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domingo, 14 de agosto de 2016

Washington Irving: Rip Van Winkle

Título original: Rip Van Winkle
Idioma original: InglésTradución: Enrique Maldonado
Ilustraciones: Noemí Villamuza
Año de publicación: 1819
Valoración: Muy recomendable

"Rip Van Winkle" es un cuento corto, valga la redundancia, de Washington Irving publicado originalmente en ¡1819! y recuperado para la causa el año pasado por Nórdica en una preciosa edición ilustrada por Noemí Villamuza. 

Se trata, según los "estudiosos", del primer cuento de la literatura norteamericana, aunque me da la sensación de que la historia que narra está tremendamente presente en la tradición oral de las diferentes culturas europeas.

La historia, ambientada en los años previos a la Guerra de Independencia, está protagonizada por Rip Van Winkle, campesino de origen holandés dominado por su esposa, de buen corazón y escasa propensión al trabajo (propio). En una de sus escapadas para huir de la "tiranía" de su mujer se pierde en el bosque y se queda dormido, despertándose al cabo de 20 años.

Claro, 20 años después todo ha cambiado. Estados Unidos (llamémosle así) ya no es una colonia, el pueblo ha cambiado de arriba a abajo, algunos conocidos han muerto, etc. Y a esto se tendrá que enfrentar el bueno de Rip.

A pesar de ser una obra de ficción, Irving la viste de realidad, agregándola un previo en el que dice que la historia de Rip Van WInkle se encontró entre los papeles de Diedrich Knickerbocker, un viejo caballero de Nueva York, aficionado a la historia holandesa de la provincia.

El cuento creo que está sujeto a múltiples interpretaciones: desde la pura ciencia ficción hasta la realización del sueño americano (construirse una nueva vida, etc, etc). Pero más allá de la interpretación que cada uno quiera darle, se trata de un muy buen cuento presentado además en una cuidada y curiosa edición.

Otros libros de Washington Irving en ULAD: La leyenda del caballero sin cabeza

lunes, 28 de marzo de 2011

Zoom: "La leyenda del caballero sin cabeza", de Washington Irving

Idioma original: inglés
Título original: The legend of Sleepy Hollow
Año de publicación: 1820
Valoración: Recomendable

Con La leyenda del caballero sin cabeza (o La leyenda de Sleepy Hollow) pasa como con El retrato de Dorian Gray: que casi todo el mundo cree conocerlo, porque conoce alguna de sus adaptaciones o simplemente la versión simplificada que forma parte de la cultura popular, pero muy poca gente realmente conoce o ha leído el original. No estoy diciendo que estas transformaciones o popularizaciones sean malas en sí mismas: solo que suceden, y que es un fenómeno curioso. Y también en este caso, como pasaba con El retrato..., la visión popularizada ("cuento romántico de terror sobrenatural") tiene poco que ver con lo que en realidad es el relato de Washington Irving.

Porque lo que prima en el relato, en realidad, más que el terror, es el humor. Y yo afirmo (de vez en cuando me da así por afirmar cosas, es una manía que tengo) que el terror y el humor son como el agua y el aceite, pueden estar en el mismo recipiente pero sin mezclarse. No sé si la metáfora es del todo acertada, pero lo que sí sé es que este relato, por su argumento, su tono y su estilo entraría mejor a formar parte de El Decameron o Los cuentos de Canterbury que de un volumen de cuentos de Poe.

En realidad, lo sobrenatural (ni siquiera lo llamaré terrorífico) ocupa muy poco espacio en el relato: el caballero no hace su aparición hasta las últimas páginas, y antes el autor se limita a realizar ciertas vagas referencias a las extrañas características del "Valle Dormido" (Sleepy Hollow, ¿lo pilláis?). El resto, el 75% de la novela, está ocupado por una novella humorística, con un personaje ridículo (Ichabod Crane, maestro crédulo y algo quijotesco) enamorado de una dama apetecible (rolliza y heredera) y que compite por sus favores con un hombre mucho más joven y rudo que él. Creo que la mayoría de los lectores se harán ya una idea de cómo acaba la historia, sin necesidad de que yo la cuente.

En realidad, probablemente es de agradecer esta elección de Irving por el humor en vez del terror: los relatos terroríficos del siglo XIX, con pocas excepciones (Poe, quizás E.T.A. Hoffman, algunos de Maupassant...) han envejecido muy mal, y ahora resultan recargados, retóricos y casi ridículos. En cambio, la ironía y el humor salvan a esta novela de esos peligros, y hacen que siga siendo una lectura entretenida y con un punto atractivo. No es lo que pensamos que es, pero es. Afirmo.

