domingo, 23 de septiembre de 2018

Neil Gaiman: American Gods

Idioma original: inglés
Título original: American Gods
Año de publicación: 2001; edición (ampliada) del X aniversario: 2011
Traducción: Mónica Faerna 
Valoración: muy recomendable 


Los dioses perecen si los mortales no les adoramos: ésta es la premisa que atraviesa toda esta novela de Neil Gaiman. Es más, los dioses no existirían si los humanos no los hubiésemos creado y sólo existen en la medida que creemos en ellos, como cualquier otra criatura de ficción (incluso, añado, los dioses del monoteísmo, si es que no son el mismo, que han tenido tanto éxito en los últimos siglos. Que vayan tomando nota...).

Los dioses, pues, viven y mueren entre nosotros. pero, al parecer, lo tienen un poco más difícil en los Estados Unidos de América, un país singularmente refractario a los dioses antiguos, que deben sobrevivir allí como timadores, taxistas, funerarios o prostitutas... Este es el mundo extraño y clandestino en el que se ve introducido Sombra (¿a qué se debe la traducción de Shadow, pregunto yo? ¿Y ya puestos, a qué se debe la no traducción del título de la novela?), un tipo que acaba de salir de la cárcel, cuando empieza a trabajar para el señor Wednesday -en este caso, la no traducción por "Miércoles" sí que tiene explicación-, un enigmático individuo que conoce en el vuelo de vuelta a casa. Y se ve metido de lleno también en los prolegómenos de una guerra secreta, casi al estilo mafioso, entre los viejos dioses y los nuevos.

Una guerra que transcurre entre moteles cutres, gasolineras y restaurantes de carretera, en esos lugares sagrados -o antisagrados- que son los insólitas atracciones de todo tipo que abundan por toda la "América profunda", puesto que, de hecho, casi toda la novela transcurre en el Medio Oeste o el Sur rural de EEUU, lejos de las grandes ciudades. Porque American Gods es en gran medida -aunque no sólo-, una road-novel, con Wednesday y Sombra a modo de Quijote y Sancho contemporáneos -es más, al igual que en la novela de Cervantes, encontramos varios desvíos de la ruta principal, historias dentro de la historia, en ésta de Gaiman-; es también, según confiesa él en el prólogo, la novela que escribió el autor de Coraline, para ser capaz de adaptarse, comprender y asumir Estados Unidos, país al que acababa de mudarse y que necesitaba hacer suyo, de alguna manera. Y es cierto que esto, en gran medida (o en toda la medida) es American Gods: la trasposición o trasplante del "universo Gaiman" a los Estados Unidos de América. Más aún cuanto que en esta novela tiene también un protagonismo fundamental tanto lo ultraterreno  como el reverso onírico de la realidad; hasta donde yo lo conozco, la huella de The Sandman se deja ver aquí de forma evidente.

No es ésta, naturalmente, ni la única ni la primera obra de ficción en la que, bajo la capa de unauna aparente realidad (casi cabría hablar de "realismo sucio") se esconde un mundo fantástico, sobrenatural; a día de hoy, estamos hartos de novelas, cómics o películas que nos revelan la existencia secreta, entre nosotros, de redes o sociedades extraterrestres, de vampiros, licántropos o lo que sea... pero cuando se publicó American Gods, este recurso no era tan frecuente: estaban, sí, las novelas de Anne Rice, los cómics de la editorial Vertigo (justamente), los Men in Black... pero aún así, la idea de transferir los mitos de las religiones paganas, ya fueran nórdicas, celtas o eslavas- a la Norteamérica contemporánea no podía sino generar una gran repercusión.

Por supuesto, no es una novela perfecta -sí, creo yo, en lo estilístico-: funciona mejor, en mi opinión, cuando se mueve en una atmósfera más oscura, incluso críptica, y peor en los momento más coloristas, casi carnavalescos, que los hay... Lo mismo se puede decir de algún que otro toque algo edulcorado. Y en cuanto al protagonista, Sombra, cierto es que resulta imposible no simpatizar con él desde un principio hasta el final, pero también que es un personaje que, desde ese primer momento hasta el término de la historia (si es que termina), no parece cambiar ni evolucionar apenas, pese a las extraordinarias experiencias -imposible que sean más extraordinarias, además- que le suceden.

Ahora bien, que esta aventura narrativa no haya alcanzado una supuesta "perfección" no es óbice, ni mucho menos, para recomendarla; es más, casi siempre rs en la imperfección donde reside el mayor interés de las cosas e incluso el máximo deleite. Que se lo digan, si no, a los viejos dioses, que de perfectos, precisamente tenían bien poco... Y ahí está la gracia.


