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domingo, 1 de octubre de 2017

Por qué (a algunos) no nos gusta Marías

Ahora que Javier Marías saca novela y nos encontramos machaconamente con su cara en las portadas de los suplementos culturales, es buen momento para intentar entender por qué un escritor tan alabado por la crítica, candidato eterno al Nobel según algunos, se ha convertido en uno de esos personajes más detestados por una parte del público. Y no, no me voy a limitar a llamarle “pollavieja”, no se trata de eso, aunque la cuestión generacional sin duda es importante.

Empecemos por el principio.

Marías empezó a publicar en los años 70; no hace falta recordar cuál era la situación política y cultural de España en esa altura: un país cerrado en sí mismo y que soñaba con abrirse al mundo, política, cultural y socialmente. En narrativa mandaban, a lo mejor, Delibes; a lo peor, Camilo José Cela; Juan Goytisolo llevaba ya unos cuantos años exiliado. En comparación, los 80, en los que Marías se consolida como novelista, son los años del aperturismo, de la movida, del destape, de las primeras películas de Pedro Almodóvar (que, hasta cierto punto, es el Javier Marías del cine): son los años de la Esperanza en el Futuro y la Democracia.

En ese contexto, Javier Marías representaba algo muy diferente: un escritor criado entre Estados Unidos y Madrid, hijo de un prestigioso filósofo republicano (Julián Marías, nada menos), profesor en Oxford… No hay más que comparar Cristo versus Arizona de Cela (1988) con Todas las almas de Marías (1989): son casi del mismo año, pero parecen provenir de mundos completamente diferentes, por el lenguaje, el tono, el espíritu, la pesadez de una frente a la levedad de la otra... Sería interesante recuperar lo que se escribió y lo que se dijo de las novelas de Marías en los años 70 y 80 (si todavía no se ha hecho, ahí hay tema para una tesis); sospecho que mientras los tótems de la crítica establecida lo ignoraban, toda una generación (o más de una) de lectores más jóvenes se reconocieron en él, y lo convirtieron en un símbolo: Marías era la España que España quería ser. ¡Ya basta de realismo mal entendido, de vanguardismo trasnochado, de tremendismo rancio! ¡Queremos ser europeos, cosmopolitas, universales!

De hecho, la oposición entre lo viejuno y lo nuevo se hizo patente en un conflicto que Marías ha recordado hace poco: su oposición al premio Nobel para Camilo José Cela, que le valió la enemistad de Cela, y con él el rechazo de una parte del establishment literario español. Sí, aunque ahora nos cueste creerlo, Marías fue antisistema, eso hay que reconocérselo.

Pasa el tiempo; y no un poquito de tiempo: casi cuarenta años. Estamos en 2017. Aquellos jóvenes lectores que auparon a Marías a la categoría de símbolo son hoy los críticos que dictan las líneas maestras de la narrativa española desde las páginas culturales de los periódicos. Y Marías, aunque le cueste admitirlo, no es que ya no sea antisistema, es que es el sistema. Cada vez que publica novela tiene derecho a publirreportajes en todos los medios del país (prensa, radio, televisión), escribe una columna en uno de los semanales de más tirada, ha recibido (y rechazado) prácticamente todos los premios literarios imaginables, es miembro de la RAE como su amigo Arturito… Cuando Marías dice que siempre ha sido un aguafiestas, y que por eso ahora resulta incómodo, se olvida de que su propia posición en el sistema cultural y literario ha cambiado: antes era un joven melenudo (es un decir) que luchaba contra el poder (cultural, al menos); ahora es el Papa de la literatura española que mira hacia abajo a quienes osan criticarle; es el poder encarnado y algo más calvo.

Porque Javier Marías ya no es de hoy; las generaciones más jóvenes (digamos, de los cuarenta años para abajo) ya no lo ven como algo nuevo o diferente, sino como lo antiguo, lo de siempre, más de lo mismo: ahora es Marías quien es viejuno. Como tantos otros fenómenos y productos derivados de la Transición, Marías y muchos de sus defensores se resisten a ver que España ha cambiado, que los tiempos son otros y que el inmovilismo no funciona en cultura como no funciona en política. Por eso suenan tanto a rabietas de cascarrabias sus críticas al feminismo (que no entiende), a las redes sociales (que no entiende) o a sus detractores (que no entiende). Marías ya no representa la España que España quiere ser, sino la que nos han querido imponer a través de los documentales de Victoria Prego.

Sé que habrá muchos lectores del blog que estén pensando: “sí, bueno, pero ¿Javier Marías es buen escritor?” Aquí ya habrá opiniones para todos los gustos. Creo que es innegable que tiene valores y talentos que sus detractores prefieren ignorar (es un buen estilista, construye escenas poderosas, sus novelas casi siempre contienen ideas o intuiciones sugerentes), pero en mi opinión también tiene carencias que sus defensores ocultan (le cuesta construir una trama sólida, no sabe diversificar la voz, su estilo a veces se vuelve rocambolesco por intentar ser preciosista). Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí me parecen buenas novelas; Todas las almas es muy divertida. En cambio, Los enamoramientos me pareció una malísima novela, y que le concedieran el Premio Nacional de Narrativa creo que fue más un ejercicio de nostalgia que de verdadera crítica literaria. No es, en mi opinión, un candidato serio al premio Nobel; pero tampoco es un tuercebotas, no exageremos.

En todo caso, que Marías escriba bien o no es lo de menos; importa más lo que representa, para unos y para otros. De hecho, me atrevería a apostar que muchos de los que le atacan no han leído ninguna de sus novelas; y a lo mejor muchos de los que le defienden (¡glups!) tampoco.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Javier Marías: Los enamoramientos

Idioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: Se deja leer

Los lectores de este blog tienen dos opciones: creer al 99% de la crítica literaria española, que ha puesto esta novela por las nubes (como prueba, aquí una crítica, y otra, y otra del gran José María Pozuelo Yvancos), y que la han considerado como una de las mejores novelas de 2011; o creer a este humilde bloguero, al que le ha parecido una novela correcta, sin más. [Aunque también hay una tercera opción: que lean la novela y decidan por sí mismos].

En general, ya he dicho alguna otra vez que no comparto esa admiración reverencial que rodea a Javier Marías: a estas alturas ya me he leído unas cuantas de sus obras (Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Todas las almas y esta), y casi todas me han dado la misma impresión: Marías es bueno en las distancias cortas, tiene páginas excelentes -en esta obra, por ejemplo, las paráfrasis de Balzac o de Dumas-, pero no consigue construir tramas profundas, bien desarrolladas, que atrapen al lector. La de esta novela (la muerte de un personaje y sus efectos en las relaciones entre otros tres) es mínima, y no se exploran muchos de los que podrían haber sido sus vericuetos más interesantes [para mí] (como esa ambigüedad final sobre las posibles causas de la muerte del personaje, que se despacha en muy pocas páginas).

Un defecto que encuentro a las obras de Marías (y también de otros escritores españoles, pero ese es otro tema) es que el narrador se empeñe en comentar, explicar, masticar, analizar la acción para el lector, como si este fuera imbécil y no supiera sacar conclusiones a partir de lo que está leyendo. No se limita a decir, por ejemplo: "X tenía los ojos enrojecidos y un pañuelo en la mano", sino "X había llorado por la muerte de su esposo y estaba inconsolable como están inconsolables todas las personas que han perdido a un ser querido" (el ejemplo es ficticio, pero no muy lejano a la realidad). En realidad, toda esta novela es una verbosísima reflexión sobre la muerte, la culpabilidad y el amor, temas esenciales, claro, pero en los que Marías no parece aportar casi nada nuevo, sinceramente

Otra pega que le pongo en concreto a esta novela, y que contraviene algo que he dicho antes, es precisamente el estilo. En otra crítica, positiva para más señas, de la novela, se dice: "Los enamoramientos está narrada por una mujer, pero suena tal como suenan todos los narradores hombres de las anteriores novelas de Marías." Estoy totalmente de acuerdo con esta frase, pero esto para mí no puede ser un motivo de elogio, sino que representa un fracaso. En general, Marías no parece capaz de separarse lo suficiente de sí mismo como para crear un estilo propio para sus personajes: todos ellos, lo mismo la narradora María Dolz que Díaz-Varela, y hasta Francisco Rico, que hace una aparición en plan guest star de teleserie americana, hablan igual. Y ninguno de ellos habla como hablan las personas. En un momento dado, un personaje dice: "Gracias por el cumplido. No te sueles prodigar en ellos" (el ejemplo esta vez es real, aunque citado de memoria). Esa frase no solo es irreal, excesivamente literaria -en el peor sentido del término- sino que es torpe, tópica e innecesaria. Lo que podría decirse de muchas otras frases de la novela.

