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domingo, 18 de agosto de 2013

Javier Tomeo: Constructores de monstruos

Idioma original: español
 Fecha de publicación: 2012
 Valoración: Está bien

 El recientemente fallecido Javier Tomeo (del que hemos reseñado aquí otro de sus libros con "monstruos" en el título, Amado monstruo)escribió esta pequeña obra (120 páginas y algunas ilustraciones del propio escritor estilo comic con mucho humor negro) con los 78 ya cumplidos y una exitosa trayectoria a sus espaldas. Y sin ánimo de ofender, diré ya que Constructores de monstruos me ha parecido una amable gamberrada.

La novelita cuenta una historia muy parecida a la que todos los que leen este blog conocerán, ya sea por medios literarios o cinematográficos: la del celebérrimo monstruo de Frankstein. Sólo que en esta ocasión, Tomeo se limita a narrar el proceso de construcción del ser, a base de pedazos de diferentes cadáveres. Y aquí, el mostrenco se llamará Karolus y tendrá una etiología diferente a la del de Mary Shelley... Deberá ser construido a manos de un iluminado barón y de un peculiar científico (los "constructores de monstruos", por supuesto), por encargo del tío adoptivo del primero, una suerte de Vlad Drakul que quiere que le fabriquen un bicho temible que le ayude a terminar con las revueltas que comienzan a darse en el pueblo al que somete sin tregua.

Tomeo sitúa la trama en el siglo XIX en un lugar imaginario y bautiza a sus personajes con nombres un tanto paródicos (el barón se llama Raimonius von Bernstein, su tío es el markgrave de Ulmdg, el científico que ayuda a Raimonius fue bautizado como Tadeusz von Rippstein, el jorobado Igor es aquí un enano retorcido llamado Gmnuk...), claros homenajes a los aristócratas decadentes y los seres oscuros que pululan por las novelas de terror clásicas.

Como ya he dicho, el libro es cortito y el argumento conocido, sí, pero Tomeo hace gala de un gran talento para hacer que la obra se lea con agrado y cierta curiosidad por saber cómo acaba la obra encomendada a los dos constructores de monstruos contratados por el draculiano markgrave y que se encontrarán por el camino con más dificultades de las que pensaban. En fin, la novelita rezuma humor macabro y diálogos y situaciones caricaturescas, a lo que ayuda mucho la selección de viñetas sin texto del autor, y al leerla he tenido la sensación de que había "algo más" tras diserciones sobre anatomía monstruosa o diálogos macabros.

La contraportada habla de "amor al otro, amor a las asimetrías, amor al prójimo por mucho que no cumpla las normas del orden establecido, normas que a su vez Tomeo cuestiona", pero me da a mí que el autor quería contarnos lo que precisamente nos ha contado sólo que de tal manera que no podemos dejar de olvidar que estamos leyendo una historia en la que dos seres humanos están tratando de crear un ser vivo que tendrá las características que ellos quieran y que, pese a jugar a ser dioses, acaban descubriendo que son tan débiles y vulnerables como el "hijo" que les ha sido encargado engendrar.

En resumen: un libro divertido y muy negro que se lee en un suspiro y no deja mal sabor de boca.

También de Javier Tomeo en ULAD: Diálogo en re mayor, Historias mínimas, Amado monstruo

domingo, 9 de julio de 2023

Javier Tomeo: El cazador

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1993
Valoración: Está bien

No voy a salir nunca más de mi habitación. Puede que mis inclinaciones antisociales hayan tenido mucho que ver a la hora de tomar esta decisión, pero estoy seguro de que también ha influido la lectura de El cazador.

En dicha novela, primera de Javier Tomeo, un hombre que vive con sus padres se encierra en su cuarto el día en que cumple los treinta y cinco años. Tomeo nunca explicita los motivos que impelen a su protagonista a recluirse, pero nos da a entender que está atravesando algún tipo de crisis; una de la mediana edad, psicológica o quizá existencial. Esta última es, a mi juicio, la más probable, ya que, si bien tampoco puedo descartar definitivamente las dos anteriores, queda claro que Julián, el protagonista de El cazador, está frustrado; cómo no iba a estarlo si, como insinúa en la página 109, vivimos en un mundo en el que no podemos ser lo que queremos ser.

