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miércoles, 7 de octubre de 2015

Pierre Michon: El origen del mundo

Idioma original: francés
Título original: La Grande Beune
Año de publicación: 1996
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Valoración: entre recomendable y está bien


Ya me gustaría saber quién cambia u ordena cambiar  (en este caso, no sé si el señor Herralde ejercía aún de editor) los títulos de los libros al traducirlos. No digamos ya quién pone según qué fotos en las cubiertas de las distintas ediciones de esos libros. El por qué de este interés mío -llámenlo mosqueo, si quieren- permítanme reservarlo para el final de la reseña. Gracias.

Bueno, al lío: esta novela -novelita- de Pierre Michon va de un maestro veinteañero que allá por los años 60 es destinado a un pueblo de Dordoña, bello departamento del suroeste francés. En fin, nos lo podemos imaginar: cuatro gatos, lluvia perenne y oír todas las noches en el hostal las conversaciones de los lugareños. Sobre pesca. Un auténtico muermo, vaya... hasta que el joven protagonista se encuentra con la beldad local, la hermosa dueña del estanco, que además es madre de uno de sus pequeños alumnos (sí, yo también he pensado en ese acróstico de cuatro letras en inglés, tan popular en Internet... y sí, la novela va de eso, precisamente); estanquera que, además de hermosa y sensual, es elegante y misteriosa, por lo que nuestros protagonista, que está más salido que el pico de una plancha seducido y fascinado -por no decir obsesionado- por su presencia, se pone a fumar como dos o tres carreteros juntos, a comprar el diario a diario -valga la redundancia-, aunque no lo lea, con tal de frecuentar el estanco, y por si fuera poco, a merodear por los caminos que ella suele frecuentar, vestida de punta en blanco -ya he dicho que es una mujer misteriosa, además-, para hacerse el encontradizo. Vaya, lo de costumbre, que ya lo advirtió el Arcipreste de Hita: "El hombre por dos cosas se mueve..." ejem, dejemos a los clásicos para otro momento... No revelaré, por supuesto, si al final se consuma o no ese amor (¿He puesto amor? Perdón... en qué estaría yo pensando): sólo aviso que el autor, que no ha tenido ningún reparo en ilustrarnos sobre los anhelos y fantasías del protagonista, se vuelve luego de lo más sutil y esquivo a este respecto.

Porque esa es otra, la del estilo literario del buen Michon: es enjundioso, abarrocado, glaseado. Grandilocuente y costumbrista a un tiempo; sentencioso y narrativo... algo que sólo saben hacer los franceses. Lírico también e incluso, por momentos, fascinante. Porque Michon escribe de manera que parece que está haciendo malabares con distintos elementos que se van sumando al conjunto: una naranja, una metáfora, luego un huevo, una sinécdoque, después un cuchillo de cocina, un símil, una motosierra, una metonimia... y todo en unas frases larguísimas, eternas, interminables entre punto y punto. Uno, algo maliciosamente, lo admito, espera que se le caiga el suelo todo el batiburrillo. Pero no: el tío logra mantener nuestra atención y llegar al siguiente punto y seguido -o aparte, pero de éstos hay pocos- con todos los elementos en el aire. Olé, olé y olé, monsieur Michon. Un aplauso desde aquí.

El resto de elementos que componen la novela parecen corroborar lo pertinente del título de la misma -del título de su edición española, me refiero-: el maestrillo, al que no cuesta imaginar como un chico de ciudad, se encuentra subyugado, aunque sería mejor decir anonadado (los ratos que no tiene la cabeza ocupada en pensamientos calenturientos, que son pocos) por el entorno rural en el que se encuentra: por el poder telúrico que subyace en los campos y bosques o del inquietante dios fluvial que recorre la comarca -el río que da título al original en francés y que pasa por el pueblo donde se desarrolla la historia-; por el atavismo cazador-recolector -más bien pescador- de sus habitantes y el influjo de las numerosas cuevas que guardan sus secretos en el subsuelo... porque resulta que la Dordoña -o si prefieren su antiguo nombre, el Périgord- es el departamento de Francia donde más yacimientos arqueológicos del paleolítico se encuentran y más cuevas con pinturas rupestres, como las muy famosas de Lascaux o Font-de-Gaume... Vamos, que nuestro maestro le es fácil relacionar los sentimientos y sensaciones que le provoca su entorno con los supuestos atavismos de épocas prehistóricas. Por no olvidar que también es una manera estupenda de sublimar su calentón... atracción por la bella estanquera.