En fin, todo parece indicar que Javier Marías ganará algún día el Premio Cervantes y quizás hasta el Premio Nobel, si consigue vivir lo suficiente. A mí me parecerá excesivo, sobre todo después de leer esta obra. Pero también afirmo que voy a seguir leyendo sus novelas hasta ver si me convencen de su maestría.

Otros libros de Javier Marías reseñados en Un Libro Al Día: Mientras ellas duermenLos dominios del loboTodas las almasVidas escritasCorazón tan blancoBerta IslaAsí empieza lo maloMañana en la batalla piensa en mí

jueves, 27 de enero de 2011

Javier Marías: Los dominios del lobo

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1971
Valoración: Recomendable

Merece la pena leer el prólogo que Javier Marías hace a su propio libro, Los dominios del lobo, porque en él el autor explica cómo gestó la que fue su primera novela, cuando aún era un adolescente.

Al parecer, el joven Marías escribió esta amenísima obra durante el verano que pasó en París, alojado en la lujosa vivienda que tenía en el centro de la ciudad su tío, el célebre y controvertido director de cine (cine pornográfico y de terror) Jesús Jess Franco. Y no pasaría mucho tiempo hasta que el precoz escritor viera su primera novela en las librerías: se la publicaron cuando apenas contaba con diecinueve años.

Hacía tiempo que tenían ganas de hacerme con este libro, ya que admiro mucho a Javier Marías por su prosa cuidada, su asombroso bagaje cultural e intelectual, y su visión del mundo, que plasma como ninguno en sus artículos en cierto suplemento dominical. Y tras leer Los dominios del lobo me ha quedado tan agradable sensación que recomiendo su lectura a todo aquel que no recele irracionalmente de los primeros pasos literarios de un autor que debutó tan temprano.
La novela es un rico atrevimiento si consideramos la época en la se gestó, ya que sus argumentos (son varias historias, en parte, entrecruzadas), sus escenarios (comprendidos en un eje temporal que va desde la guerra de secesión a los melancólicos años 30) y sus personajes (mafiosos, femmes fatales, ricos terratenientes, esclavos rebeldes, detectives de moral dudosa, princesas sureñas, ex presidiarios...), son puramente estadounidenses, algo insólito en la España de los 70.

Tomando como tronco central de la ramificada trama la caída en picado al Desastre de una adinerada familia de Pennsylvania, los Taeger, Marías teje un divertido patchwork de género cien por cien americano: un logrado homenaje literario a las películas del cine dorado de Hollywood. Como punto oscuro, diré que da la sensación de que el escritor deja a algunos de sus personajes algo descolgados; no hubiera estado mal que perfilara mejor las circunstancias en las que los deja, dando pistas de lo que va a pasar con ellos, pero quizás ese "descuido" fuera cuidadosamente calculado por Marías.

Así pues, recomiendo esta novela que se lee con interés de una tirada, sin pretensiones estilísticas ni reflexiones atosigantes. Es, sencillamente, la obra de un jovencito espabilado y brillante que escribía en la casa de su tío maldito en un París de postal y que acabaría siendo considerado años después uno de los grandes escritores de su país.

Otros libros de Javier Marías reseñados en Un Libro Al Día: Los enamoramientosMientras ellas duermenTodas las almasVidas escritasCorazón tan blancoBerta IslaAsí empieza lo maloMañana en la batalla piensa en mí

jueves, 7 de septiembre de 2023

Javier Marías: Berta Isla

Idioma original:
español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Penúltima novela del escritor español más importante de los últimos años, para bien o para mal; eterno candidato al Nobel, no sé con qué posibilidades reales, Marías nos ha dejado sin llegar a llevarse el preciado galardón, lo más parecido a sagrado que nos queda hoy en día y que automáticamente eleva a sus ganadores a un estrato superior. Debo decir que, vistos algunos de los ganadores de las últimas ediciones, no me parecería Javier Marías fuera de lugar. Veamos si esta novela cumple las expectativas.

En esta obra, Berta Isla es una mujer española nacida a principios de los 50 que se casa con su amor de juventud, Tomás Nevinson. Este, por azares de la vida, acaba dedicándose al espionaje, lo que le condena a largos períodos de ausencia de su hogar. Como resumen del argumento, esta nota tan breve es más que suficiente.

Antes de meterme en la trama, me gustaría resaltar un hecho: la pareja que protagoniza la novela está formada por un espía que se desenvuelve en la convulsa segunda mitad del siglo XX y por su cónyuge (Berta), que se limita a quedarse en casa. Que el libro por título lleve el nombre de esta última no es casualidad. No esperemos acción aquí, no es un libro de aventuras.

La novela trata en realidad sobre la espera y la ausencia; aunque es cierto que hay escenas muy potentes y muy buenas (brillante el episodio con el mechero), el grueso del libro consiste en las reflexiones e introspección de Berta. Aquí es donde radica fundamentalmente el desarrollo de la prosa de Marías y la razón de la novela, sin embargo puede llegarse a hacerse algo pesado; mientras que en el primer y último cuarto de la novela “pasan cosas”, en el grueso central no sucede absolutamente nada. Simplemente, Berta da rienda suelta a su monomanía sobre su marido.

Es justo decir que la prosa de Marías es muy buena, siempre es un gusto leerle (en ficción, no me meteré aquí en su faceta columnista), no obstante se nota que en ocasiones la persona eclipsa al narrador sin ningún tipo de embarazo. Resalta para mal en particular el comienzo de un capítulo en el que se dedica a divagar sobre la flojedad de los jóvenes actuales, en contraste con los de su generación, que esos sí que eran hombres de verdad. O la disertación sobre lo ridículo que es que los catedráticos hayan dejado de usar toga. Cosas de abuelo cebolleta, pero que dejan vislumbrar un elitismo bastante incómodo.

Cierto es que no es fácil reseñar a Marías sin caer en una serie de lugares comunes, pero teniendo en cuenta lo leído en la novela, no es algo por lo que él haya mostrado ningún reparo. Si no es la primera novela del autor que leemos, podremos comprobar que hay mucho material reciclado. Ya es una constante la presencia de Oxford en sus novelas, los personajes bilingües, las diatribas sobre el uso del término correcto, las dificultades de la traducción, disquisiciones sobre la etimología de los apellidos; todo eso está muy bien, pero podría llegar a lo paródico. No entiendo la necesidad de que hasta Berta acabe también como profesora de inglés; es como si Marías no fuese capaz de concebir otra ocupación para una persona. Y tampoco entiendo que haya un nexo tan estrecho entre universidad y servicios secretos; creo que, simplemente, el autor no se toma el trabajo de buscar otro escenario y se basa en el que mejor conoce. Si la novela tratase sobre, yo que sé, la pesca de altura, estoy seguro de que también habría fabricado una unión entre este mundo y la universidad de Oxford.

Pero no acaban aquí las coincidencias; las similitudes llegan hasta las descripciones físicas (labios blandos que se espachurran al besar, pestañas largas como de mujer, cicatrices en la barbilla...). Rasgos comunes a muchos personajes de Marías. ¿Se estaba quedando sin ideas nuestro autor? ¿O simplemente se estaba dejando llevar por inercia? Que el contexto histórico de los protagonistas coincida con el de su propia vida creo que también nos da una pista.

Su última novela, Tomás Nevinson, retoma a nuestros protagonistas y, en contra de lo que pudiera parecer en un principio, no nos ilustra sobre los pormenores de nuestro espía en su larga ausencia; esta nueva novela sucede inmediatamente después de los hechos narrados en Berta Isla, lo cual refuerza mis sospechas de que a nuestro autor se le estaban acabando las ideas y optaba por reciclar todo lo posible.

No quiero terminar esta crítica con un malentendido; es una buena novela, muy buena, Marías escribe con gran maestría y eso se deja ver a lo largo de todo el libro; sin embargo, no es perfecta, y sus partes menos inspiradas (desde mi punto de vista) son las que he procurado resaltar; no es necesario hablar de las buenas, porque hablan ellas por sí solas.


