miércoles, 14 de abril de 2021

Rebecca Solnit: Recuerdos de mi inexistencia

Idioma original: inglés
Título original: Recollections of My Non-existence
Traducción: Antonia Martín Martín (trad. en castellano) / Josep Alemany (trad. en catalán)
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Hay títulos sugerentes que nos despiertan curiosidad lectora y cuando esos títulos corresponden a libros escritos por una de las que considero mejores activistas en el mundo literario (entendiendo como “mejores” aquellas que saben trasladar mejor sus ideas del campo conceptual al literario) la necesidad y premura en leerlos es inevitable.

Rebecca Solnit ha dejado una huella indiscutible de su talento en diferentes ámbitos: el de la introspección con «Una guía sobre el arte de perderse», el de la lucha por los derechos civiles en «Esperanza en la oscuridad», el de la maternidad en «La madre de todas las preguntas» y, de manera transversal y destacada, en el feminismo con el ensayo «Los hombres me explican cosas» en el que inventó y acuñó el conocido término mansplaining. Así pues, su carta de presentación es notoria y, ¿cómo encaja en ello un libro titulado «Recuerdos de mi inexistencia» que apuntaría a una cierta invisibilidad en el mundo? Pues ya de manera clara la autora da la respuesta, pues en medio de la constante lucha por los derechos de las mujeres, reconoce que, tiempo atrás, «me convertí en una experta en el arte de desaparecer (…) de escabullirme de las situaciones angustiosas, evitar abrazos, besos y apretones de manos no deseados (…) Una experta en el arte de la inexistencia, pues la existencia era muy peligrosa». Porque así es como tantas mujeres han tenido que navegar en un mundo en el que se sentían deseadas a la vez que excluidas, en el que sus voluntades o ambiciones eran consideradas algo secundario.

En este libro de memorias (que no autobiografía), la autora inicia un trayecto que parte desde los inicios de su madurez con la edad de diecinueve años y todo un futuro por delante, en «la fase inicial del proceso de saber qué quería ser y como llegar a conseguirlo»; una mujer de la que afirma, en la actualidad y con tono nostálgico, que «veo aquella mujer joven delgaducha e inquieta como alguien a la que conocí íntimamente y que me hubiera gustado ayudar más, alguien por quién siento la misma simpatía que por las mujeres de su edad que ahora conozco», en una reflexión que recuerda mucho, por su tono, a Siri Hustvedt en «Recuerdos del futuro». Porque es en el tránsito hacia la edad adulta y en la edad en la que abandonas la adolescencia cuando nos percatamos que «una vez independizados, somos inmigrantes acabados de llegar al país de los adultos».

A lo largo de la narración, hay pasajes que nos recuerdan claramente a la literatura de Vivian Gornick (cambiando la ciudad de Nueva York por la San Francisco), con barrios llenos de comunidades de distintos orígenes étnicos; nos habla de sus vecinos procedentes de Oklahoma y Georgia, de su casero, del jazz. Ella es una chica blanca en un barrio negro, pero en el que se reconoce entre ellos. A diferencia de Gornick, Solnit es más descriptiva que emocional, transmite y narra el ambiente del barrio, pero desde cierta distancia para observarlo y retratarlo, sin la pasión y los sentimientos que volcaba Gornick hacia su Nueva York. Y, en ese retrato, la autora narra la transformación de la ciudad, como en un lavado de cara donde se elimina su personalidad y se deja todo nuevo, reluciente, pero terriblemente más insípido por la aparición de pizzerías de lujo, barras de sushi y cadenas de tiendas. Un cambio rápido, atropellado, excesivo, que la lleva a afirmar que «descubrí que para ver los cambios hay que ser más lento que ellos». Así, la lectura de Solnit nos recuerda claramente a Gornick en algunos pasajes, afirmando que «en los años ochenta, la ciudad fue mi mejor maestra» y da la sensación de que Solnit necesita espacio, tomar distancia y un entorno salvaje y abierto (que retrata afirmando que «en los entornos salvajes alrededor de San Francisco (…) encontraba revelaciones y la sensación de libertad»), mientras que Gornick necesita la proximidad con sus semejantes para narrar a partir de ellos. Solnit narra a partir de ella misma como observadora, Gornick narra desde dentro.

