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sábado, 4 de enero de 2014

Colaboración: El halcón maltés de Dashiell Hammett



Idioma original: inglés
Año de publicación: 1930
Título Original: The Maltese Falcon
Traducción: Fernando Calleja
Valoración: Recomendable

Sam Spade y Miles Archer son los propietarios de una prestigiosa agencia de detectives en San Francisco. Un día reciben la visita de una tal Miss Wonderly, quien, preocupada por el paradero de su hermana, les pide que sigan la pista de un matón llamado Floyd Thursby. Esa misma noche, alguien asesina al detective Archer y, poco después, al tal Thursby.

La novela negra tradicional, que ha bebido durante décadas del influjo británico, desde Conan Doyle hasta Agatha Christie, solía basarse en la elaboración más o menos artificiosa de uno o varios cadáveres y en la inaudita resolución de los hechos por parte de un individuo prodigioso, de admirable capacidad deductiva, de aceleradísima materia gris, de intelecto e imaginación desbordantes. Dime a quién matas, o a quién no, y te diré quién eres. Todo, absolutamente todo, se basa en ese cuerpo sin vida, que de vez en cuando yace en mitad de la calle, pero que las más de las veces es descubierto en su propio dormitorio, o en un vagón de tren, o mejor aún: en una biblioteca de la campiña inglesa. Hasta tal punto había llegado, y quizás siga llegando, esta obsesión por construir la intriga en torno a cadáveres aún calientes, que el famoso escritor Raymond Chandler llegó a revestirla de tintes metafísicos al afirmar en su ensayo El simple arte de matar que el asesinato es una «frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza». Pues bien, esto es precisamente lo que hace que leer El halcón maltés sea casi reconfortante. Pese a que la novela abre con dos asesinatos, en las primeras páginas da un giro de ciento ochenta grado y hace que la muerte del detective Archer, socio de Sam Spade, y del matón Floyd Thursby, sean poco más que accidentales. Lo importante, queda claro desde el principio, es encontrar el halcón, una pieza de oro macizo recubierta de valiosísimas pedrerías que los caballeros de la Orden de Malta elaboraron como tributo para el rey Carlos V. Después de siglos rondando en torno al Mediterráneo, de Malta al norte de África, de África a París, de París a Estambul —a la que, curiosamente, Hammett continúa llamando Constantinopla; probablemente el último escritor del siglo XX en hacerlo para una trama moderna—, el halcón habría acabado en Hong Kong, y estaría a punto de llegar a San Francisco.

En San Francisco se reúne una tropa de personajes dispuestos a echarle el guante a la estatuilla: un supuesto griego llamado Joel Cairo, rimbombante, afeminado; un cazador de sueños con ínfulas de arqueólogo frustrado, rechoncho y bonachón, que responde a la inicial G; la propia Miss Wonderly —también conocida como Miss Leblanc o Miss O'Shaughnessy—, quien es la culpable de involucrar al detective Sam Spade en la historia, y este último, que en el transcurso de sus labores acaba siendo el primer interesado en sacar provecho del misterioso halcón. Vestíbulos y habitaciones de lujosos hoteles, callejones oscuros y casas envueltas en penumbra son los escenarios por los que van desfilando los personajes de esta historia, en un despliegue de intriga que empieza para no terminar nunca. O para terminar en la página 263, cuando ya no queda ni la información de la imprenta (que, al menos en mi edición, aparece apretujada en las primeras páginas).
En El simple arte de matar, esa joyita en la que Raymond Chandler hace apología por la novela de misterio «realista», o sea, una novela en la que los autores no escriban bagatelas ni tonterías indocumentadas, se insinúa que El halcón maltés no está a la altura de las circunstancias. ¿La razón? Que se margina al crimen. Que el crimen no es el elemento central. Que la estatuilla elaborada para Carlos V importa más que los asesinatos de Archer, Thursby y el capitán Jacobi. La verdad es que, con perdón para los seguidores del de Chicago, la insinuación es completamente ridícula. Hablo como lector cansado de que me mareen la perdiz con pirotecnias narrativas falsamente habilidosas, en las que nadie, ni el propio autor, sabe lo que está ocurriendo. Recuerdo la sensación que me dejó leer El sueño eterno, de Chandler. No me enteré de casi nada. Y lo mismo al ver la adaptación cinematográfica de Howard Hawks, cuyo guionista fue ni más ni menos que el premio Nobel de literatura estadounidense William Faulkner. Alguien comentó una vez que ni Raymond Chandler, el autor, ni Howard Hawks, el director, ni Faulkner, el guionista, supieron jamás quién había cometido los asesinatos de turno. Felizmente, Dashiell Hammett se libra de esta intolerable costumbre de rizar el rizo más allá de lo que un lector medio, o incluso uno atento, está dispuesto a tolerar. (Si solo tienen tiempo para un clásico del cine negro les recomiendo que dejen de lado El sueño eterno de Hawks para deleitarse con la adaptación que hizo John Huston de la novela reseñada en estas líneas. Los papeles de Humphrey Bogart y Peter Lorre son sencillamente estelares).
Sin embargo, hay algo que no diferencia a Dashiell Hammett de Chandler, ni del resto de la cohorte de escritores hardboiled, a saber: el machismo. Sam Spade, al igual que Philip Marlowe y tantos otros, es un detective que besa a las mujeres cuando quiere, que las trata como carne fresca, que las provoca y que, lamentablemente, no recibe más que adulaciones por el camino. Cuando a Effie, la secretaria de Spade, se le ocurre demostrar su astucia y dejar claro que es más que un cuerpo bonito, Spade le dice lo siguiente: «¿Sabes lo que te digo, chica? ¡Que eres todo un hombre!». Es la época del machismo a rajatabla, de la denigración constante hacia las mujeres. Las y los feministas deberían leer la novela con un grano de sal, riéndose con las ocurrencias de un ideario que por fin empieza a revelársenos como lo que es, i.e. estúpido. En cuanto a los demás, lean El halcón maltés con ganas de entretenerse, con la certeza de que —machismo aparte— estamos ante una literatura de calidad razonable y con la tranquilidad de saber que, por una vez, un buen escritor norteamericano de la primera mitad del siglo XX decidió dejarnos un relato detectivesco que puede ir descubriéndose con expectación y sorpresa, sin necesidad de lamentarse al final de que nos estén tomando el pelo. 

