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miércoles, 14 de mayo de 2014

Richard Ford: De mujeres con hombres

Idioma original: inglés
Título original: Women with men
Año de publicación: 1997
Traducción: Jesús Zulaika
Valoración: muy recomendable

¿Pero cómo no hemos reseñado aún nada aqui de Richard Ford?
Bueno, puede que no sea un autor tan prolifico como Roth, tan mediático como DeLillo, tan aguerrido como McCarthy. Puede que ese retrato del americano medio, gris, dedicado a profesiones convencionales, sirva para que los lectores se vean reflejados, pero que opten por autores más extremos a la hora de elegir favoritos. Pero no todo en la vida va a ser querer aúparse a los primeros puestos. Y Ford me recuerda, en eso, a un corredor de fondo. Seguramente sus relatos se parezcan más a pequeñas novelas cortas con un ligero tono situacional que al chispeante estilo de Carver. Pero resulta que estamos ante un escritor muy eficaz, de estilo sobrio, que traza a sus personajes con una solvencia muy notable.
Austin, titubeante (como Matthews, en el tercero) protagonista del primer relato, El mujeriego: casado sin hijos, a la búsqueda no tanto de una aventura como de la sensación de una aventura. Testigos somos de su fútil tonteo, un inconcreto affaire que obsesiona a Austin, que lo obsesiona hasta exponerle a una situación a medio camino entre lo sórdido y lo ridículo.
Un elemento común a los tres relatos, por cierto. El contacto puntual de sus protagonistas con lo trágico, que se revela como situación culminante, como punto de inflexión, y siempre, una extraña adaptación a la nueva realidad que se genera.
Y el título: todos los personajes son hombres que se autoconsideran al mando de sus vidas y de sus relaciones, o, al menos, piensan que llevan el peso de éstas. Todos están equivocados, de forma más o menos cruel.
Puede que los relatos de Richard Ford no contengan las pronunciadas pendientes y escarpadas cuestas de las de otros escritores. Pero su estilo directo y su eficaz manera  de ponerse en la piel de un perfil tan extendido de hombres de nuestros días (de media edad, de triunfos modestos o de fracasos insignificantes) es, en el fondo, tan necesario en la creación literaria como enfocarse en héroes o en villanos. Los relatos contenidos en De mujeres con hombres, a pesar de que tendrían entidad como novelas, encajan perfectamente entre sí y dan sentido a su presencia unidos. Preámbulo finiquitado, por tanto sobre Richard Ford. Ahora cualquier día me voy a Canadá.

También de Richard Ford en ULAD: Rock SpringsCanadáIncendios

viernes, 23 de mayo de 2014

Richard Ford: Canadá

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2013
Título original: Canada
Traducción: Jesús Zulaika
Valoración: imprescindible

Muy sobrado debe andar Richard Ford, cuando se expone a revelar los dos hechos capitales de Canadá en sus dos primeras frases. Un atraco, protagonizado por los padres del narrador, y dos asesinatos. Y el segundo párrafo los acaba definiendo, a todos, como personas normales. Entonces, nosotros, lectores, debemos afrontar más de 500 páginas restantes, para averiguar cuál es la historia que enlaza y justifica esas dos condiciones. Personas normales que atracan o asesinan.
Difícil reto.
Decir que Ford sale triunfador es decir poco. Canadá es una lectura fascinante, absorbente como pocas, una novela ejemplar a todos los niveles. Y con un pie mucho más plantado en la realidad cercana de lo que esos lejanos años 60 parecen apuntar, demasiado cercana incluso para que nos sintamos cómodos.
Porque la historia relatada por Dell Parsons, hijo de Bev y Neeva, hermano de Berner, es de una crudeza que no requiere entrar en demasiado detalle. Aunque hasta como novela negra serviría, reacio como es el que escribe a adjetivar y etiquetar, diría que Canadá es, por encima de todo, una novela contemporánea. Ford ha sabido conjugar tantos detalles susceptibles de trasladar a otro contexto: la angustia adolescente elevada a su máximo exponente cuando los padres, empujados por las malas relaciones producto de trapicheos por la supervivencia, optan por delinquir. Las necesidades materiales, la rebeldía propia de la edad, las sociedades cerradas en el mundo rural americano. La mala fortuna de dos adolescentes a los que sus padres, con la mejor intención, exponen a la peor de las situaciones: el abandono alejado de sus orígenes. La madurez inducida por las tragedias, la inocencia que Dell no pierde: simplemente los hechos lo despojan de ella. La soledad absoluta. La incerteza hacia el futuro que obliga a ir escogiendo males menores.
Al margen de este abanico de simbolismos posibles, el auténtico gancho de esta novela es cómo atrapa a quien la lee, cómo Ford reparte sutiles golpes, da noticias, sin necesidad de efectismo, en una historia que parece contada a la inversa y que juega con el lector, estimulando su voraz curiosidad. Una vez se sabe lo que ha pasado, nos es imposible no indagar el motivo. Sin misterios, sin fuegos artificiales, imposible renunciar a conocer los entresijos que nos han llevado ahí. Cada personaje definido con rigor, cada situación importante en su desenlace. Tres partes, estructura clásica con capítulos numerados.

A veces pienso en ellos y en su gran atraco al banco -dijo esta palabra con énfasis-. No puedo hacer otra cosa que reírme. Fue el acontecimiento de nuestra vida, ¿no te parece? Un puto desastre, sobre el que todo fue amontonándose después.

Amontonándose.

Ahora que Philip Roth ha decidido abandonar tanto la escritura como cualquier actividad pública, no sé si resulta reiterativo incorporar a Ford (junto a McCarthy, quizás junto a DeLillo) como uno de los grandes, de ese codiciado trono de escritor de referencia o de potencial autor de la gran novela americana, a la que Canadá presenta aquí una muy justificada candidatura. No ha sido exactamente un autor prolífico, y ha estado alejado de las cifras de ventas mareantes. Si en vez de apenas una decena, hubiera publicado 30 novelas, seguramente nada sería igual. Incluso ésta misma, que ha tardado varios años en escribir. Puede que Canadá no fuera la maravilla que es, si Ford no hubiera dispuesto del tiempo que se tomó con ello. Canadá es una lección soberana de narración. Una historia sin fisuras, con un estilo impoluto, un manual de instrucciones de cómo progresar y dejar al lector sin respiro, y una muy merecida presencia en lo más alto de las listas de lo mejor del 2013. Una recomendación a gritos y arrepentimiento, por mi parte, por haber tardado tanto en prestarle la atención que se merece. Absolutamente arrebatadora.

También de Richard Ford en ULAD: Rock SpringsDe mujeres con hombresIncendios

miércoles, 3 de agosto de 2016

Richard Ford: Incendios

Idioma original: inglés
Título original: Wildlife
Traductor: Jesús Zulaika
Año de publicación: 1990
Valoración: recomendable

Hoy entro en coto vedado: en este blog, el especialista en Richard Ford (y en literatura norteamericana en general) es Francesc, pero cuando a Ford le dieron el Premio Princesa de Asturias de las Letras (un premio que no creo que nadie previese, probablemente ni siquiera el escritor), decidí que tenía que leer algo suyo. Y como Francesc ya ha reseñado Canadá, que parece ser su novela más reconocida, me decidí por estos Incendios ("Vida salvaje" en el título original), que además tienen la ventaja de ser bastante cortitos.

Incendios se sitúa en Montana (como, parece, buena parte de la obra de Ford), y retrata un verano y otoño convulsos en la vida de una familia de clase media en Great Falls, una localidad provinciana y burguesa que se ve rodeada por unos misteriosos incendios forestales que nadie consigue apagar. El padre pierde el trabajo como instructor; la madre, en los pocos días que él está ausente, conoce a otro hombre y se enamora de él. Y el hijo y narrador de la novela, Joe, de dieciséis años, intenta comprender lo que está pasando e integrarlo en su propia vida y en su propio crecimiento.

