miércoles, 7 de octubre de 2020

William Faulkner: Una rosa para Emily / Miss Zilphia Gant

 

Idioma original: inglés
Título original: A rose for Emily / Miss Zilphia Gant
Año de publicación: 1950
Traducción: José Mª Valverde / Jesús Zulaika
Valoración: muy recomendable

Cuestiones logísticas:

a) de hecho voy a invertir más tiempo en reseñar este libro que en leerlo: apenas 100 páginas en caracteres de gran tamaño hacen que se despache en no más de media hora.

b) alguno se reirá, pero incluso con esa limitación, los tres párrafos recomendados en los añorados tiempos primigenios de este blog podrían quedarse cortos si uno se pusiera académico y desgranara hasta el tuétano la esencia de los dos relatos.

c) aún así, y como esto se ha convertido ya en territorio de entendidos y demás gente exquisita, la reseña podría solventarse en un par de frases tales como.

Blablabla blabla blababababla, babla bla. Es Faulkner, narices.

O Don Guillermo, como lo llama Deborahlibros.

Entonces, a sabiendas de que con esa definición tan contundente (y producto de la holgazanería propia de estar escribiendo esto pasadas las 23:00 del día anterior a su publicación) más de uno pararía aquí y diría: anda, este no lo conocía, ¿publicó también relatos? (sí) ¿y alguno de estos tuvo entidad suficiente para separarse y justificar su publicación casi independiente? (también, sí).

Porque sin que yo haya llegado todavía a leer ni a una cuarta parte de su obra, la sensación de encaje, la sensación de que a medida que uno se adentra está siendo absorbido más y más es absoluta. Dos relatos protagonizados por mujeres, dos relatos sumergidos en cierto misterio sórdido e inquietante (perdonen que vea a Lovecraft en sus orígenes y a Stephen King en sus destinos), bordeando ya no el gótico sureño sino el terror gótico. Relatos unidos por un patrón; mujeres que han decidido con contundencia respecto a los hombres a los que han unido sus vidas, en un entorno rural que no parece muy sano, donde la curiosidad y el morbo toman la guisa de justicia y decisión sobre la vida privada de las personas, donde el racismo es parte del día a día, donde las personas de raza negra parecen no tener nombre, donde hay clasismo y poco respeto por los semejantes. Las disputas se resuelven con dureza, con crueldad inapelable de esas crueldades que se saben impunes y definitivas. 

El estilo es simplemente inmejorable, (es Faulkner, narices) tan despojado de elementos superfluos que la brevedad de los relatos solo hace que convertirlos en más memorables, intensifica la experiencia lectora de tal manera que uno lo releería nada más acabarlo, no a la búsqueda de flecos sino como forma (odio los símiles gastronómicos, pero en fin) de repetir plato y recrearse en ciertos sabores. Claro que hay literatura sumamente breve que puede dejar profunda marca. Estos dos relatos son una perfecta muestra.


martes, 6 de octubre de 2020

Louis Beysson: Geri

Idioma original: Francés
Título original: Geri ou un premier amour
Traducción: Augusto F. Prieto
Año de publicación: 1876
Valoración: Está bien



Geri, novela corta de Louis Beysson, narra el romance gay de dos adolescentes. Supuso, como dice Augusto F. Prieto en el prólogo de esta edición, «la primera vez que se contaba abiertamente una historia de amor homosexual en la literatura francesa». De hecho, inauguró un tema que se ha venido explotando desde entonces: el de las «amistades particualres». 

Sí, habéis oído bien: amistades particulares. De alguna manera debía referirse una época no ya mojigata, sino completamente ajena a la homosexualidad en tanto que «categoría social» (de nuevo estoy citando a Prieto), a las manifestaciones de amor entre personas del mismo sexo. Sin ir más lejos, el padre del protagonista de Geri cataloga la pasión de su hijo de «amistad insensata». Ver para creer. 