Otros libros de Javier Marías reseñados en la ULAD aquí.

sábado, 24 de marzo de 2018

Colaboración: Así empieza lo malo de Javier Marías

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable
“No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia, y sin embargo hoy sería imposible. Me refiero a lo que les pasó a ellos, a Eduardo Muriel y a su mujer, Beatriz Noguera, cuando eran jóvenes, y no tanto a lo que me pasó a mí con ellos cuando yo era el joven y su matrimonio una larga e indisoluble desdicha”.
Este es el comienzo de Así empieza lo malo “una historia tenue de la vida íntima, de las que no suelen contarse o sólo entre susurros”, contada por el narrador, testigo y partícipe de esa relación.

En este breve comienzo y en solo cinco líneas el autor nos presenta el triángulo en el que se desarrolla la novela, situando el punto de enfoque ya sea en el narrador, en Eduardo Muriel o en la esposa de éste Beatriz. O en la relaciones entre cada uno de ellos, equidistante y que se amplía en el mundo familiar y social del matrimonio.

La presencia reiterada de personajes es magnífica: el profesor Francisco Rico (personaje basado en el profesor Rico, amigo del autor y que aparece en anteriores novelas del mismo), el Doctor Vidal, cardiólogo y también basado en el Doctor Vidal amigo de Marías en la vida real), Van Vechten, pediatra y uno de los hilos conductores que nos llevan en la trama desde los oscuros y grises años de la posguerra española hasta los años 80 en donde se sitúa la novela. Artistas y directores de cine presentes en la novela por el trabajo de Muriel, como director y productor de cine, también permite introducir otro personaje real dentro de la novela, Jess Franco, tío de Javier Marías.

La capacidad de Marías de reflejar en su prosa larga, detenida, proustiana, cargada de relevancia filosófica y a la vez descriptiva de los personajes, de las situaciones, del contexto social del Madrid de la movida (años 80), pero siempre deteniéndose en pequeños momentos de la misma. Utiliza la narración de esos momentos para expresarnos como una onda que remueve todo el contexto humano y social la vida de aquellos años.

El desarrollo de la novela es magistral: siempre desde la visión de un narrador que lo ve todo, escucha todo y retiene todo aquello que ve y escucha (en esto el paralelismo entre el narrador,  el joven De Vere, y el joven Marías como se le conoció en sus inicios como escritor y hasta no hace mucho, quizás hasta que muere su padre el filósofo y escritor Julián Marías, llaman la atención). Pero también la habilidad de presentar a través de los personajes, alguno de ellos exagerados, bufones de sí mismos, en conversaciones en las que no estamos acostumbrados a presenciar en la vida real pero que el autor nos invita a ser también voyeur de las mismas (es relevante las conversaciones entre Muriel tumbado en el suelo, tuerto de un ojo y Marías de pie o sentado, testigo de los pensamientos, registrando como un psicoanalista o como una máquina registradora las palabras de quien le ha contratado como secretario).

En Marías no está solo la capacidad de describir y profundizar en la psicología de los personajes siempre a través de la descripción de pequeños detalles que amplifican y nos hace detenernos en los mismos. Siempre encontramos además una representación de los sentimientos y algunas pasiones humanas que ha ido desplegando a lo largo de los años en sus novelas. En esta novela nos cuenta de forma homeopática el desarrollo del rencor, de cómo algo que ocurre en la vida es imposible de olvidar y está presenta el resto de la vida, en este caso algo que ocurrió entre la pareja Eduardo y Beatriz y que se convierte en el peso que ya no podrá quitarse de encima. Y dentro de ellos, en la pareja la muerte de su hijo quizás tenga un peso menor que la ocultación y la mentira. Historia de una amistad, de una relación entre un joven de 23 años con la vida, con la vida de los demás de la que es testigo y de su vida personal. También de crítica hacia aquellos que vivieron amparados por el franquismo y que reinventaron su biografía en los años del tardofranquismo o bien iniciada la transición en España. Pero la traición va más allá a la infidelidad, es como si estuviera por encima de la misma y esta no fuera más que una consecuencia de la primera. Como muchas de las historias últimas de Marías también es una novela de amor, de la imposibilidad de dejar de querer a quien se ha querido, aunque las relaciones tengan un final ya sea a través del divorcio (que todavía no estaba legalizado en España en el momento del desarrollo de la novela) o través de la muerte de alguno de los protagonistas.

De nuevo una novela total, elegida por los críticos como la mejor novela publicada en el 2014 y que constituye un placer leer de cabo a rabo.

Autor: Juan Díaz

Otras obras de Javier Marías reseñadas en ULAD: aquí 

jueves, 2 de mayo de 2013

Javier Marías: Mientras ellas duermen

Idioma original: español
Fecha de publicación: la edición que yo he leído, ampliada, es del año 2000
Valoración: Recomendable

Nunca es fácil reseñar un libro de relatos, o al menos, para mí no lo es, sobre todo en casos como éste, cuando de las catorce historias que contiene la obra, tres me han parecido excelentes mientras que el resto me han dejado más bien indiferente (y ojo, con esto no quiero decir que no estén bien escritas o que adolezcan de problemas de ritmo o incoherencia argumental u otros defectos, digamos, relevantes).

El autor del libro de relatos que hoy nos ocupa es el célebre escritor español Javier Marías, del que ha hemos reseñado algunos libros en este blog, y que despierta opiniones encontradas entre los lectores, siendo muy admirado por algunos (hasta el punto de que se han oído ecos de premionobel por ahí), y considerado bastante aburrido por otros. Yo prefiero hablar de lo que me parecen sus obras en sí y, bueno, para qué negarlo, disfruto mucho con sus reflexiones en cierto suplemento dominical y considero que, guste o no, con él podemos hablar de calidad literaria, algo que echo mucho en falta en bastantes escritores patrios de nueva hornada.

Pero venga, al grano...

La edición de este libro que yo he leído contiene,como ya he dicho, catorce relatos de Marías escritos desde que el escritor contaba con dieciséis años (1968), hasta 1998.
Las temáticas de los mismos son variadas (cierto capitán del ejército de Napoleón durante la campaña de Rusia, un fantasma burlón, doppelgängers fastidiosos...), y un par de ellos contienen guiños literarios a la obra del propio autor: en uno aparece, de crío, un personaje creado por Javier Marías para su novela El hombre sentimental, el León de Nápoles; y en otro, el escritor John Gawsworth, que se mueve por dos novelas del escritor, y que en esta ocasión aparece con un registro insólito...

Pero los que mejor sabor de boca me han dejado, han sido los que a continuación resumiré brevemente.

 Mientras ellas duermen (escrito en 1990), que da título al compendio y que narra una historia repleta de ingredientes jugosos, a saber:  maduro con lolita de belleza tan perfecta que resulta irreal; voyeur que coincide con la parejita en un entorno playero y que no puede dejar de mirarla y sentirse intrigrado por ella a pesar de estar acompañado de su propia esposa, y confesión insólita del Humbert Humbert de turno al voyeur cotilla. Por cierto, se dice, se comenta, que el director de cine Wayne Wang (Smoke, El club de la buena estrella...) prepara adaptación al cine. No sé yo si la cosa da para tanto, pero en fin, veremos...

Portento, maldición (de 1978), que me ha recordado algo a ese relato de Cortázar en el que un crío cuenta ásperamente sus experiencias cuidando de su ¿hermano? ¿rarito, especial, retrasado? Sólo que en este caso, los protagonistas son un "monstruito" superdotado para la música y su sufrido padrino, narrador de su extraña relación con el primero.

Lo que dijo el mayordomo (de 1990), un corto y excelente artefacto literario basado en una experiencia que el autor vivió en carne y hueso, cuando se quedó atrapado en un ascensor de Nueva York con un intrigante mayordomo. Digamos que el tipo aprovechó la situación para desahogarse ante el desconocido Marías y contarle una tremenda historia, y de esa experiencia brotó este cuento que me ha dejado con los ojos pegados al papel desde la primera línea hasta leer su magistral final. Cuento que hasta el propio Francis Ford Coppola lo alabó, aunque de llevarse al cine, me gustaría ver detrás de las cámaras a Wes Craven.

Y nada más que decir.

Otros libros de Javier Marías reseñados en Un Libro Al Día: Los enamoramientosLos dominios del loboTodas las almasVidas escritasCorazón tan blancoBerta IslaAsí empieza lo maloMañana en la batalla piensa en mí

sábado, 15 de marzo de 2025

Javier Marías: Mañana en la batalla piensa en mi

Idioma original: Español

Año de publicación: 1994

Valoración: Muy recomendable

“Mañana en la batalla piensa en mí, caiga tu espada sin filo, desespera y muere” Shakespeare en Ricardo III.