Y aquí es donde radica mi queja sobre el cambio de título e incluso la portada del libro: si le llaman a la novela El origen del mundo en vez de La Grande Beune (recuerdo: el río que pasa por el pueblo) y ponen en la portada la foto de una moza en camisón recorriendo un campo de ¿avena?, en vez de, por ejemplo, un hermoso paisaje de la campiña francesa, sin más, la lectura queda condicionada, para bien o para mal, por esos elementos adyacentes y la interpretación que el lector le puede dar a la novela; sobre todo a ésta, en el que el tema sexual está tan presente -aunque no es el único- se dirige, inevitablemente, hacia la conclusión de que lo que nos quiere decir es que el origen del mundo está entre las piernas de una mujer (que no digo que no sea así, pero no sé si ésa era exactamente la intención del autor al escribir el libro). Ya puestos, que hubiesen puesto de cubierta el famoso cuadro de Courbet del mismo título, para dejar menos dudas. O igual es que no se atrevieron.


Otros libros de Pierre Michon en Un Libro Al Día: Rimbaud el hijo

domingo, 6 de septiembre de 2015

Andrea Camilleri: La captura de Macalé

Idioma: italiano
Título original: La presa di Macallè
Año de publicación: 2003
Traducción: María Antonia Menini Pagès
Valoración: Imprescindible

¿A quién no le gustan las historias turbulentas, repletas de sexo y violencia? ¿Cuyos personajes, además, se ven agitados por las más bajas pasiones y oscuros fanatismos, mientras ocultan secretos inconfesables y aviesas intenciones? Todo ello, eso sí, visto a través de la mirada de un niño de seis años, el pequeño -no en todos los sentidos- Michilìno... lo que no significa que sea una mirada inocente, como puede adivinar cualquiera que ya conozca la narrativa de Andrea Camilleri; porque en la historia que aquí nos cuenta encontramos de todo -literalmente, de todo- menos inocencia... (o quizá sea al revés: ésta es una historia que trata precisamente sobre la inocencia, pero la de un ángel exterminador). Por no ser, no es inocente ni la época de la que nos habla: la de la Italia fascista, cuando bajo las arengas de Mussolini, sus soldados se lanzaron a la absurda tarea de conquistar un imperio en la lejana Abisinia (de ahí el título, pues Macalé fue una localidad tomada por las tropas transalpinas).

La misma época viscosa y exaltada en la que transcurrió la infancia del propio escritor, quien es más que probable que aprovechara para exorcizar aquí parte de sus demonios. Y el exorcismo practicado es, como poco, brutal: Camilleri dispara con bala -y acierta- no sólo contra los desvaríos fascistas, sino también contra la hipocresía de instituciones como la religión, la familia o la educación; contra conceptos tan arraigados en nuestra cultura como son la culpa y el pecado; contra la idea de la infancia como un territorio sin mácula y, sin embargo, que resulta tan corruptible -y corrompida-por todos. Ésta es una novela tremenda, inclemente, sin concesión alguna a la complacencia. Aunque sí que hay lugar, y mucho, para el humor y para el erotismo -por llamarlo de algún modo...-; quizás dibujados a veces con trazo grueso, pero hay que reconocer que si en algo es un maestro Camilleri es en plasmar de forma fluida y desenvuelta lo que en otros autores quedaría chabacano y soez. De hecho, aún no sé si me maravilla o me horroriza más pensar en lo que he disfrutado leyendo ciertas barbaridades... (un aparte: no entiendo cómo la Lolita de Nabokov sigue generando aún alguna polémica, mientras que este libro... en fin, supongo que debe de estar prohibido en varios estados de los USA, como mínimo). Ayuda también, claro, el excelente tono conseguido por el autor, que no pierde en ningún momento la perspectiva infantil... con lo que consigue que leamos la novela con más facilidad y hasta agrado, a pesar de que lo que nos cuenta resulta cada vez más descarnado.

