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lunes, 16 de enero de 2023

Reseña + Entrevista: Las pesadillas de Joseph Berna. Volumen 13, de Joseph Berna

Quienes me conocen saben que me encanta la literatura "pulp". Siento especial predilección por aquella que se enmarca dentro del terror. Da igual que sea mala; o, mejor dicho, da igual que sea mala, siempre y cuando logre cautivarme con su ingenuidad o "self-awareness". 

Cautivarme; eso es, precisamente, lo que consiguen las ficciones de Joseph Berna. Son malas a rabiar, pero como nunca se toman en serio a sí mismas, resulta imposible no cogerles cariño.

Vamos por partes: Joseph Berna (pseudónimo americanizado de José Luis Bernabeu López) fue un prolífico escritor de bolsilibros. Sobre todo entregó novelas cortas de terror, ciencia ficción y "noir" al público de su época, ávido de escapismo barato y sin pretensiones.

Matraca se ha propuesto rescatar a tan entrañable autor del olvido reeditando concienzudamente su obra. Para muestra, un botón: en la colección Tocho y medio están recopilando cronológicamente todas las novelas de terror escritas por Berna. Y debo decir que, por lo poco que he visto, están haciendo una gran labor. 

¡Fijaos en esas cubiertas! Aunque admito que me gustan más las de Bruguera, admiro el estilo modernizado de las nuevas versiones. Asimismo, valoro los paratextos, ilustraciones y bandas sonoras con que Matraca engalana o complementa sus publicaciones.

En fin: para iniciarme con la producción terrorífica de Berna escogí, de manera totalmente aleatoria, el volumen 13 de Las pesadillas de Joseph Berna (2021). En su interior encontramos tres novelas cortas: El experimento del doctor Marlowe, El Señor de la Noche y Aguijón Mortífero. Abordémoslas una a una. 

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Idioma original: Español 
Año de publicación: 1983
Valoración: Insustancial (a la par que, a su extraña manera, encantadora)

En El experimento del doctor Marlowe tenemos todos los clichés del subgénero de los científicos locos: un "mad doctor", esbirros grotescos, un laboratorio subterráneo, experimentos atroces, sustancias verdosas... Lamentablemente, estos clichés se ejecutan aquí con nula originalidad y cierta torpeza. Por poner un ejemplo: los villanos no intimidan, ya que el lector los ve constantemente en aprietos.  

Por otra parte, de esta historia sorprenden gratamente tres cosas: 1) el nivel de planificación que exhibe su argumento; 2) que haya dejado pasar la oportunidad de recurrir al arquetipo de la damisela en apuros en un contexto que se hubiera prestado a ello; 3) lo contenido que se muestra Berna al introducir toques eróticos. Vamos, que no es un portento narrativo pero, a su humilde manera, funciona.

Idioma original:
 Español 
Año de publicación: 1984
Valoración: Insuficiente (aunque sigue siendo tan mala que es buena)

El Señor de la Noche es un refrito de esas películas de serie B en las que un temible vampiro es revivido, siembra el caos durante un ratito y termina sucumbiendo ante los buenos. Entre medio hay, evidentemente, muslos, tetas, sujetadores y braguitas por doquier, amén de algo de humor ceporro.  

Lo peor de este simpático despropósito son, claramente, los personajes, quienes actúan como si fueran estúpidos. Trevor Bingham deja la puerta abierta de su castillo; quizá se confió, porque vive en un lugar apartado y no se imaginaba que nadie viniera a fisgonear. Pero, habiendo cometido un crimen, ¿puedes permitirte ser tan descuidado? ¡Venga ya! 

Tampoco nuestro héroe es inteligente. El muy cazurro investiga por su cuenta a Bingham. Supongo que un verdadero macho jamás involucraría a la policía, aunque con ello no sólo se ponga en peligro a sí mismo, sino también a su novia. 

¿Y qué hay del barón Ramsey? El temible Señor de la Noche es extremadamente fácil de derrotar porque, en vez de escapar cuando tiene la oportunidad, se echa la siesta en su cripta. Encima, la cripta en cuestión tiene una ventana por la que entra la luz solar. ¡¿Por qué no la sellaste en su día, hombre?! ¿Y por qué, teniendo toda la noche para huir, te quedas en el castillo donde están tus adversarios? Ah, espera, que para curarte en salud les tiendes una trampa, en plan Solo en casa. Ojalá te funcione, majete.