Incendios tiene una gran virtud, que es la aparente sencillez con lo que pasa todo, y con lo que se cuenta todo lo que pasa. Es una sencillez difícil de conseguir, y que se encuentra también en otros escritores anglosajones (por ejemplo, en Julian Barnes). La visión de Joe, que es quien narra la historia, es la de alguien que se esfuerza por comprender -más que juzgar- a sus padres, y por eso tenemos la sensación de que en esta historia las cosas suceden porque tenían que suceder, y no por maldad o por estrategia.

Creo que está claro que hay una relación simbólica entre las pasiones de los protagonistas y los incendios que rodean Great Falls: de estos se dice que son focos aislados, imprevisibles pero también imparables y capaces de transformarse en algo poderoso cuando actúan en combinación. También me parece que el título original, Wildlife, daba una dimensión interesante a la observación de la vida de los tres personajes centrales (cuatro si contamos al amante de la madre) como si fueran parte de la vida natural de Montana, movidos por instintos y pasiones muy poco racionales.

¿Y por qué no le doy una nota más alta, a pesar de haber disfrutado con la lectura y de haberla considerado una novela muy agradablemente escrita? Pues porque la termino y me quedo con una cierta sensación de intrascendencia: los personajes principales tienen una crisis vital, el narrador descubre grandes verdades sobre la vida y... ¿Y? Creo que a la novela le falta el espíritu épico que (dicen) sí tiene Canadá; es una buena novela, pero me quedo con la sensación de haber leído una novela menor de un escritor muy competente, al que merece la pena seguir leyendo.

También de Richard Ford: Canadá, De mujeres con hombres, Rock Springs

lunes, 1 de febrero de 2016

Richard Ford: Rock Springs

Idioma original: inglés
Titulo original: Rock Springs
Año de publicación: 1987
Traducción: Jesús Zulaika
Valoración: recomendable

Hace mucho tiempo que los relatos dejaron de ser cuentos. Unos cuantos, inevitable mencionar a Carver, dignificaron ese género aparentemente menor hasta elevarlo a las alturas de cualquier otra manifestación literaria. Al relato se le puede echar las culpas de ser poco ambicioso, de ser demasiado ambicioso, de ser escueto, de no dejar desarrollar todo el potencial de una historia limitándola a unas decenas de páginas. Y el relato puede ser tildado, cuando se empaqueta para ponerlo en un anaquel, de ser disperso y variado o de ser homogéneo y cohesionado. Ya a estas alturas el que esto escribe no suele tener demasiadas preconcepciones. Oí hablar muy bien de esta colección de relatos de Ford y ya había probado con De mujeres y hombres. Y he de decir que, aunque los separen casi tres décadas, me gusta mucho más que Ford se decida por el largo recorrido y por explorar en profundidad los entresijos de la mente humana, concretamente (esta parece ser su especialidad) la del anónimo ciudadano americano integrado en una sociedad que es muy hostil demasiado a menudo.
Rock Springs son una decena de relatos ambientados en el estado de Montana. Great Falls y Rock Springs son dos pequeñas ciudades donde estos relatos se desarrollan, y es tal la cohesión que uno tiene cierta impresión carveriana de estar asomado a distintas ventanas de un edificio espiando la vida de sus protagonistas. Una vida muy lejana de ser idílica, porque el tono dominante es el engaño, la traición, el abatimiento y la resignación ante un panorama que, sin ser funesto, deja mucho que desear, La América que Ford dibuja, con una prosa directa y que ahorra tanto misticismo y trascendencia como florituras, es la de esos bosques y esas montañas y esos valles surcados por ríos de aguas gélidas, carreteras inhóspitas que conectan regiones que una vez fueron florecientes, indios de diversas tribus adaptados a ser otros americanos más, entre la legión de perdedores a distintas escalas que intentan seguir adelante, pero de cuyos intentos Ford levanta testimonio de que van a ser en vano. Poco resquicio para la esperanza en estas historias de adulterio, de abandono del hogar, de tipos que piensan que han ligado y son víctimas de patéticos robos, de décadas de vida tiradas a la basura por embarazos no deseados, por mala toma de decisiones, por amistades poco aconsejables, en general, mortífera espina dorsal que convierte Rock Springs en unitario canto a la desesperanza, por la constatación de que el entorno pesa, los orígenes pesan, el pasado pesa, y de nada de eso se habla cuando se menciona el Gran Sueño Americano.
Algunos años más tarde, otros como Pollock o Pancake tomarían testigo de esa desesperación y la llevarían a un extremo más violento.
Unas décadas más tarde, Ford le aportaría épica y escribiría Canadá.

También de Richard Ford en ULAD: CanadáDe mujeres con hombresIncendios

domingo, 13 de enero de 2019

Donna Tartt: El secreto

Idioma original: inglés
Título original: The Secret History
Año de publicación: 1993
Traducción: Gemma Rovira Ortega
Valoración: recomendable

Vamos a dejarlo en un escueto "recomendable" algo alto. Aunque dudo que muchos fueran capaces de escribir algo así antes de la treintena, ochocientas páginas son demasiadas (aunque se vuele en ellas, especialmente en las dominadas por los diálogos) para una resolución que bordea en lo policial, y he de decir que El jilguero me gustó más, le noté un aire más maduro, un planteamiento más ambicioso, como si aquí Tartt quisiese ser más Easton Ellis (a quien dedica, por cierto, la novela) y allí resultase ser más Franzen.

La sinopsis de la contraportada ya es escueta y con razón. "El secreto" (curiosa traducción del título que acaba relacionándola con ese repugnante tomito de autoayuda de una tal Rhonda Byrne) parte de una trama que, a poco que uno se extienda, revela demasiado pronto sus tiros escondidos. Richard, estudiante de lenguas clásicas es aceptado a regañadientes en un pequeño grupo de estudio, apenas media docena de alumnos, liderado por Julian, el típico profesor de rica estirpe que trabaja sin cobrar y por el gusto del proselitismo cultural. La materia de estudio es el idioma griego clásico, el escenario un campus de una pequeña pero elitista Universidad norteamericana, los personajes, indudables puntos fuertes de esta novela, los integrantes del grupo y algunos otros, ya en trazos más tenues, que se relacionan con ellos, que entran y salen en ese grupo que es cerrado y se cierra más, mera cuestión de supervivencia, cuando uno de sus juegos acaba con daños colaterales. Esa es la premisa del libro, puesta de relevancia en pocos párrafos (como hizo Richard Ford en Canadá), la del crimen involuntario o casual (pequeño hándicap, ese es un detalle que Tartt no aclara con contundencia) que necesita de otro crimen para poder ser perfecto o irresuelto. Este segundo crimen, este segundo asesinato, ya premeditado y calculado a conciencia.

Tartt afrontó esta historia brillante de forma algo irregular. Richard, narrador parece aportar la conciencia que a los otros les falta, parece no disponer de suficiente tiempo para sumergirse de lleno en la locura y ser el único elemento dotado de un sentido común convencional. A la vez parece ser más íntegro y menos volátil, sopesando pros y contras. Richard parece contaminarse con los devaneos insanos de sus compañeros, pero siempre mantener alguna distancia. No es capaz de que ésta sea insalvable, e ineludiblemente se ve involucrado en los hechos principales y en algunas situaciones personales, pero parece representar a esa clase media o baja que no puede permitirse derroches, que contempla cómo la clase alta se entrega a la frivolidad y pierde de vista la normalidad, la elude en su administración de recursos, en la fluidez de las relaciones. Todos esos hijos de empresarios y directivos de alto rango que son sus compañeros parecen constituir, más que un grupo de estudio para mentes brillantes, una especie de galaxia solipsista que, alejada de la realidad, es inconsciente de las consecuencias de sus actos o, peor aún, desprecia estas consecuencias si no le afectan directamente.
Estilísticamente la novela está bien resuelta, aunque se note en ciertos aspectos que fue escrita a través de largos años. El desnivel entre los fragmentos puramente narrativos (ricas descripciones, agudos símiles, lenguaje frondoso) y los más propiamente de acción (unos diálogos no siempre fluidos, como si el narrador no fuera capaz de transcribir literalmente) es a veces demasiado acusado, y, particularmente, cuando todo parece precipitarse hacia una trama más policíaca, especialmente en esa parte intermedia donde, perpetrado el segundo crimen, sus autores intentan regresar a una normalidad que no debe serlo en apariencia, algunas páginas parecen demasiado innecesarias (relleno que, por cierto, me permite que esta novela pueda validarse como "tocho") y desvirtúa un poco la intención del libro, que de lo que podría haber sido (una aguda crítica a esos universitarios  de familias ricas que llenan las universidades USA, sean o no de la Ivy League, y a sus aburridas existencias donde todo se arregla pidiendo a los papis que ingresen otra decena de miles de dólares), a lo que acaba siendo, una digna y entretenida, pero desigual, historia, a medio camino entre lo policíaco y lo iniciático. Ninguna queja para una novela escrita por una autora antes de cumplir la treintena, pero que me hace preguntar si constituye, por sí sola, un motivo para tanta repercusión de obras posteriores.