Brutal, por tanto, tremenda, inclemente... podríamos añadir iconoclasta, incendiaria, demoledora, desaforada... pero también divertida, felliniana, conmovedora, lúcida... adjetivos todos que definen esta novela, aunque ninguno la abarque en su totalidad. Lo que no estoy seguro es que se pueda decir que es recomendable (desde luego, no para lectores sensibles e impresionables. Mucho menos para los temerosos de Dios...); pero sí, siempre, sin lugar a dudas, imprescindible.

Hoy, 6 de Septiembre, Andrea Camilleri cumple 90 años -nada menos-; cuando se publicó este libro tenía pues, 77. No sé, por tanto, si se le puede considerar un viejecito entrañable, aunque sí un escritor excelente, insobornable y corrosivo como pocos (por más que algunos sólo quieran ver en él a un autor de entretenidas novelas policíacas). Lo menos que podemos hacer desde aquí, aparte de desearle que cumpla muchos más años, es agradecerle a u dutture Camilleri la buena cantidad de estupendos libros que nos ha ofrecido a lo largo de su vida. Y también, quizás, que sólo haya escrito uno como La captura de Macalé. 

Muchos más libros de Andrea Camilleri reseñados en Un Libro al Día: aquí mismo.

jueves, 18 de diciembre de 2014

John Barth: El plantador de tabaco

Idioma original: inglés
Título original: The Sot-Weed Factor
Año de publicación: 1960
Traductor: Eduardo Lago
Valoración: imprescindible... con algún matiz

Impelido por el renombre de esta novela, por las estupendas críticas y, sobre todo, por la reivindicación de este título que se hizo en un conocido blog -colega en esto de reseñar-: aquí, me decidí por fin a afrontar las casi 1200 páginas de este Plantador de tabaco (si menciono su extensión no es para colgarme medallas, sino, muy al contrario, para señalar mis deméritos como lector, al no haberme atrevido antes con el libro). La novela, además, pasa por ser una de las obras señeras de la literatura postmoderna norteamericana, cultivada en la segunda mitad del s. XX por unos cuantos autores, hoy muy considerados entre el gafapastismo hispánico (que no se ofenda nadie: yo mismo, de hecho, las uso de culo de vaso).

¿Y de qué va esta novela tan afamada? Pues se trata de las aventuras -desventuras, más bien-, del joven, virgen y bastante torpe poeta -Laureado de Maryland, nada menos- Ebenezer Cooke, que en 1694 parte de Londres para hacerse cargo de la hacienda familiar en la colonia de Maryland y, de paso, componer una ambiciosa oda en verso en honor de esas tierras. pero ya se sabe lo que ocurre con "el camino del hombre recto" -en palabras del profeta Ezequiel y del asesino Jules-, así que el laureado se verá asaetado, en su accidentado periplo, por toda clase de azares y pruebas... en especial por aquéllas que comprometen su preciada virtud, aunque también es cierto que en ocasiones será él quien trate de perderla, con singular falta de fortuna... Porque ésa es otra: la novela está plagada de escenas y situaciones salaces, cuando no claramente lúbricas, hasta el punto de que en algún momento parecen constituir el armazón de la historia (tampoco es de extrañar, si pensamos que Barth publicó este libro con treinta años, luego debió de comenzarlo mucho antes, en plena edad bullente y vigorosa). Pero no todo es lascivia o concupiscencia: la novela nos ameniza, además, con varios diálogos irónicamente filosóficos -entre el Laureado Cooke y su camaleónico preceptor Burlingame, o bien con su bastante menos cultivado criado Bertrand-; si añadimos que el tono general del libro es marcadamente jocoso, su lectura se hace mucho menos trabajosa de lo que cabría suponer... (de hecho, en muchos momentos da la sensación de que el joven Barth se lo pasó escribiéndolo aún mejor que nosotros leyéndolo).

A todo esto hay que sumar que nuestro héroe se ve envuelto en una intriga política bastante enrevesada, que toda la novela está trufada de otras historias más cortas, narradas por los personajes que el laureado se va encontrando durante sus peripecias, incluyendo la búsqueda y hallazgo -por entregas -de un manuscrito donde se cuentan las aventuras de un posible antepasado de Burlingame, junto al famoso capitán Smith (sí, el de Pocahontas)... El libro, indefectiblemente -y ésa era la idea, claro- recuerda a las clásicas novelas inglesas del s. XVIII ; también a aquéllas llamadas "filosóficas" como Cándido de Voltaire. Pero, sobre todo, a lo que recuerda esta novela es al mismísimo Quijote: Ebenezer Cooke no es sino otro letraherido iluso que, en vez de creerse un personaje de los libros de caballerías, se cree un poeta y deambula por el mundo tratando de seguir un supuesto código de honor lírico, que, de manera inevitable, choca con la crudeza de la realidad. Choque que no amortigua, sino que hace más evidente aún, su terrenal criado Bertrand, a modo de pícaro Sancho. El Laureado incluso tiene una idealizada Dulzinea en la persona de la prostituta Joan Toast, a la que vio desnuda en Londres... Blanco y en botella.

