sábado, 5 de diciembre de 2015
G. K. Chesterton: La sabiduría del Padre Brown
Título original: The Wisdom of Father Brown
Año de publicación: 1914
Valoración: recomendable
A estas alturas los lectores habituales ya habrán notado que este blog tiene una cierta debilidad por la literatura policiaca (Camilleri, Mankell, Padura, , Márkaris...); personalmente, la afición al género empezó por la serie de libros de los Tres Investigadores, y luego pasó a cosas de mayores, con los libros de Sherlock Holmes o de Agatha Christie. Pero en esas lecturas adolescentes también hubo un libro que me dejó huella: El candor del Padre Brown, en una edición de la colección juvenil de Anaya. Muchas de sus historias las recuerdo perfectamente, por su humor, su profundidad, su originalidad, por lo ingenioso de muchas de sus resoluciones y por la figura del detective protagonista, un cura católico gordo y bonachón.
Ahora, muchos años después, leo el segundo libro de la serie, La sabiduría del Padre Brown, y tengo que confesar que he quedado un poco (pero solo un poco) decepcionado.
Empiezo por la parte que no me ha decepcionado: La sabiduría del Padre Brown es una colección de relatos divertida, irónica (como todo lo que Chesterton escribió), original, ligera; se lee en una tarde, y es ideal para un viaje en el que se quiera estar entretenido, por ejemplo. Además, está muy bien escrita, con un cuidado por el estilo que no es común en muchas novelas policiacas, más interesadas en las complejidades de la trama y de la investigación que en las descripciones de paisajes y personajes, que en Chesterton son abundantes. Y el personaje del Padre Brown, con su apariencia tan poco atlética, su benevolencia católica y su espíritu campechano, sigue siendo uno de los detectives más "memorables" de la literatura.
Lo que me ha decepcionado, en muchos de los relatos, es la historia en sí, o sea, el crimen y su resolución; no sé si es que La sabiduría es inferior a El candor, o que yo ya no soy el mismo lector que cuando era adolescente. Pero muchos de los desenlaces de los relatos me han parecido inverosímiles o tramposos ("El hombre del pasillo" o "La cabeza de César", por ejemplo). La búsqueda de argumentos originales y de resoluciones sorprendentes hace que se creen situaciones inverosímiles, y son bastantes los relatos en los que la solución pasa por una confusión de identidades que solo el Padre Brown consigue esclarecer. Y en cambio en otros casos, la solución resulta ser banal, en particular en el primer relato del volumen, "La desaparición del señor Glass". Quizás "El final de los Pendragon" sea el relato más conseguido del volumen, porque las pistas que indican su desenlace están bien moduladas, de forma que resulta sorprendente sin ser rebuscado, y con un aura misteriosoa que yo recordaba en varios de los cuentos de El candor del padre Brown.
Otra cosa que llama la atención, aunque no podamos culpar exclusivamente a Chesterton de ello, es el cierto tono clasista, racista o chovinista que impregna ciertos relatos. Como buen británico, para Chesterton lo normal es lo británico, y además lo británico de clase alta; todo lo demás es barbarie: los italianos son apasionados y salvajes, los obreros son unos borrachos con los que hay que tener cuidado, y los negros o los indios son unos caníbales o unos hechiceros. Claro, eran otros tiempos, no hay que caer en lo políticamente correcto y censurar con efectos retroactivos, pero no por eso vamos a dejar de anotarlo.
Con todo, me reitero en lo que decía en el segundo párrafo: este es un libro que se disfruta, como lectura de placer y diversión; para más complejidad narrativa o filosófica pueden buscarse otras obras del propio Chesterton, como El hombre que fue jueves; y si no, si lo que se quiere es seguir disfrutando de las aventuras del Padre Brown, estamos de enhorabuena, porque todavía quedan otros tres volúmenes más...
También de G.K. Chesterton en ULAD: El candor del Padre Brown, El hombre que fue Jueves, Anécdotas de Londres y Nueva York
lunes, 30 de noviembre de 2020
G. K. Chesterton: Anécdotas de Londres y Nueva York
martes, 24 de noviembre de 2009
G. K. Chesterton: El hombre que fue Jueves
Idioma original: inglésTítulo original: The Man who was Thursday - A Nightmare
Año de publicación: 1908
Valoración: Muy recomendable
Cuando escribí aquella entrada sobre novela policiaca, cometí el imperdonable error de olvidarme de G. K. Chesterton (¡y nadie me lo advirtió!). No sé cómo pude olvidar al Padre Brown, uno de los detectives más originales de la historia de la literatura policiaca: un sacerdote de aspecto insignificante, tremendo ingenio y espíritu bondadoso. Hoy me propongo reparar ese error reseñando una de sus novelas, una obra de una originalidad y una capacidad para atrapar al lector, como pocas que yo haya leído.