lunes, 19 de enero de 2015

Don DeLillo: Ruido de fondo

Idioma original: inglés
Título original: White noise
Año de publicación: 1985
Traducción: Gian Castelli
Valoración: imprescindible

Mi experiencia previa con DeLillo no hacía presagiar nada bueno. Dos intentonas fallidas, una con El hombre del salto (unánimemente calificada como un gran fracaso en su intento de aproximación al 11-S) y la otra con Body art, que hizo que me preguntara que a mí qué coño me importaba la vida de dos ancianos). En ninguna de ellas superé las 60 páginas.
Y, claro, Cosmópolis, que reseñé aquí y que me pareció un tostón de enormes dimensiones, incluso para lo corto de su extensión.
Entonces, ahora voy y califico Ruido de fondo como imprescindible. Pero es que parece escrita por otro tipo. De verdad. Todo lo que era cargante y ampuloso en Cosmópolis aquí resulta preciso, suntuoso en su desarrollo, como si cada detalle que parece superfluo se convierta en necesario una vez incorporado a la lectura. Todo ayuda, desde la estructura en cortos capítulos que se van disponiendo como piezas de un juego de construcción (NO como un puzzle) hasta los hábiles contrapuntos que permiten esa visión conjunta. Visión conjunta que se proyecta a gran escala: la de los Estados Unidos de la gente madura que ha pasado por unos cuantos matrimonios y que tiene hijos de algunos de ellos, la de profesionales de la enseñanza, la de adolescentes o jóvenes con desorientación perenne, en fin, si somos un poquitín maliciosos, la descrita en novelas de Franzen o de Foster Wallace... quince años después. Sí. DeLillo lo hizo primero, y sin la necesidad de un recurso de que sí dispusieron ellos más tarde, como la cuestión de la sociedad de la información. Así, lo que podía contarse en 1985 sobre un profesor universitario especialista en la figura de Adolf Hitler no podía contar con la coartada de un planeta unido por cables de banda ancha. El profesor se llama Jack Gladney, y su esposa Babette. Los dos se profesan una sinceridad muy incómoda. Los dos están muy pendientes de cómo las nieves del tiempo hacen más que platear sus sienes. Y entregados a la logística de su dispersa y numerosa prole en una pequeña ciudad universitaria, por si esto no fuera complicado, va y se presenta una nube tóxica, de un gas extraño, proveniente de una fuga provocada en un accidente. Que les obliga a evacuar su hogar hasta su dispersión, pero que contamina a Jack, hecho que acaba dando paso a Dylarama, extraña tercera parte que concluye la novela entre situaciones que van de lo grotesco (el amigo de uno de los hijos, encabezonado en batir un futil récord que involucra una jaula y serpientes) a lo trágico (no me hagáis incurrir en spoiler). 
Pues no: no compenso como un árbitro, al que han informado en el descanso de que el penalty que pitó en la primera parte fue un piscinazo. Ruido de fondo (por cierto, no sé porque su título no es Ruido blanco en su traducción al castellano) es una novela ejemplar por su efecto osmótico sobre el lector. No solamente por lo impoluto de su estilo, donde todo está en su sitio exacto. Esa sociedad que DeLillo retrata, conforme y hasta complacida con el acoso de la oferta comercial, tan conforme y complacida con la vida que solamente la expectativa de la muerte (coda que marca el ritmo de un modo grave y sordo, subsónico, como ruido blanco) empaña su felicidad. Retratar eso y de esa manera no está al alcance de cualquier escritor.
Su parte final, rara, ajena, casi pynchoniana en esa búsqueda extraña del medicamento, de la piedra filosofal que permite entregarse al disfrute animal  y, por tanto, desinhibido de la existencia, contribuye, con su persistente sabor, a corroborar la enorme importancia de una novela así. Esta es una novela a poseer para acudir de vez en cuando a sus frases, para vernos retratados en la madurez de esa pareja tan convencional discutiendo sobre sus miedos. Y así leer a DeLillo trazando caminos por los que mucha narrativa posterior (añadan a Richard Ford, ya puestos) ha encontrado, aún encuentra hoy, muchos de sus tesoros.

También de Don deLillo en ULAD: Aquí

viernes, 7 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Todo leído, todo por leer

Una de las escenas del crimen
Marrón. Papeleta. Papelón. Reto. Desafío.

Vergüenza.

Pues no es desnudarse ni nada el autobiografiarse a base de lecturas. No serviría una listita tipo libros que llevarse a una lista desierta. No. Hay que echar mano de recuerdos íntimos, algunos de los cuales puede que no sean para hacer grandes alardes.
Guillermo el travieso, los libros del Los cinco del pino solitario (que dejaron en mí una enorme curiosidad por esos pícnic con cerveza de jengibre, mejunje que, con el paso del tiempo, descubrí que era el ginger ale). Son primeras lecturas conscientes y espontáneas, porque andan por casa. Igual que los cómics (entonces se llamaban tebeos) de Mortadelo y una curiosa cosa llamada algo así como clásicos o narraciones ilustradas donde Jules Verne (entonces le llamaban Julio) arrasaba.
Sería imperdonable no mencionar Marsuf, el vagabundo del espacio de Tomás Salvador: ese fue mi primer disfrute no sólo del fondo sino de la forma. Un libro al que le faltaban media docena de páginas, que cayó en mis manos de la manera más casual.
Las lecturas obligatorias de los estudios secundarios: cómo, si no, hubiera accedido a la oscuridad gótica de Josafat de Prudenci Bertrana o a la narrativa chispeante y socarrona de Quim Monzó. Por no hablar de la angustia y la sobriedad de Pérez Galdós.
A pesar de lo cual diría que mi primer shock surgió de leer a Hunter.S.Thompson. Tanto, que pasadas unas décadas, releerlo me supuso una relativa decepción. El primer corte, dicen, es el más profundo.
Supongo que muchos habremos tenido nuestra fase de fascinación por el género fantástico y la mía se desplazó de Asimov y Philip K. Dick a Lovecraft. Tanto me obsesionaron que acumulé colecciones hasta que la cosa remitió.
Y de ahí salté al páramo. Con excepciones contadas, y no todas demasiado honrosas (Katzenbach, Wolfe, Gordon, madre mía, negaré haber dicho que leí un libro de Noah Gordon o uno de esos best-sellers de John Grisham), transité unos lustros en medio de lecturas técnicas relacionadas con mi actividad profesional. Sin resquicio para ficción o ensayo, nada creo que interese a nadie aquí de Criterios de valoración de empresas o El control de gestión: una perspectiva de dirección.
Entonces (porque me lo iba mereciendo) Roberto Bolaño me salvó: pegándome una patada en la cara. Pero me salvó. Curioso, por una crítica encendida que leí en la revista RockDeLux, una crítica post-mórtem de esa moderna biblia que es 2666. Y es que, gran sacrilegio, he de reconocer que todavía tengo más discos que libros, y que mucha de mi curiosidad literaria procede del mundo musical: Hornby, Welsh, Amat. Peor aún, tengo una teoría que une la cuestión literaria y la musical, y sé, sé, repito, que no te puede gustar un escritor como David Foster Wallace a la vez que un tipejo como David Bisbal. Acabáramos.
Sí, ahí está el germen de mi reenganche, y por eso siempre agradeceré hasta los peores patinazos del escritor chileno. Por eso mi primera reseña aquí fue la de Estrella distante y por eso me enfrasqué en una búsqueda de influídos por e influyentes de. Por esa telaraña llegué a Houellebecq (puede que Houellebecq ya me interesara antes, por eso), a Franzen, a Kapuscinski y a muchos otros con los que sé que me pongo muy pesado demasiado a menudo. De ahí ese lustro largo de lectura impulsiva y compulsiva y cierta querencia por lo contemporáneo y por cierta literatura muy visual y cercana al pop. Quizás, a viernes como sale este texto, ya estemos un poquitín saturados de listas y relaciones, pero en fin. No querría olvidar a Capote, a Vila-Matas, a los buenos libros de Paul Auster, a Cormac McCarthy, a Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Richard Ford, Santiago Gamboa. Pero soy injusto, seguro.
Por cierto, igualmente he de agradecer a los malos escritores que me hayan ofrecido la posibilidad de, por contraste, apreciar a los buenos. Es muy cruel haber de mencionarlos justo en este momento tan idílico. Pero por qué no. Ray Loriga, Amélie Nothomb, gracias por vuestra insignificancia. Y los mayores placeres recientes ya he procurado que salgan en mis reseñas, así que igual sería demasiado repetitivo y demasiado autobombástico referirlos de nuevo. Por ahí me encontraréis cada cuatro o cinco días. Un placer.

