miércoles, 7 de octubre de 2020
William Faulkner: Una rosa para Emily / Miss Zilphia Gant
martes, 6 de octubre de 2020
Louis Beysson: Geri

Título original: Geri ou un premier amour
Traducción: Augusto F. Prieto
Año de publicación: 1876
Valoración: Está bien
lunes, 5 de octubre de 2020
celso castro: las brujas

domingo, 4 de octubre de 2020
Annie Ernaux: Una mujer
Título original: Une femme
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 1987
Valoración: recomendable
Con este propósito empieza la novela en el hospital de Pontoise, desde donde informan a Annie Ernaux del fallecimiento de su madre. Este inicio nos remite directamente a «No he salido de mi noche» (escrito posteriormente y con el que se complementa) donde la propia Ernaux nos narraba el delicado estado de su madre, así como también la complicada relación existente entre ellas. Ya la propia autora reconoce que este libro nace de la necesidad de escribir sobre su madre, de recordarla afirmando que «no escribo sobre ella, más bien tengo la impresión de vivir con ella un tiempo, en unos lugares donde ella está viva»; se trata, por tanto, de un libro que escribe sobre su madre, más que para dedicárselo, para recordarla, porque como dice la autora «me parece que ahora escribo sobre mi madre para, a mi vez, traerla al mundo».
Y claro, como no puede ser de otra manera viniendo de Ernaux, reconocemos en este libro su estilo inconfundible: duro, pero no frío, seco, pero no agrio, crítico, pero no distante —especialmente en las páginas en las que narra la muerte de su madre—. Esas primeras páginas del relato son duras, pues nos remiten a la muerte de un ser querido, y en el estilo de Ernaux se halla ese don que tiene de hacernos revivir con su lectura nuestro propio pasado. Porque las sensaciones que nos deja la muerte de alguien querido nos une a todos, nos acerca a un mundo del que, a veces, pretendemos distanciarnos. Es precisamente, en esos últimos días, los más cercanos a la muerte, donde nos encontramos todos, confluyendo presente y pasado. Y la autora es consciente de ello, situándonos, en un primer y corto capítulo, en la despedida a su madre, la última de ellas, en un trayecto que va del hospital a la funeraria. El último día con ella, su despedida física.
Ya desde el inicio del libro se puede constatar porqué la prosa de Ernaux nunca defrauda; habla desde sus sentimientos, desde la transparencia y honestidad que sus emociones emanan, y todo ello recubierto por una capa de estilo cuidado y preciso. Partiendo desde su experiencia, su narración nos acerca a su realidad y la hacemos nuestra, buscando aquellas similitudes que hacen que nos sintamos próximos a ella.
Retrocediendo en el tiempo, Ernaux nos habla de la infancia de su madre en Yvetot, lugar en el que nació en 1906. Una infancia sumida en la pobreza, con «un apetito nunca saciado», un cuarto común para todos los hermanos y una cama compartida con una de ellas y vestidos que pasaban de una hermana a otra, pero también la alegría vivida por una vida de juegos en el campo, paseos a caballo y patinaje en la charca helada. Nos habla de la escolarización obligatoria hasta que empieza a trabajar muy joven en un taller. Y la religión, siempre presente. Una vida con dificultades económicas y una sociedad encerrada en unas ideas ya antiguas. Horarios de trabajo muy amplios, el de su marido en la construcción, el de ella en una tienda de alimentación que compraron. Y el poco tiempo libre de su madre dedicado a la lectura, para «evolucionar»; esa era la ambición de la madre de Ernaux: el deseo de evolucionar, mejorar el lenguaje y el modo de vestir, refinarse, que contrastaba claramente con el de su padre, acostumbrado ya a la vida de campo. Así lo narra la propia autora afirmando que «elevarse, para ella, era aprender (…) y nada era más hermoso que el saber. Los libros eran los únicos objetos que manipulaba con precaución. Se lavaba las manos antes de tocarlos».
Ernaux nos narra la evolución vital de su madre y el cambio que sufrió, por medio del alcohol y la frustración y por un deseo imbatible de que a su hija no le faltara nada (o nada de lo que a ella le faltó), pero en una situación en la que la solvencia económica no era a veces suficiente para alcanzar tal objetivo y entonces la frustración, el enfado, las broncas y los golpes aparecen mezclados entre abrazos y caricias: «Tenía dos caras, una para la clientela, otra para nosotros»; amable con los clientes, tosca y enfurruñada como la familia tras horas de desplegar esfuerzos de sonrisas y simpatías.
