Mostrando las entradas para la consulta pessoa ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta pessoa ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de agosto de 2015

Fernando Pessoa: Quaresma, descifrador. Relatos policiacos

Idioma original: portugués
Título original: Quaresma, descifrador. As novelas policiárias
Traductor: Roser Vilagrassa
Año de publicación: 2014
Valoración: interesante, no sé si recomendable

De Pessoa (si ya he dicho esto alguna otra vez en una reseña, pido perdón por adelantado), de Pessoa, digo, tenemos una visión algo limitada o deformada: nos hemos quedado con "el poeta es un fingidor" y nos hemos olvidado de casi todo lo demás. Y sin embargo Pessoa es un autor mucho más plural de lo que imaginamos, y no solo plural en el sentido de "ser una antología", sino desde el punto de vista de los géneros, los estilos y los temas que trató. Su obra incluye prosa y poesía, heterónimos y ortónimos (obras firmadas con el nombre de Fernando Pessoa); ensayos políticos, literarios, estéticos; es el autor de ese libro magnífico e inclasificable que es el Libro del desasosiego; fue un vanguardista furibundo como Álvaro de Campos, y un clasicista irredento como Ricardo Reis... Y sí, también escribió novelas policiacas.

O mejor dicho, habría que decir, intentó escribirlas. Porque de los trece relatos que componen el volumen, ninguno está terminado, y algunos no pasan de ser un boceto muy breve y algunas escenas sueltas. De ahí que la lectura de este Quaresma, descifrador resulte por momentos algo frustrante, sobre todo para quien se había hecho a la idea de leer novelas policiacas completas del maestro Pessoa.

Lo que sí que queda claro es cuál era la intención general de Pessoa con la creación de Abílio Quaresma, el descifrador: llevar al extremo el racionalismo de los detectives de estirpe británica, creando un personaje que ni siquiera necesita ver el lugar del crimen o recoger pruebas, porque con la sola fuerza de su raciocionio consigue resolver crímenes que al resto de los mortales les parecen no solo indescifrables, sino incomprensibles. Es, por decirlo así, un Sherlock Holmes destilado e depurado de cualquier rastro de empirismo.

(La referencia a Sherlock Holmes no es casual, y no solo porque Pessoa fuese un autor bilingüe, en inglés y portugués, sino porque el propio Pessoa lo menciona como una de sus lecturas de cabecera, y en el texto de Quaresma, descifrador pueden de hecho encontrarse algunas pruebas de ello, como la famosa cita que empieza "si eliminamos lo imposible", o el que uno de los casos se resuelva porque "los perros no ladraron", como en "Estrella de plata" de Conan Doyle).

Y sin embargo, tener un detective tan "puramente racional" es también un problema (y quizás por eso Pessoa no terminó nunca sus novelas). Veamos el primer relato, el más extenso y el más acabado del volumen -pero no el más interesante, advierto-: un hombre, Vargas, aparece muerto, aparentemente suicidado, en un callejón de Lisboa; tenía en su poder unos planos de un prototipo de submarino, que entre tanto han desaparecido. La policía no consigue descubrir si ha sido un suicidio o un asesinato; entonces entra en escena Quaresma, que tras un discurso de sesenta páginas (tal cual: sesenta páginas) sobre el método de razonamiento empleado, termina por anunciar quién es el asesino.

El resto de las novelas siguen un esquema semejante, aunque mucho menos exagerado; por eso, las que más me han gustado han sido las que aparecen a continuación en el volumen ("El pergamino robado", "La muerte de don João", "La carta mágica"), que están relativamente completos, y en las que Quaresma se muestra igual de perspicaz pero mucho menos prolijo. Claro, algunas de las soluciones son absolutamente inverosímiles, porque los problemas planteados son de lo más rebuscados, pero aun así no dejan de tener cierta originalidad e interés. Los últimos relatos del libro están tan incompletos, que casi resultan incompresibles.

En el encabezamiento digo que no sé si es un libro recomendable o no: es más bien una curiosidad, tanto para los amantes de Pessoa, como para los amantes de la novela policiaca. Para un lector común, puede resultar frustrante, como decía, por la exageración de la capacidad razonadora del personaje principal, y porque, textualmente, al lector se le escamotean fragmentos a veces muy importantes del relato. La editora, Ana María Freitas, ha hecho sin duda un trabajo ejemplar de reconstrucción a partir de originales a veces muy dispersos, pero lo que realmente haría falta sería un nuevo Pessoa que llenase los huecos y completase por lo menos una de las novelas del volumen.

Otros títulos de Fernando Pessoa en Un Libro Al DíaLibro del desasosiegoEl banquero anarquistaEl mendigo y otros cuentos

domingo, 27 de septiembre de 2020

Fernando Pessoa: El mendigo y otros cuentos

 

Idioma original: portugués

Traducción: Roser Vilagrassa 

Año de publicación: 2012 (en castellano, 2019)

Valoración: Se deja leer 


Reconozco que tengo una idea muy limitada acerca de la obra de Fernando Pessoa, aunque tengo entendido que la mayor parte fue publicada después de su muerte. Así que, a la vista de este librito publicado por Acantilado el año pasado, me arriesgaré a decir que me parece por encima de todo un trabajo de bibliógrafo, el rescate de textos perdidos con los que satisfacer a completistas y estudiosos. Un trabajo, eso sí, muy bien hecho y editado con pulcritud, con la firma de Ana Maria Freitas, también responsable de otros volúmenes de Pessoa publicados por la misma editorial. Como es natural, Freitas debe ser experta en este autor sobre parte de cuya obra nos ilustra en el prólogo, explicando el conocido uso que Pessoa hace de los heterónimos, la conexión entre distintos textos y parte de la labor investigadora que dio lugar al libro del que hablamos hoy. Se trata en su mayor parte, nos cuenta Freitas, de esbozos, fragmentos o relatos inconclusos que tienen en común poco más que el aspecto exterior de un material narrativo y una extensión casi siempre escasa. Alguno de ellos fue escrito en el reverso de varios sobres, una cosa bien romántica y muy literaria, desde luego.

Hay que agradecer también a la editora y prologuista que nos ponga en antecedentes sobre algunas singularidades de los relatos. Se refiere a varios de ellos como ‘cuentos estáticos’, es decir, en los que no hay acción alguna, sino una corriente de reflexiones de diversa índole que un personaje (normalmente un individuo solitario más o menos misterioso: el mendigo, un ermitaño, un borracho) comunica a otro sin solución de continuidad. Gracias a la advertencia el shock del pobre lector queda un poquito atenuado, porque justamente son los tres o cuatro ‘relatos’ iniciales los que más decididamente muestran este formato. Aparece ese hombre peculiar y en dos líneas ya está lanzando su perorata sobre la vida y la muerte, la existencia, los placeres… pido disculpas porque sinceramente no me he detenido mucho en los detalles, pero las disertaciones suenan alguna vez a Coelho (con perdón), unas cuantas más a Cioran, y en ocasiones tienen un cierto tinte esotérico que se explica por algunas aficiones del poeta portugués. Vamos, que serán textos muy interesantes para quienes deseen profundizar en el pensamiento de Pessoa, pero seguramente para nadie más. Así que no sé cuál es el criterio para haber colocado los cuentos en ese orden, pero parece hecho a propósito para que el lector abandone cuanto antes.

Porque un poco más adelante las cosas mejoran hasta cierto punto. La afición de Pessoa hacia el ocultismo y cosas de esas se deja ver en El peregrino, el relato más largo y más elaborado, aunque también está inconcluso. Si bien nuevamente se inicia con la aparición de un misterioso hombre de negro, aquí sí que encontramos desarrollo, aunque también muy peculiar. El cuento tiene un indudable aroma a Las bodas alquímicas de Andreade por lo que es también un viaje iniciático; pero puede verse igualmente como una larga parábola en la que se van desgranando las virtudes que deben adornar al ser humano, y que el protagonista va encontrando en las sucesivas mujeres de las que se va enamorando. Una vez más el contenido responde con claridad a las reflexiones filosóficas de Pessoa, pero resulta mucho más gratificante para el lector. Incluso cuando se interrumpe la narración y se completa con unas notas rápidas sobre su posible continuación el texto adquiere una mayor agilidad que hace más fácil la comprensión del conjunto.