En gran parte de estas memorias, la autora nos ubica en su apartamento en el que vivió durante veinticinco años, escribiendo desde el mismo escritorio con el que empezó (y que sigue utilizando) y que recuerda con gran ternura, pues fue el regalo de una amiga a la que un año antes su exnovio había apuñalado quince veces hasta casi matarla (y, cómo en ocasiones ocurre, se la culpó a ella de lo sucedido y él no tuvo que afrontar consecuencias jurídicas). Por ello, afirma Solnit que «alguien intentó silenciarla. Y ella me regaló un trampolín para hacer oír mi voz. Ahora me pregunto si con mis escritos he querido hacer de contrapeso a aquel intento de reducir una mujer joven a la nada» porque «a pesar de que no te mataran, mataban algo dentro de tu interior: el sentimiento de libertad, igualdad y confianza en ti misma». Así, Solnit vincula ideología con su propia vida, con su experiencia y la de otras mujeres, pues «todos mis textos tienen su origen, en el sentido literal de la palabra, en este escritorio».

De esta manera, nos narra sus primeros pasos como escritora una vez licenciada a los veinte años, mientras trabajaba como recepcionista en un pequeño hotel en el distrito de Castro (San Francisco), un trabajo que le dejaba tiempo para leer, pero con el que constató que, a pesar de que había leído mucho, no sabía escribir libros; el curso de postgrado en periodismo en la UC de Berkeley le despertó el deseo de ser escritora cultural, ensayista, pues el hecho de conocer la obra de otros artistas de diferentes vertientes del arte le dio el empuje, a través de su obra, determinación y personalidad, para adquirir la confianza necesaria en dejar de considerarse crítica y periodista y convertirse, finalmente, en escritora. «Al ver que me consideraban escritora, tuve la idea liberadora de que todo era posible» a pesar de la dificultad que tuvo para publicar libros en sus inicios como escritora por el simple hecho de ser mujer y joven, algo que la llevó al ninguneo del que fue víctima por parte incluso de sus propios editores y que la autora recuerda, con pesar, que «leía mis libros en público, pero no conseguía que mi editor me escuchase».

Como no puede ser de otra manera, su activismo feminista también está presente a lo largo del libro, denunciando el deseo del hombre en someter a las mujeres como ejercicio y demostración de poder, en una sociedad que consideraba como casos aislados los crímenes violentos a los que eran sometidas, en una época en que ese deseo del hombre asociado a la violencia contra las mujeres era una constante en los filmes de Hitchcock, Brian de Palma, David Lynch o Tarantino. Unos crímenes y un peligro constante que la llevan a ser consciente de la gran inseguridad con la que vivía por el hecho de ser mujer; la omnipresencia de la violencia, el hecho de «recordarme que no seré nunca libre del todo». Solnit también extiende su denuncia a la violencia homófoba pues, en el fondo, denota también misoginia; citando a James Finn afirma que «cuando los homófobos se burlan de los gais, casi siempre lo hacen comparándolos de una manera desfavorable con las mujeres», pues «para ellos, ser penetrado es sinónimo de ser conquistado, invadido, humillado». «Eso significa que algunos hombres heterosexuales (…) imaginan que las relaciones sexuales con las mujeres son punitivas, agresivas, hostiles, un acto que realza la categoría del hombre y rebaja la de la mujer».

Solnit narra la soledad de la que son víctimas las mujeres, pues es difícil encontrar quien pueda creerse sus versiones, su verdad: «mis palabras habían fracasado una vez más. Fracasaban continuamente» y, de manera apesadumbrada y triste se cuestiona que «cuando no posees ni el cuerpo ni la verdad, ¿qué te queda?». Y, en esa mirada en claro desequilibrio según quien la aplica, Solnit cita a Du Bois y la «doble conciencia, la sensación de mirarse siempre a uno mismo a través de los ojos de los demás» porque «las mujeres dependemos de los hombres y de lo que piensan de nosotros, ellos nos enseñan a mirarnos constantemente al espejo para saber qué aspecto les ofrecemos» y eso es algo que se traslada también a los libros, pues «cuando abría un libro me encontraba un hombre que miraba a las mujeres» (tal y como apunta Hustvedt en su libro «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres»). Unos libros que aparecen también en el relato continuamente, constatando su amor por ellos afirmando que «los libros leídos nos entran en la memoria y forman parte de los materiales de la imaginación» y aseverando con rotundidad (y algo en lo que me puedo identificar claramente) que «todavía entro en una librería o una biblioteca convencida de que estoy en el umbral de lo que más necesito y deseo».

