana, cultivada en la segunda mitad del s. XX por unos cuantos autores, hoy muy considerados entre el gafapastismo hispánico (que no se ofenda nadie: yo mismo, de hecho, las uso de culo de vaso).

¿Y de qué va esta novela tan afamada? Pues se trata de las aventuras -desventuras, más bien-, del joven, virgen y bastante torpe poeta -Laureado de Maryland, nada menos- Ebenezer Cooke, que en 1694 parte de Londres para hacerse cargo de la hacienda familiar en la colonia de Maryland y, de paso, componer una ambiciosa oda en verso en honor de esas tierras. pero ya se sabe lo que ocurre con "el camino del hombre recto" -en palabras del profeta Ezequiel y del asesino Jules-, así que el laureado se verá asaetado, en su accidentado periplo, por toda clase de azares y pruebas... en especial por aquéllas que comprometen su preciada virtud, aunque también es cierto que en ocasiones será él quien trate de perderla, con singular falta de fortuna... Porque ésa es otra: la novela está plagada de escenas y situaciones salaces, cuando no claramente lúbricas, hasta el punto de que en algún momento parecen constituir el armazón de la historia (tampoco es de extrañar, si pensamos que Barth publicó este libro con treinta años, luego debió de comenzarlo mucho antes, en plena edad bullente y vigorosa). Pero no todo es lascivia o concupiscencia: la novela nos ameniza, además, con varios diálogos irónicamente filosóficos -entre el Laureado Cooke y su camaleónico preceptor Burlingame, o bien con su bastante menos cultivado criado Bertrand-; si añadimos que el tono general del libro es marcadamente jocoso, su lectura se hace mucho menos trabajosa de lo que cabría suponer... (de hecho, en muchos momentos da la sensación de que el joven Barth se lo pasó escribiéndolo aún mejor que nosotros leyéndolo).

A todo esto hay que sumar que nuestro héroe se ve envuelto en una intriga política bastante enrevesada, que toda la novela está trufada de otras historias más cortas, narradas por los personajes que el laureado se va encontrando durante sus peripecias, incluyendo la búsqueda y hallazgo -por entregas -de un manuscrito donde se cuentan las aventuras de un posible antepasado de Burlingame, junto al famoso capitán Smith (sí, el de Pocahontas)... El libro, indefectiblemente -y ésa era la idea, claro- recuerda a las clásicas novelas inglesas del s. XVIII ; también a aquéllas llamadas "filosóficas" como Cándido de Voltaire. Pero, sobre todo, a lo que recuerda esta novela es al mismísimo Quijote: Ebenezer Cooke no es sino otro letraherido iluso que, en vez de creerse un personaje de los libros de caballerías, se cree un poeta y deambula por el mundo tratando de seguir un supuesto código de honor lírico, que, de manera inevitable, choca con la crudeza de la realidad. Choque que no amortigua, sino que hace más evidente aún, su terrenal criado Bertrand, a modo de pícaro Sancho. El Laureado incluso tiene una idealizada Dulzinea en la persona de la prostituta Joan Toast, a la que vio desnuda en Londres... Blanco y en botella.

Porque en esto consiste, al parecer, el carácter postmoderno de esta obra: su condición de parodia más o menos incisiva de géneros y estilos considerados del pasado. Lo que la diferencia, por tanto, de otras novelas, contemporáneas a ésta -o un poco anteriores-, a las que en cambio no dudamos en atribuirles la etiqueta  de "novela histórica" (que yo he estado a punto de colocar a la que estoy reseñando, lo confieso. Lo mismo que esa otra, tan curiosa de "novela pornográfica arrepentida de serlo"... qué diablos, se las voy a poner, aunque me equivoque...), como las de Graves o Yourcenar es la mirada en todo momento irónica que sabemos ha concebido esta obra y con la que nosotros debemos leerla.  Mayor ironía aún puesto que, por lo visto, existió realmente en el siglo XVII un poeta llamado Ebenezer Cooke que escribió una obra en verso, de carácter satírico, llamada... pues El plantador de tabaco... Una juerga metaliteraria, vamos. Lo que yo me pregunto es: ¿sería esta novela considerada como "postmoderna" de haber sido escrita en el siglo XVII? Es de suponer que no. Ahora bien, ¿lo sería Tristram Shandy, de haber sido escrita en el XX?. Sobre tales cuestiones, puede que a alguno de nuestros avispados seguidores les venga a la memoria un célebre cuento de Borges: Pierre Menard, autor del Quijote, de su libro Ficciones, en el que este supuesto autor escribe, en el siglo XX, un nuevo Quijote, que resulta ser exactamente igual que el anterior, pero cuya lectura, al producirse en un contexto y época diferentes, cambia totalmente su significado... Ya se sabe que está todo inventado.