Lamento no tener el libro a mano (y no tener costumbre de tomar notas), porque hay algunos relatos más que tienen cierto interés. Uno es el titulado Maridos, en que la voz la tiene una mujer que se ha cargado al suyo, y hace un alegato muy pasional durante su juicio. Es una mujer asqueada de su vida de esposa hasta el fondo de su existencia, y es el suyo un muy duro discurso que podría definirse como feminista avant la lettre, una pieza rompedora que, lejos de quedarse en la superficie de hechos cotidianos, escarba en el derrumbe de toda una vida de una forma realmente sorprendente. Lo que podría parecer la otra cara de la moneda es el titulado (creo) El papagayo, donde se confiesa un hombre cuya personalidad va quedando borrada de forma inexorable por su pareja, otro ejemplo de esas existencias consumidas por las circunstancias, por una elección errónea o por el destino mismo.

Otros cuentos son apenas inicios truncados, asomos de historias sin continuidad, que hacen pensar hasta qué punto Pessoa pudo haberles dado desarrollo y convertirlas en historias más o menos poderosas. Nos quedamos con las ganas de saberlo, pero es lo que tienen este tipo de ediciones de material inédito o disperso, que al erudito le resultarán apasionantes, pero al lector estándar, aun cuando pueda encontrar destellos de verdadero interés, le dejan un tanto descolocado. 

Otras obras de Fernando Pessoa en ULAD: Libro del desasosiegoQuaresma, descifradorEl banquero anarquista



miércoles, 8 de octubre de 2014

Zoom: "El banquero anarquista" de Fernando Pessoa

Idioma original: portugués
Título original: O banqueiro anarquista
Año de publicación: 1922
Traductor: Jorge Gimeno
Valoración: está bien

He aquí una curiosa obra en prosa, una novela breve -si se puede calificar como tal- del insigne poeta portugués, gloria de las letras ibéricas (en realidad, sólo lusas, pero ya puestos, arrimemos el ascua a nuestra sardina...), Fernando Pessoa . He escrito que no sé si se puede calificar de "novela" porque esta obra resulta ser poco más que un diálogo -aunque en realidad, además, es un monólogo- entre dos personajes: el anónimo narrador, al que podemos identificar con el propio Pessoa, y un sujeto con el que conversa después de una cena y que parece ser un exitoso banquero, especulador capitalista y acaparador, pero que, pese a todas estas circunstancias, se declara seguidor acérrimo del anarquismo en la teoría y, sobre todo, en la práctica. 

Este banquero, requerido por su interlocutor, va explicando sin reserva alguna sus orígenes humildes, su primer contacto y compromiso con la idea anarquista y, sobre todo, sus dudas sobre el mejor camino para la consecución de esta Idea y sus reflexiones al respecto, así como sobre otras ideologías revolucionarias, entonces en pleno auge y actualidad (recordemos que la obrita es de 1922). Al final, el hombre explica cómo la lógica -aplastante,  eso hay que reconocerlo- de sus razonamientos le llevó a la conclusión de que la mejor estrategia para la consecución de esos ideales ácratas, al menos en lo que a él mismo atañía, consistía en amasar la mayor fortuna que fuera capaz y liberarse así de la tiranía del dinero,  lo que le llevó,  en última instancia, a convertirse en banquero. No voy a explicar exactamente en qué consisten esos razonamientos para no destripar aún más el argumento a quien esté interesado en leer esta obra, pero créanme: no tienen desperdicio.

Este texto, por lo visto, supone una muestra de lo que el propio Pessoa llamaba "sátiras dialécticas", en las que trataba de rebatir e ironizar sobre ideas políticas o filosóficas retorciebdo hasta el absurdo sus propios argumentos. En este caso, parece evidente que la doctrina a satirizar es más la del anarquismo que el capitalismo. Ahora bien, no conozco demasiado acerca de la figura de Fernando Pessoa y sus circunstancias biográficas (aparte de, por ejemplo, su educación anglófona o su interesante cultivo de sus "heterónimos"); menos aún de sus simpatías o antipatías políticas,  aunque, al parecer, sí que sentía interés no sólo por la literatura, sino también por los avatares políticos de Portugal y del mundo de su época. Sin embargo, me da la impresión de que el conocimiento que demuestra y, sobre todo, la reflexión que hace sobre las ideas anarquistas, y revolucionarias en general, son demasiado exhaustivas y competentes como para salir de alguien que pretenda únicamente desdeñarlas o ridiculizarlas. Quizás alguien que sepa más que yo sobre este escritor pueda decirnos si me equivoco.  Entretanto yo, en cualquier caso, prometo seguir leyendo a Pessoa.

Otros títulos de Fernando Pessoa en Un Libro Al DíaLibro del desasosiegoQuaresma, descifrador. Relatos policiacosEl mendigo y otros cuentos

miércoles, 4 de julio de 2018

Ciudades de libro #3 Lisboa: El rinoceronte y el poeta de Miguel Barrero

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: está bien

No es sencillo escribir sobre una ciudad que adoras, sobre todo si esa ciudad no es la tuya: es demasiado fácil caer en la idealización, en la postal exótica o en el tópico turístico. Algo así pasaba en otras dos novelas reseñadas por aquí, que tenían Lisboa como escenario de la acción: La calle de los ángeles de Jon Arretxe y Tren nocturno a Lisboa de Pascal Mercier. Algo así pasa, también, aunque en menor medida, en El rinoceronte y el poeta de Miguel Barrero. De hecho, El rinoceronte y el poeta ha sido definida como una "declaración de amor a la literatura, a Pessoa, a Lisboa". Y eso está muy bien. Lo que pasa es que ese amor debe transformarse en una obra literaria que se sostenga por sí propia, independientemente de lo bonito que sea el objeto amado. Y mira que a mí me gusta Lisboa, ¿eh?


Desde el punto de vista del argumento, El rinoceronte y el poeta se basa en un misterio: el profesor Eduardo Espinosa recibe una escueta carta de un colega, especialista como él en la obra de Pessoa, invitándolo a viajar a Lisboa para una conversación importante. El motivo de esa convocatoria y lo que se desvela en esa conversación entre eruditos no lo voy a contar, para no destripar la novela; y también porque casi es lo de menos: en realidad esa trama literario-detectivesca parece una excusa para que, mientras dura la espera de Espinosa, Miguel Barrero nos cuente cosas sobre Lisboa, sobre Pessoa, sobre el primer rinoceronte que llegó a Europa, desembarcado en Lisboa el 20 de mayo de 1515, sobre Cristóbal Colón, sobre el rey Don Manuel...

No es que estas digresiones sean poco interesantes, de hecho algunas de ellas son bien curiosas, sobre todo las referidas a los rinocerontes, su llegada a Europa y su posterior representacion / mitificación. También muchas de las historias biográficas o literarias sobre Fernando Pessoa resultan atractivas, porque en general casi todo lo que tiene que ver con Fernando Pessoa resulta atractivo. En cambio, otras digresiones están más traídas por los pelos, y el que el narrador repita "recordó Espinosa", "Espinosa pensó", etc., no hace que resulten más naturales: es inevitable pensar que quien recuerda esas cosas no es el personaje, sino el narrador, o mejor, el autor.

Y en cuanto a la representación de Lisboa, aunque por una parte es coherente con la figura del protagonista (un estudioso de Pessoa que visita la ciudad durante tres días, y que por lo tanto recorre solo aquellas áreas relacionadas con el poeta), no deja de resultar llamativo que se limite a barrios y puntos centrales y turísticos: Restauradores, Baixa, Bairro Alto, Alfama, Belém, el eléctrico 28, el cementerio de Prazeres... En ningún momento se visita ni se menciona la Lisboa del día a día, en la que la gente se levanta a las 7.30 de la mañana en un apartamento que apenas puede pagar, coge un autobús hasta los topes durante cuarenta minutos y llega a tiempo de servir cafés y pasteles de nata a los turistas por un sueldo que no llega a los 600€. Y se me dirá: ¡claro, no hay ninguna obligación de hablar de eso! Y contestaré: efectivamente, obligación, en literatura, prácticamente ninguna. Pero es que la otra Lisboa, la de A Brasileira, el Martinho da Arcada y el monasterio de los Jerónimos ya está muy vista; no estaría mal, de vez en cuando, intentar algo nuevo...

