Mostrando las entradas para la consulta Balzac ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Balzac ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de mayo de 2010

Balzac: Eugenia Grandet


Título original: Eugénie Grandet
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1833
Valoración: muy recomendable

Cuando lees un clásico te envuelve una atmósfera especial. Puedes estar en tu lugar preferido del sofá, con tu mantita- da igual el calor que haga, es una costumbre que tengo de esas que no pierdes truene o haga calor-, tu gato dormidito al lado, tu pareja viendo una película de esas que no te llaman nada y de las que puedes abstraerte hasta tal punto que ni oyes lo que dicen, y a pesar de todos estos ritos de lectura, te trasladas inmediatamente dos siglos atrás. Son ese lenguaje y esa forma de expresarse lo que te retrotrae atrás en el tiempo.

La historia será similar a las que se escriben hoy día, pero la atención especial a ciertos detalles, la manera de describir los lugares, el aire viciado de casas antiguas con mujeres de la alta sociedad recluidas y viviendo una existencia “ de salón”...todo nos lleva a ese siglo XIX, y a un autor francés, inscrito dentro de la novela realista. Pero al igual que sumamente prolífico, quiso escribir una obra enorme, la Comedia humana, donde pudiésemos encontrar una descripción y un análisis de la sociedad que le rodeaba. Si la Divina Comedia trataba sobre lo divino y el Más Allá, la de Balzac tiene al ser humano como punto de referencia. Y la forma de explicar los acontecimientos cambia.

Balzac tuvo una vida peculiar y conoció de primera mano, por parte de su madre primero, y de sus jefes y compañeros de trabajo después, lo que son la codicia y la avaricia. Ya aparecen en Dante y son el tema central de uno de los círculos. Aquí, también Balzac escribirá sobre ellas,y principalmente en esta novela. Eugenia, que personifica el amor puro y la bondad, como su equivalente Beatriz de Dante, se ve atrapada en un mundo que no es el suyo, donde la enorme avaricia de su padre, sus pretendientes y su amado, deberían condenarla a la venganza y el rencor. Sin embargo, esa pureza y esa fe incuestionable, la hacen reaccionar de otra manera. Pues siempre hay otra manera y Balzac quiere mostrarla a sus contemporáneos.

Muy bien escrita, con moraleja y descripciones de la sociedad francesa del XIX, se convierte en una lectura muy recomendable.

Otras obras de Honoré de Balzac en ULAD: El elixir de la larga vidaEl arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo

jueves, 20 de mayo de 2021

Honoré de Balzac: Papá Goriot

Idioma original: francés

Título original: Le père Goriot

Traducción: Joaquín de Zuazagoitia

Año de publicación: 1835

Valoración: Está bien


Hace mucho tiempo que leí Eugenia Grandet, y en su momento me dejó una estupenda sensación (no me pregunten porque no me acuerdo de nada, la mala memoria lectora es uno de los motivos por los que empecé a escribir reseñas, pero en esa época todavía no lo hacía. Perdón, sigo), hasta el punto de que lo conseguí en francés con idea de releerlo. Pero se me han quitado un poco las ganas tras leer Papá Goriot, a pesar de que sea uno de los títulos más reconocidos de este autor, cuyo nombre se cita de carrerilla junto con Stendhal, Flaubert y Zola si hablamos de la novela realista francesa (Yo creo que Balzac está algún peldaño por debajo de los otros, pero esa es otra historia).

Hecho el introito, pasemos a la novela. Si a veces decimos que una característica de los clásicos es que sus personajes resultan inolvidables, este es sin duda un caso claro: Goriot es un antiguo fabricante de fideos, o algo así, que en su momento debió manejar una fortuna bastante decente, y que ahora vive en la cutrísima pensión de Mme. Vauquer. La razón de ese contraste provoca habladurías sobre los posibles vicios que han hecho descender a Goriot hasta el fondo del escalafón social. Naturalmente, el cuadro lo completan los demás habitantes de la pensión, todos gentes a quien la suerte parece haber dado la espalda: la señorita Taillefer, desheredada en vida por su malvado padre; el misterioso Vautrin, de quien poco se sabe aparte de su vitalidad y carácter sarcástico; o el estudiante Eugène de Rastignac, un joven de provincias ansioso por abrirse paso en la alta sociedad parisiense.

Personajes en general bien dibujados, junto con eficaces descripciones que rápidamente ubican al lector en ese ambiente polvoriento de fracasados actuales o futuros. Por cierto, que el propio Balzac, aficionado a inversiones un poco locas, parece ser que vivió un proceso bastante semejante al de Goriot, y no es difícil que hubiera conocido alojamientos parecidos al que se presenta en la novela. El caso es que Rastignac se decide a maniobrar para dar el salto a los salones y la buena vida para lo que, además de un buen contacto, utiliza el trampolín de las conquistas femeninas de forma que recuerda un poco al Julien Sorel de Rojo y negro, escrita solo cinco años antes.

El nudo de la historia, aunque con un fuerte matiz folletinesco, se sitúa justamente en ese proceso de ascensión social protagonizado (o al menos pretendido) por el joven, algo que se puede resumir en las dos o tres páginas del devastador monólogo del huésped Vautrin, quien explica cómo funciona la buena sociedad parisina: la ambición sobre todo, el genial triunfador (trepa) que despierta por igual envidia, odio y admiración, cero escrúpulos, el placer y la posición social por encima de cualquier otra cosa. Es así como se triunfa en París, como se alcanza la posición envidiable, las mujeres más deseadas, el lujo, así es como la vida sonríe y se vive plenamente.

En definitiva tenemos el enfrentamiento entre el bien y el mal, el buen corazón de las gentes sencillas frente al mundo despiadado de la ostentación, la hipocresía y el desprecio a los sentimientos. El nudo se enreda en torno a Goriot y Rastignac, uno aferrado a sus pasiones familiares, el otro dubitativo ante lo que le atrae y todavía no conoce, y debatiéndose ante lo que parecen sus propias convicciones íntimas.

Esos personajes, como decía antes, se hacen difícilmente olvidables pero reciben tal vez demasiadas vueltas de tuerca. De forma que, al menos para este lector, la bonhomía de Goriot termina por transformarse en un dibujo grotesco, empalagoso y hasta con algún rasgo de cosas muy feas que seguro que Balzac nunca llegó a intuir, pero que sobrevuela en algunos momentos hasta producir una cierta grima. Goriot es lo que llamaríamos un perdedor, un tipo lloriqueante incapaz de entender (sólo al final lo hace) el inmenso error que le ha conducido a la perdición, ese error que cualquier lector detecta pronto y que por eso le hace, digo yo, más acreedor de crítica que de compasión.

En ese combate entre buenos y malos hasta Rastignac, con su ingenuo y bien retratado ímpetu juvenil, acaba perdiendo el atractivo de la volubilidad y adquiriendo cierto aire de pastelón, aunque hay que reconocer que se redime, en un giro sorprendente, justo al final del libro, apenas en un par de líneas.

Desde el punto de vista narrativo, al libro le pesan bastante esas largas parrafadas tan propias de la época, un estilo que a veces llega a exasperar un poco en especial en los diálogos, y que frena la acción de una forma que puede cargar bastante al lector poco paciente o demasiado acostumbrado a ritmos más vigorosos. 

Así que conviene leerlo con una cierta perspectiva, siendo conscientes de que lo que tenemos entre manos responde a parámetros bastante diferentes a los que rigen en nuestro tiempo. De esta forma se pueden seguramente apreciar mejor sus virtudes, que las tiene, aunque siendo sincero creo que Balzac en general, y probablemente el Goriot en concreto, han podido envejecer peor que varios de sus contemporáneos.

P.S. Como dato anecdótico diré que el traductor de mi edición del libro, Joaquín de Zuazagoitia, fue un alcalde de Bilbao de quien tenía algunas referencias por cuestiones que, claro está, nada tenían que ver con la literatura. Y bueno, al margen de la traducción, que en general parece correcta aunque con algunos puntos oscuros, resulta gratificante apreciar cómo algunos políticos son (o eran) capaces de demostrar aptitudes para actividades muy diferentes de aquellas por las que son conocidos.

jueves, 31 de octubre de 2013

Semana del terror: "El elixir de larga vida", de Honoré de Balzac

Título original: L’Élixir de longue vie
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1830
Valoración: Muy recomendable

Mientras leía este magnífico relato de Balzac, contenido en una reivindicable selección de cuentos fantásticos realizada por Italo Calvino y publicada en este país por Siruela, no he podido evitar pensar en el malogrado Vincent Price (este octubre se cumplen 20 años de su muerte). Porque el que es para mí el gran galán macabro del mundo del cine habría sido perfecto para interpretar, en una hipotética versión para la gran pantalla de El elixir de larga vida, cualquiera de los dos personajes principales del mismo.