Esta obra no es un trabajo de una calidad excepcional. A fin de cuentas, es la primera que escribió Beysson, publicada cuando éste contaba apenas con veinte años. Presenta, por lo tanto, algún fallo, seguro que achacable a la bisoñez de su autor (quien, para más señas, acabaría por dedicarse a la pintura, al fracasar su carrera literaria). El estilo es, a ratos, algo alambicado; el argumento, salvo por la novedad que supone el tema, no presenta grandes innovaciones (internado suizo, historia de amor imposible, joven de salud delicada, final trágico...).  

De todos modos, además de por su relevancia histórica, recomiendo Geri por su prosa. Victor, el narrador en primera persona, usa un lenguaje ampuloso e inflamado que transmite a la perfección su ardor o angustia, según se tercie. También nos regala, puntualmente, destellos preciosistas, sobre todo a través de las descripciones paisajísticas. 

Lo dicho: Geri es una historia pionera que hará las delicias, pese a sus limitaciones, a los interesados en descubrir el germen del romance homosexual (llamémoslo explícito) en la ficción. Traducida por primera vez al español, por cierto.

lunes, 5 de octubre de 2020

celso castro: las brujas

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: está bastante bien

celso castro, ya sabéis, y si no, os lo cuento, es ese escritor gallego que tiene rota la tecla de las mayúsculas del ordenador... No, es broma: cierto que no utiliza las letras mayúsculas, pero, al parecer, se debe a una costumbre como poeta (ya se sabe que para escribir poesía conviene pasarse un poco por el forro las normas ortotipográficas); aunque, en verdad, parece más probable que esa ausencia de mayúsculas tenga por objetivo imprimirle mayor velocidad, un ritmo aún más vivo a los monólogos o soliloquios con los que este autor compone sus novelas, al menos gasta donde yo he leído, Porque tal parece ser la especialidad de castro: monólogos soltados por chicos jóvenes, poco más que adolescentes, que oscilan entre un tono coloquial y algún toque de pedantería, como suele suceder con los jóvenes (y no tan jóvenes... ejem) un poco leídos y un bastante inadaptados, y que van desgranando su vida y circunstancias.

En este caso, el protagonista-narrador se trata de un chico coruñés, que nos va narrando -o a un interlocutor que no conocemos- su devenir es un a familia sin padre y en la que tanto su madre como hermano mayor sentían, o eso cuenta, cierta animadversión hacia él. El cariño y la comprensión los encuentra en su tía laura y en algún amigo no menos peculiar, y el amor y el sexo, en lorena, hija de una conocida bruja de la ciudad y con poderes brujeriles ella misma, con la que comienza una relación de ¿noviazgo? ya en la infancia, escarceos eróticos incluidos, que después retoman en su adolescencia. Esta relación, junto con la establecida desde siempre con su familia, son las que articulan toda la novela-monólogo, bastante breve, por lo demás. No hay mucho más, aparte de la sensación, creciente por momentos, de que todo el soliloquio, el relato del joven o al menos sus elementos sobrenaturales, se deben a un desequilibrio mental del narrador-protagonista.

Y eso que lo más interesante de la novela, en mi opinión, es justamente esa mezcla de la típica, más o menos, novela de formación de un adolescente incomprendido (me estoy acordando de Crónica del alba, de Ramón J. Sender, por ejemplo, pero hay mil ejemplos) con el elemento sobrenatural de los poderes de lorena, la presencia de espíritus, etc. Sobre todo, la combinación funciona de maravilla en a parte que se refiere a la infancia de los personajes, que se podría considerar un relato completo en sí mismo. Ahora bien, en mi opinión también, castro no le saca todo el provecho a esa interesante asociación y prefiere tirar más por el tema familiar, el desorden psicológico del muchacho -no sólo de él, pero no quiero espoilear la novela-, y su extrañamiento o poca integración en la sociedad en la que vive. Lo mejor; que toda su narración está trufada también de toques de humor, de ironía socarrona que resultan de lo más refrescante y le quitan hierro a una historia que, de otro modo, parecería abocada al drama y la desesperanza más ceniza.