El lema en el que se resume la novela podría ser: "nada es lo que parece". De hecho, me resisto a resumir el argumento, porque es casi imposible hacerlo sin destripar alguna de las sorpresas del libro, que son una parte importante de su encanto. El caso es que el libro mismo en sí tampoco es lo que parece: comienza como una novela policiaca -perteneciente, de hecho, al modernísmo género de las "novelas de conspiración" del ínclito Dan Brown, por ejemplo-, pero poco a poco va abandonando sus límites genéricos, y va adquiriendo un aire apocalíptico, místico y decididamente simbólico. De hecho su subtítulo en el original inglés ("una pesadilla"), frecuentemente omitido en las traducciones españolas, nos indica precisamente ese sumergimiento en lo subconsciente, que permite también relacionar esta novela con las tendencias literarias y psicológicas de su época -no olvidemos que, a pesar de su apasionante actualidad, El hombre que fue Jueves se publicó en la primera década del siglo XX.
G. K. Chesterton, como muchos otros escritores británicos (Oscar Wilde, Saki, Woodehose...) tenía el don del humorismo elegante y la paradoja deslumbrante (perdón por el ripio). Los diálogos de la novela con siempre inteligentes, y las situaciones no dejan de sorprender al lector. El final, cargado de simbolismo místico-cristiano, resulta verdaderamente extraño en lo que se presenta inicialmente como una novela policiaca, pero contribuye al mismo tiempo a hacer de esta novela una obra originalísima y muy especial, que merece la pena rebuscar en la librería.
También de G.K.Chesterton en ULAD: El candor del Padre Brown, La sabiduría del Padre Brown, Anécdotas de Londres y Nueva York
martes, 15 de diciembre de 2009
Libros para regalar: El candor del Padre Brown, de G. K. Chesterton
Idioma original: inglésTítulo original: The Innocence of Father Brown
Año de publicación: 1911
Valoración: Muy recomendable
Con esta entrada se inaugura una nueva serie de entradas en este blog, que hemos llamado "libros para regalar" y que pensamos que puede ser útil en esta época del año en que se regalan tantas cosas, y también, claro, tantos libros. Hemos intentado que sean libros que puedan gustar a mucha gente, lectores habituales o menos habituales, y que haya libros de todos los tipos: novela, ensayo, poesía, literatura fantástica, ciencia ficción...
En mi caso, me he decidido a recomendar un volumen de relatos policiacos: El candor del Padre Brown, de G. K. Chesterton, para terminar así de reparar el olvido imperdonable que cometí al no incluirle entre los clásicos del género. Como ya comenté en otra entrada, lo que más distingue a Chesterton de otros escritores de novela negra es su humorismo, muy británico: sus diálogos ingeniosos y sus tramas sorprendentes.
En los relatos protagonizados por el Padre Brown, el lector encontrará precisamente eso: mucho sentido del humor, misterios curiosos de solución (aparentemente) imposible y un detective inusual: el tal Padre Brown, un cura católico regordete, bonachón y de apariencia inocente, pero que, gracias a su inteligencia y a su conocimiento del alma humana -adquirido de tanto escuchar las confesiones ajenas- terminará desentrañando todos los crímenes que se pongan en su camino (aunque también, si la situación se lo permite, haga lo posible por salvar el alma del criminal, ya de paso).
De los relatos que aparecen en este volumen, yo tengo especial debilidad por uno que se me quedó grabado la primera vez que lo leí, hace un montón de años: "El signo de la espada rota", en el que el Padre Brown, en compañía del ladrón rehabilitado Flambeau, resuelve un caso que implica a varios personajes históricos basándose en testimonios, historias y leyendas que desmienten la versión oficial; una historia un poco tramposa, porque el Padre Brown siempre tiene más información que la que se le ofrece al lector para llegar a la solución, pero que resulta narrativamente muy interesante.
Por cierto que si algún lector no se fía de mí y quiere hojear -o leer- el libro antes de regalarlo, puede hacerlo gratis online, gracias a la Sociedad Chestertoniana Argentina.
También de Chesterton: El hombre que fue jueves, La sabiduría del Padre Brown, Anécdotas de Londres y Nueva York
domingo, 31 de enero de 2010
John Buchan: Treinta y nueve escalones
Idioma original: inglésThe Thirty-Nine StepsTítulo original:
Año de publicación: 1915
Valoración: está bien
Es curioso lo que ocurre con este libro: es conocido fundamentalmente por sus versiones cinematográficas (hasta cuatro, y se anuncia otra más para 2011), que sin embargo modificaron a voluntad el argumento y los personajes, así que la mayoría de la gente cree que lo conoce, pero no. Por ejemplo, quien se acerque al libro, como yo, esperando ver en papel la famosa escena del protagonista subiendo al Big Ben -de la película de 1978-, se va a llevar una gran decepción.
Treinta y nueve escalones (en otras traducciones, Los treinta y nueve escalones) es una especie de road movie, pero a pie. El protagonista, Hannay, es una persona normal, un aburrido viajero cosmopolita, que de repente se ve envuelto en una conspiración para desestabilizar Europa, y que perseguido a través de Escocia a partes iguales por los conspiradores y por la policía, debe utilizar el ingenio (y una dosis verdaderamente inverosímil de casualidades) para escapar sano y salvo, y detener el complot internacional.
