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lunes, 10 de junio de 2019

Seth: La vida es buena si no te rindes


Idioma original: inglés
Título original: It's a Good Life, If You Don't Weapúblicos n
Año de publicación: entre 1993 y 1996, como serie dentro del cómic Palooka-Ville
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: está bien

Nos encontramos hoy ante uno de los libros que, hace veinte o incluso treinta años, hicieron que cambiase la percepción general acerca de los cómics como algo destinado a los lectores infantiles, a los frikis de los superhéroes o a la contracultura, underground o punk, y pasaran a ser considerados, o al menos alguno de ellos, como obras literarias tan profundas y complejas como cualquier novela sin dibujicos (recordemos otros títulos como Maus o Fun Home). Aunque, en realidad, el concepto "novela gráfica" ya existía antes de que se comenzase a aplicar a los libros de historietas con ciertas ínfulas literarias, en el sentido de referirse a una historia extensa, obra de un solo, o una pareja, dibujante y guionista (me refiero a no como en los equipos del manga o de los sistemas de producción de las editoriales de cómics norteamericanas), se generalizó entre el público modernete de ciertas inquietudes culturales, como cómics "de autor", a partir de las obras, ya digo, de dibujantes como éste, el canadiense Seth, a.k.a. Gregory Gallant (*)

Esta novela gráfica, pues, comparte además con algunas de sus congéneres una característica que, en principio, debería haberme hecho huir de ella como gato escaldado del agua... ¿cual va a ser, amigas  y amigos biblioadictas? En efecto: el protagonista de esta historia resulta ser un dibujante canadiense (¡Oh, sorpresa!) llamado Seth (¡Oh, maravilla!) y de inopinado parecido físico  con el autor del libro (¡Oh...bueno, vale, ya lo dejo). Es decir, me encontraba yo una vez más ante mi Némesis como sufrido lector: la autoficción pajillera que nos ha invadido como una plaga de oruga pasionaria en un pinar. Debería haber huido, lo reconozco, pero si no lo hice  fue por la combinación de: 

1- Dibujo claro y poco abigarrado, fácil de mirar. A tres tintas y chimpún.

2- Poco texto, fácil de leer. Eso siempre es un punto a favor en estos casos.

3- La necesidad imperiosas de reseñar algo para alimentar el monstruo insaciable que es este  blog (¿os acordáis el cuadro Saturno devorando a sus hijos? Pues por ahí va la cosa...).

La trama, por lo demás, tampoco tiene demasiada complicación: el protagonista, ya digo, es un historietista canadiense llamado Seth, un tipo solitario, tranquilo y, para qué negarlo, bastante moñas. Es un hombre sumido en una melancolía perpetua, al que le disgusta la vulgaridad del presente y se refugia en la añoranza por su propia infancia y por un pasado que incluso no llegó a vivir. Viste como en los años 40 o 50, le encantan los viejos edificios de tiempos pretéritos .sobre todo las áreas industriales o las granjas abandonadas- y se dedica a rebuscar en tiendas de segunda mano para coleccionar revistas y tebeos de aquellas épocas que ha idealizado. Así, descubre a un dibujante que firma como Kalo y que llegó a publicar viñetas en The New Yorker y en otras revistas como Esquire.  Resulta que además el tal Kalo -abreviatura de Jack Kalloway- era un dibujante de Ontario, igual que él y, lo que es más, ¡vivía en un pueblo donde estuvo unos años Seth, de pequeño! 

Como es de esperar, el protagonista se obsesiona con su precedente y poco conocido colega de profesión y dedica buena parte de su tiempo a indagar sobre su vida y obra. Como confidente en esta pesquisa, Seth tiene a su paciente amigo Chet y alguna que otra novieta que, sorprendentemente, consigue ligarse (lo digo porque el pobre me parece un sinsorgo de cuidado, aunque supongo que puede tener su encanto). Y esa es toda la historia, en esencia. Entre medias, viajes en tren, paseos por paisajes nevados, contemplación de edificios antiguos y cosas así, junto con claro, reflexiones del personaje acerca de su propia personalidad  melancólica y un poco misántropa; Seth no se engaña y sabe que es un tío raruno con tendencia a la infelicidad, aunque quizás (no quiero "spoilear" nada), la  pesquisa sobre Kalo le sirva para sobrellevar esta condición.