Nota para interesados (si es que los hay): perdón por soltar el rollo de cómo es que me decidí a leer este libro, etc..., pero quiero aclarar que no tiene nada que ver con la serie de televisión, a la que corresponde esta sugerente imagen (y que no he visto) y sí con mi interés en leerlo antes de Mitos nórdicos, del mismo autor... Coming soon in Un Libro Al Día ; )


sábado, 22 de septiembre de 2018

Jakob Wassermann: Caspar Hauser

Idioma original: alemán
Título original: Caspar Hauser oder die Trägheit des Herzens
Traducción: Jorge Miracle Arola
Año de publicación: 1908
Valoración: Recomendable


La historia de Caspar Hauser no es exactamente una leyenda, sino una serie de hechos sorprendentes ocurridos en Alemania en el siglo XIX. Como seguramente muchos conocen, Hauser fue un muchacho que apareció un buen día en Nuremberg como salido de la nada. Sin apenas ser capaz de andar ni comunicarse, llevaba dos papeles en los que figuraba su nombre y supuestos datos sobre su nacimiento y origen. Más tarde se averiguó que desde muy pequeño había vivido recluido en una especie de zulo, en la oscuridad y sin más contacto con el mundo exterior que la visita periódica de un hombre misterioso que le alimentaba a pan y agua. 

El misterio de Caspar se extiende a otros episodios de su vida, incluyendo su asesinato, hoy en día todavía no esclarecido. Todo lo cual no ha dejado de excitar el interés de sucesivas generaciones, alimentando desde investigaciones científicas hasta chismorreos populares, pasando naturalmente por recreaciones artísticas, entre las que se encuentra la obra que intentaré comentar, pero también alguna que otra película (la de Werner Herzog es la más conocida), esculturas y nombres de parques o hasta de asociaciones de distinto tipo.

El libro de Wassermann es una biografía novelada que da la impresión de ajustarse con bastante precisión a los datos de que se dispone. Seguramente por ello no le dedica mucho espacio a la etapa de cautiverio del joven, aunque es en principio el elemento más impactante de la historia: recluido desde edad muy temprana, Caspar no conoce nada más que a sí mismo y las puntuales apariciones de su carcelero, no ha visto el sol, ni árboles ni edificios, ni a otros seres humanos. A pesar de tratarse de una situación muy potente, quizá hay que agradecer aquí la mesura del autor, que evita dejar volar demasiado la imaginación.

Como es de suponer, la aparición del adolescente causó estupor en la pequeña ciudad provinciana, y pronto se suscitaron rumores, fantasías y recelos. Más o menos protegido por las autoridades locales, Caspar fue quedando bajo la tutela de sucesivos ciudadanos honorables: una especie de científico, un jurista, una dama de la buena sociedad, un profesor, incluso se mantuvo bajo protección (y financiación) de un extraño noble inglés, cuyos sentimientos hacia el muchacho resultan un tanto equívocos, y a quien Wassermann asigna un papel protagonista en un confuso complot contra su protegido. A este respecto, algunas hipótesis, por lo visto no demasiado descabelladas, apuntan a que el joven era descendiente de alguna insigne familia de los principados alemanes, e incluso del mismo Napoleón, viéndose la criatura retirada de la circulación para no perturbar intereses políticos o dinásticos. No hace aún muchos años que se han realizado pruebas de ADN para esclarecer estos extremos, y este confuso origen explicaría posibles intenciones de quitarle de en medio definitivamente.

Las dificultades de este desdichado no se limitan a su terrible infancia, sino que se extenderán a su etapa en libertad, porque junto a cierto sentimiento protector brotan suspicacias, acusaciones de fraude, e incluso varios intentos de acabar con su vida. Se diría que Caspar despierta de alguna manera las más bajas inclinaciones allá donde vaya. Sus sucesivos tutores terminan, bien exhibiéndole como un fenómeno para ganar relevancia social, o intentando seducirle sexualmente, pero, siempre y sin excepción, desconfiando de él o exasperándose porque por algún motivo su comportamiento no es lo que se esperaba. Se diría que Hauser descoloca a la sociedad y sobre todo a quienes le tienen más próximo, no saben qué hacer con él, no comprenden sus reacciones y terminan por odiarle y repudiarlo. En una lectura más actual, diríamos que es un individuo ‘diferente’ (en este caso, por su origen desconocido, pero sustituyámoslo por raza, religión, lengua, costumbres), ante el cual los individuos se movilizan inicialmente para acogerle, pero que con el paso del tiempo se vuelve algo incómodo, que no encaja en lo establecido y a quien terminan por atribuirse mentiras e intenciones oscuras sin que siquiera se sepa en qué consisten. La sensación de profunda injusticia se transmite con eficacia al lector, porque el joven aparece zarandeado por motivos fútiles, y cuestiones insignificantes son suficientes para provocar una marea de acusaciones y reproches. Todo ello hace más verosímil la existencia de intereses y manos negras que agitan la situación; como el autor tampoco profundiza sobre el particular, esa misma opacidad termina por convencernos de que en el fondo sí hay una fuerza oculta que pretende acabar con Caspar.