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1984
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

Asegura Berna que Aguijón Mortífero es una de sus obras favoritas. Verdaderamente, uno intuye que se lo pasó muy bien escribiéndola. A fin de cuentas, es un despiporre tan entretenido y carismático como, en el fondo, ridículo y trivial.

Va de un alacrán gigantesco que persigue a un pintor y su nueva modelo. La premisa, "cheesy" como ella sola (en el mejor sentido del término) permite al autor meter a mujeres semidesnudas sin que la cosa chirríe demasiado, amén de unas llamadas telefónicas entre Michel Dablon y la policía que tienen su gracia.

En el lado menos positivo encontramos la batalla final, que es decididamente anticlimática, y el tono fluctuante del conjunto.

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Resumiendo: es fácil ver qué patrón siguen las novelas de terror de Berna. Estamos ante pastiches americanizados que recurren desacomplejadamente a todos los clichés del género habidos y por haber; pastiches construidos a base de descripciones y diálogos, que ostentan un estilo taquigráfico y una puntuación dudosa; pastiches que abundan en escenas omisibles y meten sexo gratuito a cascoporro; pastiches que presentan a héroes unidimensionales, villanos de cartón piedra y personajes femeninos despampanantes. 

Pastiches que, en suma, resultan más involuntariamente cómicos que propiamente horroríficos y, aun así, se hacen un hueco en nuestro corazón. Porque cómo no enternecerse ante Berna, quien producía un bolsilibro tras otro con un único y loable objetivo: que el lector se evadiera de la realidad.


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A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Pepe Cueto, editor de Matraca, ha respondido con suma amabilidad:

ULAD: ¿Conociste a Berna en persona? ¿Tenía alguna excentricidad destacable? ¿Era tan, ejem, fogoso que dan a entender sus ficciones cargadas de erotismo? ¿Qué clase de libros leía?

P.C.: Sí, viajé a Valencia expresamente para conocerlo y pasé un fin de semana en su compañía y la de su familia. Me alojé en un hotel cercano a su domicilio y, exceptuando las horas de sueño, el resto del tiempo estuve con ellos en su casa o en la calle, paseando juntos. Fueron muy amables y hospitalarios. 

Berna era todo un señor de los que ya apenas se ven, educadísimo y a la vez cercano y con muchísimo sentido del humor. Se notaba que era muy buen padre y marido. Las fogosidades supongo que las dejaba para la intimidad. No creo que leyese demasiados libros; le interesaba mucho más la prensa, especialmente la deportiva. Durante los años en que escribió para Bruguera sí leyó bolsilibros de todos los autores.

ULAD: ¿Cómo reaccionó al saber que querías publicar su obra, tanto la inédita como la que ya viera la luz en su momento de mano de Bruguera y, en menor medida, Andina?

P.C.: Ilusionadísimo. Su viuda me ha contado que imprimió el correo electrónico que le envié proponiéndoselo, y no recuerdo bien si incluso llegó a enmarcarlo. Yo creo que se sintió reconocido y rejuvenecido, después de tantos años en el olvido. De hecho, cuando se lo propuse estaba pasando un momento de salud muy delicado (acababa de salir de una neumonía) y mejoró bastante.

ULAD: ¿De dónde proviene tu devoción por su literatura y su persona?

P.C.: Me suelen atraer los perdedores, e igual que no me fío cuando todo el mundo alaba a una persona, tampoco lo hago cuando es denostada. Personalmente no considero que Berna escribiese ninguna obra maestra, pero todos sus libros son puro entretenimiento y diversión. 

Teníamos una relación muy buena, y él me daba todas las facilidades para los proyectos que se me ocurrían e incluso me ofrecía su ayuda (por ejemplo con la revisión de textos). También su memoria de elefante ayudaba bastante a admirarlo, ya que era una enciclopedia viviente.

Como persona, lo considero un ejemplo a seguir. Como escritor... Sobre gustos, los colores. Yo, desde luego, me río leyendo sus obras y recurro a ellas cuando necesito desconectar de los sinsabores diarios.

ULAD: Tengo la impresión de que Berna es más ninguneado que sus colegas del bolsilibro patrio. ¿Estás de acuerdo? En caso afirmativo, ¿a qué crees que se debe esto?