Firmado: Jose Serralvo

También de Dashiell Hammett: Cosecha roja

miércoles, 6 de julio de 2011

Libros para el verano: Cosecha roja de Dashiell Hammett

Título original: Red Harvest
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1929
Valoración: muy recomendable

Esta es la primera novela del autor, por la que obtuvo un éxito inmediato, aunque no la primera de sus obras. Esto es así puesto que Dashiell Hammett, antiguo detective de la Agencia Pinkerton, izquierdista condenado a prisión por negarse a delatar a sus compañeros durante la caza de brujas de McCarty, era ya un escritor de relatos para la revista pulp Black Mask.

En ella había creado los primeros relatos con el detective de la Continental como protagonista, rudo investigador que, de tan duro que es, no tiene nombre. Y también había creado el sub estilo de novela negra hard boiled, apoyado por el posterior personaje Philip Marlowe del escritor Raymond Chandler. Este estilo se caracteriza por abandonar el personaje del investigador sesudo que basa en su inteligencia y perspicacia la resolución de sus casos, para sustituirlo por el del tipo duro que se patea las calles para resolver los crímenes que le son encomendados.

Que es justo lo que pasa en esta novela. El innominado investigador es contratado por el director de los dos periódicos de la ciudad minera de Personville. Éste cae muerto antes de poder entrevistarse con él y el padre de la criatura, cacique del lugar y dueño de todo lo que interesa ser dueño en el pueblo, le vuelve a contratar para investigar el asesinato de su hijo, que cree resultado de una conspiración de los gansters que campan con su connivencia por la ciudad. Al enterarse de que ha sido un asesinato por celos, intenta que nuestro detective se olvide de la historia. Pero el agente de la Continental, que a estas alturas ya ha sufrido un intento de asesinato, no está dispuesto a dejarlo pasar. Con los métodos expeditivos que le caracterizan, enfrenta a los pistoleros entre ellos, lo que da lugar a unas ensaladas de tiros memorables en las páginas del relato y en las diversas adaptaciones al cine que se hicieron sobre la base de esta novela.

Todo un clásico del género.

También de Dashiell Hammett en ULAD: El halcón maltés

viernes, 17 de abril de 2009

La literatura policiaca

Una vez una amiga me preguntó: "¿por qué te gusta tanto la novela policiaca?". Bueno, me gusta por varias razones. En primer lugar, porque es fácil de leer, tanto en español como en inglés; no exige mucha concentración, así que es la lectura perfecta para viajes, vacaciones, ratos de descanso. Además, es un género con reglas claras y definidas, que se podrían resumir en: "hay un misterio -generalmente, un crimen-, y una persona debe desentrañarlo". A partir de este planteamiento común, es apasionante observar las variantes, modificaciones y reinvenciones del género, que sigue muy vivo en la actualidad (no hay más que mirar la amplitud de las secciones de novela policiaca en las librerías).

Este es un breve repaso a algunos de los nombres fundamentales del género:

Los clásicos:

1.- Edgar Allan Poe: Aunque se le conoce fundamentamente como autor de cuentos de terror, para muchos es también el inventor del relato policiaco en su forma moderna con "Los crímenes de la Rue Morgue", en que aparece un detective intelectualmente superdotado (Chevalier Auguste Dupin), una habitación cerrada, un cadáver y muchas preguntas sin resolver. Dupin sólo volvió a aparecer en otras dos historias de Poe, "El misterio de Marie Rogêt" y "La carta robada", pero estos tres relatos fueron suficientes para dejar sentadas las bases del género.

2.- Arthur Conan Doyle: Y si se trata de encontrar los modelos fundacionales de la novela policiaca, cómo no referirse a Conan Doyle y su Sherlock Holmes. Desde su primera aparición en Estudio en escarlata hasta su desaparición en 1927 con El archivo de Sherlock Holmes (muerte y resurrección de por medio), Doyle marcó la pauta que luego seguirían muchos otros -hasta llegar a nuestro querido Dr. House. Su detective, dotado de una inteligencia sobrehumana aunque social y personalmente inestable, y su inseparable compañero, el Dr. Watson, se pasearon por 4 novelas y 56 historias cortas antes de desaparecer, dejando establecido el canon del género policiaco.