Pues bien: el tal Julián se lo pasa de puta madre en su dormitorio durante el día en que transcurre la acción. Bueno, la verdad es que a ratos se le ve un tanto atribulado, al pobrecico. Pero en mi caso será distinto: yo sé estar solo, como buen admirador de Schopenhauer y Nietzsche. Yo no me refugio del mundo, sino que lo eludo voluntariamente. 

En fin, que Julián se lo pasa genial la mayoría del tiempo gracias a su imaginación portentosa. Ahora aumenta de tamaño su cuarto; ahora lo convierte en una selva, una iglesia, un jardín o un campo de batalla. Él mismo se metamorfosea; según afirma, fue hormiga, y durante su clausura muta a príncipe persa, cazador de tigres, torero y ruiseñor. También se entretiene con sus cavilaciones, sus cálculos y sus bosquejos. ¿Quién hubiera pensado que uno puede divertirse tanto encerrado entre cuatro paredes?

Ah, no os creáis que le falta compañía. Se puede evitar el trato con nuestros semejantes y, sin embargo, no sentirse solo. Julián tiene a su cargo a un pequeño ejército, y a modo de confidente emplea a un monje-palillero de porcelana. Igualmente, yo tendré un séquito: mi jorobado particular, llamado Igor, o quizá Fritz; Leo (tugnus, banus, faunus), ese perrito que nos dejó demasiado pronto; mis ex novias, abanicándome y dándome uvas; y un buen puñado de Funko Pop bajo mis órdenes, qué demonios. 

Sigo con Julián. Paulatinamente descubrimos que tiene un progenitor irascible y un par de vecinos demasiado ruidosos. Otros que le atormentan son sus compañeros de trabajo. Bueno, esa es su versión, porque nunca nos queda claro si padece manía persecutoria o no. 

A su madre, el segundo personaje con más peso de El cazador, no la trata con justicia. Es verdad que empieza siendo, hasta cierto punto, una antagonista, porque se opone a los designios de su hijo, pero nunca se deja de mostrar amable y comprensiva, e incluso se acaba volviendo su cómplice. Así que no os fiéis mucho de Julián, porque es imposible determinar hasta qué punto es un exagerado, o cuán mal de la cabeza está. A mí, en cambio, sí que me podéis creer; yo sí que soy una verdadera víctima del sistema, de la sociedad, de la humanidad. 

Pero estábamos hablando de El cazador. La (insisto que primera) novela de Tomeo es interesante y tiene una personalidad bastante marcada. Sin embargo, creo que está un poco verde; le faltan un argumento y un retrato psicológico más centrados, así como un mayor desarrollo de los ingredientes empleados. Eso sí, la obra cumple como gamberrada lúdica capaz de introducirnos en la literatura del autor. 

También querría destacar que El cazador tiene pasajes que rozan la genialidad, pues transmiten perfectamente la extravagante forma de pensar de Julián. Por ejemplo, esa breve reflexión en torno a las grietas, o ciertas asociaciones de ideas completamente desnortadas. Y es que Tomeo se sirve de diagramas, fórmulas matemáticas, meditaciones extravagantes y diálogos que en realidad son monólogos para caracterizar a su protagonista y texturizar sus delirios.

Poco más que añadir. Resulta fácil engarzar El cazador en la tradición: las escuetas descripciones del trabajo de oficinista de Julián recuerdan a Franz Kafka, y la reclusión de éste remite a libros anteriores como los de Xavier de Maistre. Asimismo, podríamos relacionar la novela con fenómenos actuales, como el de los nini, los "hikikomori", los adultos infantilizados que recurren al escapismo o la gente que frisa los cuarenta y aún vive con sus padres.

Yo, sin duda, seguiré indagando desde mi cueva en la narrativa de Tomeo. Según tengo entendido, varias de sus ficciones reiteran la fórmula introducida en El cazador, pero mejorando su premisa y refinando los elementos de que está compuesta. 


También de Javier Tomeo en ULAD: Aquí

jueves, 11 de julio de 2013

Javier Tomeo: Amado monstruo

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1985
Valoración: Recomendable

Esta novela corta (poco más de 100 páginas), finalista del Premio Herralde de novela de 1984, fue para mí una breve y agradable sorpresa que no puedo por menos de recomendar.