El problema de Wassermann (a lo mejor no muy distinto al de este reseñista) es que necesita demasiadas páginas para contar las cosas, que además tampoco son tantas, y son bastante similares. Los personajes -en general más bien ‘sobreactuados’, probablemente no lejos del expresionismo- son definidos y matizados una y otra vez sin escatimar extensión. Curiosamente, a fuerza de observarlos con ese grado de detalle terminan por resultar sumamente humanos, dubitativos, cambiantes, poliédricos. A cambio, el ritmo del relato se hace algo premioso, y parece que el autor no da con la fórmula para construir una narración más ágil o menos lineal. O es quizá que quiere por encima de todo ser fiel a la historia original y se abstiene por ello de introducir otro tipo de elementos, situación que resulta bastante habitual en biografías noveladas, que suelen terminar resultando algo plomizas.

No obstante estas carencias, hay también que destacar el fino sarcasmo que recorre las páginas del libro, o algún detalle formalmente más innovador, como la existencia de un capítulo entero conteniendo cartas cruzadas que los personajes se envían unos a otros. Y bueno, aunque sea algo anecdótico, tampoco puedo dejar de mencionar la grandeza de Wassermann para ponerle títulos fascinantes a los capítulos. Y de muy distinta coloración, vean si no:
  • Poéticos: El corazón del mirlo, o Se hará la noche
  • Cervantinos: Conversación entre un enmascarado y otro que se desenmascara, o Se averigua algo del profesor Quandt, así como de una dama sin nombre
  • Modernos en plan generación X: Religión, homeopatía, gente de todas partes 
  • Grandioso y sintético para terminar: Aenigma sui temporis
También de Jakob Wassermann en ULAD: El caso Maurizius, Golowin

viernes, 21 de septiembre de 2018

Nuria Amat: El sanatorio

Resultado de imagen de el sanatorio nuria amat amazonIdioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: Inane

Tras catorce días viendo el libro abandonado en cualquier rincón de mi casa, abriéndolo de vez en cuando a regañadientes por puro sentido del deber, tengo muy claro que mi obligación es decir la verdad. Y la verdad es que, por una serie de razones que especificaré más adelante, me ha agotado esta lectura, de ella apenas he disfrutado algunos párrafos a los que jamás habría llegado motu proprio. Eso no quita para que me cueste horrores emitir una opinión tan extrema sobre una obra cuya autora es sobradamente conocida, y reconocida, en nuestro panorama literario. Recuerdo, una vez más, lo subjetivo de mi visión y que no pretendo sentar cátedra. Por eso, a todo el que sienta curiosidad, le animo a comprobar por sí mismo qué es lo que hay detrás de un título tan sugerente.
Hasta ahora, Nuria Amat no era más que un nombre para mí, esta es mi primera incursión en una obra suya y puede que sea una limitación a la hora de juzgarla. Porque quizá deba situarse a El sanatorio entre sus obras menores. Porque ubicar un texto en un contexto puede prestarle una categoría que no se aprecia en el producto aislado. Porque quizá mi valoración esté lastrada por el desencanto al no encontrar lo que esperaba (una novela distópica). Porque, al fin y al cabo, se trata de una obra valiente y sincera, virtudes que, si bien no son garantía de calidad, considero indiscutibles y es de justicia resaltarlas.
De todas formas, me sorprende que una escritora cuya profesionalidad es de sobra conocida presente –aunque no constantemente, por fortuna– unas… digamos peculiaridades sintácticas que no cuadran, ni con lo que esperábamos a priori ni con otros fragmentos del texto. Hasta tal punto que algunas frases resultan farragosas y otras francamente ininteligibles.
En primer lugar, aclaro que, aunque a primera vista lo parezca, no estamos hablando de ficción, ya que la autora no se está inventando nada, ni siquiera recreando hechos reales. Nada que se parezca al asfixiante y opresivo escenario de hechos distópicos, al estilo de El cuento de la criada, aunque la imagen de portada y el texto de contraportada induzcan a pensar que es así. Tampoco es propiamente un ensayo, pues no reflexiona sobre ningún asunto concreto. Podría decirse que se encuentra a mitad de camino de cualquier género y de ninguno, al moverse entre la libre expresión de sentimientos, la reflexión metaliteraria y la introducción de datos conocidos. Estos le sirven para recrear, aunque muy rara vez, situaciones hipotéticas (y esto es lo más cercano a la narración que encontraremos) y, más a menudo, para dialogar con Siegfried Unseld, editor que fue en su época de autores de primera línea (Walser y Bernhard, por ejemplo) y que tiene en su haber una obra extensa, gran parte de la cual está dedicada a relatar la relación que mantuvo con sus editados. Entre ellas destaca El autor y su editor, publicada en alemán en 1985 y que quizá haya servido a Amat de fuente para gran cantidad de episodios.
Procedimientos similares fueron utilizados por autores como Claudio Magris, Orham Pamuk y Cees Noteboom, entre otros, aunque con resultados infinitamente mejores. Al igual que ellos, se propone romper las fronteras entre géneros, tal como insinúa en algún punto y como ha venido haciendo en obras anteriores. Quien nos habla aquí es la propia Amat, en primera persona, exponiendo un punto de vista muy concreto sobre los hechos que se están desarrollando en la Cataluña actual (el sanatorio del título). Para ser exactos, más que un punto de vista, se trata de una explosión de sentimientos, de una larguísima lamentación (para mí absolutamente tediosa) con la que introduce el texto –y que abarca algo menos de un tercio del total– y vuelve a aparecer más adelante entremezclada con el resto de contenidos. Estos consisten en una recopilación de informaciones sobre la trayectoria literaria de autores como Duras, Kafka y Flaubert, además de los mencionados, a lo que añade sus personales reflexiones sobre el oficio de escribir, pequeñas cuñas que podrían calificarse de ensayo literario y que, en mi opinión, constituyen lo más gratificante, incluso lo único aprovechable, de El sanatorio. Este sesgo metaliterario sirve secundariamente para quitarnos de encima tanta angustia.