Lo mejor del libro resultan, sin duda, las viñetas sin diálogo que retratan lugares de Toronto y otras localidades canadienses: viejos almacenes, tiendas, pequeñas casa, estaciones, etc... así cómo las que reflejan el paso del tiempo, a través de la meteorología -hay varias páginas mudas muy notables, a ese respecto-; en verdad, son los que le otorgan cierto empaque de "novela de autor" a este libro. Por lo demás, los dibujos, aunque sencillos, tienen su encanto y es muy posible que el resultado agrade a muchos lectores más que a mí: reconozco que, sin que me haya llegado a aburrir, me ha dejado bastante frío... pero, caramba, también es que se pasa nevando casi todo el libro...; )


(*) Autor que ha visitado España en fecha reciente, por cierto, para promocionar su última obra, Ventiladores Clyde, con gran éxito de crítica y público.

jueves, 25 de junio de 2026

Seth: George Sprott 1896-1975

Idioma original: inglés

Título original: George Sprott 1896-1975

Año de publicación: 2009

Traducción:  Esther Cruz Santaella

Valoración: recomendable 

Biografía de un personaje ficticio (o biografía ficticia de un personaje... no, creo que esto es menos correcto) o mejor dicho, biografía gráfica, puesto que tal es el género de este libro, escrito y dibujado, además por uno de los autores cuya obra sirvió para forjar el ya más que manido concepto de "novela gráfica", el canadiense Gregory Gallant, que firma como SethEn este caso, la biografía ficticia trata sobre un caballero llamado George Sprott, ex-seminarista, "explorador" (es decir, de aquella manera) del Ártico canadiense en su juventud y luego presentador durante más de veinte años de un supuesto programa sobre esa región y sus recuerdos, Estrellas boreales, en un cadena local -supongo que también ficticia- la CKCK. Un tipo que, tras una fachada de bonhomía e incluso campechanía (adjetivo que suele ser engañosos, como bien sabemos en España), esconde también ciertas sombras, secretos y defectos poco halagüeños. Tampoco es que sea un asesino en serie, ni nada de eso; tan sólo se trata de las miserias habituales, de los remordimientos que nos reconcomen durante toda la vida, de los arrepentimientos por lo que pudo haber sido y no fue, de las pequeñas infamias cometidas y quizás sólo conocidas por nosotros mismos... en fin, lo que nos puede pasar a cualquiera.

Lo más interesante del libro, ya que la vida ficticia del protagonista, si no anodina, tampoco resulta ser un tráfago de experiencias intensas, momentos al límite y hedonismo desenfrenado -bueno, un poco sí, porque tuvo numerosas conquistas amorosas, pese a estar casado-; lo mejor del libro es cómo nos cuenta esta vida Seth. Además de su estilo característico -viñetas pequeñas que componen juntas escenas grandes; personajes dibujados con simpáticos trazos, cromatismo que tiende a utilizar sólo un color- aquí incluye páginas con paisajes árticos y fotos de modelos en cartón de los edificios donde se desarrolla la historia de George: la emisora de televisión, el bar-restaurante que frecuentaba, la sala de conferencias... Pero, además, la historia dista de ser lineal; es cierto que se nos narran los momentos previos al fallecimiento del protagonista, en 1975, pero además encontramos otros instantes de su vida, reflexiones o declaraciones -un tanto cuñadas, pero old fashioned- de George, varios testimonios de personas que le conocieron, le amaron -su sobrina Daisy- o no pudieron hacerlo -la hija mestiza a la que abandonó-, trabajaron con él o incluso se han dedicado a coleccionar sus recuerdos... Y, por supuesto, los recuerdos y sueños -literalmente-  del propio George... De hecho, me parecen magníficas las páginas que recrean los sueños que le asaltan cuando se queda roque en medio de sus programas de televisión...