Es posible que esté sonando demasiado duro con la novela, y tengo que decir que El rinoceronte y el poeta está bien (de ahí la valoración: "está bien"). De hecho, no le falta mérito al hecho de conseguir mantener una trama basada en que un personaje espera dos días para reunirse con otro, y hablar. Y además está bien escrita, en el sentido de que el estilo está evidentemente cuidado y trabajado, si bien a veces cae en barroquismos y preciosismos excesivos para mi gusto. Un ejemplo, tomado de la primera página de la novela:
Quinientos años después, en una estupenda mañana de agosto en la que el sol doraba los campos y un cielo azul llenaba de optimismo los designios de una tierra condenada, mientras viajaba a bordo de un tren que comunicaba el epicentro de la meseta castellana con la para él bellísima desembocadura del Tajo en el Atlántico, el profesor Eduardo Espinosa pensó en aquel rinoceronte y se preguntó, por primera vez, si su historia podría entretejerse de algún modo con la del poeta a cuyo estudio había dedicado la mayor parte de su vida.
Vuelvo a oír una voz (¿de quién?) que dice: pues si no te ha parecido que estas novelas retratan bien Lisboa, ¿cuáles recomiendas? Y aquí, aun corriendo el riesgo de ser tópico yo mismo, tengo que referirme a los más grandes: el Libro del desasosiego del inevitable Pessoa, El año de la muerte de Ricardo Reis de Saramago, buena parte de la obra de Lobo Antunes o de Cardoso Pires, o si nos ponemos históricos, Os Maias de Eça de Queirós... Como se ve, es muy difícil (o así lo veo yo, por lo menos) que alguien que no ha vivido un largo tiempo en una ciudad escriba un gran libro sobre ella. Por mucho cariño que se le coja a un lugar durante una estancia de semanas, días o incluso meses, llegar a comprender el alma de las ciudades, si es que eso existe, lleva mucho más tiempo...

viernes, 3 de abril de 2009

Fernando Pessoa: Libro del desasosiego

Título original: Livro do DesassossegoIdioma original: Portugués
Fecha de publicación: 1982
Valoración: Muy recomendable

En el momento de poner las etiquetas para esta entrada, dudo: ¿es el Libro del desasosiego una novela? ¿Es el diario de Bernardo Soares, el protagonista, o quizás el del propio Pessoa? ¿Un ensayo? ¿Unas memorias? ¿Es, adelantándose a la actual moda, un ejemplo de autoficción? Es realmente un libro muy difícil de clasificar: está compuesto de fragmentos dispersos, fue escrito a lo largo de más de veinte años (desde 1912 hasta 1935) y en el momento de la muerte del escritor se hallaba todavía en un estado informe, sin ordenar, sin completar y lleno de pasajes dudosos.

Estas dificultades textuales y genéricas, sin embargo, no impiden disfrutar de la lectura del diario o cuaderno de notas -hoy lo llamaríamos "blog"- de un personaje sentimental e hipersensible de la clase media lisboeta de comienzos de siglo. Aunque algunos de los sufrimientos del protagonista nos queden ahora algo lejanos o suenen demasiado afectados (tanto Pessoa como Soares pueden calificarse como posrománticos), esta distancia temporal o estética la salvan la sensibilidad del autor hacia la realidad, y sobre todo hacia el efecto de la realidad en sí mismo, además de su capacidad para trasladarla a páginas claras y llenas de poesía, que recuerdan, por su concisión y su pureza, a las de Josep Plá en el Quadern gris.

¿Es Soares un alter-ego del propio Pessoa? Resulta difícil decirlo: lo sería si el autor fuese cualquier otro. Lo es más en el caso del poeta portugués, que se valió de la creación de heterónimos en su obra poética, y que en este caso, en cambio, parece querer distanciar a Soares calificándolo como personaje, y recurriendo -de manera muy sutil, eso sí- al tópico del manuscrito encontrado. Sea como sea, el Libro del desasosiego es sin duda una puerta abierta al mundo de Pessoa, y a su original manera de entender la poesía, el mundo y a sí mismo.

Otros títulos de Fernando Pessoa en Un Libro Al DíaQuaresma, descifrador. Relatos policiacosEl banquero anarquistaEl mendigo y otros cuentos

martes, 20 de octubre de 2015

Luis Morales: Un amor como este

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: decepcionante

Decepcionante, sí, decepcionante. No se me ocurre adjetivo mejor para describir Un amor como este, la obra de Luis Morales dedicada a la relación entre el poeta Fernando Pessoa y su único amor (conocido), Ofélia Queiróz. La culpa, en parte, no es de él, sino de la faja que la Editorial Funambilista le ha colocado, y que habla de "la novela del único amor de Fernando Pessoa", o algo semejante. Pues no, señores, lo siento, pero esto no es una novela, o lo es solo en un sentido muy genérico, en el sentido de que "todo aquello a lo que se pone el nombre de novela, es una novela". Un amor como este es más bien un ensayo ficcionalizado, o una reconstrucción histórico-biográfico-imaginativa; se le puede llamar de muchas formas, pero novela... novela no.

Y de ahí viene la decepción, claro, porque uno compra el libro esperando encontrarse El cielo de Lima pero en versión lisboeta, y lo que hay es mucha documentación, mucha empatía con el poeta y con su mujer amada, pero muy poca literatura (lo que es doblemente decepcionante tratándose nada menos que del autor del Libro del desasosiego); el texto no tiene un alma propia, nunca pasa de ser más que una suma de cartas (las que los enamorados se intercambiaron en los dos periodos en los que fueron novios, o algo parecido) y algunos poemas de Pessoa, unidos por unas cuantas escenas inventadas, pero escritas sin demasiada gracia. Por momentos, el texto asume esta condición de ensayo divulgativo y se dedica a reconstruir la historia de Portugal o de Lisboa, o hace explícitas las fuentes en las que se ha basado; todo ello, con un formato narrativo y una voz literaria, podría haber dado lugar a una novela posmoderna, no hay duda, pero no es ese el caso.

Y las propias cartas de Fernando y Ofélia merecen comentario aparte. Ya he dicho otras veces que, en general, esto de publicar las cartas privadas de los escritores me parece muy discutible, si no se obtuvo su permiso para ello. Sí, se obtiene mucha información de esas cartas; sí, se llega a conocer mejor la intimidad de los escritores, pero ¿y su intimidad, y su derecho a que no husmeemos entre su ropa interio? Las cartas de amor cruzadas entre Pessoa y Ofelia me dan la razón, porque son, como el propio Álvaro de Campos decía en un poema, absolutamente ridículas. Se llaman el uno al otro de "bebecito", "ibiscito", "niñita", se dicen que echan de menos sus besitos, que se van a dar azotes, que han sido malos, malos, MALOS por no llamar por teléfono o responder a una carta...

¿De verdad leer esas cartas nos ayuda a entender mejor al gran Pessoa?

En cualquier caso, del tono de estas cartas no tiene la culpa Luis Morales, las cartas son lo que son, y él las utiliza con toda fidelidad y respeto. Hay que agradecerle también (bueno, yo por lo menos se lo agradezco) sus esfuerzos por aproximar las culturas española y portuguesa, a través de su obra literaria, o de su página web "Por amor a Lisboa"; de hecho, en todas sus biografías Luis Morales que nació en "Cáceres, Península Ibérica". Pero estas buenas intenciones iberistas no evitan que Un amor como este sea una decepción. La gran historia de amor de Fernando y Ofélia (si es que realmente fue para tanto la historia, que a mí hasta me quedan dudas) espera todavía un novelista que la cuente.

jueves, 26 de marzo de 2015

100 años de Orpheu, hito de la literatura portuguesa

Quizás poca gente en España se haya enterado de que este mes, en marzo de 2015, se cumplen los 100 años del primer número de la revista Orpheu, una publicación que con apenas dos números cambió de manera radical la historia de la literatura portuguesa.

Situémonos. Portugal era a principios del siglo XX un país que se asomaba a la modernidad (como España, sin ir más lejos). En Lisboa se inauguraban los elevadores y los funiculares, se instalaba el alumbrado eléctrico, se generalizaban los tranvías, abrían los Armazens do Chiado, se abrían las Avenidas Novas que marcaban la expansión futura de la ciudad hacia el extrarradio. En 1910 acababa de proclamarse la República, con la que se esperaba superar los problemas del régimen monárquico decimonónico. En literatura, y sobre todo en poesía, el post-romanticismo proyectaba una sombra alargada y los grandes popes controlaban los engranajes del sistema literario.

En este contexto surge Orpheu, un proyecto editorial dominado por un conjunto de escritores (y artistas) que han viajado, han leído, han conocido los movimientos de la vanguardia parisina y europea. A la cabeza de este grupo, el más famoso y el más ambicioso de todos, Fernando Pessoa, acompañado por los portugueses Sá-Carneiro, Luís de Montalvor y Almada Negreiros, o el brasileño Ronald de Carvalho. (De hecho, Orpheu nació como un proyecto luso-brasileño, aunque en el segundo número ya aparecen como directores Pessoa y Almada Negreiros). Junto a ellos, pintores como Amadeo de Souza-Cardoso o Santa-Rita Pintor, que de hecho ilustró el segundo número de la revista.

