viernes, 24 de abril de 2015

Charles Dickens: La casa lúgubre

Idioma original: inglés
Título original: Bleak House
Año de publicación: 1852-3
Valoración: está bien

Me resulta difícil valorar una novela como La casa lúgubre, que a lo largo de sus casi novecientas páginas me ha producido a partes iguales admiración y aburrimiento. Admiración, porque Dickens consigue crear y sostener un universo gigantesco de personajes principales y secundarios, entrelazados de las maneras más diversas (algunas sorprendentes, otras muy melodramáticas); aburrimiento, porque son casi novecientas páginas, y porque no todos esos personajes ni todas esas tramas me han interesado por igual; algunas de ellas, de hecho, no me han interesado lo más mínimo.

Es difícil resumir el argumento de La casa lúgubre, precisamente porque este entrelazamiento de historias. Quizás los protagonistas centrales sean el triángulo de jóvenes compuesto por Esther Summerson (una huérfana de corazón puro purísimo), Ada Clare y Richard Carstone (amantes cuyo amor es imposible, por lo menos por ahora), todos ellos bajo la supervisión de John Jarndyce, un hombre tan rico como generoso. Pero también ocupan un lugar central Lord y Lady Dedlock, representantes de la elitista aristocracia inglesa; Jo, el muy dickensiano niño mendigo; la filantrópica señora Jellyby, que se preocupa tanto por los pobres niñitos africanos que descuida a sus propios hijos hasta el punto de la indigencia...

Y de fondo, atravesando toda la novela de la primera a la última página, encontramos un despiadado retrato de la judicatura británica, lenta, farragosa, injusta, destinada más a dar de comer a los abogados que a descubrir la verdad e impartir justicia. El máximo representante de este sistema absurdo y corrupto es el caso "Jarndyce contra Jarndyce", del que se dice que ha atravesado ya varias generaciones, que requiere carretillas llenas para trasladar toda su documentación y que contamina con su perniciosa influencia a todos los que se implican en él (y muy particularmente, en este caso, al joven Richard, que fía toda su futura fortuna a la resolución del caso, condenándose así a desperdiciar su vida).

No creo ser muy original si digo que mi Dickens favorito es el humorista, el satirizador implacable de los defectos de la sociedad inglesa, en particular de la alta burguesía y la aristocracia: el retrato de lady Jellyby, que siempre tiene la mirada perdida "como si estuviera viendo África" y que es incapaz de cuidar a su propia familia, por ejemplo, es de lo más memorable del texto. En cambio, el Dickens lacrimógeno, el de las doncellas inmaculadas y los niños harapientos, me resulta bastante más intragable.

Resulta difícil, como decía al principio, darle una valoración a esta novela. Tiene, desde luego, acérrimos defensores (entre ellos G. K. Chesterton, nada menos) y tiene, indudablemente también, páginas y personajes magistrales, que están al alcance solo de los escritores más consumados. La propia construcción narrativa es digna de los maestros de la novela realista decimonónica, como Tolstoi, Balzac, Galdós, Eça, capaces de mantener vivos y diferenciados decenas de personajes.

Y sin embargo, la lectura se me ha hecho pesada, pesadísima por momentos. Quizás convenga recordar que La casa lúgubre, como gran parte de la obra de Dickens, se publicó por entregas de treinta y dos páginas cada una (a un precio de un chelín). No cabe duda de que la experiencia de leer ochocientas página seguidas es muy diferente a la de leer 32 páginas al mes durante dos años, y quizás sea esta segunda la lectura preferente de un texto como este: por entregas, por fascículos para no empachar.

3 comentarios:

Sergio Sánchez dijo...

No sé hasta qué punto es algo común lo que apuntas en todo Dickens y en buena parte de las grandes novelas del siglo XIX. ¿Quién se siente fascinado en "Guerra y paz" durante 2000 páginas?. Lo importante es que gusto global que te queda al acabar.A mi me pasa incluso en "David Copperfield", de la que guardo un recuerdo imborrable, es una de mis novelas favoritas. Los motivos pueden ser los que señalas, muy claramente, o lo que se apunta en este texto, que a mi me gusta muchísimo:

http://abbascontadas.blogspot.com.es/2012/05/la-experiencia-secreta.html

Filomatika Sandbox dijo...

Ignoraba que también se había traducido este libro como "La casa lúgubre", yo lo conocía como "Casa desolada".
Coincido en tu análisis, Dickens es humor, crítica social y sentimentalismo, siendo quizá este último aspecto lo más difícil de digerir.
Por cierto, uno de mis personajes favoritos del libro es el militar retirado George Rouncewell.

Talibán dijo...

Igual que Filomatika, esta novela la conozco de siempre como "Casa Desolada".

Pues Santi, te has cargado de un plumazo la mejor novela del siglo de las novelas. No puedo coincidir con tu comentario pero me parece elogiable tu sinceridad.

En la red se puede encontrar sin problemas el largo ensayo que le dedicó a la novela Vladimir Nabokov, que tiene la virtud de analizar el lenguaje dickensiano, lleno de juegos de palabras, con numerosos ejemplos que los que hemos leído el libro en español nos perdemos.

De todas formas, aun traducido, el lenguaje de Dickens me parece deslumbrante. Siempre tendrá problemas para ser apreciado por lectores contemporáneos porque convierte el conflicto entre el Bien y el Mal en que se basan sus obras en una lucha más candorosa entre la Bondad y la Maldad. Había que vender los fascículos.

Nabokov dice sobre “Casa Desolada” una cosa con la que estoy de acuerdo: "Admiremos la tela e ignoremos la araña". Creo que las servidumbres sentimentales de Dickens son un problema, pero la tela que construye es tan abrumadoramente fascinante, tan rica, de tal pasmosa amplitud de registros que no puedo dejar de preguntarme si es el prototipo de lo que debería ser una novela. Dependiendo de esto, de lo que uno considere que es o debe ser una novela, admito que “Casa Desolada” puede aburrir; o bien leerse con la boca abierta –ocasionalmente convulsionada por las carcajadas- desde la primerísima línea hasta la última, como a mí me sucedió.