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viernes, 13 de marzo de 2009

Cormac McCarthy: La carretera


Idioma original: inglés
Título original:
The Road
Año de publicación:
2006
Valoración: Muy recomendable

La idea de la que parte Cormac McCarthy (el misterioso y prestigioso autor de No es país para viejos) en La carretera ha sido ya tratado ya en decenas, si no cientos, de libros y películas: se ha producido algún tipo de catástrofe apocalíptica en la Tierra, y sólo unos pocos seres humanos han sobrevivido. Un argumento que recuerda, por ejemplo, a Soy Leyenda (el libro de Richard Matheson y sus múltiples adaptaciones cinematográficas), Apocalipsis de Stephen King, 28 Días Después o Mad Max, entre otros mundos ficticios.

Sin embargo, McCarthy consigue evitar muchos de los tópicos y los peligros del subgénero. Para empezar, no se enreda con explicaciones sobre el origen del mal, que normalmente suelen caer en lo moralizante o lo simplista; en La carretera es difícil saber cuál es la causa de la catástrofe: sabemos que tiene que ver con la contaminación, y muy probablemente con el cambio climático (aunque esto nunca se dice explícitamente). Lo único que sabemos es que el cielo está cubierto de cenizas, que las plantas y los animales se han extinguido, y que la humanidad está a punto de seguir el mismo camino.

Pero además, el autor también evita construir la típica épica apocalíptica y prefiere un tono menor, más contenido, muy de su estilo. La historia se centra en torno a un hombre y su hijo (cuyos nombres ignoramos) y su interminable viaje sin esperanza hacia el sur y hacia la costa. Hay, por supuesto, buenos y malos ("nosotros somos los buenos", repite el niño cada cierto tiempo, buscando reafirmarse), pero, a diferencia de las variantes del mito postapocalípitico en que los malos se han transformado en zombies, en La carretera siguen siendo hombres: caníbales, desesperados, pero hombres, lo que impide reconocerlos a primera vista, e incluso puede llevar a dudar de qué lado se encuentra uno mismo.

La carretera ha recibido enormes elogios -elogios que probablemente son exagerados-: ganó el Premio Pulitzer en 2007, ha sido adoptada como propia por conocidos ecologistas estadounidenses, e incluso fue declarada por Entertainment Weekly como la mejor obra de ficción o no ficción de los últimos 25 años. Bueno, no nos pasemos. Digamos, simplemente, que Cormac McCarthy es un gran escritor, con un estilo brusco y conciso y un pulso narrativo envidiable, y que La carretera es una de sus mejores novelas, una especie de reactualización del miedo apocalíptico de la Guerra Fría, en la que el horror no es ya la guerra nuclear, sino el cambio climático.

También de Cormac McCarthy en ULAD: No es país para viejos, El Sunset Limited, Meridiano de sangre, Hijo de Dios, La oscuridad exterior

lunes, 18 de mayo de 2009

Milan Kundera: La inmortalidad.

Idioma original: checo.
Título original: Nesmrtelnost.
Año de publicación: 1988.
Valoración: Muy recomendable.

A pesar de no ser, en mi opinión, el mejor libro de Kundera, "La inmortalidad" está lleno de ideas y formulaciones brillantes.

Muy en el estilo de su autor, esta es una novela que huye de la estructura lineal y del encadenamiento de hechos y acciones; más bien, utiliza ciertas anécdotas o situaciones, entremezclando en ellas la vida real y la ficción, para reflexionar sobre cuestiones de gran hondura.

Así, por ejemplo, nos habla del deseo del ser humano de trascender, más allá de su muerte, perpetuándose de algún modo en el arte o el recuerdo de otros seres. También de la belleza, la casualidad con sus diferentes matices (un tema que parece obsesionar a Kundera)... y muchos otros asuntos de los que se nos da una visión novedosa y muy interesante.

Como muestra, un par de fragmentos en los que vale la pena detenerse:

"Pienso luego existo, es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general y se refiere a todo lo vivo. Mi yo no se diferencia esencialmente del de ustedes por lo que piensa. Gente hay muchas, ideas pocas: todos pensamos aproximadamente lo mismo y las ideas nos las traspasamos, las pedimos prestadas, las robamos. Pero cuando alguien me pisa el pie, el dolor sólo lo siento yo. La base del yo no es el pensamiento, sino el sufrimiento, que es el más básico de todos los sentimientos. En el sufrimiento, ni siquiera un gato puede dudar de su insufrible yo. En un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo. El sufrimiento es la universalidad del egocentrismo."

"Camino: franja de tierra por la que se va a pie. La carretera se diferencia del camino no sólo porque por ella se va en carro, sino porque no es más que una línea que une un punto con otro. La carretera no tiene sentido en sí misma; el sentido sólo lo tienen los dos puntos que une.El camino es un elogio del espacio. Cada tramo del camino tiene sentido en sí mismo y nos invita a detenernos.
La carretera es la victoriosa desvalorización del espacio, que gracias a ella no es hoy más que un simple obstáculo para el movimiento humano y una pérdida de tiempo.
Antes de que los caminos desaparecieran del paisaje, desaparecieron del alma humana; el hombre perdió el deseo de andar, de caminar con sus propias piernas y disfrutar de ello. Ya ni siquiera veía su vida como un camino, sino como una carretera: una línea que va de un punto a otro, del grado de capitán al grado de general; de la función de esposa a la función de viuda. El tiempo de la vida se convirtió para él en un simple obstáculo que hay que superar a velocidades cada vez mayores.
El camino y la carretera son también dos concepciones diferentes de la belleza. Cuando alguien dice que en tal o cual lugar hay un paisaje hermoso, eso significa: si paras el carro verás un hermoso castillo del siglo xv y junto a él un parque; o: hay allí un lago y, por su brillante superficie, que se extiende a lo lejos, navegan los cisnes. En el mundo de las carreteras un paisaje hermoso significa: una isla de belleza unida por una larga línea a otras islas de belleza.
En el mundo de los caminos la belleza es ininterrumpida y constantemente cambiante; a cada paso nos dice: ¡detente!"

Junto a la historia de Agnes y Laura, y las anécdotas relacionadas con Goethe, Rubens y otros artistas, encontramos hondas reflexiones sobre la belleza, el arte, el amor, la muerte...

Una obra francamente recomendable.

Todas las reseñas sobre Milan Kundera en ULAD: Aquí

martes, 12 de mayo de 2020

Agota Kristof: El monstruo y otras obras

Idioma original: francés
Título original: Le Monstre et autres pièces
Traducción: José Ovejero
Año de publicación: 2007
Valoración: recomendable

En el panorama literario existen una serie de autores donde sus vivencias y experiencias vitales marcan de manera inexorable el contenido de su obra. Agota Kristof es, sin duda, uno de ellos, pues su vida, narrada perfectamente en su autobiografía «La analfabeta», se evidencia en sus libros. Y, a pesar de ser una autora conocida principalmente por sus novelas, sus inicios literarios se movieron en el terreno del teatro, un teatro que le ofrecía el escenario perfecto para compensar sus carencias con el francés (su idioma de acogida), y le proporcionaba una pequeña parcela (pues sus obras son muy breves) para hablarnos de la condición humana, el territorio y el desarraigo, la alteridad.

