Idioma original: francés
Título original: Le père Goriot
Traducción: Joaquín de Zuazagoitia
Año de publicación: 1835
Valoración: Está bien
Hace mucho tiempo que leí Eugenia Grandet, y en su momento me dejó una estupenda sensación (no me pregunten porque no me acuerdo de nada, la mala memoria lectora es uno de los motivos por los que empecé a escribir reseñas, pero en esa época todavía no lo hacía. Perdón, sigo), hasta el punto de que lo conseguí en francés con idea de releerlo. Pero se me han quitado un poco las ganas tras leer Papá Goriot, a pesar de que sea uno de los títulos más reconocidos de este autor, cuyo nombre se cita de carrerilla junto con Stendhal, Flaubert y Zola si hablamos de la novela realista francesa (Yo creo que Balzac está algún peldaño por debajo de los otros, pero esa es otra historia).
Hecho el introito, pasemos a la novela. Si a veces decimos que una característica de los clásicos es que sus personajes resultan inolvidables, este es sin duda un caso claro: Goriot es un antiguo fabricante de fideos, o algo así, que en su momento debió manejar una fortuna bastante decente, y que ahora vive en la cutrísima pensión de Mme. Vauquer. La razón de ese contraste provoca habladurías sobre los posibles vicios que han hecho descender a Goriot hasta el fondo del escalafón social. Naturalmente, el cuadro lo completan los demás habitantes de la pensión, todos gentes a quien la suerte parece haber dado la espalda: la señorita Taillefer, desheredada en vida por su malvado padre; el misterioso Vautrin, de quien poco se sabe aparte de su vitalidad y carácter sarcástico; o el estudiante Eugène de Rastignac, un joven de provincias ansioso por abrirse paso en la alta sociedad parisiense.
Personajes en general bien dibujados, junto con eficaces descripciones que rápidamente ubican al lector en ese ambiente polvoriento de fracasados actuales o futuros. Por cierto, que el propio Balzac, aficionado a inversiones un poco locas, parece ser que vivió un proceso bastante semejante al de Goriot, y no es difícil que hubiera conocido alojamientos parecidos al que se presenta en la novela. El caso es que Rastignac se decide a maniobrar para dar el salto a los salones y la buena vida para lo que, además de un buen contacto, utiliza el trampolín de las conquistas femeninas de forma que recuerda un poco al Julien Sorel de Rojo y negro, escrita solo cinco años antes.
El nudo de la historia, aunque con un fuerte matiz folletinesco, se sitúa justamente en ese proceso de ascensión social protagonizado (o al menos pretendido) por el joven, algo que se puede resumir en las dos o tres páginas del devastador monólogo del huésped Vautrin, quien explica cómo funciona la buena sociedad parisina: la ambición sobre todo, el genial triunfador (trepa) que despierta por igual envidia, odio y admiración, cero escrúpulos, el placer y la posición social por encima de cualquier otra cosa. Es así como se triunfa en París, como se alcanza la posición envidiable, las mujeres más deseadas, el lujo, así es como la vida sonríe y se vive plenamente.
En definitiva tenemos el enfrentamiento entre el bien y el mal, el buen corazón de las gentes sencillas frente al mundo despiadado de la ostentación, la hipocresía y el desprecio a los sentimientos. El nudo se enreda en torno a Goriot y Rastignac, uno aferrado a sus pasiones familiares, el otro dubitativo ante lo que le atrae y todavía no conoce, y debatiéndose ante lo que parecen sus propias convicciones íntimas.
Esos personajes, como decía antes, se hacen difícilmente olvidables pero reciben tal vez demasiadas vueltas de tuerca. De forma que, al menos para este lector, la bonhomía de Goriot termina por transformarse en un dibujo grotesco, empalagoso y hasta con algún rasgo de cosas muy feas que seguro que Balzac nunca llegó a intuir, pero que sobrevuela en algunos momentos hasta producir una cierta grima. Goriot es lo que llamaríamos un perdedor, un tipo lloriqueante incapaz de entender (sólo al final lo hace) el inmenso error que le ha conducido a la perdición, ese error que cualquier lector detecta pronto y que por eso le hace, digo yo, más acreedor de crítica que de compasión.
En ese combate entre buenos y malos hasta Rastignac, con su ingenuo y bien retratado ímpetu juvenil, acaba perdiendo el atractivo de la volubilidad y adquiriendo cierto aire de pastelón, aunque hay que reconocer que se redime, en un giro sorprendente, justo al final del libro, apenas en un par de líneas.
Desde el punto de vista narrativo, al libro le pesan bastante esas largas parrafadas tan propias de la época, un estilo que a veces llega a exasperar un poco en especial en los diálogos, y que frena la acción de una forma que puede cargar bastante al lector poco paciente o demasiado acostumbrado a ritmos más vigorosos.
Así que conviene leerlo con una cierta perspectiva, siendo conscientes de que lo que tenemos entre manos responde a parámetros bastante diferentes a los que rigen en nuestro tiempo. De esta forma se pueden seguramente apreciar mejor sus virtudes, que las tiene, aunque siendo sincero creo que Balzac en general, y probablemente el Goriot en concreto, han podido envejecer peor que varios de sus contemporáneos.
P.S. Como dato anecdótico diré que el traductor de mi edición del libro, Joaquín de Zuazagoitia, fue un alcalde de Bilbao de quien tenía algunas referencias por cuestiones que, claro está, nada tenían que ver con la literatura. Y bueno, al margen de la traducción, que en general parece correcta aunque con algunos puntos oscuros, resulta gratificante apreciar cómo algunos políticos son (o eran) capaces de demostrar aptitudes para actividades muy diferentes de aquellas por las que son conocidos.