jueves, 20 de septiembre de 2018

José Luís de Juan: Este latente mundo


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1999
Valoración: Muy recomendable

Quien más quien menos, si asoma su nariz por este ciber engendro también lo hace por alguna biblioteca. Ummm! Esos espacios acogedores y sublimes, catedrales del saber, reservas de curiosidad y silenc

-Pero bueno, oiga Usted reseñador de medio pelo, deje las digresiones a Javier Marías, bájese los humos y hable de algún libro. Y lo del silencio… lo del silencio, en fin, será cuando cierran por inventario.
-Cierto, mis disculpas, el cliente siempre tiene la razón. 

Este latente mundo discurre en gran parte en bibliotecas, entre montones de papiros o entre centenares de miles de libros sistemáticamente catalogados y ordenados y lo hace además de manera simultánea en dos momentos diferentes y a la vez paralelos, entre el ajetreo polvoriento del Bajo Imperio de Roma por un lado y la segunda mitad del siglo XX por el otro, en la enmoquetada Universidad de Harvard, en Boston, Estados Unidos. Y la manera en que el autor ha sabido engarzar una situación y una trama en la otra es, desde luego, uno de sus evidentes aciertos. Y tiene más.

Lo que hace latir estos mundos es, desde luego, el deseo. La fuerza irrefrenable  por conseguir al otro, la seducción y la excitación compartida, la maravillosa locura del goce. El ponerse en riesgo –en según qué circunstancias y ante según qué ojos- por amar a alguien del mismo género. Es este pulso, profundo y hedonista, el que atrapa la curiosidad del lector y envuelve en fascinación la lectura. Las situaciones y los personajes existen y se desenvuelven en una bien lograda atmósfera de transgresión –rayana incluso con el thriller- por las sombras y los límites de lo convencional y admisible, de lo decente y público. Es, por tanto, una realidad discreta, oculta, lista para ser desvelada para quien se asome a sus páginas. 

Amanuenses, sátirocopistas, ventrílocuos…Los que se dedican a leer y recrear, a alterar, mejorar o desvirtuar lo que otros previamente dejaron por escrito. Personajes como el copista de origen sirio Mazuf que se desenvuelve en la Biblioteca de Trajano, en la Tiberiana, en la del Palatino. O como el estudiante de Derecho Laurence, llegado del medio Oeste, que actúa a su vez en las de Harvard: Gutman, Langdell, Widener... También ellos tienen en común el merodeo: “Ahora como entonces, a Widener y a cualquier otra biblioteca no se va a leer sino a merodear. Claro que leer es también merodeo, búsqueda de trémulo placer en el humo que despiden las palabras”.

