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martes, 31 de marzo de 2009

Augusto Monterroso: Movimiento perpetuo

Idioma original: español
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable

Augusto Monterroso ocupa en mi memoria bibliófila un lugar muy especial: suyo fue el primer libro de cuentos que recuerdo haber leído, todavía con el prejuicio de que los cuentos eran cosas de niños. Por decirlo así, los relatos de Augusto Monterroso abrieron para mí un universo nuevo en el que luego entraron Borges, Cortázar, García Márquez... Lamentablemente, para la mayoría de los lectores Monterroso no pasa de ser el autor del microrrelato "El dinosaurio", que ha sido tan (mal) citado, copiado, parodiado y denostado, cuando toda su obra, no muy extensa pero sí muy disfrutable, merece tanto o más la pena que ese cuento, que él llegó a llamar "novela".

Movimiento perpetuo no fue el primer libro que leí de Monterroso, pero sí, probablemente, el que me convirtió en su admirador incondicional y vitalicio. Movimiento perpetuo es una recopilación de relatos que está llena de al menos tres cosas: literatura, ironía, y moscas. La literatura se trasluce en relatos -en su sentido más amplio- como "Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges" u "Homo Scriptor"; la metaliteratura, la metaficción o, más allá todavía, la metamicroficción, la encontramos en "La brevedad" o "Fecundidad". La ironía está por todas partes, porque es una constante en la obra del escritor guatemalteco. Las moscas, en este caso, también, en forma de citas de distintos escritores universales, o en forma de ilustración, en aquellas ediciones que han sido lo bastante cuidadosas como para mantenerlas (y aquellas ediciones que no lo hayan hecho, probablemente no merece la pena comprarlas...).

Uno de los relatos que más recuerdo del volumen, sin embargo, es probablemente el menos monterrosiano de todos: "Movimiento perpetuo", el que da título al conjunto. Su frase final, que no es especialmente llamativa, se me quedó grabada, y todavía de vez en cuando la recuerdo sin más ni más:

viernes, 28 de febrero de 2020

Augusto Monterroso: Obras completas (y otros cuentos)


Idioma original: castellano
Año de publicación: 1959
Valoración: Seguramente imprescindible

La coña de Monterroso parece empezar por el mismo título, toda vez que Obras completas (y otros cuentos) es justamente su primera obra publicada. Al final, la broma no es tan evidente, porque este es también el título de uno de los relatos que se incluyen en la compilación, pero dice mucho acerca de lo que encontraremos en el libro: el equívoco, el juego de las apariencias, los significados múltiples, la ironía. Estamos ante un autor sumamente inteligente, y eso es muy buena noticia para el lector.

Monterroso es reconocido como el paradigma de las fórmulas más compactas de la narrativa: el microrrelato, la fábula, el aforismo. Algo de ello hay en este libro, ya lo comentaré, pero en su mayoría son relatos breves que no se salen de las pautas habituales de extensión o desarrollo argumental. En general, se puede decir que la prosa de Monterroso enamora desde las primeras líneas por su sencillez, casi dulzura, y por la ironía que empapa el texto entero. El sarcasmo y la chispa intelectual hacen aflorar la risa en no pocos momentos, pero el humor no es en absoluto gratuito, está al servicio de cada una de las pequeñas historias, y adquiere distintos tonos para subrayar a veces la perplejidad ante el absurdo, elevar la acidez de la sátira, o denunciar la incomprensión, según los casos.

La variedad de temas aumenta el atractivo del libro. Tenemos cuentos de aire borgiano, como Sinfonía concluida, en la que se descubre la parte que faltaba de la Inacabada de Schubert, o El centenario, sobre los vaivenes de la fortuna de un gigante sueco, relatos en que la frontera de lo inverosímil queda borrada al incorporar un cierto tono erudito. En algunas ocasiones se desnuda la incapacidad para asumir la cultura indígena (espléndido El eclipse), o para entender la música (El concierto), mientras se deja un pequeño rastro, extremadamente sutil, de crítica a lo que podríamos llamar los poderosos, ya sea el occidental prepotente o el general absorto en su esfera de poder. O la Primera dama, desconcertada en su papel, que no sabe encajar bien con las que considera sus obligaciones humanitarias. Centroamérica es sin duda un vivero inagotable de dictadores de todo pelaje que don Augusto sin duda conocía de primera mano pero, al menos en este volumen, no es el sátrapa el fustigado sino su entorno inmediato, con el que disfruta desplegando su fina pero implacable ironía.