Por todo ello, el libro que ha escrito Solnit es una interesante lectura para ver la trayectoria profesional pero especialmente vital que ha llevado a la autora a ser considerada una de las grandes ensayistas actuales. Este es el principal atractivo de un ensayo que tiene como aspecto menos logrado un excesivo detalle en algunos episodios puntuales y una visión excesivamente desapasionada y casi distante. Noto en la narración una falta de voluntad en buscar complicidades con el lector, en narrar sin un sentido marcado de proximidad, como sí podemos ver en Gornick, Hardwick, Hustvedt o incluso Ernaux. Bien es posible que se deba a que Solnit es puramente ensayista y trata principalmente hechos y reflexiones más que historias, pero, en cualquier caso, el libro es recomendable, pues sus reflexiones destacan por su lucidez y certero análisis sobre el mundo que la rodeó que es también el nuestro (y especialmente, el de las mujeres).

Dice Solnit que «me gustaría que las mujeres que han venido después de mi puedan evitar algunos viejos obstáculos. Con una parte de mis escritos he querido contribuir a conseguirlo; al menos, menciono los obstáculos». No cabe duda de que con sus ensayos lo ha conseguido y que este libro es de los que deja muchísimas reflexiones para, no únicamente concienciarnos de la realidad, sino también para contribuir con nuestros actos a eliminarlos de nuestro mundo.

martes, 13 de abril de 2021

VV.AA.: Cuadernos hispanoamericanos (Cuento)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Bastante recomendable

Que el "cuento latinoamericano" goza de una salud excelente es algo que creo que poca gente pondrá en duda. Una muestra significativa de ello son las múltiples reseñas que hemos publicado en este blog en los últimos años y que dejan un buen reguero de nombres: Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Magela Baudoin, Mónica Ojeda, Samantha Schweblin, Rodrigo Blanco, Edmundo Paz Soldán, etc., algunos de los cuales aparecen en este número dedicado al género breve de la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" con el que podemos corroborar la afirmación inicial.

18 autores (12 hombres y 6 mujeres, lo cual  - aunque aquí habría que valorar los entresijos de la selección - me parece injusto dada la calidad de alguna autora que no aparece por aquí), 18 países (solo falta, si no me equivoco, una representación de República Dominicana y El Salvador) y 18 relatos con un nivel medio bastante alto.

Curiosamente, este elevado nivel medio no viene siempre de la mano de los autores más consagrados o reconocidos a este lado del Océano. Por poner un par de ejemplos, el relato de Halfon (escritor que me encanta) parece hecho con el piloto automático puesto y el relato metaliterario de Fernanda Trías deja al lector algo frío porque puede funcionar bien como juego pero se echa en falta algo más. Por su parte, otros autores TOP, como Mariana Enríquez, Liliana Colanzi o Mónica Ojeda, aportan relatos que serán fácilmente identificables para sus lectores habituales y servirán como interesante carta de presentación para los no iniciados.

Por el lado de los autores más desconocidos (o menos leídos) para mi vienen alguna de las sorpresas más agradables. Destacan especialmente 4/5 relatos:

  • "La cinta roja" de la hondureña María Eugenia Ramos, un relato brutal cargado de simbología.
  • "El río, una pasta espesa que no hace olas" de Jon Bilbao, relato carveriano de parejas y amistades, mentiras o medias verdades y tensión "subterránea" algo alejado en lo estilístico de lo que yo he podio leer de su obra.
  • "Marginalia" del costarricense Carlos Fonseca, un relato en el que se juega con la literatura como forma de huida o de entrada a otras vidas posibles.
  • "El barbero de Hialeah" del cubano Carlos Manuel Álvarez y su impactante final.
  • "Serenatas" del venezolano Juan Carlos Méndez Guedez, quizá el relato más arriesgado en lo estilístico, con sus diferentes voces y tiempos y su aire de "culebrón"

En definitiva, 18 más que interesantes relatos que beben de múltiples influencias, tanto del propio Sur como del Norte, que poseen una serie de elementos comunes (la emigración, la violencia, el desarraigo, la propia literatura) y que demuestran que la cantera de "cuentistas" latinoamericanos está muy pero que muy viva. ¡Y que dure!.

lunes, 12 de abril de 2021

Álvaro López Martín / Marta García Villar: Mi vecino Miyazaki

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2017

Valoración: Está bien (Recomendable para fans)