Pero también es destacable el estilo, el lenguaje con el que José Luís de Juan (Palma, 1956) elaboró Este latente mundo. Con un tono mesurado, templado, sin cargar tintas ni recrearse en lo frivolo o en lo escabroso, hasta las escenas más explícitas –y abundan con minucioso detalle- aparecen  como impregnadas de una sobria objetividad, como cuando asistimos a “efusiones carnales, por lo general en grupo”. Por lo visto, Este latente mundo adquirió cierta condición de icono entre lectores lgtb –nuevas disculpas por si me dejo alguna inicial- habiendo tenido ediciones para el mercado inglés –“This breathing world”- y francés –“Les souffles du monde”-. Y hasta aquí, me parece, se puede contar. Por estas razones me parece muy recomendable; calificación que aplico igualmente a los frecuentadores, y merodeadores, de cualquier tipo, tamaño o condición de biblioteca.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Javier Ramos: El señor Gro y la hija de la viuda Stern

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable

Cada vez corremos menos riesgos a la hora de elegir nuestras lecturas, solo nos lanzamos con autores o editoriales que —a nuestro entender— son un valor seguro, y qué estrepitosas decepciones nos llevamos con algunos de esos valores seguros. Y a pesar de ello nos continuamos resistiendo a salir de nuestra zona de confort. Pero no soy quién para dar lecciones; en algo más de un año que llevo colaborando en ULAD esta solo es la segunda obra de autor desconocido que reseño y porque tiene el aval de un premio literario (cosa que ya tampoco es garantía de nada).

El Señor Gro y la hija de la viuda Stern ganó la edición del 2017 del Premio Internacional de Narrativa «Novelas Ejemplares». Se trata de una novela corta con setenta páginas rebosantes de una prosa poética, original y envolvente. 

Resumen resumido: el anciano Gro lee un libro en un banco de la plaza, todos los días el mismo libro durante años. La gente del pueblo siente curiosidad y recela, y mandan a la pequeña hija de la viuda Stern para que le sonsaque qué lectura es esa que lo mantiene tan absorto.

Esta es una de esas novelas en las que prima la atmósfera sensitiva por delante de la trama, la experiencia lectora tiene más que ver con llegar a un estado mental concreto que con la historia en sí, y por ello es difícil captar su esencia con un resumen. Porque El señor Gro y la hija de la viuda Stern conduce al lector a la esfera de las fábulas y los sueños —un poco en la línea de El Principito— para tratar cuestiones que no se pueden abarcar desde la razón o el realismo. 

¿Y qué cuestiones son esas? Pues aunque cada lector lo percibirá en función de su bagaje emocional y sus experiencias vitales, hay dos temas que toman especial relevancia: por una parte, el duelo como proceso que cada cual gestiona como buenamente puede y que tiende a aislar al individuo de su entorno y su realidad, que suele ir acompañado de culpa o tristeza o ambas, y que necesita un tiempo más o menos largo hasta que finalmente se resuelve. Por otra parte, la penalización por ser diferente, el hecho de no encajar y sufrir el aislamiento, incluso el exilio, en manos de un entorno social viciado, pequeño y endogámico. El retrato que se hace en la novela de ese pueblo o masa social, sumido en la incultura y la desidia, está muy conseguido:
«El día de la boda, se cogían de la mano como para vadear un riachuelo. La viuda Stern se dejaba felicitar por sus vecinas, que tenían en la boca un bombón pegajoso e inagotable que venía a decir, que venía a callar: ¿qué va a darle tu hija al tonto del pequeño del pescador? ¿qué va a darle tu hija, blanca como la vemos, al tonto del pequeño del pescador, si estamos hartas de verla con la falda arremangada y el culo de ese tonto entre sus piernas detrás de la tapia de la conservera? (…)»
Los hechos, palabras y pensamientos de los personajes se entrecruzan con la voz del narrador en tercera persona, sin por ello entorpecer la lectura y logrando una gran cercanía. Porque el estilo es el verdadero eje vertebrador de la obra. Las imágenes y metáforas resultan tan personales y originales que crean un mundo propio entre el narrador y el lector. No resulta sencillo elegir una sola cita puesto que las setenta páginas de la obra son una continua cita que invoca a la lectura: 
«Es muy sensato lo que dices, Gro, dijo la hija de la viuda Stern. Cincuenta años, mis pechos se me han hundido en la blusa y mi pelo es corto y es feo, y el señor Gro me llama muchacha con su voz trabajosa. Es bonito ver cómo un viejo busca una palabra y la encuentra y la dice. Se ve la palabra muy nítidamente rehuyéndole y se ve cómo suavemente la coge entre sus labios (como con las manos se saca un pájaro del nido y se le impulsa), y después la dice.»
Así que recomendable por lo personal y expresivo de la apuesta (diría que no es un tipo de obra que abunde en el mercado por lo que aún debería ser más celebrado su reconocimiento mediante premio y publicación), y porque ofrece una lectura pausada que invita a degustar cada palabra y percibir las sensaciones que produce. Una buena oportunidad para leer porque sí y no para ver qué pasa.