En este volumen recopilatorio de cuatro de sus temas teatrales y, de manera similar, a como ya sucedía en «La hora gris y otras obras», la autora teje breves piezas teatrales en las que expone de manera sarcástica en ocasiones y surrealista en otras (incluso jugando con el absurdo) sus dudas y sus temores hacia uno mismo, pero también hacia una sociedad que mira de reojo a sus conciudadanos y, especialmente, a los extranjeros. Es inevitable recordar que Kristof, húngara, tras el pacto de Varsovia huyó a Austria a los veintiún años con su marido (implicado en la revolución contra el régimen pro-soviético) y su hija de cuatro meses y este hecho la marcó profundamente, tal y como cuenta en «La analfabeta». Por ello, sus obras teatrales son herederas de su vida y su pasado, de sus vivencias y experiencias, y así queda reflejado en las cuatro obras teatrales incluidas en este recopilatorio.

El monstruo (1974)
Empieza la obra con la presentación de los personajes y una declaración de intenciones, pues la autora evidencia que la potencia de su obra está radicalmente en los diálogos al afirmar, ya de entrada, que «la obra se compone de seis escenas y puede representarse sin decorado». Así, el decorado es algo superficial, una añadidura posible al texto que es el elemento central de la obra y donde radica lo que la autora quiere exponer.

Esta pieza teatral empieza con la aparición de un monstruo, al que todo el mundo teme hasta que se acostumbran a él. Bien, siendo precisos, todo el mundo a excepción de un único personaje que sigue en sus trece defendiendo que el monstruo es malo y deben matarle. Un monstruo al que tienen encerrado, pero que va creciendo, ensanchando el lugar donde está encerrado y, con ello, echando a la gente de sus casas, desplazándoles. En una simbología que hace referencia al territorio, a lo que creemos propio, a la inseguridad física, pero también emocional.

Sin contar más del desarrollo de la pieza teatral, Kristof utiliza la figura del monstruo para simbolizar lo diferente, lo que desconocemos, lo que tememos que acabe conformando y cambiando nuestras vidas; bajo este escenario solo hay dos opciones: acostumbrarse a él, o destruir todo aquello que el monstruo ha cambiado.

La carretera (1976):
En esta obra, Kristof nos sitúa en un escenario casi post apocalíptico donde toda la Tierra está cubierta de asfalto, de carreteras, y nada más. El sol, las flores, la hierba, los árboles e incluso las casas son simplemente recuerdo, o incluso leyendas que sus habitantes cuentan. Y en ese mundo, lleno de asfalto y carreteras, los personajes caminan y caminan, solo caminan, pues no conocen otra cosa que no sea caminar. Hacia dónde es lo de menos porque las carreteras no tienen salida. Así lo expone la autora en el propio texto al afirmar que «la carretera es la vida, el movimiento, es caminar» para continuar afirmando que «es preciso seguir... caminar... caminar… no morir… todavía no… todavía no.»

Así, en una clara analogía de la vida, Kristof nos plantea un símil entre las carreteras y los caminos con los que nos encontramos en la vida, de cómo seguimos su curso a veces sin pensar si otros caminos son posibles, si existe algo más de lo que vemos. Kristof despliega en esta obra, a pesar del pesimismo inicial, un mensaje de cierta esperanza, de alzar los ojos y aceptar otras vidas posibles.

La epidemia (1975):
En la que seguramente se trate de la obra más extraña de las cuatro que componen el libro, Kristof juega con el absurdo y los juegos de palabras, nutriendo la obra de diálogos llenos de malentendidos y sarcasmos, recordándome en ciertos momentos a «John y Joe».

En esta obra, una epidemia de suicidios se va extendiendo en el territorio, en un relato que oculta bajo su apariencia frívola un aura de tristeza y pesimismo, una falta de objetivos, intenciones y deseos de vivir, aunque la figura de un Convencedor luche para contrarrestarlo. Esta obra es una analogía de lo que probablemente vio Kristof en la sociedad de su infancia, una sociedad terriblemente marcada por las guerras y la miseria, sin expectativas ni futuro, donde la vida cada vez tenía menos sentido.

La expiación (1982):
En esta breve obra, Kristof narra la relación entre un músico ciego que pide limosna y un sordo. La autora utiliza la relación entre ambos para tratar sobre los actos realizados y si somos merecedores de la expiación de los mismos. Nos habla de responsabilidades, de actos y consecuencias.

Personalmente, «El monstruo» y «La expiación» son las dos obras que destacaría por encima del resto, aunque todas ellas tienen interés por el mensaje que subyace, más que por el estilo, y es que, a pesar de la diferencia en su enfoque y planteamiento, abordan el tema de la condición humana al hablar de la integridad, la identidad, la guerra y sus consecuencias. Estos ejes son claves para entender la obra de Kristof que vendría después del teatro, un teatro con el que se inició en la escritura al darse cuenta que podía utilizar frases cortas y no requería un excesivo dominio del vocabulario, elementos clave para empezar a escribir en una lengua extraña para ella como era el francés.

A pesar de que se trata de obras breves y en algún caso algo sintéticas, extrañas y de estilo sencillo sin muchas florituras ni alardes estilísticos, sí son piezas literarias clave para entender la obra que Kristof elaboraría después, así como para entender también que el pasado y la vida vivida por la autora son elementos nucleares e insoslayables a la hora de elaborar su obra literaria.

En Agota Kristof, la marca de su pasado influye de manera incuestionable en los temas sobre los que gira su obra y que, en mayor o menor medida son expuestos en estas obras: la soledad, el sentirse extraño, la guerra, la culpa, la crueldad y la violencia física o social, incluso aunque venga oculta bajo un disfraz de cómicos diálogos.

A veces la comedia o la ironía es la única vía para afrontar la dureza de la vida, y Kristof en todas estas obras escritas al principio de su carrera así lo demuestra acercándose, tras esos tintes sarcásticos, a la dificultad de una vida marcada por la huida y la dificultad en arraigar, de nuevo, a una tierra, una lengua, un hogar, y convertirse, pese a ello, en una autora clave de la literatura de finales del siglo XX.

sábado, 2 de marzo de 2024

Jorge Icaza: Huasipungo

Idioma original:
español
Año de publicación: 1934
Valoración: recomendable como lectura, imprescindible como documento
 
Hay libros que quizás no sean lecturas agradables o particularmente placenteras; que quizás no se transformen en tu libro favorito, ese al que vuelves una y otra vez, y que regalas a todas tus amistades a la primera oportunidad; pero que sin embargo constituyen documentos imprescindibles para comprender un lugar y una época, para denunciar opresiones o injusticias a través de la ficción. Ese es el caso de Huasipungo, una obra cuya lectura puede ser ardua (por su forma y por su contenido), pero que ofrece un conmovedor e impactante testimonio de la situación de explotación inhumana en la que se encontraban los indígenas en el Ecuador de comienzos del siglo XX.