Esta es la tercera novela gráfica del afamado Seth que leo. La primera, La vida es buena si no te rindes, me dejó bastante frío (cierto es que el estilo de este autor también tiende a causar ese distanciamiento... aparte de lo gélido de la ambientación canadiense, claro); la segunda, en cambio Ventiladores Clyde, me gustó mucho más, aunque tratase los mismos temas. la soledad, la incomunicación, la incomprensión sobre el sentido de la vida... temas que también son lo que aparecen en George Sprott 1894-1975, sólo que aquí disimulados entere  la construcción de la idiosincrasia de un personaje tan peculiar y las anécdota s y recuerdos de su vida. Como se suele decir, todos los narradores se dedican, en el fondo, a contar la misma historia una y otra vez y eso es bastante evidente en el caso de Seth. Lo que no debe interpretarse como una crítica negativa, ni mucho menos, y sobre todo cuando hablamos de libros tan recomendables, al fin y al cabo, como es éste.

Otras obras de Seth reseñadas en Un Libro al Día: La vida es buena si no te rindes, Ventiladores Clyde

miércoles, 8 de enero de 2020

Seth: Ventiladores Clyde

Idioma original: inglés
Título original: Clyde Fans
Año de publicación: 2019
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: recomendable

Leo esta última novela gráfica de Seth (nom de plume del canadiense Gregory Gallant) con el recuerdo aún fresco, pero más bien tibio, de su primera obra, La vida es buena si no te rindes, publicada originalmente entre 1993 y 1996. Sin embargo, pese a los veintitrés años transcurridos entre aquel libro y este Ventiladores Clyde, pienso que ambos podían haber sido escritos y dibujados de forma consecutiva, porque el estilo característico de Seth no ha cambiado sustancialmente: viñetas a tres tintas -negro, gris y un azul grisáceo... además del blanco, claro-, muchas de ellas sin diálogo, digamos "ambientales" -panoramas de calles, edificios, parques...-; detenimiento casi morboso en los detalles, sobre todo en objetos vintage, de los años 30, 40 ó 50 del siglo XX: bibelots, fotos, carteles...; recreación de zonas del Viejo Toronto y otras ciudades de Ontario... En realidad, como explica el autor en el epílogo, hay una razón para esta apariencia de continuidad: Ventiladores Clyde debía ser su segundo libro, pues lo comenzó justo después de terminar el primero; sólo que éste ha tardado más de veinte años en acabarlo. Eso también explica cierta evolución del dibujo dentro de la misma obra: de los trazos más finos y detallados del comienzo a otros más gruesos y de aire algo descuidado, pero también más resolutivos, del final.

Los personajes protagonistas guardan asimismo una cierta semejanza  con el de aquella otra novela:  son también individuos tristes, un poco o un bastante misántropos, o simplemente poco adaptados al trato con sus semejantes; aunque en este caso no se trata (por fortuna, creo yo) de otro dibujante de cómics, trasunto del propio Seth, sino de dos hermanos, Abe y Simon Matchcard, que han llevado durante años -y también a la ruina-, la empresa fundada por su padre, Ventiladores Clyde. Hay diferencias entre ellos, no obstante: mientras Abraham o Abe se ha visto obligado a ser más sociable debido a su trabajo de comercial para la empresa y ha llevado una existencia más o menos "normal" -viajes, matrimonio, múltiples aventuras con mujeres-, Simon es mucho más misántropo, o tal vez sólo víctima de una timidez enfermiza, por no decir patológica... La mayor parte de su vida, frustrado su intento de seguir los pasos de su hermano, los ha pasado encerrado en el edificio donde vive, y también está la oficina de la empresa de ventiladores, sin apenas contacto con el resto del mundo, cuidando de su madre y coleccionando unas postales humorísticas, de moda varias décadas atrás. la relación entre ambos hermanos, entre la dependencia y el rencor mutuo, supone, claro está, uno de los motores de la narración, quizá el principal, de hecho. pero también están la relación de Simon con su madre y el resquemor de Abe hacia su padre, que abandonó a la familia sin dar explicaciones. Los lazos familiares, por tanto, sus obligaciones y agravios, son el gran tema del libro, pero también las relaciones humanas en general -amorosas, comerciales- y la falta de ellas: la soledad, que causa un tormento indecible en quien la sufre, incluso cuando la ha elegido de forma, en apariencia, voluntaria. La necesidad que tenemos del prójimo, pero también de alejarnos de él. El fracaso y la entropía como destino inevitable de la existencia humana, así como de las ciudades y paisajes, de los tiempos... de todo lo que parece entrañable y acogedor.