El libro expone de manera diáfana, la relación difícil entre ella y su madre, una relación que ya vimos en «No he salido de mi noche», una relación distante y diferente, como los caminos hacia dónde dirigir su propia vida por unas costumbres y unos modos tan diferentes entre ellas que distaba un mundo, el mundo de una aspiración a la alta y cultivada sociedad a la que aspiraba Annie y la frustración de su madre por elevar una vida que probablemente ella misma aborrecía. La frustración o la envidia, la vergüenza o el desagradecimiento, la distancia entre maneras de ser, pero también por un pasado que marca aspiraciones, pero también puntos de partida de futuros fracasos y del deseo, en el fondo, de que Annie pudiera llegar donde ella no podría, estando «dispuesta a cualquier sacrificio para que yo tuviera una vida mejor que la suya» y que Ernaux reconoce al afirmar que «estaba segura de su amor y de esta injusticia: ella servía patatas y leche de la mañana a la noche para que yo estuviera sentada en un anfiteatro oyendo hablar de Platón».
El libro nos narra las diferentes vidas de dos generaciones de la misma familia y sus conflictos internos, pero se torna especialmente triste cuando entra en escena el maldito Alzheimer; el carácter de su madre cambia, por la enfermedad y sus consecuencias; una enfermedad que, con pocas palabras Ernaux resume a la perfección, afirmando que «no tenía más sentimientos que la ira y la sospecha», una enfermedad que hacía que estuviera constantemente perdiéndose en su casa, no encontrando cosas, sin ya ni entender lo que leía. «Perdió los nombres», afirma Ernaux, e «intentaba agarrarse al mundo» y «se aferraba a algunos objetos». Y, al empeorar, en su vuelta a una residencia, «entró definitivamente en aquel espacio sin estaciones». Son fragmentos duros, muy duros de leer, para los que, por desgracia, han vivido algo parecido cerca de ellos, y que, con todo el pesar, pero con tremenda sinceridad, Ernaux confiesa que «cada vez que iba a verla, la misma angustia por temor a encontrarla menos “humana”. Lejos de ella, me la imaginaba con sus expresiones, su aspecto de antes, nunca como se había vuelto».
Concluye Ernaux, en una de las últimas frases del libro, que a su madre «le gustaba dar a todo el mundo, más que recibir. ¿Acaso escribir es una forma de dar?». Personalmente, creo que sí, que a través de la escritura damos, ya no únicamente una opinión o el tiempo que dedicamos a ello, sino también unas reflexiones, unas emociones, unos sentimientos; algo de nosotros. Y es posible que eso sea lo que genere esos vínculos tan estrechos entre lectores y obras.
sábado, 3 de octubre de 2020
Antonio Gala: Anillos para una dama
Año de publicación (estreno): 1973
Valoración: Recomendable
Tengo la tonta costumbre de fijarme siempre en los títulos, y no me dirán que este de Anillos para una dama suena rancio a más no poder. Y si lo unimos a la muy peculiar sensibilidad que Antonio Gala ha ido exhibiendo en su generosa exposición mediática durante bastantes años, confieso que llevarme a las manos este libro me producía algún recelo. Pero lo cierto es que los rótulos muchas veces engañan, y los estereotipos mucho más. Les cuento.
Jimena (que quedó para la Historia como doña Jimena) es la viuda del Cid, ya saben, el héroe en la lucha contra el moro, cuyo solo nombre hacía temblar al enemigo y enardecía a las tropas cristianas, que fue llevado a la batalla ya cadáver y todas esas cosas que ustedes ya saben. Han pasado dos años desde que Rodrigo Díaz pasó a mejor vida, y Jimena siente ya el momento de liberarse del luto. Es una mujer profundamente insatisfecha, que fue colocada como objeto decorativo junto al gran guerrero y ha soportado durante más de veinte años ser la sombra de un mito, una figura necesaria con la que nadie cuenta pero que está obligada a desempeñar su papel.
Ahora Jimena ve que su juventud se ha consumido y decide cambiar de rumbo. Quiere vestir de forma más ligera, tomar sus propias decisiones y sobre todo catar qué cosa es eso del amor, justo lo que por lo visto no tuvo del legendario personaje. El amor lo tiene bien cercano, no es otro que Minaya, otro gran héroe que compartió glorias con el Cid, un tipo tan eficaz en la batalla como sumiso y fiel a las órdenes y a sus jefes. Tan bien las cumplía Minaya que, aun estando también enamorado de Jimena, cuidaba de ella cuando se le encomendaba tal misión, con mucho tiento para que sus sentimientos no se transparentasen lo más mínimo.
Así que Jimena está harta, le confiesa su inquietud a su fiel sirvienta Constanza, se enfrenta con su hija María (un poquito de guardiana juvenil de las esencias ¿y otro tanto de complejo de Electra?) y se encara con el propio rey Alfonso VI (que a su vez es su tío) reivindicando su libertad. Porque, claro, la razón de Estado está por encima de todo, hay que mantener al héroe en lo más alto del panteón y eso es incompatible con una viuda rehaciendo su vida enamorada de un mortal. Pero claro, no puedo contar más.