Ensoñaciones con el padre/inventor de Eduardo Manostijeras y artífice de la risa escalofriante que se escucha en el Thriller de Michael Jackson aparte, El elixir de larga vida es un relato digno de ser recomendado por la calidad, sensibilidad y talento con el que fue escrito. Basta con leer a un autor como Balzac para comprobar qué maravillas se hacían en el siglo XIX con el relato corto. Las reflexiones, la atmósfera, la hondura psicológica y las descripciones de tipos humanos y elementos ambientales que recogían sus autores en apenas unas páginas, poseen más calidad literaria que auténticos mamotretos best sellerescos actuales. Y lo que es más meritorio: muchas veces consiguen que decenas de años después, lo que cuentan entronque perfectamente con la actualidad.

Esto último sucede con El elixir de larga vida, en el que un holgazán, amoral, caprichoso niño de papá llamado, atentos, Don Juan, espera impaciente en su palacio de Ferrara que su anciano progenitor, en su lecho de muerte, termine de expirar para hacerse con su herencia y, entonces sí, dedicarse a su vida de vicios y ocios sin el “pero” que es vivir a expensas de su progenitor. Lo que el joven no sospecha es que su padre, gran comerciante y conocedor de Oriente en sus años mozos, no va a ponérselo tan fácil a la Parca ya que posee un mágico elixir oriental que tiene la propiedad de devolver a la vida a los muertos recientes. Don Juan prometerá rociar a su padre con el dichoso líquido una vez éste fallezca, y aunque intente cumplir su promesa, un inesperado incidente hará que la maniobra falle. Y por supuesto, su padre continuará bien muerto.

Tras este incidente, Balzac nos llevará a conocer la nueva vida de Don Juan en Andalucía, colmado de riquezas, casado con la bella española Elvira y padre de un joven al que le hará prometer que, cuando muera, lo resucitará con el dichoso elixir. Pero, una vez más, la cosa no saldrá bien, y hasta aquí puedo leer…


Feliz víspera de Todos los Santos. Hello, Ween…

Otras obras de Honoré de Balzac en ULAD: Eugenia GrandetEl arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo

jueves, 12 de noviembre de 2015

Honoré de Balzac y E. M. de Saint-Hilaire: El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo

Idioma original: francés
Título original: L'art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourser un sou
Año de publicación: 1827
Traducción: Jürgen Jencquel
Valoración: entre recomendable y está bien


Pues sí, amigos, ULAD ha decidido abrir su exclusiva relación de reseñas a ese popular -popularísimo, incluso- género que es el de los libros de autoayuda. ¿Cómo? ¿Que éste no es un libro de autoayuda, sino un clásico del siglo XIX, de todo un Balzac, nada menos? Pues fijémonos en el título completo del libro, a ver qué nos parece: El arte de pagar sus deudas y de satisfacer a sus acreedores sin gastar un céntimo en diez lecciones o Manual de derecho comercial para uso de gente arruinada, deudores, desempleados y demás consumidores de dinero. Por el que fue mi tío, profesor emérito.

(El tal tío, que resulta haber sido un moroso de dimensiones legendarias, lo era, en todo caso, del colega de Balzac, Emile Marco de Saint-Hilaire, si examinamos la biografía del célebre escritor y sus espinosas relaciones familiares. Quien, por otro lado, si de algo sabía por experiencia propia era de deudas y acreedores: a los 28 años, edad a la que escribió esta obrita, ya se había arruinado, entre otras cosas por su ocurrencia de meterse a editor y publicar "tratados" como éste o como El arte de anudarse la corbata  y cosas así...).

Bueno, a lo que iba: ¿es o no es un libro de una practicidad absoluta, lo más útil que cualquier ciudadano del siglo XXI (y también de hace 200 años, por lo visto) puede leer? Vaya que sí... ahora bien, El arte de pagar sus deudas... supone algo más que un manual de truquitos para esquivar acreedores -aunque también lo sea-, al estilo del artista moroso de 13 Rue del Percebe; representa toda una filosofía de vida y más aún, toda una doctrina económica que explica y clarifica en gran medida las relaciones comerciales, financieras y has personales entre individuos, empresas y países, a las que asistimos cada día, estupefactos; más aún desde hace cierto tiempo... Dos o tres de los axiomas del famoso señor tío en los que se basa el libro, a modo de ejemplo:

"I ) Mientras más deudas se tienen, más crédito se tiene; mientras menos acreedores se tienen, menos ayuda se puede esperar.
VI ) Hasta con la mejor administración, una nación siempre se divide en dos partidos totalmente opuestos. Puede ser una nación tan grande como quiera, tan unida como pueda, pero siempre sucederá.
Es decir: 
Primer partido: individuos que roban.Éste es el partido más fuerte.
Segundo partido: individuos que son robados. Éste es el más grande.
Dejo al lector escoger el partido que más convenga, pues no es posible escoger un partido neutral o de transición (como se hace en política); ¡según nuestra interpretación no puede existir tal partido!
X ) Es obvio que el mundo está compuesto de personas que tienen demasiado y de gente que no tiene lo suficiente. Su deber es en lo que concierne a su propia persona, establecer el equilibrio"...

Todos estos axiomas se pueden resumir en el último, especialmente expresivo:

XVII ) "...¡Lo que otro tiene en el bolsillo estaría mucho mejor en el mío!...¡Lárgate, para que pueda sentarme yo en tu puesto!...
En pocas palabras, éste es el principio básico de toda moral"

Bastante esclarecedor, ¿no? Cabe decir que para los autores del libro -esto es, para el famoso "tío"-, la sociedad está dividida en "productores" y "consumidores": productores serían los que disponen de dinero de sobra, hasta el punto de que no saben qué hacer con él y consumidores, los que no tienen ese dinero pero lo necesitan y tienen muchas ideas sobre como gastarlo de manera satisfactoria. Los primeros se convierten en acreedores y los segundos en deudores, para conservar el equilibrio financiero -e incluso espiritual- del mundo. es una doctrina que, como se ve, ha tenido mucho éxito en los últimos dos siglos... ¡si hasta el tío de marras podría haber presidido un banco español, para sacarle sus ahorros a los jubilados con las preferentes!

En fin, fuera de estas cuestiones más generales, el libro tiene un carácter práctico indudable: Sólo hay que fijarse en los temas de los distintos capítulos: tipología de las deudas; formas de amortización de las mismas (la más eficaz, muerte del acreedor), características necesarias -físicas y morales- para ser un deudor (la más importante: el aplomo); elección de zona y vivienda para poder dedicarse a tal práctica, modos de vida, etc... Empero, es cierto que los últimos capítulos dedicados a las vicisitudes que acechaban al deudor francés de principios del siglo XIX (a saber: los temidos alguaciles, el secuestro corporal a petición del acreedor o la cárcel de Saint-Pélagie, donde podían ser encerrados), aunque interesantes, no son de utilidad para sus émulos del siglo XXI... No ocurre lo mismo, sin embargo, con la verdad indiscutible que anima a esta pequeña pero gran obra, una verdad que sigue siéndolo hoy en día y seguro que lo será dentro de otros dos siglos:

"Siempre es mejor encontrarse sin un céntimo en el bolsillo que sin crédito."

Que se lo pregunten a más de uno de la lista Forbes...


(Casi se me olvida: deliciosas ilustraciones de Honoré Daumier, de regalo. A ver quién da más...).

Otras obras de Honoré de Balzac en ULAD: Eugenia GrandetEl elixir de la vida


sábado, 25 de abril de 2026

Colaboración: 2 x 1 Antes que nada y Bue, de Martín Caparrós

 Idioma original: español

Año de publicación: 2024 y 2025

Valoración: imprescindible para interesados


La fase de su escritura en la que se encuentra Martín Caparrós es especialmente interesante. Viene de andar tras las huellas del hambre, de diseccionar las venas abiertas de América Latina que versó Galeano, de algún esfuerzo apabullante en el campo de la novela que él considera pasó desapercibido, de darle la vuelta al género de la crónica, de intentar reportar a toro pasado la creación del mundo. Todo se le ha hecho poco: su implicación, sus posiciones sin medias tintas; su apuesta por la literatura; las cabeceras de más prestigio; los charcos más embarrados. Todo empezó un día que le dejaron firmar en un diario y algo cambió el día que leyó por vez primera a su maestro Manuel Vicent. Continúa con sus artículos y sus polémicas, levantando polvo, abriendo frentes constantemente. Gramaticales, deontológicos, épicos. Se hace preguntas y las lanza al mundo sabiendo que él el primero no puede responderlas.