Llegué a ella por pura casualidad, ojeando las estanterías de la biblioteca, y el resumen que leí en su contraportada y las (buenas, por supuesto) críticas que lo acompañaban, hizo que me decidiera enseguida a llevármela conmigo. 

Tardé en leerla una tarde y la sensación que me dejó fue muy parecida a la del "caramelo de pimienta" con el que la comparaba uno de los críticos que la alababan.  

Esta obra del recientemente fallecido Javier Tomeo (un autor muy reconocido a nivel internacional, en Francia, especialmente), tuvo su correspondiente adaptación teatral, y no me extraña: al leerla, tuve la sensación de estar presenciando una pieza dramática con dos únicos actores y una atmósfera un tanto lúgubre y asfixiante a la par que limpia y ordenada. No por nada, el único escenario de la historia es un despacho en el que el señor Krugger, seleccionador de personal de cierta empresa, hace una entrevista de trabajo al personaje principal.

 Y aunque pueda parecer imposible que en una situación así un tipo le acabe contando sus obras y milagros a un desconocido ante el que se ha plantado para hacerse con un puesto de trabajo (como vigilante, por cierto), Tomeo logra que nos lo creamos, y poco a poco, gracias a las preguntas de Krugger y las ansias de hablar de su interpelado, vamos conciendo la peculiar vida que arrastra este último, un hombre de treinta años que vive con su acaparadora madre viuda, sin ningún hermano ni hermana, y que nunca, en su vida, ha trabajado, algo en lo que su progenitora ha tenido mucho que ver.

Así, sirviéndonos del guía de Krugger (un guía que no duda en meter ciertas pullas y comentarios insidiosos de vez en cuando), el intrigante, en ocasiones penoso, en otras brillante y un punto maquiavélico, entrevistado, nos irá revelando la naturaleza de su existencia, condicionada de forma insana por la presencia absoluta y narcotizante de su "madre gata": el tercer e invisible personaje de la trama, que vive y se presenta ante los lectores gracias al relato que de ella hace su hijo.

Y aunque quizás no fuera su intención, Krugger también dejará al descubierto mucho de sí mismo en esta peculiar entrevista que pondría los pelos como escarpias a los cuadriculados profesionales de los Recursos Humanos que pueblan las empresas actualmente.  

 Recomendable, en fin. Y que apenas se necesita una tarde de verano para saborear este peculiar sabor dulce y pimentoso, y mirar de otra forma a las madres que nos rodean...

También de Javier Tomeo en ULAD: Diálogo en re mayor, Historias mínimas, Constructores de monstruos

miércoles, 6 de diciembre de 2023

NOVELAS PIRAÑA #3: El unicornio de Javier Tomeo

Idioma original: Español
Año de publicación: 1971
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

Menuda sorpresa, El unicornio. Porque esta novela experimental de Javier Tomeo es, además de interesantísima, una experiencia lectora exquisita. No me extraña que ganara el Premio Ciudad de Barbastro en 1971, dada su calidad y vanguardismo.

Creo sinceramente que roza la perfección. Si hubiera rebasado las 150 páginas, quizá resultaría pesada o reiterativa; si su apuesta innovadora no estuviera tan bien expuesta, habría podido caer en lo hermético. Afortunadamente, la obra es redonda, y sale airosa de cuanto se propone.

Podríamos considerarla una sátira del Poder. Sobre todo, una que arremete contra el totalitarismo y se mofa de los dictadores y sus secuaces, a quienes retrata como hombrecillos ridículos o conspiradores que solamente quieren medrar y salvar su propio pellejo.

Divide la acción en tres planos, que empiezan nítidamente separados y progresivamente van fundiéndose en uno solo, ya sea porque interactúan en lo físico o porque dialogan temáticamente. Los tres planos son: 1) Una representación teatral ambientada en el reino de Vandalia, gobernado por el esperpéntico duque Tancredo IV. 2) Los nueve espectadores que la están observando (a los que fuerzas invisibles y un acomodador que sigue órdenes mantienen prisioneros en sus localidades). 3) Varias calles más abajo, un hombre y una mujer intentan amarse infructuosamente en un cuarto que pasa de «rojo» a «camaleón», «multicolor» y «de todos los colores del mundo».

