sábado, 28 de marzo de 2026

Mo Yan: El suplicio del aroma de sándalo

Idioma originalChino

Título original: 檀香刑

Traducción: Blas Piñero Martínez

Año de publicación: 2014

Valoración: Muy recomendable

Esta debe de ser la cuarta o quinta novela que leo de Mo Yan, pero es la primera que leo de él en al menos diez años. Al empezar El suplicio del aroma de sándalo, recordé de inmediato por qué durante tanto tiempo lo consideré uno de mis escritores favoritos. Bastan unas cuantas páginas para que reaparezca esa sensación de estar en manos de un narrador desmesurado, cruel, burlón, excesivo, pero también profundamente dueño de su mundo.

La novela tiene todo lo que más me gusta de Mo Yan y, más importante aún, esta vez siento que esos elementos están mejor equilibrados que en otras de sus obras: lo fantástico, el folclore chino, el gore y la historia. Claro que son inevitables las comparaciones con el realismo mágico (de hecho, algunos llaman a su estilo “realismo onírico”), pero en Mo Yan siempre da la impresión de que lo insólito brota de la propia lógica del mundo rural, de la superstición, del rumor, de la imaginación popular, como si la realidad por sí sola no bastara para explicar la brutalidad de la experiencia humana.

La novela se sitúa en la China de finales de la dinastía Qing, más o menos hacia 1900, en un contexto de ocupación extranjera, corrupción local y violencia política. La presencia extranjera se siente como una fuerza humillante que reorganiza el espacio, el poder y hasta la dignidad de los sometidos. En ese clima enrarecido, con el eco de la rebelión de los bóxers y el resentimiento nacional creciendo entre la impotencia y el fanatismo, Mo Yan sitúa en el centro de la historia una ejecución particularmente atroz: el “suplicio del aroma de sándalo”.

Las llamadas “torturas chinas” forman parte aquí de una cultura del castigo ejemplar: los suplicios debían corregir, aterrorizar y entretener al mismo tiempo. El cuerpo del condenado se volvía así un escenario donde el poder, acorralado por enemigos internos y externos, seguía representando su autoridad a falta de algo más convincente. A partir de esos castigos —como el ya célebre lingchi—, Mo Yan construye una trama en la que se entrecruzan el deseo, la traición, la lealtad filial, el orgullo nacional y la brutalidad del poder.

La historia sigue sobre todo a Sun Meiniang, una mujer atrapada entre la pasión, la obediencia familiar y el caos político que la rodea. A su alrededor desfilan verdugos, funcionarios, patriotas improvisados, suegros, amantes y oportunistas, todos arrastrados hacia un desenlace en el que la muerte deja de ser un hecho para convertirse en ceremonia, espectáculo y pedagogía pública. Como suele ocurrir en Mo Yan, nadie conserva del todo la dignidad y casi nadie merece conservarla. 

Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente la manera en que mezcla lo grotesco con lo trágico. Hay escenas de violencia extrema, descritas con una minuciosidad que por momentos parece regodearse en la herida. En Mo Yan la violencia siempre tiene algo de carnaval macabro: repugna, fascina y a ratos incluso mueve a una risa incómoda.

También me gusta cómo el folclore chino atraviesa toda la novela sin convertirse en simple decorado exótico para consumo extranjero (las notas podrían parecer excesivas para alguien que no esté interesado en el tema). Aquí hay ópera popular, supersticiones, habladurías, ritmos orales, exageraciones deliberadas, imágenes grotescas y una imaginación colectiva que transforma la historia en leyenda al mismo tiempo que la deforma. Mo Yan entiende algo fundamental: los pueblos no solo padecen la historia, también la cantan, la distorsionan, la vuelven fábula.

Volver a Mo Yan después de tanto tiempo fue reencontrarme con un escritor que sigue teniendo algo que muy pocos poseen: una voz capaz de ser brutal, cómica, obscena y lúcida al mismo tiempo.

(Conviene, sin embargo, hacer una precisión que hoy resulta casi inevitable. Mucho se ha criticado la afiliación de Mo Yan al Partido Comunista chino, así como su cercanía con posturas difíciles de defender, entre ellas su respaldo a ciertas formas de censura. Esa dimensión biográfica e ideológica incomoda, y no tendría sentido barrerla bajo la alfombra. Ahora bien, una extrapolación demasiado directa de El suplicio del aroma de sándalo a nuestro presente también corre el riesgo de simplificar la novela. Leída desde hoy, podría parecer que el libro articula un rechazo tajante al cambio cultural, a la modernización o a la presencia extranjera; pero reducirla a eso sería empobrecerla. Más que ofrecer un programa ideológico coherente, la novela dramatiza una sociedad humillada, convulsa y delirante, en la que la ocupación extranjera, la violencia imperial y el resentimiento popular producen respuestas tan comprensibles como monstruosas. Mo Yan no escribe aquí un manifiesto contra el extranjero ni una defensa transparente de la pureza cultural, sino una representación brutal de cómo el dolor histórico, el nacionalismo herido y la paranoia colectiva pueden deformar la experiencia de un pueblo. Y si algo queda claro en la novela, es que nadie sale moralmente intacto de ese proceso: ni el invasor, ni el poder local, ni tampoco quienes convierten la humillación en fervor.)

Otras obras de Mo Yan en ULAD: La república del vinoCambiosGrandes pechos, amplias caderas

No hay comentarios: