Año de publicación: 2019
Valoración: Entre Recomendable y Está bien
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Año de publicación: 1997
Valoración: Muy recomendable
Mi conocimiento de la obra de Enrique Vila-Matas, además de bastante reciente y muy reducido, tiene una característica algo particular, porque se reduce a dos de sus novelas más antiguas y dos de las últimas publicadas. Aunque desde luego no es algo buscado a propósito, creo que me permite establecer una diferenciación bastante clara entre dos etapas separadas por un intervalo relativamente largo: la primera, en los 80-90 del siglo pasado, la segunda en los últimos siete u ocho años. No será un análisis muy científico de su bibliografía, pero me sirve para valorar las lecturas.
De las dos novelas del primer ciclo, si Breve historia de la literatura portátil era un muestrario comprimido, acelerado y bastante loco, también muy divertido, de algunos recursos que Vila-Matas utilizaría en el futuro, en Extraña forma de vida parece que autor barcelonés se recoge en un texto más íntimo y sosegado, hasta cierto punto más convencional. Cierto que también podremos contemplar algunos otros elementos que irán manifestándose más adelante, como el papel del escritor y la dicotomía entre realidad e imaginación, los dobles o parecidos como expresión de dudas sobre la identidad, la decisión (o indecisión) entre dos opciones posibles. Siempre disyuntivas o formas de observar, a fin de cuentas quizá un único problema de indefinición universal que empieza por uno mismo.
Como es tan habitual, el paso lo marca un personaje-escritor, que en este caso trabaja en un texto realista y que debe preparar una conferencia. Sospechando que su amante ocasional acudirá al acto y que de lo que él exponga en público dependerá que la recupere o le abandone, el sujeto va trabajando su intervención con diferentes enfoques, según vaya pesando en él la voluntad de lanzarse a una aventura seria o el deseo de conservar su estabilidad familiar. En función de ese pensamiento pendular decide incorporar o desechar sucesivos relatos, reales o ficticios, que tienen como único nexo el espionaje: el portugués que conoció en el tren y que trabajaba para los servicios secretos franceses, el abuelo que espiaba la hostia sagrada, el padre que caminaba atento a las voces del subsuelo, el espía doble de Hamburgo que nadie conocía. El mismo personaje, que analiza a sus vecinos como material para su novela, se considera también espía, y en esa identificación está el corazón del libro, el escritor siempre atento a su entorno, a las historias propias o ajenas, auténticas o inventadas, a imágenes, gestos, actitudes o palabras que va registrando para ser después reproducidas o utilizadas a voluntad.
Pero tampoco nos quedemos con la idea de algo que puede parecer tan serio. Ese hilo conductor del escritor-espía sirve para desplegar algunos de los numerosos recursos que tan bien maneja Vila-Matas. Con escasos de sus habituales guiños a personajes de la cultura, hay toda una exhibición de imaginación que roza a veces alusiones políticas o atmósferas de novela negra, siempre con una destreza admirable para mezclar y entrecruzar diferentes texturas, saltos entre diferentes escenarios y espacios temporales, hasta formar una constelación de pequeñas historias llenas de humor en torno a ese escritor indeciso, que intenta incorporarlas para buscar el impacto deseado.
El trazo es tan fino y la construcción tan elegante, llena de sutilezas, que hacen de la lectura una delicia, algo de apariencia ligera pero donde, a nada que nos decidamos a acercar la lupa, iremos encontrando nexos ocultos, viajes de ida y vuelta en la búsqueda de un camino tanto para el artista como para la persona. Un entramado que funciona como un reloj, y al que solo se le puede achacar que no esté, o eso parece, destinado a levantar algo más sólido. Puede que a Vila-Matas le gusten estos relatos abiertos, tengo la sensación de que es así, que le interesa más dejarlo fluir sin preocuparse de redondearlo del todo, y entonces queda la sensación de haber disfrutado de un libro inteligente, muy bien montado, sí, aunque quizá excesiva y voluntariamente gaseoso.
P.S: Olvidaba decir que en esa dicotomía entre las obras más antiguas y las más recientes de este autor me quedo, dentro de mis limitados conocimientos, con las primeras.
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Idioma original: españolAño de publicación: 2011
Valoración: recomendable
Con Marsé fallecido y Cercas empeñado en convertir su obra en un panfleto, Vila-Matas pasaría por ser mi escritor vivo favorito de los que escriben en español y residen en la península. Y esa opinión personal me la viene a corroborar la profundización en su obra, que pasa ineludiblemente por el acceso a sus obras "menores", aunque su ritmo de publicación es muy apreciable y ello puede implicar los lógicos deslices que otros dirán altibajos para luego poder justificar retornos a la forma, concepto este último poco agradecido para una faja, casi siempre más proclive a ser usado por el crítico exigente de impertérrita ceja elevada a perpetuidad.
