martes, 10 de marzo de 2026

Bernard Taylor: Dulce amor, dulce muerte

Idioma original: Inglés 
Título original: Sweetheart, Sweetheart
Año de publicación: 1977
Traducción: David Alcaraz Millán
Valoración: Está bien

Dulce amor, dulce muerte es una novela de terror de Bernard Taylor. Fácil de leer y competente, se antoja, eso sí, un tanto anticuada, más larga de lo necesario y mejorable en los apartados de la verosimilitud, la tensión y el terror. Narra una historia de fantasmas bastante clásica, que si bien no resulta particularmente original, logra sorprender al lector con uno de los dos giros de tuerca que se guarda en la chistera. 

Sigue los pasos de David, un profesor inglés que reside junto a Shelagh, su pareja, en Nueva York. Un día, David tiene la premonición de que algo le ha ocurrido a su hermano gemelo, Colin. Cuando regresa a Inglaterra para aclarar las cosas descubre una terrible verdad: tanto Colin como su joven esposa, Helen, han muerto de forma repentina. Además, Helen le ha legado Gerrard’s Hill, su idílica casa de campo, por una razón que ignora. Mientras intenta desentrañar lo sucedido preguntando a la gente del pueblo sin mucho éxito y empieza a sospechar que una presencia sobrenatural permea su recién adquirida propiedad, llega Shelagh, provocando unos celos de ultratumba con fatídicas consecuencias.

A mi juicio, el mayor defecto de Dulce amor, dulce muerte es que se toma demasiado tiempo para plantear, desarrollar y resolver sus misterios. Aprecio como el que más los argumentos que se cuecen a fuego lento, pero el de la novela de Taylor no justifica ni su extensión ni la morosidad excesiva con que entrega ciertos detalles.

Tampoco me han convencido las reacciones y decisiones de determinados personajes. La manera de afrontar y responder a los acontecimientos del protagonista, por ejemplo, me parece muy poco creíble, por más que el autor se empeñe en justificarla.

La última crítica negativa que le haría a Dulce amor, dulce muerte es que la tensión y miedo que consigue evocar están algo diluidos y se resienten ocasionalmente por culpa de la falta de verosimilitud del conjunto. A mí personalmente me cuesta sentir que David es consciente del peligro que corre Shelagh cuando no hace lo imposible para mantenerla alejada de la casa, o cuando no se anima a contarle la verdad.

Llegados a este punto, puede parecer que Dulce amor, dulce muerte me ha parecido una novela algo floja. Sin embargo, debo aclarar que no es el caso. Reafirmo que es competente, y que tiene otras virtudes, como el hecho de que se lea con agrado pese a sus puntuales asperezas, que los personajes, pese a su sencillez, nos caigan simpáticos, que uno de sus dos giros de tuerca resulta sorprendente y que la manera en la que Taylor conecta el inicio de la novela con el final es sumamente eficaz.

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