domingo, 15 de noviembre de 2015

Colaboración: Golpe de fortuna de Gonzalo Ostagain

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2003
Valoración: recomendable

El atletismo y la narrativa tienen bastante que ver, y me explico: cojan ustedes a Usain Bolt y a Fernando Iwasaki y no verán entre ellos el menor parecido físico pero ambos, el jamaicano y el peruano, son, cada uno a su manera, excelentes velocistas. Un atleta, como un narrador, debe encontrar su distancia idónea, su zona de confort, esa longitud en que pueda conseguir el máximo rendimiento. Digo todo esto a raíz de mi última lectura, Golpe de fortuna, de Gonzalo Ostagain.

Hace años el autor vizcaíno ganó el Lope García de Salazar con un cuento impagable, "La arpía y su bestia favorita". Sigo reconociendo al autor de esa maravilla en este volumen de micros pero percibo en algunos de ellos cierta precipitación: las tramas son geniales pero algunos desenlaces chirrían levemente, bien por demasiado explícitos, bien por apresurados.

En los más humanos ("Para lo que sea menester", "Las artes de la dominación", "Filatelia", "Modu Tollendo Ponens", "Flotación traumática"), los protagonistas, llevando la contraria al título, son seres desafortunados, desorientados, desencantados y a los que la vida les reserva una última barrabasada. Es curiosamente en su descripción donde más se nos seduce: la sutileza, la ironía, el piadoso sarcasmo con que se nos da cuenta de los avatares que los han colocado en el nudo de la historia están muy bien modulados.

En otros, una lágrima anega "Baikal", un bosque se conjura contra sus "Taladores", unos libros se escapan de una biblioteca en una insólita "Desbandada"… En "Cuando despertó" se rinde un irreverente homenaje a Monterroso.

Los desenlaces son una continua sorpresa aunque a veces se echa de menos en la conclusión la delicadeza que hemos notado en el desarrollo. Son justamente aquellas historias que no están condicionadas por esa última vuelta de tuerca, por ese trompo que siempre se le supone al género, las más jugosas ("Polígono amoroso", "El ángel descalzo").

No se les ocurra saltarse el maravilloso prólogo de Aurelio Pizarro. Imposible con este comienzo: "El reloj es el más inquietante símbolo de la muerte, el segundo es la rutina. Bajo el acecho combinado de estas dos fuerzas discurren nuestros días".

El seudónimo bajo el que se oculta el autor, Santiago González, es la prueba definitiva de su genialidad.

Firmado: Aster Navas