Con frecuencia tenemos personajes en apuros, que en varias ocasiones quedan al descubierto en el curso de algún evento público, como ocurre en los dos relatos que acabo de citar. Esta situación se lleva al límite del disparate en No quiero engañarlos que, aunque es quizá el más divertido de todos los cuentos, no deja de tener mucho contenido en diversas capas. En el estreno de una película, director, guionista y varios actores dirigen unas palabras al público, y entre ellos interviene la mujer del productor, aunque ella apenas ha tenido alguna participación en el rodaje. Su intervención se alarga (ríanse de Almodóvar en la entrega de los Oscar), y la cosa se pone más embarazosa a cada minuto. Pese a lo cómico de la situación, no es posible dejar de sentir una corriente de simpatía y desazón por una mujer consciente de no pintar nada, no ya en la película sino en la vida misma.

Sobre ese terreno de la frustración, también vestida de humor, se asientan los dos relatos que se centran en la creación literaria, Leopoldo (sus trabajos) y el que da título al volumen. Las musas no siempre acuden cuando se les espera, el escritor se queda seco y la hoja, en blanco. Incluso se plantea la condición misma de escritor, hasta dónde es real o un mero proyecto (una apariencia, una convicción). Pero los personajes de Monterroso tampoco se rinden fácilmente, y buscan la forma de rellenar ese vacío sin dejar que decaiga su aura artística: el escritor es escritor aunque no escriba nada, y su actividad creativa consiste entonces en anotar fantásticas ideas que desarrollará más adelante, o en prepararse indefinidamente para el gran momento de empezar a crear. La lucha estéril, el nadador contra corriente, el autoengaño (la ensoñación) son imágenes que afloran aquí y allá, provocando la sonrisa y un punto de… sí, lo digo, de ternura.

Naturalmente encontramos pequeños altibajos en el conjunto pero el nivel es casi siempre espléndido, se lee con gusto y despierta interés a cada línea, se ríe uno con frecuencia, se disfruta de la agudeza de la prosa y del ritmo irreprochable, y quizá por todo ello es sencillo empatizar con cada uno de los personajes, hombres y mujeres contradictorios, bienintencionados, valientes, ridículos. Humanos hasta bordear el esperpento, quizá como cualquiera de nosotros.

Y claro, también está el famoso microrrelato del Dinosaurio. Posiblemente otra genialidad.

Otras obras de Augusto Monterroso en ULAD: Movimiento perpetuo

lunes, 5 de febrero de 2018

Ror Wolf: Hombres varios

Idioma original: alemán
Título original: Mehrere Männer
Traductor: José Aníbal Campos
Año de publicación: 1987
Valoración: Muy recomendable

Por este blog han pasado ya algunos de los más conocidos maestros del microrrelato, sobre todo latinoamericano como Augusto Monterroso (¡todos en pie!) o Ana María Shua, también algunos autores menos conocidos como Gonzalo Ostagain o incluso antologías como Mar de pirañas (aunque alguna otra publicada en España en los últimos años se nos ha escapado). A todos estos nombres se añade ahora un escritor y artista peculiar y muy poco conocido, al menos en España (donde este es el primer libro que se traduce, si no estoy confundido), pero al que, a juzgar por estos Hombres varios, convendría seguir de cerca.

¿Y qué es Hombres varios? Pues un libro de microrrelatos. O de meta-microrrelatos; o de anti-microrrelatos, no sé. Son pequeñas historias (la más larga no llega a las dos páginas, y la mayoría no llega a las diez líneas) que juegan constantemente con nuestras expectativas sobre la creación de mundos ficticios, sobre lo que es una narración, sobre lo que constituye una historia digna de ser contada; de hecho, muchos de sus relatos concluyen afirmando que "esto no interesa", "esta historia no vale la pena contarla" o . Como son historias tan cortas, puedo permitirme copiar una para dar una idea:

Un hombre al que en otras circunstancias no valdría la pena mencionar, salió una mañana -y lo menciono aquí solo al margen- por una puerta. Todo lo que esperamos ahora es un disparo, un golpe, una caída. En realidad, no es pedir demasiado.

Y ya: no hace falta más para abrir un mundo de posibilidades (y negarlas todas, al mismo tiempo).