Sé, no hay que buscar muy lejos, que a muchos Vila-Matas les acaba empalagando cuando se excede en sazonar sus textos con algunos de sus cócteles de especias. La auto-ficción o lo meta-literario, por ejemplo, y en ese último concepto podría insertarse cierta querencia, que podría culminar en una cierta erudición, algo aburguesada, por demostrar en sus escritos su escandaloso bagaje cultural. Es una línea, roja por supuesto, que sus enemigos pueden recriminar. No poco del material que esta selección de relatos puede adolecer de esta condición. En especial, el relato que le da título, casi una centena de páginas entregadas al eterno devaneo entre - ganas me dan de escribirlo en mayúsculas - cómo debe ser la literatura genéticamente perfecta. Usando dos polos opuestos como son dos novelas, una de Simenon, cuyo título obviaré pues - efectos de esta lectura - voy a leer y reseñar en cuanto pueda, la otra el archi conocido Finnegans Wake de James Joyce, que pasaría, no voy a alimentar más eternas discusiones, por ser el summum del esteticismo literario, a espaldas de comprensión y/o coherencia. Ese relato justifica el libro y contiene no poco material, Vila-Matas parece jugar con el lector con su goteo de nombres, de ese que sobreexcita a la vez que da que pensar si ese bagaje no contiene un cierto porcentaje de farol.
En todo caso, me resulta curiosa la omisión o salto temporal; no hay relatos entre los primeros años de los 90 y la primera década de este siglo, supongo que por los años Anagrama, y eso permite visualizar de un modo abrupto la evolución del escritor, que pasa del relato incidental, casi siempre en el contexto de un viaje o una ausencia, de apenas diez páginas, a esos ejercicios de estilo que superan las cincuenta, con el escritor ya envalentonado y consciente de su inapelable estilo depurado, haciendo gala de no pocos aspectos exquisitos en sus gustos (no solo literarios, también musicales, y no deja de sorprender que conozca a Bauhaus, a Nouvelle Vague, a The National), cosa que permite apreciar más su contemporaneidad. Esa aportación de heterogeneidad da riqueza al texto en su conjunto. Aunque inferior a su mayestático Dietario Voluble, leer este Chet Baker piensa en su arte constituye un magnífico ejemplo de su narrativa en formato corto, la que se entrevera en su obra novelística, y no diría que es un texto complementario a esta sino una pura constatación de que Vila-Matas, tomaré un aforismo prestado, es escritor porque no puede no escribir.
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Idioma original: Castellano.
Idioma original: español
Año de publicación: 2022
Valoración: pesado
Lo siento: reconociéndome admirador de la obra de Vila-Matas - evitemos a partir de ahora el término incondicional - las trescientas páginas de Montevideo se me han hecho muy cuesta arriba. Ni siquiera la coartada parisina, el hipotético dinamismo al que los cambios de escenario podría conducir un libro, han llegado a salvar que mi sensación al leerlo haya sido un relativo hastío, un progresivo desconcierto al preguntarme dónde nos llevaba todo esto y una constatación persistente de, no sé si las presiones editoriales producto de su innegable gancho y su reconocido prestigio han tenido que ver, el escritor está ya en una fase de regodeo en su propia capacidad y, á la Picasso, opte por escribir unas cuantas cosas y mantener presencia en anaqueles y volumen en facturación.
A veces más de lo mismo no es lo mismo. Vila-Matas, colosal narrador de la naturaleza humana en El viaje vertical, no aparece aquí. Las peripecias de un escritor en perpetua duda sobre su dedicación a su labor, su asistencia a actos, sus idas y venidas por ciudades de dos continentes, su cohabitación, despojada de todo acto no estrictamente literario, con diversos colegas, resultan, no diré que su excesiva extensión también lo condene, en una entrega de un ejercicio de estilo redundante en exceso. Y puede que a los acólitos pueda gustarnos revolcarnos en continuas referencias a Cortázar - en la práctica, su relato La puerta condenada es lo más parecido al eje de este texto que encontraremos -, a Rimbaud, a Bolaño, a Melville (bueno, a Bartleby), a Tabucchi, a tantos otros que parecen configurar un microcosmos de indudable prestigio pero que no pueden evitar, en su conjunto, una actitud endogámica, casi snob, esa propia de los estudiosos que subrayan - horror - los libros y conservan en su memoria frases, párrafos, nutriéndose de aforismos que muchas veces son más estéticos que prácticos.
