domingo, 16 de septiembre de 2018

Kurt Vonnegut: Cuna de gato

Idioma original: inglés
Título original: Cat's cradle
Año de publicación: 1963
Traducción: del catalán, edición leída, Martí Sales
Valoración: recomendable

Ahí, como un espécimen inclasificable entre contracultura y nuevo periodismo y narrativa contemporánea cuyos grandes bastiones (De Lillo o Pynchon) se mantienen activos, estaba Vonnegut. Un escritor con pinta de cachondo al que hay que tomarse en serio. No es para menos cuando la lectura de esta extraña novela me ha sonado a referencias tan dispares como  Huracán en Jamaica o Merienda de negros, o  Las esposas de Los Álamos, siendo a la vez una sátira sobre el imperialismo yanki y un cruel ejercicio sobre la idolatría, sea esta o no consentida, de héroes nacionales de lo más dispares.
Un joven periodista se obsesiona con la familia de uno de los principales científicos del Proyecto Manhattan. Decide preguntarles qué hacían aquel día: 6 de Agosto de 1945. Sin un motivo concreto, Vonnegut ya ha marcado territorio. El vuelo del Enola Gay y su sórdida misión como hito de la historia americana, como el 22-11-1963, como el 11-9-2001, como esas fechas veneradas por esa nación sedienta de cimentar a toda costa una historia con la valiosa complicidad de los medios de comunicación.
La búsqueda, cómo intenta contactar con los tres hijos del científico (todos ellos seres peculiares, id a saber qué quiso Vonnegut que interpretáramos de sus peculiaridades), cómo se relaciona con ellos y qué dispares circunstancias han tomado tras la muerte de su padre, le llevará hasta San Lorenzo, isla en algún lugar al sur de los Estados Unidos (no es difícil pensar que sea algo parecido a Cuba o a alguna república bananera de las que tanta inestabilidad registraban por los 60) donde un gobierno títere parece dispuesto a abrazar a cualquiera con tal de que acepte presidir su gobierno, a todas luces una tiranía absoluta con la población entregada a una religión inverosímil (el kononismo), religión que parece ser una cortina de humo para controlar a la sociedad, asustada ante un severo castigo cuya amenaza su día a día de forma fría: el gancho en el que los disidentes, los contestatarios, los opositores pueden ser colgados de forma arbitraria.
Aquí Vonnegut derrama acidez a espuertas y es evidente que toma una fuerte voz crítica contra toda la era en que USA se empeñó en maniobrar políticamente en América Latina para evitar que una posible contaminación del caso de Cuba descompensara el precario equilibrio entre bloques de la Guerra Fría.
Una novela corta con evidentes dobles lecturas y que ayuda, a través de escenas surrealistas con toques hilarantes, a conocer la obra de Vonnegut, escritor sin ataduras ni compromisos (incluso poco dado a alinearse con corrientes literarias) que muestra aquí una excéntrica creatividad que deleitará a los curiosos.

También de Vonnegut en ULAD: Matadero cinco, Un hombre sin patria, Madre noche, Barbazul

sábado, 15 de septiembre de 2018

Hugo Pratt; Las Etiópicas


Idioma original: Francés
Título original: Les Éthiopiques
Año de publicación: Entre 1972 y 1973
Traducción: Miguel Sánchez y Manuel Domínguez
Valoración: Está muy bien

Al verano de los que habitamos en Hemisferio de arriba le queda un suspiro. Ha sido una buena temporada, entre otras cosas, porque ha dado para escapar un par de ocasiones a la playa en compañía de un tipo entrañable, al que uno aprecia una enormidad. Un auténtico y, por supuesto, irresistible seductor, del tipo parco pero certero, de la familia de los tímidos aunque desenvueltos y de condición mediterránea a la vez que universal. Seguro que ya tienen identificado a mi compañero de escapadas playeras. Se trata, en efecto, de Corto Maltés. Y así, las tardes de sombrilla, sillita de aluminio, nevera repleta de hielo y cerveza, chapuzones y lectura han sido también un viaje por el desierto de Yemen y las sabanas del África Oriental, a través de los cuatro episodios que completan este álbum bajo el título de Las Etiópicas.