Tampoco nos asustemos por el escenario. Entiendo que el valor de la obra no es histórico, es una recreación en la que la época y los personajes pudieron haber sido otros cualesquiera, el corazón de lo que cuenta Gala es esa mujer cuya vida ha quedado reducida a ser pieza en un tablero. Ella lo sabe, es consciente de que en su desempeño se le ha ido escapando la vida, pero siente la fortaleza de haber cumplido su designio y por tanto merecer la oportunidad que ahora, aunque tarde, se le presenta:
‘Y yo creí que no era una heroína. Sí lo soy, esta es mi pobre heroicidad: ser para siempre el despojo de un héroe para que el héroe lo pueda seguir siendo. Sin Jimena no hay Cid’
Jimena es un pedazo de personaje, vital, profundamente honesto, valiente, y el tratamiento que le da Gala esquiva cualquier simpleza. Hay momentos en que adquiere vehemencia, pero es sobre todo natural, contenida y llamativamente irónica. En definitiva, de una riqueza de matices que espero que se haya sabido transmitir en las representaciones en el escenario (aunque algo me dice que la tentación del histrionismo y el desagarro pudo ser demasiado fuerte). Un personaje que, bien interpretado, puede ser de enorme brillantez.
Otro aspecto que puede resultar chocante son los anacronismos. Tengo entendido que Gala es buen conocedor de la Historia, pero cualquiera puede tener un patinazo. Hay algún que otro momento en que se deslizan expresiones que parecen fuera de época, incluso los sarcasmos de Jimena (en especial con su hija) se pueden considerar algo disonantes. Pero yo creo que hay que mirar un poco más allá. Como decía antes, el escenario histórico viene a ser solo un atrezzo, una estampa para situar los personajes y sus respectivos papeles. El mismo autor indica en sus notas iniciales que tanto el escenario como el vestuario no deben ser marcadamente de época, sino acrónicos, con solo sutiles referencias al entorno teórico de la obra. Y lo mismo apunta sobre el lenguaje, que debe ser, dice, decididamente actual y solo pretende tener un ligerísimo eco arcaico. De forma que no se puede de ninguna manera juzgar Anillos para una dama como un drama histórico, sino como una obra atemporal que solo toma de la Historia el pretexto de una situación.
viernes, 2 de octubre de 2020
Cristina Jurado: Bionautas
jueves, 1 de octubre de 2020
Emilio de Marchi: El sombrero del cura

Título original: Il cappello del prete
Traducción: Rubén López Conde
Año de publicación: 1887, por entregas
Valoración: Recomendable (con matices)
Algo que me ha encantado de esta novela es su protagonista. A base de presenciar sus actos y pensamientos, es desnudado ante el lector. Vemos el contraste entre su infancia y su presente, cómo la consciencia le carcome, cómo sus convicciones científicas titubean ante el miedo a un castigo divino, amén de lo hipócritas que son las racionalizaciones con que pretende justificar su crimen. Vemos su desesperación, su vulnerabilidad o sus ansias de redención, y también su arrogancia o su codicia. Vemos, en suma, a alguien muy humano.
Tengo que felicitar a de Marchi por lo compacto que se siente el argumento de El sombrero del cura. Como ya he dicho antes, esta obra se publicó originalmente por entregas. Aún así, tiene un empaque sorprendentemente satisfactorio. Todo lo que el autor introduce tiene repercusión, incluso los detalles más nimios; hecho nada habitual en los folletines. Y la secuencia lógica que va encadenando los acontecimientos, aunque a veces pueda ser algo azarosa, está perfectamente construida.
El único reproche importante que le puedo hacer a esta historia es su extensión. De Marchi logra imprimir tanta complejidad al barón, así como presentar la ya mentada secuencia lógica de la forma más pormenorizada posible, que para ello necesita muchísimos párrafos. Quizás podría criticar, asimismo, que algunos de sus personajes secundarios son, para mi gusto, demasiado artificiales (criados leales, pobres bienintencionados, religiosos intachables...). Por suerte, la víctima de Carlo, un clérigo consagrado a la usura y la especulación llamado don Cirilo, demuestra que de Marchi no es un simplificador del alma humana.
Así pues, recomiendo El sombrero del cura a los amantes de la novela negra. Aunque en ningún momento trasciende los límites del género en que se inscribe, este clásico menor tiene interés en tanto que pieza fundacional del "giallo" italiano; además, su lograda ambientación nos transportará al período en que fue escrito, y la complejidad de su protagonista nos fascinará.
Para ir terminando, un último apunte: esta edición de Ginger Ape Books tiene doscientas páginas de letra chiquitita. Enfrentarse a ella, por tanto, cansará la vista a más de uno. Con todo, recomiendo su adquisición, pues la nueva traducción de Rubén López Conde exhibe un oficio tremendo.