Otras novelas de celso castro reseñadas en Un Libro Al Día: el afinador de habitaciones

domingo, 4 de octubre de 2020

Annie Ernaux: Una mujer

Idioma original: francés
Título original: Une femme
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 1987
Valoración: recomendable

La prolífica carrera de Annie Ernaux gira, en gran parte, sobre relatos autobiográficos que sirven a la autora francesa para reflexionar, no únicamente sobre su propia vida, sino también sobre el mundo de su época. Ya la autora lo confirma al decir, específicamente sobre este libro, que «mi proyecto es de naturaleza literaria, puesto que se trata de encontrar una verdad sobre mi madre que solo puede alcanzarse mediante palabras».

Con este propósito empieza la novela en el hospital de Pontoise, desde donde informan a Annie Ernaux del fallecimiento de su madre. Este inicio nos remite directamente a «No he salido de mi noche» (escrito posteriormente y con el que se complementa) donde la propia Ernaux nos narraba el delicado estado de su madre, así como también la complicada relación existente entre ellas. Ya la propia autora reconoce que este libro nace de la necesidad de escribir sobre su madre, de recordarla afirmando que «no escribo sobre ella, más bien tengo la impresión de vivir con ella un tiempo, en unos lugares donde ella está viva»; se trata, por tanto, de un libro que escribe sobre su madre, más que para dedicárselo, para recordarla, porque como dice la autora «me parece que ahora escribo sobre mi madre para, a mi vez, traerla al mundo».

Y claro, como no puede ser de otra manera viniendo de Ernaux, reconocemos en este libro su estilo inconfundible: duro, pero no frío, seco, pero no agrio, crítico, pero no distante —especialmente en las páginas en las que narra la muerte de su madre—. Esas primeras páginas del relato son duras, pues nos remiten a la muerte de un ser querido, y en el estilo de Ernaux se halla ese don que tiene de hacernos revivir con su lectura nuestro propio pasado. Porque las sensaciones que nos deja la muerte de alguien querido nos une a todos, nos acerca a un mundo del que, a veces, pretendemos distanciarnos. Es precisamente, en esos últimos días, los más cercanos a la muerte, donde nos encontramos todos, confluyendo presente y pasado. Y la autora es consciente de ello, situándonos, en un primer y corto capítulo, en la despedida a su madre, la última de ellas, en un trayecto que va del hospital a la funeraria. El último día con ella, su despedida física.

Ya desde el inicio del libro se puede constatar porqué la prosa de Ernaux nunca defrauda; habla desde sus sentimientos, desde la transparencia y honestidad que sus emociones emanan, y todo ello recubierto por una capa de estilo cuidado y preciso. Partiendo desde su experiencia, su narración nos acerca a su realidad y la hacemos nuestra, buscando aquellas similitudes que hacen que nos sintamos próximos a ella.

Retrocediendo en el tiempo, Ernaux nos habla de la infancia de su madre en Yvetot, lugar en el que nació en 1906. Una infancia sumida en la pobreza, con «un apetito nunca saciado», un cuarto común para todos los hermanos y una cama compartida con una de ellas y vestidos que pasaban de una hermana a otra, pero también la alegría vivida por una vida de juegos en el campo, paseos a caballo y patinaje en la charca helada. Nos habla de la escolarización obligatoria hasta que empieza a trabajar muy joven en un taller. Y la religión, siempre presente. Una vida con dificultades económicas y una sociedad encerrada en unas ideas ya antiguas. Horarios de trabajo muy amplios, el de su marido en la construcción, el de ella en una tienda de alimentación que compraron. Y el poco tiempo libre de su madre dedicado a la lectura, para «evolucionar»; esa era la ambición de la madre de Ernaux: el deseo de evolucionar, mejorar el lenguaje y el modo de vestir, refinarse, que contrastaba claramente con el de su padre, acostumbrado ya a la vida de campo. Así lo narra la propia autora afirmando que «elevarse, para ella, era aprender (…) y nada era más hermoso que el saber. Los libros eran los únicos objetos que manipulaba con precaución. Se lavaba las manos antes de tocarlos».