Y en el último año y medio han llovido con generosidad tres volúmenes en los que el argentino va más allá, pues si alguna profundidad abisal le quedaba por estudiar era la suya propia: es la que emite ultrasonidos desde las páginas de Antes que nada, donde repasa su vida, la interior y la pública, en los jirones que no se le han quedado en la selva del periodismo a ras de suelo que le ha caracterizado. Como los otros títulos, este último es monumental y ambicioso, y seguro que le dejó insatisfecho como tantas otras veces. Aquí hay mucha tela que cortar para aspirantes, ejercientes y fans, que a fin de cuentas son los que pueden aportar notas al pie, aunque a ver quién se las apuesta a Caparrós. Por lo pronto, estas memorias se tapan bien con cubiertas oscuras, como advirtiendo de ser el libro negro del autor, que deja bien claro que sorpresas te da la vida y por supuesto, que para contarlo hay que valer, también, y mucho. El camino de las favelas de Buenos Aires a las pacíficas afueras de Madrid ha sido retorcido y sorprendente.

Antes que nada puede complementarse con artículos y entrevistas recientes, pero sobre todo con los otros dos pequeños tomos que han aparecido en estos meses, Bue y La verdadera vida de José Hernández, que son pura evocación en blanco y negro. Reversos bien camuflados de Buenos Aires y de canto al padre del Martín Fierro, Caparrós vierte en ellos no el análisis sino el aliento, y no la nostalgia sino la melancolía, como tan bien distinguiría su querido Vicent. En estos casos no es tan torrencial la escritura como la emoción, pero no perdamos ripio.

Sobre la triada asoma la firmeza de una vocación, en estos tiempos líquidos de rapidez y demora, cuanto más deprisa más despacio, de prosa deslavazada y piezas sin adscripción. No caigamos en el tópico del autor hecho género. Llamemos a las cosas por sus nombres: memorias, novela y poesía. Caparrós prescinde aquí, al menos directamente, de las crónicas que lo han destacado y que en conjunto se erigieron en monumentos: LacrónicaEl HambreEl mundo entoncesÑaméricaEl interiorLarga distancia y su secuela La guerra moderna... Periodismo que si no fundó, al menos creó escuela en una hilera de seguidores que lo practican alrededor del mundo. La crónica va y viene con las épocas. Esas piedras angulares están ahí, para quien quiera volver a ellas. En rigor, algunos podrían llamar a esos libros recopilaciones. No errarían.

No es el caso de los que nos ocupan hoy. Es vertiginoso pensar no ya que alguien pueda ser tan fértil, sino qué torrente creativo en tan poco tiempo puede dar lugar a obras apuntaladas como estas. Una en su largo aliento, otra en su justa medida, otra en la virtuosidad del verso. ¿Qué escuelas de escritura ni qué inteligencias artificiales ni qué giros argumentales? Lengua charlatana, seguridad, nada que perder pero nada que alcanzar. Entrevistas promocionales donde se denuncia la manera balzaquiana para homenajear a Balzac con los mismos libros que se promocionan. Por responsabilidad, la llamada al orden debe ser por parte de los dos: de Balzac y de Caparrós. Larga vida al escritor y lo escrito: el momento es curioso, los juegos de espejos son gratificantes y se espera que la fábrica no detenga su producción. Mientras tanto, siempre queda releer.

Firmado: César

También de Martín Caparrós reseñado en ULAD: aquí

 

jueves, 24 de agosto de 2017

Malika Mokeddem: La prohibida



Idioma original: Francés
Título original: L’interdite
Año de publicación: 1993
Traducción: Pilar Jimeno Barrera
Valoración: Muy recomendable

Toda la literatura de Malika Mokeddem emerge de la ciénaga del malestar y el desasosiego generado por la situación de las mujeres en Argelia. Por la manera en que esta sociedad trata y somete a la mitad femenina de su población al ninguneo, a la invisibilización y al desprecio. Un país, la Argelia oficial, tan ufano y orgulloso de su victoriosa revolución, que logró la independencia hace ya medio siglo y en el que también, como sentenció Balzac, las novelas son la historia de su vida privada como nación.
  
Lo son las novelas de Malika Mokeddem, casi todas traducidas al castellano y al catalán, que cuentan siempre la misma historia, la de una mujer de cualquier edad o condición reivindicándose, luchando. Rebelándose contra las reglas impuestas del patriarcado y dejando transpirar por todos los poros de su cuerpo la insolencia y el desafío; mujeres argelinas –africanas y mediterráneas, musulmanas o laicas-, plantándose insumisas ante el dominio y proyectando sensualidad, belleza, tesón, beligerancia, resistencia, talento y lucidez.

Por supuesto, Malika Mokeddem nos está contando su propia historia. Nacida en 1949 en Kenadsa, en el Oeste argelino, a las puertas del desierto del Sáhara, fue la mayor de diez hermanos, o sea, su criada. Un rol cuyo único final posible era ser entregada en matrimonio. Ella encontró una rendija por la que huir. En los libros; allí donde su mente halló el combustible que le permitió volar. Logró iniciar estudios de Medicina en Orán, para luego dar el salto a Francia, donde se especializó en Nefrología, tarea compartida con la escritura. En La prohibida, la historia arranca así: Sultana, una médico establecida en Montpelier regresa a su pueblo después de quince años de ausencia, donde reencontrará algunos de los personajes que dejaron la dolorosa impronta de la tragedia en su infancia y deberá resolver sí les ajusta cuentas y de qué manera.

Allí está Dalila, una solitaria niña de diez años, que encarna, con su voluntad de aprender, entender y soñar, el espíritu y el afán de la libertad, la dignidad y la belleza en pugna por no desaparecer, por mantenerse latente frente a la asfixia del integrismo, el odio, la miseria y la corrupción. Aparece también Vincent, un varón francés al que el transplante de un riñón de una joven argelina fallecida en accidente permite reiniciar una nueva vida con autonomía, curiosidad y avidez de emociones que parecían definitivamente enterradas por la crueldad de la enfermedad: “No eres más que un poco de química desordenada, con una calavera en cada uno de los extremos: híper e hipo; un miedo que baila al giga entre el híper del estrés y el hipo de la neurastenia”. 

La prohibida, rabiosamente actual pese a los veinticinco años de su aparición, va de las estrategias de supervivencia de estos personajes, de la manera en que cada uno de ellos arma su capacidad de sostener unos valores, encarar las adversidades y seguir en la brecha. No es una narración ni elaborada en exceso ni con pirotecnia formal, pues su genuino interés, su potencia literaria, radica en servirnos con la crudeza precisa un relato inapelable y demoledor sobre la incombustible capacidad de la dignidad humana frente al sofocante dominio del fanatismo totalitario, del machismo atroz y de la condición miserable que esta época nuestra impone todavía a tantas mujeres. Y en donde a quien se recusa a bajar la mirada y se atreve a romper el silencio, se le escupe sin cesar la palabra afilada: “Puta”.

miércoles, 20 de abril de 2016

TochoWeek #3. Thomas Piketty: El capital en el siglo XXI

Idioma original: francés
Título original: Le capital au XXIe siècle
Traducción: Francisco J. Ramos y Ana Escartín
Año de publicación: 2.013
Nº páginas: 859 (libro+apéndice)
Valoración: Muy recomendable  (Imprescindible para interesados)

Karl Marx escribió El capital en 1.873, y 140 años después el economista francés Thomas Piketty publica este trabajo, que suscitó gran interés y cierto grado de polémica, no en vano el autor es conocido por sus investigaciones sobre la desigualdad y las grandes fortunas. En realidad, aunque obviamente los dos son libros de economía, el que intentaré comentar hoy no constituye ni una revisión ni una réplica del clásico, con el que apenas coincide en aspectos muy concretos, aunque tampoco excluyo que se haya dejado funcionar el efecto tractor de título tan famoso. 

Tras una muy amplia y clarificadora introducción, en las dos primeras partes se pone al lector en antecedentes sobre algunos de los grandes parámetros que definen las magnitudes económicas a nivel internacional: el crecimiento, tanto económico como demográfico, el binomio capital/renta y las relaciones entre rentas del capital y del trabajo –punto en el que se aproxima algo más a algunos de los conceptos trabajados por Marx. Todas estas cuestiones se analizan, interrelacionan y justifican mediante un universo de datos y gráficos, que nos indica a las claras que estamos ante un estudio serio y riguroso, que busca explicaciones globales en que fundamentar la tesis que expone después. 