Tengo que confesar que llegué a este libro hace años, en busca de nuevos autores que leer; sin embargo, me enganché desde las primeras páginas debido a un episodio familiar tan inverosímil que me sorprende cómo Marías logró convertir algo así en el punto de partida de esta novela.

Las respectivas parejas del hermano y de la hermana de mi madre sostenían relaciones extramaritales mientras mi tío se encontraba en su trabajo. Un día, mi tío recibió una llamada del hospital, notificándole que su esposa estaba en estado crítico (en ese entonces ya había fallecido, pero supongo que el protocolo impide dar semejante noticia de golpe). Al mismo tiempo, mi tía recibió otra llamada, esta vez de su marido, quien desde el ministerio público le decía que estaba detenido en calidad de sospechoso de feminicidio (el Estado de México es uno de los lugares con mayor índice de feminicidios en el país, por lo que cualquier muerte violenta o en circunstancias extraordinarias de una mujer se investiga como tal). Según él, por azares del destino, se había encontrado a mi tía en la parada del autobús y, mientras platicaban y se ponían al día, ella colapsó. Después se supo que todo era una farsa: mi tía sufrió un infarto mientras tenía relaciones sexuales con mi tío. Se armó un drama familiar del que los involucrados aún no se han recuperado del todo, a pesar de que esto ocurrió hace más de 15 años.

Como señalé antes, un episodio así parece poco creíble para la ficción, pero Marías consigue restarle ese elemento de inverosimilitud y usarlo como pretexto para explorar cómo afrontamos los seres humanos ciertas crisis vitales: la muerte, el amor, la infidelidad, la traición, la cobardía, la culpa, etc. El epígrafe que encabeza el texto funciona como leitmotiv a lo largo de la novela, recordándonos que dichos trances son atávicos e ineludibles.

En esta historia, una mujer muere mientras tiene sexo con el protagonista, quien, al encontrarse en una situación absurda (el esposo de ella está de viaje y el bebé duerme en la habitación contigua), decide no llamar a la policía ni a la ambulancia; sabiendo que la niñera llegaría a primera hora de la mañana, se marcha del lugar tras dejarle agua y comida al bebé, casi como si fuera un perro. Este hecho desencadena un caos de dudas, culpas, perplejidad y cuestionamientos. Está de más decir que Javier Marías era diestro en su oficio. He leído que para algunos puede resultar reiterativo en ciertas ideas, pero considero que esa insistencia ayuda a enfocar lo que realmente le importa al autor. Asimismo, el uso del leitmotiv me parece perfecto, sin resultar cansino, funcionando como una especie de coro de tragedia griega o de teatro Nō (en comparación, el uso similar del leitmotiv por parte de Almudena Grandes en El corazón helado me parece menos logrado).

Este libro es mi favorito de Marías (quizá porque fue el primero que leí). Lo he releído varias veces y, en cada ocasión, logra conmoverme.





sábado, 9 de julio de 2016

Javier Marías: Corazón tan blanco

Idioma original: español
Año de publicación: 1.992
Valoración: Muy recomendable

En mi opinión Javier Marías escribe rematadamente bien. Si me permiten ustedes que me ponga un poquito cursi, diría que su prosa es como un río, tranquilo pero caudaloso: lleva mucha agua, razonablemente transparente, y sigue un curso lógico, pausado pero constante. A veces se remansa en una orilla antes de seguir corriente abajo, y hasta forma algún pequeño remolino, que le da gracia al conjunto. Se podrá decir que algunas frases suenan demasiado redondas, o que en algunos momentos a Marías se le puede ir la mano al retorcer los razonamientos. Pero a mí me gusta su discurso, me parece agradable, elegante y, sobre todo, eficaz.

A veces (pero sólo a veces) sus personajes hablan de forma poco natural, se marcan peroratas que entroncan mejor con la voz del narrador que con un diálogo normal entre individuos más o menos corrientes. Pero también esto se le disculpa. En realidad, creo que para Marías el diálogo no es más que una variante formal dentro del todo que constituye el relato, de manera que la expresión del personaje carece de importancia por sí misma porque, no siendo sino un elemento más del conjunto, lo fundamental es que fluya en armonía con él. 

Podrá alegarse también que en Corazón tan blanco (por cierto, qué preciosidad de título) en realidad no ocurre nada, que tenemos por tanto un argumento débil, un hilo que no nos lleva hacia ninguna parte. Bien, ya sabemos que tampoco es imprescindible que exista acción, ni siquiera un desarrollo, para que la novela se sostenga. En este sentido, lo que hace Marías, sin llegar a formular del todo una tesis, es ir proponiendo secuencias alrededor de cuestiones que en principio desconocemos por completo, y se van haciendo inteligibles poco a poco.

Ah, bueno, pero ¿de qué estamos hablando? Pues hablamos –tras la detonación de un inicio poderoso como pocos, de esos que se quedan grabados en la memoria- de un joven (deducimos que treintañero), intérprete en foros internacionales y recién casado que, a partir de una anécdota inocua y una peculiar situación vivida en uno de sus viajes, se ve sumergido –sin buscarlo realmente, quizá sin quererlo en el fondo- en el descubrimiento de algunos extraños sucesos ocurridos en la familia años atrás. 

Todo es no obstante un pretexto para plantear lo que realmente constituye el motor del relato: la comprensión de los secretos, los silencios, la falta de certezas sobre uno mismo y sobre los demás. Damos vueltas al problema de la comunicación, casi siempre instrumentado alrededor de la profesión del protagonista, pero utilizado como metáfora: traducimos aquello que vemos, interpretamos las imágenes tanto como las palabras, sobreentendemos los silencios, y del recuerdo, del conocimiento de los demás, se termina deduciendo lo que es real, o lo que entendemos como real.  

Esa búsqueda es en realidad un ir y venir de intuiciones y sospechas que a mi juicio el autor conduce con maestría, manteniendo siempre un ritmo moroso, proponiendo posibilidades que el lector –que a su manera también traduce- cree adivinar, sin conseguirlo casi nunca. Así que, aunque la novela tenga un fuerte carácter introspectivo, tampoco nos ahorra enseñarnos a veces el engaño, para sorprender luego en la resolución de estas crisis. 

La sensación que deja, al margen de disfrutar de esa prosa fluvial que decía el principio, es de una construcción perfectamente medida y ensamblada, un trabajo sólido y coherente que no defrauda, salvo que esperemos fuegos artificiales. De eso no hay en Corazón tan blanco, sencillamente porque no lo necesita. 

domingo, 5 de abril de 2015

Javier Marías: Vidas escritas

Idioma: español
Año de publicación: 1992
Valoración: muy recomendable

No soy demasiado devoto del santoral literario y, aún mucho menos, de la prosa de Javier Marías. No obstante, he de reconocer que este libro suyo en particular me encanta y suelo releer a menudo alguno de sus capítulos. Porque este Vidas escritas está compuesto a base de semblanzas de un buen puñado de escritores, la mayoría célebres representantes del universo de las letras, así como una serie de observaciones hechas a partir de retratos fotográficos, en un apartado llamado "Artistas perfectos". Se trata de artículos que fueron apareciendo, antes de 1992, en las revistas Claves de la Razón Práctica y El Paseante. El libro cuenta además con otro apartado titulado "Mujeres fugitivas", semblanzas de unas cuantas escritoras -algunas no demasiado conocidas, al menos para mí-, que aparecieron en 1993 en la revista Woman.

Estos retratos que hace Marías no tiene mucho que ver con las biografías al uso y menos aún con lo que podemos encontrar en la wikipedia -ay, qué tiempos aquéllos en los que ni siquiera existía internet...-; sí que relata brevemente las circunstancias familiares y natalicias de los retratados y algo de sus carreras literarias, pero, sobre todo, se centra en sus costumbres y manías, algunas anécdotas -ciertas o no- que se cuentan de ellos y ellas y sus enfermedades, así como las circunstancias de su muerte. Son semblanzas amablemente irónicas, en la mayoría de los casos (sólo hay tres retratados por los que el autor, según reconoce en el prólogo, sentía poca simpatía), que nos desvela el lado cotidiano y doméstico, casi banal (aunque es en éstos detalles "banales" en los que a veces reside la clave para entender a las personas) de grandes figuras literarias de las que a menudo no conocemos sino su nombre escrito en la portada de sus libros.

Para quien pueda interesar, la lista de ilustres retratados es la siguiente: Faulkner, Conrad, Isak Dinesen, Joyce, Lampedusa, Henry James, Conan Doyle, Stevenson, Turgueniev, Thomas Mann, Nabokov, Rilke, Lowry, Madame du Deffand, Kipling, Rimbaud, Djuna Barnes, Wilde, Mishima, Laurence Sterne, Lady Stanhope, Vernon Lee, Adah Isaacs Menken, Violet Hunt, Julie de Lespinasse y Emily Brönte.