Con lo cual esa persecución de puertas en hoteles, esa constante reflexión interior, demasiado interior para ser mundana, demasiado interior para no acabar pareciendo reiterativa y onanista, acusa un paradójico exceso de estatismo. Nada se mueve fuera aunque se viaje y se desplace y se visiten lugares, cafés, restaurantes míticos, aunque se frecuenten encuentros reales y ficticios con destacados miembros del imaginario bibliófilo.
Vila-Matas siempre despierta mi interés y ya he perdido la cuenta de las veces que, incluso por aparentes obras menores, le he prestado mi atención. Montevideo, a tenor de los comentarios en la faja, tenía la apariencia y las hechuras de gran obra. Desde luego, quien quiera acceder a su obra por primera vez, recuerdo, trescientas páginas, seguramente sea presa de sopor y estupefacción. Incluso le veo presa de algún acceso de nostalgia que normalmente atribuiría a otros escritores, no hace falta nombrarlos. Eso me preocupa. Aunque yo también añore y prefiera al hombre joven que coquetea con gentuza en los bajos fondos, aquel pillo que no escribe y trapichea en París.
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Año de publicación: 1985
Valoración: Muy recomendable
Llegué tarde a Vila-Matas, como si dijéramos a los postres, cuando ya había lectores un poco cansados de esa fórmula (verdad, Santi?) que, por lo que cuentan los demás y he podido comprobar en un par de lecturas, viene a ser la herramienta básica que el escritor barcelonés utiliza en todas o la mayoría de sus novelas. Esa fórmula que consiste en un armazón narrativo quizá no excesivamente sólido, sobre el que se levanta todo un revestimiento hecho a base de citas y referencias, a veces reales, a veces apócrifas, aparición de personajes existentes o imaginados en proporción a veces difícil de determinar, juegos de identidad, fusión de elementos aleatorios, todo ello manejado con suma destreza, como quien hace malabarismos con frasquitos de explosivo.
Puede que todo eso empezase aquí, en Historia abreviada de la literatura portátil, un relato breve de hace casi cuarenta años, seguramente el primero que sirvió para que don Enrique adquiriese alguna notoriedad. Porque, aun reconociendo mi muy escasa autoridad para analizar su trayectoria, creo que en este libro están, en todo su esplendor, esos ingredientes que después han servido para aderezar sus sucesivas publicaciones. Aquí están las primeras piedras preciosas, en estado puro, sin desbastar, y son francamente atrayentes.
Allá por los años veinte del siglo pasado, un puñado de artistas crea una especie de sociedad secreta para pertenecer a la cual es necesario cumplir una serie de requisitos: que toda su obra sea susceptible de ser transportada en una maleta (aunque se admiten las miniaturas), mostrar un punto de insolencia, o comportarse como una máquina soltera (sic) son algunas de las sorprendentes y poco concretas normas de acceso. Aunque sí hay un acto fundacional, nada menos que en la desembocadura del Níger, no existe rito iniciático, ni nómina oficial de socios, es algo vaporoso como si se llamasen a sí mismos ‘los modernos’, o cosa parecida (me queda la duda de si Vila-Matas está haciendo algún tipo de selección racional muy sutil o es un simple juego intelectual). Así pasa uno a ser un shandy, referencia bastante obvia a Laurence Sterne, lo que a su vez enlazaría con cierta incontinencia verbal, gusto por la digresión, etc. Porque aquí todo va relacionado con todo, aunque sea de forma inverosímil.
En esa peculiar comunidad se encuentran decenas de nombres del arte y el pensamiento de la época: Francis Picabia parece uno de los impulsores del invento, Duchamp deja su sello en la idea misma de la portabilidad, con su famosa caja, y sobre todo con la extraña referencia a la soltería, sin duda con origen en el también famoso cuadro del que hablamos aquí; Walter Benjamin inventa una máquina para detectar libros ‘pesados y engorrosos’ (esto nos sería muy útil en el blog, la verdad); Paul Klee escribe una especie de diario de las reuniones del club, y Tristan Tzara incorpora una interpretación de sus principios a sus Manifiestos Dadá. Pero circulan además por el texto, y busco aleatoriamente entre las páginas, César Vallejo, Valery Larbaud, Lorca, Karl Kraus, Cendrars y su hija Miriam, Aleister Crowley (papel destacado), Huidobro, Man Ray, Georgia O´Keeffe… y muchos, muchos nombres más, algunos, creo yo, inexistentes. A veces con referencias a alguna de sus obras, otras con párrafos alusivos o en tono de parodia.