Tambien en ULAD: Rip Van Winkle

martes, 14 de julio de 2015

Lindsay Faye: La rosa negra de Gotham

Idioma original: inglés
Título original: Seven for a Secret
Año de publicación: 2013
Traducción: Vicente Campos González
Valoración: entre recomendable y está bien

Estoy seguro que a mucha gente le sonará esto de "Gotham" -y no sólo a los lectores de cómics- como la ciudad donde se desarrollan las aventuras de Batman, Gotham City (Ciudad Gótica en muchos países de habla hispana). Los más avisados sabrán que lo de Gotham viene de un sobrenombre que se le daba a la ciudad de Nueva York. Y quien posea una vasta cultura, o haya consultado -como ha hecho un servidor- ese pozo de infinita sabiduría que es la Wikipedia, sabrá además que ese sobrenombre se lo puso el escritor Washington Irving, debido a que la actitud y el comportamiento de los neoyorquinos de hace 200 años le recordaban a los del pueblo de Gotham, en Nottinghamshire, cuyos habitantes renunciaron, en tiempos del rey Juan, a que su pueblo se convirtiera en capital de Inglaterra, pasando a ser considerados  desde entonces el paradigma de la locura y la estupidez.

En una Nueva York parecida a la que era objeto de la sátira de Irving -apenas 40 años después- se desarrolla esta novela, en el momento en que acababa de ser constituido su cuerpo de policía: una organización legendaria que luego ha sido protagonista de miles de páginas y aún más horas de cine y televisión, y que al menos desde el 11-S del 2001 goza -tengo entendido- del beneplácito y admiración de la ciudadanía neoyorquina, pero cuyos agentes, los "estrellas de cobre", en aquel lejano 1846 eran vistos con desconfianza, cuando no con abierto desagrado. Uno de estos nuevos agentes de la ley es el protagonista de esta novela (y de otras escritas por Lindsay Faye: La rosa negra de Gotham es la segunda de la serie), Tim Wilde, un ex-barman sin formación policial, pero con unas dotes de observación y una inteligencia que le permiten destacar de sus compañeros y ser liberado de patrullar las calles, para dedicarse sólo al trabajo detectivesco.

En este caso, Wilde se debe enfrentar a una banda de esclavistas que operan en Nueva York. Como es sabido, en los estados al norte de la línea Mason-Dixon no existía la esclavitud, pero los esclavos fugados sí podían ser capturados para ser devueltos a sus dueños (el derecho a la propiedad era sagrado, como se ve...). de ahí que los fugados trataran de huir a Canadá, ayudados por los abolicionistas (como hizo, y es algo que le honra aún más, Henry Thoreau). Pero esos "recuperadores de esclavos" aprovechaban también para secuestrar a ciudadanos negros libres y venderlos luego en el Sur -recordemos la película Doce años de esclavitud-; ésta es la gentuza a la que se enfrenta Tim Wilde, con la ayuda de su compañero Jakob Piest y su carismático -y drogadicto- hermano Val.

En fin, no cuento más para no destriparle el argumento del libro a nadie. Decir únicamente que se trata de una novela escrita con solvencia, de lectura ágil y con una ambientación histórica expresiva y detallada. Quizás sea éste el único "defecto" de la novela (que comparten, creo yo, muchas novelas históricas): que los autores se sienten obligados a explicar muchos puntos que supuestamente la mayoría de los lectores no entenderán, con la consiguiente ralentización del curso de la narración. Hay que decir que Lindsay Faye lo hace con bastante habilidad, aunque también con frecuencia. Sobre todo, destaca de esta novela el uso -y la consiguiente aclaración- de la terminología flash, una especie de lunfardo o lengua de germanías que se usaba en las calles neoyorquinas de la primera mitad del s. XIX. ¿Que ustedes nunca han oído hablar de ella? No hay problema, O.K. Oll Korrect, como se diría en flash...




viernes, 18 de noviembre de 2016

Mathias Enard: Brújula

Idioma original: francés
Título original: Boussule
Año de publicación: 2015
Traducción: Robert Juan-Cantavella
Valoración: bastante recomendable

Siria, Turquía, Irán, Egipto... ¿qué nos traen a la cabeza los nombres de estos países? Vale, no hace falta que nadie conteste; cualquiera que vea los informativos de la tele sabe que las noticias que llegan de por allí no son precisamente halagüeñas: guerra, atentados, integrismo religioso, yihadismo, inestabilidad, éxodo de refugiados... Esa es la percepción que tenemos ahora mismo de ese Oriente Próximo. Pues bien, el francés Mathias Enard se ha propuesto con esta novela dar la vuelta a esa imagen de lo "oriental" (amigos uruguayos, no va por ustedes: es por emplear el mismo término que el escritor; en apariencia más vago, pero en realidad más inclusivo y hasta preciso que "árabe" o "musulmán"). Lo que pretende Enard es demostrarnos que entre Oriente y Occidente ha habido, al menos durante los últimos doscientos años, un diálogo constante, un juego de espejos en el que se han reflejado mutuamente las imágenes concebidas sobre el otro... aunque en verdad la novela se limita a dilucidar sobre esa idea de lo "oriental", generalizada hasta el punto de que incluso las propias sociedades actuales de esa zona del mundo, parecen haber asumido, en buena medida, la concepción occidental de la misma.

