lunes, 2 de noviembre de 2015

Sarah Orne Jewett: La tierra de los abetos puntiagudos

Idioma original: inglés
Título original: The Country of the Pointed Firs
Año de publicación: 1896 (En España: septiembre 2015)
Valoración: Recomendable


Cada lectura tiene su momento: hora, estación del año, edad... Al carecer de cualquier clase de aristas, esta novela iría de perlas detrás de un texto duro y descarnado o de difícil digestión; a la caída de la tarde o en cualquier momento melancólico; y en otoño, precisamente.

Esto es así porque todo lo que contiene, de algún modo, nos habla del silencio. Que no consiste solo en la ausencia de ruido sino en algo más asumido y profundo, como el recogimiento que hace falta para que descienda la inspiración precisa en cualquier actividad creativa, la ausencia de voces que acompaña al navegante en medio del océano, el necesario para el trabajo artesano –como esa recogida concentrada de hierbas medicinales que realiza la señora Todd–, el que envuelve la vida de esas gentes solitarias, algo hurañas, habituadas a las rigurosas condiciones del campo o el que se cierne sobre una aldea tan tranquila y retirada como la que se describe.

Los personajes no parecen gran cosa y, sin embargo, están tan llenos de verdad que los sentimos como entrañables en cuanto llegamos a conocerlos. Tampoco ocurre nada extraordinario. Orne Jewett ha compuesto un amable cuadro de costumbres, repleto de poesía y conocimiento del entorno. Excusa: la llegada de una escritora con el objetivo de aislarse de distracciones y conseguir que le cunda su trabajo. No hay mejor modo de presentar a los lectores un lugar y sus habitantes que a través de la mirada de un extraño. Y eso es lo que hace nuestra protagonista, trasladar en primera persona todo lo que escucha y ve. De ahí que paisajes, diversiones, tipos excéntricos y confidencias se sucedan uno tras otro con toda la espontaneidad de lo vivido. Por cierto, debido a la gran sensibilidad que despliega la autora y a lo meticuloso de las descripciones, La tierra de los abetos puntiagudos me recuerda un poco a la literatura oriental.

Se percibe cierto carácter naíf que debemos atribuir a la época. La novela no es una recreación de tiempos pasados, se escribió a finales del siglo XIX aunque la leamos por primera vez ahora. Esto le imprime un sello testimonial que, junto a la novedad de una personalidad literaria, prolífica pero prácticamente inédita en castellano, supone una valiosa experiencia. El lenguaje incrementa esa sensación. Sus términos algo anticuados y la sintaxis sencilla, vertidos con todo rigor al castellano, producen la impresión de algo añejo para mostrar una arcadia idílica pero que mantiene los pies en la tierra.

También hay que señalar un discreto didactismo. Virtudes que en una época tan cínica como la que estamos viviendo parecen despreciarse en literatura se ensalzan aquí sin aspavientos. El apego a la vida, la conservación de la naturaleza, la dedicación a un trabajo duro y exigente, el respeto por las particularidades de los otros, el valor de la amistad, entre otras, se alían para componer un relato creíble y razonablemente optimista.