Ernaux nos narra la evolución vital de su madre y el cambio que sufrió, por medio del alcohol y la frustración y por un deseo imbatible de que a su hija no le faltara nada (o nada de lo que a ella le faltó), pero en una situación en la que la solvencia económica no era a veces suficiente para alcanzar tal objetivo y entonces la frustración, el enfado, las broncas y los golpes aparecen mezclados entre abrazos y caricias: «Tenía dos caras, una para la clientela, otra para nosotros»; amable con los clientes, tosca y enfurruñada como la familia tras horas de desplegar esfuerzos de sonrisas y simpatías.

El libro expone de manera diáfana, la relación difícil entre ella y su madre, una relación que ya vimos en «No he salido de mi noche», una relación distante y diferente, como los caminos hacia dónde dirigir su propia vida por unas costumbres y unos modos tan diferentes entre ellas que distaba un mundo, el mundo de una aspiración a la alta y cultivada sociedad a la que aspiraba Annie y la frustración de su madre por elevar una vida que probablemente ella misma aborrecía. La frustración o la envidia, la vergüenza o el desagradecimiento, la distancia entre maneras de ser, pero también por un pasado que marca aspiraciones, pero también puntos de partida de futuros fracasos y del deseo, en el fondo, de que Annie pudiera llegar donde ella no podría, estando «dispuesta a cualquier sacrificio para que yo tuviera una vida mejor que la suya» y que Ernaux reconoce al afirmar que «estaba segura de su amor y de esta injusticia: ella servía patatas y leche de la mañana a la noche para que yo estuviera sentada en un anfiteatro oyendo hablar de Platón».

El libro nos narra las diferentes vidas de dos generaciones de la misma familia y sus conflictos internos, pero se torna especialmente triste cuando entra en escena el maldito Alzheimer; el carácter de su madre cambia, por la enfermedad y sus consecuencias; una enfermedad que, con pocas palabras Ernaux resume a la perfección, afirmando que «no tenía más sentimientos que la ira y la sospecha», una enfermedad que hacía que estuviera constantemente perdiéndose en su casa, no encontrando cosas, sin ya ni entender lo que leía. «Perdió los nombres», afirma Ernaux, e «intentaba agarrarse al mundo» y «se aferraba a algunos objetos». Y, al empeorar, en su vuelta a una residencia, «entró definitivamente en aquel espacio sin estaciones». Son fragmentos duros, muy duros de leer, para los que, por desgracia, han vivido algo parecido cerca de ellos, y que, con todo el pesar, pero con tremenda sinceridad, Ernaux confiesa que «cada vez que iba a verla, la misma angustia por temor a encontrarla menos “humana”. Lejos de ella, me la imaginaba con sus expresiones, su aspecto de antes, nunca como se había vuelto».

Concluye Ernaux, en una de las últimas frases del libro, que a su madre «le gustaba dar a todo el mundo, más que recibir. ¿Acaso escribir es una forma de dar?». Personalmente, creo que sí, que a través de la escritura damos, ya no únicamente una opinión o el tiempo que dedicamos a ello, sino también unas reflexiones, unas emociones, unos sentimientos; algo de nosotros. Y es posible que eso sea lo que genere esos vínculos tan estrechos entre lectores y obras.

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer heladaMemoria de chicaEl uso de la fotoNo he salido de mi noche, Los añosLa otra hija, El lugarEl lugar (contrarreseña)

sábado, 3 de octubre de 2020

Antonio Gala: Anillos para una dama

Idioma original: castellano

Año de publicación (estreno): 1973 

Valoración: Recomendable 


Tengo la tonta costumbre de fijarme siempre en los títulos, y no me dirán que este de Anillos para una dama suena rancio a más no poder. Y si lo unimos a la muy peculiar sensibilidad que Antonio Gala ha ido exhibiendo en su generosa exposición mediática durante bastantes años, confieso que llevarme a las manos este libro me producía algún recelo. Pero lo cierto es que los rótulos muchas veces engañan, y los estereotipos mucho más. Les cuento.