(Esto, sin tener en cuenta los fotografiados en el capítulo "Artistas perfectos", que van desde Dickens a Poe, pasando por la falsa máscara mortuoria de William Blake).

Mis retratos favoritos, quizás por simpatía, son los dedicados a Malcolm Lowry, Sterne y Lampedusa. Aunque también el que dedica a Yukio Mishima, como ejemplo fehaciente de hasta dónde se puede llegar haciendo el tontaina, a pesar de la brillantez demostrada en el ámbito literario.

Por último, mencionar que Marías volvió a repetir este ejercicio -o parecido- en una recopilación publicada como Miramientos en 1997, en donde retrataba a una serie de autores en lengua española -entre ellos él mismo, me temo- a partir de unas cuantas fotos de cada uno de ellos. El resultado creo que no fue tan brillante, y, en todo caso, menos divertido.



jueves, 23 de septiembre de 2010

Javier Marías: Todas las almas

Idioma original: español
Año de publicación: 1988
Valoración: Recomendable

Antes de ir a Oxford, es conveniente y hasta imprescindible leer Todas las almas de Javier Marías. Reconozco que no he leído demasiado de este escritor, al que muchos críticos consideran uno de los mejores, si no el mejor, novelista español actual; pero esta novela es un buen comienzo -o recomienzo-, porque la lees, y dan ganas de leer más.

Todas las almas puede decirse que es pionera en el género de la autoficción, que está tan de moda ahora mismo. El protagonista, del que no sabemos el nombre y apenas tenemos datos, comparte muchas vivencias con el autor: los dos fueron profesores de español en Oxford, vivieron en la misma casa piramidal, conocieron la pompa y el esplendor oxonianos antes de volver a Madrid... Pero, claro, esto es una novela, y el personaje no es el escritor, y los personajes que lo rodean, aunque basados con más o menos cercanía en personas reales, son creaciones de su imaginación.

Argumento, lo que es argumento, la novela no tiene mucho. La historia principal, la que más espacio ocupa, es la relación del protagonista con una mujer británica misteriosa y distante; sin embargo, las mejores escenas y personajes son otros: esa cena en un elegante comedor de un College, que se convierte en una escena propia de los hermanos Marx, o el portero de la Institución Tayloriana, que confunde los tiempos y a las personas presentes con las de su memoria...


En fin, que por ahora, en esta novela, no he visto yo al "gran autor español contemporáneo" que otros ven en Marías, aunque sí a un escritor capaz de desplegar un estilo brillante y de jugar con distintos ritmos y situaciones narrativas. Pero me lo he pasado muy bien leyéndola, y eso ya la convierte en una novela recomendable. Sobre todo, si vas a viajar a Oxford.

Otros libros de Javier Marías reseñados en Un Libro Al Día: Los enamoramientosMientras ellas duermenLos dominios del loboVidas escritasCorazón tan blancoBerta IslaAsí empieza lo maloMañana en la batalla piensa en mí

miércoles, 8 de julio de 2009

Raymond Radiguet: El diablo en el cuerpo

Idioma original: francés
Título original: Le diable au corpsAño de publicación: 1923
Valoración: Está bien

Esta vez, fue nada más ni nada menos que el escritor español Javier Marías el que “me convenció” para leer/descubrir a Radiguet. Sucedió en una charla del escritor a la que tuve ocasión de asistir. Durante el turno de ruegos y preguntas, una señora del público (una de esas mujeres de edad avanzada y emperifollado aspecto que tratan de tú a tú a los artistas e intelectuales con los que milagrosamente coinciden), con una confianza que podía hacer creer que conocía al señor Marías desde el jardín de infancia, le dijo, con una sonrisa, algo así como: "ay, y qué bien que tú también, Javier, sepas apreciar como se merece El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet. No sabes cuánto he disfrutado leyendo ese libro, qué maravilla..." (que conste que cómo supo la señora aludida que Javier Marías sentía debilidad por ese libro aún continúa siendo un misterio para mi modesta persona). Y el señor Marías, sonrió a la dama comprensivo, y alabó, lacónico, el entonces misterioso libro. No esperé mucho para hacerme con él.

Pero adiós, anécdotas; bienvenida, crítica...

El libro cuenta el romance entre un adolescente de quince años y una joven de dieciocho, Marthe, mientras el primero prometido, después marido de ésta, Jacques, está en la guerra. El affaire es un secreto a voces entre los vecinos y conocidos de ambos jóvenes, pero no por ello dejarán de verse y disfrutar de su imposible y auténtico (aunque ellos a veces parecen no querer comprenderlo) amor.

El diablo en el cuerpo es una lectura rápida y fácil; es corto y su lenguaje asequible, pero no por ello frugal o raquítico. Fue escrito a principios de los años veinte por el jovencísimo francés Raymond Radiguet (el chico apenas contaba con diecinueve años), en el que no pocos vieron al "nuevo Rimbaud" (lo de buscar versiones 2.o de personajes célebres es, al parecer, una estupidez que cuenta con sus añitos).

Radiguet, el cachorro de una acomodada familia francesa y colegial mediocre pero de mente brillante, fue el protegido del gran Jean Cocteau que, al parecer, se "enamoró" del talento del crío y le ofreció trabajo después de leer unos textos suyos. Gracias a la admiración que levantó su pluma entre Cocteau y otros consagrados escritores, le nouveau Rimbaud se sumergió de lleno, apenas salido del cascarón, en el mundillo del periodismo y la escritura del París de la época, pero su jugueteo con aquellos círculos literario-bohemios fue muy breve, brevísimo: murió con veinte años de edad a causa de una enfermedad. Un año después, se publicó El diablo en el cuerpo, por lo que las mayores alabanzas las recibió una vez muerto.

El libro está bien, como indico al principio de esta crítica, pero debo decir que, en mi modesta opinión, está sobrevalorado, aunque supongo que sus reconocidas virtudes se deben más que nada a la edad del autor que lo engendró. De todos modos, el final de El diablo en el cuerpo (tranquilidad: no me iré de la lengua), me pareció una salida facilona a la que recurren muchos escritores noveles (véase Buenos días, tristeza, del que hablaré otro día) para rematar la faena cuando no están muy convencidos de sus personajes y de su trama, y creen que un portazo potente e inesperado rematará una obra que ellos se apresuran en juzgar mediocre.

Se lo diré a Marías la próxima vez que le vea si no se me adelanta alguna dama con aroma a polvos de tocador.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Javier Cercas: La velocidad de la luz


Idioma original: español
Año de publicación: 2005
Valoración: Recomendable

Con una obra narrativa no demasiado extensa (cinco novelas y algún volumen de relatos), Javier Cercas se ha convertido en uno de los escritores fundamentales de la literatura española de comienzos del siglo XXI, sobre todo porque ha sabido conectar con algunas de las líneas dominantes de la novelística actual: la autoficción y la memoria histórica. La velocidad de la luz, como Soldados de Salamina, combina un poco de las dos, aunque más de la primera que de la segunda.

En efecto, el primer capítulo de la novela recuerda un poco a Todas las almas, de Javier Marías, porque, como se dice en el propio texto, está protagonizada por alguien que "es como yo, pero no soy yo": un personaje sin nombre que, como Javier Cercas, estudió en Barcelona, vivió en Gerona y trabajó temporalmente en la Universidad de Urbana, en Estados Unidos. Allí es donde el narrador conoce al personaje que originará la trama principal: Rodney Falk, un veterano de la guerra de Vietnam reconvertido en profesor de español y perseguido por el fantasma de la culpa.

Lo mejor de la novela es esta primera parte: la creación de un ambiente y unos personajes con un estilo que es a la vez claro y trabajado, sin aspecto de serlo. A partir de la segunda mitad, en cambio (y quizás esto sea solo una apreciación personal), me parece que la novela decae: que se interna en terrenos más tópicos y trillados e incluso en el melodrama. Y ese paralelismo final (quien haya leído la novela supongo que sabe a qué me refiero) es demasiado forzado, demasiado perfecto -algo que también le han reprochado a Cercas, por cierto, en relación con su última novela-ensayo, Anatomía de un instante-.

No quiero decir que La velocidad de la luz no me haya gustado, ni que no la considere una buena novela. Lo es, pero no es tan original ni está tan bien cerrada como Soldados de Salamina. En todo caso, este humilde lector concuerda con el veredicto casi unánime de la crítica: Javier Cercas es uno de los nombres fundamentales de la novelística española actual.