3.- Agatha Christie: El otro gran nombre del género, Agatha Christie escribió unas 80 obras del género policiaco, entre novelas y libros de relatos, y dio luz a dos detectives distintos pero igualmente memorables: el petulante y sofisticado Hércules Poirot, y la adorable pero terrible anciana Miss Marple. Las novelas de Christie suelen tener un desarrollo lento, largas presentaciones de situación y personajes, antes de que se produzca el crimen en cuestión, y suelen estar llenos de pistas falsas que hacen que el lector sospeche de todos los personajes salvo del propio detective. Algunas de las obras más conocidas de esta autora han sido llevadas al cine o al teatro, como Diez negritos, Muerte en el Nilo o Tres ratones ciegos -adaptada con el título de La ratonera-.

4.- Georges Simenon: Menos conocidos que los anteriores, pero quizás más literario que ellos en su estilo y sus intenciones, el belga Simenon es el creador del comisario Maigret, un detective parisino inteligente -pero no de una manera tan sobrehumana o abrumadora como sus predecesores- y humano, iniciando de alguna manera la tradición del "detective sufriente" que han prolongado varios escritores actuales. Las historias de Maigret suelen ser pausadas, casi estáticas, sin tantos giros sorprendentes o revelaciones cataclísmicas como las de Conan Doyle o Agatha Christie. Esto no quiere decir que sean aburridas, sino que su interés está en otra parte: en la presentación de los personajes y la sociedad que rodean al crimen.

5.- Gastón Leroux: A Leroux le corresponde, se puede decir, el honor de cerrar un subgénero que inició Poe con la Rue Morgue: el del "misterio de la habitación cerrada". El Misterio del Cuarto Amarillo está considerado por muchos como el modelo último y definitivo de este tipo de novela, en el que el crimen se ha cometido en una habitación cerrada a cal y canto, sin salidas posibles, y en la que aparentemente sólo se encontraba la víctima. Después de él se han escrito otras novelas similares -por ejemplo, El hombre vacío de John Dickson Carr-, pero no han logrado superar la complejidad o el ingenio de la de Leroux.

6.- Dashiell Hammett: Por terminar con los clásicos, citemos a Hammett, autor de novelas como Cosecha Roja o El halcón maltés, considerado como el iniciador o el maestro del subgénero del hard-boiled o "novela negra", en el que el detective no alcanza la solución del misterio necesariamente a través de la inteligencia, sino a través de la insistencia, la falta de escrúpulos y también, a veces, la violencia o la suerte. En sus novelas -como en las de Raymond Chandler, creador del detective Phillip Marlowe-, la ley y la moral no siempre van de la mano, y el resolver el crimen no siempre significa salir triunfador...


Los actuales:

1.- P.D. James: Creadora del detective-poeta Adam Dalgliesh, P.D. James podría considerarse como una continuadora de la obra de Agatha Christie, tanto por sus entornos ingleses como su detallada presentación de ambientes y personajes, aunque James quizás tenga un estilo algo más irónico que Christie, lo que hace su lectura más entretenida.

2.- Henning Mankell: El escritor sueco actual más conocido, con permiso de Stieg Larsson, es el creador de Kurt Wallander, un detective solitario, profesional pero un poco amargado. Sus novelas, generalmente muy bien escritas y planeadas (con la excepción de Firewall, que no me gustó nada), cuentan detalladamente todo el proceso policial -investigación, burocracia, interrogatorios...- desde que se produce el crimen hasta que se resuelve.

3.- Andrea Camillieri: Para muchos -entre los que me cuento-, el mejor escritor de novela policiaca contemporáneo. Basado -en el nombre y en su apetito voraz- en el inspector Carvalho de Vázquez Montalván, su inspector Salvo Montalbano, de Vigata, es un hombre inteligente, irónico, epicúreo, independiente y algo decadente, y las novelas de Camillieri están llenas de sentido del humor, de ligereza y de personajes grotescos. ¿Se casará algún día Montalbano con Livia?

4.- Michael Connelly: De los escritores actuales, y quizás por su origen estadounidense, Michael Connelly es el más cercano al género del hardboiled y a los tópicos hollywoodienses de la novela de detectives: su detective, Hieronymus 'Harry' Bosch es un tipo duro -pero con sentimientos-, enfrentado con la burocracia policial y con problemas personales y profesionales, que siempre resuelve los crímenes de una manera heroica y violenta, sin importarle las consecuencias.

5.- John Connolly
: Sus obras suponen, cada vez más a medida que avanza su carrera, la mezcla de dos géneros: el policiaco y el de terror. Comenzó siendo un escritor de novela negra especialmente irónico y atrevido con Todo lo que muere, para ir dando paso a más elementos sobrenaturales. Lo mejor de sus novelas, más que el detective Charlie Parker, torturado por su pasado, son dos personajes secundarios: Angel y Louis, una pareja de asesinos gays que ayudan a Parker cuando este lo necesita. Cuando aparecen en acción, uno sabe que se lo va a pasar bien durante unas cuantas páginas.

