El título original no ha sido traducido.
Año de publicación: 1995 con epílogo de 2020
Traducción: Ibon Errazkin y Tito Pintado
Valoración: bastante recomendable
¿Cómo afrontar la lectura de un libro así cuando se cuenta con la mayor de las reticencias hacia esa impuesta etiqueta de la literatura LGTBI?
Aunque esta sea una reticencia que parte de la alergia al etiquetado, y añadiría que ese rosa chicle algo matizado de la portada tampoco es que sea una vacuna contra los prejuicios. Lo cual no hace más, igual, que emperorarlo todo, pero ¿no estábamos en contra de esas asociaciones cromáticas tan ostensamente anacrónicas? de hecho, esta no es ni siquiera una lectura fácil ni, en muchos momentos, agradable. Lo advierto, es (y así debemos considerar a su autora que, por cierto, glups, no tiene reparos ni oposición a ser llamada indistintamente por su género y nombre de nacimiento o aquellos que eligió a posteriori) un libro lenguaraz, obsceno, explícito, escatológico, provocador, cruel, dispar, en su enfoque de sentimientos íntimos y sensaciones físicas, con una especie narrativa intermitente que a veces parece responder a los obvios lapsos de la memoria provocados por los narcóticos. Qué mejor reflejo de una existencia dislocada que un libro así.
Y desde luego que su lectura no debe ser abordada desde una óptica literaria. El de County es un testimonio que atraviesa medio siglo (a la edición original de 1995 se añade aquí un epílogo de aires bucólicos y melancólicos, con County, pasada la setentena, viviendo plácidamente en la casa heredada de sus padres, dedicada a pintar) y que empieza con la consabida apelación a su niñez y a sus incipientes escarceos sexuales, tras lo cual asume su condición y atraviesa una juventud marcada por la inestabilidad emocional y una acusada promiscuidad, con el trasfondo de la época. Porque County lideraba una banda de punk rock justo en la época de explosión del género, con todo el tránsito de personajes (un must para su lectura ) desde el colectivo artístico que rodeaba a Andy Warhol - no hace falta citarlos, están todos - con sus películas, sus obras teatrales, sus conflictos, hasta el colectivo transexual o travestido o como queráis (y os permitan) llamarlo que es, a la vez el centro de la vida de County y el polo atrayente de esa comunidad artística cuya premisa pasaba por romper con todo desde la desinhibición y la provocación. En esos pasajes descriptivos de los espectáculos provocadores que jalonaban un día a día muy lejos ya de todo convención. Y claro, las víctimas. Porque apenas hay capítulos del libro donde no haya muertes por ese peligroso estilo de vida, un círculo retroalimentado por adicciones, marginación, precariedad, condiciones mentales causa o consecuencia de ese cóctel, y County las explica, pero sigue adelante inapelablemente, con sus vaivenes con agentes, musicales, productores y compañías, con sus poco aconsejables compañías de vida y de cama.
De eso voy a quejarme siempre: de que etiquetar este libro como dirigido a un círculo determinado (asegurando comprensión y entendimiento) solo hace que alejar al lector promedio de este fascinante, y a la postre casi entrañable, paseo por el lado salvaje.

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