Y vamos por fin al delicado tema de la valoración de este libro (y pido disculpas por explayarme tanto en la reseña): aquí no puedo por menos que volver a recordar la extensión de esta novela (y su grosor y peso, me temo... no es aconsejable leerla tumbados y colocando el tocho sobre la barriga). Y ello es porque, lo queramos o no, condiciona en parte la inversión en tiempo -y dinero, para quien la adquiera- que debemos dedicar a su lectura. Pues bien, yo recomiendo a cualquiera que se decidan a realizar tal inversión, incluso en el aspecto económico -la ratio entre el desembolso efectuado y las horas de diversión proporcionadas resulta imbatible-,que lo haga, sin objeción alguna. Ahora bien, ¿es esta una obra literaria de las que consideramos "imprescindibles"? Pues aquí ya pienso que hay que hilar más fino... creo que para algunos lectores -o muchos- puede serlo, y en atención a esta circunstancia, no dudo en valorarla como tal. Ahora bien, en mi caso particular, no sé hasta que punto me resulta tan "imprescindible". Ya he escrito que en más de una ocasión me ha parecido que el autor se lo había pasado aún mejor escribiendo la novela que yo leyéndola y eso, que en principio no tiene porque resultar algo negativo -incluso muy al contrario-, a veces me ha dado la sensación de estar asistiendo a una suerte de acto onanista que ha impedido mi total satisfacción. Pero como, ya digo, no deja de ser una impresión subjetiva mía, tampoco quiero que condicione mi dictamen. Por tanto, que no haya duda... valoración: imprescindible.

viernes, 30 de septiembre de 2022

Gabrielle Wittkop. El necrófilo

Idioma: francés

Título: Le nécrophile

Año de publicación: 1972

Traducción: Lydia Vázquez Jiménez

Valoración: repugnante (a ser posible, pronúnciese a la manera gallega: "repunante")

Hay en el mundo literario francés toda una tradición, ejercida con mayor o menor fortuna y por voluntariosos enfants terribles (o no tan enfants), de épater les bourgeoises (en los últimos años, más bien, épater les progressistes). Algo menos evidente, pero quizás más interesante sea toda una corriente, o quizás tan sólo un hilo, a través del tiempo, de escritoras francesas que han escandalizado a la sociedad bienpensante con sus narraciones o incluso autoficciones en la que el tema sexual no sólo resulta explícito, sino que se lleva a extremos que pocos de su colegas varones han tocado. A bote pronto, se me ocurren los nombres de Anaïs Nin, Marguerite Duras, Catherine Millet, Marie Darrieusecq, Anne Serre, Virginie Despentes... (tal vez debería empezar por Colette, pero a estas alturas resulta de lo más pudorosa) y seguro que hay muchas más.  A pesar de que alguna de éstas ha escrito libros de agárrate que vienen curvas, ninguna ha llegado, creo, a traspasar la frontera de  uno de los comportamientos más execrados por la sociedad, bien pensante o no, como Gabrielle Wittkop en esta novela, que, sin más artificio, cuenta la historia de un necrófilo; es decir, alguien que se pone verraco se excita sexualmente con los cadáveres.  

En este caso, se trata de un anticuario parisino llamado Lucien, que se dedica a profanar tumbas recientes en diversos cementerios de la ciudad para llevarse los cuerpos a su apartamento -suena harto complicado, lo sé- y allí hacer guarrerías disponer de ellos a su antojo y satisfacción... Un asco, sí, y más aún cuanto que madame Wittkop no nos ahorra detalles sobre las maniobras que ejecuta el susodicho Lucien ni sobre la evolución natural de los cuerpos en descomposición, que como todo el mundo sabe, no permanecen precisamente inalterados a temperatura ambiente... (y no sigo, porque me están dando arcadas al acordarme). Todo ello envuelto en el delirio en el que vive este hombre, aparentemente un tipo tranquilo y educado, pero en su interior como las maracas de Machín. A través de su diario, que es la forma en que está conformada la novela, nos enteramos de sus cuitas para conseguir "amantes", aquéllas y aquéllos que le han dejado un recuerdo más imperecedero, de dónde le viene tan morbosa querencia por la carne muerta... en fin, toda una serie de pormenores de los que casi mejor hubiera sido no saber nada, por más que se trate de una ficción. Ojo, que tampoco digo que éste sea un mal libro, ni mucho menos; de hecho, cuenta con páginas bellísimamente escritas, con ese estilo suntuoso y alambicado, pero fascinante y que no pierde el nervio narrativo, que tan bien les sale a los literatos/as franceses (a algunos/as, por lo menos). Atendiendo a este aspecto (y como pasa, por ejemplo, con ¡Ponte, mesita!, de Serre), la novelita sería, sin duda, recomendable... si obviáramos todo lo demás. Porque, así como otras reseñas que califican a su libro reseñado como "repugnante" parecen utilizar este calificativo en el sentido de "muy malo", "inadecuado" o incluso "inmoral", yo lo he usado aquí de acuerdo con su más estricto significado: "repugnante" quiere decir que da mucho repelús, carallo...