6.- Ian Rankin: Escritor escocés, Rankin sitúa sus novelas policiacas en Edimburgo y sus alrededores. Su detective, el Inspector Rebus, se parece un poco al Harry Bosch de Michael Connelly: está al margen de las intrigas políticas de la policía, es independiente, algo violento y tiene un alto sentido de la moral y la responsabilidad. Probablemente no es el mejor de los escritores citados, pero sí es uno de los que más vende, sobre todo en Europa.

¿Me olvido de alguno? Me lo podéis recordar en los comentarios...

martes, 29 de enero de 2013

Ramiro Pinilla: Sólo un muerto más

Idioma original: español
Año de publicación: 2009
Valoración: Recomendable

Da la impresión de que el universo narrativo de Ramiro Pinilla se cierra sobre sí mismo; como si Pinilla estuviera completando los asuntos pendientes dejados por su magnum opus que es Verdes valles, colinas rojas. En esa novela-trilogía casi bíblica se incluye ya, de hecho, en una píldora resumida, el argumento de esta Sólo un muerto más (así, con acento en "sólo"), que entonces todavía no había publicado, del mismo modo que se incluía también el argumento de otra novela anterior, Huesos. Y a su vez Sólo un muerto más menciona personajes y hechos incluidos en Verdes valles o La higuera...

Dentro de este mundo narrativo, Sólo un muerto más es una novela relativamente menor, lo que no quiere decir que no esté estupendamente escrita. Es, en realidad, un agradable divertimento que Ramiro Pinilla ha debido de disfrutar escribiendo, y que el lector disfruta leyendo. El argumento tiene  mucho de cervantino: un joven getxotarra (curiosamente llamado Sancho), después de leer demasiadas novelas de novela negra (Chandler y Hammett son sus ídolos) decide convertirse en investigador privado bajo el nombre de Samuel Esparta y resolver el misterioso crimen de los hermanos Altube (Eladio y Leonardo), cometido diez años antes: alguien, un asesino aún por descubrir, los encadenó a una roca de la playa con intención de que se ahogasen cuando subiese la marea; pero uno de ellos consiguió salvarse.

La novela tiene mucho de cervantino también por el choque entre la fantasía policiaca del protagonista y la cruda realidad en que vive (los falangistas que imponen su ley, el estraperlo, las carencias de la posguerra). Pero también por su carácter metaficcional: no solo el narrador sabe que está escribiendo una novela con todo lo que hace, dice y ve, sino que además le surge un competidor, el falangista poeta Luciano Aguirre, quien pretende construir una novela (épica y floreada) paralela y alternativa a la del narrador. El enfrentamiento final de ambos escritores, con sus narrativas contrapuestas pero con la pistola en la mano de solo uno de ellos, puede sin dificultad interpretarse como metonimia de la lucha por controlar el discurso de la historia en torno a la Guerra Civil.

Sólo un muerto más es una buena novela, que responde adecuadamente a su propio planteamiento y, a pesar de tratarse de una imitación paródica de un modelo (las novelas de detectives en este caso) no cae en el pastiche ni en la autocomplacencia pedante (como sí pasaba, en mi opinión, en Noir). Si tuviera que ponerle alguna pega sería, precisamente, que Pinilla se esfuerza demasiado, o de manera demasiado evidente, por coser y recoser las obras de su universo narrativo unas con otras: la aparición del protagonista de La higuera está tan traído por los pelos que parece que solo está ahí para mostrar que está; mientras que las interrelaciones de personajes y eventos con Verdes valles, colinas rojas son tantas que me pregunto si alguien que no haya leído la trilogía no se sentirá perdido en ocasiones.

Lo que está claro es que Ramiro Pinilla, que ya ronda los 90 años y muestra una creatividad envidiable, es uno de los escritores vascos más interesantes de este principio de siglo XXI (y del final del siglo XX), y que, probablemente, merecería un lugar más destacado en el canon literario español actual.


La obra casi completa de Ramiro Pinilla en ULADSenoLa higueraVerdes valles, colinas rojas 1,Verdes valles, colinas rojas 2 y 3Aquella edad inolvidableHuesosCadáveres en la playaEl cementerio vacíoLas ciegas hormigasLos cuentos

jueves, 22 de septiembre de 2016

Rubem Fonseca: El seminarista

Idioma original: portugués (de Brasil)
Título original: O seminarista
Año de publicación: 2009
Valoración: divertido

Sí, somos todos muy cultos, hemos leído el Ulises en el inglés original y nos hemos tragado los siete tomos de En busca del tiempo perdido, tenemos la Divina comedia en la mesilla de cabecera y La montaña mágica en el baño... pero ¡qué bueno cuando un libro, aunque no sea "Alta Literatura", nos agarra y nos engancha y nos hace perder la noción del tiempo, y no podemos dejar de leerlo hasta que lo hemos terminado! ¡Qué placer tan simple y tan poderoso! ¡Y qué pocas veces pasa!