Jimena (que quedó para la Historia como doña Jimena) es la viuda del Cid, ya saben, el héroe en la lucha contra el moro, cuyo solo nombre hacía temblar al enemigo y enardecía a las tropas cristianas, que fue llevado a la batalla ya cadáver y todas esas cosas que ustedes ya saben. Han pasado dos años desde que Rodrigo Díaz pasó a mejor vida, y Jimena siente ya el momento de liberarse del luto. Es una mujer profundamente insatisfecha, que fue colocada como objeto decorativo junto al gran guerrero y ha soportado durante más de veinte años ser la sombra de un mito, una figura necesaria con la que nadie cuenta pero que está obligada a desempeñar su papel.

Ahora Jimena ve que su juventud se ha consumido y decide cambiar de rumbo. Quiere vestir de forma más ligera, tomar sus propias decisiones y sobre todo catar qué cosa es eso del amor, justo lo que por lo visto no tuvo del legendario personaje. El amor lo tiene bien cercano, no es otro que Minaya, otro gran héroe que compartió glorias con el Cid, un tipo tan eficaz en la batalla como sumiso y fiel a las órdenes y a sus jefes. Tan bien las cumplía Minaya que, aun estando también enamorado de Jimena, cuidaba de ella cuando se le encomendaba tal misión, con mucho tiento para que sus sentimientos no se transparentasen lo más mínimo.

Así que Jimena está harta, le confiesa su inquietud a su fiel sirvienta Constanza, se enfrenta con su hija María (un poquito de guardiana juvenil de las esencias ¿y otro tanto de complejo de Electra?) y se encara con el propio rey Alfonso VI (que a su vez es su tío) reivindicando su libertad. Porque, claro, la razón de Estado está por encima de todo, hay que mantener al héroe en lo más alto del panteón y eso es incompatible con una viuda rehaciendo su vida enamorada de un mortal. Pero claro, no puedo contar más.

Tampoco nos asustemos por el escenario. Entiendo que el valor de la obra no es histórico, es una recreación en la que la época y los personajes pudieron haber sido otros cualesquiera, el corazón de lo que cuenta Gala es esa mujer cuya vida ha quedado reducida a ser pieza en un tablero. Ella lo sabe, es consciente de que en su desempeño se le ha ido escapando la vida, pero siente la fortaleza de haber cumplido su designio y por tanto merecer la oportunidad que ahora, aunque tarde, se le presenta: 

‘Y yo creí que no era una heroína. Sí lo soy, esta es mi pobre heroicidad: ser para siempre el despojo de un héroe para que el héroe lo pueda seguir siendo. Sin Jimena no hay Cid’

Jimena es un pedazo de personaje, vital, profundamente honesto, valiente, y el tratamiento que le da Gala esquiva cualquier simpleza. Hay momentos en que adquiere vehemencia, pero es sobre todo natural, contenida y llamativamente irónica. En definitiva, de una riqueza de matices que espero que se haya sabido transmitir en las representaciones en el escenario (aunque algo me dice que la tentación del histrionismo y el desagarro pudo ser demasiado fuerte). Un personaje que, bien interpretado, puede ser de enorme brillantez.

Otro aspecto que puede resultar chocante son los anacronismos. Tengo entendido que Gala es buen conocedor de la Historia, pero cualquiera puede tener un patinazo. Hay algún que otro momento en que se deslizan expresiones que parecen fuera de época, incluso los sarcasmos de Jimena (en especial con su hija) se pueden considerar algo disonantes. Pero yo creo que hay que mirar un poco más allá. Como decía antes, el escenario histórico viene a ser solo un atrezzo, una estampa para situar los personajes y sus respectivos papeles. El mismo autor indica en sus notas iniciales que tanto el escenario como el vestuario no deben ser marcadamente de época, sino acrónicos, con solo sutiles referencias al entorno teórico de la obra. Y lo mismo apunta sobre el lenguaje, que debe ser, dice, decididamente actual y solo pretende tener un ligerísimo eco arcaico. De forma que no se puede de ninguna manera juzgar Anillos para una dama como un drama histórico, sino como una obra atemporal que solo toma de la Historia el pretexto de una situación.