Tiene además la virtud de entroncar con un enfoque histórico-político de muy largo plazo, que no sólo hace la lectura menos árida para el profano, sino que permite una visión integrada de los fenómenos económicos. Incluso se permite recurrir con frecuencia a textos literarios –es especial, Balzac y Austen- para ilustrar algunas situaciones sobre la estratificación social, lo que resulta llamativo y francamente se agradece. Y, por otra parte, se ofrece la posibilidad de ampliar aún más la información, remitiéndose al descomunal material contenido en la página http://www.piketty.pse.ens.fr/fr/capital21c (anexo técnico), buena muestra de cómo compatibilizar un texto en papel con los recursos de la tecnología.

Una vez fijados los conceptos básicos, Piketty entra de lleno en el alma del libro, que no es otra que las desigualdades generadas por el sistema. La idea central consiste en que en la esencia misma del capitalismo se encuentra el mecanismo por el que, en unas condiciones dadas, las desigualdades aumentan de forma cada vez más acelerada. Sin entrar en profundidades, se puede decir que estamos ante el supuesto en que el rendimiento del capital es superior a la tasa de crecimiento, una realidad empírica que se cumple históricamente sin excepción. Dicho de otra forma, estamos ante esas estadísticas que periódicamente conocemos por los medios de comunicación, en las que vemos cómo un porcentaje ínfimo de la sociedad posee más de un tercio de la riqueza de un país, a veces incluso mucho más. Y no hablamos ya de dictadores subsaharianos o sátrapas postsoviéticos, sino de élites de Europa occidental y Estados Unidos, es decir, aquí y ahora.

Entrando en este tema, aunque sin abandonar su naturaleza técnica, el tono del libro empieza a cambiar ligeramente. Piketty no se limita a describir sino que se moja con las implicaciones sociales de estas desigualdades desbocadas, y hasta hace detonar algunas valoraciones que dejan claro que no está en la equidistancia:

‘La democracia real y la justicia social exigen instituciones específicas, que no son únicamente las del mercado, y que tampoco pueden limitarse a las instituciones parlamentarias y democráticas formales’

Y, planteado el problema, pasa a buscar soluciones. La única forma de corregir esta deriva –que en términos teóricos puede llevar al infinito, es decir, a la acumulación de todo el patrimonio mundial en manos de un puñado de individuos- reside en medidas fiscales y de control del capital. Las propuestas son a grandes rasgos 1) Un impuesto sobre la renta limpio de las exclusiones por las que se escapan las grandes fortunas, y recobrando la potente progresividad que ha perdido en las últimas décadas 2) Un modelo de tributación sobre el capital a nivel mundial, que el propio autor reconoce utópico a corto plazo, pero deseable como objetivo 3) El fin de los paraísos fiscales y de la opacidad sobre datos bancarios (vaya, una cosa que resulta, desde luego, de la máxima actualidad).

Es decir, que a lo largo de las casi 800 páginas (y miles de datos complementarios ofrecidos on line) se pone números, fechas y ubicación a esas intuiciones populares del tipo ‘los ricos son cada vez más ricos’, o a las informaciones, parciales y a veces poco rigurosas, que los medios transmiten de cuando en cuando y que aceptamos con desinterés y cierta resignación (estadísticas, datos de ONGs, listas Forbes). Pero se trata de realidades, muchas veces de magnitud más escalofriante aún de lo que pensamos, que tienen su origen en el propio sistema, y que son corregibles si hay voluntad para ello.

Es por tanto un imponente trabajo técnico, pero que no rehúye un importante grado de compromiso con el objetivo de combatir este desenfreno en las desigualdades, socialmente inaceptable. A nivel lector, tampoco nos olvidemos de que estamos ante un libro de economía, pero se advierte en él la voluntad de mantenerse más o menos cerca del gran público, adquiriendo así un cierto tono divulgativo que quizá los especialistas considerarán excesivo. Y si, aun sin perder el rigor, puede albergar la intención de provocar cierto debate, de ninguna manera es algo que se le pueda reprochar, porque aún queman los rescoldos de la crisis iniciada en 2.007, y no están tan lejanos los días en que los dirigentes políticos clamaban, presa del pánico, la necesidad de ‘refundar el capitalismo’.

Así que, si nos interesa indagar en este fenómeno económico que define nuestra sociedad en el principio del siglo XXI, el esfuerzo bien merece la pena.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Stephen Vizinczey: Verdad y mentiras en la literatura

Idioma original: inglés
Título original: Truth and lies in literature
Año de publicación: 2001
Traducción: Pilar Giralt Gorina
Valoración: canónico

Perdonad lo excéntrico de la valoración. Pero libros como este consiguen, y bien que hacen, empequeñecer esta tarea amateur, caprichosa, sencilla y errática que es escribir en internet y sobre libros. Entonces, genuflexo (y agradecido a Álex Azkona por la recomendación) el aficionado que escribe esto que estáis leyendo piensa. Piensa cómo y de qué manera hacer justicia a un libro así, sin caer en los lugares habituales de las reseñas elogiosas, sin recurrir a las listas habituales de calificativos. ¿He escrito alguna vez boquiabierto? No, que recuerde. Pues empecemos con esa palabra. Porque esta retrospectiva de Vizinczey, escritor y crítico húngaro cuya relativa fama cabe atribuir a la novela En brazos de la mujer madura nos ofrece reseñas, artículos sobre escritores, reflexiones políticas, y, last but not least, el conjunto. Que debería ser lo que cuenta, si se trata de valorar. El conjunto es la sensación profunda que se apodera del lector sobre cómo Vizinczey acomete su función crítica. El guiño empieza en el título: Verdad - una - y mentiras - varias - en la literatura. Porque no es que esta sea una experiencia enfocada en el análisis de argumentos, sino que se extiende en todos los ámbitos alcanzables, de manera que, glups, qué complicado es declarar esto en este ámbito, quien lee queda con la sensación de que Vizinczey se impregnaba de lo que leía, absorbía y comprendía tan hasta el fondo el libro, la obra, el autor, y esa capacidad le investía de una autoridad absoluta para, luego, pertrechar esos textos que, por sí solos ya tienen valor literario, pero que tienen además ese poder de empujar a la búsqueda.
No es que Vizinczey no muestre alguna debilidad personal. Por encima de todas, su adoración por Heinrich Von Kleist, en segundo término Balzac, Stendhal, y algunas fobias no tan visibles ni en las que, con una discreción digna de elogio, se ensaña. Que yo recuerde, tilda a Kundera de inmaduro, critica el quiebro argumental de Billy Budd de Melville, y el objeto más claro de su crítica es el corporativismo de la prensa literaria de Nueva York, a la que tilda de actitudes chantajistas. Por todo lo demás, lo comentado, demostración de comprensión absoluta, de asimilación de cada obra en la que se sumerge. Capacidad de análisis brillante. Conocimiento mayestático. Descomunal cómo transmite su entusiasmo, combinando mesura, emoción, razonamiento. La cuestión, quizás, no es que uno pueda coincidir o no con lo que Vizinczey opine, sino lo estimulante que esta lectura resulta. Ya hablé de Bloom y hablé de Carrión y de Eduardo Jordà, recuerdo cada uno de esos libros como campos de minas para los pusilánimes. Cargaría con este libro, repleto de notitas marcando páginas y resaltando textos, y empezaría a encargar libros. Seguro que discreparía de muchas opiniones, seguro que diría que no es para tanto, puede que hasta llegara a conclusiones dispares o a considerar que Vizinczey se ha excedido en algún punto. Puede, incluso, que determinadas horas no sean las más adecuadas para sumirse en especulaciones sobre ciertas obras. No se trata de divertirse ni de saltar: se trata de captar el mensaje profundo que el libro desprende, la importancia de la literatura como bastión de la cultura.
Adicionalmente a las reseñas y artículos sobre literatura, el libro nos ofrece algunos ensayos de carácter más general, que entroncan en la realidad política que Vizinczey, húngaro que se exilió a EEUU en plena guerra fría, escribió sobre diversas temáticas. La Mafia, la dominación rusa, la Europa postguerra. Todos ellos, escritos de gran fuerza y valor. Más regalazos. Como si a este magnífico pastel le hiciera falta una guinda.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Guillermo Cabrera Infante Puro humo

Idioma original: inglés
Título original: Holy smoke
Fecha de publicación: 1985
Valoración: muy recomendable


Advertencia: leer esta crítica puede ser perjudicial para la salud.


Vamos a sumergirnos en los retruécanos y juegos de palabras de Guillermo Cabrera Infante en este ensayo sobre tabaco y cine, Puro humo, cuya versión antecesora, predecesora inglesa, como esa, se tituló Holy Smoke. Es una historia de humo que no consigue cegar nuestros ojos en su relación con el cine y de películas salpicadas por la brasa caliente, candente que la hoja necesita para hacernos alguien al otro lado de nuestros vegueros ardientes. Cabrera Infante se desliza por la historia de la hoja poderosa que descubrió Colón a la vez que descubría América, aun no americana, pero sí colombiana sin Colombia.