Las únicas cosas que se le podría reprochar a El unicornio son que su argumento está, por momentos, algo desconyuntado, y que introduce demasiados personajes como para profundizar en todos ellos. No obstante, la osadía de su planteamiento, la eficacia de su atmósfera, lo certero de sus denuncias y sus aromas kafkianos hacen que las mentadas limitaciones apenas lastren al conjunto.

Así pues: una premisa sumamente original ejecutada con pasmosa solvencia, narraciones simultáneas, personajes extravagantes, diálogos delirantes, mucho simbolismo, paletadas de humor y audaz crítica social. Esto y más, mucho más, encontraréis en la joyita de Tomeo, la cual no será del gusto de todos los lectores pero hará las delicias a los amantes del absurdo que valoren el riesgo formal y la intencionalidad artística.
 

También de Javier Tomeo en ULAD: Aquí

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Javier Tomeo: Historias mínimas

Idioma original: español
Año de publicación: 1988
Valoración: recomendable

En la introducción a esta obra, Javier Tomeo cuenta que el título que él daba a estos relatos antes de publicarlos era Microteatro psicopático. Me imagino a su editor, Jorge Herralde, diciéndole: "Tú no quieres vender libros, ¿no?". Bromas aparte, lo cierto es que el título original del autor refleja mucho mejor que el del editorel contenido del libro, porque lo que encontramos en él son pequeñísimas piezas de teatro (entre una y cinco páginas) protagonizadas por seres irreales, absurdos o desquiciados.

El microteatro de Tomeo está cerca de la parábola o del "misterio" medieval: los personajes son símbolos, personificaciones de ideas o caricaturas: niños, hombres o mujeres sin nombre; payasos, toreros, filósofos, marineros, militares; animales parlantes, esqueletos, muertos, sombras... y los escenarios, trenes, barcos, parques, casas, todo ello en un mundo de abstracciones y metaliterario en el que el público aparece muchas veces como un personaje más.

El tono de las historias varía de lo humorístico a lo poético, con deslizamientos en lo decididamente absurdo. Chispazos de ingenio casi encapsulables como chistes (un esqueleto le dice a otro: "lo peor que podemos hacer es desanimarnos") alternan con cuestionamientos afilados sobre la comunicación y la vida, siempre en un entorno onírico en el que el cielo puede convertirse en un queso gruyer o un niño puede robar la luna de un pozo para dársela a su madre.

Mi impresión es que estas "historias mínimas" ganan si se las lee con espacio entre unas y otras (po; todas seguidas, terminan resultando demasiado iguales unas a otras y se confunden en la memoria del lector; la sorpresa inicial se pierde, y los diálogos acaban por resultar variaciones unos de otros. Además, por lo que Paula dijo en su reseña de Diálogo en re menor, parece que este tipo de diálogos en un contexto abstracto e irreal es marca de la casa.

También de Javier Tomeo en ULAD: Diálogo en re mayor, Amado monstruo, Constructores de monstruos

jueves, 1 de noviembre de 2012

Javier Tomeo: Diálogo en re mayor

Idioma original: español
Año de publicación: 1991
Valoración: está bien

Los dos únicos personajes de esta novela son también los únicos pasajeros del tren en el que viajan. Uno de ellos se esforzará sin éxito alguno en entablar una conversación civilizada, a pesar de la reticencia del otro y de los abismos que los separan: el uno es del sur -y a mucha honra-, toca el trombón en una banda municipal, se cree muy gracioso y tiene unos cuantos kilos de más; el otro es del norte, le gustan las montañas septentrionales, es un apasionado de los violines y no soporta ni los trombones ni a las personas con sobrepeso.

Ambos se enzarzarán en una pugna dialéctica en la que el uno intentará congraciarse con el otro y el otro intentará derribar las convicciones del uno, humillándolo hasta dejarlo en paños menores.