miércoles, 17 de enero de 2018

Esther García Llovet: Cómo dejar de escribir


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: se deja leer

Reconozco que me acerco de vez en cuando a las novedades de Anagrama. Lo hago con la ingenuidad esperanzada del adolescente que pasea cerca del portal donde vive el objeto de su deseo, lo hago esperando el encuentro casual que vaya a más, lo hago confiando que algún día se acaben los chascos y las decepciones.

Lo hago porque Jorge Herralde estuvo al mando de una editorial que me presentó a Bolaño, a Houellebecq, a Kapuscinski y al Hornby de los mejores tiempos y a algunos Auster, a Sebald y a Richard Ford. Demasiado bagaje para olvidar y demasiado bagaje para que me retraiga de hacer sangre.

Porque luego, tiempos más recientes, se unieron a esa selecta fiesta invitados no deseados. Nothomb, Trueba, algunos ya directamente deleznables, aguafiestas que les llaman, como Pablo Rivero o, el colmo de la vacuidad y la insustancialidad, el esperpento llamado También esto pasará, colofón de la infumabilidad y, en la apuesta de la editorial por atribuirle miles de cualidades, la terrorífica conquista de la sima de lo admisible, el momento en que la duda ha manchado lo que era una enseña casi inapelable.

Cómo dejar de escribir, título que parece hacer la competencia a los clickbaits, no os va a aclarar gran cosa. Novela corta que se lee en apenas una hora (curioso tanta concisión cuando la contratapa define a la autora como una admiradora de Bolaño o Foster Wallace) y en la que suceden pocas cositas. Renfo, curioso nombre para hijo y nieto de celebridades de origen latinoamericano, a la búsqueda de un manuscrito de su padre escritor, mientras se encuentra y desencuentra con personajes a la medida de la noche madrileña y de la volatilidad de los niños bien que gustan de paseos por el lado salvaje. Claudia, novia o algo así de vaivén, amigos de no menos curiosos nombres, va por aquí, va por allá, un coche viejo, poca cosita que pasa en una novela que parece un ejercicio de estilo por cuanto no hay una frase fuera de sitio, nada malo sucede en términos literarios, se va leyendo, se nota alguna hechura de influencias, se nota cierta seguridad de ser aplaudida por los de siempre por alguna ocurrencia, que para eso el mundo literario es pequeño y entre bueyes no hay cornadas.
Sin ánimo de ofender, leo que en el último Premio Herralde (el ganado por la entretenida novela de Juan Pablo Villalobos) el jurado decidió, sin premiarla, recomendar la publicación de esta obra. Que no resulta ni ofensiva ni inofensiva. que se lee tan fácil como si fuera un relato alargado publicado en una recopilación entre unos cuantos. Un viaje de autobús entre provincias, una espera que se alarga en alguna sala por una urgencia leve.
Y ahora me pregunto si he hallado en ella una sola razón para recomendar, yo, ya no publicarla, sino meramente leerla.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Raymond Carver: De qué hablamos cuando hablamos de amor

Idioma original: inglés
Título original: What we talk about when we talk about love
Fecha de publicación: 1981
Valoración: Muy recomendable

Que no nos engañe el título. Este compendio de 17 relatos del estadounidense Raymond Carver tiene poco o nada de romanticismo y glucosa, no posee ni por asomo el perfume dulzón y engañabobos de los libritos de Federico Moccia, y tampoco adolece de la la inocente superficialidad de filmes como Love actually. No, amigos míos: en esta obra de Carver, uno de los abanderados del realismo sucio, no vamos a leer una serie de historias con el padre de todos los sentimientos como hilo conductor. El título del libro es el de uno de los cuentos que contiene, un cuento que de cursi, rien de rien...Ya les digo: que esto es realismo sucio del bueno.

Carver fue un escritor alcohólico con vida de telefilme desapasionado y un autodestructivo de manual. Colega de Tobias Wolff y Richard Ford, se dedicó principalmente a la poesía y al relato, ya que enseguida comprendió que era incapaz de atreverse con textos largos como los que exigen las novelas. Fue en el relato donde plasmó todo su talento a base de frases secas y efectivas, y logró ser considerado un maestro en la materia. Su corte de fans fue y es interminable, desde Baricco hasta el malogrado Roberto Bolaño, que le consideraba el nuevo Chéjov.

El libro que hoy reseño nos sumerge a lo largo de 17 historias en una Norteamérica de road movie dramática; de maridos maltratadores y camareras que sirven tortitas con sirope en tascas de carretera; de requiems por el sueño americano entre cenizas de Malboro; de conversaciones amargas y afiladas como cuchillos de matadero texano; de marginación y soledad sucia made in el país de las barras y las estrellas. Dejo al lector que descubra por sí mismo las historias: en esta ocasión no ofreceré ninguna sinopsis. Merece la pena chocarse con Carver de frente, sin ninguna clase de aviso previo.

Y por cierto: tras la muerte del escritor, un artículo en el New York Times Magazine armó la de San Quintín: en él se decía que el editor de Carver, el terrible Gordon Manostijeras Lish, se dedicó sin pudor a retocar, cortar hasta la mínima expresión e incluso cambiar los finales de un buen puñado de relatos del escritor, incluidos los de De qué hablamos cuando hablamos de amor. En la Red hay mucha información sobre esta polémica e incluso ejemplos de cuentos carverianos "antes y después de Lish". Juzguen ustedes mismos. De todos modos, no son pocos lo que agradecen a Lish sus tijeretazos y atrevimientos varios: lo consideran corresponsable del inigualable estilo de Carver.

Otras obras de Raymond Carver en ULAD: Catedral¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

sábado, 20 de octubre de 2012

Raymond Carver: Catedral

Título original : Cathedral
Idioma original : Inglés
Año de publicación : 1983
Valoración : muy recomendable

Debo empezar esta reseña auto-recriminándome optar demasiado a menudo por lo seguro en las lecturas: un comportamiento, sin duda alguna, escasamente profesional, el de no someterme más a menudo a esas lecturas poco agradables que recomendaban profesores de instituto para que uno se bregara en esto de la lectura. Pero claro, a eso hay que oponer el tentador recurso de encontrar libros que no había leído aún de autores consagrados. Y Catedral es uno de ellos: aunque algunos de sus relatos sí me resultaban familiares a raíz del refrito que se hizo entre algunos de los incluídos en este libro y los de otros para publicar un remiendo titulado Short cuts, aprovechando el tirón de la película de Robert Altman.