En ella, se nos pone al tanto de las vitolas en las que se convierte la hierba maldita, bendita, en manos de los sabios torcedores cubanos, que convierten en habanos todo lo que tocan, como un rey Midas del tabaco sensato; y de sus primos para pipa, para esnifar y para mascar. Incluso sobre los cigarrillos, animal odiado, denostado por el autor, que solo soporta una fuma de hoja noble y si acaso, un redoble de sus familiares esparcidos por el mundo, en un rotundo viaje que hizo a la hoja vecina tanto de Manila como de Florida, de Honduras como de España, si lo apaña.

Se nos informa en este ensayo del arte escénico de los escenarios sobre los que se fuma y se fumó, de cómicos con un puro y del puro atrezzo en que se envuelve el actor, se envolvía, de las cintas en que vio el humo o se veía. De mujeres fatales, letales, que detrás de sus largas boquillas, sencillas, entornaban los ojos para hacer quedar rendido, herido, aterido por la frialdad del contraste entre el hielo de sus ojos y el fuego de su mirada, al galán de turno que se acercaba presuroso anheloso a la demanda del fuego prometéico.

Se nos habla de los hombres de estas vegas en donde no se juega dinero, sino que crece el tabaco, lento, sensato, camino de su fortuna, ésta no azarosa, pesarosa, sino sublime, ardorosa. Salidos de manos sudorosas de sencillos trabajadores cubanos, sabios y leídos, lectores pasivos del relator de la fabrica, que antes les contaba a Balzac y Dumas, y ahora solo narran los discursos de Castro, un politicastro.

De toda la amplia historia del tabaco que tan hábilmente nos desgrana sin desgana D. Guillermo, es esta bajada al infierno del interior de la fabrica, donde entre el sonido de las chavetas se desplaza el sonido de la voz tonante, rampante, del relator contratado para mantener informados a los trabajadores de salario bien ganado. Primero lee la prensa en la mañana, más tarde en la tarde lee novelas, seleccionadas todas ellas por los propios trabajadores como una de sus labores. Era El conde de Montecristo una de sus favoritas, junto con Los miserables, tan cercanos a sus afanes que se comprendía el día que se leía la preferencia sin impaciencia que a ella se tenía. Se tenía, la radio acabó con aquello, como acabó con los habanos, ahora ya sin competencia en la isla siempre fiel, todo en manos estatales, banales, que se han dejado superar en la primacía de la fuma de calidad por otras tierras tabaqueras, sin tanta solera, pero con suficiente cantidad.

En fin, que me ha encantado.

También de Guillermo Cabrera Infante en ULAD: Tres tristes tigres

lunes, 13 de septiembre de 2010

Colaboración: La comedia humana de William Saroyan

Idioma original: inglés
Título original: The Human Comedy
Año de publicación: 1943
Valoración: Muy recomendable


William Saroyan es un escritor americano de origen armenio bastante desconocido para el gran público. En los últimos años, gracias a la editorial Acantilado, se han recuperado en castellano sus obras más emblemáticas, entre las que sin duda se encuentra La Comedia Humana. Hombre hecho a sí mismo (abandonó los estudios a los quince años de edad), tiene en su haber notables aciertos desde el punto de vista narrativo y otros cuantos que van más allá de la literatura. Así, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial el ejército de EEUU le encargó una novela-panfleto para enaltecer la participación americana en la contienda. El resultado fue Las Aventuras de Wesley Jackson (1946), un libro que resultó furiosamente denostado por el ejército por el anti-belicismo que destilaban sus páginas y que, por tanto, contravenía totalmente con lo acordado. Un pequeño gesto de enfant terrible que a mi particular juicio le engrandece.

Unos años antes, en 1943, escribió La Comedia Humana, una reflexión sobre la guerra pero desde una perspectiva mucho más original: la de los que se quedan; la de mujeres, niños y ancianos que esperan con ansia la vuelta de sus seres queridos totalmente ajenos a las razones y la propia naturaleza del conflicto. Un punto de vista en el que no deja lugar para el maniqueísmo, pues todos son víctimas, no habiendo así ni héroes ni villanos entre los protagonistas. De esta forma, a pesar del contexto bélico, la narración transcurre por un universo paralelo donde florecen los sentimientos más positivos y agradables que puede brindar el ser humano: la ingenuidad de los niños, la bondad de los más mayores, el amor-de-madre y sólo la guerra transita en un tercer plano en la narración como algo abyecto pero invisible que dota a la novela de un leve toque agridulce.

Como curiosidad, los guiños literarios van más allá del propio título y la referencia a la obra de Balzac y Dante. Título algo cínico, pues a través de sus páginas saboreamos la comedia pero intuimos el drama que permanece oculto a los ojos del protagonista, un niño de nombre Homer, que pasa sus días como mensajero de telégrafos en el pueblo de Ithaca (¿fácil, no?).

Poco más puedo decir salvo que es uno de mis libros favoritos y que espero que a vosotros también os guste.

Firma invitada: Iñaki

viernes, 18 de noviembre de 2016

Mathias Enard: Brújula

Idioma original: francés
Título original: Boussule
Año de publicación: 2015
Traducción: Robert Juan-Cantavella
Valoración: bastante recomendable

Siria, Turquía, Irán, Egipto... ¿qué nos traen a la cabeza los nombres de estos países? Vale, no hace falta que nadie conteste; cualquiera que vea los informativos de la tele sabe que las noticias que llegan de por allí no son precisamente halagüeñas: guerra, atentados, integrismo religioso, yihadismo, inestabilidad, éxodo de refugiados... Esa es la percepción que tenemos ahora mismo de ese Oriente Próximo. Pues bien, el francés Mathias Enard se ha propuesto con esta novela dar la vuelta a esa imagen de lo "oriental" (amigos uruguayos, no va por ustedes: es por emplear el mismo término que el escritor; en apariencia más vago, pero en realidad más inclusivo y hasta preciso que "árabe" o "musulmán"). Lo que pretende Enard es demostrarnos que entre Oriente y Occidente ha habido, al menos durante los últimos doscientos años, un diálogo constante, un juego de espejos en el que se han reflejado mutuamente las imágenes concebidas sobre el otro... aunque en verdad la novela se limita a dilucidar sobre esa idea de lo "oriental", generalizada hasta el punto de que incluso las propias sociedades actuales de esa zona del mundo, parecen haber asumido, en buena medida, la concepción occidental de la misma.

Desde luego, Mathias Enard está más que bien pertrechado para la tarea: orientalista también él, ha vivido en los países de los que habla en la novela y domina las lenguas árabe y persa (además de hablar el castellano mejor que yo y creo que también el catalán). En consecuencia, el despliegue erudito -pero sin llegar a la pedantería- de referencias culturales variadas resulta impresionante: por la novela desfilan orientalistas ilustres como los austríacos von Hammer-Purgstall, o Alois Musil (primo de Robert),alemanes como Friedrich Rückert y Max von Oppenheim, franceses como Charles Mandrus, traductor de Las mil y una noches, el padre Antonin Jaussen o el teórico racista conde de Gobineau; incluso el palestino Edward Said... pero también escritores y, sobre todo, poetas en diversas diversas lenguas: Annemarie Schwarzenbach (a medio camino con el apartado anterior), Georg Trokl, Osama Ibn Munqidh, Ernst Bloch, Ibn Arabi, Badr Shakir Al Sayyab, Kafka, Chateubriand, Dick al-Djinn, Marcel Proust, German Nouveau, Parviz Baharlou, Suhawardi, Thomas Mann, Nietzsche, Washington Irving, Sadeq Hedayat, Hafez al Shiraz, Heine, Flaubert, Henry Levet, Fernando Pessoa -Álvaro de Campos mediante-, Balzac, Goethe, Faris Shidyaq, Omar Jayam... Por último, y por razones inherentes a la novela, también un buen número de músicos, clásicos y contemporáneos: Félicien David, Karol Szymanowski, Julien Jalaleddin Weiss, Henry Rabaud, Hasbeyov, Bizet, Doménico Scarlatti, Franz Liszt, Mendelsohn, Wagner... y por encima de todos, Beethoven. ¿Son muchos nombres? Pues me he dejado unos cuantos...