Bueno, pues eso es lo que me pasó con El seminarista de Rubem Fonseca: lo empecé en un viaje en tren entre Oporto y Lisboa, me metí en la historia, con los personajes y sobre todo con el lenguaje, y para cuando quise darme cuenta estaba en la estación de Lisboa Oriente y casi tres horas de mi vida que podían haber sido espantosamente aburridas se convirtieron en tres horas de diversión.

El seminarista, como buena parte de la obra de Rubem Fonseca, es una novela policiaca, o mejor, como ahora está de moda decir, una novela criminal, muy próxima del género del hardboiled americano. El protagonista es José (Zé), un ex-seminarista transformado en asesino a sueldo, que un buen día decide retirarse. Pero cualquiera que haya leído unas pocas novelas policiacas sabe que retirarse de un negocio así tiene consecuencias: el Seminarista sabe demasiado (o ciertas personas poderosas creen que sabe demasiado) como para dejar que se vaya a su casa sin más consecuencias.

En realidad, la trama policiaca, entendida como misterio que hay que resolver, no tiene demasiada importancia en la novela. El Seminarista es acosado, no sabemos bien por qué, y la mayor duda es si conseguirá escapar a este acoso o terminará sucumbiendo. La resolución puede resultar satisfactoria, en el sentido de que ata todos los hilos sueltos, pero también es un poco ex machina, y por eso mismo un poco decepcionante. Tampoco la subtrama amorosa, bastante estereotípica, es lo que consigue atrapar al lector y mantenerlo pegado al libro.

Pero hay dos rasgos que hacen que esta lectura sea divertida, independientemente del suspense de la trama. El primero es el humor. Los primeros capítulos de la novela, en los que el Seminarista cuenta algunos de sus "trabajos" de una forma despreocupada y amable contribuyen a que el lector se enganche con la lectura, y también a que sienta simpatía por un asesino que tiene sus límites (no mata animales ni niños, y muy raramente mata mujeres) y que es capaz de reírse de sus superiores, de sus colegas y de sí mismo. La violencia es brutal (asesinatos, palizas, torturas, traiciones) pero se cuenta con una gracia "tarantiniana" que parece hacerla menos dolorosa.

El otro elemento que destaca y que hace la lectura ligera y divertida es la lengua. A lo mejor sorprende que haya colocado en el encabezamiento que está escrito en portugués de Brasil: normalmente no decimos "español de Argentina" o "inglés de Estados Unidos". Pero es que en este caso el portugués de Brasil, coloquial, creativo e irreverente, combinado con un uso irónico del latín (el protagonista estudió temporalmente en un seminario, recuerdo) contribuye a que la lectura sea rápida y divertida, cargada de ironía y de autoconsciencia. De hecho, hay unos pocos momentos en los que Rubem Fonseca utiliza ese estilo coloquial, vulgar a veces, para tratar temas "elevados" (un pasaje sobre la batalla de Alcazarquivir es antológico) con resultados magníficos. Qué pena que lo haga pocas veces a lo largo de la novela.

No sé hasta qué punto habrá conseguido el traductor mantener este lenguaje fresco del original sin que suene a pastiche (yo lo he leído en portugués, que para algo vivo en Lisboa), pero incluso si se ha traducido en español más o menos estándar, la novela es lo suficientemente divertida como para merecer la pena. Afortunadamente hay varias obras de Fonseca traducidas al español además de esta, así que podemos disfrutar de un escritor de novela criminal al estilo de Hammett o Chandler, pero adaptado al Brasil actual.


Del mismo autor: Bufo y Spallanzani, El gran arte, Vastas emociones y pensamientos imperfectos

jueves, 15 de abril de 2021

Marcelo Luján: Subsuelo

 Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: recomendable

Noir especialmente túrbido el que se marcó en 2015 el escritor argentino Marcelo Luján y que le consiguió ganar el Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón del año siguiente. He escrito "túrbido" (perdón por la pedantería, pero me resulta un adjetivo con una connotación más morbosa aún que turbio) porque es una novela de crímenes, dominación y bajísimos instintos que suceden en un ámbito familiar y ya se sabe que eso le da un plus de complejidad, pero también de ensañamiento y sordidez, a este tipo de historias. En este caso, hablamos de lo que sucede en el seno de dos familias de la clase media española, de ésas con chalet con piscina para pasar los veranos. No todos los personajes son españoles, empero: una de las madres es argentina y dejó atrás, en su país de origen, una historia no menos turbulenta que sirve de transfondo a la que viven sus hijos.

Como es fácil de suponer, el título de Subsuelo hace alusión a esos secretos guardados en el sótano de esa institución que llamamos familia, o incluso enterrados por debajo de éste. Y, por supuesto, a los secretos que esconde cada uno de sus miembros al resto de ellos. Aunque en la novela también hay otro elemento que hace referencia al título: una colonia de pertinaces hormigas que anida en el subsuelo de la finca donde se desarrolla casi toda la acción y que funciona como una obvia, pero eficaz metáfora de toda esta narración. 