Para ofrecer este testimonio, la novela explora y entrelaza los destinos de dos hombres bien diferentes: Alfonso Pereira, el dueño de una extensa y mal gobernada plantación en el interior de Ecuador; y Andrés Chiliquinga, un indio de la hacienda de Pereira acosado por la desgracia, la miseria y la injusticia. Al comienzo de la novela, Alfonso Pereira, hostigado por su tío y por un inversor estadounidense (pero también por el embarazo no deseado de su hija) decide trasladarse a sus propiedades de Cuchitambo, para supervisar la instalación de una explotación maderera y la construcción de una moderna carretera. Vemos, así, que la situación de miseria y práctica esclavitud en la que vivían los indígenas (con sus "huasipungos", pequenas parcelas de tierra cedidas por los terratenientes, como única posesión) se ve empeorada aún más, con la imposición de nuevos trabajos, nuevas violencias, nuevas injusticias. 

La crítica de Jorge Icaza es implacable: tanto el poder económico (representado por Pereira y por el señor Chapy, con su deseo de enriquecimiento a cualquier coste), el poder político (representado por el teniente político Jacinto Quintana) o el poder religioso (en la persona de un cura avaricioso, lujurioso y sin escrúpulos), todos demuestran el mismo egoísmo, la misma deshumanidad, el mismo desprecio por los indios, a los que tratan como posesiones reemplazables y molestas. Tampoco los propios indígenas aparecen en absoluto idealizados: son seres alcoholizados, violentos con sus mujeres, negligentes con sus hijos, supersticiosos, sumisos. Es obvio que la simpatía del narrador (y del autor) están de su parte, pero eso no significa que se los eleve a la categoría del "buen salvaje".

Como decía al principio, esta puede resultar una lectura algo ardua, en primer lugar porque no se escatiman detalles en la descripción de las numerosas violencias (psicológicas, físicas y sexuales) que se ejercen sobre los indios o, en menor medida, los "cholos", o de las condiciones miserables e infrahumanas en las que viven los indígenas. (La escena en la que los indios, incluidos Andrés y su familia, consumen carne podrida de buey es paradigmática en este sentido). Por otra parte, hay un esfuerzo consciente (y progresivo a medida que avanzaban las ediciones de la obra) por representar con fidelidad el habla de los indios, que mezcla un español deformado con palabras y estructuras propias del quecha; aunque la novela incluye un útil glosario al final, puede resultar difícil comprender algunos diálogos, sobre todo al principio de la lectura.

Que el principal valor de la novela sea su carga de denuncia de una opresión inhumana, no quiere decir que carezca de virtudes o valores estéticos: las causas más justas pueden dar lugar a obras artísticas infumables, pero no es este el caso. En primer lugar, cabe destacar la inteligencia y eficacia de la estructura narrativa, que combina la alternancia de focos (entre Pereira y Andrés) anteriormente mencionada, pero también una progresión o adensamientod e los conflictos que llevan a un desenlace inevitable. También sorprende la belleza (aunque sea una belleza terrible) de ciertas páginas o ciertas descripciones de paisajes, personajes o situaciones, o la potencia de muchas escenas, como aquella en la que un indio queda atrapado en el lodo en medio de la corriente durante la construcción de la carretera. 

Por todo ello (su capacidad de denuncia, unida a su magistral composición, Huasipungo está considerada como una de las principales representantes, si no el principal, de la novela indigenista, a la que también pertenecen Los ríos profundos de José María Arguedas o El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría. Se trata de un subgénero específico de Hispano-América, pero que puede relacionarse con el desarrollo del realismo social en otras latitudes o tradiciones. Así, el grito con el que acaba la novela ("¡Ñucanchic huasipungo!", "¡el huasipungo es nuestro!") trasciende su ámbito concreto, para convertirse en un grito solidario con muchos otros: el grito de los oprimidos que se rebelan contra sus opresores.

jueves, 13 de junio de 2013

Margaret Atwood: Oryx y Crake

Idioma original: inglés
Título original: Oryx and Crake
Año de publicación: 2003
Valoración: Recomendable

Ya hemos hablado aquí alguna vez del creciente interés que la ciencia ficción (o ficción especulativa, por usar un término más amplio) está despertando en autores consagrados en otros géneros: Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, La carretera de Cormac McCarthy, en España Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero... Y también Margaret Atwood, que se integra en el subgénero post-apocalíptico con esta novela, Oryx y Crake, y sus secuelas (una publicada y otra en camino).

El inicio de la novela sitúa al lector en un escenario reconocible: un personaje conocido como "Hombre de las Nieves" recorre un mundo en ruinas, sucio, solitario y hambriento. Algo ha sucedido (todavía no sabemos qué) que ha provocado la práctica desaparición de la especie humana, sustituida por una nueva especie conocida como crakers, y ha reducido la civilización a ruinas y a polvo. Además, pronto descubrimos que en este mundo habitan criaturas híbridas, como los cerdones, los mofaches o los loberros (mis enhorabuenas al traductor, Juanjo Estrella, por su adaptación de estos y muchos otros neologismos que aparecen en la novela).

Luego, a través de flashbacks, asistimos a la vida del Hombre de las Nieves (nombre real: Jimmy) desde la adolescencia hasta la edad adulta, y su relación con su genial amigo Crake (nombre real: Glenn). Así, el lector se esfuerza por intentar adivinar cómo se ha podido pasar desde A -el mundo, ya decadente, en que vive y trabaja el joven Jimmy- a B -el mundo postapocalíptico en que vive Hombre de las Nieves. La respuesta solo se conocerá en los últimos capítulos, en que Hombre de las Nieves vuelve al lugar en el que se inició todo: el laboratorio conocido como Paraíso en un complejo científico-empresarial de bioingeniería. El nombre de Paraíso no es casual: muchos elementos en esta novela, como en Mecanoscrito del segundo origen de Pedrolo, tienen una clara filiación bíblica.

Margaret Atwood parece partir de un principio semejante al de John Brunner en El rebaño ciego (aunque Atwood es menos gráfica en sus descripciones): el desarrollismo científico, si no se equilibra con ecologismo y humanismo, nos va a llevar al desastre. De hecho, la sociedad que presenta Atwood inmediatamente antes de la catástrofe se caracteriza por la segregación social (los ricos en complejos protegidos, los pobres en "plebillas", suburbios inmundos y contaminados),  el cambio climático (que ha sumergido una parte importante de la costa Este de EE.UU.) y el control de grandes empresas químicas, farmacéuticas o biogenéticas dedicadas a la manipulación genética de plantas, animales e incluso humanos.