Es lo que tienen los libros sobre cine, o también sobre música, que en principio nos atraen por aquello de lo que sabemos que van a hablar, porque es algo que conocemos, que nos gusta o nos interesa en alguna medida. De forma que empezamos con un cierto prejuicio generalmente positivo, un poco lo que me ha ocurrido en este caso. Conozco unas cuantas de las películas de Hayao Miyazaki (o mejor, de Studio Ghibli), algunas vistas bastantes veces, y se me ofrece un libro que a primera vista tiene ya un evidente aspecto laudatorio, de esos que parecen destinados a lucir en la estantería, con formato generoso, tapas duras y muchas ilustraciones. Pero a pesar de este segundo prejuicio, ahora más bien negativo, supongo que algo nos contará sobre este popular e inconfundible cine japonés, en apariencia destinado a los niños aunque seguramente con mucho más contenido detrás.

Antes de nada, para los que no conozcan el tema, Ghibli es un importante estudio de animación japonés creado por Isao Takahata (Heidi, Marco), Hayao Miyazaki y el productor Toshio Suzuki. Su primera película fue Nausicaä del Valle del Viento (1984) y parece que Miyazaki, ya bastante mayor, prepara ahora la que será la de su despedida, años después de que Takahata hubiera fallecido. Son casi siempre largometrajes, varios de ellos muy conocidos y objeto de numerosos premios en el ámbito internacional. Y sobre todo, en mi opinión, trabajos con un sello especial, artesanal, claramente alejados de los productos Disney y sus réplicas.


El libro hace un repaso exhaustivo de todos los títulos del estudio, dedicando unas cuantas páginas a cada uno, acompañadas de imágenes significativas, breves comentarios en relación con su gestación y algunas otras anécdotas sobre los relatos o mangas en los que se han basado, su banda sonora o las circunstancias de su producción. Aquí encuentro el primer motivo de crítica: será una apreciación personal pero dedicar el mismo espacio a todos los títulos da al libro un aspecto de catálogo que le hace perder bastantes puntos. No dudo de que haya cosas interesantes que contar sobre la mayoría de las películas, pero creo que hubiese sido más lógico destinar a cada una la atención que de verdad requiere, que no siempre ha de ser la misma. En concreto, entiendo que debiera haberse otorgado un lugar más destacado a las más emblemáticas y que han dado a conocer el sello de Ghibli, todas alrededor del año 2000: La princesa Mononoke y, sobre todo, El viaje de Chihiro y El castillo ambulante. 

Aunque este no es un blog sobre cine, no me quedaré sin decir que estas películas han llevado a su nivel más alto el cine de animación por la complejidad y valentía de sus guiones, la perfección de las imágenes (esos fondos maravillosamente detallados), la riqueza de sus personajes o la música que los acompaña (esa soberbia banda sonora de El castillo ambulante, de Joe Hisaishi). En mi opinión estas tres películas, y más en general toda la filmografía de Miyazaki, marcan una ruptura decisiva en la animación, como a nivel creativo y técnico lo haría, casi al mismo tiempo aunque en otra dirección distinta, Pixar en Estados Unidos. Bueno, sin ser experto en estos asuntos, se habrá dado cuenta el lector de que con algunos infantes en casa uno se ha digerido una tras otra (y unas cuantas veces cada una) casi todas estas pelis. Pero volvamos al libro.

El análisis de las aproximadamente veinte películas se centra sobre todo en explicar el argumento, y ahí resulta algo escaso y excesivo a la vez. Excesivo cuando las películas no tienen demasiado que contar o su contenido resulta en alguna medida recurrente, con protagonistas similares (casi siempre infantiles o juveniles), o tramas en las que se repiten  episodios de amistad, amor, situaciones de desamparo y mensajes de superación personal. Y  escaso cuando los relatos se salen de ese esquema y ganan en complejidad o funcionan sobre escenarios de mayor peso, como La tumba de las luciérnagas. En este supuesto de películas de mayor riqueza, la limitación de espacio y la fijación por el argumento dejan poco margen a otras cuestiones que pudieran un interés especial, como las alusiones a la mitología y tradiciones japonesas, o los aspectos puramente artísticos o técnicos, las diferencias gráficas, e incluso narrativas, entre Miyazaki y Takahata, el uso del efecto máscara y el diseño de personajes, o por qué parece haberse detenido lo que parecía una evolución hacia historias más complejas.