El hilo que utiliza el autor para hilvanar todas estas referencias culturales, así como las recurrentes alusiones al reconocimiento de la "alteralidad" y la "construcción común" de un imaginario (glups... ahora que lo pienso, espero que este libro no lo lean los muchos inquisidores del anti-buenismo, o está apañado, el pobre Enard... Bueno, no; no creo que lleguen a leerlo), es la figura de un musicólogo orientalista vienés, Franz Ritter, que a lo largo de una noche de insomnio va desgranando toda una serie de disgresiones sobre esta fascinación occidental por Oriente, así como los recuerdos de sus vivencias en estos países... motivadas, en buena parte, por su prolongado enamoramiento por Sarah, que no es una moderna Scherezade, sino una especie de Lisa Simpson pelirroja y parisina, también orientalista, ella. Es la historia de estos personajes, más algún que otro secundario (Bilger el arqueólogo loco, Faugier el opiómano), lo que convierte al libro en una novela, y no en un ensayo o incluso un libro de viajes. Un viaje siempre hacia el este, siguiendo la brújula del protagonista, que marca ese punto cardinal, hacia el Oriente como metáfora del ansia vital, de la huida de la inmovilidad que prefigura la derrota y la muerte. Individual pero también cultural, colectiva. Ahora bien: si el bueno de Franz está bien definido y trazado (qué menos, si toda la novela se desarrolla a través de un monólogo en primera persona), representado como un entrañable y melancólico pagafantas con lecturas, la trama que le une con Sarah y a ambos con los demás personajes no resulta demasiado convincente. 

En mi opinión, quizás sea éste el punto débil de la novela, aunque no debió de parecérselo así al jurado que le concedió el premio Goncourt en el pasado 2015. Como, acostumbrado a los entrañablemente amañados premiso españoles, esto de los que se conceden en otros países me pilla un poco fuera de juego, no opinaré si esta concesión fue la más adecuada o no. En todo caso, sí que me parece justa. Brújula es un libro magníficamente escrito, muy interesante y, al menos para mí, ha sido grato de leer (aunque ya aviso que no me parece que la "gran historia de amor", como ha sido definida en algún medio, sea aquí lo más importante). Hasta qué punto se puede considerar una novela o no, es otra cuestión, pero, tratando como trata de la mixtura creativa, de la rotura de los compartimentos estancos en los que nos empeñamos en encerrar la diversidad de los elementos culturales, de la mezcla entre distintas concepciones del mundo... tampoco creo que eso tenga demasiada importancia.


Otros títulos de Mathias Enard reseñados en Un Libro Al DíaZona

viernes, 24 de abril de 2015

Charles Dickens: La casa lúgubre

Idioma original: inglés
Título original: Bleak House
Año de publicación: 1852-3
Valoración: está bien

Me resulta difícil valorar una novela como La casa lúgubre, que a lo largo de sus casi novecientas páginas me ha producido a partes iguales admiración y aburrimiento. Admiración, porque Dickens consigue crear y sostener un universo gigantesco de personajes principales y secundarios, entrelazados de las maneras más diversas (algunas sorprendentes, otras muy melodramáticas); aburrimiento, porque son casi novecientas páginas, y porque no todos esos personajes ni todas esas tramas me han interesado por igual; algunas de ellas, de hecho, no me han interesado lo más mínimo.

Es difícil resumir el argumento de La casa lúgubre, precisamente porque este entrelazamiento de historias. Quizás los protagonistas centrales sean el triángulo de jóvenes compuesto por Esther Summerson (una huérfana de corazón puro purísimo), Ada Clare y Richard Carstone (amantes cuyo amor es imposible, por lo menos por ahora), todos ellos bajo la supervisión de John Jarndyce, un hombre tan rico como generoso. Pero también ocupan un lugar central Lord y Lady Dedlock, representantes de la elitista aristocracia inglesa; Jo, el muy dickensiano niño mendigo; la filantrópica señora Jellyby, que se preocupa tanto por los pobres niñitos africanos que descuida a sus propios hijos hasta el punto de la indigencia...

Y de fondo, atravesando toda la novela de la primera a la última página, encontramos un despiadado retrato de la judicatura británica, lenta, farragosa, injusta, destinada más a dar de comer a los abogados que a descubrir la verdad e impartir justicia. El máximo representante de este sistema absurdo y corrupto es el caso "Jarndyce contra Jarndyce", del que se dice que ha atravesado ya varias generaciones, que requiere carretillas llenas para trasladar toda su documentación y que contamina con su perniciosa influencia a todos los que se implican en él (y muy particularmente, en este caso, al joven Richard, que fía toda su futura fortuna a la resolución del caso, condenándose así a desperdiciar su vida).

No creo ser muy original si digo que mi Dickens favorito es el humorista, el satirizador implacable de los defectos de la sociedad inglesa, en particular de la alta burguesía y la aristocracia: el retrato de lady Jellyby, que siempre tiene la mirada perdida "como si estuviera viendo África" y que es incapaz de cuidar a su propia familia, por ejemplo, es de lo más memorable del texto. En cambio, el Dickens lacrimógeno, el de las doncellas inmaculadas y los niños harapientos, me resulta bastante más intragable.

Resulta difícil, como decía al principio, darle una valoración a esta novela. Tiene, desde luego, acérrimos defensores (entre ellos G. K. Chesterton, nada menos) y tiene, indudablemente también, páginas y personajes magistrales, que están al alcance solo de los escritores más consumados. La propia construcción narrativa es digna de los maestros de la novela realista decimonónica, como Tolstoi, Balzac, Galdós, Eça, capaces de mantener vivos y diferenciados decenas de personajes.

Y sin embargo, la lectura se me ha hecho pesada, pesadísima por momentos. Quizás convenga recordar que La casa lúgubre, como gran parte de la obra de Dickens, se publicó por entregas de treinta y dos páginas cada una (a un precio de un chelín). No cabe duda de que la experiencia de leer ochocientas página seguidas es muy diferente a la de leer 32 páginas al mes durante dos años, y quizás sea esta segunda la lectura preferente de un texto como este: por entregas, por fascículos para no empachar.

Otras obras de Charles Dickens en ULAD: Aquí

jueves, 11 de diciembre de 2014

Colaboración: Austerlitz de W. G. Sebald

Idioma original: Alemán.
Título original: Austerlitz 
Traductor: Miguel Sáenz
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable.

Con la fábula de Jaques Austerlitz, Sebald, nos habla de la búsqueda de la razón de ser del individuo en el siglo XX (extensible también al XXI), y al mismo tiempo intenta pagar su propio tributo como alemán al holocausto judío. Seguramente es sus obra más lograda.

G. W. Sebald, muerto en el 2001 en accidente de trafico, junto con Claudio Magris o Enrique Vila-Matas son representantes de un tipo de escritura que se formula con múltiples formas de expresiones literarias entrecruzadas: ensayo, novela, historia, dialogo, monólogo y cuantas otras se nos puedan ocurrir. Pero sin llegar a lo que podríamos denominar escritura experimental que convierta los textos en peligrosos juegos de palabras. Un universo literario arriesgado donde a veces los símbolos pueden esconder tanto a la creación como a la falta de ella. El lenguaje de Sebald, que era profesor de literatura, se basa en una realidad muy documentada desde donde la ficción busca todos los recovecos de esto que nos empeñamos en llamar realidad, un lenguaje preciso pero ameno. Lo único que podemos echar en falta es una vida psicológica en sus personajes.

Esta obra (Sebald decía que no era una novela) es casi un monólogo sobre el transcurrir de una vida dentro de la historia del siglo XX. «Solo lo supe años más tarde por alguien que sobrevivió, me dijo Vera, dijo Austerlitz». Un monólogo realizado en los encuentros casuales o acordados, íntimos o distantes, en terrazas o paseos entre el protagonista y el oyente que escribe para transmitírnoslo. Sebald es un walseriano, un paseante solitario que comenta todo lo que ve. El paseo como forma de deambular, de ver, de vagar, de viajar. El paseo de uno mismo o el de los demás, vistos desde la terraza de un bar. El itinerario de una ocupación perpetua; el estudio de la arquitectura de las estaciones de tren. Los paseos y el monólogo dan lugar a disquisiciones, y cuando la confianza se asienta el parloteo da lugar al recuerdo.

 El recuerdo y lo que queremos o no recordar. El recuerdo y el olvido. Sebald nos pasea por lugares y artistas de la vieja Europa, desde Turner a Marienbad, de Goethe a la costa de Gales o del observatorio de Greemwich a Balzac a través de las salas de las estaciones de tren; «había momentos sin comienzo ni fin…un punto ciego sin duración». El recuerdo siempre tiene algo de nostalgia, no de melancolía, y de perdida; no recordamos lo que tenemos. El recuerdo de lo pasado que jamás volverá y que lleva a la mayor perdida que es la muerte de uno y el olvido por parte de los demás, la disolución absoluta. Austerlitz a través de la historia de Europa llega al recuerdo personal que busca los orígenes; el origen para explicar nuestro ser. La búsqueda perpetua del ser humano: si no se quien soy, estoy solo, en mi soledad de búsqueda individual me incomunico, ¿la búsqueda del origen está en mis recuerdos de infancia? ¿si llego a encontrarme romperé el cerco de mi soledad? «En algún momento del pasado he cometido un error y ahora estoy en una vida falsa».

