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miércoles, 22 de abril de 2026

Vic Echegoyen: Blitz. La destrucción de Dresde

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2025 

Valoración: Está muy bien

Blitz. La destrucción de Dresde es la magnífica reconstrucción de las 24 horas que duraron los bombardeos que arrasaron la ciudad de Dresde y se llevaron por delante unas 25.000 vidas, allá por febrero de 1945, cuando apenas faltaban 3 meses para la capitulación de Alemania. Y podríamos entrar aquí en disquisiciones filosóficas acerca de la "necesidad" y la "proporcionalidad" de los bombardeos (¿acaso hay bombardeos "proporcionados"?), pero casi mejor nos centramos en el libro y en su valor como obra literaria.

Volvamos al comienzo. Magnífica y reconstrucción: reconstrucción porque Blitz. La destrucción de Dresde es una obra de ficción basada en hechos reales (o la ficcionalización de las experiencias de una serie de personajes, anónimos o no, en el antes, el durante y el después más inmediato de los bombardeos); magnífica por varias razones, vinculadas a la estructura, al ritmo, a las voces, al tono y al mensaje de la novela. 

En cuanto a la estructura, la obra tiene algo de tragedia clásica con su prólogo, tres episodios (el antes, el durante y el después) separados por interludios que llevan la acción a los cielos de Dresde y su epílogo. Con esta estructura, Echegoyen puede ahondar en la relativa normalidad, el miedo y el caos que ocupan el centro de cada uno de los episodios y puede ofrecer una pequeña evolución de los diferentes personajes que protagonizan la novela.

En lo que al ritmo y las voces se refiere, estos van da la mano. Los tres episodios ya citados se dividen, a su vez, en breves capítulos protagonizados por multitud de personajes del más variado origen, edad y condición. Esta variedad confiere al texto de un carácter coral y de un ritmo que difícilmente tendría de tratarse de una narración más "convencional". Por otra parte, se observa un importante esfuerzo en la diferenciación de las voces de los protagonistas, algo nada fácil de conseguir. 

Me queda hablar del tono y el mensaje de la novela. Aquel tiende a ser sobrio, sin florituras, "adornos" estilísticos ni efectismos. La autora tiene claro lo que desea transmitir y no necesita recrearse en escenas sangrientas para mostrar el miedo y el dolor causado por cualquier guerra. Y ese es precisamente el mensaje, el de la insensatez y el absurdo de estas.

Dicho esto, y viendo que esta es la segunda obra de Vic Echegoyen que reseñamos en el blog y viendo la valoración que hemos otorgado a ambas, ¿cómo es que esta autora sigue tan en los márgenes del mundillo editorial? Tengo mis sospechas, pero me las callo porque no quiero movidas.

También de Vic Echegoyen en ULAD: La voz y la espada

P.S.: En la misma editorial se ha publicado recientemente el recomendable Ciudades de Europa. La deriva del continente, libro de relatos ambientados en diferentes lugares que nos habla, con más melancolía que nostalgia y con una cierta amargura irónica, de estos "nuevos tiempos" que nos ha tocado vivir. Lo comento porque guarda cierta relación con Blitz, en el sentido de que, de alguna manera, habla de la "evolución de Europa" desde el final de la SGM hasta la actualidad. 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Jordi Benavente: Tots els focs totes les pistoles

Idioma original: catalán
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
Título original: Tots els focs totes les pistoles

Las circunstancias que rodean a cada uno a la hora de encontrar nuevas voces literarias son múltiples y probablemente válidas todas ellas y, en algunos casos, inclusos sorprendentes, pues conocía de la capacidad de Jordi Benavente como periodista cultural pero ignoraba su talento como escritor. Y, gracias a voces del sector literario en quién confío, me he lanzado a atreverme con un autor totalmente desconocido para mí y para gran parte del público. Y el resultado ha sido gratificantemente sorprendente. Vayamos a ello.