También de Antonio Gala en ULAD: El corazón tardíoEl manuscrito carmesí

viernes, 2 de octubre de 2020

Cristina Jurado: Bionautas

Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Entre el grupo de escritores, y sobre todo escritoras, que están sacudiendo y renovando la ciencia ficción escrita en español y/o en España (Elia Barceló, Sofia Rhei, Nieves Delgado...), Cristina Jurado ocupa un lugar destacado por derecho propio. No solo por su propia creación de relatos, novelas y novelas cortas, que la han llevado a ganar varios Premios Ignotus (los premios de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror), sino también por ser la editora de la revista Supersonic, igualmente premiada en varias ocasiones. Bionautas es su segunda novela, después de Del naranja al azul, con la que, porque lo que he podido averiguar, comparte universo, historia e incluso personajes (sin ser exactamente una precuela o secuela).

Bionautas es frecuentemente descrita como una "novela de primer encuentro", es decir, aquel género de narración o película que muestra el primer contacto entre series de diferentes civilizaciones o especies. En este caso, el encuentro entre los humanos y los "bionautas" del título: unos series que son física y genéticamente muy semejantes a nosotros, aunque con algunas diferencias esenciales. Por ejemplo, han renunciado casi totalmente al lenguaje oral; se comunican entre sí a través del neurotema, una especie de mente-colmena colectiva; han renunciado o perdido casi completamente la capacidad de sentir emociones... Los bionautas, exiliados de su planeta original, viajan por el espacio incansablemente en expediciones pacíficas de exploración - hasta que llegan a la Tierra.

Este es el universo de ficción de la novela; la trama, que tarda un poco en terminar de arrancar (porque el world building exige su tributo), se centra en una improbable familia compuesta por un bionauta, Elio, dos humanos, conocidos como Padre y Madre, y la hija de todos ellos (sí, eso es), Lily. De hecho, toda la novela está compuesta por el contenido de una narración que Elio graba para Lily, intentando explicar de dónde vienen esas visiones y esas voces que pueblan su cabeza. En un largo monólogo, Elio le cuenta su llegada a la Tierra, su primer contacto con el planeta y con los humanos, su encuentro con Padre y Madre... 

Casi todas las reseñas que he leído para preparar esta se centran en uno de los grandes temas, no solo de esta novela, sino de buena parte de la ciencia ficción como género: qué es lo que nos hace humanos. ¿Es nuestra capacidad de sentir empatía? ¿Nuestra capacidad de comunicarnos? ¿O es una simple cuestión biológica o genética? El hecho de que Elio, y también otra bionauta llamada Siri, tengan una mayor predisposición para la empatía, ¿los hace más humanos? ¿Es eso lo que permite que se relacionen con los terrestres en un plano de igualdad, e incluso llegue a formar con ellos un nexo amoroso y familiar? También encontramos en Bionautas, aunque de forma menos explícita o amplia que en 36, de Nieves Delgado, la cuestión sobre los límites de lo masculino y lo femenino, la relación entre cuerpo, género y sexualidad.

Sin embargo, no eran esos los temas que más me resonaban mientras leía Bionautas, sino, precisamente, la del encuentro (o choque, como diría Huntington) entre civilizaciones. Quizás porque, como creo que ya he contado por aquí alguna vez, estos últimos años he enseñado una asignatura llamada "Viajes y encuentros culturales", en la que leíamos las cartas de Cristóbal Colón o de Pero Vaz de Caminha, o los relatorios de Hernán Cortés, a medida que leía Bionautas reconocía muchos de los elementos que comentaba con mis alumnos en esas clases: las diferencias culturales y sociales, las suspicacias y los intentos de aproximación, los engaños y sobornos... También la cuestión lingüística, que se ha convertido en un tema central de la ciencia ficción contemporánea (véase Arrival) o, cómo no, el problema de la introducción de infecciones y la transmisión de enfermedades.

Todo eso se encuentra en esta novela, y también, sospecho, en casi cualquier otro texto de "primer contacto", me pregunto si por contaminación consciente o por fuerza de la tradición. Y esta larga línea de "primeros encuentros", que atraviesa la historia de la Humanidad, lleva a plantearse si existe otra versión alternativa de estos encuentros; si es posible conocer sin colonizar, convivir sin imponerse, conocer sin destruir. Son naturalmente cuestiones sin respuesta clara, aunque la experiencia histórica parece indicar que no debemos ser demasiado optimistas a este respecto. 