Padre de la moderna narrativa corta americana: ese es el título que se atribuye más a menudo a Carver. Es cierto que su influencia es muy notable, y no sólo sobre los autores que se dedican al relato corto: diría que hasta las extensas novelas de Richard Ford, por ejemplo, o ciertos personajes de Auster, tienen una clara reminiscencia de los personajes de a pie que pueblan sus relatos. Catedral comprende 12 de ellos, ninguno de los cuales supera las 30 páginas, a los que muy difícilmente llamaría cuentos: son intervalos, rara vez con una estructura conclusiva, en las vidas de gente vulgar, de esa gente que vive en núcleos urbanos o en grises áreas residenciales. Esas casitas de dos plantas y jardín, que siempre nos aparecen aquí desprovistas de glamour, algo desvencijadas, y habitadas por familias o por hombres solos. Profusión de presencia del alcohol, de divorcios, de abandonos del hogar, de segundos matrimonios, de penurias económicas.

Leo, y no soy mitómano (salvo aisladas excepciones) que el propio Carver tuvo problemas con el alcoholismo, y que falleció a los 49 años. Así que podemos considerar que, en ciertos casos, estos relatos podrían llegar a contener fragmentos de su experiencia personal, quizás simples retazos situaciones que pudo atravesar. Sorprende que, con unos elementos tan espartanos, tan desprovistos de detalles fantasiosos o golpes de efecto (no hay crímenes, no hay grandes pasiones, no hay un ápice de glamour, todas las historias parecen poder suceder en casa del vecino), su lectura sea tan interesante. Gracias al estilo directo de Carver, por supuesto, poco dado a las florituras ni a emplear más palabras o más frases de las debidas para decir lo que piensa que debe decir, pero también a su prodigiosa imaginación: la que nos permite distinguir incluso entre personas grises y anónimas, creando esa especie de antistar-system donde pululan canguros gordas, pasteleros solitarios, familias errabundas y vendedoras de vitaminas. Donde la gente bebe para olvidar, y esconde botellas en los rincones de la casa y bebe directamente de la botella: Carver lo narra y estás viendo al tipo y a su pose desesperada. Pero también gracias a que el autor sabe jugar a la complicidad con esa cercanía: parece que cualquiera de nosotros pueda instalarse a convivir con sus personajes o ser uno de ellos.  No debería haber dejado de leer a Carver por tanto tiempo: leer el excelente Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, obviamente influido, y ya comentado aquí, me hizo echar de menos esa narrativa corta y contundente, y Carver (junto, entre otros, a John Cheever, a quién dedica un relato de Catedral) me ha hecho recordar el poder de la mejor narrativa corta, por sí sola. Aunque he de reconocer que mi intención era usarlo bajo el concepto uladiano de espaciador, concepto que no hace justicia a este excelente libro.

También en Un libro al día: De qué hablamos cuando hablamos de amor¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?


domingo, 8 de marzo de 2015

Kazuo Ishiguro: Nocturnos

Idioma original: Inglés
Título original: Nocturnes
Año de publicación: 2009
Traducción: Antonio Prometeo Moya
Valoración: recomendable

¡No os vayáis! ¡No os vayáis! El escritor japonés que cuenta historias relacionadas con hombres en bares donde se escucha jazz de noche no es el que pensáis. ¡No! ¡Si este escribe en inglés y todo, si se afincó en Inglaterra siendo un niño! ¡Puedo demostrarlo! Además, Ishiguro no venderá demasiado. Eso sería una garantía para que la gente le tomase manía, algo injustamente. Vender a espuertas, qué crimen, pobre Haruki, y cómo les gustaría a otros. Pero la elegancia de Ishiguro, una elegancia narrativa muy jazzística, no es de las que trae ventas a centenares de miles. No. Una elegancia que peca, quizás, de un exceso de contención.
Las cinco historias contenidas en Nocturnos, bastante adecuadamente subtitulado Cinco historias de música y noche son historias con estructuras bastante homogéneas. Algunos de los protagonistas transitan por lugares de paso, lugares que no son los habituales de sus existencias (hoteles, casas de amigos, una clínica estética), todos tienen relación con la música (son aficionados, o instrumentistas: chelo, saxo, guitarra...) y se produce, casi siempre, una especie de relación triangular, donde los vértices están descompensados.
Nocturno, el cuento, narra la historia de atracción circunstancial entre una estrella del papel couché en su tercera operación estética y un saxofonista que ha sido convencido por su ex-mujer de que una nueva cara será lo que le permita ser reconocido por su talento. Come rain or come shine narra la vil estratagema de un antiguo compañero de estudios que invita a un compañero de escaso éxito en la vida para que su mujer aprecie cómo gana en las comparaciones. Casi todos estos triángulos amorosos/sentimentales/musicales son isósceles, para ser más concreto: una pareja en la que irrumpe un tercero, pero esa irrupción no es una irrupción clandestina, llena de pasión y voluptuosidad: es como una especie de recurso alternativo a ciertas situaciones en las que se impone la apatía o la inminencia de un conflicto. Pero Ishiguro siempre detiene la historia en el momento preciso, antes de que los ropajes caigan sobre el suelo. Olvídense los que exploren estas historias en busca de sexo salvaje o desafios carnales. Los Nocturnos de Ishiguro son más amables que los dramas latentes en los cuentos de Richard Ford en De mujeres y hombres, otra colección de relatos de temática algo parecida. En los Nocturnos de Ishiguro la contención es clave tanto para sugerir al lector no sólo cuál será el siguiente paso que darán los protagonistas (casarse, separarse, encamarse) sino para que nosotros, lectores, nos planteemos la misma duda. Francamente agradable y sencillo en su lectura, sin complicarse la vida en lo estilístico ni en su desarrollo, Ishiguro me parece, a merced de lo leído aquí, como el autor idóneo para entretener esperas en lugares concurridos como, claro, aeropuertos. Su comedida sofisticación, su amabilidad y su calidez, son idóneas en ese contexto.
Otra cosa es que haya brutos por el mundo a los que nos gusta algo más de visceralidad.

Otras obras de Kazuo Ishiguro en ULAD: Nunca me abandonesUn artista del mundo flotanteLos restos del díaEl gigante enterrado

sábado, 14 de noviembre de 2020

Jane Smiley: Un amor cualquiera


Idioma original: inglés

Título original: Ordinary Love and Good Will

Año de publicación: 1989 (2020 en español)

Traducción: Francisco González López

Valoración: entre recomendable y está bien

He de reconocer que he habido de consultar la fecha de publicación original de esta novela para cuadrar un poco la oportunidad de su recuperación dentro del exigente catálogo de Sexto Piso y me ha costado un poco justificar esa decisión, y quizás sea oportuno aclarar al lector que esta novela se publicó hace treinta años y que está más cerca de Richard Ford que de Jonathan Franzen, más cerca de Joyce Carol Oates que de Margaret Atwood y que su impacto seguramente obedezca a que obras posteriores de la autora obtuvieron alguno de esos prestigiosos premios literarios de los que nos hacen sentir curiosidad. 