martes, 18 de septiembre de 2018

Jesmyn Ward: La canción de los vivos y los muertos

Idioma original: inglés
Título original: Sing, unburied, sing
Traducción: Francisco González López (edición en castellano), Josefina Caball (edición en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

«No hay felicidad aquí», dice Jojo, el pequeño protagonista de trece años en medio del libro. Y tiene toda la razón. Ni hay felicidad en el mundo de Jojo, ni la hay en esta gran obra literaria, ganadora del National Book Award en 2017. Pero de eso se trata cuando se trata de hacer un retrato de una parte de la sociedad americana que vive en los márgenes, con la tragedia que acecha para irrumpir a la mínima oportunidad.

Así, son necesarias unas pocas páginas para ser consciente del dominio de la narración por parte de la autora, pues, más allá de utilizar un estilo cuidadoso en la elección de las palabras, es hábil y eficaz al elegir la estructura, repartiendo la narración entre diferentes personajes: Jojo, Leonie y Richie. La narración corre a cargo de ellos, siempre realizada en primera persona, y la autora es hábil al dotarlos de una riqueza en matices que les otorga una personalidad propia y marcada que los hace inconfundibles.

Directa al grano, Ward nos sitúa rápidamente en contexto y nos encontramos, de golpe, con una realidad asfixiante: una familia desestructurada y muy pobre, con problemas de diversa índole que arrastra de su pasado y que persisten en su presente, viviendo como buenamente puede en una casa de campo donde crían animales que servirán de alimento a sus hambrientas bocas. Y ya de entrada conocemos a Jojo, y la manera en la que la autora lo introduce en la historia es brillante: nos pone en la piel de ese niño de trece años, y empatizamos perfectamente con él, percibiendo su profundo respeto hacia su abuelo, la desconfianza hacia su madre, ausente en muchas ocasiones y totalmente despreocupada de ejercer como tal, con una figura paterna que está en la cárcel y una hermana pequeña de quien debe hacerse cargo, un tío fallecido de manera trágica; y los abuelos, esas figuras que actúan siempre como referente cuando todo lo demás se tambalea, pilares de un hogar que se sostiene a duras penas.

Una vez definido claramente el contexto, a Jesmyn Ward le bastan pocas páginas para establecer cuáles son las raíces de la familia y de la propia historia. Sabemos lo que hay y de donde partimos, pues con unas breves pinceladas sobre el pasado de los personajes empezamos a ver que, aunque lo que nos cuenta no es poco, hay mucho más, y la autora prefiere suministrárnoslo a pequeñas dosis para que podamos soportar la carga. Porque hay muchas carencias en la familia, y no únicamente de índole económica, sino también afectiva. Porque la madre está, pero no se puede contar con ella, evadida en ocasiones en sustancias psicotrópicas, el padre en la cárcel de la que saldrá en breve, la abuela terriblemente enferma, y un abuelo que infunde respeto pero que parece ser el único que proporciona cierta estabilidad a la familia. Y los niños, solos, hambrientos, desamparados y emocionalmente abandonados. Y un pasado que les marca, les persigue, les atenaza y les asusta.

Y, por si la situación no fuera ya suficientemente tensa, la autora orienta la historia hacia un viaje emprendido en coche en la búsqueda del padre que sale de la cárcel, para traerlo de nuevo a casa; un viaje que, recorriendo Misisipi desde el sur hasta el norte, los encierra dentro del vehículo en una claustrofóbica travesía, metiéndolos en un pequeño espacio que los pone al límite hasta prácticamente ahogarlos en sus propias y trágicas vidas. La sensación de agobio, de cansancio, de encerramiento es terriblemente palpable en cada una de sus páginas, y el desespero es absoluto como lo es su futuro desalentador. No hay ni un solo matiz de alegría, ni una luz que brille más allá de lo que lo hacen las miradas suspicaces de aquellos con los que topan de manera accidental, porque todo son accidentes, vitales, fortuitos, trágicos. Así, la autora aprovecha el viaje para hábilmente introducirnos la carga emocional del libro, alejándose de la supuesta road movie que uno espera para darnos pinceladas de experiencias pasadas, pero no olvidadas, historias sobre campos de trabajo donde hombres y niños negros eran esclavizados para recoger algodón hasta la extenuación, con los abusos de quien no tiene escrúpulos, sometiendo a los hombres y niños al duro trabajo en condiciones impropias para un ser humano. Y sí, hasta aquí la historia atrapa y conmueve, pues la intensidad narrativa es alta, pero arranca de manera definitiva con la aparición de un nuevo personaje...