Uno de los rasgos más peculiares del escritor y dibujante Hugo Pratt (Rímini, Italia, 1927 / Suiza, 1995) era el gusto por documentarse en profundidad con literatura, geografia o historia, sobre los lugares y momentos en los que decidía alojar sus ficciones. En este caso, además, Hugo Pratt contaba con los recuerdos de su infancia y adolescencia, transcurrida en gran parte junto a su padre -fascista y funcionario colonial- en los territorios ocupados por la Italia de Mussolini en el cuerno de África, allí donde empezó a mostrar su talento artístico garabateando camellos. El proyecto imperial italiano, claro está, no tuvo demasiado éxito y el padre de Pratt murió, derrotado y preso por las fuerzas de Hailé Selassie y el ejército británico y él acabó deportado a su país antes de que finalizase la 2ª Guerra Mundial. Pero en su cabeza ya estaban incrustadas las imágenes, gestos y rasgos que acabaron como tinta en estas viñetas.

Los cuatro episodios del álbum se publicaron entre agosto de 1972 y abril de 1973 en la revista francesa Pif Gadget y ya reunidos como libro en 1978. Fueron los últimos episodios que Hugo Pratt entregó a esta publicación, que en la época tiraba una media de 400.000 ejemplares por semana y pertenecía a la editorial Vaillant, vinculada al Partido Comunista Francés, que consideraba a Corto Maltés demasiado libertario, muy suelto ideológicamente. Y así era, por supuesto. Uno de los grandes atractivos de Corto Maltés es precisamente encarnar ese espíritu atribuido a los marineros; imprevisibles, desprendidos, independientes, tolerantes y cosmopolitas, extensible a la idealización del propio mar (o, como en este caso, transmutado en desierto) como refugio de gentes libres e indomables, no sometidas más que a su propio código hecho de aventura, generosidad, compañerismo y desafío.


Poco antes, en 1969, Hugo Pratt había regresado a Etiopía, donde localizó la tumba de su padre, llegando hasta la desembocadura del río Rufiji, frente a la isla de Mafia, en Tanzania, lugar en el que los británicos habían hundido en 1916 el Konigsberg, un navío de guerra alemán. De esta circunstancia, Hugo Pratt extrae el molde para Les Hommes-léopards du Rufiji –aquí traducido como Leopardos- la historieta que cierra Las Etiópicas y que gira alrededor de los hombres leopardos, una especie de multinacional justiciera panafricana. Y ahí está otra de las constantes de Hugo Pratt, que ya afloró en El sargento Kirk, realizada en Argentina en los años 50 con guiones de Héctor Germán Oesterheld; la presencia de indígenas, de rasgos fieros y altivos, tan listos, sagaces y sexys –o ruines y deplorables- como los blancos. Tratados como iguales, sin condescendencia ni superioridad. En el nombre de Alá compasivo y misericordioso, que abre Las Etiópicas, aparece Cush, un joven guerrero afar de al tribu Beni Amer, intransigente y bravo que acaba forjando una fraternal amistad con Corto Maltés. El mismo Cush que es uno de los protagonistas de otra de las grandes y posteriores series de Hugo Pratt, Los escorpiones del desierto, en la que deja caer que su amigo maltés pereció en las Brigadas Internacionales que participaron en 1936 en la Guerra Civil española.


Es este carácter fragmentario del álbum una de las razones que hacen que no sea uno de mis favoritos, pues las tramas no alcanzan la profundidad y complejidad de libros como  La balada del mar salado, La casa dorada de Samarkanda o Corto Maltés en Siberia. Pero Las Etiópicas, ambientadas en 1918, son los únicos episodios de Corto Maltés que discurren en África, están muy bien por que encontramos algunos de las obsesiones y virtudes más propias de Hugo Pratt. Está el dibujo en blanco y negro, depurado y expresivo, que editores poco escrupulosos se han encargado de desvirtuar con untadas de colorines comerciales. Y también una técnica narrativa que le debe mucho al montaje cinematográfico, que en aquellos años se sacudía décadas de formalidad y clasicismo. Hugo Pratt bordaba las escenas de acción y sacaba petróleo de las viñetas sin texto, que transmiten tanta riqueza y matices psicológicos y narrativos. O los momentos para la introspección onírica, como cuando se ve envuelto en una lluvia de piedras. Y también algunos de los defectos que se le achacan, como las viñetas en las que el texto acaba por ahogarlas

