Título original: 刺青殺人事件 (Shisei Satsujin Jiken)
Año de publicación: 1948
Traducción: (del inglés) Eduardo Hojman
Valoración: bastante recomendable
Hoy en día los tatuajes son algo tan extendido y aceptado en nuestra sociedad que ya se los hacen hasta los chavales de la ESO (y los de Primaria, casi por poco), amén de jóvenes y mayores de toda clase y condición. pero antaño eran algo exclusivo de oficios un tanto aventureros (marineros y soldados, por ejemplo) y, sobre todo, de gentes de mal vivir o, al menos, que rondaban los ambientes del malevaje. Lo mismo y en Occidente ocurría en Japón, a pesar del maravilloso nivel artístico alcanzado por el irezumi o tatuaje tradicional, pero que se asociaba a quienes se dedicaban a oficios arriesgados como bomberos o trabajadores de la construcción y, por otras razones, a los célebres yakuza. Con el punto añadido del erotismo, puesto que en la tradición japonesa los tatuajes más apreciados son de grandes dimensiones, en ocasiones de cuerpo entero o casi y sólo pueden apreciarse sobre los cuerpos desnudos.
Ahora bien, si hoy en día la percepción social hacia los tatuajes, aquí y allí, ha cambiado por fuer de la moda, en 1947, al poco de acabar la II G. M. en Japón seguían viéndose como algo más bien marginal y túrbido -y, de hecho, la prohibición de dedicarse a tatuar seguía vigente por entonces -; lo interesante, por supuesto, es que esa práctica o afición, incluso pulsión, en algunos casos, conformaba un submundo muy particular, entre lo artístico, lo exquisito y lo opaco que resultaba de lo más estimulante, desde un punto de vista narrativo. De ahí que la primera novela policiaca de Akimitsu Takagi, el considerado "Simenon japonés" (aunque creo que esto también se dice de su mentor, Edogawa Rampo), partiendo de una idea de lo más sugerente: en el asolado Tokio de la posguerra, que trataba de volver a la normalidad entre ruinas y escasez, se producen unos crímenes que parecen tener como objetivo apropiarse de la piel tatuada de las personas asesinadas. En el primero de los asesinatos se ve envuelto el joven médico Kenzo Matsushita, quien nos servirá de guía lo largo de toda la novela, pues además es hermano del comisario de la policía criminal Daiyu Matsushita y amigo de otro forense, el antiguo "Niño Genio", Kyosuke Kamizu, que viene a ser el Sherlock Holmes de esta historia (de hecho, esta novela es la primera de una serie protagonizada por él).
Con estas premisa, sin duda se podría escribir un thriller erótico/truculento -y aquí encontramos ambos aspectos, de lo sensual al gore, pues después de todo, los autores japoneses son consumados intérpretes de ambas suertes-, así como una "novela problema", con misterio de cuarto cerrado incluido, que también se trata de eso. Pero, además y antes que los subgéneros mencionados, éste es un noir diríamos que clásico -o casi, debido a su ambientación- con femme fatale y todo... Es decir, que Takagi jugó con la combinación de estas diversas modalidades del género, lo que no resulta fácil, pero a él le salió bastante bien, con el atractivo añadido de, ya digo, sumergirnos en un mundo hermético, en una subcultura cerrada incluso para la mayoría de los japoneses de aquella época y que resulta o puede resultar de lo más estimulante y estremecedor al mismo tiempo. Todo bañado, ya digo, por un aura de sensualidad y, por momentos, con un toque onírico -quizás debido al estilo con que describe el autor ciertos elementos que aparecen en la novela, pero también a circunstancias de la trama-; digamos, por entendernos, que si se hiciera una adaptación de este libro al cine (creo que no existe aún), el resultado podría ser algo así como una clasica película de detectives de la Hammer, dirigida por Kurosawa y con la trama de una peli de Park Chan-wook, pero dándole un aire al Terciopelo Azul de David Lynch y a la estilizada brutalidad de Se7en o El silencio de los corderos... (perdón, quizás sean demasiadas referencias cinematográficas para la reseña de un libros).
El caso es que Takagi consiguió combinar todos estos elementos de una forma cuando menos amena y, en algún momento, incluso fascinante. Cierto es que se le puede atribuir una cierta parsimonia narrativa, propia de la época en la que se escribió la novela y que, como historia de misterio, despista un poco que el Sherlock Holmes o Poirot de turno no aparezca hasta el último tercio del libro, pera luego resolver el misterio sin apenas despeinarse -bueno, sí que se despeina un poco, cosa insólita en él, por lo demás-; así, aunque sus deducciones no resultan forzadas, sí algo artificiosas. Dicho de otro modo: quizá el final no sea un Deus ex machina, pero sí un Kamizu ex machina... Da lo mismo: estos no son más que detalles, pequeñas objeciones a una novela, por lo demás estupenda, interesante e insólita. Ojalá esta editorial u otra siga publicando en España los libros de este escritor porque realmente creo que merecerá la pena leerlos.
Nota para quienes hayan leído la novela o para quienes no lo hayan hecho, pero no les importe arriesgarse a un spoiler que, en realidad, no lo es: Por lo visto, en el Museo de Patología Médica de la Universidad de Tokio sí que existe la colección de tatuajes que aparece en este libro, aunque no está abierta al público (por suerte, pienso yo, aunque entiendo que habrá a quien le gustaría verla). El iniciador de la misma fue, al parecer, un tal doctor Fukushi Masaichi, a quien no cuesta reconocer como el inspirador del profesor Hayakawa de la novela.

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