Las historias (algo menos de cien) que componen el libro juegan con la indefinición; todas están protagonizadas por "un hombre" (o varios), que algunas veces adquiere un nombre propio y muchas otras no; a veces suceden en ciudades reales  (sobre todo alemanas), y a veces en un vacío espacial y metafísico; en algunos casos hay propiamente una historia (mínima, trivial y sin embargo sorprendente), otras veces no pasan de un apunte o de un quiebro conceptual. La alternancia entre todas estas variables y el humor (auto)irónico de Wolf es lo que hace que la lectura resulte una aventura.

Otro ejemplo, en este caso de un microrrelato más "tradicional":
Un hombre oyó que algo goteaba en su habitación, buscó un cubo y lo colocó debajo de la gotera, pero el cubo tenía un hueco, así que lo puso dentro de una jofaina, pero como la jofaina tenía un hueco tuvo que colocarla en una tina, que tamién tenía un hueco, por lo que puso la tina en una bañera. Entonces se dio cuenta de quetambién la bañera tenía un hueco, pero ya el hombre no supo qué hacer, y arrojó la bañera con la tina con la jofaina con el cubo con el hueco al mar frente a su casa. A partir de entonces pudo sentirse tranquilo y no oyó nunca más aquel goteo.

Creo que, en el fondo, Ror Wolf está jugando con la propia idea de narración, y con el modo en que nuestra mente reconstruye lo que las palabras transmiten. Cuando comenzamos a leer un relato, instantaneamente captamos (o intentamos captar) los elementos principales del mundo ficcional que se nos presenta: quién hace qué, cuándo, dónde, cuáles son las reglas que rigen ese mundo (¿son las mismas reglas del mundo "real" o se permite lo sobrenatural, lo fantasioso o lo futurista?), cuál es el conflicto central que se pretende desarrollar. Con sus "hombres" innominados, sus espacios vacíos o irreales, sus historias que dejan de serlo después de unas pocas frases o sus invocaciones explícitas del lector, Wolf subvierte cada una de esas categorías y nos hace conscientes de mecanismos que habitualmente funcionan de forma automática.

Cito solo otro ejemplo más, que si sigo citando al final voy a copiar el libro entero:

Hace poco, un alpinista -hombre oriundo de Goch- arrojó a un barranco un hueso de ternero mordisqueado. El hueso golpeó en la frente a otro hombre que estaba merendando en aquel momento. Aquel fue el comienzo de todo. Al final solo quedan palabras en las que se trasluce el escaso valor de la vida humana. Eso basta. Todo lo demás sería mentira.
Hombres varios está publicado en ContraEscritura, una pequeña editorial independiente con un catálogo reducido pero muy cuidado, que trabaja con seriedad pero con sentido del humor. Este libro, por ejemplo, tiene los números de página escritos al revés (¿decisión de Ror Wolf o de los editores?), y concluye con la siguiente nota: "cuando este libro acabó de imprimirse en septiembre de 2017 seguíamos sin saber cuándo se domesticó a la última vaca salvaje".

miércoles, 29 de julio de 2020

Fernando Iwasaki: Ajuar funerario

Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración: entre recomendable y está bien

El género del relato, en su versión más minimalista (quizá habría que hablar de un "microgénero") ha tenido y tiene conspicuos representantes en lengua castellana, como Augusto Monterroso, Ana María Shua o Santi Pérez Isasi. También, y de forma pertinaz, el peruano, aunque afincado en Sevilla, Fernando Iwasaki, que nos ofrece en este volumen titulado Ajuar funerario -se refiere, por los visto, a la costumbre que existe en Perú de ornar a los difuntos para el funeral con alhajas... que luego se retiran, claro-, nada menos que cien microrrelatos de carácter terrorífico o que tienen que ver, de una forma u otra, con la muerte. 

Cierto es que son cuentos mínimos, la mayoría de los cuales no llega a una página y algunos no pasan de unas pocas líneas, pero, caramba... ¡son cien! Cien ideas que hay que desarrollar, cien historias apenas germinadas que hay que cuidar para llegar a convertir en una pequeña plantita, en un retoño que trasplantar a un suelo más espacioso o consumir así mismo, en ensalada... La mayoría , aunque no todos, de estos microcuentos tienen como tema la muerte, en su versión de dar miedito, claro está; encontramos así los clásicos (aunque en algún caso con una vuelta de tuerca) temas de fantasmas -Abuelita está en el cielo, Antigüedades, Aullidos, La Ouija, Aire de familia-; la variante de casas encantadas -La casa embrujada, Hay que bendecir la casa, Cosas que se mueven solas-, así como los no menos clásicos vampiros, hombres lobos y otros tipos de monstruos, más o menos novedosos o exóticos: El extremo, Réquiem por el ave madrugadora, Resaca, Multiculturalidad...