Orpheu es puro modernismo, en cualquier sentido que se le quiera dar al término. De hecho, conviven en sus números poemas herederos del simbolismo (sonetos esteticistas dedicados a Salomé, llenos de sedas, marfiles y piedras preciosas), con otros abiertamente vanguardistas, más concretamente futuristas, con su exaltación de la máquina, de la velocidad, de lo moderno frente a lo antiguo. La "Oda triunfal", que aparece en el primer número de Orpheu con la firma de Álvaro de Campos (uno de los heterónimos de Pessoa) es todo un manifiesto vanguardista digno del mismísimo Marinetti:


¡Eh-ah-ho, fachadas de los grandes almacenes!
¡Eh-ah-ho, ascensores de los grandes edificios!
¡Eh-ah-ho, reorganizaciones ministeriales!
¡Parlamentos, políticas, secretarios de presupuestos,
presupuestos falsificados!
(Un presupuesto es tan natural como un árbol
y un parlamento tan bello como una mariposa.)

El primer número de Orpheu fue un éxito y un escándalo mayúsculo. "Somos el asunto del día en Lisboa; lo digo sin exagerar", escribe Pessoa en una carta en abril de 1915. "El escándalo es enorme. Nos señalan por la calle, y todo el mundo -incluso fuera del mundo literario- habla de Orpheu". Así debió ser, sin duda, porque el panorama literario portugués no estaba quizás preparado ni para la sensualidad de los poemas modernistas -en el sentido simbolista-, ni para la provocación estética que suponían los poemas más vanguardistas, debidos al propio Pessoa o a Sá-Carneiro sobre todo.

El primer número de Orpheu correspondía a los meses de enero-febrero-marzo de 1915; el segundo, a abril-mayo-junio; nunca hubo un número 3. Las diferencias ideológicas, la pérdida del mecenazgo económico, la muerte de Sá-Carneiro en 1916 fueron algunos de los motivos de esta desaparición. Y sin embargo, el legado de Orpheu se sintió mucho más allá de las fechas de su publicación. Con esta revista, la modernidad entraba en la literatura portuguesa, y entraba para quedarse. Las posteriores publicaciones vanguardistas que fueron surgiendo en Portugal (el Sudoeste de Almada Negreiros, la Presença de José Régio, entre otros...) se proclamaron siempre continuadores de Orpheu.

viernes, 3 de mayo de 2013

José Saramago: El año de la muerte de Ricardo Reis

Idioma original: portugués
Título original: O ano da morte de Ricardo Reis
Año de publicación: 1984
Valoración: Imprescindible

Voy a hacer una confesión de esas que nadie me pide y que a nadie (probablemente) interesan: los últimos dos libros que reseñé para este blog, Delirio e Historia secreta de Costaguana los leí a la carrera, como quien traga sin masticar ni paladear; los dos me gustaron, pero creo que no los disfruté completamente. Con El año de la muerte de Ricardo Reis ha sido al revés: lo he leído a poquitos, con calma, degustándolo, sin cansarme ni precipitarme, sin prisa por llegar al final. Y a lo mejor por eso, o a lo mejor porque es una verdadera obra maestra (quizás la mejor novela de su autor), he disfrutado de esta lectura como hacía tiempo que no disfrutaba.

El año de la muerte de Ricardo Reis reúne los mejores atributos de la narrativa de Saramago (el narrador entrometido, la ironía sutil, el ritmo constante, las sorpresas lingüísticas, la inteligencia crítica...), y evita algunos de los tics en los que, en mi humilde opinión, caen algunas de sus obras posteriores: el maniqueísmo, la tentación a la parábola o a la moralización. El año de la muerte... tiene obviamente una carga crítica y un mensaje político claro, pero que en ningún momento se impone ni al texto ni al lector; es, sobre todo, el retrato de una época, los años 30 del siglo XX, y de una ciudad, Lisboa, a través de los ojos de un personaje desencantado y desubicado.

Toda la historia gira, de hecho, en torno a este personaje: Ricardo Reis, vuelto de Brasil al conocer la noticia de la muerte de su "amigo" Fernando Pessoa. A su llegada a Portugal se instala en un hotel junto a Cais do Sodré; inicia una relación pasional con una de las camareras, y una más platónica con una de las huéspedes; intenta sentirse en casa e integrarse en la sociedad lisboeta, pero sin conseguir sentir que realmente ha regresado; y entre tanto mantiene conversaciones con un aparecido (que no fantasma) Fernando Pessoa. Estas conversaciones, en lo que tienen de paradójico y metaliterario, de poético y de filosófico, de contradictorio y onírico, son probablemente lo más atractivo del texto, por lo menos para librófilos como yo.

Pero la novela es mucho más que la historia de Ricardo Reis: es también el retrato del Portugal de los primeros años del Estado Novo, con su extrema pobreza y su propaganda nacionalista, su policía política y su hipocresía moral, con sus marineros revolucionarios y sus mítines anticomunistas. Es también una narración oblicua de los momentos inmediatamente anteriores al inicio de la Guerra Civil española, origen de noticias contradictorias y causa de una ola de exiliados que abarrota el hotel Braçança. También están muy presentes el fascismo italiano y el nazismo alemán, en un momento en que la propaganda salzarista todavía los mostraba como regímenes hermanos y modelos de futuro.

Esta novela es especialmente recomendable para quien conoce o vive en Lisboa, porque en ella la ciudad se presenta de una forma viva e íntima (o íntimamente viva, si se quiere): se puede sentir que ha sido escrita por alguien que de hecho ha paseado por Cais do Sodré, por la Rua do Alecrim, el Largo de Camões o el mirador de Santa Catarina; que ha tomado cafés en Martinho de Arcada o en la Chave de Ouro; y no por un turista accidental que solo conoce lo que sale en las guías, como pasaba con el Tren nocturno a Lisboa de Pascal Mercier. Casi dan ganas de coger la novela y un mapa y ponerse a recorrer con el personaje las calles de Lisboa, aunque sea una Lisboa que ya no existe, y aunque corramos el riesgo de sentirnos tan desubicados como el propio Ricardo Reis en su lento camino hacia el Cementerio dos Prazeres.

Otros libros de José Saramago reseñados en ULADCaínAlabardasLa cavernaEl evangelio según JesucristoEl hombre duplicadoEnsayo sobre la ceguera

jueves, 31 de mayo de 2018

Almeida Garrett: Viajes por mi tierra

Idioma original: portugués
Título original: Viagens na minha terra
Traducción: Martín López-Vega
Año de publicación: 1846
Valoración: interesante

Me pregunto si alguno de los aquí (virtualmente) presentes conoce a Almeida Garret, un autor fundamental para entender la literatura, la cultura e incluso la política portuguesa del siglo XIX, pero que ha tenido bastante poca fortuna fuera de sus fronteras. Me pregunto incluso si mucha gente que ha estado en Lisboa, y que ha escalado la rua Garrett para llegar a la Brasileira y sacarse la foto con Pessoa, sabrá quién es ese Garrett que da nombre a la calle; o si quienes admiran el Teatro Dona Maria II en la plaza de Rossio sabrán que ese teatro no existiría si no fuera por Almeida Garrett, el gran promotor del rejuvenecimiento del teatro portugués...

Bueno, pues Almeida Garrett (o con su nombre completo, João Baptista da Silva Leitão de Almeida Garrett) fue un hombre del Renacimiento en pleno Romanticismo: revolucionario, escritor, político, diplomático, gestor cultural, periodista o dandy (aunque algo dado a enamorarse de adolescentes), Almeida Garrett jugó un papel esencial a la hora de promover una recuperación del teatro portugués (no solo con la teoría sin con la práctica, fundando y regulando los teatros, recuperando autores clásicos y escribiendo sus propias obras). Fue, además, poeta, autor de ensayos fundamentales como Portugal en la balanza de Europa y también de novelas como El arco de Santa Ana.

Y de estos Viajes por mi tierra que fueron un día lectura obligatoria en las escuelas, aunque ya no lo son (y quizás con buen motivo).

Los Viajes de Almeida Garrett tienen tres modelos citados en el propio texto: Xavier de Mestre y sus Viaje alrededor de mi cuarto; el Quijote y el Tristram Shandy. Con esos moldes, está claro lo que tenía que salir: más una sátira o una parodia que una historia de viajes propiamente dicha. El propio objeto de la obra (un modestísimo viaje desde Lisboa hasta el Ribatejo) ya contrasta con las grandes narraciones de viajes al Oriente, a África o a la Amazonia, por dar solo tres ejemplos clásicos. Y también la forma de contar la historia, en la que en realidad el viaje importa más bien poco, contrasta con el supuesto género de la narrativa de viajes en el que se inscribe.