P.C.: Berna no es universalista, sino que hace una obra muy centrada en un momento concreto de la historia de España: el llamado destape que tuvo lugar durante la transición entre la dictadura y la democracia, es decir, años setenta y ochenta. Todos los jóvenes que no habían nacido en aquellos años no pueden entender esa mentalidad. Había muchísimo interés por todo lo relativo a la sexualidad, después de varias décadas de represión, y se manifestó en todos los productos culturales: libros, películas, cómics, etcétera.

Luego hay personas que aman un género en concreto, por ejemplo la ficción científica, y en las novelas de Berna de dicho género no encuentran lo que van buscando, porque Berna en realidad no escribía novelas de los distintos géneros, sino que usaba las constantes temáticas de los mismos como excusa para dar rienda suelta a su particular sentido del humor. Esto puede provocar que una novela de ficción científica de Berna parezca una mala novela de ficción científica, cuando en realidad ni siquiera es una novela de ficción científica, sino una novela de humor picante con apariencia de ficción científica. Lo mismo puede decirse de sus novelas policiacas, del Oeste, etcétera.

Finalmente, Berna no tendría un estilazo, pero te aseguro que su sintaxis era impecable, y los revisores de Bruguera raramente tenían que hacerle correcciones.

ULAD: ¿Cuáles son tus novelas favoritas de Berna? ¿Las recomendarías a alguien que quisiera iniciarse con él, o en ese caso seleccionarías otras?

P.C.: Mi novela favorita es, con diferencia, La máscara del mal. Porque se la propuse yo, porque fue la obra que supuso su retorno a la escritura después de más de veinte años, porque me la dedicó y porque yo mismo la prologué.

Quizá las mejores novelas de Berna sean las primeras y las últimas, que escribió sin apenas presiones editoriales. Cuando digo las primeras me refiero a las que ahora estamos reeditando en Matraca en formatos digitales. Cuando digo las últimas me refiero a las que escribió desde 2018, pues se tomaba el tiempo que necesitaba, sin plazos de entrega. Siento especial devoción por la primera de todas sus novelas, La misteriosa Stella.

En general, creo que sus mejores novelas son las policiacas y las del Oeste. Berna era un humanista y se movía mejor al margen de los elementos fantásticos, tan frecuentes en otros géneros como la ficción científica o el terror.

Y como curiosidad, Berna tiene una novela que se salta todas las barreras habituales del bolsilibro: La gran semana, cuyo género es el humor puro, sin escudarse detrás de otro género, y cuya extensión es muy superior a la de los demás bolsilibros. Me contó que cuando dejó de escribir para Bruguera necesitó escribir algo diferente, y el resultado fue La gran semana, que para colmo transcurre en España en vez de en Estados Unidos.

ULAD: En Matraca habéis tomado una decisión formal arriesgada: reeditar clásicos "pulp" precedidos por cubiertas modernas. Aunque la jugada os ha salido bien, debo preguntar: ¿por qué no conservasteis la identidad gráfica tradicional de esta clase de literatura?

P.C.: En general no soy muy amigo de hacer nada como se ha venido haciendo hasta ahora, para desgracia de los más puristas. Yo quería rediseñarlo todo desde cero. Lo de las portadas no es la única innovación; los bolsilibros tampoco llevaban ilustraciones interiores, ni prólogos, ni conversaciones con los autores. 

Aparte, la literatura popular de principios de siglo, por ejemplo la colección La Novela Popular, tenía unas portadas muy modernas y vanguardistas. Yo en un primer momento quise que las ilustraciones de las portadas fuesen conceptuales, y muchas lo son.

ULAD: El volumen 13 de Las pesadillas de Joseph Berna se cierra con un relato de tu autoría. Me han gustado mucho su premisa, su imaginería y la caracterización del protagonista; sin embargo, admito que me ha parecido bastante diferente a lo que escribía Berna, quien apenas hacía hincapié en la psicología de sus personajes. ¿Consideras que Berna te ha influenciado en tanto que escritor?

P.C.: Bueno, en los relatos complementarios de la colección se le da mucha libertad al autor. En la serie Los piratas de Curtis Garland, lo único que se le pidió a los autores fue que los relatos tratasen sobre la piratería. En Las pesadillas de Joseph Berna, que fuesen de terror. En Las elucubraciones de Adolfo Quibus, que apareciese el periódico The Cronical Post. Es decir, no es preciso imitar el estilo de Curtis Garland, ni de Joseph Berna, ni de Adolfo Quibus.