El peligro que le veo a esto es que se meta todo en un mismo saco (en una misma caja de Pandora): la investigación genética, el desarrollo de nuevos fármacos, internet (que en la novela es vehículo de pornografía infantil y violencia extrema), la globalización, el cultivo de órganos humanos en animales para transplantes, la creación de pollos sin plumas ni cabeza para que sean más fáciles de procesar, la contaminación, la hipertecnificación de la sociedad... En fin, que la prudencia y la necesaria vigilancia a los avances técnicos, sobre todo cuando están supeditados a los intereses empresariales, parece transformarse a veces en un cierto ludismo o conservadurismo generalizado. Así, el espíritu crítico de Atwood, su sátira de la sociedad contemporánea, se impone en este sentido a la creación de personajes profundos o simpáticos; sorprende en especial la parquedad y superficialidad de los personajes femeninos, Oryx incluida.

Pero al margen de estas consideraciones, Oryx y Crake es una buena novela dentro de su sub-género, con elementos de aventura, romance y thriller, aunque sin la densidad ni la capacidad sugestiva de La carretera, en mi opinión. Una lectura más entretenida que rompedora, aunque desde luego muy efectiva.

También de Margaret Atwood: Érase una vez, El asesino ciego, Doña Oráculo, Por último, el corazón, Nada se acaba, La semilla de la bruja, Alias Grace, Un día es un día, Los testamentos, El cuento de la criada, Posturas políticas

sábado, 14 de febrero de 2015

Eça de Queirós y Ramalho Ortigão: El misterio de la carretera de Sintra

Idioma original: portugués
Título original: O mistério da estrada de Sintra
Año de publicación: 1870 (1884)
Valoración: está bien

Hoy en día nos parece muy posmoderno esto de que los escritores de literatura seria se dediquen a la novela policiaca (como John Banville y su serie de Benjamin Black); sin embargo, hay muchos antecedentes de esto: en la literatura portuguesa, sin ir más lejos, Pessoa escribió unos relatos de Quaresma, descifrador, y ya algunas décadas antes Eça de Queirós y Ramalho Ortigão se habían lanzado con este Misterio de la carretera de Sintra, que si bien no tiene todos los rasgos que hoy esperamos en una novela policiaca, desde luego que parte del argumento típico de un whodunit: un cadáver misterioso cuyo asesino se desconoce.

En realidad, El misterio de la estrada de Sintra es una broma literaria que sus autores publicaron por entregas, y sin firma, en el Diário de Notícias de Lisboa, como si fueran cartas anónimas enviadas por un conjunto de personajes no identificados (el doctor ***., F., Z., A.M.C., la condesa de W...) para intentar explicar quién es ese hombre que aparece muerto en una casa de Lisboa (¿o será de Sintra) junto a un vaso vacío con restos de opio. Así, la novela tiene la forma de un conjunto de cartas, pero también una estructura de "historia dentro de la historia", ya que para explicar esa muerte es necesario contar la vida y aventuras de varios de los personajes, incluidos episodios sucedidos en la India o Malta.

Parece ser que en el momento de su publicación la novela causó bastante escándalo, ya que los lectores la tomaron por verdadera y jugaron a identificar quiénes podían ser los auténticos protagonistas de la historia. Ahora esto parece increíble, porque uno reconoce todos los tópicos, las exageraciones y el exceso de sentimentalismo romántico que los autores comparten aunque también los caricaturicen hasta cierto punto. De hecho, si hiciéramos caso a los propios autores en el texto de la tercera edición de la obra, la clasificación de la novela tendría que haber sido "execrable", por su acumulación de "cadáveres elegantes", "toilettes románticas", "siniestros vasos de opio"... La evolución posterior de ambos autores, hasta convertirse en representantes máximos del realismo portugués, explica que renegasen de esta novela, aunque permitiesen su reimpresión en formato de libro:



Todas estas coisas, aliás simpáticas, comoventes por vezes, sempre sinceras, desgostam todavia velhos escritores, que há muito desviaram os seus olhos das perspectivas enevoadas da sentimentalidade, para estudarem pacientemente e humildemente as claras realidades da sua rua.
[Todas estas cosas, aunque simpáticas, conmovedoras a veces, siempre sinceras, disgustan sin embargo a estos viejos escritores, que hace mucho que apartaron sus ojos de las perspectivas brumosas de la sentimentalidad, para estudiar paciente y humildemete las claras realidades de su calle]
Para el lector actual, El misterio de la carretera de Sintra no resulta tan interesante como para sus lectores originales, en primer lugar porque obviamente no puede reconocer a los referentes reales de los protagonistas (si es que estos existieron alguna vez) pero también, sobre todo, porque la estética post-romántica de la novela nos resulta demasiado lejana. Es sin duda un objeto literario imprescindible (se dice, de hecho, que es la primera novela policiaca portuguesa), pero para quien quiera leer algo de Eça de Queirós le recomendaría más bien empezar por Los Maia, El primo Basilio o El crimen del padre Amaro.

Yo he leído la novela en portugués (se puede descargar gratis y legalmente aquí), que para algo vivo en Lisboa; pero hay una edición reciente de Acantilado con traducción de Carmen Martín Gayte.

También en ULAD: Los Maia, Adán y Eva en el paraíso

martes, 20 de diciembre de 2016

Gloria Steinem: Mi vida en la carretera

Resultado de imagen de mi vida en la carretera amazonIdioma original: inglés
Título original: My Life on the Road
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable



Contra lo que pudiera parecer a la vista del título, este no es exactamente un libro de viajes. Podríamos considerarlo más bien la crónica de una parte del activismo político-social estadounidense en los últimos cincuenta años. En él encontramos mucho idealismo, obstáculos que derribar, hallazgos ideológicos, personajes abnegados y personalidades inmovilistas, los vaivenes sociales producidos durante todo ese tiempo, un esfuerzo titánico y sostenido, procedimientos para unificar criterios disparares cuando el objetivo es mejorar la vida todos y –eso es cierto– mucha, mucha carretera.
Gloria Steinem (nacida en 1934) es una activista comprometida desde los años 60 con la causa del feminismo y, en general, con la defensa de los más débiles que, a consecuencia de haber vivido una infancia viajera, no pudo sustraerse al gusanillo del nomadismo, emprendido con un propósito altruista, del que no se ha desprendido hasta hoy.
Mediante un sinfín de jugosas anécdotas, Steinem muestra lo que se ha ido logrando en toda una vida de militancia, en la suya y en la de otras personas, pero sobre  todo cuenta lo que ve. Es una observadora vivaz que aprende de sus compañeros, sí, pero todavía más de la gente, pues considera que tanto los individuos como pueblos y culturas minoritarias tienen mucho que aportar a la convivencia de todos. En consecuencia, escucha, toma nota, pone en relación a unos con otros para que se enriquezcan mutuamente e intenta que toda esa efervescencia obtenga una repercusión en diversos ámbitos. Tan esencial le parece modificar ciertas leyes como recaudar fondos de particulares, conseguir apoyo económico estatal para proyectos concretos, derribar prejuicios, cambiar mentalidades o mejorar infraestructuras. Había mucho que hacer cuando empezó y, a pesar de lo conseguido, todavía queda más que entonces, porque el horizonte se va ampliando.
Lo mejor de todo es que, a través de sus propios descubrimientos, de sus constantes sorpresas y su curiosidad sin límite, vamos conociendo un poco mejor ese país inmenso que es Estados Unidos, lejos de tópicos interpuestos y de intereses publicitarios. La estructura, y esto me parece un hallazgo, no se basa en un criterio cronológico sino temático. Una temática muy personal y aparentemente arbitraria, que se inicia con la huella que dejó en ella el espíritu viajero paterno y va ampliando el foco hasta llegar a las culturas indígenas. En el recorrido encontramos una descripción, y defensa apasionada, de lo que representan las asambleas ciudadanas para la consecución de determinados objetivos, un alegato a favor del viaje colectivo por lo que supone de experiencia vital, la enorme cantidad de savia nueva que la universidad aporta año tras año, la inyección de adrenalina que supone entusiasmarse por causas propias o ajenas y el conjunto de experiencias exóticas que se viven cuando alguien con la curiosidad que ella tiene transita por el mundo.
Toda esa multiplicidad de relatos le obliga a sintetizar, a dar primacía a la cantidad en detrimento del contexto. En esos casos la lectura se hace algo monótona, pero pronto recupera la energía y la descripción de ambientes y actitudes nos devuelve la posibilidad de conmovernos. Recordemos que se trata de una crónica que atraviesa varias décadas y que el simple recuerdo personal así como la recopilación de datos supone un esfuerzo considerable.
El propio lector emprende un largo viaje, visita todo tipo de lugares, acaba implicado en las problemáticas, pero sobre todo llega a conocer todo un repertorio de individuos a cual más pintoresco, profundiza en la idiosincrasia de Estados Unidos, se impregna de colorido local y se encariña con un puñado de gente entrañable (como Florence Kennedy, como el padre Harvey Egan, como Wilma Mankiller o como Bella Abzug) que han acompañado a la autora a lo largo del tiempo y que acabamos admirando tanto como ella e, incluso, a sentirlos también un poco nuestros.

lunes, 24 de agosto de 2015

Reseña + entrevista: Los turistas desganados de Katixa Agirre

Idioma original: euskera
Título original: Atertu arte itxaron
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

Nota inicial: esta reseña se publicó originalmente con motivo de la edición, en 2015, de la versión original de la novela en euskera, con el título de 'Atertu arte itxaron'. La entrevista ha sido realizada, en cambio, con motivo de la publicación de la traducción al castellano, en octubre de 2017, con el título de 'Los turistas desganados'.

¡Curioso libro este, que se empeña en explicarse a sí mismo y no nos deja a los críticos casi ningún trabajo por hacer! Así dice en uno de los primeros párrafos: "La carretera y el viaje, la metáfora de asfalto, el autoconocimiento, la penitencia, el destierro, la travesía del desierto. Ítaca. Un género con una abundante tradición en la historia de la literatura. Qué te piensas. Estas cosas se hacen con fundamento. Con una revisión de la literatura anterior. Status quaestionis". Y sigue luego, efectivamente, con una breve revisión de algunos antecedentes del género de viajes: Don Quijote, On the road, Lolita...

Porque, efectivamente, esta novela es casi una road novel: la reconstrucción de un viaje de vuelta a los orígenes (como la Odisea) pero también la historia de un vagabundeo sin objetivo definido más allá del propio viaje (como el Quijote y la novela de caballerías en general). Se trata, en este caso, del viaje que la protagonista y narradora, Ulia, emprende con su compañero, Gustavo, para mostrarle el País Vasco en el que nació: la casa de su madre en Vitoria, pero también Bilbao, Algorta, la costa vasca, San Sebastián...

Se trata, como dice el propio texto, de un viaje de autoconocimiento, y quizás más que eso, de conocimiento mutuo: tanto Ulia como Gustavo guardan secretos el uno para el otro, que solo desvelarán en las últimas páginas del libro. Pero la novela se compone también de otras líneas argumentales, como la reconstrucción de la vida pasada de Ulia (su adolescencia, su carrera truncada como cantante, su historia amorosa y sexual), sobre la relación de la madre de Ulia con un hombre llamado "Jota", y también algunos pasajes relativos a la vida de Benjamin Britten, que quedan algo lejanos del resto de la narración pero se justifican porque ese es el tema sobre el cual Ulia está escribiendo su tesis.

Es casi imposible no usar el término "posmoderno" para describir esta novela, no solo por la autorreferencialidad de la que ya hablaba antes (la narradora hace en varios momentos comentarios sobre el propio proceso de escritura, la selección de palabras, técnicas o perspectivas para contar la historia), sino también por la autoironía que aparece recurrentemente, por el fragmentarismo de la narración o por el juego (moderado) con el pastiche: en el texto se incluyen noticias del periódico (en euskera y en español), e incluso las instrucciones para preparar correctamente un white russian.

Pero Atertu arte itxaron no es solo una adaptación vasca de la road movie americana o una contribución a la narrativa vasca posmoderna (cuyo exponente más archiconocido es Bilbao-New York-Bilbao de Kirmen Uribe); es también una lectura ágil, con cabida para el humor y para la experimentación formal, para el melodrama y el erotismo; un paseo no turístico ni exotizante por un País Vasco que está encontrándose a sí mismo después de los años de violencia terrorista o allejera.

Otras obras de Katixa Agirre en ULAD: Hábitat


Entrevista con Katixa Agirre


Empezando por la (auto)traducción, ¿cómo ha sido el proceso? ¿Has reelaborado, o te has limitado a traducir? 

He sido fiel a lo que escribí en su día en un 99%. La verdad es que ha sido un proceso fácil y natural, conocía tan bien el texto que no me ha costado ponerlo en otra lengua.

 
¿Por qué ese cambio de título tan radical? 

Intenté una traducción literal, algo así como "Esperar a que escampe" y el verbo "escampar" me pareció entonces muy feo comparado con atertu, que es mucho más sugerente. Así que acabé rescatando uno de los muchos títulos que había descartado para la novela original, y lo traduje, y esta vez sí, me sonó bien.

 
¿Qué ha cambiado, en el País Vasco, y también en la literatura vasca, en los dos años desde que publicaste el original hasta ahora? ¿Crees que esa diferencia temporal puede afectar a la recepción de la traducción de la novela? 

No creo que el País Vasco haya cambiado mucho en este tiempo, quizá lo más reseñable, en el ámbito literario y también social, haya sido el éxito arrollador de Patria, y una cierta moda en torno al conflicto vasco en la literatura. No sé si esto es bueno o malo, puede ser bueno desde el punto de vista de marketing, pero quizá Patria haya agotado o asfixiado el tema, tengo dudas.

 
Esta es una novela muy posmoderna, en el sentido de que es muy autoconsciente de su existencia como narración (y como "literatura de viajes"). ¿Sigue vigente este paradigma literario, cultural, filosófico, o da muestras de agotamiento? 