No voy a hacer una sinopsis y ni siquiera a contar más de la trama de a novela para no estropear su lectura a nadie, pues en este tipo de historias, mantener vírgenes las expectativas me parece fundamental para disfrutarlas. Sólo diré que, aunque ciertamente, se pueda calificar a ésta como un noir o incluso un thriller psicológico; no se trata, en absoluto, del típico best-seller de crímenes para leer al borde de la piscina... (es más, me atrevo a pediros que NO LO LEÁIS AL BORDE DE LA PISCINA... por más que sea, justamente, al borde de una donde comienza la acción). Además, y a diferencia de ese tipo de libros, Luján no trata de ponerselo fácil al lector; antes bien, su prosa, siendo excelente y muy elaborada (y precisamente por ello), exige bastante atención, con recurso a constantes analepsis -tanto flashbacks como forwards-, narración con distintos tiempos verbales: presente de indicativo, pasado, futuro y hasta en subjuntivo; así como un constante recordatorio de lo que cada personaje ve, sabe o piensa, pero que los demás no ven, saben ni piensan, así como de la situación espacial de cada uno en cada momento de la trama, de forma que obliga a ir trazándose diagramas mentales del escenario al tiempo que uno lee... Bueno, quizá exagero un poco; al fin y al cabo, la narración resulta tan oscura y absorbente que tampoco permite pararse a valorar otras circunstancias. En cualquier caso, estamos ante una novela muy apreciable, más aún para quien guste de historias poco complacientes e incluso perturbadoras.

Nota informativa: Supongo que todo el que lea la reseña se dará cuenta de que, en lugar de la cubierta del libro, como es lo habitual, en esta entrada he puesto el retrato de su autor. La explicación está en que Subsuelo fue publicada por un sello editorial que pertenece, aunque no era así en el momento de aparición de esta novela, al célebre grupo Malpaso... célebre sobre todo por no pagar lo que debe a algunos o muchos de sus autores, traductores, correctores, etc. Como no tengo ganas de que esta reseña sirva de promoción para un título de este grupo editorial, pero al mismo tiempo me parece un libro que merece nuestra atención y no sería justo con su autor obviarlo por una situación de la que no es responsable (y puede que incluso sea víctima, no sé), he buscado esta solución, que quizá no sea la mejor o tal vez sí... Ni idea, pero, en cualquier caso, #MalpasoPagaYa.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #12: Laura, de Vera Caspary

Resultado de imagen de vera caspary laura amazonIdioma original: inglés
Título original: Laura
Año de publicación: 1943
Valoración: Está bien









De Vera Caspary no sabía absolutamente nada. Llegué a ella consultando un libro que aún no he leído completo, pero, me consta, contiene datos relevantes y cuya mera existencia ya es una buena noticia. Se trata de El séptimo círculo del infierno –subtitulado Escritores malditos, escritoras olvidadas –en el que Santiago Posteguillo, en la misma línea que este blog (mejor dicho, nosotros en la misma línea que su ensayo), reprocha a los poderes de diverso pelaje de cualquier lugar y época la persecución de determinados escritores a los que acaba relegando al infierno de la guerra, la cárcel, la censura, quizá el exilio, añadiría yo, y, por supuesto la violencia de género, para preguntarse después “cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien”. No olvida añadir que la discriminación de las escritoras es doble ya que a su activismo, rebeldía o lo que sea se añade su condición de mujeres.
Posteguillo sitúa a esta autora de novela negra en la cúspide del séptimo círculo, se lamenta de la persecución que destruyó su carrera, recuerda que autores como Borges y Bioy Casares reivindicaron seis títulos de su obra nada menos y que dos de sus novelas fueron llevadas al cine. Y en este punto me pregunto (retóricamente, claro) cuál será la causa de que se recuerde perfectamente el nombre de novelistas varones trasladados también a la pantalla por entonces, como Raymond Chandler, James M. Cain o Dashiell Hammett, y esta escritora haya quedado completamente eclipsada por el prestigio de Otto Preminger (Laura), pero también de Mankiewick, Stanley Donen, Fritz Lang y Cukor.
Entre 1922 y 1979 Caspary publicó hasta veintitrés títulos. En esta novela de 1943 adopta con toda naturalidad las convenciones del género que marcaban sus compañeros de generación, aunque manifestando sus sentimientos feministas. Elegantes, cínicos, mundanos, sarcásticos y escépticos los personajes van mostrando sus debilidades, sus alianzas y hasta sus cartas ocultas. En ese mundo de frivolidad y codicia, todos tratan de triunfar social y económicamente, pero hay una diferencia, mientras ellos compiten entre sí por adaptarse al modelo de virilidad exigido, ellas solo tratan de salir a flote. Saben que serán engullidas por él a no ser que, con un poco de suerte y talento, se conviertan en trofeo de triunfadores. Aunque en un principio parece que no, que la protagonista es una ganadora absoluta, que ha sabido abrirse paso en el mundo de la publicidad por sus propios medios, posee una economía saneada y se mueve con soltura en la sociedad neoyorquina a pesar de su procedencia rural. Pero ella intuye que necesita un protector, alguien que dé la cara por ella, y trata de enamorarse a toda costa.: “La mujer educada, no menos que la pobre trabajadora de una fábrica, está atada por los grilletes del romance.” Como vemos, una clara actitud feminista, que se repetirá más adelante camuflada entre los clichés del hiper-masculino género negro.
Este personaje, al que Caspary mata ya desde el comienzo –cuyo retrato preside su elegante vivienda, que seleccionaba sus lecturas, tenía un pigmalión por amigo y una criada incondicional, vestía bien, asistía a estrenos y frecuentaba los buenos restaurantes– iba a casarse precisamente el día que falleció. Alguien que llamó a su puerta le disparó un tiro a bocajarro.
¿Por qué una mujer que se ha hecho a sí misma se enamora una y otra vez de un patán con buena facha? Esto se pregunta Waldo Lydecker, escritor, viejo amigo y enamorado sin esperanza, pero él no es mucho mejor, utilizando armas intelectuales también manipula e intenta seducir a Laura. En los primeros capítulos conocemos su versión que, por cierto, presagia una trama trillada y predecible. Pero a partir de ahí, se produce una vuelta de tuerca, tanto argumental como narrativa, ya que cada una de sus partes está a cargo de un narrador distinto. Estos cambios de óptica, junto a los diálogos, conducen a un duelo de personalidades que va desvelando pistas, a menudo falsas, donde tiene lugar un fino análisis psicológico que el lector tiene que ir desentrañando. Caspary no lo pone fácil pero los candidatos tampoco son tantos y todos hemos leído lo nuestro: si no queremos adivinar el desenlace, mejor no darle muchas vueltas. Desde luego, la autora no tiene la culpa de que, a estas alturas, un relato así nos parezca archiconocido. Pero hay algo que, en mi opinión, es difícil de creer, no viene a cuento y desmerece dentro del conjunto: la introducción del detective en el triángulo amoroso, que a partir de entonces –según como se mire– se convierte en cuadrilátero.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Ramiro Pinilla: Cadáveres en la playa