Es lógico que yo me interese más por la psicología de los personajes que Berna, puesto que la psicología es mi profesión y llevo veintisiete años dedicado a la misma. Lo de los libros es una afición.

Confieso que el protagonista de mi relato existe: es un cura del colegio en el que estudié, y ese relato es mi pequeña venganza por las torturas psicológicas que yo y el resto de mis compañeros tuvimos que soportarle. Un compañero mío insiste en que escriba más relatos protagonizados por el padre Sebastian Square.

No creo que Berna me haya influido mucho, puesto que yo llevo leyendo ávidamente desde la más tierna infancia, y a Berna únicamente desde hace poco más de cinco años. Sí hay un recurso suyo que me gusta utilizar, aunque no con la frecuencia que lo hace Berna: el párrafo de una sola línea, preferiblemente corta. Si por ejemplo yo en un párrafo describo una situación inesperada, y en la última línea de dicho párrafo digo: «Todo el mundo se quedó boquiabierto», esa frase no tiene la misma fuerza que si la pongo aparte. Claro, si todos los párrafos son de una sola línea, entonces no. Berna lo hacía porque tenía que entregar una novela a la semana (algunas épocas incluso seis novelas al mes); yo lo hago, como te digo, para subrayar algo. Y cada vez que utilizo ese recurso, me acuerdo de él, que era un buen amigo al que echo mucho de menos.


También de Joseph Berna en ULAD: Los Aliados de la Noche

martes, 11 de abril de 2023

Sergio Salvador Campos: Los Comuneros

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

Los Comuneros, de Sergio Salvador Campos, es una novelita "pulp" editada por Matraca. Entretiene y se lee de una sentada, pero su irregularidad y su escasa memorabilidad dejan un sabor agridulce. 

¿De qué trata? El detective Hermann se infiltra en una secta; aunque su objetivo principal es liberar al hijo de un ministro, está dispuesto a desarticularla completamente en caso de hallar indicios criminales. 

Empecemos señalando las virtudes de esta ficción quiosquera:

  • Su acabado global, ingenuo a la par que entrañable.
  • La prosa, pedestre pero funcional.
  • Algunas de sus ideas. Lástima, eso sí, que en la mayoría de los casos no estén del todo desarrolladas.
  • Presenta la situación y los personajes sin demorarse excesivamente, pero con un grado de profundidad del que la segunda mitad carece. 
  • Siembra semillas prometedoras, que por desgracia no florecerán más adelante.
  • La reincorporación de Ingrid propicia dinámicas y conflictos interesantes, amén de un arco más o menos logrado. 
  • La organización interna de la secta (esa jerarquía compuesta por el líder, los dadivosos, los necesarios y los novicios) está bien explicada y resulta, hasta cierto punto, creíble. Asimismo, la jerigonza mística de Alpha es bastante verosímil. 

Por otro lado, a Los Comuneros se le podría reprochar que:

  • La segunda mitad de la historia se siente excesivamente apresurada. Supongo que la intención del autor era imprimirle un ritmo adrenalínico; por desgracia, dicho ritmo no sólo se nota en las escenas de acción, sino en todas. 
  • Se cierra con un "deus ex machina" de manual.
  • Los personajes son, en general, bastante planos. Además, a algunos se les da un foco excesivo, ya que luego de aparecer una o dos veces no vuelven a ser mencionados. Pienso, por ejemplo, en los guardaespaldas de Alpha.  
  • El protagonista no consigue que empatices con él, pues su caracterización es tan simple como exageradamente positiva. Personalmente le hubiera hecho moralmente gris, quizá aprovechando el tiempo que estuvo infiltrado en la mafia. ¿Y si tuvo que cometer actos atroces entonces, para ganarse la confianza de los criminales a los que trataba de engatusar? Eso podría haber dado juego a la hora de sumergirlo en los Comuneros y, sobre todo, durante el reencuentro con Ingrid. Imagináoslo: ¿y si hubiera abusado de ella, junto a los otros, ya sea para aparentar o por un momento de debilidad humana? ¿Qué implicaciones tendría esto en sus esfuerzos para liberarla de las garras de los mafiosos, en su tentación por abrazar una vida más harmoniosa de la mano de los Comuneros y en su posterior romance? Y bueno, puestos a permanecer fieles a su caracterización original (insisto que, a mi juicio, excesivamente positiva), ¿por qué no hacer énfasis en su impulsividad, la cual es, supuestamente, su único defecto?
  • La trama policiaca tiene inconsistencias. Por ejemplo, el hecho de que el protagonista, pese a la precipitación con que le hacen aceptar el caso, va bien preparado en algunos aspectos, mientras que descuida otros tremendamente obvios. ¿De veras me tengo que creer que no ha buscado en internet cómo entrar en contacto con la secta y que es el encargado del hotel en que se aloja quien le proporciona la información?    
  • Una vez Hermann empieza a desentrañar secretos, la coherencia interna de la obra se viene abajo. Por más que Sergio intente justificarlo, no me creo que sea tan fácil infiltrarse en determinadas áreas del recinto, o se deje el acceso a las armas sin candado.
  • Multitud de elementos podrían haberse introducido de manera mucho más orgánica. Hay otros que únicamente abultan el conjunto y, por tanto, son susceptibles de poda.