 Más reseñas de Hugo Pratt en ULAD: La balada del mar salado

viernes, 14 de septiembre de 2018

VV.AA.: Poshumanas y Distópicas: Antología de escritoras españolas de ciencia ficción

Idioma original: español, catalán, italiano
Año de publicación como antología: 2018
Valoración: recomendable para el público en general, imprescindible para aficionados al género

Hay dos prejuicios a los que se enfrenta esta antología: la primera, que en España no se escribe ciencia-ficción, eso es cosa de los americanos, y como mucho de los soviéticos; la segunda, que la ciencia-ficción es un género de hombres y para hombres. Y esto, en un año en que tanto se está hablando de la precursora Mary Shelley, y en que N. K. Jemisin ha ganado el Premio Hugo por tercera vez consecutiva, resulta ya un poco difícil de defender. Frente a estas ideas, esta antología muestra una larga lista de relatos de ciencia ficción de escritoras españolas, desde el siglo XIX (con la presencia, también precursora, de Emilia Pardo Bazán) hasta nuestros días (incluidas varias de las autoras más importantes del género en la actualidad), organizados temáticamente en dos volúmenes: Poshumanas (con relatos que tratan fundamentalmente de la interacción entre tecnología y biología) y Distópicas (en que se nos presentan diversos universos, futuros o no tan futuros, tenebrosos y desasosegantes).

En este caso, no cabe duda de que las dos antólogas, la escritora y académica Lola Robles, y la profesora e investigadora Teresa López-Pellisa, están perfectamente preparadas para organizar y presentar estos volúmenes, por sus anteriores trabajos teóricos, históricos y críticos sobre este género y su desarrollo en España. Hay que tener en cuenta, en todo caso, las limitaciones con las que inevitablemente han trabajado: en algunos casos, los cuentos incluidos son los únicos de ciencia-ficción escritos por sus autoras; en otros, se trata de relatos escritos por autoras que son más frecuentemente asociadas a la novela; algunos de los cuentos se deben a mujeres de las que no se sabe prácticamente nada, y otros fueron originalmente publicados en lenguas diferentes al español... Ha sido por lo tanto necesario un trabajo de investigación, recopilación y (en algunos casos) traducción, realizado en colaboración con los alumnos del master de edición de la UAM, que da como resultado una antología doble que, si bien es irregular como casi todas las antologías, tiene algunas joyas que sin duda merecían ser rescatadas.

Quizá uno de los relatos más memorables de ambos volúmenes sea el de Sofía Rhei, la escritora que, de acuerdo con la dedicatoria del libro, dio la idea para esta iniciativa. "Informe de aprendizaje" es un cuento que se sitúa en el "giro lingüístico" de la ciencia ficción (a lo Arrival), ya que la protagonista es una intérprete jurada que debe aprender el idioma Eek -O1, con la ayuda de un juguete pedagógico que quizás sea un artefacto tecnológico, o una modificación genética de otro ser. También es notable "Crisálida", de Blanca Mart, el relato con el que se abre el volumen Distópicas, una historia de conflictos entre especies con un innegable aire a Bradbury. "Hambre", de Cristina Jurado, una especie de cuento de náufragos espaciales, es probablemente el relato más oscuro e inquietante de la antología. Por su parte, "Bifurcaciones", de Susana Sussmann, representa en esta antología al subgénero de los viajes en el tiempo y sus infinitas paradojas, en un cruce de El efecto mariposa y Cronocrímenes.

Ambos volúmenes incluyen también algunos nombres fundamentales de la literatura de ciencia ficción en español, o de la literatura española en general. Por ejemplo, Elia Barceló, la escritora más conocida y antologada, cuyo relato "La mujer de Lot" es una indagación psicológica sobre las decisiones vitales y los lugares a los que nos conducen, o Rosa Montero, autora de novelas de ciencia ficción como Lágrimas en la lluvia o La carne, que contribute al volumen Poshumanas con un cuento sobre la autoconsciencia de los androides muy en la línea de su Bruna Husky. La propia Lola Robles, una de las antólogas, participa en la antología con un relato ("Mares que cambian") sobre un mundo en el que las identidades sexuales y de género se han diversificado al mismo ritmo de la evolución tecnológica.