Encontramos también otras tipologías de microrrelatos que varían un poco el imaginario terrorífico clásico: por una parte, muchos cuentos con niños de protagonistas, un recurso siempre efectivo para dar canguelo al personal, como todos sabemos -La cueva, Los ángeles dormidos, El deseo, El cachorro, El balberito, Vamos al colegio-; las monjas también son figuras que a Iwasaki le resultan especialmente siniestras, vete a saber por qué (bueno, no es difícil de comprender): Las reliquias, Las manos de la fundadora, De incorruptis, Dulces de convento... Y, por la razón que sea, la conducción de automóviles, sobre todo de noche, también es un elemento que aparece a menudo en los cuentos: W. C., El pasajero , con un especial hincapié en la célebre figura de la "chica autoestopista", que merece hasta tres cuentos, con sus variantes sobre el tema. Se puede hacer también un apartado muy divertido con reescrituras de personajes clásicos: Peter Pan, en el relato que lleva su nombre; El apócrifo Frankenstein, mezclando a éste con la leyenda judía del Golem y con Jesucristo; Caperucita  Roja en Caperucita Reloaded, claro, y el Ratoncito Pérez en el muy regocijante Del "Bestiario del cementerio" de Fray Antonio Fuente La Peña... Por último y enlazando con éste último microrrelato, un apartado que sin duda satisfará a los lectores de Un Libro al Día: aquellos minicuentos que tienen relación, precisamente, con libros, en algún caso tan notorios como la propia Biblia: Del apócrifo evangelio de San Pedro (IV, 1-3), Del "Diccionario Infernal" del padre Plancy o el que lleva por título El bibliófilo. Aunque no sólo de libracos vive el hombre (y la mujer, por supuesto): el mundo digital está presente en A mail in the life y El dominio (www.infierno.com, en este caso)...

En suma, se trata de una recopilación de microcuentos notable, con más de una docena (pongamos un 15%) que me han parecido excelentes y, de los restantes, digamos que la mitad están bastante bien, mientras que el resto parte de ideas interesantes, pero su plasmación no siempre resulta satisfactoria. Pero, en fin, que en un libro con cien relatos, más de un 60% de ellos (y ya sé que está feo andar con porcentajes con estas cosas de la literatura, pero es que en este caso me lo han puesto a huevo) resulten, cuando menos, apreciables, sorprendentes y hasta divertidos, cuando no excelentes, me parece que está muy requetebién... Eso sí, recomiendo a quien se disponga a leerlos que no lo haga de un sola vez, sino poco a poco, dos o tres relatos de vez en cuando; de otra forma, el exceso puede llegar a un cierto empacho, además de que, cuando la lecturase encuentra con uno de los mejores cuentos, los siguientes palidecen, de forma inevitable, por comparación y la impresión final quizás quede un tanto decepcionada, o al menos, resulte más tibia de lo que merece este libro.

Para finalizar la reseña, y con permiso, espero, de su autor y de todos vosotros, reproduzco aquí uno de los cuentos más cortitos de este Ajuar funerario, pero también uno de los que más me han gustado:

Como en el fondo soy un romántico, no me importó que el pobre novio pasara toda la noche en la morgue con el cadáver de su chica. Al día siguiente lo encontramos en la camilla, desangrado y desnudo, muerto de amor. La novia todavía no aparece.

viernes, 6 de noviembre de 2009

250 entradas - 250 años (I)

Para conmemorar que hemos llegado a las 250 entradas de blog -sin fallar un solo día-, los que hacemos Un libro al día nos hemos propuesto hacer nuestro propio "canon" de los mejores libros escritos en los últimos 250 años. Cada uno de los autores del blog votamos por los libros que quisimos (10 en algunos casos, 25 en otros), y después unificamos las listas.

Como la lista de "nominados" y "premiados" es muy larga, la dividimos en dos partes: publicamos hoy la lista de libros que obtuvieron un solo voto, de alguno de nosotros (los "nominados"). Mañana publicaremos la lista de los 14 libros que obtuvieron más de un voto y que, por lo tanto, se puede decir, son "los 14 mejores libros escritos en los últimos 250 años según Un libro al día". Como veréis, en la lista -la de hoy y la de mañana- hay un poco de todo: mucha literatura consagrada (no es un canon excesivamente rompedor en ese sentido); casi todo novela, con algunas incorporaciones de novela gráfica, ciencia-ficción o novela fantástica; bastante literatura en español (con predominio de Hispanoamérica) y sobre todo una aplastante mayoría de obras del siglo XX.