Pues fíjate que yo la veo bastante clásica, con el viaje del héroe, sus pruebas y su clímax final. De haber algo, hay una parodia de lo posmoderno, esta tendencia a mezclar autora y narradora, a que la autora enseñe sus cartas continuamente e interpele al lector, porque esa asociación entre autora y narradora es pura ficción. Es cierto que la narradora explica el relato constantemente (básicamente, para quién escribe y por qué, incluso qué reacciones espera) pero esa explicación es pura invención, no son las verdaderas razones por las que yo escribí la novela.

 
En cierto modo, esta novela, como 'La línea del frente' de Aixa de la Cruz, reflexiona sobre la capacidad de dialogar y construir un discurso sobre eventos traumáticos. ¿Crees que esto es posible? En la novela, Ulia no consigue dialogar ni con su padre ni con su pareja... 

Es posible y necesario, hablar, contarse historias, darle sentido al pasado y al presente mediante el artilugio narrativo. Es una necesidad humana tan básica como la de respirar. Ulia no consigue hablar pero puede escribir. 

 
El epílogo y la frase final ("tengo muchas cosas que contarte"), ¿indican una cierta esperanza de que este diálogo "sanador" pueda darse en el futuro? 

Yo creo que el final, aunque abierto, sí es esperanzador, y la última frase es toda una declaración de intenciones: hay que seguir contándonos, contar y escuchar historias es la mejor manera no sólo de darle sentido a nuestras vidas, sino de generar empatía y entender al otro.  


¿Qué papel juega la biografía de Benjamin Britten en la novela? ¿Por qué decidiste incluirlo?
 

Como excusa de la tesis que está escribiendo la protagonista, doy pinceladas de la vida de este compositor inglés, sobre todo de su juventud, marcada por su pacifismo y su negativa a hacer la guerra justo cuando la guerra parecía más justificada, en plena ofensiva nazi. En las partes dedicadas a Britten es donde más de lleno se tratan los temas que en el resto de la novela solo se intuyen. ¿Es la violencia siempre rechazable? ¿Podemos ponernos de perfil cuando los acontecimientos históricos nos arrollan? ¿Tenemos derecho a negarnos a luchar cuando sabemos que otros lo harán por nosotros?


¿Crees que existe una "guerra por el relato" en el País Vasco, como tantas veces se ha dicho en los últimos años? ¿Qué papel puede/debe jugarla literatura en este contexto?
 

Siempre ha existido esa guerra a nivel simbólico: desde el lenguaje que acuñó la izquierda abertzale, hasta esa negación misma de que existiera un conflicto que se gestó, creo, en tiempos de Aznar. Que exista esa guerra simbólica, que esté viva, que cada cual tenga la libertad de contar cómo lo vivió y confrontar su experiencia con otras experiencias antagónicas, me parece positivo, aunque hay que recordar que esa libertad está aún hoy en día coartada (nada tan fácil como invocar a las víctimas para censurar esto o aquello). En general, me remito a lo dicho por Edurne Portela en El eco de los disparos, sobre la necesidad de una imaginación ética que venga fomentada por las representaciones artísticas de toda índole. Ahí es donde la literatura puede hacer su humilde aportación.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Libros para el fin del mundo

Por algún motivo, la idea del "Fin del Mundo" parece atraer a la imaginación humana. Hoy, 21 de diciembre de 2012, es uno de esos días en los que dicen que vamos a dar nuestro último aliento, solo porque hace un porrón de años a los mayas se les acabó el espacio en la piedra para meter más años. Pero esta confusión anecdótica revela una atracción intemporal por el destino final de la humanidad, del planeta o del universo, que se presenta al mismo tiempo como un momento de destrucción, sufrimiento y caos, pero también como un restablecimiento del orden cósmico: el juicio final en el que la humanidad en su conjunto, y cada ser humano en particular, paga por sus pecados.

De hecho, los mitos sobre el fin del mundo (o "escatológicos") están presentes en todas las grandes religiones: el hinduísmo, por ejemplo, cree que estamos en la última fase del ciclo o Kali Yuga (la más impura e infiel de todas, faltaría más), después de la cual Vishna disolverá y regenerará el universo; el "sermón de los siete soles" de Buda describe la destrucción del universo, después, también, de una fase de decadencia, inmoralidad y crimen. En las religiones de la tradición judeo-cristiana e islámica, el fin del mundo toma la forma de "Juicio Final" en que Dios resucitará y juzgará a los muertos por sus actos; por supuesto, no podemos hablar del Apocalipsis sin hablar del Apocalipsis, el último libro de la Biblia y uno de los más poéticos y simbólicos.

Pero no solo los textos religiosos se han ocupado del "final de los tiempos": la literatura también, con especial recurrencia en los últimos doscientos años. De hecho, una de las primeras obras modernas en plantear la desaparición de la raza humana es El último hombre (1826) de Mary Shelley (sí, la autora de Frankenstein), en el que la culpa la tiene una enfermedad incurable que se extiende por el mundo. O cómo no, La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, en que el viajero temporal termina cayendo en un futuro lejano en que la civilización ha desaparecido y la humanidad ha degenerado en dos especies distintas: los refinados Eloi y los brutales Morlocks (en otro salto hacia el futuro, el viajero temporal llegará a ver el momento de destrucción de la Tierra, a causa de un sol gigante y abrasador).

El siglo XX ha sido pródigo en ficciones apocalípticas, que han reflejado los sucesivos miedos dominantes: una epidemia incurable, la guerra nuclear, el calentamiento global... La ficción literaria o cinematográfica sobre la capacidad devastadora de las armas atómicas inundó la imaginación del siglo XX. Ray Bradbury, por ejemplo, incluyó en varios relatos de sus magistrales Crónicas marcianas (1950) un escenario de guerra nuclear de efectos devastadores sobre la Tierra.

En la rama epidémica se sitúa una de las novelas más influyentes del género, Soy leyenda de Richard Matheson (1954), que ha sido llevada al cine en varias ocasiones; aunque no es la primera: además de la obra de Shelley de la que ya hemos hablado, Jack London había escrito medio siglo antes una novela titulada La peste escarlata (1898) en que la humanidad es destruida por un virus. Una supergripe es también la causa del fin de la humanidad en Apocalipsis (título original, The Stand, 1990), de Stephen King.

Entre los relatos apocalípticos de origen ecológico se impone mencionar El rebaño ciego (1972) de John Brunner, una novela terible en que la polución y la sobreexplotación del planeta causan todos los males imaginables a los seres humanos. J. G. Ballard, otro autor clave del género de ciencia-ficción del siglo XX, jugó a imaginar distintos finales para el planeta tierra: el exceso de agua en El mundo sumergido (1962); la falta de agua en La sequía (1964), o un extraño fenómeno que transforma la materia en cristal en El mundo de cristal (1966). En Ciudad (1952) de Clifford D. Simak los humanos también son culpables de su propio final, pero por puro agotamiento y decadencia de sus estructuras sociales.