No malentendáis mi relativo escepticismo: solamente me sorprende que, dentro de la lógica y deseable variedad, esta novela encuentre su ubicación al lado de Barth, Gaddis o Barthelme, ya que se trata de una narración comprensible, sosegada, literariamente dentro de los cánones de la convencionalidad. Un amor cualquiera es una historia comprimida en unos pocos días en los que Rachel, mujer divorciada, cinco hijos, reúne a sus hijos en un pequeño evento familiar: dos de sus hijos, gemelos, van a volver a reunirse cuando uno de ellos vuelve de una prolongada estancia en la India, que le ha cambiado sustancialmente su perspectiva del mundo, y alguno de los otros hermanos va a acudir a la casa de la madre en una reunión que, desde una situación casual, evolucionará en una serie de confesiones sobre las causas de los acontecimientos que precipitaron el divorcio y dinamitaron esa idílica y americana existencia, la de un matrimonio en el que el éxito profesional (Nat, el marido, es un reputado investigador médico) y la vida plácida no es suficiente para actuar de pegamento. Nat se fue con sus cinco hijos a Inglaterra y, enzarzados en las clásicas guerras propias de estas situaciones, los niños han pasado prácticamente toda la infancia sin ver a su madre, sin tener muy claro qué hechos incidieron en esa separación.

Y hasta ese punto puede explicarse la novela, aunque no se trate de un misterio que, de ser desvelado, estropee la novela, sí que son hechos que hoy vemos con una mirada diferente a la de 1989, y, rozando el espoileo, diré que mucho mejor que así sea y que esas tres décadas provoquen en el lector un cierto escepticismo. No es que Smiley no transmita a la perfección esa personalidad de la mujer que se ha visto obligada a reengancharse con su familia. No es que la escritura no sea eficaz, ajustada a la condición de novela corta y de entorno íntimo. Es, simplemente, que no despega de ese ámbito un poco escueto y restringido y quizás hubiera esperado algo más.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Alejandro Amelivia: Como meteoritos

Idioma original: Español
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable

Nueve relatos escritos en diferentes momentos componen el debut en solitario de Alejandro Amelivia, en el que desde las primeras páginas se observa, de forma clara, la influencia de Raymond Carver (¿el mejor escritor de relatos del siglo XX?) o de Richard Ford. Y es que "Como meteoritos" es un libro "muy norteamericano", tanto por la ubicación geográfica de la mayoría de los relatos que lo componen como por estilo y por temática.

Los relatos se sitúan, principalmente, en lo que conocemos como "América profunda". Aunque no se mencionan lugares específicos, las referencias son claras: carreteras interestatales, gente viviendo en caravanas, moteles, whisky...
El estilo es casi minimalista, marcado por frases escuetas, escasas descripciones y abundancia de diálogos. Y en cuanto a la temática, los relatos nos presentan mayoritariamente a perdedores (¿suena mejor antihéroes?) en situaciones que parecen cotidianas, pero que contienen una violencia, a veces en estado embrionario, a veces más patente, que poco a poco va emponzoñando la situación. Son relatos en los que la crueldad y la maldad, de forma explícita o no, sea por desesperación o miedo, están también muy presentes.

En “La chica de mis sueños” nos encontramos con un "perdedor de manual" que, a través de los sueños y de la intercesión de un tercero, trata de acabar con su frustración mediante la venganza de su ex.mujer y su nueva pareja.

En “Kentucky Gentleman”, uno de los mejores y más crudos relatos del libro, volvemos a estar ante personajes pasados de rosca en un entorno marcado por la pobreza, la falta de expectativas y la violencia.

“La fatiga de los materiales” y “Estrella blanca”, algo más flojos que los anteriores, varían en cuanto a las voces. Aquí son tres personajes que van contando sucesivamente la historia. En el primero, destaca el paralelismo que se establece entre una casa que se cae a pedazos y un matrimonio que se derrumba, mientras que en el segundo destacan los sentimientos de soledad y de culpa que transmiten los personajes. Quizá en ambos se eche en falta una mayor diferenciación entre los distintos narradores.

“Vecinos de Hawthorne” es otro de los relatos destacados. En el, un desconocido llega a un pueblo en el que los forasteros no son bien recibidos y se pone a trabajar para otro hombre que llegó allí diez años atrás. A su llegada, comienzan a ocurrir desgracias y el pueblo comienza a sospechar. Un relato potente sobre el miedo a lo desconocido, con estructura circular y un buen final.

“Todos los detalles” es un relato que repite la estructura circular del anterior en el que el protagonista vuelve a ser otro “perdedor” que debe enfrentarse a sus miedos. El punto de partida es interesante, aunque se vea lastrado por una cierta previsibilidad.

“En el borde del claro” vuelve a hablar sobre el miedo a lo desconocido y a cómo actúan las personas en situaciones de tensión, pero quizá sea el más flojo de la colección. Casualidad o no (no lo sé), pero es el único relato que se sitúa fuera de los Estados Unidos.

“Madera de tulípero” vuelve al tema de la violencia (larvada, en este caso) y da paso a uno de los mejores relatos del libro,”Ya nadie recuerda nada”, con el pasado que vuelve, el miedo, la muerte y la violencia como ejes del mismo.

En resumen, "Como meteoritos" es un libro de debut interesante de un autor que parece encontrar su mejor versión en los relatos más ásperos, más crudos, relatos que seguro son de vuestro agrado si os gustan Carver (salvando las distancias, eso sí, porque Carver son palabras mayores) y el "realismo sucio".

lunes, 31 de octubre de 2016

Anexo a la semana del libro de culto: Diccionario de literatura para esnobs, de Fabrice Gaignault

Idioma original: francés
Título original: Dictionaire de Littérature à l'usage des snobs
Año de publicación: 2009
Traducción: Wenceslao Carlos Lozano
Valoración: muy recomendable para aspirantes a esnobs

Otra cosa no, pero en este blog somos de lo más esnob para esto de los libros. Por ejemplo, hemos tenido a uno de nuestros galeotes compañeros leyendo día y noche, para poder reseñarlos, todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido , sólo por haberlos escrito el santo patrón de los esnobs literarios (quién apunto al respecto que "el esnobismo es una grave enfermedad del alma, pero localizada y que no la echa del todo a perder"). Además, ¿no acabamos de dedicar una semana al libro de culto?; categoría que, si bien no es equivalente a la de la literatura para esnobs, en más de un caso pueden coincidir; ahora bien, que un libro devenga "de culto" es consecuencia de una obsesión genuina, sospecho, ya sea individual o tribal, mientras que el esnobismo literario por definición es más superficial... o mejor dicho, resulta de una voluntad de ser más superficial (según Olivier de Magny: "El esnobismo consiste en un conjunto de prejuicios que un grupo de personas convierte en estrategia para que el resto de los humanos se sienta, eternamente y en todo, carente de elegancia..."), con el objeto de convertirse, siquiera de una forma íntima y hasta secreta, en uno de los elegidos happy-few. En fin, en el prefacio del libro,  Fabrice Gaignault, periodista cultural de una de esas revistas de impronta indudablemente francesa y al que se le supone buen conocedor del tema, se extiende con bastante lucidez al respecto, para concluir que "el esnobismo literario debe tomarse con la máxima ligereza (...). Al fin y al cabo, solo se trata de atribuirse y de inventarse unos códigos un poco más sutiles y refinados que la "lectura de confección" al uso..."

Visto lo cual, lo cierto es que no tiene sentido tratar de engañarnos: en este blog no somos para nada esnobs, como resulta tristemente evidente (¡si hasta hemos reseñado libros de Jorge Javier Vázquez, por el amor bendito!), pero es que este libro en realidad tampoco está destinado a los esnobs, como reza su título completo: Diccionario de literatura para esnobs y (sobre todo) para los que no lo son. Así que tranquilos: en este diccionario , ordenados alfabéticamente, como debe ser, encontramos autores que resultarán prácticamente desconocidos para la mayoría de los aficionados a la lectura, pero también otros muchos que, pese a haber sido adoptados por los esnobs en algún momento, ya han pasado al conocimiento no sé si del gran público, pero sí de los letraheridos o gafapastas de provincias e incluso de pueblo (como un servidor, que conste). me refiero a nombres como los de Von RezzoriRaymond Roussel, Marcel Schwob, Ambrose Bierce o Terry Southern, por no hablar de William BurroughsLovecraftSylvia Plath... Incluso aparecen autores de best-sellers como Harold Robbins o Maurice Dekobra, que sirviera de modelo, según se dice, al personaje de Tintin. En cambio, el único premio Nobel digno de salir en este diccionario es, precisamente, el más desconocido de todos: Winston Churchill (y no sólo por haber recibido ese premio, claro está). Cierto es que la perspectiva del autor del libro es evidentemente francesa, como no podía ser de otra forma y también bastante americano-anglófila, siendo el resto de literaturas del mundo prácticamente olvidadas; como representación en lengua hispana, menciona sólo, aunque ya es bastante, al internacional Max Aub, a la cada vez más reivindicada Silvina Ocampo y a José Carlos Llop, autor que explica su sorprendente inclusión en uno de los prólogos.