Porque Almeida Garrett, siguiendo de cerca a Xavier de Mestre (a quien cita desde el epígrafe) viaja más a través de la imaginación, la digresión o el recuerdo, que propiamente con los pies. Así, el texto se convierte en un laberinto o una selva, en la que caben reflexiones sobre Camões, sobre la situación política de Portugal, sobre la política agraria del Marqués de Pombal o sobre el Quijote de Cervantes, y una multitud de guiños y reconvenciones a un lector al que se quiere al mismo tiempo atento y desconfiado, divertido y confuso por las vueltas, retrocesos y paradas que da el texto.

De hecho, quizás siguiendo esta vez a Cervantes, casi toda la segunda mitad de la obra está ocupada por una "novela intercalada": la historia de amor entre Joaninha ("la chica de los ruiseñores") y su primo Carlos, que a su vez le sirve a Almeida Garrett para contraponer el personaje de Frey Dinis (un fraile viejo y conservador) con Carlos (un joven liberal que acabará convertido en barón, o sea, en una nueva forma de fraile). Esta historia de amores, desamores e identidades ocultas tiene su punto entrañable, aunque también su punto desfasado; aunque Almeida Garrett desbarraba contra el romanticismo exaltado, lo cierto es que su sensibilidad era en sí misma romántica.

¿Por qué decía que a lo mejor ha sido bueno sacar Viajes por mi tierra del currículo de lecturas obligatorias en las escuelas? ¿Y por qué le doy un "interesante" y no un "recomendable"? Pues porque este es uno de esos libros que, con el paso de los años, se ha convertido más en un monumento que en una obra de disfrute; cabe leerlo, admirarlo, analizarlo, reírse con ciertas ocurrencias del autor, saltar unas cuantas páginas... pero no ofrece el tipo de placer que puede atrapar a lectores adolescentes, sobre todo porque para entender muchos de sus guiños se exige una cultura literaria bastante amplia. Aunque tenga su gracia y una indudable inteligencia en su estructura, su lectura a ratos se hace lenta y ardua.

En cualquier caso, Garrett merece su reconocimiento y su lugar en la memoria literaria de Portugal, y quizás algo más. No hay muchos individuos que hayan conseguido, ellos (casi) solos, levantar un teatro nacional de sus escombros. Espero que algunos de nuestros lectores, cuando suban por la rua Garrett en dirección a la Brasileira para sacarse una foto con Pessoa, se acuerden de esto, y recen una oración (laica, literaria) por el alma del bueno de Almeida Garrett.


martes, 15 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (2)

TOC, por David Villar Cembellín

El acto de leer, a estas alturas lo tengo claro, es un trastorno obsesivo-compulsivo. Obsesivo, porque mentalmente no concibes tu existencia sin lectura o tu mente sin el sumatorio de las mismas; y compulsivo, porque recurrentemente vuelves a los libros como pulsión vital. «El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad», que dijo Picasso en la que puede ser la mejor definición sobre la función de la Literatura.

Así las cosas, recapitulemos: ¿dónde comenzó mi afición de lector? No tengo ninguna duda, el germen tuvo lugar a edad temprana con las historietas de Pulgarcito, un tebeo que devoraba semanalmente y que proporcionó infantil e infinito placer al niño que fui. Por supuesto que a esos Pulgarcitos siguieron otros tebeos: la colección entera de Tintín, de Astérix, Zipi y Zapes, Mortadelos y Filemón, Grandes Aventuras Ilustradas… mi afición lectora se cimentó sobre una sólidas raíces: los tebeos. En mi cabeza sonaban Enrique y Ana.

A posteriori —o paralelamente, no recuerdo— llegaron decenas, quizá centenares de libros infantiles que sacaba casi a diario de la Biblioteca del Colegio de La Salle de Sestao (un abrazo fuerte desde aquí para Míkel, el bibliotecario): allí fueron cayendo desde la colección de Los Cinco (que me volvió loco), hasta los infames Hollister (que nunca me terminaron de gustar, demasiado anglobuenistas), Los tres investigadores, La banda del cuatro y medio, libros de El barco de vapor, la colección entera de los inolvidables Elige tu propia aventura de tapa roja (mis favoritos, La guarida de los dragones y Te conviertes en tiburón), etc. Pero si debo rescatar un libro de mi infancia, aquel fue La historia interminable. Su extensión (400 páginas o´clock), el carácter épico de la aventura que contaba, la multitud de personajes, la tipografía a doble color… aquel ejemplar que mi madre me compró en el Círculo de Lectores fue, sin ambages, mi lectura favorita de aquella infancia tardía. Aún lo es. En la radio sonaban casetes de Duncan Dhu que regalaban con la SuperPop y recopilatorios grabados de Los 40 Prinicpales a los que bautizaba con los originales nombres de “Guay 1”, “Guay 2”, “Guay 3”…

Y en estas llegó mi pubertad, llegó la adolescencia… y digamos que estuve más preocupado/ocupado de otras cosas que de leer. Además, en términos estrictamente crematísticos fue mi adolescencia una época particularmente jodida: fumador precoz, bebedor de fin de semana y aficionado a los tebeos… muchos vicios para 300 pesetas a la semana si las notas acompañaban (que no era el caso, para más inri). Pero, oh, de repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas en mi mano. ¡2000 pesetas!

Son para sacarte el bono mensual para el tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre.
—Sí, mama —mentía yo.

Y esas 2000 pesetas para el bono mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía ir el resto del mes de colada en el tren, ni tan mal. Así fue como el casi hasta la indigencia misérrimo adolescente de Margen Izquierda que fui —que en el fondo siempre seré— consiguió dinero para seguir comprando cómics (el Spiderman de McFarlane, la Patrulla-X de Claremont…). Mis lecturas de esa época: las Crónicas de la Dragonlance (que me encantaron), El señor de los anillos (que me pareció un tostón ultradescriptivo, aún hoy no trago a Tolkien), los mitos de Chtuluh de Lovecraft, y algún que otro libro de más empaque que iba rescatando de las abigarradas estanterías de mi casa: La ciudad de la alegría de Lapierre, La insoportable levedad del ser de Kundera, Por quién doblan las campanas de Hemingway, Misericordia de Galdós, Tartufo de Moliere, Papillón de Carriere, Réquiem por un campesino español de Sender, La buena tierra de Pearl S. Buck, etc. La verdad es que tenía en mi propio hogar un buen fondo de armario. 

Pero si he de elegir una lectura de adolescencia que me marcó, que me tocó hondo, fue El club de los poetas muertos de N. H. Kleinbaum. Probablemente será una obra menor, o tramposa, o maniquea, pero me da igual, no me avergüenza reconocerlo… en aquel momento quinceañero la leí de un tirón, me habló de mí mismo y agitó mi anterior como ninguna lectura lo había hecho hasta entonces. En mi radiocasete sonaban noche y día A night at the opera de Queen, Violator de Depeche Mode, Disintegration de The Cure y Zooropa de U2.

Y como quien no quiere la cosa, crecí, me hice legal —que no moralmente— adulto, y el cuerpo me pedía más y más. Y entre cosas que me dejaron amigos (La tregua de Benedetti, El camino de Delibes…) y cosas que iba sacando de la biblioteca de Sestao (me divertí mucho cuando descubrí a Bukowski y Fante, me maravillé con Unamuno a través de Niebla, flipé con la trilogía de Auschwitz de Primo Levi…), las lecturas crecían y crecían. Además, gracias a trabajos esporádicos comencé a gozar de cierto escaso poder adquisitivo y pude culminar los imprescindibles de cómics que había ido dejando cojos a falta de vil metal: Watchmen, V de Vendetta, The Sandman, Black Orchid... Los dos más grandes de aquella época fueron sin duda Alan Moore (de quien aún sigo comprando compulsivamente todo lo que hace, de nuevo el TOC) y Neil Gaiman. Todavía conservo los originales de aquellos cómics que editó Zinco por primera vez. En la radio sonaban Guns´n Roses y grupos grunge que nunca me acabaron de convencer del todo, mientras yo descubría a Serrat, a Sabina, a Victor Jara, y me iba de concierto hasta Barcelona para ver a U2 (año 1997, Placebo de teloneros).