He mencionado el edificio en el que están las oficinas de la empresa y también la vivienda de Simon y su madre -y luego, de Abe-, porque además, en verdad resulta ser casi un personaje más de la narración. o sin casi: detenido en el tiempo, laberíntico, incluso algo claustrofóbico... los dos hermanos deambulan por él sin cesar, de habitaciones a pasillos, de sótanos a la oficina, de la coina al almacén de material, desgranando sus historias y la de su familia. Incluso los objetos que se acumulan en la casa tienen no poca relevancia: a modo casi de una novela del Nouveau Roman o de Georges Perec, nos encontramos -en un libro de historietas ya de por sí bastante tocho y algo agotador- con, por ejemplo, cinco páginas repletas de pequeñas viñetas donde se detallan todos los objetos que se encontraban en el tocador y el resto del cuarto de la madre de los dos hermanos. U otra, ocupada por un catálogo de todos los modelos de ventilador que vendía la firma. En fin, cosas de ese tipo...

Por acabar: si alguien ha leído la reseña que escribí de la primera obra de Seth, La vida... etc., se habrá dado cuenta del cambio en mi tono, no sólo en la valoración. la causa es que si la otra novela gráfica me pareció algo interesante, sí, pero sobre todo una muestra máss de ese onanismo narrativo que constituye en el peor (y más frecuente, por desgracia) de los casos la llamada "autoficción", ventiladores Clyde, en cambio, resulta una novela madura y profunda , absorvente (ya digo que incluso un poco agotadora), y cuya historia y personajes, sin duda, merecerían una mayor repercusión si se tratara de una novela "tradicional" que hubiese salido de la pluma de un Franzen o un Richard Ford o cualquiera de los novelistas norteamericanos actuales más señeros.

Y antes de que lo olvide, el libro en sí, un volumen tocho, como he comentado antes, está esplendidamente editado, e inserto dentro de una curiosa "caja-faja" que, pese a mi aversión (compartida por muchos lectores y libreros, me consta) hacia esos adminículos deleznables al servicio de la autopromociónmás cutre, en este caso aporta un embalaje apropiado al tamaño del libro y de un buen gusto divertido y sorprendente. A cada cual, lo suyo.

Otras obras de este autor reseñadas en Un Libro Al DíaLa vida es buena si no te rindes

sábado, 15 de abril de 2023

Cory Doctorow: Walkaway

Idioma original: inglés
Título original: Walkaway
Traducción: Enrique Maldonado Roldán, para Capitán Swing
Año de publicación: 2018
Valoración: entre se deja leer y está bien


Uno ve el argumento de este libro en el que nos ubica en un futuro donde todo puede construirse mediante impresiones en 3D y en el que un grupo reducido de habitante decide abandonar la sociedad ultra capitalista y se imagina una versión robotizada o futurista de «La parábola del sembrador» de Octavia E. Butler pasado por el filtro distópico del autor de «Radicalizado». Y aquí entramos de nuevo en el tema de las expectativas, en este caso basadas en la lectura del recopilatorio de cuentos del mismo autor. Pero las expectativas en este caso no ayudan, pues el resultado no es el que este humilde reseñista (y, por ello, de opinión subjetiva) esperaba. Vayamos a explicar los porqués.

Empieza el libro situando a “Hubert, etc.”, uno de los protagonistas (de nombre abreviado por él mismo), en una fiesta comunista clandestina; alguien que «a sus veintisiete años, superaba en siete al siguiente parrandero de más edad». Ya, en estos dos apuntes iniciales (el del extensísimo nombre del protagonista, así como por el tono altamente coloquial mostrado), uno ve desde donde se aproxima el autor a esta distopía: el humor. Y en esta aproximación es donde encuentro el primer escollo, pues particularmente no encajo en las lecturas con este recurso; un tono humorístico que provoca que a uno le cueste meterse en la historia y ubicarse en ese escenario futurista en el que no se sabe muy bien quienes son los personajes ni qué pretenden. Además, argumentalmente la escena inicial ya sucede en un punto álgido de clímax y descoloca al lector que avanza en la lectura para saber muy bien de qué va todo esto. Porque vemos drones, vemos una fiesta comunista organizada en un local ocupado, vemos drogas y máscaras de camuflaje. Vemos el interior de la historia, pero desconocemos por completo el exterior del que únicamente sabemos que estamos en un escenario futuro, con drogas sintéticas, drones, coches que conducen solos, cafeterías con robots en lugar de camareros y que la acción se ubica en Toronto, pero poco más. De todos modos, esta confusión inicial tiene su punto atractivo, pues incita a querer avanzar en la trama y profundizar en ella.