Entre bambalinas, reverberan las voces de autores como Kafka o Beckett. Como muchas de las novelas de Javier Tomeo, Diálogo en re mayor fue adaptada al teatro primero en Alemania y más tarde en España. Y no me sorprende: la historia funcionaría sobre la escena mucho mejor que sobre la página gracias a ese único ambiente opresivo, a esos dos personajes a cual más extraño y a esa trama cuya tensión se va acumulando de forma tan disparatada que resulta imposible predecir el final.

Diálogo en re mayor es una histriónica alegoría de las relaciones interpersonales y de los juegos de poder, tal y como recoge muy bien esta frase:
[E]l diálogo entre dos hombres resulta prácticamente imposible cuando uno de los interlocutores lleva el pantalón y el otro está en paños menores.
Y el que quiera entender, que entienda...

También de Javier Tomeo en ULAD: Historias mínimas, Amado monstruo, Constructores de monstruos

lunes, 18 de diciembre de 2023

2023 en libros. El único veredicto que vale

¡Pues sí, amigos! Llega el día en que todas las listas de "lo mejor de 2023" palidecen, pese al título de la entrada, ante la proverbial independencia, modestia y buen gusto de los reseñistas de ULAD. Porque no estamos ante la lista de los invitados a la boda del crítico de turno (no, Babelia y El Cultural, no estamos diciendo que vosotros hagáis eso) y porque no pretendemos sentar cátedra diciendo qué es lo mejor que se ha publicado en 2023 (¡coño, que hay tropecientas mil novedades y habremos leído un 0,0001%!). Esto solamente es, nada más y nada menos, lo mejor que hemos leído en 2023.

No podemos dar paso a la lista sin antes recordar lo que para nosotros ha sido la peor noticia que nos ha podido dejar este 2023: el fallecimiento, en el mes de agosto, de nuestro compañero Emilio. Las reseñas que dejó programadas y que hemos ido publicando estos últimos meses dan idea de lo que para Emilio fueron sus mejores lecturas del año.

Sin más, aquí tenéis nuestro dictamen

El veredicto de Koldo (por ahora):


La sentencia de Juan:

Palabra de Oriol:

La sentencia de Francesc:
 
      No muy bien habrá ido la cosa cuando he tenido que revisitar mis reseñas para poder componer esta lista. Así que
  • Recuerdos que prevalecen sin excesivo esfuerzo, o sea, MUY BIEN: Material de construcción de Eider Rodríguez, o cómo lidiar bien, literariamente, con la pérdida, y Les voltes del món de Tuli Márquez, a ver si el mundo editorial se entera del talento de este hombre y se le traduce al español.
  • Demasiados ensayos que se han quedado a medias o que me ha dado la impresión de que no conectan profundamente con la realidad, así que no los mencionaré. La realidad no lo pone fácil, cambiando cada dos por tres.
  • Alguna biografía musical que tiene más pulsación narrativa que mucha narrativa, como Bobby Gillespie en Un chaval del barrio o Jarvis Cocker en Buen Pop Mal Pop
  • Extraño reencuentro por partida doble con Houellebecq, del cual Unos meses de mi vida me ha mostrado una sorprendente actitud frágil y victimista. Curioso que su acercamiento a sí mismo le haya hecho desenfocar su aguda visión de la sociedad.
  • Y a ver si las cosas mejoran. O sea, que los tótems atinen o que las eternas promesas se consoliden. Ya, por favor.

El panegírico de Santi

En un año de bastantes pocas lecturas (una vez más), afortunadamente ha habido algunas buenas o muy buenas:

Resolución (recurrible) de Carlos

El dictamen de Marc:
  • Libro del año: «Un caballero en Moscú», de Amor Towles
  • Ensayo del año: «La supervivencia de los más ricos», de Douglas Rushkoff
  • Grandes consolidaciones en narrativa: Xavier Mas Craviotto, por «La pell del món»
  • Descubrimientos del año (autores): Byung-Chul Han con «La expulsión de lo distinto»
  • Caerán más libros de: Clarice Lispector, Siri Hustvedt, Amor Towles, Paul Auster
  • Propósitos para el 2024: más poesía, continuar con más ensayo y reencontrarme con la narrativa tras un año sin grandes lecturas

viernes, 26 de febrero de 2016

Colaboración: Mar de pirañas de varios autores.