Otras obras de Javier Cercas en ULAD: Aquí

martes, 26 de mayo de 2015

Robert Louis Stevenson: Ensayos literarios

Idioma original: inglés
Año de publicación: antes de 1894
Traducción: Beatriz Canals y Juan Ignacio de Laigleisa
Valoración: entre recomendable y está bien

Cuenta Javier Marías en su Vidas escritas que Henry James admiraba enormemente a su amigo Robert Louis Stevenson -y viceversa- hasta el punto de considerarlo "uno de sus escasos interlocutores en el campo de la teoría" literaria, pero que hoy en día "casi nadie se molesta en leer los ensayos de Stevenson, que se cuentan entre los más penetrantes y vivos del pasado siglo" (se refiere al XIX, claro, porque le libro de Marías se publicó en 1992). El caso es que, intrigado por esta aseveración, yo sí me he "molestado" en leerlos, cuando he tenido la oportunidad. y he de decir que no ha sido ninguna pérdida de tiempo, aunque como no soy un estudioso de la teoría literaria, y menos aún de la del siglo XIX, carezco de los conocimientos y el criterio necesarios para ratificar lo que afirmaba Marías.

Ahora bien, sí puedo decir que R.L. Stevenson, además del magnífico narrador que todos conocemos (y al que tanto debemos muchos de los ahora inoculados con el veneno de los libros), era un apasionado lector y amante de la literatura en todos los pormenores del oficio. Así lo atestiguan algunos de estos ensayos, como los que dedica  a aleccionar a quien se quiera lanzar a la azarosa actividad de escribir: Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte ( "...la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso."); el muy divertido Acerca de la elección de profesión ("...Probablemente  no importe mucho aquello por lo que te decidas; pues, a la larga, la mayoría de los hombres se hunden en el grado de estupor necesario para sentirse satisfechos de sus distintas posesiones...");  o también La moral de la profesión de las letras.

En otros ensayos se dedica ya a analizar elementos mucho más técnicos del estilo literario, como, por ejemplo, los efectos de ciertas aliteraciones (aunque sólo se puedan apreciar en el texto original en inglés) o la importancia de la trama con respecto a la elección de la palabras y viceversa. También trata el fenómeno de los autores populares, de la llamada "prensa de un penique" o las "bibliotecas circulantes". Autores "grandes del polvo" que él contrapone a los "escritores de clase alta" -como James, precisamente- y aunque muy leídos en su época, hoy en día supongo que no le sonarán a casi nadie. Hayward, Bracebridge Hemming, Pierce Egan, Edward Viles, Malcolm Errym... No obstante, en la sección llamada Críticas literarias sí que encontramos escritores cuya fama y, sobre todo, cuyos libros, nos han llegado incólumes e incluso se han convertido ya en verdaderos clásicos: Julio Verne, Poe, Dumas (padre) o el para mí desconocido Bunyan, pero cuyo El progreso del peregrino resulta ser uno de los libros favoritos de Stevenson. Muy interesante resulta leer cómo Stevenson juzga a escritores que ahora vemos como parte de la Historia de la literatura, desde una perspectiva contemporánea, o casi... e incluso, en el caso de Verne, como a un escritor emergente, aún por "confirmar".

Además, encontramos también una charla sobre la novela, en la que teoriza sobre los tipos de ésta que se cultivaban en su tiempo y la respuesta a ciertas declaraciones sobre el tema expresadas por Walter Besant y...Henry James, precisamente, con los que polemiza amablemente al respecto, sobre lo que debe o no concernir a la ficción en prosa y sus condicionantes de lo que consideramos como novela ( "La vida es monstruosa, ilimitada, absurda, profunda y áspera; en comparación con ella, la obra de arte es ordenada, precisa, independiente, racional, fluida y mutilada"-"Toda novela, primero y cada género de novela, después, existe por y para sí misma").

En suma, una serie de apuntes -también encontramos unos "Bocetos" literarios- y reflexiones de un gran escritor sobre la ocupación que absorbió buena parte de su existencia, y que nos brindó obras y personajes especialmente perdurables y queridos para todo amante de la lectura. Una obra desde luego interesante y sin duda muy recomendable para los seguidores de Stevenson, que además, nos brinda alguna que otra frase definitoria del espíritu que anima sus otros libros y que animó, sin duda, su demasiado corta vida:

" La ficción es al adulto lo que el juego al niño; en ella cambia la atmósfera y el curso de nuestra vida; y cuando el juego armoniza con la fantasía de tal modo que se participa en él de todo corazón, cuando cada nuevo giro satisface, cuando gusta evocarlo y demorarse en su recuerdo con auténtico placer, entonces la ficción se llama novela ".


Otros libros de R. L. Stevenson reseñados en Un Libro Al Día: La isla del tesoroEl Club de los SuicidasEl diablo en la botellaEl extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde

viernes, 26 de octubre de 2012

¡Quédate con tu premio (literario)!

Las reacciones normales al recibir un premio suelen ser de alegría, de modestia más o menos falsa, de gratitud o de educado menosprecio de los premios en general ("Sí, me han dado un premio, pero yo no escribo para ganar premios, escribo para mis lectores / para expresarme / porque no sé hacer otra cosa"). Pero a veces, por razones diversas, el premiado reacciona de una forma inesperada y rechaza el premio, dejando a los otorgantes con un palmo de narices y un problema de relaciones públicas para resolver.

Eso es lo que hizo ayer Javier Marías al rechazar el Premio Nacional de Narrativa, dotado con 20.000€, que le había sido concedido por su última novela, Los enamoramientos. Hasta cierto punto, podía preverse este rechazo: Marías siempre ha dicho que un escritor no debe cobrar del Estado, por lo que desde 1995 no acepta ni premios ni invitaciones para eventos que sean organizados con dinero público. Al parecer, los miembros del jurado han querido ofrecer el reconocimiento a su obra, aun sabiendo que corrían el peligro de que Marías no aceptase el premio.

Pero si hablamos de no aceptar premios literarios, es imposible no mencionar a los dos únicos escritores que han rechazado el premio Nobel de Literatura: Jean-Paul Sartre y Boris Pasternak. Las circunstancias de ambos rechazos fueron muy diferentes: Sartre, que tenía por costumbre no aceptar ningún tipo de distinción, rechazó el premio porque "ningún autor debe permitir que lo conviertan en una institución, aunque sea en el modo más honorable".

El caso de Pasternak es muy diferente: cuando el autor de Doctor Zhivago supo que había ganado el Premio Nobel de Literatura en el año 1958 se mostró "infinitamente agradecido, conmovido, orgulloso, sorprendido, abrumado"; sin embargo, al aparato político de la URSS no le gustó ni la novela de Pasternak ni el premio "occidental", y organizó una campaña de protestas "espontáneas" en su contra. Tras ser amenazado con no poder volver a la URSS si acudía a la gala de entrega en Suecia, Pasternak escribió una carta a la Academia Sueca renunciando al premio. Pero esto no fue suficiente para el estado soviético, que continuó su campaña de acoso y desprestigio contra Pasternak hasta su muerte en 1960, e incluso después.

Aunque en circunstancias menos trágicas que estas, la política suele estar detrás de muchos de estos premios rechazados. Por ejemplo, hace apenas un mes la escritora portuguesa Maria Teresa Horta rechazó recibir el premio D. Dinis de manos del Primer Ministro Passos Coelho, como muestra de repulsa por la política de austeridad del actual gobierno; y también recientemente un poeta estadounidense, Lawrence Ferlinghetti, ha rechazado un premio otorgado por el PEN Club húngaro, dotado con 50.000€, como protesta por las políticas del partido derechista gobernante en Hungría, que "tienden al autoritarismo y al consecuente retroceso de la libertad de expresión y de los derechos civiles". También Albert Boadella y Els Joglars rechazaron en 1994 el Premio Nacional de Teatro, por considerar que llegaba "demasiado tarde", en un momento en que ya no necesitaban el reconocimiento de "la oficialidad".