En otros casos, el origen del desastre proviene del espacio exterior: de nuestros amigos los marcianos. H. G. Wells, de nuevo, marcó la senda con su novela La guerra de los mundos (1898), creando una tradición que llega hasta el Mecanoscrito del segundo origen (1974) de Manuel de Pedrolo; mientras que en El día de los trífidos de John Wyndham, una extraña lluvia de meteoritos verdes y unas misteriosas plantas asesinas se reparten la destrucción del planeta. Philip Wylie y Edwin Balmer, por su parte, fueron pioneros al plantearse lo que ocurre Cuando chocan los mundos (1933), una novela que también ha sido adaptada varias veces adaptada al cine. La tierra también es destruida, por medios más burocráticos, en la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams; pero ya sabéis, Don't panic.


El siglo XXI comenzó con su propio mito apocalíptico (el famoso "efecto 2000", que se suponía que iba a freír todos nuestros sistemas informáticos); así que no es de extrañar que la ficción (post)apocalíptica siga ocupando un lugar en nuestras librerías, televisiones y salas de cine: The Walking Dead, Los juegos del hambre, Soy leyenda, la saga Terminator... De hecho, la ficción distópica o post-apocalípstica ha atraído la atención de escritores consagrados como Cormac McCarthy (La carretera, 2006) o Margaret Atwood (Oryx y Crake, 2003).


No se prevé, por lo tanto, una falta de interés por el tema apocalíptico en un futuro cercano. Quiero decir, si es que hay futuro más allá del 21 de diciembre. Y si no lo hay, si al final resulta que las profecías tenían razón y hoy se acaba todo, por lo menos que el fin del mundo nos pille leyendo.


viernes, 28 de marzo de 2014

Neil Gaiman: El océano al final de la carretera

Idioma original: inglés
Título original: The Ocean at the End of the Lane
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable

Los aficionados a Neil Gaiman saben que el género rey de su obra (tanto en los guiones de cómics, como en las novelas y los cuentos) es la fantasía, y es también este género el que desarrolla en El océano al final de la carretera, su última novela (que en principio iba a ser un relato dedicado a su mujer) hasta la fecha.

En esta obra, Gaiman nos presenta a un hombre adulto que regresa al lugar en el que vivió cuando tenía siete años. A pesar de que apenas recuerda nada de su infancia, nada más llegar al sitio en el que estaba la que entonces era su casa (y que ya no existe, porque en dicho emplazamiento se levantan ahora casas adosadas), encuentra a una anciana, a quien reconoce como la abuela de Lettie Hempstock, la niña que vivía al final de la carretera, que aseguraba que tenía un océano donde él sólo veía un estanque y que fue algo más que su amiga.

Y digo que fue algo más porque la niña no sólo compartió con él juegos infantiles (algunos de los cuales tuvieron lugar en otro mundo y no eran en absoluto infantiles), sino porque le sirvió de refugio cuando las cosas se pusieron feas (cuando un hombre le robó el coche a su padre y se suicidó en el asiento trasero, cuando Ursula Monkton –que parecía humana y no lo era– llegó a su casa o cuando fue atacado por las alimañas, por ejemplo), porque le mostró muchos de los secretos que encierra este mundo (y el mundo al que sólo ella podía llevarlo) y porque le enseñó que nada (ni siquiera la gente que nos rodea o nuestros seres queridos) es nunca lo que parece a simple vista.

Pero, si Lettie y su familia fueron tan importantes en su vida, ¿cómo es posible que no haya recordado nada de lo ocurrido hasta ahora, que ha llegado al lugar en el que comenzó todo? La respuesta a esa pregunta se encuentra en las páginas de este libro, así que no diré más al respecto.

Pero sí diré que El océano al final de la carretera es un libro que merece la pena ser leído, porque nos cuenta una historia tan aterradora como dulce (lo habitual en Gaiman), porque muestra con gran verosimilitud cómo los hechos vividos durante la infancia marcan nuestra vida de forma indeleble, aunque no los recordemos, y porque, de la mano de su pequeño protagonista, toda persona que empiece a leer este libro se va a volver a sentir, otra vez, como el niño que un día fue. Con todo lo bueno y todo lo malo que eso conlleva.

También de Neil Gaiman: El libro del cementerio, Objetos frágiles, El cementerio sin lápidas, American Gods, Coraline

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Amor Towles: Normas de cortesía

Idioma original: inglés
Título original: Rules of Civility
Traducción: Eduardo Iriarte Goñi, para Salamandra editorial
Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable


Se ha hablado mucho (y no siempre de manera positiva) acerca de la atracción que algunos sentimos por las novedades. Y claro, dejando de lado el brillo de los escaparates (también virtuales) que ponen en primer plano las recientes publicaciones encumbrándolas a los altares, no podemos olvidar que las novedades nos pueden ayudar a descubrir autores que en su día, con obras anteriores, pasaron de largo de nuestras vidas. Y Amor Towles es un gran ejemplo de ello, pues a pesar de las buenas críticas que tienen sus libros, no existía en ULAD. Así que este hecho despertó mi curiosidad, y qué menos que descubrir al autor a través de su primera novela. Y, sin duda alguna, ha sido un gran hallazgo. 

El autor abre el libro con un prólogo que nos sitúa en una fecha concreta (4 de octubre de 1966), en una década de los sesenta que se exhibía en los excesos, un momento en la historia en la que «Norteamérica había agarrado el mundo por los talones y lo había vuelto del revés para zarandearlo y sacarle toda la calderilla de los bolsillos. Europa había pasado a ser un primo pobre (…) de modo que todos íbamos ebrios en cierta medida». Una ebriedad que se encontraba en restaurantes, clubes de jazz y festejos. Y, en uno de ellos, la narradora y su pareja, Val, acuden a una inauguración en el Museo de Arte Moderno en la que se exponen retratos de finales de la década de los treinta; una fiesta en la que la elegancia de los asistentes se combina con el alcohol de sus copas cuyos cristales relucen entre los asistentes como las fotografías expuestas en las paredes del museo. Y, de manera inesperada, en uno de los retratos que aparecen en la exposición aparece un joven que la protagonista conocía de esa época y del que hace tiempo que no tiene noticias: Theodore «Tinker» Grey. A partir de ahí, el libro nos traslada a ese momento, concretamente a la Nochevieja de 1937 en un club nocturno del Greenwich Village; la noche que daría la bienvenida a un año que cambiaría su vida.