En esta búsqueda individual se tropieza con el mundo. Y aquí nos encontramos con un segundo hilo argumental por donde Sebald nos lleva de la mano. En esa búsqueda hacia el recuerdo encontramos la Alemania nazi y el holocausto judío, que en la historia del siglo pasado han quedado indisolublemente unidos. Alemanes, en este caso, pero que podrían ser, desgraciadamente, cualquier ciudadano civilizado del mundo; cada uno de nosotros embebido por el entusiasmo ante el resurgimiento nacional, olvidarnos de las humillaciones que no hemos sido capaces de superar, creernos los elegidos, afirmar que uno es él ser superior…

Austerlitz buscando sus orígenes llega a Praga y a Theresienstadt, la fortaleza con forma de estrella, campo de concentración, cárcel donde murió Gavrilo Princip; de quien dicen que cambio la historia de la Europa moderna. Sebald en sus libros no solo nos habla del holocausto, si no también de la destrucción de Alemania por parte de los aliados y de la literatura postbélica. Nos cuenta de ese miedo a hablar de determinados temas que han quedado impresos en el alma de su patria. Pero en todas las casas existe la palabra prohibida, el ser innombrable, o el recuerdo rigurosamente olvidado. Pero aquí el mundo da la vuelta a los conceptos y el mantenimiento de la memoria es una necesidad a falta de justicia. «Quien ha sufrido la tortura, ya no puede sentir el mundo como su hogar» nos recuerda Jean Amery.

La historia del hombre tal vez sea el moverse entre un individualismo que busca la identidad y un totalitarismo social que arrasa. El fin del milenio nos ha llevado a la verdad del ser humano; la soledad del individuo, la búsqueda quimérica y el horror inenarrable, y Sebald nos lo recuerda.

Firmado: Coro

domingo, 21 de enero de 2024

Giuliano da Empoli: El mago del Kremlin


Idioma original: francés.
Título original: Le mage du Kremlin    
Traducción: Adolfo García Ortega
Año de publicación: 2023
Valoración: recomendable

 Veamos: publicar en 2023 una novela que trata sobre Vladimir Putin no, es, digámoslo claro, el colmo de la audacia y la innovación, por no decir que pudiera considerarse un flagrante caso de oportunismo. Esta novela fue premiada con el Honoré de Balzac (no tengo el gusto) y su autor pasa por ser un conocedor de primera mano de ciertos entresijos de la política internacional contemporánea. Lo cual le da cierta ventaja, aparte de la obvia licencia literaria implícita que supone el absoluto misterio que rodea a la persona de Vladimir Putin, que, hace ya casi dos años, es visto como uno de los enemigos irreconciliables de Occidente, peor, como una de las mayores amenazas individuales para (las mayúsculas se imponen) la Paz en la Tierra

Vadim Baranov, protagonista interpuesto de la novela, ha sido su asesor. Un periodista ha acudido a visitarle y la narración cubre, como si obrasen de prólogo y epílogo el principio y el fin de la entrevista, la historia de su ascenso a la cúspide y relativa relegación dentro del entorno del líder ruso. De eso se trata, de especular, qué otro remedio parece quedar, con la figura de los pesos pesados en su ámbito de influencia, en especial de aquellos que acumularon fortuna y poder para perderlos de forma súbita y a veces trágica. No sé hasta qué punto lo que escribe Da Empoli es una especulación o si a través del sustancial reguero de nombres y hechos reales hemos de imaginar que esa figura, la de un intelectual de bajo perfil que se constituye en influencia en la sombra, no es en sí una réplica de la realidad o más bien una arriesgada apuesta de cómo pudo, o puede ser. Sí que diría, desde una dificil posición de objetividad, que el relato resulta acomodaticio con todos los prejuicios desde los cuales el mundo occidental observa a Putin: su pasado como funcionario gris y frío, con una implacable visión de qué partes del pasado soviético hay que preservar, su presente como, valga la redundancia, implacable líder impermeable a cualquier sombra de influencia que pueda ya no discutir sino atenúar un poder que el libro siempre muestra igual: firme, despótico, impertérrito. Lo cual no desmerece el mérito narrativo: las primeras doscientas páginas se devoran a medida que el desfile de celebridades, que incluyen personajes tan variopintos como Edward Limónov o los Jodorkovsky, magnates descabezados de Yukos, escenarios ahora tan denostados como el Londres convertido en el paráíso de las descomunales fortunas de aquellos que supieron reconvertirse tras la caído del muro. Todo ello, opino, quizás demasiado acomodaticio y adecuado a la idea central: Putin es un tirano que está dispuesto a todo con tal de mantener su país, como mínimo, en el añorado status de poder de la Guerra Fría. 

Cuando Da Empoli insiste en vender esa imagen tan cuadriculada, cuando le resulta tan conveniente preservar la fascinación por lo desconocido (no en vano ni se nombra a Gorbachov o Lenin, sí a Stalin y Yeltsin) la narración, sin perder calidad literaria, cae demasiado en el estereotipo. Podríamos decir que el juego de la ficción política busca demasiado esa explicación que tanto cuadra con nuestra escasa comprensión de una sociedad tan lejana. Putin es el demonio, tiene cuernos, es cruel y despótico y su aguijón está listo para clavarse en el lomo de la presa, que hoy en día es el planeta. Una definición que me da que tendría más lecturas que la algo unívoca que esta novela muestra.

 

viernes, 13 de noviembre de 2009

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta

Idioma original: español
Año de publicación: 1886-7
Valoración: Imprescindible

Tengo que empezar diciendo que Galdós no era, hasta hace bien poco, un autor por el que tuviera especial predilección. De hecho, si me hubieran preguntado hace cosa de un mes, habría dicho que Clarín es muy superior (aunque su obra narrativa sea mucho más breve), y que nada de lo que escribió Galdós se acerca ni con mucho a La Regenta. Había leído varias novelas galdosianas -Doña Perfecta, La de Bringas, Misericordia, Marianela-, y ninguna de ellas me había terminado de convencer: no me terminaba de gustar la manía de Galdós de meterse en medio de la acción, en modos más o menos sutiles, ni su forma de dejar tan claras sus simpatías y antipatías por los distintos personajes.

Y entonces empecé a leer Fortunata y Jacinta, con algo de escepticismo y un poco de pereza -por el volumen, más que nada-. Y mi veredicto es: ¡vaya novelón! Novelón en todos los sentidos: por sus mil y pico páginas, por su argumento digno de un culebrón de sobremesa, pero sobre todo por el impresionante universo humano, social e histórico que contiene. El argumento, como digo, es folletinesco: se basa en un triángulo amoroso entre Juanito Santa Cruz (un burgués bon vivant de los que debían de abundar en el Madrid de la época), Jacinta (otra burguesa, algo ingenua y soñadora, tan buena que a veces es tonta) y Fortunata (perteneciente al "cuarto estado", huérfana sin oficio, beneficio ni apellido que se le conozca, apasionada, compleja, torturada). La novela cuenta entonces los ires y venires de Juanito ("el Delfín") entre la comodidad del lecho conyugal, y la seducción pecaminosa del adulterio. Y entre tanto hay maridos cornudos; hijos vivos, muertos y falsos; discusiones de café, cambios de régimen... Amar en tiempos revueltos, vaya.

Francisco Caudet, el autor de la introducción de Cátedra que estoy leyendo, propone una lectura interesante de la novela: una lectura alegórica según la cual Galdós está retratando, a través de los personajes principales, los vaivenes de la España de la época entre el progresismo -y el republicanismo- (Fortunata representaría al "pueblo", al proletariado, los sectores más progresistas de la sociedad) y la moderación liberal de la Restauración (Jacinta, ejemplo típico de burguesa, representaría esta opción). España, como Juanito Santa Cruz, tiene sus "fiebres de guerra y de paz".

A mí, personalmente, lo que más me ha gustado de la novela es cómo maneja Galdós los tiempos y las tensiones de la obra. Durante toda la primera parte, a Fortunata sólo la vemos una vez: en el rellano de una escalera, comiéndose un huevo crudo y enamorando perdidamente a Santa Cruz; pero aunque esté ausente, su figura condiciona toda la trama, y estamos deseando verla aparecer otra vez, seductora y vulgar a partes iguales. El resto de la novela gira en torno a Fortunata, pero sobre ella pesará siempre la sombra de Jacinta -modelo de una honradez a la que Fortunata aspira- y sobre todo de Santa Cruz -el amor invencible de Fortunata, porque «querer a quien se quiere no puede ser cosa mala».

