Título original: Maudit soit Dostoïevski
Año de publicación: 2011
Traducción: Elena García-Aranda
Valoración: entre recomendable y bastante recomendable
Una novela atípica, diría, no tanto por la forma o el fondo, sino por las sensaciones que deja. Rasul, el protagonista de esta historia, es un joven perdido en el mundo, profunda y voluntariamente desconectado de su familia, y cuya locura, ya incipiente en medio de las guerras civiles en Kabul, termina por estallar cuando replica el mismo asesinato que comete Raskolnikov con la casera, con el propósito de liberar a Sufia, su novia, del trabajo que realizaba bajo las órdenes de la susodicha.
El cambio que sufre la historia es que Rasul, asustado por la presencia de otra persona, no consigue robarle nada a la anciana y huye por la ciudad. En este vagar le suceden varias situaciones: es acusado de comunista por haber estudiado en San Petersburgo y por leer a Dostoievski, conoce a un militar que comparte la línea de pensamiento de Rasul y cree que la guerra civil solo ocasionará más dolor y separación, entra a varios tugurios (en realidad, el mismo, pero las descripciones de Rahimi son muy convincentes en el manejo de la espiral lisérgica en la que se embarcan todos los personajes del antro) y sufre de diversas alucinaciones y de paranoia ante el hecho de que lo siguen persiguiendo. Además, lucha constantemente contra el casero de su departamento, que intenta echarlo por falta de pagos, de su primo, que intenta sacarlo de la apatía y llevarlo a la luz, de Sufia y de la idea que tiene de ella, ya que la adora pero no es capaz de acercarse a su familia sin sentir el peso de la relación, y otros personajes que van poniendo de relieve la violencia latente de un país y las risas punzantes de una sociedad que no puede entender cómo es que Rasul es incapaz de ponerse de un lado o del otro sin encontrarle la quinta pata del gato a todo.
La novela está muy bien construida. Tiene un buen arranque y, sobre todo, un desarrollo que justifica plenamente la apatía de Rasul, a la vez de emocionarnos cuando consigue sacudirse de su desesperación y acude a confesarse, todo para que no le hagan ni el más remoto caso, razonando que su crimen es una nimiedad a comparación de lo que está sucediendo en ese momento (una guerra civil), y que si la policía no se ha tomado el trabajo de arrestarlo por ese motivo, nadie más lo hará. Y eso causa un final ambivalente, al que un gran monólogo de Rasul, por fin juzgado (pero no por las acciones que ha cometido, sino por sus pensamientos) se contrapone con un hecho que no mencionaré, pero que termina causando una sensación de falta de impacto en el mensaje, como si el hecho de que una persona pueda dar cuenta de todo lo podrido en el ambiente no fuera suficiente para generar algún tipo de cambio. Que puede ser cierto, es verdad, pero en la medida en que vemos evolucionar magníficamente a Rasul este impacto sabe a poco. A pesar de que el primo le diga que algo cambió gracias a sus acciones, parece más un consuelo mínimo. Además de eso, las escenas divagatorias en los bares, si bien de un lirismo convincente y que ayuda a variar el ritmo de la novela, se alargan de más en algunas ocasiones; también se reiteran ciertas ideas (básicamente, la paranoia de Rasul y los diversos enfrentamientos con su primo) en la parte central del libro que desacelera la trama sin ningún propósito.
Pero, sacando eso, es una muy buena novela, con un toque de humor negro y cínico que refresca la lectura a la vez que actualiza nuestras reflexiones acerca de una obra magna como lo es Crimen y castigo y nos da a conocer una sociedad constantemente vapuleada, tanto en sus guerras como en sus pensamientos.
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