Porque aparece Richie, y con él la historia despega y crece, pues su personaje conmueve, te atrapa, te asusta y te entristece. Porque intuimos la vida que tuvo, porque vemos a través de su experiencia esos abusos que marcan la vida por los recuerdos que dejan, de la misma manera que ocurre con el cuerpo a través de los latigazos de sus vigilantes. Así, el libro abandona parcialmente la carga de la trama en relación a los adultos, para dirigirla hacia los niños, y es en este punto, aproximadamente hacia la mitad del libro donde la historia vuela, se encierra sobre los niños a la vez que se abre en profundidad. Es ahí donde se recogen las pinceladas que la autora ha ido esbozando para tomar forma en un dibujo desolador, con los niños como símbolo de fragilidad, pero también de una fortaleza que asoma entre la miseria y el abuso, entre el maltrato y la desolación, forzándolos a una responsabilidad que supera la edad en la que la infancia debería ocupar la vida; los niños como símbolo de esperanza, como un futuro que está lleno de posibles, siempre que el éxito en la lucha permita llegar a ellos. Y es en esa segunda mitad de libro inmensa, que la historia va penetrando en las distintas capas del lector hasta suponer un peso que le arrastra hasta la profundidad de sí mismo, pues a pesar de la dureza y la aflicción que envuelve la novela su calidad impide que aparte un segundo la mirada de las páginas que vuelan como el pájaro de la portada. Porque el libro te obliga a seguir, te fuerza a sumergirte, y te somete a una desgarradora y triste historia de seres abatidos por su propia vida, por su propia desgracia, por su pasado, pero especialmente por un presente que no ha podido volar, pues la cadena que ata el paso del tiempo al pasado impide avanzar hacia un camino abierto a la esperanza.

La calidad que emana del libro viene de la potencia de su lectura a varias capas, pues nos retrata una sociedad fracturada, que aún no ha superado épocas del pasado en la que el racismo era evidente y se exhibía sin tapujos, en la que las relaciones interraciales parecían crímenes a ojos de la sociedad, especialmente a ojos de los blancos, quienes desde su lugar privilegiado abusaban y sometían a los negros. Y en cierto modo se sigue arrastrando esos tics racistas, y la autora lo expone, en los abusos policiales, en la violencia social que empaña y ensucia el clima cotidiano, siempre con una mirada hacia el pasado, pues vemos esos campos de trabajo para negros, de sol a sol, bajo la mirada del agujero del cañón de una escopeta en manos de los blancos. Y lo vemos a través del abuelo, y de Richie, y de tantos otros que sufrieron un pasado de condenable injusticia, pero también lo vemos en el presente, en los problemas en la aceptación de una familia interracial. Pero la historia no solo trata de raza, pues vemos también, en otra dimensión, una historia de amor, de amor desenfrenado y posesivo, de amor loco e irreflexivo, de amor nocivo y obsesivo, pero también vemos una historia de amor fraternal y bondadoso, de amor afectuoso y responsable, de amor protector y amable.

El libro nos ofrece una mirada cruda y real sobre el sur de EE.UU., sobre el pasado y el presente de parte de la sociedad negra que sufrió y sigue sufriendo, y lo hace con historias estremecedoras sobre personajes que, de tan magistralmente retratados, acaba conformando una realidad de la que no deberíamos separarnos, apartarnos, sino combatirla, y enterrar esas injusticias que hace demasiado tiempo que duran. Pero no únicamente ofrece este análisis, pues también es un retrato de lo que es una familia desestructurada, perfectamente narrado, con suficientes matices para huir de la típica historia que hemos visto mil veces, porque aquí la realidad y la honestidad se palpa en cada frase, no hay nada forzado, todo está perfectamente calibrado y suena tan real que es imposible salir de la historia indemne. Porque estamos delante de un inmenso libro, del que no puedes despegarte porque, a pesar que el peso de su historia te pide a gritos salir, airearte y alzar los ojos, su carga emocional y la capacidad narrativa de la autora provoca que se abra un vacío inmenso del que no es fácil salir, pues te arrastra hasta el mundo de Jojo y Richie, un mundo de que los niños no deberían formar parte, un lugar en el que los que viven en él están condenados a sufrir, pues están solos, desprotegidos y emocionalmente abandonados.