De esta manera, ya en esos primeros compases vemos que el tono y el estilo de Doctorow en esta novela se asemeja mucho más al del cuento «Minoría modélica» de su libro «Radicalizado» que al del resto de cuentos incluidos en ese volumen y se acerca mucho al propio de las novelas policiacas de ex polis que están de vuelta de todo al utilizar un lenguaje extremadamente coloquial con tacos y abuso de la jerga y del lenguaje directo como se evidencia al leer que «Seth lanzó una sonrisa cargada de significado a Hubert, etc., una mención sin palabras a sus sentimientos por Natalie. Hubert, etc., no estaba de humor. Había tenido a un hombre muerto en sus brazos. Estaba ensangrentado, cansado y mareado» o cuando describe que «Natalie llevaba un pijama amplio a rayas blancas y negras, y ni se había puesto sujetador, pero Hubert, etc., no se quedó mirando, ni siquiera un poco»). Con todo ello, o uno está mentalizado para leer una novela algo “gamberra” o cuesta conectar y empatizar con los personajes que pueden parecer demasiados simples y superficiales a simple vista, poco definidos. 

A nivel argumental, superada la escena inicial, la historia realmente empieza cuando los protagonistas se encuentran en un suceso en el que las cosas no salen como estaba previsto y deciden abandonar el sistema social, político y económico establecido y basado en una continua vigilancia policial y capitalismo extremo para convertirse en “andantes” y vivir en los márgenes, en las “afueras” de la sociedad y unirse a otras personas con esa misma mentalidad, formando una comunidad jerárquicamente plana en la que «preguntarle a alguien si puede ponerte a trabajar es decirle que esta al cargo y someterte a su autoridad. Las dos cosas están prohibidas. Si quieres trabajar, haz algo. Si lo es de ayuda, tal vez lo deshaga yo más tarde (…) es un comportamiento pasivo-agresivo, pero así son los andantes». De esta manera, los andantes constituyen una sociedad sin ningún control policial, sin vigilancia, pues «las personas que utilizan este sitio decidieron que preferían que los robaran a que los vigilaran. Las cosas no son más que cosas, pero que te graben todo el rato te pone los pelos de punta».

Con esta premisa, uno avanza sin haber conectado de lleno con la historia. En libros futuristas donde la realidad es distinta a nuestra época, la conexión con la historia es a través de sus personajes, ellos son el nexo entre un mundo imaginado y el nuestro, pero si no hay esa conexión empática, la conexión se rompe y la distancia entre libro y lector se agranda abismalmente. En medio de situaciones más o menos cómicas, el autor intercala mensajes ideológicos que sí tienen su interés, pues giran de manera cíclica y continua en torno al sistema capitalista y al comunismo, a los métodos de trabajo basados en objetivos y su consecuencia de competitividad versus el trabajo por placer o la búsqueda de la realización personal por la satisfacción personal de hacer las cosas bien por uno mismo. Esa parte con carga ideológica sí consigue captar la atención. Porque es evidente que el capitalismo se basa en aprovechar cada instante de la vida y hacerlo a través de gastar dinero para explotar la vida al máximo. Pero, y ahí el autor lanza la cuestión clave: ¿qué ocurriría si se descubriera una forma de vivir eternamente? ¿Seguiríamos viviendo al límite? ¿Seguirían siempre mandando los mismos (pocos) durante toda la eternidad? Porque «encontrar una cura para la muerte» significa «el final de la historia (…) el final de la moralidad, de todo. Si puedes vivir para siempre…, volver de la muerte…, todo vale. Atentados suicidas. Asesinatos en masa. Por eso los zotas están tan espantados como la idea de que todo el mundo lo tenga». Y con ello llega el dilema, pues «los zotas no eran amigos de nadie, pero tenían un interés en la continuación de una civilización cuya cumbre ocupaban. Estos científicos, frikis y vagos no estaban capacitados para gestionar un planeta». Y ahí radica el enfrentamiento, entre clases, entre sistemas, pues el objetivo de conseguir la inmortalidad es noble a ojos de los andantes, pues contribuirá a una mejor sociedad más cooperativa y solidaria porque «¿cómo pueden cegarte tus objetivos a corto plazo si estás planificando una vida eterna?» Teniendo los medios tecnológicos la fórmula es simple: «te escaneas, sacas un cuerpo nuevo del almacén y viertes los datos en él». Porque la inmortalidad «no solo es la posibilidad de regresar de entre los muertos, sino la capacidad de repensar qué significa estar vivos». 