En otros casos, sin embargo, el rechazo de un premio significa el rechazo de todos los premios, o del concepto mismo de premio, distinción o competición entre creadores. Desde una postura en cierto modo cercana a la de Sartre, el poeta griego Dinos Cristianópolus no aceptó el Gran Premio de las Letras griego por estar “en contra de cualquier tipo de distinción honorable. No hay ambición más grosera que querer distinguirnos. Este terrible ‘ser mejor que los demás’ (υπείροχον έμμεναι άλλων) que nos dejaron los griegos antiguos. Estoy en contra de los premios porque disminuyen la dignidad del ser humano… Recibir premios significa aceptar jefes intelectuales y algún día debemos eliminar a los jefes de nuestras vidas”.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Gonzalo Núñez: Los retratos desparejados

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable

Así, cuando alguien ve un cuadro o lee un libro es el tiempo el verdadero tema, pero este es tan astuto que hace creer al lector o al espectador que solo es una historia de amor o de guerra o el retrato de un hombre que ya pasó por este mundo.

Pues sí, queridos, creo que esta frase extraída de la página 72 de la novela podría ser una buena aproximación a esta porque, aunque Los retratos desparejados parece una texto sobre relaciones de pareja en pleno siglo XXI, lo que Gonzalo Núñez nos ofrece en su segunda novela es una historia / tratado sobre el amor y el desamor (eso es innegable), sobre el peso del pasado y de la culpa, sobre lo que fue y no se vio o sobre lo que se vio y no fue, sobre palabras no dichas, sobre palabras supuestas, sobre el tiempo, el puto paso del tiempo.

Todo lo anterior con el arte como telón de fondo. Son los retratos desparejados (dípticos de parejas o matrimonios pintados por autores flamencos allá por el siglo XV y que por diversas causas y azares fueron separados) que dan título al libro la imagen perfecta de la separación y de la ruptura, así como el punto en el que confluirán pasado y presente del narrador y protagonista.

Esta presencia del arte permite al autor introducir digresiones sobre el mundillo. El problema está en que, si bien resultan interesantes y darían para un ensayo de lo más entretenido, personalmente me sacan un poco de la trama principal, esa centrada en la psicología del amor, en cómo vemos o creemos que nos vemos (y ven). Y mira que me jode porque la indagación sobre el amor y el desamor y sus alrededores tiene ritmo, es profunda, casi obsesiva y retrata a la perfección estos tiempos líquidos que nos ha tocado vivir y la parte más "ensayística" le da un puntito intelectual que a gafapastas y curiosos (ejem, aquí hay uno) disfrutamos.

En cualquier caso, Los retratos desparejados no deja de ser una buena novela en la que hay un fuerte componente generacional (recomendada especialmente para nacidos en los 70 - 80) y en la que las influencias van de Javier Marías a Milan Kundera, pasando por un Houellebecq relajadito. La influencia de Marías se aprecia ya desde la primera frase, muy al estilo de Mañana en la batalla piensa en mi o Corazón tan blanco, pero también en el manejo del lenguaje y los saltos temporales; la de Kundera en las reflexiones sobre el propio "hecho amoroso", un poco en la onda de La insoportable levedad del ser  (a veces me parece ver por las páginas de Gonzalo Núñez a Teresa y Tomas); la de Houellebecq relajadito en ese retrato de nuestro tiempo, aunque sea menos oscuro y pesimista que el del francés. ¡Palabras mayores, eh!

En fin, como decían en Con faldas y a lo loco... Nadie es perfecto. Esta novela tampoco. Eso sí, es de lo más recomendable.

martes, 8 de octubre de 2019

ULAD inaugura el premio ¡NOOOO! BEL

Estimados señores de la Academia. Dejen ya de jugar. Que si el año pasado no dan su premio por unos asuntillos de tema sexual. Que somos muy coherentes y no hay premios que dar, castigados todos a la cama sin postre.

Respuesta contundente: ULAD crea el NOVEL

Y ahora, este año, todo olvidado, pero el palmarés no puede quedar vacío. El tiempo, que todo lo borra y, como si hubiéramos saltado una casilla, y ahora DOS Nobel. Para recuperar la media. 
Oigan: esto es trampa. Y les va perfecto: pueden premiar a pares, contentando y compensando, a equidistantes no les va a ganar nadie: un hombre y una mujer, un novelista y un poeta, un representante de la literatura occidental y otro de las periféricas, uno blanco y uno de color, un escritor consolidado y uno casi debutante. O pueden premiar a un pianista y a un guitarrista. Ejem. O mejor, a ciertos dos escritores españoles muy machotes y muy amigos. Qué comodona les ha quedado la jugada. Pueden optar por un escritor comercial y otro artístico. 
La de escritorzuelos que estarán ilusionados porque este año hay dos premios y eso dobla sus posibilidades. Cuánta ilusión en cuántos despachos llenos de papelotes o presididos inmaculadamente por una máquina de escribir, por un PC, esperando pacientes a la prensa dispuesta a fotografiar el RINCÓN DONDE CREA EL GENIO. 
POR DOS.

Respuesta aún más contundente: ULAD crea el ¡NOOOO!BEL

Porque ULAD es un blog cohesionado e integrado por 10 personas de conducta recta e intachable, 10 seres humanos a los que poco hay que reprochar salvo el tamaño de las baldas de sus estantes. Olvidemos la pequeña escisión de la rama catalana y el asunto que acabo con la fusión entre MAS ULAD y MENOS ULAD. Estamos unidos, estamos fuertes, miramos adelante.

Y este es nuestro premio: nuestros colaboradores explican quién NO debería ganar el Nobel, quién ni de coña debe alzarse con el honor, con el prestigio, CON LA PASTA, porque no nos gusta nada lo que hace, porque no aguantamos lo que escribe, por pura envidia. Motivos no nos faltan. Adelante.


AMÉLIE NOTHOMB, por Francesc Bon


Lo mío con la escritora belga es para llorar. Para reverdecer, o quizás rectificar sensaciones, leo Barba Azul, novela de hace unos años (pone la sinopsis, vigésimoprimera, desde entonces ha publicado 7 más, incluyendo una titulada Riquete el del Copete), y casi sollozo (habrá reseña, qué diantres). Pero con tamaña producción, su condición de escritora de pequeño país, los precedentes de Modiano, de Jelinek... tengo algo de miedo de que los señores de la Academia la tengan en cuenta. Una autora que emplea las portadas de sus libros para enseñar sus poses-con-sombrero acompañadas de expresión vivaracha, casi siempre la misma. Que pinta a sus personajes con trazos gruesos de simplicidad o fragilidad casi paródicos. Que suelta puntualmente sus cien pagínitas de volatilidad tiznada de trascendencia de suplemento dominicial. Que ensucia el catálogo de Anagrama de manera incomprensible, año tras otro. La palabra es REPUGNANCIA. Ni se les ocurra.


PAULO COELHO, por Carlos Andia

La gente es idiota. O no, peor, se ha quedado sin referentes. Ya no cuela la recompensa de la vida eterna, ni los ideales de justicia o de una sociedad nueva. Nos han convencido de que no hay más que sálvese quien pueda, de que el sistema no se va a mover por mucho que gritemos o recemos. Y aquí aparece él, Coelho, irrigando el planeta con sus frases redondas, sugiriendo que hay una Dimensión Diferente donde un Espíritu Recto conecta con el Alma de las Cosas y finalmente la Armonía Universal se instala en nuestras vidas. Igual no hay Cielo para los justos ni paraíso socialista, pero si tu hijo está enfermo, o te echan del trabajo, o piensas que tu vida es una mierda, Coelho tiene la frase perfecta para reconducirte al Equilibrio.
En su día tuve la mala sombra de reseñar aquí el único libro de este individuo que ha disfrutado del honor (inmerecido, sin duda) de una entrada en el blog. Me arrepiento. Ya sé que vende mucho, que grupos editoriales le pagan bien por escribir en suplementos, pero me da pena. Siento que haya gente que se deje embelesar por tantas sandeces. Y solo me queda un consuelo: en el fondo, este tipo es inofensivo, es una droga cutre, no muy cara, que a él le hace rico y a los demás, a lo sumo, nos provoca un sarpullido.


