sábado, 4 de enero de 2014

Colaboración: El halcón maltés de Dashiell Hammett



Idioma original: inglés
Año de publicación: 1930
Título Original: The Maltese Falcon
Traducción: Fernando Calleja
Valoración: Recomendable

Sam Spade y Miles Archer son los propietarios de una prestigiosa agencia de detectives en San Francisco. Un día reciben la visita de una tal Miss Wonderly, quien, preocupada por el paradero de su hermana, les pide que sigan la pista de un matón llamado Floyd Thursby. Esa misma noche, alguien asesina al detective Archer y, poco después, al tal Thursby.

La novela negra tradicional, que ha bebido durante décadas del influjo británico, desde Conan Doyle hasta Agatha Christie, solía basarse en la elaboración más o menos artificiosa de uno o varios cadáveres y en la inaudita resolución de los hechos por parte de un individuo prodigioso, de admirable capacidad deductiva, de aceleradísima materia gris, de intelecto e imaginación desbordantes. Dime a quién matas, o a quién no, y te diré quién eres. Todo, absolutamente todo, se basa en ese cuerpo sin vida, que de vez en cuando yace en mitad de la calle, pero que las más de las veces es descubierto en su propio dormitorio, o en un vagón de tren, o mejor aún: en una biblioteca de la campiña inglesa. Hasta tal punto había llegado, y quizás siga llegando, esta obsesión por construir la intriga en torno a cadáveres aún calientes, que el famoso escritor Raymond Chandler llegó a revestirla de tintes metafísicos al afirmar en su ensayo El simple arte de matar que el asesinato es una «frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza». Pues bien, esto es precisamente lo que hace que leer El halcón maltés sea casi reconfortante. Pese a que la novela abre con dos asesinatos, en las primeras páginas da un giro de ciento ochenta grado y hace que la muerte del detective Archer, socio de Sam Spade, y del matón Floyd Thursby, sean poco más que accidentales. Lo importante, queda claro desde el principio, es encontrar el halcón, una pieza de oro macizo recubierta de valiosísimas pedrerías que los caballeros de la Orden de Malta elaboraron como tributo para el rey Carlos V. Después de siglos rondando en torno al Mediterráneo, de Malta al norte de África, de África a París, de París a Estambul —a la que, curiosamente, Hammett continúa llamando Constantinopla; probablemente el último escritor del siglo XX en hacerlo para una trama moderna—, el halcón habría acabado en Hong Kong, y estaría a punto de llegar a San Francisco.

En San Francisco se reúne una tropa de personajes dispuestos a echarle el guante a la estatuilla: un supuesto griego llamado Joel Cairo, rimbombante, afeminado; un cazador de sueños con ínfulas de arqueólogo frustrado, rechoncho y bonachón, que responde a la inicial G; la propia Miss Wonderly —también conocida como Miss Leblanc o Miss O'Shaughnessy—, quien es la culpable de involucrar al detective Sam Spade en la historia, y este último, que en el transcurso de sus labores acaba siendo el primer interesado en sacar provecho del misterioso halcón. Vestíbulos y habitaciones de lujosos hoteles, callejones oscuros y casas envueltas en penumbra son los escenarios por los que van desfilando los personajes de esta historia, en un despliegue de intriga que empieza para no terminar nunca. O para terminar en la página 263, cuando ya no queda ni la información de la imprenta (que, al menos en mi edición, aparece apretujada en las primeras páginas).
En El simple arte de matar, esa joyita en la que Raymond Chandler hace apología por la novela de misterio «realista», o sea, una novela en la que los autores no escriban bagatelas ni tonterías indocumentadas, se insinúa que El halcón maltés no está a la altura de las circunstancias. ¿La razón? Que se margina al crimen. Que el crimen no es el elemento central. Que la estatuilla elaborada para Carlos V importa más que los asesinatos de Archer, Thursby y el capitán Jacobi. La verdad es que, con perdón para los seguidores del de Chicago, la insinuación es completamente ridícula. Hablo como lector cansado de que me mareen la perdiz con pirotecnias narrativas falsamente habilidosas, en las que nadie, ni el propio autor, sabe lo que está ocurriendo. Recuerdo la sensación que me dejó leer El sueño eterno, de Chandler. No me enteré de casi nada. Y lo mismo al ver la adaptación cinematográfica de Howard Hawks, cuyo guionista fue ni más ni menos que el premio Nobel de literatura estadounidense William Faulkner. Alguien comentó una vez que ni Raymond Chandler, el autor, ni Howard Hawks, el director, ni Faulkner, el guionista, supieron jamás quién había cometido los asesinatos de turno. Felizmente, Dashiell Hammett se libra de esta intolerable costumbre de rizar el rizo más allá de lo que un lector medio, o incluso uno atento, está dispuesto a tolerar. (Si solo tienen tiempo para un clásico del cine negro les recomiendo que dejen de lado El sueño eterno de Hawks para deleitarse con la adaptación que hizo John Huston de la novela reseñada en estas líneas. Los papeles de Humphrey Bogart y Peter Lorre son sencillamente estelares).
Sin embargo, hay algo que no diferencia a Dashiell Hammett de Chandler, ni del resto de la cohorte de escritores hardboiled, a saber: el machismo. Sam Spade, al igual que Philip Marlowe y tantos otros, es un detective que besa a las mujeres cuando quiere, que las trata como carne fresca, que las provoca y que, lamentablemente, no recibe más que adulaciones por el camino. Cuando a Effie, la secretaria de Spade, se le ocurre demostrar su astucia y dejar claro que es más que un cuerpo bonito, Spade le dice lo siguiente: «¿Sabes lo que te digo, chica? ¡Que eres todo un hombre!». Es la época del machismo a rajatabla, de la denigración constante hacia las mujeres. Las y los feministas deberían leer la novela con un grano de sal, riéndose con las ocurrencias de un ideario que por fin empieza a revelársenos como lo que es, i.e. estúpido. En cuanto a los demás, lean El halcón maltés con ganas de entretenerse, con la certeza de que —machismo aparte— estamos ante una literatura de calidad razonable y con la tranquilidad de saber que, por una vez, un buen escritor norteamericano de la primera mitad del siglo XX decidió dejarnos un relato detectivesco que puede ir descubriéndose con expectación y sorpresa, sin necesidad de lamentarse al final de que nos estén tomando el pelo. 

Firmado: Jose Serralvo

También de Dashiell Hammett: Cosecha roja

1 comentario:

Juan Melville dijo...

Para mí es un muy buen libro, y nunca está demás decir que la primera película de cine negro fue la adaptación de esta novela. De hecho en mi blog hago una crítica sobre la misma. Puede parecernos un poco ingenua, pero es consistente. Aunque en todo caso me quedo con "Cosecha roja", también reseñado en ULAD