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Esta entrada sirve no solo para recomendar un libro, sino para recordar a un escritor, el getxotarra Ramiro Pinilla, fallecido recientemente con 91 años. Quienes siguen este blog, y otros blogs en los que colaboro ocasionalmente, ya sabrán que Ramiro Pinilla me parece un escritor admirable, que después de pasar una larga travesía en el desierto de casi treinta años, en los últimos diez años, a partir de la publicación en Tusquets de su trilogía Verdes valles, colinas rojas ha recibido el reconocimiento y la atención que su obra merece.

Y estos últimos diez años de vida han sido, de hecho, los de una segunda juventud creativa para Ramiro Pinilla, con la publicación de varias novelas que completan su particular universo narrativo, y una peculiar serie de novelas detectivescas (Solo un muerto más, Los cementerios vacíos y esta), protagonizadas por el quijotesco Sancho Bordaberri / Samuel Esparta, que "enloquecido" por tanto leer a Dashiel Hammett y Raymond Chandler decide encasquetarse una gabardina y salir a resolver crímenes por el Getxo de la posguerra, ayudado por una ayudante, Koldobike, reconvertida en femme fatale por exigencias del guión.

A esta serie policiaca pertenece, precisamente, Cadáveres en la playa, la última novela publicada por Ramiro Pinilla: en Cadáveres en la playa volvemos a encontrar todos los elementos clásicos de la novela policiaca: un crimen (cometido durante la Guerra Civil, pero nunca investigado), un universo cerrado con un grupo de sospechosos limitado (una cuadrilla de cinco personas, en este caso) y un detective que, como escritor que es, al mismo tiempo que resuelve el caso transforma a todos sus interlocutores en personajes novelescos.

En Cadáveres en la playa volvemos a encontrar una cierta ligereza y humor que se echaba de menos en Los cementerios vacíos: aunque no está ausente la alargada figura de la posguerra y de los falangistas, la fecha en la que se desarrolla la acción (1972) contribuye a que el ambiente en que transcurre la novela sea menos opresivo que en las anteriores. Los diálogos entre Sancho/Samuel y Koldobike, cargados de tensión sexual no resuelta (y que me temo que ya nunca se resolverá) son de lo mejor de la novela, y casi diría que de la serie.

Con esta novela, y con las anteriores de la serie, Ramiro Pinilla no solo homenajea al Quijote con esta creación póstuma, sino que se inscribe en las corrientes más actuales de la novela policiaca europea y americana (en sentido amplio, continental), desde Vázquez Montalbán a Leonardo Padura, pasando por Andrea Camilleri. Me queda la duda, de hecho, de si la reiterada descripción de las comidas que se zampa Sancho Bordaberri en la novela será un homenaje directo a Pepe Carvalho o a Salvo Montalbano.

Está claro que las novelas de Sancho Bordaberri no son lo más destacado de la obra de Ramiro Pinilla, si las comparamos con la monumentalidad de Verdes valles, colinas rojas o con la densidad de Las ciegas hormigas o La higuera. Pero sí son buena literatura policiaca, con un toque irónico y metaliterario que se agradece. La mejor de la serie seguirá siendo probablemente la primera, Solo un muerto más, en parte por su originalidad y la sorpresa que provocaba en el lector; esta, Cadáveres en la playa, se sitúa en segundo lugar para mi gusto, y sigue siendo, sin lugar a dudas, una lectura recomendable, y una buena forma de recordar a ese chaval de 91 años que era Ramiro Pinilla.