Algunos de los relatos pueden considerarse como alegorías filosóficas o incluso políticas. Es el caso de "Cuento absurdo", de Ángeles Vicente; de "La cabeza a componer" de Emilia Pardo Bazán; de "La droga" de Roser Cardús; de "Electroamor" de María Laffite, que por otra parte quizás sea el más interesante desde el punto del vista del estilo, o "La casa de Àngel" de Rosa Fabregat, uno de los cuentos que, personalmente, menos me han interesado. "El jardín de alabastro", de Teresa Inglés, que tiene una base de ciencia ficción más tradicional, también se sitúa en cierto modo en el campo de la alegoría literaria, estética y filosófica. Por su parte, "Hombres por correo Lohmann" de Laura Fernández, adopta un tono humorístico y desenfadado que no encontramos en muchos relatos de este género, mientras que "Pastor de naves", de Felicidad Martínez, recuerda, por su tema y su protagonista, a El juego de Ender.

No faltan, por último, relatos de anticipación que pueden arrojar luz sobre problemas actuales. Es el caso de "Casas rojas", de Nieves Delgado, una historia sobre la utilización de androides (o "ginoides") diseñados únicamente para satisfacer las necesidades sexuales masculinas, sin tener en cuenta su propia naturaleza o necesidades; de "La vida sin cáncer" de María Zaragoza, que corre el peligro de caer en el ludismo en su denuncia de un avance científico (médico, en este caso) que no se ve correspondido por un avance humano paralelo; o de "Eternidad", de María Angulo, que podría apuntar hacia los peligros de la selección genética mal empleada. Varios de los relatos ya mencionados, por otra parte (por ejemplo "Casas Rojas", "Mares que cambian", "Crisálida" o "Quimiums", de Mª Concepción Regueiro), inciden en algunos de los debates más actuales en cuestiones de género, con reflexiones sobre las diferencias de género o sobre el control biopolítico de los cuerpos y su utilización como objeto de consumo.

Como toda antología, esta también está abierta a la crítica por lo que incluye y lo que excluye; en dos volúmenes con una docena de relatos cada uno, es inevitable que no todos mantengan el mismo nivel, o que no todos resulten igual de atractivos a todos los lectores. De lo que no cabe duda es de que las antólogas han conseguido ofrecer un panorama amplio, en lo cronológico, lo temático y lo estilístico, en la que además se encuentran muchos de los nombres más reconocibles del género en la actualidad. También la mayoría de los subgéneros de la ciencia ficción (los viajes espaciales, los viajes en el tiempo, la distopía o el relato de anticipación, el relato de androides...) tienen sus representantes en el conjunto.

Creo que estas antologías pueden ser interesantes para varios tipos de público: a quien le guste la ciencia ficción, encontrará aquí seguramente textos y autoras que no conoce; a quien no sea tan aficionado al género, aquí puede encontrar un buffet libre con un poco de todo para aproximarse a él; también puede ser útil para quien esté interesado en la historia de la literaria española, o en la literatura de autoría femenina en los últimos dos siglos. Por último, quien esté interesado en profundizar en la ciencia ficción española, puede querer profundizar en la línea abierta por estos libros; puede, por ejemplo, buscar la Historia de la ciencia ficción en la cultura español, de una de las antólogas, Teresa López Pellisa, o navegar (y nunca mejor dicho) por La Nave Invisible, donde encontrará mucha información sobre estas y otras autoras de género fantástico y de ciencia ficción.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Alberto Moravia: El hombre que mira


Idioma original: Italiano 
Título original: L'uomo che guarda
Traductora: Silvia Querini
Año de publicación: 1985
Valoración: Se deja leer 

Tras leer Los indiferentes, El conformista o La campesina, obras de Alberto Moravia que me parecieron espectaculares, llegaron La atención y El tedio. Éstos últimos libros no son malos, pero sí algo insípidos. A ver, sus aspectos positivos los vuelven redimibles, y debo reconocer que Moravia me tenía demasiado bien acostumbrado, por lo que, pese a la relativa decepción que supusieron, di otra oportunidad al escritor romano sin titubear. Por desgracia, me topé con El hombre que mira. Y, sinceramente, no tengo claro si debo seguir insistiendo con Moravia o limitarme a paladear nostálgicamente nuestros buenos momentos juntos.