Así mismo, de igual manera que el autor critica el capitalismo extremo afirmando que «si la excusa para poner a un puñado de cabrones ricos al mando del mundo era que sin ellos nos moriríamos de hambre, ¿cómo iban a permitir que la gente viviera sin su firme pero amoroso liderazgo?» a su vez, remarca la importancia de imponer cierta estructura jerárquica pues, contraponiendo el modelo con la versión opuesta te puedes dar cuenta que «te crees que has encontrado una forma en la que todo el mundo puede salir adelante sin jefes. Siempre hay jefes. Y sin no sabes quién es, no puedes cuestionar su liderazgo. Un sistema de jefes secretos es un sistema sin rendición de cuentas ni consentimiento. Es una manipulocracia».

Lamentablemente, hay que llegar al tercio del libro para empezar a interesarse verdaderamente por la historia que narra. Le sobran muchísimas páginas y situaciones que no aportan demasiado al relato, no es necesario tanto contenido para situar la historia y centrar el propósito. También considero que los toques de humor utilizado, aunque sirven para quitar peso a otras partes más densas, rompen en ritmo y le dan cierto aire de ligereza que no encaja con lo que el libro pretende denunciar y, a media lectura del libro, no está muy claro si va hacia un libro de supervivencia postapocalíptica, un tratado sobre los problemas y deficiencias del capitalismo o sobre la inmortalidad y sus posibles consecuencias. O de todo ello a la vez en una mezcla en la que no llega a profundizar en ninguno de los temas. Incluso a veces parece que ni el autor se toma en serio cuando va introduciendo chascarrillos que rompen cualquier pretensión de hacer un texto de más calado o cuando nutre el libro de relaciones personales y pasionales que no aportan nada a la historia. Un estilo que se parece en parte a lo que hacía Marc-Uwe Kling en «QualityLand», pero en ese caso el contenido ideológico del libro era menos ambicioso y conseguía mejor su propósito.

Bien es cierto que el autor se muestra perfectamente lúcido y hábil en la exposición de ciertos dilemas y problemas sociales, pues una vida eterna implica un cambio de mentalidad, porque el mensaje que subyace en el trasfondo de la historia es que «si no encontramos la forma de cambiar la gratificación de hoy por la supervivencia de mañana…». Sin eso, la sociedad no se abonará al cambio y este debe empezar por la ilusión, por la esperanza, porque tal y como afirma uno de los personajes, «lo que estamos haciendo, Gretyl, es ejercer la esperanza. Es lo único que puedes hacer cuando la situación demanda pesimismo. La mayoría de la gente que tiene esperanza ve sus experiencias frustradas (…) la esperanza es el precio de acceso. Sigue siendo una lotería con unas posibilidades de mierda, pero al menos es nuestra lotería». Y, aunque las posibilidades de éxito sean pocas, aunque las cartas estén marcadas y los premios a los que podemos acceder únicamente sean, en la mayoría de los casos, los premios de consolación, debemos intentar conseguirlos y luchar para que, al menos en algún caso, consigamos alcanzar aquello a lo que aspiramos.