En definitiva, Los Comuneros es una ficción recomendable para los amantes del "pulp" más genuino. De todos modos, tengo que reconocer que incluso a un servidor, quien reivindica el género a capa y espada, le ha parecido una lectura un tanto regulera.

A la obra de Sergio la acompañan, en la edición que yo he leído, relatos de diversos autores. Éstos amplían el mundo y los personajes de Los Comuneros; mientras que algunos aportan poco, otros expanden el material de base en direcciones interesantes. 

Por cierto, el colegueo que se aprecia en los paratextos de este bolsilibro (prólogo, entrevistas, ilustraciones…) me parece entrañable, aunque puede sobrarle a quienes no tenemos un vínculo directo con Matraca, su catálogo, su editor o su plantilla de escritores.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Joseph Berna: Los Aliados de la Noche

Idioma original: Español 
Año de publicación: 2019
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

Joseph Berna (pseudónimo de José Luis Bernabeu López) fue uno de los autores más prolíficos de bolsilibros patrios. De su ingente producción cabe destacar sus aportaciones a la literatura "pulp" de terror y policiaca. Los Aliados de la Noche, novela corta que hoy traigo a colación, pertenece a este último género, aunque también ofrece grandes dosis de acción y erotismo. 

¿De qué trata? Pues bien, un detective privado es contratado para proteger a una joven de una banda de moteros que tienen aterrorizados a los habitantes de Santa Mónica.

De esta obrita subrayaría las siguientes virtudes: 

  • Da lo que promete; es decir, una lectura amena, un despiporre que nunca se toma en serio, escapismo de quiosco, una desacomplejada fantasía de poder masculina, un honesto batiburrillo de tópicos, reminiscencias a la serie B de los 70-80s, puro "rule of cool", un simpático sentido del humor, paletadas de violencia y un puñado de escenas fogosas. 
  • El dinamismo de su prosa y la agilidad de su argumento permiten que se lea de una sentada.
  • Dota a Rob Duggan, su protagonista, de un carisma la mar de seductor.
  • Abunda en diálogos que, si bien no son siempre estrictamente necesarios para que la trama avance o los personajes adquieran cuerpo, acusan cierto ingenio.

Por otro lado, querría señalar los defectillos que le he encontrado a Los Aliados de la Noche

  • No resulta memorable, pues recuerda sobremanera a centenares de ficciones similares.
  • El estilo de su autor es sumamente mejorable. Tiende al puntoyapartismo excacerbado y a los añadidos redundantes; en ocasiones adolece incluso de una puntuación extraña.
  • Es tonalmente inconsistente.
  • La historia contiene escenas prescindibles, decisiones narrativas poco verosímiles, comportamientos bastante gratuitos y una batalla final anticlimática. 
  • Su manera de enfocar determinados temas (por ejemplo, las relaciones entre hombres y mujeres o el abuso sexual) puede disgustar a sensibilidades modernas.

En conclusión: aunque no creo que Los Aliados de la Noche sea una gran novela, tampoco voy a fingir que eso es lo pretende. Al fin y al cabo, sólo quiere entretener al lector, ayudarle a evadirse de la realidad durante algunas horas; lo cual cumple con creces. Por tanto, dada su naturaleza "pulp" y su modesto objetivo, sus carencias son fácilmente perdonables.

