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domingo, 27 de septiembre de 2015

Luther Blisset: Q

Idioma original: italiano
Título original: Q
Año de publicación: 1999
Valoración: Muy recomendable

La historia es de sobra conocida, pero allá va otra vez: Luther Blissett no existe. O, mejor dicho, sí que existe, pero no el Luther Blissett que escribió este libro; el verdadero Blissett fue un jugador jamaicano de fútbol, que, tras su paso por el Watford, militó en el A.C. Milan -con no demasiado éxito, al parecer-, allá por lo primeros 80. Y que prestó su nombre (supongo que de forma involuntaria), para que se convirtiera en un seudónimo colectivo o alias multiusuario, utilizado en los años 90 por diversos artistas, activistas y performers, tanto en Europa como en América. Entre ellos, un grupo de escritores italianos que, a través del denominado "Luther Blissett Project", firmaron como tal toda una serie de escritos, entre los que destaca esta novela histórica, Q. Los miembros del LBP se suicidarían en Diciembre de 1999, de forma colectiva y simbólica, dando lugar a un nuevo proyecto, en el que firmarían esta vez como Wu Ming; es decir,"sin nombre" en chino. 

Una falsa autoría, entonces, o un nombre falso (no del todo, como ya hemos visto) que parece de lo más apropiado para firmar una novela de cuyos dos protagonistas y narradores tampoco conocemos los verdaderos nombres: uno de ellos es el propio Q -de Qoèlet o Eclesiastés-, un agente infiltrado del cardenal Carafa en medio de la vorágine reformista de la Alemania del siglo XVI. Por otro lado, Gustav, Lienhard, Gert, Lot, Hans, Ludwig o Tiziano (entre otros nombres), estudiante en Wittenberg, rebelde anabaptista, superviviente de Frankenhausen y Münster, estafador, comerciante, rufián, contrabandista de libros y profeta (entre otras ocupaciones). Siempre heterodoxo, de todas las formas posibles...

Q es, por tanto y para empezar, una novela histórica de excelente factura, que narra de forma prolija -sobre todo en su primera mitad- lo sucedido en aquellos años del siglo XVI en los que una rebelión, en principio eclesiástica, contra los abusos y corrupciones del poder del Papado de Roma prendería la mecha de la agitación social y política, aunque también la del fanatismo religioso más intransigente, que anegaría de sangre buena parte de Europa en los tiempos inmediatos y posteriores.

Q es, por supuesto, una novela política que trata de la posibilidad o imposibilidad de la utopía revolucionaria, sobre la utilización de la insurgencia contestataria por parte de unos poderosos contra otros y los apaños a los que llegan todos éstos a la hora de deshacerse de los sediciosos incómodos (recordemos que los autores que conformaban a Luther Blissett son de Italia, donde la trasologia se ha convertido en un arte, si no en una ciencia...).

Q es además una novela de aventuras, que nos lleva de un lugar a otro de Europa: desde los bosques de Alemania a las ciudades holandesas, de los campos de batalla a los laberintos acuáticos del Po o de los canales de la propia Venecia. De los Alpes a Constantinopla. También una novela de espías, aunque aquí no hay Telón de Acero, sino un muro construído con biblias y tratados religiosos, mientras que los radiotransmisores o los ordenadores hackeados son sustituidos por las imprentas, invento entonces reciente y revolucionario como no ha habido otro...

Y sobre todo, Q es una novela para disfrutar, como en los tiempos en los que leíamos -y sé que yo no era el único- a Salgari, a Walter Scott o a Dumas... Pura diversión.

Y que viva la heterodoxia...



Otros libros de Luther Bli... quiero decir de Wu Ming en Un Libro al Día: Manituana 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: Crónicas de Bustos Domecq

Idioma original: español
Año de publicación: 1963
Valoración: Recomendable (muy recomendable para freaks borgesianos)

La amistad de Jorge Luis Borges y Bioy Casares es ya objeto de leyenda ("Creo que Bioy era el único amigo de Borges", dice por ejemplo Alberto Manguel en un artículo). Quizás haya en esto algo de exageración literaria, que sospecho que a Borges no le habría disgustado. En cualquier caso, la relación de complicidad entre ellos, hasta la separación final cuando Borges decidió ir a morir fuera de la Argentina, produjo además interesantes resultados literarios, entre ellas varias antologías, como la famosa Antología de la literatura fantástica que coordinaron junto con la mujer de Bioy, Silvina Ocampo; o las obras firmadas con el seudónimo de Honorio Bustos Domecq.

Esta obra pertenece a este segundo grupo, obviamente. Se trata de un conjunto de crónicas o críticas literarias y artísticas (pintura, escultura o incluso moda) sobre personajes inventados con las ideas más disparatadas sobre su propio arte, presentadas como visionarios o revolucionarios: un escritor que, à la Pierre Menard, publica con su nombre las obras de la literatura universal con la que más se identifica; otro que escribe una y otra vez la misma obra con distintos títulos, adscribiéndola a distintos estilos o tendencias; un escultor cuya materia prima es el vacío; una tendencia literaria basada en la descripción minuciosa de los objetos apoyados en la esquina de una mesa; una rama de la historiografía que propone incluir solo acontecimientos positivos...

Crónicas de Bustos Domecq es, en realidad, una gran broma, y como tal hay que tomarla. Desde la dedicatoria ("A esos tres grandes olvidados: Picasso, Joyce, Le Corbussier") hasta el prólogo, que el propio autor [ficticio] refuta, hasta las innumerables interrelaciones entre las crónicas que componen el libro, todo se confabula para una sensación de verosimilitud a las invenciones de los escritores, al mismo tiempo que da pistas para desmontarlas e identificarlas como burlescas. También el estilo, cargado de galicismos, arcaísmos y pedanterías (como el uso constante del imperfecto de subjuntivo en lugar del pretérito indefinido, "publicara" por "publicó") forma parte de este mismo juego, en el que el heterónimo bicéfalo escribe de forma diferente a cualquiera de sus dos autores individuales.

A algunos lectores esta obra les podrá parecer algo pretenciosa, o incluso aburrida, por cerebral. Los problemas que plantea (la naturaleza del arte y de la creación, la esencia de lo humano, el sentido de la historia o la posibilidad de comprender y representar la realidad, entre otros) serán muy familiares a los lectores de Bioy y de Borges, y reconocerán incluso algunas de las ocurrencias incluidas también en sus relatos. (Podríamos jugar, por ejemplo, a adivinar qué ideas son de Bioy y cuáles de Borges; yo apostaría a que Los inmortales, sobre unos hombres que transfieren su consciencia a unos bloques artificiales de acero, es obra de la imaginación del primero).

Pena que la edición que manejo, de Losada, parezca a veces más una fotocopia que una reimpresión, con fragmentos tan borrados que casi parecen ilegibles. ¿O será esto también un juego de Borges y Bioy para darle mayor apariencia de antigüedad a su texto?