Título original: All fours
Año de publicación: 2025
Traducción: Luis Murillo Fort
Valoración: se deja leer
No descartemos que yo no me haya enterado de nada. No basta con abordar la lectura de una novela con buena actitud, en que esta se mantenga hasta un punto lo bastante alto para superar esa cuota personal (hago esos cálculos) del cuarenta y pico por ciento del volumen en que decides que ya hemos llegado demasiado lejos para abandonar ahora. Con alguna reticencia, en especial aquella que surge de los excesos críticos, aquella relacionada con algún premio literario en USA del cual pensabas que debías fiarte. Incluso espoleado por su inclusión en un lugar muy alto en una lista de esas en las que suelo creer a pies juntillas.
Incluso así, la sensación que me ha dejado A cuatro patas solo puedo describirla como una profunda decepción. En especial, porque las expectativas de ese primer tramo del libro han quedado evaporadas de forma, para mí, dramática, conforme he avanzado en su lectura y ya no digamos al finalizar la novela. Momento en que me he preguntado algo parecido a de qué ha ido esto o tanto rollo para llegar aquí.
La novela configura una especie de mosaico de piezas triangulares con un vértice en común: una artista de mediana edad (entiendo que una escultora o algo así, a lo largo de todo el libro no sabremos ni siquiera su nombre) que está casada con Harris, vinculado a la industria musical, en lo que parece una apacible vida de clase media norteamericana, junto a Sam, su hije (la inclusión a ultranza del género neutro a la hora de referirse a Sam ha llegado a ponerme nervioso, y de hecho aún no entiendo ni ese hecho ni su papel como personaje). Un día decide acogerse a un pretexto profesional para tomar el coche y cruzar el país para llegar a New York, una experiencia que desea abordar aunque nunca ha estado tanto tiempo, tres semanas, separada de su familia. En una de las primeras paradas de su trayecto conoce a Davey, un joven empleado de una empresa de alquiler de vehículos, cuya esposa Claire es decoradora y acepta un estrafalario encargo, decorar por veinte mil dólares la habitación de motel en que la protagonista se hospeda una noche, aunque nuestra protagonista decidirá permanecer ahí y detener su trayecto, convirtiendo la habitación en un lugar de encuentros furtivos llenos de deseo y pasión que nunca llegan a culminar. Se supone que ese viaje debe representar una huida, como un consuelo o un divertimento, quizás una aventura. Pero ella continua queriendo a su marido, y llegamos a saber que el parto fue una experiencia traumática, también que sus experiencias sexuales se han repartido entre los dos sexos, que tiene una amiga, Jordi, siempre dispuesta al otro lado del teléfono para que comparta sus experiencias, sus reflexiones, sus inseguridades.
Y ya está: al margen de cómo afecta a su matrimonio lo que ha supuesto esa experiencia efimera, a partir de ahí solo disponemos de una errática reflexión personal salpicada de escenas sexuales explícitas que se supone que tienen que representar en todo momento su ejercicio de la libertad personal, su actitud despreocupada hacia el sexo como ejercicio de liberación - aunque alguna escena roce lo meramente inconcebible - y una serie de prerrogativas que he sido incapaz de descodificar. Se ha obsesionado con Davey, o con el concepto de todo aquello que se prometieron postergar y nunca ha sido consumado. Y en medio de ese desquiciado embrollo, ha dinamitado su relación.
¿Qué pretende Miranda July que hagamos con todo eso? Cierro el libro y todo se me ha escapado. Seré yo, seguro.
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