Algo hay de todo esto, es  verdad, como también algunos amagos de tímida crítica que realmente son de agradecer. Pero en definitiva personalmente me sobra bastante del componente decorativo y promocional del libro, como también cierta pretenciosidad al describir argumentos que a veces son bastante simples, y echo de menos un análisis un poco más sólido (¿más serio?) de esta interesante filmografía, algo que indique que los autores son más que un par de fans que se saben de memoria cada minuto de cada película (que me da la impresión de que sí lo son). Seguramente me sobran y me faltan todas estas cosas que he comentado porque este no es quizá el tipo de libro adecuado para encontrarlas, aunque para cierto segmento de entusiastas más interesados en recrear la memoria y conocer unas cuantas anécdotas puede ser una opción interesante. Para gustos.


domingo, 11 de abril de 2021

Daniel Gascón: Un hipster en la España vacía

Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Valoración: se deja leer (pero da un poco de sonrojo)

Para empezar, agradecer al autor que el título de su novela se ajuste como un guante a su contenido. No engaña a nadie excepto a aquellos seres retorcidos, como este que esto escribe, que piensa que en el ámbito literario tales obviedades no pueden darse y que los escritores (o algunos con cierta aura) suelen optar por títulos crípticos, aunque sea por la premisa esa de que título (o portada, o primera frase o primer párrafo) es elemento determinante para el primer impacto ante el lector / comprador / usuario. Así que aquí la sencillez (...) empieza por la descripción fiel al contenido esperado. No me extraña que alguna plataforma de streaming ya haya adquirido los derechos para una serie y todo, serie en la que no es difícil imaginar hasta a ciertos actores en ciertos papeles.

Serie, por cierto, que creo que no duraría más allá de una segunda temporada en que un equipo de guionistas se diese (obvia) cuenta de que la idea no da para más que eso. Chascarrillos, topicazos, analogías sobadas, escenas más o menos forzadas donde estirar y sobreexplotar el choque o conflicto o antagonismo entre el mundo rural y el estereotipo urbano. Por encima de personajes retratados en grano grueso y trazados con suma tosquedad, porque que de estas páginas solo se recuerden anécdotas trilladas, que si hay que ir a la era para pillar cobertura con el teléfono móvil (como ilustra la portada), que si el protagonista no puede sobrevivir sin su café en cápsulas y se lo hace llegar un dron de Amazon...
 
En fin, una historia esquemática que muestra un protagonista que huye de algún conflicto político capitalino, que se presenta en un pueblo de esa España vacía (con curioso homenaje a la obra de tal título de Sergio Del Molino) y que, como buen urbanita (porque los habitantes de la ciudad siempre serán venerados por los pueblerinos, con cierto recelo pero venerados porque ser de pueblo significa ser un borrico acomplejado al que hay que orientar por la vida para que no salga corriedo cuando vea un autobús) pronto los lidera y los orienta, hasta casi sin querer les seduce a las mujeres y le gana las elecciones al típico alcalde de toda la vida, machista y caciquil, al que los vecinos votan por ser simplemente el que más ha progresado. Y, como buen líder moderno, les enseña a gestionar sus cosas, les monta cursillos haciendo de coach sobre la nueva masculinidad, y los adiestra en el lenguaje inclusivo y les enseña a reivindicar la esencia de lo propio. Arranca iniciativas que solo un urbanita podría arrancar, porque ya se sabe que los de pueblo son muy cerraos. Poco importa que el protagonista se llame Enrique, su destino sea un pueblo de Teruel y su origen alguna organización de izquierdas que lo ha relegado a un segundo plano. Aquí, en esta deslavazada historia sin un recorrido pero con mucho potencial (televisivo, quiero decir), que parece más una sucesión de escenas poco trabajadas, que parece más un guion en borrador, que se universaliza porque éxodo rural lo hay aquí y en Dinamarca, en Perú y en Wisconsin, choque de mentalidades ídem de ídem, y todos los etcéteras posibles, se trata de pretender explotar un terreno que ya nos suena a todos. Con otro entorno, otro pretexto y mucho mejores resultados posteriores ya lo habíamos visto en Los asquerosos y, que me perdone Daniel Gascón, Santiago Lorenzo lo solventaba con mayor talento y recursos literarios. 
Puede que yo pensara que me enfrentaría a algo de mayor enjundia, no lo descarto, pero Un hipster en la España vacía es una novela intrascendente, casi una parodia fallida, tan local en su concepción como global en su trasfondo que suena, con las adaptaciones temporales y tecnológicas oportunas, a demasiadas cosas ya vistas y ya leídas.


sábado, 10 de abril de 2021

Leonardo Padura: Como polvo en el viento

Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Valoración: Recomendable (más o menos)

 

Dust in the wind

All they are is dust in the wind.