Vayamos por partes. En El hombre que mira tenemos a tres personajes: un profesor universitario, su padre y Silvia, la esposa del primero. Ella le dice a su marido que necesita reflexionar y abandona el piso donde viven. Piso que pertenece al padre (el del marido, no el de ella) y en el que habitan los tres. Por cierto, padre e hijo mantienen una relación tensa desde hace años. Se podría decir, de hecho, que son rivales: los ideales de uno chocan con los del otro de forma irreconciliable. También sus personalidades. 

Pues bien, ¿por qué esta novela no me ha gustado? Para empezar, porque pienso que podría haberse zanjado con la mitad de páginas. Por si su volumen excesivo (para el tipo de historia que cuenta, me refiero; realmente, el libro no llega a las 220 páginas) no fuera suficiente, el argumento del El hombre que mira se narra con una lentitud exasperante, y determinados pasajes son reiterativos, si no directamente superfluos. A todo eso hay que sumarle el escaso interés que suscita su premisa. Vale, las rivalidades paterno-filiales tienen su encanto. Kafka. Fante. Ellos lo bordan. Pero Moravia, en cambio, es incapaz de ofrecer algo de sustancia a este conflicto. 

Para colmo, en El hombre que mira apenas hay simetría entre los dos personajes principales, el padre y el hijo. La balanza se inclina todo el tiempo hacia el padre. Y es que el hijo es un personaje soso, aburrido, además de poco verosímil. Moravia parece despreciarlo; le retrata como uno de esos hombres pasivos, castrados, que tanto pueblan sus novelas. Tampoco es que el padre sea la gran cosa, en realidad. No voy a destripar ciertos acontecimientos, pero la historia se empeña en dar una relevancia  que, a mis ojos, no tiene. Su personaje solamente destaca, si acaso, por contraste con el del hijo. Además de, como decía, por imposición del autor; al fin y al cabo, sospecho que Moravia se quiso proyectar en él. Ya sabéis, a lo Philip Roth (todo ese rollo del profesor entrado en años viviendo una experiencia erótica), pero sin alcanzar profundidad alguna. Bien pensado, en este libro estaríamos hablando de escapismo más que de proyección.  

Otra característica literaria propia de Moravia que podemos encontrar en El hombre que mira, además del arquetipo del hombre pasivo, es el uso de escenas sexuales explícitas, casi pornográficas. Aunque aquí han sido mal ejecutadas. En este libro, dichas escenas se me han antojado vulgares. Y su intencionalidad, infantil. De nuevo, sospecho que Moravia quiso proyectarse en este texto. Me sabe mal no poder entrar en detalles, aclarar por qué digo esto, pero repito que no quiero revelar la historia a quien quiera leerla. Así que me detendré aquí, aunque podría poner a parir más a El hombre que mira. Avisados estáis.


También de Alberto Moravia en ULAD: Los indiferentes, El conformista, La romana, Cuentos romanos

miércoles, 12 de septiembre de 2018

2 x 1 Antonio Buero Vallejo: En la ardiente oscuridad / Un soñador para un pueblo

Idioma original: español
Año de publicación (estreno): 1950/1958
Valoración: Está bien/Recomendable

Sin llegar a ser uno de aquellos que llamamos ‘autores olvidados’, la verdad es que poco, muy poco, es lo que ULAD ha dedicado a Antonio Buero Vallejo. Eso y que, casi por casualidad, me encontré por casa este 2x1 típico de Austral que creía no haber leído, aunque luego he tenido la sensación de que sí. Todo condujo a que este buen señor tuviera de nuevo un hueco por el que asomarnos a su amplia, variada e interesante obra, ahora que ya nadie le hace caso.

Porque Buero fue la estrella absoluta del teatro en España durante buena parte del franquismo y la Transición (con perdón), con presencia constante de sus obras en teatros y versiones televisivas. Lo curioso del caso es que don Antonio fue un republicano condenado a muerte, que compartió sombra por ejemplo con Miguel Hernández. Y tras años de deambular por distintas cárceles, terminó por triunfar con su obra dramática, no sin periódicos enganchones con la censura. Tal vez la combinación de su espíritu crítico con el posibilismo que le permitió mantenerse en escena fue lo que favoreció su conexión con el público de la época.