Estamos delante de un libro corto, breve, brevísimo y terriblemente minimalista, con un estilo que se mueve entre reflexiones, relatos cortos, cuentos, poemas en prosa y aforismos. Las escenas que describe el autor son pequeños fragmentos, pinceladas, a menudo aparentemente inconexas, que ejemplifican la importancia del detalle, buscando esos pequeños despuntes, aristas que asoman sobresaliendo en la cotidianidad que la hacen bella, interesante y valiosa; puede tratarse de una hierba en el camino, una casa en el bosque, o la naturaleza que lo envuelve, pues todo sirve, todo es útil, todo es munición para reflexionar y valorar que todo tiene cabida en un mundo cambiante y retador. Es en esas cosas, en esos destellos de realidad, donde debemos y podemos agarrarnos, porque siempre están ahí, porque no dependen de nadie, porque no podrán sernos arrebatadas pues nadie se fijaría en ellas ni tan siquiera para codiciarlas. Pero existen. Están ahí. Y las necesitamos.

Con esta mirada detallista y terriblemente palpable e identificable, el autor narra desde el territorio, desde una naturaleza salvaje y agreste que el autor (y sus múltiples voces narradoras) no rehúye ni evita, pues lo imaginamos solitario, reflexivo y sereno ante tales paisajes. Porque ya el autor reconoce en el inicio que «acaricio árboles caídos en la “plana de les Bruixes”, y también acaricio la roca antigua y la herida abierta que dejaron garras aún más antiguas», porque «es el olor de la hierba de los márgenes, tostada por el sol, lo que me pone en marcha». Y, al igual que una de las voces del relato acaricia árboles, el autor se aproxima a la vida para acariciarla desde cerca, intentado demostrar que existe y averiguar qué es, constatar en los pequeños detalles indicios de realidad, como hace al recordar aquellas edades en la infancia en las que «poníamos petardos dentro de los nidos de los bichos bola (…) dudando uno o dos segundos cada vez, pero siempre encendíamos la mecha. Y después de la explosión, acercábamos la nariz para ver qué. Qué quería decir ser vivo. Qué quería decir ser niño». Porque ansía «deambular salvajes por el bosque, como cuando éramos pequeños y todo eran mapas del tesoro y no había relojes».

El autor, que se confiesa seguidor de Sam Shepard, Jack Kerouac y Patti Smith, en ese ambiente terrenal que uno augura seco y árido, nutre también el relato de pistolas y aires de western y lucha con munición literaria contra un día a día que llena de obstáculos la meta deseada consistente en conseguir aquellos versos que sobresalgan, alentándose en su propio propósito al afirmar que «tú busca el tono. Búscalo y tira fuerte de él. Tira de él hasta que esta prosa tuya se eleve por encima de la ropa sucia y los platos por fregar. Hasta que encuentres la batalla que valga las bajas que habrá, porque las habrá». Porque esa lucha, suya, también nuestra, está también en el día a día, en nuestras obligaciones diarias y en una paternidad que, en este ecléctico retrato del ciudadano corriente, la retrata llena de miedos y temores, con la noticia de un embarazo recibida con una «gota de sudor, preñada de dudas, surcando un rostro curtido por horas de insolaciones». Benavente explora en las emociones y las defiende, a capa y espada, con balas y pistolas, con todo el armamento que es capaz de encontrar en las palabras, porque «escribes porque quieres, tienes hijos porque quieres, y los velarás porque son tuyos, hijos y versos» encajando así la vida dentro de la vida y la letra como parte propia, como una porción de sí mismo.

Mucho mejor en el retrato de la cotidianidad que en los pequeños cuentos insertados y que a menudo acompaña de armas o peleas, siempre a manos de personas perdidas, sin casi rostro ni consciencia, Benavente destaca por una prosa poética que comprendemos y entendemos, que la hacemos propia porque esa realidad es palpable y visible, porque todos tenemos obstáculos en nuestro camino y piedras con las que tropezar, pero que sorteamos decidiendo, a cada paso, si el siguiente será el que valga la pena, si nos llevara donde queremos, ni nuestra pisada encontrará una tierra que nos acogerá o será una punzada más que lastimará aún más nuestros ya callosos pies. Y esa pisada siempre caerá, como lo hace su literatura, en los márgenes, allí donde la línea del bienestar se debate entre la placidez de la trazada conocida y el agreste costado de lo salvaje donde transita y solo pocos centímetros de distancia o de fortuna separan el acierto o el desatino. Benavente escribe desde los márgenes, como un outsider de la vida que se necesita encontrarse entre paisajes desolados. Narra con la voz de una solitaria alma errante que se busca entre prados, bosques y naturaleza, porque «el autor escribe porque lee, y lee para sobrevivir. Y si tengo que elegir entre leer o escribir, elijo salir a caminar», para huir y encontrarse, para escapar del «miedo de vivir miedo de morir miedo de vivir muerto miedo de vivir sin haber vivido o, como muchos de nosotros, toda la vida huyendo en círculos».