Porque en esto consiste, al parecer, el carácter postmoderno de esta obra: su condición de parodia más o menos incisiva de géneros y estilos considerados del pasado. Lo que la diferencia, por tanto, de otras novelas, contemporáneas a ésta -o un poco anteriores-, a las que en cambio no dudamos en atribuirles la etiqueta  de "novela histórica" (que yo he estado a punto de colocar a la que estoy reseñando, lo confieso. Lo mismo que esa otra, tan curiosa de "novela pornográfica arrepentida de serlo"... qué diablos, se las voy a poner, aunque me equivoque...), como las de Graves o Yourcenar es la mirada en todo momento irónica que sabemos ha concebido esta obra y con la que nosotros debemos leerla.  Mayor ironía aún puesto que, por lo visto, existió realmente en el siglo XVII un poeta llamado Ebenezer Cooke que escribió una obra en verso, de carácter satírico, llamada... pues El plantador de tabaco... Una juerga metaliteraria, vamos. Lo que yo me pregunto es: ¿sería esta novela considerada como "postmoderna" de haber sido escrita en el siglo XVII? Es de suponer que no. Ahora bien, ¿lo sería Tristram Shandy, de haber sido escrita en el XX?. Sobre tales cuestiones, puede que a alguno de nuestros avispados seguidores les venga a la memoria un célebre cuento de Borges: Pierre Menard, autor del Quijote, de su libro Ficciones, en el que este supuesto autor escribe, en el siglo XX, un nuevo Quijote, que resulta ser exactamente igual que el anterior, pero cuya lectura, al producirse en un contexto y época diferentes, cambia totalmente su significado... Ya se sabe que está todo inventado.

Y vamos por fin al delicado tema de la valoración de este libro (y pido disculpas por explayarme tanto en la reseña): aquí no puedo por menos que volver a recordar la extensión de esta novela (y su grosor y peso, me temo... no es aconsejable leerla tumbados y colocando el tocho sobre la barriga). Y ello es porque, lo queramos o no, condiciona en parte la inversión en tiempo -y dinero, para quien la adquiera- que debemos dedicar a su lectura. Pues bien, yo recomiendo a cualquiera que se decidan a realizar tal inversión, incluso en el aspecto económico -la ratio entre el desembolso efectuado y las horas de diversión proporcionadas resulta imbatible-,que lo haga, sin objeción alguna. Ahora bien, ¿es esta una obra literaria de las que consideramos "imprescindibles"? Pues aquí ya pienso que hay que hilar más fino... creo que para algunos lectores -o muchos- puede serlo, y en atención a esta circunstancia, no dudo en valorarla como tal. Ahora bien, en mi caso particular, no sé hasta que punto me resulta tan "imprescindible". Ya he escrito que en más de una ocasión me ha parecido que el autor se lo había pasado aún mejor escribiendo la novela que yo leyéndola y eso, que en principio no tiene porque resultar algo negativo -incluso muy al contrario-, a veces me ha dado la sensación de estar asistiendo a una suerte de acto onanista que ha impedido mi total satisfacción. Pero como, ya digo, no deja de ser una impresión subjetiva mía, tampoco quiero que condicione mi dictamen. Por tanto, que no haya duda... valoración: imprescindible.

viernes, 16 de agosto de 2013

Sasha Grey: La Sociedad Juliette

Idioma: inglés
Título original: The Juliette Society
Año de publicación: 2013
Traducción: Ana Alcaina, Verónica Canales y Nuria Salinas
Valoración: demasiado previsible