Lo interesante de este peculiar diccionario, además, es que no se limita a un mero prontuario de autores poco -o nada- conocidos por la mayoría de los lectores; aparecen también otros artistas (como Andy Warhol o el elegante ilustrador Berdsley), editores y editoriales, célebres revistas literarias (Granta, McSweeney's, Tel Quel), lugares con algún tipo de impronta libresca (el Sendero de Rilke en Trieste, Tánger, el pueblo de Cajarc, en el Lot...). E interesante, además, porque nos permite seguir el rastro a lo largo de sus páginas, como si fueran los ramales de una corriente subterránea, de diversos grupos y facciones literarias; algunos bien conocidos, como el Círculo de Bloomsbury, la famosa mesa redonda del Hotel Algonquin o los Husáres franceses, (derechistas y antiexistencialistas, fanáticos de la frase corta y afilada); otros, sospecho que más fruto de la socarronería del propio Gaignault o de Paul Morand que otra cosa: el Club de los Bigotes Largos -esto es, decadentes finiseculares de segunda fila-, la Escuela de Montana -Norman Maclean o el propio Richard Ford- o los amantes del cuello vuelto, entre otros... Todos estos junto con simbolistas -empezando por Barbey d'Aurevilly pero también el wagneriano y excesivo Joséphine "el Sâr" Péladan- beatniks, vanguardistas de todo pelaje, (vorticistas, el Outlaw Liberation Army...) estetas lunáticos como el baron Corvo, embaucadores canallas como Maurice Sachs, ermitaños de los libros, drogadictos, suicidas...  entre todos van tejiendo un tapiz fascinante en sus claroscuros, en la brillantez o lo desvaído de sus colores, que convierte la lectura y consulta de este diccionario en una sorpresa permanente (sin olvidar sus otros irónicos apartados:

-Diez libros odiados por los esnobs literarios.
-Chuleta imprescindible para ahorrarse pifias monumentales.
-Las diez muertes (más o menos) esplendorosas plebiscitadas por los esnobs literarios.)

Aun a riesgo de que esta reseña resulte demasiado larga, no puedo acabarla sin incluir la entrada correspondiente, cómo no, a "Proust, Marcel: El maestro de ceremonia anuncia a los invitados que han llegado y los que están por llegar, pero tiene la suma cortesía de no extenderse sobre sí mismo (1871-1922)"

Nota final (lo prometo): un libro ilustrado y editado con exquisito gusto, como suele suceder con Impedimenta. Un placer tenerlo entre las manos... y hasta leerlo.




lunes, 10 de julio de 2017

Reseña + Entrevista. Ander Izagirre: Potosí


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Pues, por si no os habéis dado cuenta, voy a ponerme muy insistente en lo de declarar la crónica como uno de los géneros que veo con más futuro en la literatura. Los argumentos son variados y habrá quien los considere endebles, pero los veo de peso: la crónica no tiene un requisito de estilo tan elevado, pues depende mucho de lo interesante del contenido. Tampoco es tan exigida en la cuestión creativa, cuando la realidad empieza a ser tan crudamente superior a lo concebido por la mente humana. Y encima dispone de una coartada acorde a los tiempos que corren, con la falta de tiempo que nos acucia a muchos. Uno lee crónica y compatibiliza información, disfrute y hasta formación. Saber de otras partes del planeta o de otras partes de la sociedad en que vivimos. No es casualidad ese aluvión de programas televisivos en forma de reportajes donde asomarnos a la vida en otros entornos: compatriotas que se buscan la vida lejos de sus lugares de origen, experiencias profesionales de oficios arriesgados.
Por suerte, las opciones van aumentando, y las crónicas ya van superando el estereotipo de la bitácora de viaje o el reportaje periodístico y adoptando distintos cauces, y lógicamente el abanico de autores se enriquece, aunque haya que lamentar que algunos hayan desaparecido. Chatwin, Kapuscinski o Politkovskaia. Pero nos queda Alexiévich, Krakauer, Anderson, Aldekoa, Villoro, Carrión, muchos que olvido y algunos que espero descubrir en el futuro, como he descubierto a Izagirre presentado por la inquieta gente de Libros del KO, que ya me trajo a Fariña,  y he disfrutado de lo lindo. Con un texto bien estructurado y asequible, dinámico y elusivo de lo blandengue. Que arraiga en el pasado lo justo para enlazarse con el Galeano reivindicativo de Las venas abiertas de América latina, pero que se proyecta de forma contundente en el presente, para contarnos la historia de Alicia, otra de esas víctimas anónimas de todo el lodo que arrastra el proceso de colonización y descolonización. 
Todos conocemos la expresión vale un potosí. Pues Potosí es la ciudad de Bolivia organizada alrededor del enorme potencial minero de la zona. Explotación que ya empezó con el expolio de los metales preciosos (algún imbécil ha dicho que ese expolio fue compensado ampliamente con la aportación de los conquistadores: nuestra fe, nuestro idioma y nuestro sentido de la civilización) en los siglos XVI y posteriores, y que continúa hoy en día, cuando los metales que la zona minera alberga (estaño, por ejemplo) son explotados a destajo por trabajadores en condiciones precarias a las órdenes de compañías de intereses multinacionales sujetas a los vaivenes de los precios de las materias (vaivenes muchas veces predefinidos por turbios intereses especulativos, por necesidades de las cadenas productivas o por puras manipulaciones en los ciclos de demanda de éstas). Y toda esa economía local alrededor de esas explotaciones acompaña esa montaña rusa de contrataciones y despidos masivos, y qué mejor ejemplo que una mina donde generaciones trabajan y desgastan sus organismos en condiciones deplorables que son prácticamente garantía de severas afecciones físicas. Izagirre usa a esa niña obligada por las condiciones al trabajo para dibujar todo el panorama, un panorama demasiado complejo y rico en matices para destriparlo en una reseña. La clase de libros que fortalecen las convicciones de quien lo lea, a poco sentido común de que uno disponga, y la clase de libros (esto lo he dicho ya alguna vez, pero aquí es particularmente cierto) cuya lectura, sea por cabreo, indignación, confirmación de sospechas, etcétera, mejora a quien lo lee.

Y con un autor dispuesto a perder un ratito respondiendo alguna cuestión.


¿Esta clase de historias se buscan o le encuentran a uno?

Las historias no te caen del cielo mientras estás sentado en el sofá. El trabajo del periodista es salir a buscarlas. Luego es cierto que en esas historias, cuando les dedicas tiempo, aparecen asuntos inesperados, llamativos, interesantes, urgentes, que te hacen plantearte otros modos de trabajar: por ejemplo, pasar de un primer reportaje sobre una niña minera en el año 2010, a desarrollar todo un libro en 2017, porque esa niña es un personaje muy poderoso que rompe todos los moldes y que sirve para contar un mundo, el de las minas de Bolivia.
  
¿Qué piensa de ese establecimiento de vínculos emocionales ante tanto abuso y tanta injusticia? 

Que es inevitable, es humano y es el inicio del camino. La empatía te lleva a querer conocer las historias de los demás. Otra cosa es escribir: creo que Richard Ford decía que para escribir hay que tener una aguja de hielo en el corazón. No puede ser que las emociones te aplasten o te distorsionen demasiado la capacidad de observación.
  
¿Siente que condiciona el proceso creativo?