Same old song

Just a drop of water

In an endless sea

All we do

Crumbles to the ground

Though we refuse to see

Del grupo musical Kansas (1977)

 

Transitar por esta novela coral o, lo que es lo mismo, por la vida y milagros de sus ocho protagonistas –tres de ellos con mayor relevancia, si cabe– durante aproximadamente un cuarto de siglo, es un ejercicio arriesgado, un carrusel de sensaciones que nos conducirá del éxtasis a la fatiga para elevarnos de nuevo a las alturas y dejarnos caer una vez tras otra hasta la última de sus casi 700 páginas. Tranquilos, ya que esta irregularidad tampoco se nota demasiado, depende mucho de las expectativas con que abramos nuestro ejemplar por primera vez. En mi caso disfruté lo inimaginable con El hombre que amaba a los perros y eso pasa factura ¡qué duda cabe! ¿Qué si recomiendo la novela? Por supuesto que sí, es más, la considero apropiada para casi todos los gustos. Concretaré para que puedan entenderme.

El título procede de Dust in the Wind, un viejo tema del grupo Kansas, mil veces versionado, cuya melodía es probable que hayan tarareado alguna vez ya que es de esas que se graban en la memoria afectiva y resuenan en nosotros cada vez que volvemos a escucharla. Quienes, en este caso, serán arrastrados por el viento de la vida serán los integrantes de un grupo de amigos nacidos y residentes en La Habana (Cuba); grupo indestructible –o eso pensaban ellos–, al que se refieren como el Clan y que al comienzo de la trama, recién iniciado 1990,  se reúne para celebrar el trigésimo cumpleaños de uno de ellos, Clara, cuya emblemática mansión, y ella misma, constituirán el núcleo en torno al cual se concentra un conjunto de alianzas, desencuentros, pasiones y enemistades que, junto a los avatares sociopolíticos que se sucederán a lo largo de la década irán determinando sus trayectorias.

Los rasgos individuales que definen a estos personajes quedan apenas esbozados, pero sus vínculos indisolubles o esos lazos aleatorios que se desatan fácilmente servirán para que el lector los identifique y determinarán gran parte de los acontecimientos que iremos presenciando. Sin olvidar el vínculo que mantienen con su propio país, que a unos les mantiene en él  suceda lo que suceda y a otros les atrae como un imán del que no pueden (ni quieren) deshacerse por mucho arraigo y éxito que hayan logrado en el lugar que les acogió. Hablábamos de amistad, pero el exilio es otro de los grandes temas cuya presencia es constante en cada una de las páginas. El exilio y sus efectos en personalidad, estado de ánimo, opiniones, posición social y afectiva y, desde luego, en los afectos que se dejaron allá. Es por eso que amistad y exilio se encuentran tan ligados en la novela que apenas pueden separarse.

Pero volvamos a esa celebración que sirve para presentarnos, no solo a Clara, también a Irving, Horacio, Walter, Bernardo, Elisa… y que tiene lugar tras habernos puesto al corriente del encuentro e inicio de la relación de dos jóvenes de ascendencia cubana y residentes en Estados Unidos, Adela y Marcos, cuyo parentesco con el Clan mencionado entenderemos fácilmente en esas vueltas adelante y atrás narrativas que se mantendrán a lo largo de toda la historia. En esa celebración, decía, se mostrarán los perfiles de todos ellos, pero sobre todo será el momento idílico previo a la tragedia, una o varias, que se producirán poco después. A  partir de ese momento, veremos salir de Cuba a algunos de ellos, a lo largo del tiempo, por motivos diversos y con excusas diferentes; se consolidarán afinidades, se derribarán afectos que parecían indestructibles y la constelación amistosa se irá modificando sin cesar hasta un desenlace no tan imprevisible gracias a una serie de pistas que jalonan el relato y que no nos pasarán desapercibidas a poco que estemos atentos.

Recordemos que Padura ha frecuentado la novela negra, de ahí que la trama contenga misterios de varios tipos, entre ellos un suicidio (¿o fue asesinato?) cuyas circunstancias o parte de ellas no conoceremos hasta el final tal como mandan los cánones. A esto hay que añadir una desaparición, identidades confusas, filiaciones no aclaradas del todo y el viento del destino que, en forma de circunstancias externas y de fuerzas temperamentales, arrastra a los personajes en todas direcciones, tanto físicas como emocionales, incluso existenciales y éticas.

El paisaje habanero, sus gentes y la fuerza de atracción que todo ello ejerce sobre los que quedaron a un lado y otro de la frontera cubana será una presencia constante. Simboliza, como imaginarán, la llamada de la tierra, pero hay otro paisaje que, aunque secundario, producirá también un impacto emocional en el lector, un paraje agreste situado en Tacoma, al noroeste de Estados Unidos, cuyo efecto espiritual en el personaje de Loreta servirá para dar un giro definitivo a los acontecimientos. Y es que aquí vamos a encontrar de todo: creencias religiosas, posiciones políticas, corrupción a gran y pequeña escala, deserciones y lealtades a prueba de bomba, ambiciones personales y resignación de por vida, amores y odios, idealismo y pragmatismo, rencor, admiración y deseo. Sin olvidar algún episodio no demasiado verosímil y esos tiempos muertos y escenas irrelevantes, puede que demasiadas, de las que les hablaba al principio y cuya ausencia, en mi opinión, reduciría la novela a la mitad mejorándola notablemente.


Otras obras de Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros, Aquello estaba deseando ocurrir, La cola de la serpiente, Máscaras, Herejes

viernes, 9 de abril de 2021

P. Djèlí Clark: Ring Shout

Idioma original:
Inglés 
Título original: Ring Shout
Año de publicación: 2020
Traducción (al catalán): Martí Sales
Valoración: Recomendable (especialmente para jóvenes)

1922. Macon, Georgia. Una joven negra llamada Maryse se dedica, junto a sus amigas Sadie y Cordy, a matar monstruos. Monstruos que fueron invocados mediante brujería en 1915 y se han camuflado entre los miembros del Ku Klux Klan. 

Como podéis ver, la premisa de Ring Shout es sumamente atractiva. Y lo que empieza siendo un sencillo entretenimiento "pulp", un relato de venganza un tanto plano, no tarda en incorporar satisfactoriamente rasgos de fantasía, terror, drama y crítica social.

De esta novela destacaría lo siguiente: 


  • Los eventos reales que le sirven de telón de fondo (la esclavitud, los linchamientos, el segregacionismo, etc...) hubieran sido justificados por escritores menos competentes que P. Djèlí Clark a través de influencias sobrenaturales, y no al revés.
  • Le da un arco a su protagonista. Es algo lineal, pero deja buen sabor de boca.
  • Su villano, Clyde el carnicero, tiene un nombre cojonudo, un diseño moderadamente original y un rol amenazante.
  • En menos de ciento cincuenta páginas consigue comprimir un universo único, habitado por criaturas asombrosas y permeado por un sistema de magia la mar de interesante. 
  • Sus giros de tuerca funcionan a la perfección (salvo uno, que era un tanto obvio); no sólo me parecieron orgánicos, sino que añaden plausibilidad al conjunto. El que justifica que Maryse sea la "chosen one", por ejemplo, excusa que este tropo por lo general nefasto haya sido empleado.
  • La salpica un humor que oscila entre lo meramente simpático y lo ocurrentemente cáustico.
  • Cobija secuencias que harán las delicias de los amantes de la adrenalina, la violencia y el "gore".
  • Además de reflexionar en torno al racismo, en qué es lo que hace que los hombres se conviertan en monstruos y en cómo todo ser humano debe luchar contra sus propios demonios, aborda multitud de temas de refilón: el folclore de los negros, el uso de "the N-word", la igualdad entre hombres y mujeres, el socialismo, la propaganda, el sensacionalismo en los medios de comunicación, las teorías conspirativas...
  • Su poderoso mensaje final viene a decir que la «rabia pura» que provoca la discriminación a aquéllos que la sufren «exige justicia», pero nunca debe combatirse con «odio».
  • Sus referencias a H. P. Lovecraft y su literatura. Mención especial para ésa que aparece en el epílogo y daría pie a una secuela. 
  • Su audacia a la hora de subvertir el subgénero del horror cósmico desde el respeto por sus fundamentos, aunque criticando sus excesos y sus rasgos identitarios más caducos, de un modo similar al perpetrado por obras afines (así a bote pronto me viene a la cabeza Territorio Lovecraft, de Matt Ruff).
  • Su capacidad para dialogar con la Historia americana y con diversas piezas artísticas de connotaciones supremacistas (pienso en El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith).