No querría terminar esta reseña antes de alabar a Matraca. Sin esta editorial no podríamos tener Los Aliados de la Noche en nuestras manos, porque la novela de Berna, originalmente escrita en 1986, permanecía hasta ahora inédita debido al cierre de Bruguera.


También de Joseph Berna en ULAD: Las pesadillas de Joseph Berna (volumen 13)

martes, 6 de febrero de 2018

Nicolas de Crécy: Diario de un fantasma

Idioma original: francés
Título original: Journal d'un fantôme
Año de publicación: 2007
Traducción: Ana Millán
Valoración: interesante para interesados

Aclaremos algo antes que nada: lo de "fantasma" aquí no se refiere a un espíritu más o menos atormentado, como el de Canterville, o a uno de esos de la peli aquélla de Bruce Willis... y ni siquiera al típico cuñado que todos tenemos y que dice hacerse Madrid-Bilbao en dos horas, parando a comer en Aranda de Duero... No, en esta novela gráfica el fantasma es un ente globular y blancurrio, con ojos y boca y manos, pero nada más, que representa a una idea abstracta, a un gráfico o, mejor aún, a un gráfico en potencia, un dibujo que aún no ha sido pergeñado. Se trata de un posible dibujo o diseño que aún no ha encontrado su forma  -pongamos por caso, la de una mascota olímpica o el logo de una marca de chocolatinas- y por eso se ha trasladado, en busca de inspiración a Nagoya, ciudad japonesa donde abundan los grafismos chachis de todas las formas y colorines... En efecto, parece ser que Japón, además de la cuna del hentai y otras modalidades de erotismo extremo (gráfico o no), es el país con más mascotas de estas por metro cuadrado: las hay para casi todo, como puede verse aquí.

Allí en Japón, este fantasma, ente, ser o cómo se le quiera llamar se reúne con su representante francés -que es, precisamente, su antitético: un tipo de lo más carnal, zafio y más salido que el pico de una plancha-, conoce a peculiares personajes y trata de dilucidar sus dudas existenciales. Luego, durante el viaje de regreso a París (y perdón por el SPOILER o ESTROPEAMIENTO, pero es necesario para seguir con la reseña), se encuentra a un tipo que, ¡oh, misterio!, parece conocerle a la perfección y que... uy, un momento... esa cara-...¡caramba, pero si es el mismo autor del libro, el afamado dibujante Nicolas de Crécy! (no es que yo tenga siempre presente su careto, es que lo he buscado en Google). Este creador/compañero de vuelo se dedica a darle la barrila contarle al "fantasma" un viaje de trabajo que hizo a Brasil -a Recife, en concreto-, y los problemas, dudas y reflexiones que le suscitó la obligación de reflejarlo en ilustraciones -por cierto, esta parte del libro está bañada en sepia o nogalina para causar la sensación de ser un recuerdo, mientras que el resto está trazado en lo que parece una enervante plumilla o incluso, como se sugiere en algún momento, un boli de punta fina-; sin duda, estas confesiones parecen ser un reflejo de aquellos problemas conceptuales que tenía el pobre fantasma (recordemos, un diseño en potencia), pero, para qué negarlo, la impresión que que da en el lector (en mí) es que el señor de Crécy ha aprovechado para desbarrar un rato sobre los asuntos que le preocupan respecto a su profesión (un poco como esa tendencia de algunos periodistas a darnos la matraca con reflexiones sobre la práctica periodística).

Aún así, es cierto que esta novela gráfica (¿ensayo gráfico, se podría decir?) trata ciertos temas no exentos de interés: sobre todo, las cuitas de la creación artística, ya digo; las dudas y exploraciones de cualquier proceso creador. También la vacilación de la mirada, ya sea , de nuevo, la del creador o la del simple turista. Y la necesidad, el apremio, incluso, de encontrar y, aún más, de buscar la autenticidad en lo que se mira (significativo que el autoficcionado e introspectivo Nicolas sólo se acabe sintiendo emocionado en Brasil al descubrir la escultura naïf del artista popular Mestre Vitalino).