¿Qué le pudo inducir a una señora en apariencia tan reflexiva, culta y distinguida como era Gabrielle Wittkop (recomiendo a todo el mundo que vea la entrevista que concedió en un programa de Bernard Pivot y que se puede enlazar desde la página web de la editorial Cabaret Voltaire) a escribir una novela tan escabrosa como ésta, descartada, creo yo, la motivación de épater, etc.? Puede que, como declara ella en esa entrevista, la idea de que las mujeres no han de ponerse límites, tampoco en literatura. O su ansia y voluntad de libertad en todos los ámbitos, como se puede deducir a tenor de la muy interesante biografía de esta escritora (por lo demás, discípula declarada del marqués de Sade, según ella)... pero yo tengo la sospecha que quizá esta idea de ir más allá de cualquier límite permisible o al menos permitido (se entiende que en la ficción) venga del acicate que supuso, en su momento, el éxito de la Lolita de Nabokov y que pudo hacerle pensar: "Si tú te has atrevido a contar una historia desde el punto de vista de un pederasta, yo voy a ir más allá, viejo ruso de los co..." Dicho de otro modo. un "sujétame el cubata" en toda regla. O quizás simplemente lo hizo porque pudo y porque quiso, como otro marqués, el del Viso, qué sé yo. En todo caso, advierto a quien se plantee leer esta corta (afortunadamente) novela: por utilizar el argot taurino, aténse los machos y que Dios reparta suerte... La van a necesitar.

Nota final: por un momento pensé en programar esta reseña el día 31 de octubre o el 1 de noviembre, pero, visto lo visto, hubiese resultado de pésimo gusto hasta para mí...

martes, 3 de octubre de 2017

Annie Ernaux: La mujer helada

Idioma original: francés
Título original: La femme gelée
Año de publicación: 1981
Valoración: muy recomendable

Hay veces que uno descubre a una autora casi por casualidad (o por una recomendación como se trata de este caso), puesto que la difusión de las obras por los canales habituales, con sus grandes promociones, impide que se lleguen a conocer todas las novedades. Y más si éstas son publicadas por editoriales menos grandes. La consecuencia es que hay grandes autores que pasan casi desapercibidos, y es una lástima porque nos podríamos perder pequeñas joyas como la que reseño en esta entrada. Afortunadamente, la editorial «Cabaret Voltaire» ha decidido acertadamente recuperar las principales obras de esta autora como «Memoria de chica» (reseñada también en ULAD) y «La mujer helada», entre otros. Y esperaremos más, a tenor del resultado. Pero mejor vayamos al grano y hablemos del libro en cuestión.

Como ya ocurría en «Memoria de chica», Annie Ernaux sigue recuperando los recuerdos de su vida, en este caso para escribir sobre las libertades (o la ausencia de ellas) de las mujeres de su época. Claramente basada en la propia vida de la autora, quien solicitó que quitaran la palabra «novela» cuando se publicó en Francia, es lo que podríamos llamar una biografía novelada.  En ella, Annie Ernaux nos habla de la vida de las mujeres de su época, y por extensión, de la sociedad con la que se encontró, desde su infancia hasta su edad más adulta. Y trata sobre las mujeres hablando del mundo que conoció. Un mundo que, en círculos familiares, estaba formado por mujeres luchadoras, humildes, de clase media-baja y trabajadoras. Mujeres que prácticamente no tienen tiempo para nada más que trabajar y mantener una vida al lado de sus maridos (a menudo distantes), dejando de lado aspectos secundarios de su vida para poder salir adelante y lidiar con un ajetreado día a día. Esas mujeres, de carácter, son las que formaron parte de la infancia de Annie, siendo sus referentes y conformando su mundo. Y por contra, las que pertenecen al otro lado del mundo, la otra cara de la moneda, las que tienen maridos que se ganan bien la vida (que triste expresión, ganarse la vida), con vidas acomodadas, con un aspecto delicado y cuidado, viviendo en un mundo de pulcritud, de delicadeza, de perfección (mal entendida). Esas mujeres «frágiles y vaporosas, de manos suaves, y rostros cuidadas», pero mujeres sin voz, sumisas, sin nada más que fachada.