En la ardiente oscuridad fue la primera obra escrita por Buero, aunque creo que no se estrenó hasta algunos años después, a la sombra del éxito de Historia de una escalera. Todos los personajes son ciegos, excepto uno, lo que podría recordar al Ensayo sobre la ceguera de Saramago, pero las similitudes no van mucho más allá. La ceguera es un elemento que reaparece en otras obras del autor (El concierto de San Ovidio, por ejemplo), y se utiliza más bien en términos simbólicos, como gran parte de lo que Buero Vallejo pone en escena. Esta vez la acción se sitúa en un colegio para ciegos, una institución expresamente diseñada para facilitar la formación de los invidentes a partir de sus necesidades específicas.

Visto desde nuestro tiempo la cosa resulta llamativa, porque se establece una especie de gueto, un mundo feliz aislado y endogámico, por lo que tengo entendido completamente opuesto a las prácticas actuales de integración. Y esto, que podría parecer un comentario anecdótico, tiene bastante que ver con lo esencial de la obra. Efectivamente, en el colegio reina una especie de felicidad idílica, plasmada en un grupito de jóvenes que se complacen en sus bromas, sus sanas inquietudes y rolletes amorosos en plan Amo a Laura. Son ciegos felices y autosuficientes. La cosa se complica cuando aparece Ignacio, un nuevo alumno que se muestra huraño y depresivo. Su postura es la de alguien consciente de arrastrar una tara, una limitación terrible e injusta que marca una distancia decisiva con el resto del mundo.

Pronto chocan con violencia las dos concepciones, porque Ignacio parece haber introducido un veneno en la Arcadia feliz, una duda que no deja de sembrar inseguridad y amargura en aquel mundo ideal. Este planteamiento dialéctico, con dos tesis radicalmente contrapuestas, es muy de Buero, y lo veremos también en el siguiente drama. Se advierte también con claridad el carácter simbólico que, como decía antes, el autor adjudica a casi todo lo que propone, en este caso, las distintas opciones vitales que podríamos medir en términos de optimismo/pesimismo, superación/resignación, o incluso como diferentes perspectivas políticas ante la desigualdad. 

No obstante, también se le ven costuras propias de obra primeriza, o cierto grado de simplicidad. Es seguramente una obra que ha envejecido bastante mal y que difícilmente emocionará al lector actual.

Mayor interés tiene a mi juicio Un soñador para un pueblo. Pese a su título algo pueril, es un buen ejemplo de drama histórico, que retrata las imaginadas interioridades de las jornadas conocidas como 'motín de Esquilache'. Como es bien sabido, el Marqués de Esquilache fue el político italiano designado por Carlos III para introducir en España las reformas que en Europa se impusieron bajo el influjo de la Ilustración. Nuevamente tenemos en escena las dos opciones contrapuestas que tanto agradan a Buero Vallejo, en este caso la modernización social –al menos en el ámbito externo- frente al orden tradicional, representado tanto por la vieja nobleza como por las costumbres arraigadas en el pueblo llano.

Como la obra tiene una perspectiva más bien íntima, pasa un poco de soslayo por las raíces más profundas del descontento popular, que seguramente se encontraban más bien en el hambre y la miseria que sufría buena parte de la población, y tal vez este quiebro permitió esquivar las generalmente groseras miradas de los censores. Así, Buero simplifica la trama presentando al marqués como ese personaje cercano al despotismo ilustrado que sugiere el título: un político que intenta imponer las nuevas ideas sobre higiene, urbanismo o costumbres a un pueblo aferrado a las tradiciones; y además –no es irrelevante, y el autor lo subraya una y otra vez- un político extranjero, lo cual ya ofrece una mecha bien visible para cuando llegue el momento de prenderla.