Podría seguir hablando más de la novela: de la "galería de personajes" (todo un tópico) que aparecen en cafés, comercios y reuniones sociales de mayor o menor "tono" -algunos de ellos, personajes de otras novelas de Galdós, que creó todo un mundo ficticio a lo Balzac-; de la habilidad con que se entremezcla lo individual y lo social, lo anecdótico y lo histórico; o la gracia con la que se retrata la manera de hablar de los distintos personajes -los diálogos de enamorados cursis de Jacinta y Juanito son impagables-. O podría decir, por ejemplo, que por una vez no me han molestado las intrusiones del narrador, que de vez en cuando se dirige al lector o comenta la acción (no sé si porque estas intrusiones son más sutiles que en otras novelas, o porque se disimulan mejor en medio del conjunto...).

En fin, ¿se nota que me ha encantado?


Otras obras de Benito Pérez Galdós en ULADNazarínTorquemada en la hogueraLa sombraTristanaMarianelaTrafalgar

domingo, 15 de julio de 2012

Ford Madox Ford: El buen soldado

Idioma original: inglés
Título original: The Good Soldier
Año de publicación: 1915
Valoración: Muy recomendable

Muchas veces se habla del siglo XIX como "el siglo de la novela", lo cual es evidentemente reduccionista (hacia el siglo XIX y hacia el concepto de novela) pero refleja también un fondo de verdad: que durante el siglo XIX, en especial en su segunda mitad, la novela pasó de ser un género secundario en los cánones literarios nacionales (en los que la poesía lírica o el teatro ocupaban el centro indiscutible), a ser el motor del sistema literario, con la aparición de grandes maestros como Balzac, Flaubert o Zola, Tolstoi o Dostoievski; Galdós o Clarín; Eça de Queirós o Dickens. Por diversos caminos, estos escritores y muchos otros alcanzaron una maestría en el manejo de la descripción, de la creación de personajes, tramas y universos ficcionales. Y uno de los aspectos en los que destacaron más especialmente los novelistas del siglo XIX fue en la creación de grandes narradores: narradores (a veces testigos, a veces con voz y personalidad propia que condicionan radicalmente el modo en que el lector accede a la historia.

El buen soldado de Ford Madox Ford (aunque escrita ya a comienzos del siglo XX, que conste) podría servir de ejemplo perfecto para esta afirmación, al igual que muchas novelas de su "antecesor" Henry James. En efecto, el narrador, John Dowell, es un modelo de lo que Wayne Booth denominó unreliable narrator, "narrador no confiable": es un narrador desordenado, confuso, olvidadizo, parcial y a menudo manipulador, que nos da una visión determinada de los hechos o de los personajes en las primeras treinta páginas, para dedicar las otras doscientas a destrozar meticulosamente esa visión en las restantes doscientas.

La trama como tal es bastante convencional, y podría haber dado para algo así como Madame Bovary o Fortunata y Jacinta: cuenta la historia de dos matrimonios de "gente bien" (así llamados por el propio narrador): los Dowell -John y Florence, americanos- y los Ashburnham -Edward, inglés, y Leonora, irlandesa-. Al principio son presentados como dos matrimonios ideales, elegantes, felices; luego se verá que todo es apariencia, que todos se engañan a todos, que no hay en realidad apenas afecto entre ninguno de ellos, y que, queriendo o sin querer, se han destrozado la vida unos a otros.

El motivo por el que esta trama no se convierte en un Madame Bovary o Fortunata y Jacinta es precisamente por la voz de ese narrador-testigo, John Dowell, que cuenta la historia en forma de una larga confesión escrita durante varios años, con incoherencias, desorden, olvidos y manipulaciones: "...cuando se analizan unas relaciones amorosas", dice "tan pronto se avanza como se retrocede. [...] Tiene usted los hechos aunque haya de molestarse en buscarlos".

Hay otra característica del narrador que hace la lectura mucho más llevadera: su humor cínico y sarcástico, que disecciona al resto de personajes, a la alta sociedad y a sí mismo con una divertida crueldad. Algunos de sus latigazos tongue-in-cheek, que se dice en inglés, recuerdan a los aforismos de Ambrose Bierce. Por mucho que se esfuerce en decir que Edward y Leonora eran personas nobles y "gente bien", la imagen que queda de ellos es la de unos seres egoístas, torpes, hipócritas y traicioneros.

En fin, que esta novela de Ford Madox Ford no sirve para solucionar aquella discusión que tuve con un compañero de trabajo, sobre si es mejor la novela del XIX o la del XX; porque aunque su trama está cerca de la de muchos novelones del XIX, gran parte de sus técnicas (fragmentación, desorden, ironía, autoconsciencia) pertenecen más bien al "Modernismo" y lo acercan, salvando las distancias, a la narrativa de Virginia Woolf.

Sea como sea, es una gran novela: Un clásico.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Javier Marías: Los enamoramientos

Idioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: Se deja leer

Los lectores de este blog tienen dos opciones: creer al 99% de la crítica literaria española, que ha puesto esta novela por las nubes (como prueba, aquí una crítica, y otra, y otra del gran José María Pozuelo Yvancos), y que la han considerado como una de las mejores novelas de 2011; o creer a este humilde bloguero, al que le ha parecido una novela correcta, sin más. [Aunque también hay una tercera opción: que lean la novela y decidan por sí mismos].

En general, ya he dicho alguna otra vez que no comparto esa admiración reverencial que rodea a Javier Marías: a estas alturas ya me he leído unas cuantas de sus obras (Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Todas las almas y esta), y casi todas me han dado la misma impresión: Marías es bueno en las distancias cortas, tiene páginas excelentes -en esta obra, por ejemplo, las paráfrasis de Balzac o de Dumas-, pero no consigue construir tramas profundas, bien desarrolladas, que atrapen al lector. La de esta novela (la muerte de un personaje y sus efectos en las relaciones entre otros tres) es mínima, y no se exploran muchos de los que podrían haber sido sus vericuetos más interesantes [para mí] (como esa ambigüedad final sobre las posibles causas de la muerte del personaje, que se despacha en muy pocas páginas).

Un defecto que encuentro a las obras de Marías (y también de otros escritores españoles, pero ese es otro tema) es que el narrador se empeñe en comentar, explicar, masticar, analizar la acción para el lector, como si este fuera imbécil y no supiera sacar conclusiones a partir de lo que está leyendo. No se limita a decir, por ejemplo: "X tenía los ojos enrojecidos y un pañuelo en la mano", sino "X había llorado por la muerte de su esposo y estaba inconsolable como están inconsolables todas las personas que han perdido a un ser querido" (el ejemplo es ficticio, pero no muy lejano a la realidad). En realidad, toda esta novela es una verbosísima reflexión sobre la muerte, la culpabilidad y el amor, temas esenciales, claro, pero en los que Marías no parece aportar casi nada nuevo, sinceramente

Otra pega que le pongo en concreto a esta novela, y que contraviene algo que he dicho antes, es precisamente el estilo. En otra crítica, positiva para más señas, de la novela, se dice: "Los enamoramientos está narrada por una mujer, pero suena tal como suenan todos los narradores hombres de las anteriores novelas de Marías." Estoy totalmente de acuerdo con esta frase, pero esto para mí no puede ser un motivo de elogio, sino que representa un fracaso. En general, Marías no parece capaz de separarse lo suficiente de sí mismo como para crear un estilo propio para sus personajes: todos ellos, lo mismo la narradora María Dolz que Díaz-Varela, y hasta Francisco Rico, que hace una aparición en plan guest star de teleserie americana, hablan igual. Y ninguno de ellos habla como hablan las personas. En un momento dado, un personaje dice: "Gracias por el cumplido. No te sueles prodigar en ellos" (el ejemplo esta vez es real, aunque citado de memoria). Esa frase no solo es irreal, excesivamente literaria -en el peor sentido del término- sino que es torpe, tópica e innecesaria. Lo que podría decirse de muchas otras frases de la novela.

En fin, todo parece indicar que Javier Marías ganará algún día el Premio Cervantes y quizás hasta el Premio Nobel, si consigue vivir lo suficiente. A mí me parecerá excesivo, sobre todo después de leer esta obra. Pero también afirmo que voy a seguir leyendo sus novelas hasta ver si me convencen de su maestría.

Otros libros de Javier Marías reseñados en Un Libro Al Día: Mientras ellas duermenLos dominios del loboTodas las almasVidas escritasCorazón tan blancoBerta IslaAsí empieza lo maloMañana en la batalla piensa en mí