Para los que no sepan quién es Sasha Grey ofreceré dos opciones: acudir a un lugar a salvo de miradas indiscretas y googlear su nombre, o leer el siguiente párrafo.
Sasha Grey es famosa por su carrera como estrella del cine X. De aquel más osado y descarnado. Corta pero intensa carrera que ha acabado, tras la cual ha tanteado la actuación en rodajes convencionales (ha sido dirigida por Steven Soderbergh en el cine, y participó interpretándose a sí misma en una temporada enterita de toda una serie de HBO, la excelente Entourage). También habiendo probado en el mundo de la música (en la oscura banda de electropop aTelecine, que ya ha abandonado), siendo La Sociedad Juliette su primera incursión en la literatura. Una trayectoria no exenta de lógica cuando, aún inmersa en los agotadores (ejem) ritmos de rodaje del cine para adultos, decidió empezar a destacarse por su pose existencialista y sus gustos culturales, inusuales dentro de su gremio profesional, atípicos y escorados hacia cierta élite.

Si Sasha Grey, por cierto, no deseara que esa fama que la precede intercediera en la valoración de su obra literaria, hubiera podido publicarla bajo su nombre auténtico. Lo cual revela que no siente pudor alguno por su pasado, cosa que está muy bien, pero también que está dispuesta a rentabilizar ese pasado a tope. Y eso es lo que sucede. Pues no tienen que estar contentos, no tienen que haber salivado los de Grijalbo con que, encima, ese nombre artístico suyo incluya la palabra Grey. Jugada espectacular a nivel comercial al canto. Para mayor solaz, el libro contiene justo lo que se esperaría de él. Pero mientras la autora de las sombras de las narices es una señora bastante convencional, Sasha Grey sabe de qué habla (o de qué escribe) cuando narra con todo lujo de detalles (que no hacen más que alimentar el morbo de que ésta sea una autobiografía encubierta) las experiencias sexuales de Catherine, protagonista de La Sociedad Juliette, club secreto que parece ser una especie de misteriosa élite poderosa dedicada a la explotación sexual de alto rango. Sasha Grey sabe que sabemos de qué escribe. Y juega con esa complicidad para hincharse a vender esta novela, lo cual es perfectamente legítimo, siempre y cuando no fuerce las cosas de la manera que lo hace: intercalando una tras otra todo tipo de referencias culturales que delaten un intelecto superior. Cine francés, literatos y filósofos malditos, citados para dotar de empaque a esa endeble trama de tintes algo grandilocuentes. Envoltorio que es pretexto, sin éxito, para trazar una línea que separe esta novela de ser una novela de género.

Catherine transita por el libro dedicada al placer y a la experimentación. La trama, escueta, poco coherente y reminiscente de tantas otras historias, discurre dentro del más convencional desarrollo en espiral de riesgo físico y autodestrucción. La vieja historia de aburrirse de la rutina y siempre querer más, de realizar las fantasías y bla bla bla. Combinada por una casual (pero forzada) situación de cercanía a los círculos del poder y de una imaginación especialmente calenturienta. Cóctel perfecto. Formula magistral aplicada. El lector advenedizo se queda contento con la visualización de sus tórridas y explícitas escenas, y su autora reviste, si ello le es necesario, de cierta credibilidad a otro nivel su nombre (y de paso, su cuenta corriente). ¿Todos contentos?

Yo no, al menos.

Me fastidia recibir justo lo que esperaba, me fastidia que este sea un libro de sexo-por-números (sexo extremo y descarnado, quien busque aquí remilgamiento puede ir buscando en otro lado), donde las escenas sexuales estén descritas con frialdad y precisión técnica, casi guionizadas. Y me fastidia también que Sasha Grey sea incapaz de escribir mejor (un estilo muy parco y convencional, para el que, misterio a investigar, han sido necesarias tres traductoras) y de escribir un libro mejor. Me fastidia hasta el punto en que, al valorar la novela, tentado me he sentido de recomendar que si tanto morbo se busca, se vean sus escenas hardcore y fuera, que no hace falta el libro. Un libro que simplemente no sea consumido como sus películas, pasando por encima de diálogos en busca de los encuentros sexuales. Rellenando los intersticios con párrafos incrustados que huelen a pura pose, que son simple material para alejar (engañosamente) este libro de la pura literatura porno. Igual que lo inofensivo ofende, lo obvia e intencionadamente ofensivo acaba produciendo cierta carcajada no exenta de cierta ternura. Una sensación que, seguro, no era la perseguida.