Con esta entrada a modo de gancho argumental, el estilo de Amor Towles nos sorprende desde un inicio. La prosa del autor destaca de entrada por su extrema elegancia, con un trazo preciso y fino que nos embriaga con aires de clásico. Un estilo que se amolda a la perfección a esos años treinta en el corazón de Estados Unidos, en Manhattan. Es la época de la post depresión, una época y un estilo de escritura que nos lleva inevitablemente a Gatsby, y en la que el autor sitúa el inicio de la trama argumental ubicando a la narradora Katey Kontent quien nos habla de su compañera de piso, Eve, «una de esas sorprendentes bellezas del Medio Oeste norteamericano», que como muchas vino siendo joven a Manhattan, «esta ciudad en la que todo lo hermoso es recibido con los brazos abiertos, sopesado y, si no se adopta de inmediato, al menos se acepta a prueba»; Evelyn Ross, «Eve», que pertenecía a «la cumbre de la escala social de Indiana» y poseedora de una «extraordinaria belleza». Una chica rubia, con «las facciones finas, los ojos azules y unos hoyuelos minúsculos tan perfectamente definidos que daba la impresión de que en la cara interna de las mejillas tenía un fino cable de acero que se tensaba cuando sonreía». Había llegado a Nueva York en 1936, «con suficiente dinero e influencia de su padre» que le permitían alquilar una habitación y tener un trabajo en la editorial Pembroke Press y, en esa pensión, conoció a la protagonista y decidió no aceptar más dinero de su padre y vivir de su paupérrimo sueldo que en ocasiones no llegaba ni para pagar el alquiler. «Aquella Nochevieja iniciamos la velada con la intención de exprimir al máximo tres dólares» y fue apurando sus últimos centavos en ese club cuando él (Tinker) entró, «espectacularmente guapo. Media un metro setenta y cinco bien erguido, vestía de etiqueta, con el abrigo echado sobre el brazo, y tenía el cabello castaño, ojos de un azul intenso y las mejillas levemente ruborizadas». Tinker pertenecía a la elite, criado y educado en una de las mejores universidades del país, y trabajaba en Wall Street en el banco fundado por su abuelo mientras vivía en la parte alta de Manhattan. Kate, Eve, Tinker... tres personajes cuyo encuentro cambiará sus vidas.

Ya en las primeras páginas vemos como el estilo de Towles es sobrio y preciso. Centrando el foco en la historia narrada, la lectura del libro es fluida pues no se excede en adornos ni florituras, sino en los personajes que protagonizan la historia. Por ello el autor destaca en el retrato de los mismos y en el de la época en el que sitúa la historia sin necesidad de cargar el texto con excesivos rizos estilísticos que ralenticen el desarrollo de la trama. Bien es cierto que tras las primeras cien páginas en las que al autor nos adentra en la historia con innegable habilidad y talento, el ritmo decae un poco al romper ese interesante triángulo que había establecido, pero este hecho nos permite centrarnos en la evolución de uno de los personajes, viendo cómo pasa a situarse en la primera línea de una publicación editorial que «cubrirá las luces de la ciudad, sus amantes, sus literatos y sus perdedores» y que le abre las puertas a los círculos más estrechos y codiciados de la infinita Nueva York. De todos modos, esa ralentización y cierto distanciamiento se supera hacia la mitad del libro, cuando el autor recobra el pulso y, de hecho, ya estamos metidos en la historia que pese a que el argumento haya podido perder algo (poco) de interés momentáneamente, su lectura nos reconforta, nos sentimos cobijados en ella. De estilo estrictamente correcto y preciso, el autor demuestra su gran habilidad especialmente cuando hace que sus personajes principales cobren vida. Su retrato es perfilado y profundo, conectando con el lector que se inmiscuye en sus vidas cual testigo próximo, cual participante en sus fiestas o comidas aunque esta precisión se difumina y se diluye cuando participan en la historia personajes más secundarios, que entran y salen de la escena sin hacer mucho ruido y que en raras ocasiones consiguen quitar protagonismo a los tres principales, quizá a excepción de Anne Grandyn («tan aguda como un arpón y el doble de incisiva») que tiene una fuerza y personalidad que le permite dominar las escenas en las que hace acto de presencia.

Asimismo, situando el desarrollo en la Nueva York de finales los treinta, el escenario planteado y la habilidad con la que perfila la ciudad y los personajes nos rodea y nos abraza con un estilo narrativo que rezuma elegancia por los cuatro costados. Towles nos describe la ciudad, sus tiendas restaurantes y calles como elementos vivos, no como un decorado donde ubicar sus personajes sino como escenarios que viven y respiran, pues hay vida en esas ubicaciones, hay vida en la ciudad que, como afirmaba Sinatra, nunca duerme y que juega con nuestras vidas pues «así de rápido giran las cosas en Nueva York, como una veleta, o la cabeza de una cobra. El tiempo acaba por aclarar cuál de las dos se trata». Una ciudad que se erige como protagonista y que el autor nos la presenta radiante como se constata al afirmar que «Broadway empezó a discurrir nuestras ventanillas como si retiraran una ristra de luces de un árbol de Navidad». De esta manera, la prosa del autor transmite en clara coherencia estilística la Nueva York de las élites, la ciudad de ensueño que se codea con los propios personajes y disputa con ellos la opulencia y la elegancia, rodeándonos con un mundo de grandes fortunas que nos eleva hasta ilustrar una época que vista desde los rascacielos se observa majestuosa, amparada en una altura que evita que veamos el polvo, la pobreza y la suciedad que se halla a nivel de calle. 

Asimismo, y haciendo honor al título, el autor nos plantea reflexiones vitales acerca de la cortesía, la educación, pero también las decisiones que tomamos pues en ocasiones los destellos del lujo nos ciegan y nos confunden. Algo que hay que tener muy presente pues, tal y como afirma el autor en un párrafo, «hay que estar preparado para luchar por los placeres sencillos y defenderlos frente la elegancia, la erudición y toda suerte de seducciones glamurosas» y tener la cabeza fría ante las adversidades y los reveses pues, «en momentos de intensa emoción —ya provocados por la ira o la envidia, la humillación o el resentimiento—, si lo que vas a decir hace que te sientas mejor, lo más probable es que sea inoportuno».

En este memorable libro que nos evoca a escenas de un Manhattan que imaginamos poblado de grandes rascacielos en blanco y negro, donde las luces que se atisban provienen de los destellos de la riqueza de los acaudalados con sus flamantes coches conducidos por elegantes chóferes («saltaba a la vista que quien iba en el asiento trasero poseía los medios necesarios para concederte deseos de tres en tres»), sus brillantes joyas y las cartas tapizadas de sus restaurantes de lujo, Amor Towles nos habla del destino y la fatalidad, de las elecciones vitales que tomamos de manera razonada pero también de manera intuitiva, y que trazan nuestra vida dejándonos solos al volante de un vehículo que a duras penas sabemos conducir a través de una carretera de incierto recorrido pero inevitable y definitivo final. Una carrera vital poblada de encrucijadas que nos obligan a tomar decisiones en segundos e intentar acertar, pues la vida «puede fácilmente definir tu rumbo desde el primer momento y mantenerte a raya por medio de mecanismos tan burdos como sutiles». Elegir, y elegir bien, a sabiendas que es probable que acabemos constatando que lo correcto no es siempre lo mejor, que la vida hay que vivirla y arriesgar en ocasiones, porque a pesar de sabiamente intentar elegir las opciones adecuadas, «al mismo tiempo, sé que las opciones adecuadas, por definición, son los recursos que tiene la vida para cristalizar la pérdida». Una gran lectura y una gran crónica de un tiempo pasado repleto de vida, de lujos y de vacíos.

También de Amor Towles en ULAD: Un caballero en Moscú, La autopista Lincoln, Mesa para dos