Y el tiempo prosiguió. Y con él las lecturas. Y así llegaron los que considero los más grandes. Pessoa y su Libro del desasosiego. Dostoievski y sus hermanos Karamazov (y, ¡oh!, Noches blancas). Scott Fitzgerald y sus hermosos y malditos. Steinbeck y sus uvas de la ira. Céline y su viaje al fin de la noche. Kenzaburo Oé y su cuestión personal. Y los relatos y el teatro de Chejov (mención especial para las líneas finales de El tío Vania y Las tres hermanas). Y la inolvidable disertación amorosa de Carson McCullers en La balada del café triste. Y la siempre hilarante y divertida crítica social de Gogol. Y el realismo sucio y desesperanzado de Thom Jones, Kjell Askilden y Ray Pollock. Y los futuros distópicos de Zamiatin, Orwell y Huxley. Y los alegatos antibelicistas de Trumbo y Vonnegut. Y la eterna espera de Buzzati. Y la lucidez impía de Saramago. Y las historias siempre trágicas y emocionantes de Zweig. Y los justos de Camus. Y las ciudades de Calvino. Y las estrellas de Lem. Y tantos y tantos…

La lista a estas alturas no es interminable, pero sí extensa. Menos de lo que me gustaría, no obstante. También han ido evolucionando mis gustos en cómics, creo, hacia terrenos más europeos e independientes, y en estos años he leído unos cuantos excelentes: Blankets de Craig Thompson, El arte de volar de Altarriba y Kim, la serie de Paul de Rabagliati, el Paracuellos de Carlos Giménez, el siempre seguro de calidad Luis Durán, y muchos más que no tendría tiempo aquí de reseñar. Además, con el tiempo he dado cabida a la poesía, a la que tenía semiolvidada, y he disfrutado como un loco de poetas tan grandes como Pessoa, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvetaieva, Kavafis, Karmelo Iribarren, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Altolaguirre, Kirmen Uribe, y tantos otros que se me estaban escapando —que todavía se me escapan— por pura ignorancia (internet ha sido un cauce muy útil, por cierto, para estos hallazgos). En mi reproductor de mp3 ahora suenan mucho los Smiths y Nacho Vegas, señal tal vez de que a estas alturas me he vuelto un ser más triste, o quizá tan sólo más lastimero.

Pero a lo que vamos: con el carácter ecléctico de siempre, sigo leyendo. Sin un orden, sin un patrón, solo por el placer de leer, y lo seguiré haciendo. Pero sirvan estas líneas, este corolario a esta biografía lectora, como agradecimiento a todos aquellos que lo hicieron posible y sentaron las bases del lector en que me he convertido. Así, quede dicho:

¡GRACIAS A MI FAMILA POR AQUELLOS PRIMEROS “PULGARCITOS”!
¡GRACIAS A MIKEL Y SU BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE LA SALLE DE SESTAO POR EXISTIR!
¡GRACIAS A MI MADRE POR EL EXCELENTE FONDO DE ARMARIO LITERARIO QUE TENÍA EN CASA!
¡GRACIAS A LOS AMIGOS, NOVIAS, COMPAÑEROS DE TRABAJO… QUE COMPARTIERON CONMIGO SUS LECTURAS FAVORITAS!
¡GRACIAS A LOS LIBREROS QUE SUPIERON DESCUBRIRME AUTORES QUE DESCONOCÍA Y A AQUELLOS QUE SUPIERON ENCONTRAR MIS EXIGENCIAS MÁS BIZARRAS! (un abrazo especial para aquel dependiente rastafari de la FNAC-Zaragoza que se equivocó conmigo y se pensó algo que no era cuando le pedí el Maurice de Forster) ;P
¡GRACIAS A LA GUAPA BIBLIOTECARIA DE MUSKIZ QUE NUNCA SE ENFADA CUANDO LE LLEVO CON MUUUUUCHO RETRASO TODOS LOS LIBROS QUE ME LLEVO!
¡GRACIAS A LOS PEQUEÑOS EDITORES QUE ARRIESGAN Y RESCATAN DEL OLVIDO OBRAS QUE VALEN MUCHO LA PENA!
¡GRACIAS A INTERNET, Y SUS DESCONOCIDOS, Y SUS CRÍTICAS, Y SUS BLOGS, Y SUS PÁRRAFOS ESCOGIDOS… QUE SIRVEN DE BRÚJULA PARA TODOS ESOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS!

Gracias a todos, de verdad. Mi trastorno obsesivo-compulsivo está en deuda con vosotros. Pero eternamente agradecido por el mismo, en serio.

martes, 25 de agosto de 2009

Nuria Amat: Viajar es muy difícil

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2009
Valoración: Está bien

Una de las rutinas habituales antes de emprender un viaje es comprar una guía que nos enseñe qué lugares “merece la pena” visitar. Claro que también hay quien busca algo especial en el lugar de destino que no aparece en las guías. Existen muchos viajeros (o, mejor dicho, turistas; dudo que haya mucha gente hoy en día a quien se le pueda llamar viajero) que buscan “ciudades literarias”, aquellas que vieron nacer a grandes escritores, o los acogieron, o les sirvieron de inspiración mientras escribían sus grandes obras. Nuria Amat hace un recorrido por algunas de estas ciudades (como la Praga de Kafka, la Lisboa de Pessoa, la Alejandría de Kavafis…), prestando atención no a los monumentos o lugares típicos que atraparían la atención del turista, sino a los elementos (calles, adoquines, farolas, tranvías…) de los que beben los autores que viven en ellas.

Pero también nos habla de los escritores que vivieron en esas urbes y de todo aquello que necesitan para vivir y dar forma a su obra, desde su casi general desarraigo, sus amigos literarios y la relación epistolar mantenida con ellos, su exilio (cuando procede), sus viajes o su imposibilidad para viajar hasta sus trabajos (tan amados como odiados) como funcionarios o bibliotecarios.

A medio camino entre el ensayo y el libro de viajes, Viajar es muy difícil también nos habla del turismo de guerra, de cómo, cuándo y por qué escribimos… incluso de un intento de experimentar la vida en la Sarajevo de la pasada guerra de Yugoslavia entre las cuatro paredes de un piso de Barcelona.

Un libro muy interesante, en definitiva, para todo aquel que quiera convertirse en un viajero atípico por un mundo que tiene más que ofrecer que lo que una guía nos puede mostrar.

viernes, 6 de noviembre de 2009

250 entradas - 250 años (I)

Para conmemorar que hemos llegado a las 250 entradas de blog -sin fallar un solo día-, los que hacemos Un libro al día nos hemos propuesto hacer nuestro propio "canon" de los mejores libros escritos en los últimos 250 años. Cada uno de los autores del blog votamos por los libros que quisimos (10 en algunos casos, 25 en otros), y después unificamos las listas.

Como la lista de "nominados" y "premiados" es muy larga, la dividimos en dos partes: publicamos hoy la lista de libros que obtuvieron un solo voto, de alguno de nosotros (los "nominados"). Mañana publicaremos la lista de los 14 libros que obtuvieron más de un voto y que, por lo tanto, se puede decir, son "los 14 mejores libros escritos en los últimos 250 años según Un libro al día". Como veréis, en la lista -la de hoy y la de mañana- hay un poco de todo: mucha literatura consagrada (no es un canon excesivamente rompedor en ese sentido); casi todo novela, con algunas incorporaciones de novela gráfica, ciencia-ficción o novela fantástica; bastante literatura en español (con predominio de Hispanoamérica) y sobre todo una aplastante mayoría de obras del siglo XX.

Esta es, en fin, la lista de nominados:


  • ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick
  • Antología poética, Miguel Hernández
  • Canto a mí mismo, Walt Whitman
  • Cantos de Maldoror, Isidore Ducasse
  • Capitanes de la arena, Jorge Amado
  • De ratones y hombres, John Steinbeck
  • Dune, Frank Herbert
  • El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez
  • El barón rampante, Ítalo Calvino
  • El candor del padre Brown, G. K. Chesterton
  • El color de la magia, Terry Pratchett
  • El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
  • El lobo estepario, Herman Hesse
  • El marino que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima
  • El proceso, de Kafka
  • El profeta, Khalil Gibran
  • El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde
  • El rey se muere, Eugene Ionesco
  • El ruido y la furia, William Faulkner
  • El señor de los anillos, J.R.R Tolkien
  • El tragaluz, Antonio Buero Vallejo
  • El último encuentro, Sandor Marai
  • Esperando a los bárbaros, Coetzee
  • Fausto, Johann Wolfgang von Goethe
  • From Hell, Alan Moore
  • Hojas de hierba, Walt Whitman
  • Inventario Uno, Mario Benedetti
  • Jane Eyre, Emily Bronte
  • Juego de tronos, George R.R Martin
  • La casa de citas, Alain Robbe-Grillet
  • La ciénaga definitiva, Giorgio Manganelli
  • La insoportable levedad del ser, Milan Kundera
  • La montaña mágica, Thomas Mann
  • La naúsea, Jean Paul Sartre
  • La tierra baldía, T. S. Eliot
  • Las amistades peligrosas, Pierre Choderlos de Laclos
  • Libro del desasosiego, Fernando Pessoa
  • Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata:
  • Luces de Bohemia, Valle Inclán
  • Me casé con un comunista, Philip Roth
  • Movimiento perpetuo, Augusto Monterroso
  • Mrs. Dalloway, Virginia Woolf
  • Narraciones extraordinarias, Poe
  • Nieve, Ohran Pamuk
  • Orgullo y prejuicio, Jane Austen
  • Poeta en Nueva York, Lorca
  • Rayuela, Julio Cortázar
  • Relatos, Julio Cortázar
  • Residencia en la tierra, Pablo Neruda
  • Rimas, Becquer
  • Sin destino, Imre Kertesz
  • Todo Mafalda, Quino
  • Un mundo feliz, Aldous Huxley
  • Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal
  • Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud

lunes, 17 de agosto de 2015

valter hugo mãe: la máquina de hacer españoles

Idioma original: portugués
Título original: a máquina de fazer espanhóis
Año de publicación: 2010
Valoración: recomendable