Esquilache aparece efectivamente como un soñador, un visionario que está decidido a modernizar el país, y bajo su mandato se toman medidas como el empedrado de las calles de Madrid o la iluminación de las vías públicas. Buero lo describe como un tipo íntegro, que desdeña el nepotismo y las relaciones clientelares, lo que enciende las alarmas entre la nobleza más rancia. La famosa orden sobre la supresión de la capa larga y el sombrero de ala ancha es el detonante de la revuelta: instigado por los nobles más reaccionarios que temen perder sus privilegios, el pueblo se levanta sintiendo invadido su ámbito más privado, y la experiencia renovadora se derrumba.

Al margen de lo idealizado que pueda estar, resulta muy interesante el dibujo del marqués, un viejo idealista que siente tambalear su obra, y que no obstante lucha hasta tener la certeza de que todo puede acabar en un baño de sangre. En ese momento, con el apoyo incondicional del rey, decide dar un paso atrás en una emocionante escena, poniendo la paz social por encima de sus ideas. Son notables también otros personajes: miembros de la nobleza que conspiran con cautela hasta que ven llegar la oportunidad de dar el golpe, paisanos que dudan ante los nuevos tiempos, o la sirvienta que acompaña a Esquilache en su caída, representación de esa parte del pueblo en la que sí van a enraizar las ideas de la modernidad.

También es innovador para la época el planteamiento de espacios escénicos en distintos niveles, algo que el cine y la televisión han hecho de uso corriente. Y, cómo no, un ciego más, que interviene a modo de oráculo, y que bien podría haber salido de alguna de las callejuelas de Luces de bohemia.

Otras obras de Antonio Buero Vallejo en ULAD: El tragaluz, La fundación, Madrugada / Aventura en lo gris

martes, 11 de septiembre de 2018

Gonçalo M. Tavares: Jerusalén

Idioma original: portugués
Título original: Jerusalem
Año de publicación: 2004
Valoración: muy recomendable

Ya ha pasado por Un libro al día un par de veces Gonçalo Tavares, que está considerado, con permiso y para desgracia de Valter Hugo Mãe o José Luis Peixoto, como el gran escritor portugués actual. Hoy vuelve a asomar la cabecita por aquí, y esta vez con la que quizás sea su mejor novela, o al menos la que le otorgó fama nacional e internacional, un buen montón de premios y los elogios de nada menos que el mismísimo Saramago: Jerusalén.

Es esta una novela compleja, y por eso mismo resulta difícil resumir su argumento. El núcleo de la historia se sitúa en una innominada ciudad europea, en la que un conjunto de personajes (Mylia, Ernst, Theodor, Hannah, Hinnerk...) se entrecruzan, se encuentran y desencuentran en medio de la noche. A partir de ese momento central, la narrativa salta hacia el pasado, para mostrar cómo las vidas de esas personas las llevaron hasta ese momento, y cuáles son los hilos que los unen: el amor, el odio, el deseo, el rencor, la culpa...

Así, por ejemplo, Mylia es la ex-mujer de Theodor, que la encerró en un psiquiátrico y la abandonó cuando supo que se había quedado embarazada de otro interno; Hannah es una prostituta y Hinnerck, un veterano de guerra, su "chulo"; Ernst y Mylia son amantes separados en busca de un reencuentro... Son historias marcadas en muchos casos por la crueldad y el egoísmo, que sumen a los personajes en una soledad casi insoportable. No por casualidad uno de los personajes, Theodor, está haciendo una investigación exhaustiva sobre la crueldad (con un interés especial en el Holocausto) para desarrollar su teoría sobre la evolución del horror en la historia de la Humanidad.

Contado así, puede parecer que Jerusalén es una novela durísima, y en cierto modo lo es, porque las historias de los personajes lo son. Pero lo que la salva, le da luz y la hace no solo tolerable sino notable es el estilo de Gonçalo M. Tavares, cargado de poesía (que recuerda por ejemplo al mejor Baricco). En otras reseñas me he metido con él por ser demasiado preciosista (sobre todo en Un viaje a la India), y aquí en algunos momentos también puede pecar un poco por exceso. Pero, en conjunto, la forma de escribir de Tavares, poética, fragmentaria, reflexiva, funciona particularmente bien, mejor que en ninguna otra obra suya que yo haya leído. Especialmente llamativo es el capítulo titulado "Los locos", en que asistimos a los monólogos interiores de varios de los internos del sanatorio, incluida Mylia, o los fragmentos de un libro, Europa 02, que narra breves episodios de la vida en un campo de concentración.