Por supuesto, pero es algo que hay que manejar, hay que acertar con las dosis: se necesita una implicación personal para interesarse por alguien, se necesita una distancia para escribir.

¿Se ayuda más con el teclado o con las manos?

Seguramente con las manos, pero hay que escribir como si sirviera. No se me ocurre otro modo de hacer lo poco que yo sé hacer.

¿Obtendrá alguna vez la crónica el lugar que se merece?

No sé cuál es ese lugar. No tengo ninguna queja especial con el lugar de la crónica.

Y si no lo obtiene en el peculiar mundo literario, ¿se reconocerá esa valiosa inducción a la reflexión?

Es que no entiendo muy bien cuál es el supuesto de esta pregunta –una falta de reconocimiento-, ni qué quiere decir lo del peculiar mundo literario. Solo sé que la crónica es una herramienta valiosa para contar la realidad, que por supuesto debe servir para menear un poco los pensamientos y las ideas. Si no hablamos de los mecanismos que producen las injusticias, de sus beneficiarios, si solo contamos escenas emotivas del sufrimiento, estamos haciendo un exhibicionismo de las víctimas que suele tener recompensa pero no sé si sirve para algo.


¿Alguna influencia no reconocible que quiera destacar?

No, no creo que deba ser yo quien lo haga.

En general, o aplicado a este libro, cuando se escribe sobre estas situaciones, ¿uno empieza a mirar más quien viene a su espalda? 

No sé si te refieres a que me ataque alguien que queda mal en el libro o algo así. Bueno, yo planteo unas críticas y unos argumentos. El debate es libre y me expongo a críticas y contraargumentos.

El periodista/escritor/cronista haciendo preguntas incómodas tras una mesa o abordando en la calle, ¿es el nuevo detective global? ¿Es el descubridor que empieza a sembrar las semillas de lo conspiranoico o simplemente va entregando piezas del puzzle?

No entiendo bien la pregunta. El trabajo del cronista es antiquísimo: cuenta realidades poco conocidas para sus lectores, intenta explicarlas de la manera más completa y atractiva posible, y si es bueno, consigue abrir algunas buenas preguntas y cuestionar algunas de las formas en las que se organiza el mundo.

¿Otros proyectos?


Sí, pero muy verdes aún 😊

miércoles, 8 de enero de 2020

Seth: Ventiladores Clyde

Idioma original: inglés
Título original: Clyde Fans
Año de publicación: 2019
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: recomendable

Leo esta última novela gráfica de Seth (nom de plume del canadiense Gregory Gallant) con el recuerdo aún fresco, pero más bien tibio, de su primera obra, La vida es buena si no te rindes, publicada originalmente entre 1993 y 1996. Sin embargo, pese a los veintitrés años transcurridos entre aquel libro y este Ventiladores Clyde, pienso que ambos podían haber sido escritos y dibujados de forma consecutiva, porque el estilo característico de Seth no ha cambiado sustancialmente: viñetas a tres tintas -negro, gris y un azul grisáceo... además del blanco, claro-, muchas de ellas sin diálogo, digamos "ambientales" -panoramas de calles, edificios, parques...-; detenimiento casi morboso en los detalles, sobre todo en objetos vintage, de los años 30, 40 ó 50 del siglo XX: bibelots, fotos, carteles...; recreación de zonas del Viejo Toronto y otras ciudades de Ontario... En realidad, como explica el autor en el epílogo, hay una razón para esta apariencia de continuidad: Ventiladores Clyde debía ser su segundo libro, pues lo comenzó justo después de terminar el primero; sólo que éste ha tardado más de veinte años en acabarlo. Eso también explica cierta evolución del dibujo dentro de la misma obra: de los trazos más finos y detallados del comienzo a otros más gruesos y de aire algo descuidado, pero también más resolutivos, del final.

Los personajes protagonistas guardan asimismo una cierta semejanza  con el de aquella otra novela:  son también individuos tristes, un poco o un bastante misántropos, o simplemente poco adaptados al trato con sus semejantes; aunque en este caso no se trata (por fortuna, creo yo) de otro dibujante de cómics, trasunto del propio Seth, sino de dos hermanos, Abe y Simon Matchcard, que han llevado durante años -y también a la ruina-, la empresa fundada por su padre, Ventiladores Clyde. Hay diferencias entre ellos, no obstante: mientras Abraham o Abe se ha visto obligado a ser más sociable debido a su trabajo de comercial para la empresa y ha llevado una existencia más o menos "normal" -viajes, matrimonio, múltiples aventuras con mujeres-, Simon es mucho más misántropo, o tal vez sólo víctima de una timidez enfermiza, por no decir patológica... La mayor parte de su vida, frustrado su intento de seguir los pasos de su hermano, los ha pasado encerrado en el edificio donde vive, y también está la oficina de la empresa de ventiladores, sin apenas contacto con el resto del mundo, cuidando de su madre y coleccionando unas postales humorísticas, de moda varias décadas atrás. la relación entre ambos hermanos, entre la dependencia y el rencor mutuo, supone, claro está, uno de los motores de la narración, quizá el principal, de hecho. pero también están la relación de Simon con su madre y el resquemor de Abe hacia su padre, que abandonó a la familia sin dar explicaciones. Los lazos familiares, por tanto, sus obligaciones y agravios, son el gran tema del libro, pero también las relaciones humanas en general -amorosas, comerciales- y la falta de ellas: la soledad, que causa un tormento indecible en quien la sufre, incluso cuando la ha elegido de forma, en apariencia, voluntaria. La necesidad que tenemos del prójimo, pero también de alejarnos de él. El fracaso y la entropía como destino inevitable de la existencia humana, así como de las ciudades y paisajes, de los tiempos... de todo lo que parece entrañable y acogedor.



He mencionado el edificio en el que están las oficinas de la empresa y también la vivienda de Simon y su madre -y luego, de Abe-, porque además, en verdad resulta ser casi un personaje más de la narración. o sin casi: detenido en el tiempo, laberíntico, incluso algo claustrofóbico... los dos hermanos deambulan por él sin cesar, de habitaciones a pasillos, de sótanos a la oficina, de la coina al almacén de material, desgranando sus historias y la de su familia. Incluso los objetos que se acumulan en la casa tienen no poca relevancia: a modo casi de una novela del Nouveau Roman o de Georges Perec, nos encontramos -en un libro de historietas ya de por sí bastante tocho y algo agotador- con, por ejemplo, cinco páginas repletas de pequeñas viñetas donde se detallan todos los objetos que se encontraban en el tocador y el resto del cuarto de la madre de los dos hermanos. U otra, ocupada por un catálogo de todos los modelos de ventilador que vendía la firma. En fin, cosas de ese tipo...

Por acabar: si alguien ha leído la reseña que escribí de la primera obra de Seth, La vida... etc., se habrá dado cuenta del cambio en mi tono, no sólo en la valoración. la causa es que si la otra novela gráfica me pareció algo interesante, sí, pero sobre todo una muestra máss de ese onanismo narrativo que constituye en el peor (y más frecuente, por desgracia) de los casos la llamada "autoficción", ventiladores Clyde, en cambio, resulta una novela madura y profunda , absorvente (ya digo que incluso un poco agotadora), y cuya historia y personajes, sin duda, merecerían una mayor repercusión si se tratara de una novela "tradicional" que hubiese salido de la pluma de un Franzen o un Richard Ford o cualquiera de los novelistas norteamericanos actuales más señeros.

Y antes de que lo olvide, el libro en sí, un volumen tocho, como he comentado antes, está esplendidamente editado, e inserto dentro de una curiosa "caja-faja" que, pese a mi aversión (compartida por muchos lectores y libreros, me consta) hacia esos adminículos deleznables al servicio de la autopromociónmás cutre, en este caso aporta un embalaje apropiado al tamaño del libro y de un buen gusto divertido y sorprendente. A cada cual, lo suyo.

Otras obras de este autor reseñadas en Un Libro Al DíaLa vida es buena si no te rindes