J. K. ROWLING, por Oriol Vigil

Esta autora es mundialmente conocida por haber escrito la heptalogía protagonizada por Harry Potter. Y sí, sé que J. K. Rowling ha publicado otras cosas. Sin ir más lejos, ha hecho sus pinitos en novela negra o ficción adulta. Pero mucho me temo que en eso no la reivindica ni Dios.
Ya puestos, tampoco entiendo que se reivindique a Harry Potter como si de una obra maestra de literatura juvenil se tratara. Claramente, esta exitosa saga va de mal en peor (aunque hay que reconocer que sus dos primeras entregas funcionan a su manera): un worldbuiling y un sistema de magia inverosímiles, mensajes poco intuitivos, continuidad cada vez más contradictoria...
Pero claro, piensa Rowling, a la gente le gusta Harry Potter, y todo lo demás es un fracaso, así que hay que exprimirle, a él y a su universo. Sacarle el dinero a los potterheads a base de libros "complementarios" más próximos al merchandising que a genuinos productos literarios. Aprobar como canon una pieza teatral que parece más bien un vulgar fanfiction.
Por si lo dicho no fuera suficiente para cuestionar la calidad como narradora de Rowling, la tía va y desempeña un flagrante ejercicio de intrusismo al escribir, sin tener ni p*ta idea de cómo hacerlo, varios guiones cinematográficos (relacionados con el mundo de Harry Potter, of course).
Y una última cosa: ¿esta mujer no ha oído hablar de la muerte del autor? En Twitter no deja de ampliar innecesariamente el universo de Harry Potter (también suelta rancias diatribas políticas, pero eso dejamos que lo critiquen otros blogs). ¡LO QUE NO HAS ESCRITO EN LAS NOVELAS, PELÍCULAS, ETC, LO DEJAS A LA IMAGINACIÓN DE TUS LECTORES, PESADA!


KARL OVE KNAUSGARD, por Koldo CF

Porque estoy hasta las narices de esa literatura del yo que no es otra cosa que un continuo mirarse al ombligo, porque el interés que puede tener (para mí) este tipo de literatura procede bien de una "nueva estética narrativa". bien de una vida "excepcional" o bien de una proyección de lo individual hacia lo colectivo y creo que no se da ninguno de los tres casos, porque me aburre soberanamente, porque la potencia ambición sin control no sirve de nada, porque tienes los santos cojones de ponerle el título de "Mi lucha" a las 21222851 páginas de la historia de tu vida (¿"Mi lucha" llevar a tu hija a un cumpleaños, "Mi lucha" hacerte pajas, "Mi lucha" emborracharte en la adolescencia?), porque no te hacen falta ni el premio ni la pasta (joder, que eres KOK, un noruego de dos metros, con pinta de estrella del rock y más atractivo que un plato de jamón ibérico acompañado de una botella de Dom Perignon) y porque si no le dieron el Nobel a Thomas Berhard... ¿cómo te lo van a dar a ti, alma de cántaro?

P.S.: También un poco por tocarle las narices a Marc, la verdad.


CUALQUIER MIEMBRO O MIEMBRA DE LA RAE, por Juan G. B.


Es obvio que candidatos/as para no merecer jamás de los jamases este premio sobran; mis compañeros han nombrado a varios (yo añadiría al franchute ése con pinta de clochard), pero, ante la imposibilidad de decidirme por nadie, me vais a permitir que haga un disparo por elevación: no se lo daría a ningún o ninguna baranda de los que calientan el sillón en la Real Academia Española de la Lengua. Mis razones (tengo más):

  1. Porque aún me dura la vergüenza ajena de cuando se lo dieron a Cela. Además del espectáculo de él y su mujer bailando el vals, por la caterva de lameculos que salieron hasta de debajo de las piedras.
  2. Porque todos sabemos que los literatos (incluyo en esto a periodistos) que entran en tan venerable institución lo hacen por puro postureo, para figurar y disimular su mediocridad como autores. No me refiero a filólogos y lingüistas: fijo que José Antonio Pascual, director del Nuevo Diccionario Histórico del Español, curra más en un solo día que todos los CebrianesGoytisolosGimferreresMolinasAnsones en los muchos años que lleven allí.
  3. Que todos los escritores miembros de la Academia son un poco peñazo, para que nos vamos a engañar (sí, incluso PérezZzz-Reverte, que se supone escribe novelas de aventuras y acción): Soledad PuértolazZzz, Javier MaríazZzz, Felix de AzZzúa, Luis Mateo DíezZzz... El único con un poco de chispilla era Álvaro Pombo, pero desde que ya no da mítines de UPyD ha decaído bastante (a ver si le dejan en esta ¿nueva? campaña).
  4. Que mola pensar en la envidia que corroerá a todos éstos cuando se crucen en los pasillos con Vargas Llosa (quien, y dolerá más o menos, pero hay que reconocerlo, sí había hecho méritos para que le concedieran el Nobel). Y encima tendrán que ofrecerle la mejor de sus sonrisas, pues no sólo es uno de los suyos: es el puto macho alfa de la manada.

E.L. JAMES, por Beatriz Garza


Alfred Nobel dejó por escrito en su testamento que el Premio Nobel de Literatura se le entregara «a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal». Y se fue al otro mundo convencido de que tales directrices eran suficientes para diferenciar la LITERATURA del resto de mierdas varias que se publican a diario, se venden como rosquillas, se adaptan al cine y conducen a autores hasta los primeros puestos de la lista Forbes; como sucede con E.L. James. Pero no voy a argumentar por qué E.L. James no se merece el Nobel, si no por qué sí se merece el NOOO-Bel y es que, señoras y señores, lo que ha conseguido esta mujer es digno de llevarse un premio:
  • Ha conseguido que sus Cincuenta sombras III y III se convierta en la obra erótica de referencia. ¡Qué importa que D.H. Lawrence escribiera El amante de Lady Chatterley hace casi cien años! Ella ha sabido empezar de cero para buscar la esencia del erotismo y he aquí los resultados: cero esencia, cero erotismo y cero literatura.
  • Ha logrado rellenar (y rentabilizar) centenares de páginas con personajes absolutamente planos e inverosímiles, conflictos facilones y poco desarrollados y una voz narrativa menos convincente que las audiodescripciones de las películas para personas invidentes.
  • Ha situado la, hasta hace no mucho relegada, literatura erótica en la primera línea de los estantes de las grandes librerías, junto a las memorias de Belén Esteban y el libro de recetas del chef de moda. Oh, pues en tal caso muchas gracias, señora E.L. James.
Y es que para que E.L. James mereciera el Nobel de Literatura tendría que vivir más de cien vidas y en todas ellas dedicarse a cualquier cosa menos a escribir.


JAVIER MARÍAS, por Santi

Sí, sé que me arriesgo más que muchos de mis compañeros, porque mi candidato al ¡Nooooo! Bel tiene opciones de ganar el Nobel, el de verdad. Por lo menos, eso dicen todos los años todas las encuestas. Y la verdad, creo que sería un error y una oportunidad desaprovechada. Mi opinión sobre Marías ya la expliqué en esta otra entrada, así que no me voy a repetir. Solo añadiré que darle el Nobel a Marías ahora, que se ha convertido en un representante de lo antiguo y lo establecido (tanto en literatura como en varios ámbitos sociales y políticos, en particular en relación con el feminismo) sería darle en el siglo XXI un premio a un escritor que sigue anclado en el siglo XX. Si en su momento Marías pudo ser innovador y rompedor en el contexto de la literatura española, ahora en cambio es un peso muerto: más de lo mismo, sin riesgo ni ruptura. El Nobel no puede premiar eso.


JOHN BANVILLE, por Montuenga

Al paso que va, no me extrañaría que el escritor irlandés John Banville –desdoblado en Benjamín Black cuando escribe novela negra– aparezca cualquier año de estos en la lista de candidatos. Por ello, y sin negar sus evidentes méritos –reconocidos  con importantes galardones, entre ellos el Príncipe de Asturias 2014– he creído oportuno incluirlo en la lista uladiana de No-Candidatos al premio.
Comienzo por su prosa que, a juzgar por la traducción al castellano, es correcta, agradable, cuidada y lo primero que suele destacarse. Se reconoce además su sobriedad. Sin embargo, sus personajes suelen estar desdibujados, abusa de las coincidencias y sus descripciones tienen una extensión desproporcionada. Intuyo un carácter laborioso que construye sus tramas con dedicación y pule incansablemente sus escritos, pero ese afán perfeccionista acartona un poco (o un mucho) sus historias, de tal manera que a algunos nos resulta imposible conectar emocionalmente con ellas. Sospecho que su autor, absorto en los aspectos técnicos, evita implicarse a fondo. Pero, como bien saben, el primer requisito de un relato, de cualquier relato que se precie, es interesar al lector, y somos unos cuantos los que nos quedamos más bien fríos leyéndole, tanto en su faceta de novelista serio como en la otra, más lúdica a priori. Yo, la verdad, tampoco encuentro tanta diferencia entre las dos.

Hablando claro, Banville no solo me aburre: ni siquiera soy capaz de recordar ni uno solo de sus argumentos; a mi entender les falta consistencia, por eso al poco tiempo se desvanecen en el aire. Sin embargo, admiradores tiene, eso no se puede negar. Sus motivos tendrán, digo yo.