Esta es, en fin, la lista de nominados:


  • ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick
  • Antología poética, Miguel Hernández
  • Canto a mí mismo, Walt Whitman
  • Cantos de Maldoror, Isidore Ducasse
  • Capitanes de la arena, Jorge Amado
  • De ratones y hombres, John Steinbeck
  • Dune, Frank Herbert
  • El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez
  • El barón rampante, Ítalo Calvino
  • El candor del padre Brown, G. K. Chesterton
  • El color de la magia, Terry Pratchett
  • El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
  • El lobo estepario, Herman Hesse
  • El marino que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima
  • El proceso, de Kafka
  • El profeta, Khalil Gibran
  • El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde
  • El rey se muere, Eugene Ionesco
  • El ruido y la furia, William Faulkner
  • El señor de los anillos, J.R.R Tolkien
  • El tragaluz, Antonio Buero Vallejo
  • El último encuentro, Sandor Marai
  • Esperando a los bárbaros, Coetzee
  • Fausto, Johann Wolfgang von Goethe
  • From Hell, Alan Moore
  • Hojas de hierba, Walt Whitman
  • Inventario Uno, Mario Benedetti
  • Jane Eyre, Emily Bronte
  • Juego de tronos, George R.R Martin
  • La casa de citas, Alain Robbe-Grillet
  • La ciénaga definitiva, Giorgio Manganelli
  • La insoportable levedad del ser, Milan Kundera
  • La montaña mágica, Thomas Mann
  • La naúsea, Jean Paul Sartre
  • La tierra baldía, T. S. Eliot
  • Las amistades peligrosas, Pierre Choderlos de Laclos
  • Libro del desasosiego, Fernando Pessoa
  • Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata:
  • Luces de Bohemia, Valle Inclán
  • Me casé con un comunista, Philip Roth
  • Movimiento perpetuo, Augusto Monterroso
  • Mrs. Dalloway, Virginia Woolf
  • Narraciones extraordinarias, Poe
  • Nieve, Ohran Pamuk
  • Orgullo y prejuicio, Jane Austen
  • Poeta en Nueva York, Lorca
  • Rayuela, Julio Cortázar
  • Relatos, Julio Cortázar
  • Residencia en la tierra, Pablo Neruda
  • Rimas, Becquer
  • Sin destino, Imre Kertesz
  • Todo Mafalda, Quino
  • Un mundo feliz, Aldous Huxley
  • Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal
  • Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud

miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XX: El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXI: Corazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vida: La democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajes: En las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del año: El templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

Relecturas: Los pasos perdidos, La marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil. 

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...

 


viernes, 26 de febrero de 2016

Colaboración: Mar de pirañas de varios autores.

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Valoración: Imprescindible

"Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado 'El dinosaurio'.
-Ah, es una delicia –me respondió- ya estoy leyéndolo". 
José de la Colina (tampoco están mal los giros de Pablo Urbanyi o Marcelo Báez) le da una vuelta de tuerca al mítico lagarto. ¿Hasta qué punto el micro, a fin de cuentas un velocirraptor, ha evolucionado? ¿Qué meteoritos ha tenido que sortear para salvar el pellejo?

Ya sólo –permítanme esta tilde díscola- por el prólogo de Fernando Valls, que responde a muchas de estas cuestiones, merece la pena hacerse con esta antología de microrrelatos: Fernando (no dejéis de pasar por su blog La nave de los locos) conoce perfectamente el paño y nos monta una estantería con las joyas del género. De esa cuidada biblioteca y de la red se nutre Mar de pirañas.

El volumen es un auténtico festín, una sucesión de de bocados minimalistas que dejan agradablemente insatisfecho al lector. Cada texto es un plato que se devora rápido, una copa de un caldo exquisito que se bebe con avidez pero que necesita un tiempo en boca para pillarle el retrogusto: conviene, tras cada historia mínima de Castán, después de cada genialidad de Olgoso, de Greciet, de Prieto Barba, de Muñoz Rengel, de Sánchez Quiles… releer de nuevo la página, detenerse en los recovecos de sus párrafos y cerrar después el volumen para paladearlo durante unos minutos o macerarlo durante una tarde.