En cuanto a los defectillos que le he encontrado a este texto, que son menores y para nada entorpecen la gratificante experiencia que supone leerlo, señalaría éstos: 


  • Va dirigido a un público "young adult", de modo que puede llegar a alinear a otras demografías. Asimismo, es innegable que cae en algunos vicios de este tipo de literatura. 
  • La voz narrativa sabotea ciertas escenas, pues su tono gamberro no acaba de casar siempre con los momentos de acción o tensión.
  • Su prosa, aunque funcional, podría haber compaginado tanta descripción con evocación, e incluir más figuras retóricas, aparte de los abundantes símiles.
  • En ocasiones se pasa de peliculero, lo cual dificulta tomarlo en serio. 
  • Me hubiera gustado que se le diera foco a la faceta de contrabandista de licores del grupo protagónico.
  • Echo en falta la complejidad y desarrollo de Maryse en el resto de personajes, así como una mayor sofisticación en sus dinámicas e interacciones mutuas. 
  • Quizá las motivaciones de las Tías, que son ambigüas durante sus primeras apariciones, se esclarecen demasiado para mi gusto en el epílogo.

Sea como fuere, Ring Shout es una ficción adictiva, repleta de buenas ideas, ejecutada con solvencia y portadora de un mensaje relevante. La recomiendo a los amantes del "pulp" con trasfondo; a los admiradores de Lovecraft que estén dispuestos a admitir que las bases sentadas por él pueden dar pie a seductoras variaciones; a todo aquel que quiera pasar unas horas entretenidas a la par que rumiar sobre diversas problemáticas que llevamos arrastrando desde hace siglos. 

jueves, 8 de abril de 2021

Javier Martín: No hay tierra sagrada para los vencidos

Idioma original: Español
Años de publicación: 2020
Valoración: Más que interesante

A medio camino entre la crónica, el reportaje y el ensayo, "No hay tierra sagrada para los vencidos" es un texto en el que se desgranan las razones de las crisis migratorias de la última década y en el que se recorren escenarios clave en la geopolítica mundial de comienzos del siglo XXI (y lo que viene, ojo).

Su comienzo, con testimonios de jóvenes migrantes procedentes del África subsahariana, de territorios marcados por la guerra, la desigualdad y el expolio, acerca al texto a la crónica (al estilo, por ejemplo, de Alexievich), aunque Javier Martín no se queda ahí y utiliza esos testimonios para el posterior desarrollo de temas que se sitúan en la raíz de los movimientos migratorios, como serían la merma de los modelos tradicionales de vida, la fragilidad política que asola al África mediterránea y al Sahel (con la excepción de la monarquía marroquí), el fracaso de las Primaveras Árabes, la expansión del yihadismo, la consolidación de la economía del contrabando de bienes y personas, etc.

Esa estructura, testimonio y reportaje, se repite a lo largo del texto. A las palabras de los migrantes se suman las de esclavas sexuales del Estado Islámico, de periodistas, comerciantes, etc que dan paso a la Historia (con mayúsculas). Y esta inserción de las historias (con minúsculas) en la Historia funciona de maravilla y sirve para poner rostro y dar voz a personas que no dejan de ser peones o títeres de sátrapas, tiranos, multinacionales y democracias consolidadas que no hacen otra cosa que jugar una gran partida de ajedrez en un tablero en el que poco o nada tienen que decir sus teóricos propietarios.

Pero el recorrido no se limita al presente sino que retrocede en el tiempo y repasa, por poner como ejemplo los temas más desarrollados en el texto, el origen y extensión del yihadismo en la región desde los tiempos de la invasión soviética de Afganistán o la revolución iraní o el recorrido de Libia desde los tiempos de la colonia italiana hasta la actual guerra "externalizada", con parada y fonda en los vaivenes gadafistas.

Más allá de nombres y fechas, algunos de ellos totalmente desconocidos para un profano en la materia como yo, el texto resulta sumamente interesante para el análisis, alejado de lugares comunes y visiones partidistas, de una realidad infinitamente más compleja y cercana de lo que a simple vista puede parecer.