Aclaración inicial: la ausencia de mayúsculas en el título del autor y en el título no es cosa mía: es así como le gusta que se escriba al propio autor. Tampoco en el texto de la novela, con la excepción de unos pocos capítulos, se usan las mayúsculas. Manías de escritor, oye: a Juan Ramón Jiménez le gustaba escribirlo todo con jota y ganó el Nobel.

Dicho esto, paso a presentar a valter hugo mãe, al que sospecho que probablemente no conocerán la mayoría de los lectores españoles o hispanoamericanos que nos siguen. valter hugo mãe es uno de los escritores jóvenes (bueno, de mediana edad) mejor valorados de la literatura portuguesa actual. En realidad, más que un escritor es un hombre orquesta: es novelista, poeta, artista plástico, presentador de televisión, cantante... Su prestigio subió varios grados cuando en 2007 ganó el Premio Saramago por su novela o remorso de baltazar serapião. Después de eso ha seguido publicando novelas de relativo éxito, como la máquina de hacer españoles o la deshumanización.

Esta novela, la máquina de hacer españoles, tiene un planteamiento prometedor: el protagonista, Antonio Silva (perdón, antonio silva) se queda viudo y es internado en una residencia de ancianos, donde conoce a un conjunto de personajes singulares y, en general, entrañables: "esteves sin metafísica", que dice ser el mismo Esteves que aparece en el famoso poema "Tabacaria" de Fernando Pessoa; la señora marta, que espera siempre las cartas de amor de un marido que la ha dejado tirada en la residencia; un "portugués de badajoz"...

Lo mejor de la novela es, quizás, la sensibilidad con la que están retratados los personajes: seres complejos, abandonados pero que, en la mayoría de los casos, consiguen mantener una actitud de rebeldía ante la vejez o la muerte que los acechan. No son ancianos ideales, los sabios de la tribu a los que la sociedad ha tratado injustamente: pueden ser cariñosos, ingeniosos y soñadores, pero también egoístas, violentos, repulsivos. Se cagan encima, se vuelven seniles, se putean unos a otros, se engañan, se mueren.

Son, en fin, ancianos con toda la complejidad fisiológica, mental y moral que eso entraña, y que reflejan también a un país arruinado social y moralmente por años de régimen salazarista. Todos los grandes símbolos del régimen (la virgen de Fátima, el Benfica de Eusebio, la policía secreta o PIDE) pasean por la memoria de estos viejos, que ven cómo su país se ha convertido en una "máquina de hacer españoles" (siendo España en su imaginario un lugar más moderno, más próspero, más vivo).

Y quizás lo peor de la novela sea su deuda evidente con Saramago. (Recordemos que en 2007 valter hugo mãe recibió el Premio Saramago de manos del propio Saramago). No se trata solo de la cuestión meramente tipográfica (la falta de signos que indiquen los diálogos, el uso de comas donde normalmente se esperarían puntos, etc.), sino de un estilo, de una forma de tratar a los pesonajes, sus voces y sus pensamientos, una mezcla de descripción realista y reflexión presentada como si fuese banal. Si quiero leer a Saramago, ya tengo a Saramago, que es mejor Saramago que cualquiera de sus posibles continuadores.

Dicho esto, la máquina de hacer españoles es una novela que gana con el paso de las páginas: los personajes adquieren mayor profundidad y escapan del estereotipo, y uno llega a cogerles cariño a estos ancianos que se agarran a la vida con la fuerza y la esperanza que les queda. En este momento no sé decir si valter hugo mãe merece el hype que hay a su alrededor en Portugal; creo que tendré que seguir leyéndole para averiguarlo.

domingo, 4 de octubre de 2015

Juan Luis Zabala: Agur, Euzkadi

Idioma original: euskera
Título original: Agur, Euzkadi
Año de publicación: 2000
Valoración: se deja leer

Pues aquí vuelvo yo a reseñar un libro en euskera, que creo que todavía no se ha traducido al español (ni a ninguna otra lengua). De hecho, en el encabezamiento de la entrada he dejado el título tal cual, porque "agur" ya está aceptado como palabra española por la RAE, y porque "Euzkadi" es la grafía antigua, sabiniana si se quiere, del actual "Euskadi". Hay que decir, por otra parte, que "Agur euzkadi" es el título de un poema de Lauaxeta, lo que tiene su sentido cuando se lea el argumento.

Porque Agur, Euzkadi es una especie de adaptación vasca de El año de la muerte de Ricardo Reis de José Saramago, salvando todísimas las distancísimas. Recordemos que en la obra maestra de Saramago, un recién muerto Fernando Pessoa resucita para hablar con uno de sus heterónimos, Ricardo Reis, recién llegado de su exilio brasileño. Pues en Agur Euzkadi quien resucita es el poeta Estepan Urkiaga, 'Lauaxeta', fusilado en el año 1937 durante la Guerra Civil; una vez redivivo, Lauaeta se junta con un periodista del diario Egunkaria que acaba de dejar su trabajo, y juntos inician un paseo por los montes, pueblos y ciudades del País Vasco.

Otro de los referentes fundamentales de Agur, Euzkadi es, de hecho, el Quijote: de ahí toma Zabala la idea de viaje sin destino, de vagabundeo, los diálogos entre los dos protagonistas (que se autodenominan en alguna ocasión como Quijote y Sancho), o incluso la presencia de una mujer idealizada, la misteriosa Marga y su eterna promesa de enseñarle las tetas al narrador... Hay incluso una pequeña escena que podría calificarse de "donoso escrutinio" de la literatura vasca contemporánea, con comentarios de algunos de los jóvenes escritores. (O eso, o Zabala quiso incluir los libros de algunos de sus amigos a modo de guiño, que también podría ser).

El problema es que la idea inicial, que tiene mucho potencial (el joven Lauaxeta vuelve a la vida 60 años después de ser asesinado y compara la Euzkadi de entonces con la actual) no acaba en ningún momento de cristalizar. Los grandes temas que podrían haberse planteado (la democracia, el nacionalismo, la defensa de la lengua, el valor de la literatura o incluso la violencia de ETA, a la que se alude varias veces en el libro) quedan inexplorados, o solo aludidos sin profundizar en ellos. La novela avanza y termina y no sabemos bien qué impresión le ha causado a Lauaxeta esta nueva Euskadi, ni tampoco lo que piensa de ella el autor. Por eso Agur, Euzkadi no deja un gran poso en el lector, que la lee más o menos entretenido, pero no saca demasiado provecho de ella.