El autor también nos habla de los males de una sociedad de vista nublada hacia lo que viene, hacia el cambio climático y el abandono del ámbito rural y de la naturaleza, lamentándose acerca de «la manera en la que nos hablaba la lluvia y como la ignorábamos nosotros», porque «tenemos tres mil aplicaciones en el móvil pero, a pelo, somos incapaces de identificar el árbol que tiene la flor lila. Hemos negligido las canciones de los abuelos».

El autor empieza gran parte de sus reflexiones con un «dejó escrito: » que utiliza a modo de muletilla para apoyarse entre textos y que a la vez funciona como declaración de intenciones, pues ese es su testimonio, ese es su legado, esos son sus pensamientos que en sus diferentes formas y profundidades conforman los distintos sustratos emocionales que argamasan la vida de cada uno de nosotros. Piedra a piedra, camino a camino, detalle a detalle, nos conformamos y nos construimos, en un conglomerado que constituye la estructura humana bajo la cual permanecen encerradas (y a veces enterradas, bajo capas de lodo, tierra y polvo) nuestras ilusiones y nuestros sueños, recorriendo caminos y viajes, que el autor resume perfectamente afirmando, en una de las voces del relato, que «yo siempre pensé que no llegó a volver jamás, de aquel viaje, que no se vuelve, de los caminos. Hundido en la butaca. Bajo un cielo inmenso que no ha dejado nunca de crecerle por dentro». Y algo muy parecido ocurre con este libro; no lo dejamos una vez terminado, permanece dentro de nosotros, vivo y palpitante, para recordarnos que es en los pequeños detalles donde encontramos la vida y a nosotros mismos.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XXEl gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXICorazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vidaLa democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajesEn las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del añoEl templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

RelecturasLos pasos perdidosLa marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...

 


domingo, 23 de agosto de 2020

Vic Echegoyen: La voz y la espada

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: más que recomendable

Es curioso lo del lenguaje y las implicaciones que conlleva utilizar un registro o un tipo de léxico u otro, aun intentando expresar lo mismo... Por ejemplo, si yo digo que esta novela trata sobre una casquivana que vestía y se hacía pasar por hombre o mujer según su capricho y conveniencia, sin respetar las costumbres decentes de su época, al tiempo que fornicaba alegremente con quien pillara a mano en su calentón, sin parar mientes sobre su sexo, edad o condición, quizás pensaréis que la susodicha era una pilingui de cuidado y yo un irredento practicante de la incorrección política... o un pollavieja gilipuertas, según...

Si explico que se trata de una mujer que transgredió con valentía las restrictivas normas que el heteropatriarcado imponía a su género, una pionera en la afirmación de la libertad femenina y la ruptura de lo moldes que le imponía la convención social, tanto en la esfera privada como en la pública, deduciréis que la protagonista del libro era una feminista avant-la-lettre y quien esto escribe un aliado concienciado o un planchabragas gilipuertas, también según... Y si digo que se trataba de una persona menstruante que a menudo adoptaba los significantes externos que los estereotipos de género atribuyen a las personas no menstruantes, incluso haciéndose pasar por una persona no menstruante cuyos genitales no determinantes han sido modificados quirúrgicamente, para poder ejercer el rol que la sociedad binaria de su época (aunque, en determinados ambientes, menos de lo que cabe suponer desde la alienación neoliberal que caracteriza a la nuestra) les reservaba; que era una persona no menstruante que disfrutaba además de las ventajas ineherentes al poliamor y no temía empoderarse por medio de la práctica sexual con menstruantes y no menstruantes, etc. se podría pensar que la protagonista era una avanzada de la teoría queer y este reseñista... bueno, un gilipuertas, sin más.