Y es que estas "Nuevas voces" –éste es el subtítulo de la colección- son dignas herederas de Javier Tomeo, de Luis Mateo Díez, de Merino, de Millás, de Monzó, de Mrozek o de Örkény. La mayor parte de ellos son sencillamente brillantes.

Quizá –por buscarle algún pero- servidor hubiera escogido otras pirañas de Iwasaki (hay verdaderas maravillas en Ajuar funerario) y hubiera colgado el "Aviso" de María José Barrios. Servidor, tal vez equivocadamente, hubiera añadido a este inventario algún texto de M. José Martín de la Hoz (“Vendo agendas pequeñas para gente de pocos amigos”).

Nada, felizmente, es perfecto. Lo importante es que el dinosaurio está vivo; más vivo que nunca. Se lo debemos, aparte de a sus autores, a la Nube y a editoriales alternativas y entusiastas como Impedimenta, Páginas de espuma, Lengua de trapo o Menoscuarto que apuestan por la orfebrería literaria pues creen que se debe leer también a sorbos. Pueden, pues, despertarse tranquilos.
"Terminemos, o como diría Ana María Shua, "huyamos, los cazadores de letras están aq…"

En fin.

Firmado: Aster Navas

miércoles, 18 de marzo de 2009

Etiquetas y fronteras

Uno de los primeros problemas a los que nos hemos enfrentado durante estos primeros quince días de publicación de este blog, ha sido el de cómo etiquetar a los autores, siempre teniendo en cuenta que la finalidad de las etiquetas es guiar al lector en su navegación por el blog. En un primer momento, Jaime, guiándose por el idioma y por lo que podríamos denominar el "sistema cultural o literario" en el que se integra, clasificó a Stefan Zweig como "literatura alemana"; Santi, en cambio, guiándose por el lugar de nacimiento, clasificó a Gustav Meyrink como "literatura austriaca". Los dos nacieron en Viena, los dos escribieron en alemán. ¿Qué etiqueta les correspondería?

Estos son solo dos ejemplos, pero los casos conflictivos son numerosísimos, y varios de ellos han aparecido o van a aparecer próximamente en el blog. Sándor Márai, por ejemplo, nació en Kassa (o Košice), en la actual Eslovaquia, pero que en el momento de su nacimiento pertenecía a Hungría, y escribió toda su vida en húngaro; Kant nació en Königsberg o Kaliningrado, en la actual Rusia, pero no creo que a nadie se le ocurra llamarle "filósofo ruso"; Augusto Monterroso nació en Honduras, se trasladó con 15 años a Guatemala, pero pasó la mayor parte de su vida adulta en México. Por no hablar de autores ya clásicos como Nabokov, Beckett o Conrad, que no sólo abandonaron su país sino también su lengua materna al escribir...

Realmente, ninguna clasificación en categorías estancas logrará describir la heterogeneidad de los fenómenos literarios: ni la clasificación por idioma ni la clasificación por lugar de nacimiento (aunque la primera tiene mucho más sentido tratándose de literatura y ofrece relativamente menos problemas). Por ello, hemos optado finalmente por un criterio mixto, similar al que utiliza la Wikipedia: no elegir, sino multiplicar las clasificaciones de los autores. Así, por ejemplo, Stefan Zweig y Gustav Meyrink son "escritores austriacos", pero también "literatura en alemán".

Por otra parte, no tiene tampoco sentido ser estrictos con el lugar de nacimiento de los autores: es preferible clasificarlos en aquellas literaturas en las que se integraron o con las que se identificaron: Kant con la filosofía alemana, Márai con la literatura húngara, Beckett con la irlandesa y con la francesa... Somos también conscientes de que esta clasificación crea anacronismos, nacidos de proyectar al pasado los esquemas estatales o nacionales presentes -anacronismos comunes en la crítica y la historia literaria en general, y en los sistemas educativos en particular...-; pero pensamos que la alternativa -etiquetar a Dante como "escritor florentino" en vez de como "escritor italiano", o a Goethe como "escritor del Sacro Imperio Romano Germánico" en vez de "escritor alemán"-, aunque históricamente más exacta, dificultaba en vez de favorecer la navegación por el blog.

En todo caso, no deberíamos olvidar que la finalidad de las etiquetas en el blog -lo mismo que la de las categorías de wikipedia- es facilitar la navegación del lector; y si Samuel Beckett debe aparecer como "literatura irlandesa", "literatura francesa", "escritores en inglés" y "escritores en francés", no hay ningún problema. Después de todo, no nos cobran por cada etiqueta...