En esa sociedad se desenvuelve la protagonista, con una madre poco estricta que le permite ser ella misma, que la introduce en el mundo de los libros (o, mejor dicho, «mundos» porque cada uno de ellos alberga uno propio). Son unas primeras cuarenta páginas de recuerdos de su infancia, maravillosas, preciosas. Pero el libro va de contrastes, y el desparpajo y el atrevimiento que su madre le insufla choca con el orden y la disciplina impuestos por la educación recibida en escuela religiosa. Allí asoma el miedo, no únicamente a Dios, sino a no acabar siendo aquello que de ella se espera: una mujer perfecta según el canon establecido; una mujer que cocina, que cuida de su marido, que centra su vida en ser madre y esposa perfecta. Esta contraposición de ambos mundos la someten a un debate interno continuo, en una lucha constante para que su propio yo asome entre tanta duda y contradicción.

De esta manera, Annie Ernaux escribe un libro sobre qué debería suponer la liberación de la mujer, sobre la dificultad en demostrar su valía en un mundo reinado por hombres, donde el papel de ellas queda relegado a las tareas domésticas y en proporcionar un soporte al esposo. También nos habla del papel secundario de la mujer en lo relativo a las relaciones amorosas, donde ellos eligen y ellas son las elegidas, y, si lo hacen ellas, son unas «golfas». De esta manera, el planteamiento del libro es una lucha constante de la protagonista por librarse de una educación basada en conseguir matrimonio, anulando sus capacidades. Una lucha contra ella misma, un desafío constante no sólo a su propia educación (y por extensión, a aquello que forma su manera de ser) sino a la sociedad misma. Nos habla también del desafío, sí desafío, de ser madre con todo lo que eso conlleva en una sociedad donde la igualdad pretendida está lejos de ser alcanzada. Donde los sueños de juventud en vistas a un futuro quedan enterrados bajo un manto de tareas domésticas. Donde aquello que una defiende en su juventud se vuelve contra ella sin opción a librar, tan siquiera, una lucha donde la victoria es ella misma, su yo más puro.

Así, y sin pretender que sea un manifiesto, sí que la obra le sirvió para analizar su propia vida en clave retrospectiva, para averiguar qué había ocurrido para que ella, una chica educada en una familia luchadora y feminista, se hubiera acabado convirtiendo en aquello que detestaba, una mujer helada, para acabar asumiendo unas tareas para los que no había estado preparada ni deseado, únicamente por el hecho de ser la sociedad quien concibe que sean las mujeres las que se encarguen de ello. Y nos habla de todo ello sin pelos en la lengua, sin intentos de suavizar las agrias sensaciones que su propio pensamiento le generan, con la sinceridad y la honestidad por delante, admitiendo sus errores, acusándose a ella misma, juzgando a lo sociedad, y juzgándose también a ella.

La mujer helada es esa mujer que ha perdido su yo, su personalidad, sus intereses, sus ambiciones. Únicamente queda la superficie y lo que se ve: una mujer aparentemente perfecta, perfecta como esposa, como madre, como ama del hogar. Porque reconozcámoslo, esos detalles de desigualad, o digámoslo abiertamente por su nombre (machismo), los hemos visto y los seguimos viendo, en casa propia o ajena, y si no fuera porque la sociedad nos tiene acostumbrados a ellos veríamos cuán injustos son. El hecho que este libro, escrito en 1981, se haya editado hace muy pocos años y que sigamos viendo en él las trazas de un machismo latente, indica que la sociedad no ha avanzado mucho en este aspecto.  Tendremos que seguir luchando, queda camino por recorrer. Y es que el paisaje que nos retrata Ernaux es desolador para las mujeres, y también para los hombres (en menor medida) puesto que nos deja en un lugar demasiado cerca a la tiranía que, aunque disimulada y ejercida en pequeñas pero constantes dosis, es real y existe. Sin duda, a pesar de los más de treinta años que han pasado, hay casos en que el acercamiento a la igualdad se ha conseguido, pero hablo de casos. No es lo habitual, no es lo común, no es lo deseado, no es aún una victoria. No lo es. Aun.

También de Annie Ernaux en ULAD: Memoria de chica, No he salido de mi nocheEl uso de la foto, Los años, Una mujer, La otra hija, El lugarEl lugar (contrarreseña)