viernes, 3 de marzo de 2023
Reseña + Entrevista: Noche, de Alejandro Sawa
miércoles, 4 de diciembre de 2024
Alejandro Sawa: Criadero de curas
jueves, 14 de agosto de 2025
Alejandro Sawa: Declaración de un vencido
lunes, 16 de diciembre de 2024
ULAD 2024 - Olvidad cualquier otra lista
Poesía: Llibre de meravelles de Vicent Andrés Estellés (cierto que no he leído ningún otro, pero lo merece igualmente).
Decepción: Mi esposa y yo compramos un rancho de Matt y Harrison Query. Esta es la chafada más gorda, pero también ha sido un poquito decepcionante Lo que más me gusta son los monstruos - Libro Dos de Emil Ferris. Y aún tengo el culo torcío con Chamanes eléctricos en la fiesta del sol de Mónica Ojeda...
NO decepción del año: Un lugar soleado para gente sombría de Mariana Enriquez.
Sorpresa (se entiende que agradable) del año: Los secretos de Heap House de Edward Carey,
Bizarrada del año (y por muchos más, sospecho): El amor edípico contra la lujuria sadomasona de Oriol Vigil.
Carlos:
Resumen del año: esto es una novedad introducida por sorpresa, así que me ha dejado un poco descolocado. Aun así diré que el año ha sido regular, con más decepciones de las habituales, y un nivel medio en el que apenas sobresalen un puñadico de cosas, algunas como estas:
Novela: en castellano Extraña forma de vida, de Enrique Vila-Matas; en otros idiomas, El otro nombre (Septología I), de Jon Fosse
Novela corta: Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, y Noches blancas, de Fiódor Dostoyevski
Ensayos y similares:
- Humanidades: Los hombres no son islas, de Nuccio Ordine
- Música: Aquellos años accidentales, de Laura Piñero
- Arte: El eco pintado, de Óscar Martínez
Historia: Ocho días de mayo, de Volker Ullrich
Libros de viajes: Campos de Níjar, de Juan Goytisolo
Biografía novelada: Lawrence de Arabia. La corona de arena, de Jose María Álvarez
Relectura: Artificios, de Jorge Luis Borges
Humor: El puente de los perros suicidas, de Abel Amutxategi
Clásico: La guerra carlista, de Ramón del Valle-Inclán (reseña en unas semanas)
Rarezas y descubrimientos: Madame Edwarda, de Georges Bataille, y Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot
- Ensayo atemporal: Aldous Huxley y Barbara Cassin (aún no reseñado)
- Ensayo del momento: Eva Illouz y Mark Coeckelbergh, más que nada para que se lean antes de que sus premisas caduquen (o estallen por los aires) y los veamos más antiguos que el periódico de ayer (¿qué es un periódico?)
- Libro del año: De entre los recientes, Visceral, de María Fernanda Ampuero, que me sorprendió muchísimo; de entre los menos recientes, Los santos inocentes de Delibes, que no puedo creer que todavía no estuviera publicado en el blog.
- Mejores novelas: Un amor de Sara Mesa (con permiso de Juan G.B.) entre las recientes y Tristana de Galdós entre los clásicos. Mención especial para dos novelas hispanoamericanas impresionantes: Huasipungo de Jorge Icaza y Balún Canán de Rosario Castellanos.
- Mejores novelas cortas: Un detalle menor de Adania Shibli y Mireia de Purificació Mascarell.
- Mejores libros de cuentos: Conejo maldito de Bora Chung y El peor escenario posible de Alejandro Morellón.
- Mejor ensayo / autobiografía / autoficción / whatever: Yeguas exhaustas de Bibiana Collado Cabrera
- Libros sobre paternidad (que aún no he reseñado): "pulgar hacia arriba" para Literatura infantil de Alejandro Zambra; "pulgar hacia abajo" para Irene y el aire de Alberto Olmos
- Lectura más loca e inclasificable del año: El amor edípico contra la lujuria sadomasona de Oriol Vigil Hervás.
- Decepciones (sin ser libros horribles ninguno de los dos): Soy fan de Sheena Patel y Otaberra de Elisa Victoria.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Juan Manuel de Prada: Las máscaras del héroe
Fecha de publicación: 1996
Valoración: intragable
Os sitúo un poco. Juan Manuel de Prada es ese señor que escribe una página de opinión mojigata y pudibunda en El Semanal. De cara más bien redonda y blanquecina, con gafas enormes y peinado con raya, yo siempre me lo he imaginado como un niño pedante y obediente, algo crecidito. Hace no muchos años (no sabría decir cuándo exactamente), le entró la manía neo-católica y desde entonces escribe como si fuera camarlengo de Su Santidad.
Pues bien, varios días después de acabar esta novela todavía no me creo que su autor sea la misma persona. En este libro no hay nada que recuerde, ni de lejos, a la prosa afectada y moralista con que castiga de Prada a los lectores de El Semanal. Todo lo contrario: Las máscaras del héroe es un texto bronco y difícil, repleto de escenas y anécdotas que repugnan hasta la arcada. Se reconoce la elaboración (algo alambicada) de las frases, el cuidado en la elección de cada palabra, pero ahí acaba todo el parecido. La misma retórica que en los artículos se viste de domingo y se va a merendar con el obispo en vajilla de plata, se pasea en esta novela por todos los burdeles de Madrid, embarrándose de esputos y semen.
Desde luego, hay que reconocer que Juan Manuel de Prada se adapta a su tema hasta las últimas consecuencias. Habla de la bohemia madrileña, desde principios de siglo hasta la Guerra civil, así que no cabe quejarse porque sus personajes se muevan constantemente entre la miseria y la ruindad: ése es, en gran parte, el espectro de nuestra historia. Pero no sólo. El lector es confrontado en cada página con tales dosis de suciedad, cobardía y violencia, que no puede dejar de sentir cierta artificialidad. Empeñado en su hiperrealismo de orinal y gargajos, de Prada acaba ofreciendo una caricatura torpe del ambiente que retrata.
Todos los personajes del Madrid de entonces desfilan por el libro. Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Cansinos Assens (y su discípulo Borges), Lorca, Buñuel, Dalí, Azaña, Primo de Rivera... En medio de todos ellos, atravesando la novela como un fantasma, Pedro Luis Gálvez, poeta malagueño que aparece en Luces de bohemia y era entonces muy conocido en tertulias y cafés. (El espectador de Luces, por cierto, reconocerá también la escena del velatorio de Max, protagonizada aquí por quien supuestamente la inspiró: Alejandro Sawa.) El protagonista casi invisible es Fernando Navales, que está siempre en el lugar apropiado para que de Prada pueda contar una anécdota famosa o presentar un personaje conocido. Aparte de parecer una mera excusa del autor, su maldad luciferina lo hace aún más increíble: hay pocos vicios que no cultive en un momento u otro de la novela.
En definitiva: me ha costado horrores terminar este tocho de 600 páginas, pese al interés por el tema. La culpa la tienen a partes iguales la retórica cargante y el afán por hacer vomitar al lector. No he leído ninguna novela posterior de Juan Manuel de Prada, pero espero que haya dejado de jugar a ser malo y escribir guarrerías, porque no es lo suyo.