Llegamos, pues, al fin al espinoso fastidioso jodido asunto de la autoficción, esa lepra literaria del siglo XXI... ¿Exagero? Pues el cuerpo me pide lanzar exabruptos, juramentos y reniegos hasta quedarme, sino a gusto, al menos un poco más desahogado. Ahora bien, resulta que mi digestión de esta novela gráfica ha coincidido con la publicación en CXTX del manifiesto sobre el tema del siempre lúcido Iban Zaldua, al que me remito, suscribo de cabo a rabo y me adhiero sin dudar. Es más, en mi opinión, los muros (y no hablo de los de Facebook, aunque también) deberían llenarse de este lema, coreado por todos los que estamos ya hasta las narices de tanta pamplina juntaletras:

¡AUTOFICCIÓN AL PAREDÓN!

Y que me venga a buscar la Fiscalía, si quiere...



Más títulos de Nicolás de Crécy reseñados en Un Libro Al Día: Período glaciar

jueves, 5 de junio de 2025

VV.AA.: Bolsilibros Yeray 02

Idioma original: Español
Año de publicación: 2023
Valoración: Está bien

Adoro a esas editoriales actuales que, con mayor o menor acierto, distribuyen "pulp". Me vienen unas cuantas a la cabeza: Pulpture, Proyecto Estefanía, Matraca, Isla de Nabumbu, Barsoom, Costas de Carcosa, Segasaturno Productions, etc... 

Recientemente he descubierto otra. Se llama Yeray, y una de sus colecciones recupera el formato de los bolsilibros, esa literatura popular, antaño conocida como de a duro, en sus distintas facetas (policíaco, terror, ciencia ficción, "western", aventuras...).

El segundo volumen de tan prometedora colección se centra en el género del terror, e incluye dos novelas cortas. La primera, del español Alejandro Riera Guignet, se titula Dame tu muerte. La segunda, de la argentina Eneele Horst, Compulsión.

Ambas me han gustado. En general, cumplen holgadamente sus modestos objetivos: homenajear a la tradición hispana de bolsilibros y entretener al lector. Incluso me atrevería a decir que sorprenden gratamente en un par de apartados, en los que superan a la literatura popular más estandarizada.

Y es que los desarrollos de Dame tu muerte y Compulsión, sin ser un dechado de originalidad, demuestran cierta creatividad argumental y ambición temática. Asimismo, sus personajes, si bien son algo planos y estereotipados, no se sienten tan acartonados, ni sus roles tan previsibles, como los de otras ficciones "pulp". Y, por último, su prosa elude el estilo preñado de diálogos tan característico de la literatura escapista.

Con esto no quiero decir que estemos ante obras maestras. Hay que acudir a Dame tu muerte y Compulsión con las expectativas adecuadas y previendo una prosa algo taquigráfica, una trama más bien efectista y un elenco sencillito. Sin embargo, insisto en que, dentro de los estándares "pulp", podrían considerarse aportaciones muy dignas, e incluso particularmente inspiradas en ciertos detalles (resulta un puntazo que ignoren clichés como el de los romances forzados). 

Dame tu muerte, quizá la más terrorífica de las dos novelas cortas, trata sobre un guardaespaldas que, guiado por una voz misteriosa que anula su voluntad por completo, presencia al cadáver de una mujer víctima de un accidente de coche y se empieza a obsesionar con la muerte.

Destacaría, por encima de todo, su imaginería grotesca y "gore". Sin ser particularmente creativa o explícita, logra causar cierta repugnancia cuando es descrita, y alcanza cotas de perversidad y morbo muy elevadas en la escena del salón de baile. También resaltaría su potente primera mitad (exceptuando ciertos capítulos, de los que hablaré a continuación), pues concatena escenas con pasmosa agilidad, erige convincentemente una atmósfera sórdida y siembra un sugerente misterio.

Entre los aspectos negativos, citaría que algunos de sus capítulos introductorios no aportan nada relevante al conjunto, e incluso le restan solemnidad a causa de su (extremadamente ocasional, todo sea dicho) tono cómico. Asimismo, la revelación del misterio que permea la historia (¿qué es esa voz que guía al protagonista y a otros personajes?), aunque satisfactoriamente alocada, no me ha acabado de convencer, pero esto probablemente se debe a que yo hubiera preferido que las cosas discurrieran por otros derroteros.

Compulsión, por su parte, narra el reencuentro de dos hermanos, propiciado por la aparición de una extraña criatura que cada uno debe estudiar desde sus respectivos campos (el folklore y lo paranormal).