Desde luego, Mathias Enard está más que bien pertrechado para la tarea: orientalista también él, ha vivido en los países de los que habla en la novela y domina las lenguas árabe y persa (además de hablar el castellano mejor que yo y creo que también el catalán). En consecuencia, el despliegue erudito -pero sin llegar a la pedantería- de referencias culturales variadas resulta impresionante: por la novela desfilan orientalistas ilustres como los austríacos von Hammer-Purgstall, o Alois Musil (primo de Robert),alemanes como Friedrich Rückert y Max von Oppenheim, franceses como Charles Mandrus, traductor de Las mil y una noches, el padre Antonin Jaussen o el teórico racista conde de Gobineau; incluso el palestino Edward Said... pero también escritores y, sobre todo, poetas en diversas diversas lenguas: Annemarie Schwarzenbach (a medio camino con el apartado anterior), Georg Trokl, Osama Ibn Munqidh, Ernst Bloch, Ibn Arabi, Badr Shakir Al Sayyab, Kafka, Chateubriand, Dick al-Djinn, Marcel Proust, German Nouveau, Parviz Baharlou, Suhawardi, Thomas Mann, Nietzsche, Washington Irving, Sadeq Hedayat, Hafez al Shiraz, Heine, Flaubert, Henry Levet, Fernando Pessoa -Álvaro de Campos mediante-, Balzac, Goethe, Faris Shidyaq, Omar Jayam... Por último, y por razones inherentes a la novela, también un buen número de músicos, clásicos y contemporáneos: Félicien David, Karol Szymanowski, Julien Jalaleddin Weiss, Henry Rabaud, Hasbeyov, Bizet, Doménico Scarlatti, Franz Liszt, Mendelsohn, Wagner... y por encima de todos, Beethoven. ¿Son muchos nombres? Pues me he dejado unos cuantos...

El hilo que utiliza el autor para hilvanar todas estas referencias culturales, así como las recurrentes alusiones al reconocimiento de la "alteralidad" y la "construcción común" de un imaginario (glups... ahora que lo pienso, espero que este libro no lo lean los muchos inquisidores del anti-buenismo, o está apañado, el pobre Enard... Bueno, no; no creo que lleguen a leerlo), es la figura de un musicólogo orientalista vienés, Franz Ritter, que a lo largo de una noche de insomnio va desgranando toda una serie de disgresiones sobre esta fascinación occidental por Oriente, así como los recuerdos de sus vivencias en estos países... motivadas, en buena parte, por su prolongado enamoramiento por Sarah, que no es una moderna Scherezade, sino una especie de Lisa Simpson pelirroja y parisina, también orientalista, ella. Es la historia de estos personajes, más algún que otro secundario (Bilger el arqueólogo loco, Faugier el opiómano), lo que convierte al libro en una novela, y no en un ensayo o incluso un libro de viajes. Un viaje siempre hacia el este, siguiendo la brújula del protagonista, que marca ese punto cardinal, hacia el Oriente como metáfora del ansia vital, de la huida de la inmovilidad que prefigura la derrota y la muerte. Individual pero también cultural, colectiva. Ahora bien: si el bueno de Franz está bien definido y trazado (qué menos, si toda la novela se desarrolla a través de un monólogo en primera persona), representado como un entrañable y melancólico pagafantas con lecturas, la trama que le une con Sarah y a ambos con los demás personajes no resulta demasiado convincente. 

En mi opinión, quizás sea éste el punto débil de la novela, aunque no debió de parecérselo así al jurado que le concedió el premio Goncourt en el pasado 2015. Como, acostumbrado a los entrañablemente amañados premiso españoles, esto de los que se conceden en otros países me pilla un poco fuera de juego, no opinaré si esta concesión fue la más adecuada o no. En todo caso, sí que me parece justa. Brújula es un libro magníficamente escrito, muy interesante y, al menos para mí, ha sido grato de leer (aunque ya aviso que no me parece que la "gran historia de amor", como ha sido definida en algún medio, sea aquí lo más importante). Hasta qué punto se puede considerar una novela o no, es otra cuestión, pero, tratando como trata de la mixtura creativa, de la rotura de los compartimentos estancos en los que nos empeñamos en encerrar la diversidad de los elementos culturales, de la mezcla entre distintas concepciones del mundo... tampoco creo que eso tenga demasiada importancia.


Otros títulos de Mathias Enard reseñados en Un Libro Al DíaZona