Nota lingüística: Sería interesante, si de hecho algún día esta novela llegase a traducirse al español, o a otra lengua cualquiera, ver cómo traducen la diferente forma de hablar de los personajes: Lauauxeta se expresa en un euskera dialectal y pre-euskara batua (el euskera unificado que solo se instauró a partir de 1968), lo que no tiene un equivalente directo en español. Sería un reto interesante conseguir recrear ese efecto...

viernes, 18 de noviembre de 2016

Mathias Enard: Brújula

Idioma original: francés
Título original: Boussule
Año de publicación: 2015
Traducción: Robert Juan-Cantavella
Valoración: bastante recomendable

Siria, Turquía, Irán, Egipto... ¿qué nos traen a la cabeza los nombres de estos países? Vale, no hace falta que nadie conteste; cualquiera que vea los informativos de la tele sabe que las noticias que llegan de por allí no son precisamente halagüeñas: guerra, atentados, integrismo religioso, yihadismo, inestabilidad, éxodo de refugiados... Esa es la percepción que tenemos ahora mismo de ese Oriente Próximo. Pues bien, el francés Mathias Enard se ha propuesto con esta novela dar la vuelta a esa imagen de lo "oriental" (amigos uruguayos, no va por ustedes: es por emplear el mismo término que el escritor; en apariencia más vago, pero en realidad más inclusivo y hasta preciso que "árabe" o "musulmán"). Lo que pretende Enard es demostrarnos que entre Oriente y Occidente ha habido, al menos durante los últimos doscientos años, un diálogo constante, un juego de espejos en el que se han reflejado mutuamente las imágenes concebidas sobre el otro... aunque en verdad la novela se limita a dilucidar sobre esa idea de lo "oriental", generalizada hasta el punto de que incluso las propias sociedades actuales de esa zona del mundo, parecen haber asumido, en buena medida, la concepción occidental de la misma.

Desde luego, Mathias Enard está más que bien pertrechado para la tarea: orientalista también él, ha vivido en los países de los que habla en la novela y domina las lenguas árabe y persa (además de hablar el castellano mejor que yo y creo que también el catalán). En consecuencia, el despliegue erudito -pero sin llegar a la pedantería- de referencias culturales variadas resulta impresionante: por la novela desfilan orientalistas ilustres como los austríacos von Hammer-Purgstall, o Alois Musil (primo de Robert),alemanes como Friedrich Rückert y Max von Oppenheim, franceses como Charles Mandrus, traductor de Las mil y una noches, el padre Antonin Jaussen o el teórico racista conde de Gobineau; incluso el palestino Edward Said... pero también escritores y, sobre todo, poetas en diversas diversas lenguas: Annemarie Schwarzenbach (a medio camino con el apartado anterior), Georg Trokl, Osama Ibn Munqidh, Ernst Bloch, Ibn Arabi, Badr Shakir Al Sayyab, Kafka, Chateubriand, Dick al-Djinn, Marcel Proust, German Nouveau, Parviz Baharlou, Suhawardi, Thomas Mann, Nietzsche, Washington Irving, Sadeq Hedayat, Hafez al Shiraz, Heine, Flaubert, Henry Levet, Fernando Pessoa -Álvaro de Campos mediante-, Balzac, Goethe, Faris Shidyaq, Omar Jayam... Por último, y por razones inherentes a la novela, también un buen número de músicos, clásicos y contemporáneos: Félicien David, Karol Szymanowski, Julien Jalaleddin Weiss, Henry Rabaud, Hasbeyov, Bizet, Doménico Scarlatti, Franz Liszt, Mendelsohn, Wagner... y por encima de todos, Beethoven. ¿Son muchos nombres? Pues me he dejado unos cuantos...

El hilo que utiliza el autor para hilvanar todas estas referencias culturales, así como las recurrentes alusiones al reconocimiento de la "alteralidad" y la "construcción común" de un imaginario (glups... ahora que lo pienso, espero que este libro no lo lean los muchos inquisidores del anti-buenismo, o está apañado, el pobre Enard... Bueno, no; no creo que lleguen a leerlo), es la figura de un musicólogo orientalista vienés, Franz Ritter, que a lo largo de una noche de insomnio va desgranando toda una serie de disgresiones sobre esta fascinación occidental por Oriente, así como los recuerdos de sus vivencias en estos países... motivadas, en buena parte, por su prolongado enamoramiento por Sarah, que no es una moderna Scherezade, sino una especie de Lisa Simpson pelirroja y parisina, también orientalista, ella. Es la historia de estos personajes, más algún que otro secundario (Bilger el arqueólogo loco, Faugier el opiómano), lo que convierte al libro en una novela, y no en un ensayo o incluso un libro de viajes. Un viaje siempre hacia el este, siguiendo la brújula del protagonista, que marca ese punto cardinal, hacia el Oriente como metáfora del ansia vital, de la huida de la inmovilidad que prefigura la derrota y la muerte. Individual pero también cultural, colectiva. Ahora bien: si el bueno de Franz está bien definido y trazado (qué menos, si toda la novela se desarrolla a través de un monólogo en primera persona), representado como un entrañable y melancólico pagafantas con lecturas, la trama que le une con Sarah y a ambos con los demás personajes no resulta demasiado convincente. 

En mi opinión, quizás sea éste el punto débil de la novela, aunque no debió de parecérselo así al jurado que le concedió el premio Goncourt en el pasado 2015. Como, acostumbrado a los entrañablemente amañados premiso españoles, esto de los que se conceden en otros países me pilla un poco fuera de juego, no opinaré si esta concesión fue la más adecuada o no. En todo caso, sí que me parece justa. Brújula es un libro magníficamente escrito, muy interesante y, al menos para mí, ha sido grato de leer (aunque ya aviso que no me parece que la "gran historia de amor", como ha sido definida en algún medio, sea aquí lo más importante). Hasta qué punto se puede considerar una novela o no, es otra cuestión, pero, tratando como trata de la mixtura creativa, de la rotura de los compartimentos estancos en los que nos empeñamos en encerrar la diversidad de los elementos culturales, de la mezcla entre distintas concepciones del mundo... tampoco creo que eso tenga demasiada importancia.


Otros títulos de Mathias Enard reseñados en Un Libro Al DíaZona

jueves, 25 de diciembre de 2014

ULAD: Nuestros libros del 2014

Un año más, aquí va la lista (las listas, mejor dicho) con las mejores y también las peores lecturas del año. Que no de los libros publicados este año, sino de los que nosotros hemos leído este año...

Santi:
Francesc Bon
  • Mi libro del año: El jilguero, de Donna Tartt, porque sus aciertos superan a sus errores.
  • Los outsiders: pocos, y discutidos, así que no juego esta ronda.
  • La gran decepción: que nadie se erige como alternativa a los grandes ausentes (por fallecidos o por poco activos). Esperando que algún autor cuaje y se haga un lugar entre los grandes, otro año.
  • Una esperanza para el año que viene: Que Javier Calvo empiece a tomarse a sí mismo en serio, que deje de traducir un ratito y se decida. Ya.
  • Una apuesta: tampoco tendremos novela de Houellebecq en 2015.¿O sí? De Franzen ya ni planteárselo.
  • Convendría irse fijando en: los movimientos de una Anagrama post-Herralde.
Jopelines, Francesc, sólo has nombrado un libro: pon tres más, aunque sea.
Va, juego la ronda de outsiders.
  • Mejor ensayo: Aquellos años del Boom, de Xavi Ayén
  • Fiasco: ¿Qué, pero qué narices pretendías con La espada de cincuenta años, Danielewski?
  • Prometo repetir: dos Eduardos, Halfon y Jordá. 
  • Un propósito para 2015: zamparme lo que vaya saliendo de la famosa hexalogía de Karl Ove Knausgard. 
  • Empieza a poner a prueba mi paciencia: La insistencia del mundo editorial (en conjunto) en recuperar la figura de DFW. Igual si lo hubieran hecho en vida. Igual.
  • And the Nobel goes to: Jonathan Franzen
Juan G. B.:
  • Mejor novela histórica: Manituana de Wu Ming
  • Mejor novela histórica-pero-que-no-se-puede-considerar-como-tal: El plantador de tabaco de John Barth
  • Mejor novela negra: La mirada del observador, de Marc Behn
  • Mejor biografía-que-no-es-sólo-tal: Arthur & George de Julian Barnes.
  • Mejor ensayo político, ensayo filosófico y realismo garbancero: La sociedad del espectáculo de Guy Debord.
  • Mayor decepción (hasta cierto punto): Los lanzallamas de Rachel Kushner.
  • Mejor sorpresa (hasta cierto punto, también): Claire de Witt y la ciudad de los muertos de Sara Gran.
Pedro:
  • Mejor libro publicado: El libro del desasosiego, de Pessoa. Es una reedición. Ganaría todos los años, me temo.
  • Mejor debut (o casi) de un autor español: El cielo de Lima, de Juan Gómez Bárcena.
  • Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre.
  • Mayor decepción: Canciones de amor a quemarropa de Nickolas Butler ex aequo con La espada de los cincuenta años de Danielewski.
  • Sorpresón en positivo: Los últimos, de Juan Carlos Márquez.
  • Mejor novela leída: Barba empapada de sangre, de Daniel Galera. Gracias a quien me la recomendó.

Montuenga:

¿Cuáles son vuestras listas de los mejores (y los peores) libros del año? Podéis dejarlas en  los comentarios, en Facebook o en Twitter.