De ella me han gustado el diseño de la criatura y las habilidades de ésta (prolijamente detalladas y, aun así, capaces de desconcertar al lector). También los paralelismos que establece entre Asgeir y Pigmalión, o el escenario donde transcurre la intensa segunda mitad de la historia.

En cambio, no he acabado de conectar con su tono, que es demasiado peliculero para mi gusto (sobre todo durante el último tercio de la obra, en el que una carrera contrarreloj culminará con una serie de inevitables explosiones). Además, los personajes, que se empapan de dicho tono peliculero, obedecen a una lógica a ratos inverosímil (amistades que se forjan en tiempo récord, arcos de redención predecibles, reconciliaciones conmovedoras, etc...). 

Poco más que añadir sobre la segunda entrega de la colección Bolsilibros Yeray. Sólo insistir en que, de acudir a estas novelas cortas con las expectativas adecuadas, pasaremos un rato estupendo, e incluso seremos recompensados con algún que otro destello inesperado. Suficiente para alguien como yo, que sin haber vivido el auge de la Selección Terror de Bruguera y otras propuestas similares, las echa de menos ahora que apenas son un recuerdo de una época en la que la literatura popular vendía como churros.

lunes, 19 de diciembre de 2022

Lo mejor de 2022

Un año más nos obstinamos en ir contracorriente, en llegar de los últimos para desmentir a muchos de los medios cautivos de jamones, lotes de Navidad y transferencias a cuentas cifradas en paraísos fiscales. También aclaramos que estas son nuestras lecturas durante el año, y que si se nos cuela algún libro inencontrable de hace cuatro décadas, seamos o no conscientes de ello, no nos culpéis. Es el amor a la literatura, que nos ciega con sus fogonazos.

Dicho ello:

La lista de Juan

Año de muchas y buenas lecturas, aunque quizás pocas que hayan destacado del resto. Por eso, me vais a permitir que desgrane mis mejores lecturas a base de tríos...


La lista de Koldo

Curiosamente o no, pocas novedades de 2022 en mi lista de mejores lecturas del año:


La lista de Santi

Año de muy pocas lecturas, pero algunas que me han hecho disfrutar soberanamente:


La lista de Oriol


La lista de Marc

Un año irregular en cuanto a lecturas, que no contaría entre mis mejores. Mejor en ensayo que en ficción, en líneas generales. Aún así, hay libros y autores a destacar en todos los géneros:
Propósitos para el 2022: más poesía, (aún) más ensayo y más literatura infantil


La lista de Montuenga

Lo mejor

Lo peor


La lista de Carlos

Entre medio, algunas cosas que han quedado cerca de esta lista de destacados, y otras inevitablemente prescindibles, regulares o más o menos decepcionantes. Como siempre, vaya. Veremos lo que está por venir.


La lista de Nieves J.

Destaco dos novelas: Josefine y yo (intimista) de Hans Magnus Enzensberger y El tren de la última noche (género histórico) de Dacia Maraini

La lista de Francesc Bon

Confirmando que las situaciones personales afectan a las lecturas, no recuerdo año en que haya leído tan poco y peor. Así que mis referencias del año serán pocas y al ralentí:

Tostonazo, de Santiago Lorenzo, me confirmó en los términos que esperaba, más o menos, que sigue siendo, con su estilo naïf y pasota, de los pocos escritores locales capaces de definir una carrera. No me hagáis mencionar todos los que no, por favor.

Si digo que acusé la falta de munición de alto calibre en Aniquilación, igual soy un poco injusto, pero es que venimos de cotas muy altas (ejem, casi siempre) con Houellebecq. Sigue siendo un placer y un autor único, pero, a lo mejor, se nos está ablandando. Será como el del dicho. - ¿Cree Vd. en Dios? - Cuando estoy enfermo.

Demasiado terreno conocido: reseñar a Kapuscinski, Foster Wallace, Vila-Matas o Philip Roth (otra vez) es demasiado indicativo de que la cosa no ha ido como debía.

Como, a veces, la ficción se espesa en un cerebro algo angustiado, los ensayos o crónicas de corte investigador me han resultado (aunque acusé su extensión) muy útiles: El Imperio del Dolor o Solo la verdad obraban a distintos niveles su efecto: hay que controlar los poderes, manifiestos u ocultos, que nos rodean.
Y me han dicho que no tiene sentido comentar tanto abandono. Por este año, obedezco.