La obra de Gonçalo Tavares es amplia y variada; hay quien prefiere las obras de la serie de El barrio (El señor Valery, El señor Brecht, El señor Calvino, etc.), hay quien prefiere sus primeras novelas... Yo, sin duda, me quedo con Jerusalén, que por una vez y sin que sirva de precedente ha estado a la altura de su fama y de sus premios. O al revés.


Otras obras de Gonçalo M. Tavares en Un libro al día

lunes, 10 de septiembre de 2018

David Torres: Palos de ciego

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

"Un soneto me manda hacer Violante
y en mi vida me he visto en tal aprieto..."

Supongo que a todo el mundo le sonará este ingeniosos y excelso truco de Lope de Vega (ignoro si existen antecedentes) de componer un soneto explicando cómo se hace, precisamente... un soneto. La idea nos será aún más familiar, quizás, porque en estos tiempos de autoficción y metaliteratura -de la buena y de baratillo-, es un recurso al que han acudido muchos escritores, con resultados apreciables, en algún caso -HHhH, por ejemplo- o previsiblemente plúmbeos en otros -Hombres buenos de Pérez-Reverte, que yo recuerde-; pues bien, es el mismo que utiliza David Torres, e incluso de forma más descarada (o desenvuelta, si se prefiere) en este Palos de ciego: escribir un libro explicando cómo escribió -o, en este caso, no escribió-, un libro.

No lo escribió porque el libro que el pretendía hacer, desde más de veinte años atrás, no era éste, sino una novela titulada Borrón, sobre -o alrededor de- un episodio confuso, casi desconocido, de la época estalinista: la supuesta matanza en Ucrania, de cientos de músicos ambulantes ciegos, los conocidos como kobzari -también lirniki o banduristi, según el instrumento que tocaran-, para evitar que continuaran cantando por las calles y plazas sus canciones tradicionales, no demasiado acordes con el espíritu soviético revolucionario. Torres nos cuenta cómo va tirando del hilo de esta historia, a partir de una mención en las supuestas memorias de Shostakóvich, cómo va recopilando los escasos datos que puede y, sobre todo (y a pesar de) una gran bibliografía acerca de la época; sus intentos de urdir una ficción con tan frágiles mimbres, sus desánimos y abandonos, los intentos renovados... Alternando, además, esta narración de un libro fantasma con el descubrimiento de su fantasma particular: la figura (o no figura) de su hermano muerto al nacer un año antes que él y que llevó su mismo nombre -o es el escritor el que heredó el nombre de su hermano, más bien-; ambas existencias truncadas, novela y hermano, articulan todo el libro, aunque no son los únicos espectros presentes en sus páginas: están, por supuesto, los personajes ficticios de Borrón, pero también figuras reales, incluso notorias, ya desaparecidas... Grandes músicos como Shostakóvich, Prokófiev o la pianista María Yúdina (genial la historia sobre el Concierto para piano nº 23 de Mozart); escritores como  James Barrie o el poeta Osip Mandelshtam; alpinistas británicos o alemanes que perecieron en su asalto a los ochomiles... Y la presencia más  ominosa de todas, la de Iósif Stalin, el dictador soviético al que presuntamente -o no- se le puede hacer responsable de la matanza de los juglares ciegos, aunque fuera sólo una gota en el océano de muertes a su cargo (algo que, de todas formas, matiza bastante Torres).

También están, por supuesto, los fantasmas que pueblan la propia memoria y que solemos llamar recuerdos. los de la infancia o de la juventud letraherida, en este caso... Aquí, Palos de ciego comparte cierta actitud "autoficcional" e incluso telón de fondo, con los últimos libros de otro escritor madrileño de su generación, Antonio Orejudo. Aunque en el caso de éste la autoficción no es más que, creo, una excusa irónica o juguetona para revirar hacia la ficción sin más adjetivos, mientras que en el libro que nos ocupa, se trata de la argamasa que une elementos, componentes que, en principio, se diría que difícilmente iban a ligar entre sí. Si David Torres lo ha conseguido o no, lo debe decidir cada lector. Yo digo que sí.


Otros títulos de David Torres reseñados en Un Libro Al Día: Punto de fisión