También de Cory Doctorow en ULAD: Radicalizado, Mierdificación

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Lázaro González Pérez de Tormes: Lazarillo Z

Idioma original: Español
Título completo: LaZarillo. Matar zombies nunca fue pan comido
Año de publicación: 2009
Valoración: Se deja leer

A lo mejor no se nota, porque por aquí nos las damos de cultos y tal, pero entre los que hacemos este blog hay varios zombie-filos, e incluso algún zombie-logo. Vamos, que nos gustan los libros y películas de zombies, que, con muy contadas excepciones (Guerra Mundial Z, las pelis de George Romero, 28 días después...) artísticamente no suelen ser gran cosa (por no decir que suelen ser un truño, con suerte, entretenido, destinado al consumo y al olvido inmediatos). Y por ese gusto nuestro por los no-muertos, saludamos con curiosidad y cierta alegría malsana la aparición de Orgullo, prejuicio y zombies, de Seth Graham-Smith (a partir, claro, de Jean Austen) que se pronto se convirtió en el pionero de toda una serie de mash-ups o reinterpretaciones neo-terroríficas de clásicos, como Sentido, sensibilidad y monstruos marinos; Mujercitas vampiras o Androide Karenina.

Solo era cuestión de tiempo que alguien se animase a hacer lo mismo con algún clásico español: de hecho, ya hace meses que por internet circula una versión apócrifa de La casa de Bernarda Alba zombi, muy currada por cierto, con formato de "clásico" de Cátedra e introducción crítica incluida. Pero la primera adaptación zombie de un clásico literario español, comercializada por una editorial de verdad, es este LaZarillo, que ofrece exactamente lo que promete su portada y su título: una versión actualizada de la novela anónima, modificando algunos pequeños detalles, como que en la España del siglo XVI pululaban los vampiros y los zombies, o que el propio Lázaro (autor supuesto, claro, de la obra) se volvió inmortal y habita todavía entre nosotros.

Ponerle un "repugnante" a esta obra habría sido una hipocresía por mi parte. Como comprarte un vino kalimotxero de 99 céntimos el litro y luego ponerlo a parir en un blog sobre Grandes Reservas. Este libro es para lo que es: para leértelo en unas pocas horas, echarte algunas risas (pocas), entretenerte con las aventurillas paranormales del bueno de Lázaro y sus amigos y, lo que más me ha divertido a mí (pero es que yo soy muy raro) jugar a reconocer cuánto -no demasiado- de la obra original se mantiene en esta versión psicotrópica. Al final, lo único que hará que este libro sea recordado (ejem) es que fue el primero que se publicó en España siguiendo esta moda destripa-clásicos. Y poco más.

viernes, 8 de febrero de 2013

Joe Matt: Peepshow

Idioma original: inglés
Título original: Peepshow
Año de publicación: 1994
Valoración: muy recomendable

Joe Matt (Filadelfia, 1963) es un autor estadounidense que saltó a la fama por Peepshow, una serie de cómics que empezó a dibujar en 1987 y que pronto llamaron la atención de la crítica (su obra ha sido nominada a cuatro premios Harvey) y del público.

Siguiendo la estela de Harvey Peckar o Robert Crumb, el personaje principal de las historias de Matt es él mismo. Así, en Peepshow el autor se presenta como un personaje inmaduro, obsesionado con la pornografía, incapaz de mantener una relación de pareja sana, profundamente egoísta, perezoso y bastante neurótico en ocasiones.

Además de las broncas con su novia de entonces, Trish, sus fallidos escarceos con otras mujeres y sus frustraciones varias, Matt también muestra en estas historias su relación con los también autores de cómic Seth y Chester Brown, los únicos amigos con los que es completamente sincero y las únicas personas que le hacen poner los pies en el suelo cuando empieza a desvariar.

A pesar de que se muestra a sí mismo como un completo haragán más preocupado por masturbarse que por trabajar, Peepshow no es en absoluto un cómic mal hecho o descuidado. Destaca su dibujo expresivo (y más agradable a la vista que el de Crumb, por ejemplo) y sus tramas ágiles, en las que los diálogos –verosímiles y realistas– son su mejor baza. 

Así, aunque Joe Matt puede parecernos un perfecto imbécil (si todo lo que cuenta sobre sí mismo es cierto), sus cómics nos divertirán y nos harán pasar un buen rato. Y, ¿quién sabe?, igual nos hacen preguntarnos por qué hay tanto inmaduro hoy en día por el mundo... y puede que no nos guste la respuesta.