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Valoración: Imprescindible

"Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado 'El dinosaurio'.
-Ah, es una delicia –me respondió- ya estoy leyéndolo". 
José de la Colina (tampoco están mal los giros de Pablo Urbanyi o Marcelo Báez) le da una vuelta de tuerca al mítico lagarto. ¿Hasta qué punto el micro, a fin de cuentas un velocirraptor, ha evolucionado? ¿Qué meteoritos ha tenido que sortear para salvar el pellejo?

Ya sólo –permítanme esta tilde díscola- por el prólogo de Fernando Valls, que responde a muchas de estas cuestiones, merece la pena hacerse con esta antología de microrrelatos: Fernando (no dejéis de pasar por su blog La nave de los locos) conoce perfectamente el paño y nos monta una estantería con las joyas del género. De esa cuidada biblioteca y de la red se nutre Mar de pirañas.

El volumen es un auténtico festín, una sucesión de de bocados minimalistas que dejan agradablemente insatisfecho al lector. Cada texto es un plato que se devora rápido, una copa de un caldo exquisito que se bebe con avidez pero que necesita un tiempo en boca para pillarle el retrogusto: conviene, tras cada historia mínima de Castán, después de cada genialidad de Olgoso, de Greciet, de Prieto Barba, de Muñoz Rengel, de Sánchez Quiles… releer de nuevo la página, detenerse en los recovecos de sus párrafos y cerrar después el volumen para paladearlo durante unos minutos o macerarlo durante una tarde.

Y es que estas "Nuevas voces" –éste es el subtítulo de la colección- son dignas herederas de Javier Tomeo, de Luis Mateo Díez, de Merino, de Millás, de Monzó, de Mrozek o de Örkény. La mayor parte de ellos son sencillamente brillantes.

Quizá –por buscarle algún pero- servidor hubiera escogido otras pirañas de Iwasaki (hay verdaderas maravillas en Ajuar funerario) y hubiera colgado el "Aviso" de María José Barrios. Servidor, tal vez equivocadamente, hubiera añadido a este inventario algún texto de M. José Martín de la Hoz (“Vendo agendas pequeñas para gente de pocos amigos”).

Nada, felizmente, es perfecto. Lo importante es que el dinosaurio está vivo; más vivo que nunca. Se lo debemos, aparte de a sus autores, a la Nube y a editoriales alternativas y entusiastas como Impedimenta, Páginas de espuma, Lengua de trapo o Menoscuarto que apuestan por la orfebrería literaria pues creen que se debe leer también a sorbos. Pueden, pues, despertarse tranquilos.
"Terminemos, o como diría Ana María Shua, "huyamos, los cazadores de letras están aq…"

En fin.

Firmado: Aster Navas

sábado, 16 de noviembre de 2013

Félix Romeo: Por qué escribo

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: muy recomendable

Para quien no tenga claro por qué la voz de Félix Romeo arrastra en su Por qué escribo (Xordica, 2013), he aquí un aperitivo:
¿Por qué escribo?
Escribo porque soy diferente.
Escribo para ser diferente.
Empecé a escribir porque era diferente. Empecé a escribir porque quería ser diferente. Nadie quería ser escritor cuando yo decidí ser escritor. Recuerdo a un niño que quería ser dentista y a otro que quería ser mecánico. Tenía doce años. […] Quería ser un escritor porque era diferente y quería ser un escritor de los diferentes. Digo escritor, pero lo que yo quería era ser un poeta diferente. En 8º de EGB fabriqué mis primeras plaquettes fotocopiadas. Las destruí poco después porque me daba vergüenza escribir tan mal. Ahora puedo decir que en esas plaquettes está lo mejor que he escrito.
Foto: Aloma Rodríguez
Quería escribir para robarle la máquina de escribir a mi padre, su más precioso tesoro: la cuidaba con esmero y no nos dejaba tocarla. […] Me hice escritor para robarle esa estupenda máquina de escribir. Me hice escritor para consumar un incesto raro. Mi padre me puso una condición para poder usar su Olivetti: aprender mecanografía perfectamente… una práctica que él, que escribía sólo con dos dedos, no conocía. […] Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. […] Escribo como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Escribo como el pescador de un barco congelador. Escribo para follar. Escribo para respirar. Escribo para no tener que escribir. Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme. Para volver a alcanzar ese estado febril. […] Mi padre me cedió su máquina de escribir. Y una vez que se la arrebaté ya no podía cambiar: tenía que escribir y tenía que ser escritor. Ahora, más que diferente, me siento extraño.
Desde el punto de Ismael Grasa y Eva Puyó (encargados de la edición y el prólogo de esta cuidada selección), la mayoría de los textos escritos por Romeo estaban destinados a aparecer como artículos: críticas literarias, columnas o páginas relacionadas con los intereses tan variopintos del autor; ciudades, música, cine, cómics, televisión, literatura, gastronomía, bares, lugares que desaparecen y lugares nuevos que sustituyen a los anteriores, recuerdos o la estrecha relación entre literatura y política, la reflexión continua sobre una democracia verdadera. El propio autor dijo en algún momento que su “verdadero libro, el que más certeramente se ajustaría a su escritura, sería aquel en el que apareciese todo lo que enviaba a lo largo del día desde su ordenador”. 