Tampoco Cristina Jurado parece serlo, al menos a gran escala; sin embargo, en escalas más pequeñas, de lo individual, lo íntimo, lo pequeño, se diría que la empatía, la compasión por el otro es capaz de atravesar las distancias lingüísticas, culturales o incluso biológicas. Es eso, creo, lo que puede intentar enseñarnos la historia de Elio, Padre, Madre y Lily. Si eso es suficiente para compensar los horrores anteriores -si las pesadillas de Lily van a desaparecer después de oír la narración de Elio- es una cuestión diferente, que tal vez Cristina Jurado explore en su siguiente novela...

jueves, 1 de octubre de 2020

Emilio de Marchi: El sombrero del cura

Idioma original: Italiano
Título original: Il cappello del prete
Traducción: Rubén López Conde
Año de publicación: 1887, por entregas
Valoración: Recomendable (con matices)

El sombrero del cura, de Emilio de Marchi, fue publicado por entregas en 1887, e íntegramente en 1888. Se considera uno de los precedentes del "giallo" italiano. A fin de cuentas, varios de los elementos que lo componen caracterizan a dicho género: un asesinato, suspense, misterio, terror psicológico, sensacionalismo y toques góticos. En su época fue un "best-seller", tanto a nivel nacional como en el extranjero. Ha sido adaptado al cine y a la televisión. 

Narra las desventuras de Carlo Coriolano, barón de Santafusca que, arruinado a causa de su vida disipada, acaba matando y robando a un sacerdote. El sombrero de éste obsesionará al verdugo y devendrá la prueba con que la justicia logrará detenerlo.

Algo que me ha encantado de esta novela es su protagonista. A base de presenciar sus actos y pensamientos, es desnudado ante el lector. Vemos el contraste entre su infancia y su presente, cómo la consciencia le carcome, cómo sus convicciones científicas titubean ante el miedo a un castigo divino, amén de lo hipócritas que son las racionalizaciones con que pretende justificar su crimen. Vemos su desesperación, su vulnerabilidad o sus ansias de redención, y también su arrogancia o su codicia. Vemos, en suma, a alguien muy humano.

Tengo que felicitar a de Marchi por lo compacto que se siente el argumento de El sombrero del cura. Como ya he dicho antes, esta obra se publicó originalmente por entregas. Aún así, tiene un empaque sorprendentemente satisfactorio. Todo lo que el autor introduce tiene repercusión, incluso los detalles más nimios; hecho nada habitual en los folletines. Y la secuencia lógica que va encadenando los acontecimientos, aunque a veces pueda ser algo azarosa, está perfectamente construida.

El único reproche importante que le puedo hacer a esta historia es su extensión. De Marchi logra imprimir tanta complejidad al barón, así como presentar la ya mentada secuencia lógica de la forma más pormenorizada posible, que para ello necesita muchísimos párrafos. Quizás podría criticar, asimismo, que algunos de sus personajes secundarios son, para mi gusto, demasiado artificiales (criados leales, pobres bienintencionados, religiosos intachables...). Por suerte, la víctima de Carlo, un clérigo consagrado a la usura y la especulación llamado don Cirilo, demuestra que de Marchi no es un simplificador del alma humana.  

Así pues, recomiendo El sombrero del cura a los amantes de la novela negra. Aunque en ningún momento trasciende los límites del género en que se inscribe, este clásico menor tiene interés en tanto que pieza fundacional del "giallo" italiano; además, su lograda ambientación nos transportará al período en que fue escrito, y la complejidad de su protagonista nos fascinará.

Para ir terminando, un último apunte: esta edición de Ginger Ape Books tiene doscientas páginas de letra chiquitita. Enfrentarse a ella, por tanto, cansará la vista a más de uno. Con todo, recomiendo su adquisición, pues la nueva traducción de Rubén López Conde exhibe un oficio tremendo.