Ahora bien, si el reduccionismo de tratar de explicar una novela o a un personaje de la misma atendiendo a una sola forma de interpretar el mundo a menudo conlleva resultados, cuando menos, incompletos, no digamos ya si tal personaje está basado, o basada, en este caso, en una figura histórica de la que se tiene más o menos información, pero, sobre todo, mucha leyenda, como ocurre con la protagonista de la voz y la espada, Julia -Julie- de Maupin o d'Aubigny, dama que nació y vivió en Francia durante el reinado de Luis XIV, consumada espadachina y considerada la primera contralto de la historia de la ópera, pues comenzó a interpretar papeles reservados hasta ese momento a la tesitura de los castrati -de hecho, se hizo pasar por uno de ellos en alguna ocasión-; cantante, duelista, trotamundos, fugitiva de la justicia, amante de hombres y mujeres, tanto nobles como novicias, llevó sin duda una vida extraordinaria para cualquier época y lugar, por lo que no es de extrañar que haya recibido la atención de la literatura (es también la protagonista de una de la primeras novelas de Théophile Gautier, por ejemplo) y el cine.

Con tales antecedentes, un propósito así, el de novelar una existencia tan peculiar como fue la de la Maupin, entrañaba ciertos riesgos: sobre todo, el de caer en el pastiche sentimentaloide, pero la escritora Vic Echegoyen ha salido más que airosa del envite y ha sabido narrar una historia vibrante, divertida y fresca, sin renunciar a un toque vintage -como el detalle de escribir los nombres propios en castellano, al estilo de las traducciones añejas-, que resulta de lo más evocador; leyendo las aventuras de la Maupin o d'Aubigny -o Aubini, también en ocasiones- uno se acuerda de las novelas de Dumas padre, claro está, como Los tres mosqueterosEl tulipán negro; también La Pimpinela escarlata... Eso no significa, en ningún caso, que el libro adopte un estilo decimonónico, ya  trasnochado; la narración,en cualquier caso, resulta de lo más ágil y muy verosímil, tanto en lo que se refiere a las escenas de esgrima como las operísticas (estupenda la recreación del ambiente en el Teatro de la Ópera de París, y de toda la ciudad, en general), como en las de... ejem, aquí hay tomate, de las que encontramos muchas y variaditas. Sin rebozo ni rubor, por cierto... La novela también nos proporciona un panorama asaz elocuente de cómo eran los métodos de coerción y control sobre la población durante el reinado del célebre y celebrado Rey Sol, en este caso, y que sin duda habrían contado con la aprobación del padrecito Stalin, por ejemplo... Porque, más allá del pintoresquismo y de la idealización que se pueda hacer del pasado monárquico, los métodos empleados por cualquier régimen absolutista/totalitario vienen a ser los mismos, en toda época y circunstancia.

No os quiero hacer perder más tiempo leyendo esta reseña, en lugar de la novela en sí; difícilmente encontraréis otra más entretenida para los rigores veraniegos o los confinamientos otoñales (glups), pero, sobre todo, que sacuda los prejuicios tanto sobre a lo que se supone deben atenerse las "identidades", de género o de lo que sea, como sobre lo que algunos lectores piensan, de manera equivocada, que es una novela histórica, de aventuras o incluso romántica. Una historia refrescante, divertida a ratos, conmovedora en otros y que no se atiene a los moldes establecidos... más o menos como hacía su protagonista.

sábado, 30 de octubre de 2010

100 años de Miguel Hernández

Hoy hace exactamente 100 años, el 30 de octubre de 1910, nacía en Orihuela Miguel Hernández, uno de los poetas fundamentales de la literatura española del siglo XX. Su vida fue de los campos oriolanos en los que era pastor, a los campos de batalla de la Guerra Civil, en la que fue uno de los más decididos cantores de la libertad y la República; murió en una cárcel, enfermo de tifus y tuberculosis, durante la represión de la primera posguerra, con tan solo 31 años.

Su poesía, que pasó por una etapa gongorina en Perito en lunas, se definió luego con un estilo muy personal, de raigambre clásica (como en los perfectísimos sonetos de El rayo que no cesa) y popular, cancioneril, en especial en su Cancionero y romancero de ausencias, una obra desgarradora por el contexto -escrito en plena Guerra Civil- y por la sinceridad y desnudez de la forma. Fue sin duda uno de los grandes creadores de "poesía de combate" (el otro sería, probablemente, Alberti), del bando republicano.

Cualquier homenaje que pudiéramos hacer a este magistral poeta del amor y del compromiso sería poco, así que lo dejamos a dos maestros: Pablo Neruda, amigo entrañable de Miguel Hernández, y Joan Manuel Serrat, quien con sus versiones musicales ha hecho más por mantener viva su voz, probablemente, que todos los trabajos académicos que se han escrito sobre él.

"Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!"

Pablo Neruda


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