Es un puro disparate, un fascinante desparrame repleto de elementos metaliterarios, con una notable influencia de Raymond Roussel y la voluntad decidida de internarse, con ese mismo punto de insolencia shandy, en los entresijos de la creación literaria y artística, de darles una vuelta, al mismo tiempo con admiración e irreverencia, a las obras de todo ese gran listado de creadores. Todo esto lo vamos viendo mientras asistimos a varias de las multitudinarias reuniones que estos señores mantienen por ejemplo en un balneario de Praga, creo que también en Italia, y en la Sevilla de aquel homenaje a Góngora considerado el acto fundacional de la Generación del 27. Siempre momentos, obras, autores, que van quedando ligados por la loca historia de Vila-Matas. No solo ellos, sino a veces sus propias criaturas, como los odradeks de Kafka, o el Golem de Meyrink, travestidos en cosas parecidas pero diferentes, que acompañan o persiguen a los artistas allá donde van, sin duda otra metáfora juguetona.
Podríamos estar tiempo indefinido buscando el porqué de cada cosa que se cita, qué nombres son reales y cuáles no, por qué algunos contemporáneos no son mencionados, qué títulos o citas son auténticos, qué caracteres se han distorsionado, conexiones entre los personajes o con los lugares en que se encuentran. O hasta dónde ese submarino varado en la costa de Bretaña, último lugar de reunión de los shandys antes de su disolución, es una mera invención o hay en alguna parte algo que no es imaginado.
El libro es como un festival de nombres célebres al servicio de ese juego metaliterario inteligente y desenfadado, a la vez que un ejercicio de insumisión a las normas convencionales y una relectura revoltosa de la historia del arte de hace un siglo. Disfrutón para quienes gozan con estas cosas, y me incluyo hasta cierto punto, pero ojo, no para todos los gustos, no para aquellos lectores a quienes todo este exquisito batiburrillo no les dice nada. Si más adelante la fórmula ha sido repetida con exceso, porque ha perdido frescura y vigor o se ha amanerado, es otra cuestión, porque en este libro en concreto el juego, compacto y controlable, deja un resultado muy notable.
Idioma original: español![]() |
| Don DeLillo |
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| Alice Munro |
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| Enrique Vila-Matas |
Idioma original: español
Año de publicación: 2025
Valoración: muy recomendable
En otro contexto, uno podría especular si alguno, de entre la centena aproximada de autores que se incluye en Aprende a escribir, no fuera el mismo autor, oculto bajo alguna guisa, y describiendo su propio modus operandi. Quizás hubiese sido una cuestión a plantear cuando acudí a la tumultuosa presentación del libro, hace algunas semanas, en una conferencia que contó con la inestimable presencia de un Enrique Vila-Matas ataviado con una gorra que le daba un aire de timidez esquiva. No lo hice, porque tampoco soy mucho de llamar la atención, aunque el acto me permitió constatar la preocupantemente alta media de edad de los asistentes, cuestión que algún día habrá que abordar.
Hago el comentario porque Colomer parece responder a una especie de perfil promedio de los descritos en este libro. Periodista, cronista, autor de novela juvenil y de novela para todos los públicos (...), también reseña con cierta regularidad en medios de gran divulgación, y ejerce de eso tan socorrido que se viene a denominar agitación cultural que, desde luego, sería un concepto idóneo como carrera profesional, si existiese la mínima posibilidad de hacerse rico con ello.
De su desempeño en Zenda surge la mayoría de los textos que incluye esta colección de artículos. Algunos se mantenían inéditos y, aunque con paciencia y orden, podríamos hacernos con muchos de ellos, entonces no contaríamos con la estructura que Colomer les otorga al dividirlos en bloques. No hablamos de entrevistas transcritas, sino de textos trabajados, apenas dos o tres páginas, que describen los hábitos de trabajo de un buen montón de escritores de la escena española (con alguna excepción), de sus manías, sus procedimientos, sus ritmos, sus emplazamientos, sus horarios, sus entornos...
Y aunque podamos detectar similitudes, es enormemente estimulante profundizar en ello, y Colomer nos ahorra mucha verborrea aportando su sentido crítico y su agudeza, analizando sus comportamientos, aunque puede que en cierto sentido este libro sea mejor que la suma de sus partes. Tenemos aquí desde escritores a los que no conocía hasta manufacturadores de best-sellers (glups, Pérez Reverte) o maestros absolutos (Vila-Matas, Caparrós, Enriquez) y todos los artículos resultan tan interesantes que seguramente algunos de los autores nos decepcionarán, si nos atenemos al lógico entusiasmo de Colomer al describir sus secretos. Personalmente he echado de menos algunos autores que me hubiera gustado ver por aquí (¿quizás una segunda parte, Álvaro?) como Carrión, Monzó, Ramis o Pàmies, pero el libro, más que el convencional muy recomendable, (etiquetas homologadas mandan), lo valoraría como perversamente tentador para cualquiera que conciba la literatura más allá de afición o entretenimiento. Es sumergirse en sus artículos y lanzarse a devorar estantes. Y ya se sabe lo que se dice de las tentaciones.
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