La obra casi completa de Ramiro Pinilla en ULADSenoLa higueraVerdes valles, colinas rojas 1,Verdes valles, colinas rojas 2 y 3Aquella edad inolvidableSolo un muerto másHuesosEl cementerio vacíoLas ciegas hormigasLos cuentos

miércoles, 11 de marzo de 2020

Juan Díaz Canales & Juanjo Guarnido: Blacksad integral




Idioma original: francés
Título original: Blacksad, l'intégrale
Año de publicación: 2000-2013, como historias independientes; 2014, reunidas en este volumen
Traducción: supongo que los propios autores
Valoración: recomendable

Si hay algún personaje típico y tópico en literatura, en este caso de cierto gérnero, és el del consabido detective privado de la novela negra (o noir, como se dice últimamente, porque suena más guay).Por ma´s que después hayan aparecido decenas o , yo qué sé, cientos de variantes del mismo, el modelo del private-eye sigue siendo el que trazaron hace muchos años Hammett y Chandler: un tipo duro y desencantado, pero no exento de cierta integridad, de un código ético propio al que es fiel, y que sin más protección que su gabardina y su perspicacia algo cínica, se mueve entre los malotes, tanto de los bajos fondos como de las altas esferas, confiando por igual en su inteligencia como en sus puños para resolver el misterio que le han encargado investigar. Un modelo digamos opuesto (quizá no tanto o no siempre) al detectyive puramente cerebral que representan Sherlock Holmes o Hercules Poirot.

Se trata de un modelo, ya digo, firmemente asentado en el imaginario popular, pero que a veces cuenta con curiosas variantes; por ejemplo, en el caso de este cómic, el detective John Blacksad  es un gato -casi- negro. Mejor dicho. es un tiarrón con cabeza de gato, de igual forma que sus partenaires erótico-afectivas también son esculturales chicas con rasgos felinos, etc. En fin, que todos los personajes son zoomorfos y ahí reside, en buena parte, la gracia de estas historietas (lo escribo en plural porque el libro es una recopilación de las aventuras de este personaje, que ya fueron editándose como álbumes independientes o como parte de otras publicaciones). Los personajes, por tanto, tienen anatomía humana pero cabezas, o al menos rasgos, de animales. Aunque éstos tampoco han sido repartidos al azar, sino siguiendo criteerios basados en las supuestas "cualidades" o "defectos" que la tradición otorga a los bichos en cuestión, o las actividades a las que les hacemos dedicarse; así, los policías son perros; los matones, gorilas o rinocerontes , asesinosy sicarios, reptiles; los sabios, búhos, etc... Esta humanización de los animales (o animalización de los humanos, según se mire) no es en absoluto una novedad en el cómic y la novela gráfica: recordemos, sin ir mñás lejos, la albadísima Maus o El gato Fritz, de Robert Crumb. Aunque o que nos viene a todos a la mente, supongo,  son tantos personajes de Disney... justamente la compañía para la que ha dibujado durante años Juanjo Guarnido, así que hemos de convenir que sabe lo que hace...

Por lo demás, las aventuras que nos cuentan en este volumen integral -cinco historias largas más dos cortitas, de tan sólo un par de páginas- son bastante típicas del género negro: resolver el asesinato de una antigua amante, el secuestro de una niña, encontrar a un músico desaparecido, etc., pero se van enredando e implicando a poderes superiores o secretos ocultos del pasado. Los casos se desarrollan en los años 50, en diferentes lugares de los EEUU -Nueva York, Nueva Orleans, Texas...- y aparecen personajes más o menos característicos de esa época: beatniks, músicos de jazz, estrellas de cine, científicos y supuestos espías comunistas... En uno de los mejores capítulos, quizá por resultar más actual, Nación Ártica, encontramos un grupo racista así llamado, trasunto del KKK y enfrentado a los Black Claws, formado por animales de pelaje negro. Esta referrencia distintos colores y gamaas cromáticas es una constante ua desde el título de casi todas las historias -Un lugar entre las sombras, Arctic-Nation, Alma Roja, Amarillo- y recuerdan un poco a los títulos -también al contenido, aunque aquí es más light, de las novelas de la serie de Easy Rawlins, de Walter Mosley.

De todas formas, lo más destascable de las historietas protagonizadas por el detective Blacksad, además de los estupendos guiones de Díaz Canales, sin duda son las prolijas ilustraciones de Juanjo Guarnizo dotadas de un trazo sumamente elegante sin perder dinamismo, una composición narrativa perfecta y un color administrado con gusto exquisito; no se puede sino otorgarle un 10, en todos los aspectos. Por ceirto, que el propio Guarnizo ha asegurado en alguna ocasión que, tras la publicación de su último y receinte álbum, El Buscón en las Indias, volverían las aventuras de este gatuno detective. A ver si tenemos suerte y cumple su palabra...

Un último apunte, sobre el idioma original de este cómic: siendo sus dos autores españoles, cabe suponer que los guiones fueron escritos, en principio, en castellano, pero se publicaron antes en Francia, por Dargaud, por lo que el fracés es la lengua que consta como original, aunque con una traducción, imagino, de ida y vuelta.