Y el canto del título, un canto a la lucha de los desamparados, de los humildes. Un canto a favor de una vida no experimentada de la manera en que debería serlo; una vida llena de cicatrices que la violencia de las vivencias soportadas ha debilitado hasta la casi extenuación. No hay optimismo para esas vidas, únicamente la necesidad de salir adelante e imaginar que otras vidas son posibles, a pesar del mundo que les agrede, de la sociedad que los maltrata, del azar que juega con ellas en una partida con las cartas marcadas como muescas causadas en su propia piel durante su cruel pasado. Ni la presencia de los espíritus, de los fantasmas del pasado, logran apartar ni un solo momento la historia de su trágico realismo, pues todos tenemos nuestros fantasmas que nos persiguen y nos echan en cara las decisiones erróneamente tomadas. Y los fantasmas nos persiguen, nos acechan, y no tendremos descanso hasta que afrontemos nuestro pasado y podamos luchar, cara a cara, con nuestros propios miedos y temores.

PD: he puesto la edición en catalán, pues encuentro más acertada la traducción del título (más fiel al inglés original: «Sing, unburied, sing»)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mircea Cărtărescu: El ala izquierda. Cegador, I

Idioma original: Rumano
Título original: Orbitor. Aripa stângă
Año de publicación: 1996 (Rumanía) - 2018 (edición de esta reseña)
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: Imprescindible


La imagen de un adolescente enfermizo y ojeroso contemplando, "como un sarcopto que excava canales en su piel de luz antigua", su propio reflejo y la ciudad de Bucarest desde la ventana de su habitación abre este primer volumen de la monumental trilogía “Cegador” y da una idea general de lo que en el encontraremos.

Porque “El ala izquierda” es un libro que parte del extrañamiento de uno mismo, una especie de autobiografía mítica, una profunda indagación en la propia identidad en la que memoria, recuerdo y nostalgia juegan un papel fundamental. Es, además, un paseo por un laberinto de espejos en un continuo realidad-alucinación-sueño separadas por membranas permeables, un libro tremendamente metafórico, plagado de imágenes y símbolos, de miedos atávicos y ritos ancestrales.

También podríamos definir “El ala izquierda” como el intento desesperado de responder a una pregunta tan sencilla y tantas veces planteada como “¿qué demonios sucede?”. Para averiguar qué sucede, quiénes somos o cómo hemos llegado hasta aquí, se hace necesario excavar en el pasado porque “el pasado lo es todo, el futuro no es nada. No existe otro sentido del tiempo”.

En esta excavación (utilizo excavación porque me recuerda a esos insectos tan recurrentes en la narrativa de Cărtărescu), el autor se remonta a los orígenes familiares casi míticos, con la huida (con tintes bíblicos) de sus antepasados desde Bulgaria a Rumanía.

Esta crónica familiar se detiene, en la segunda parte del volumen, en la figura materna. Esta parte de la narración es, digamos, la más convencional. Estamos en la sombría Bucarest de la Segunda Guerra Mundial y de posguerra y podría leerse como una novela de formación en la que asistimos a episodios clave de la juventud de la madre; episodios marcados por la guerra (bombardeos), la muerte, la devastación y el sexo. No obstante, también esta parte tiene sus momentos oníricos, como la historia del negro Cedric en Nueva Orleans o el turbador encuentro con una mujer encerrada durante años en una cabina de ascensor (y hasta aquí puedo leer).

La tercera y última parte de “El ala izquierda” parte de un recorrido por la Bucarest de los años 80, un Bucarest que se asemeja por momentos a míticos territorios literarios, y se centra en la figura del solitario y melancólico Cărtărescu, quien vuelve a sus recuerdos de infancia y adolescencia, recuerdos marcados por el descubrimiento del sexo y de mundos ocultos y desconocidos, como el de la azotea de la casa de Stefan cel Mare, en permanente metamorfosis. 

Estamos, en resumen, ante un libro crepuscular, grotesco y fascinante como el universo y como la mente humana, a medio camino entre la lucidez y la perversidad, con terribles analogías entre lo individual y lo total. Como decía al comienzo de la reseña, se trata de un libro muy metafórico (mucho),  que deja abiertas multitud de preguntas, multitud de dudas, y que, pese a todo, se lee con "relativa" facilidad. Porque si algo caracteriza la prosa de Cartarescu, además de su capacidad para reflejar los miedos y deseos más profundos e inconfesables del ser humano de cualquier época y lugar (y aquí vienen a la mente nombres como el de Kafka, Borges o Proust), es el ritmo. Creo que Cartarescu es un autor muy marcado por el fondo de sus textos y se nos olvida valorar que, pese a la complejidad de los mismos, su escritura resulta terriblemente absorbente y ágil.

Un único pero: ¡tenemos que esperar un año y medio para la segunda parte de "Cegador"!

P.S.: Lo dije en la reseña de "Solenoide" y lo vuelvo a decir: es algo totalmente subjetivo, pero el trabajo de Marian Ochoa de Eribe me parece complicadísimo e impecable.