Honrando la memoria de este columnista, traductor, crítico literario y agitador cultural,  y defendiendo su visión de que vida y escritura nunca pueden ir por separado porque, de no ser así, ni vale una ni otra, Por qué escribo  recoge todos aquellos textos que contuviesen elementos autobiográficos, fueran más personales o trataran de asuntos de carácter intelectual que resultaban imprescindibles o que aparecían reiteradamente en el corpus de Romeo. Y la verdad es que han alcanzado su objetivo: leemos Por qué escribo  como si habláramos directamente con Félix. Lo sentimos cerca, ahí, al lado, sentado mientras pasamos las hojas, susurrándonos ideas, referencias, nombres de autores internacionales, aragoneses (de hecho, es él quien internacionaliza la literatura aragonesa hablando tan pronto de George Orwell como de, por ejemplo, Javier Tomeo).
Tras la lectura de Por qué escribo uno simplemente tiene ganas de. Ganas de todo. De leer y leer mucho, porque Romeo no cesa de citar autores, libros y frases célebres, ya sea de autores internacionales o de autores aragoneses (en esto Romeo no realiza ninguna distinción). También le entran ganas a uno de viajar a Lisboa (“Me gusta su imperfección, observa este columnista refiriéndose a la capital, Me gusta pensar que podría vivir en Lisboa. Pero soy incapaz de comprar en internet unos billetes para ir a Lisboa”), Londres, México DF, París (para descubrir si, tal y como indica Romeo al referirse a Pepé Cerdá “París sólo es el sueño de París”) o de probar todos los dulces de los que el autor habla en el artículo “Chuches”.

Programas de televisión, autobuses y viajes, nombres de películas y de libros, objetos o lugares que aparecen y desaparecen, Zaragoza y su escena pop o “Zaragoza DF”, nombre con la que la bautiza con sorna Félix, listas de freaks, de pintoras, revolucionarias, nombres de calles, la necesidad de una democracia real, los cómics, el amor profesado a sus amigos y familia (“Soy un yonqui del amor, de la amistad y del afecto”, explica en “2007”, un artículo-listado de deseos para el nuevo año) o las ganas de ser escritor, de leerlo y vivirlo todo, se nos describen mediante un estilo conversacional, detallista, repleto de frases cortas y envuelto en un tono, a veces más melancólico y crítico, a veces más humorístico.

En la antología Por qué escribo se recogen también los artículos que Félix escribió sobre un tema de vital importancia para él: la pérdida (la de personas queridas, edificios y espacios de la infancia que él amaba). Uno de los fragmentos más conmovedor es el dedicado a su amigo y compañero de piso Chusé Izuel:“Sin duda su muerte me cambió profundamente como persona y cambió también mi escritura, de la misma manera que nuestra guerra civil lo hizo con otros autores hace décadas. Y aunque no me gustaría dejar de ser el escritor y la persona que soy, sí me gustaría que Chusé no hubiera muerto. Quizás por eso no logro sentirme aliviado”. Por desgracia, la muerte acalla también la voz de aquellos a quienes nos gusta leer, ver y escuchar. Vivimos en un intento por aceptarlo, pero, retomando las palabras de Romeo, a mí también me gustaría que Félix no hubiera muerto.