Es curioso comprobar las similitudes (superficiales, claro) entre esta novela y El hombre que fue jueves, de Chesterton: en las dos hay una conspiración anarco-nihilista; en las dos hay persecuciones, a pie, en bicicleta, en tren... Las dos tratan de una conspiración de hombres tan inteligentes que casi son sobrenaturales, y en las dos los "buenos" son perseguidos también por la policía. Pero aquí se acaban las similitudes: Los treinta y nueve escalones es una novela de espías y persecuciones pura y dura, una novela de género al fin y al cabo, mientras que El hombre que fue jueves es una vuelta de tuerca muy personal al género. Si no fuera porque la novela de Chesterton se publicó antes, se podría pensar que era una parodia de la de Buchan; siendo al revés, no cabe pensar que Buchan tuviera en mente la de Chesterton, sino más bien los mismos modelos anteriores, muy de moda en la época.
Desde una perspectiva actual, saturados como estamos de explosiones y persecuciones a lo James Bond, la novela resulta un poco floja: le faltan cliffhangers como los que llenan los actuales best-sellers, y alguna trama secundaria (¿qué tal algún personaje femenino, señor Buchan?) que anime el cotarro; en todo caso, resulta una lectura entretenida, y como es cortita, tampoco cabe lamentarse mucho por haberla leído.
viernes, 6 de noviembre de 2009
250 entradas - 250 años (I)
Como la lista de "nominados" y "premiados" es muy larga, la dividimos en dos partes: publicamos hoy la lista de libros que obtuvieron un solo voto, de alguno de nosotros (los "nominados"). Mañana publicaremos la lista de los 14 libros que obtuvieron más de un voto y que, por lo tanto, se puede decir, son "los 14 mejores libros escritos en los últimos 250 años según Un libro al día". Como veréis, en la lista -la de hoy y la de mañana- hay un poco de todo: mucha literatura consagrada (no es un canon excesivamente rompedor en ese sentido); casi todo novela, con algunas incorporaciones de novela gráfica, ciencia-ficción o novela fantástica; bastante literatura en español (con predominio de Hispanoamérica) y sobre todo una aplastante mayoría de obras del siglo XX.
Esta es, en fin, la lista de nominados:
- ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick
- Antología poética, Miguel Hernández
- Canto a mí mismo, Walt Whitman
- Cantos de Maldoror, Isidore Ducasse
- Capitanes de la arena, Jorge Amado
- De ratones y hombres, John Steinbeck
- Dune, Frank Herbert
- El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez
- El barón rampante, Ítalo Calvino
- El candor del padre Brown, G. K. Chesterton
- El color de la magia, Terry Pratchett
- El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
- El lobo estepario, Herman Hesse
- El marino que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima
- El proceso, de Kafka
- El profeta, Khalil Gibran
- El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde
- El rey se muere, Eugene Ionesco
- El ruido y la furia, William Faulkner
- El señor de los anillos, J.R.R Tolkien
- El tragaluz, Antonio Buero Vallejo
- El último encuentro, Sandor Marai
- Esperando a los bárbaros, Coetzee
- Fausto, Johann Wolfgang von Goethe
- From Hell, Alan Moore
- Hojas de hierba, Walt Whitman
- Inventario Uno, Mario Benedetti
- Jane Eyre, Emily Bronte
- Juego de tronos, George R.R Martin
- La casa de citas, Alain Robbe-Grillet
- La ciénaga definitiva, Giorgio Manganelli
- La insoportable levedad del ser, Milan Kundera
- La montaña mágica, Thomas Mann
- La naúsea, Jean Paul Sartre
- La tierra baldía, T. S. Eliot
- Las amistades peligrosas, Pierre Choderlos de Laclos
- Libro del desasosiego, Fernando Pessoa
- Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata:
- Luces de Bohemia, Valle Inclán
- Me casé con un comunista, Philip Roth
- Movimiento perpetuo, Augusto Monterroso
- Mrs. Dalloway, Virginia Woolf
- Narraciones extraordinarias, Poe
- Nieve, Ohran Pamuk
- Orgullo y prejuicio, Jane Austen
- Poeta en Nueva York, Lorca
- Rayuela, Julio Cortázar
- Relatos, Julio Cortázar
- Residencia en la tierra, Pablo Neruda
- Rimas, Becquer
- Sin destino, Imre Kertesz
- Todo Mafalda, Quino
- Un mundo feliz, Aldous Huxley
- Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal
- Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud
viernes, 24 de abril de 2015
Charles Dickens: La casa lúgubre
Idioma original: inglésTítulo original: Bleak House
Año de publicación: 1852-3
Valoración: está bien
Me resulta difícil valorar una novela como La casa lúgubre, que a lo largo de sus casi novecientas páginas me ha producido a partes iguales admiración y aburrimiento. Admiración, porque Dickens consigue crear y sostener un universo gigantesco de personajes principales y secundarios, entrelazados de las maneras más diversas (algunas sorprendentes, otras muy melodramáticas); aburrimiento, porque son casi novecientas páginas, y porque no todos esos personajes ni todas esas tramas me han interesado por igual; algunas de ellas, de hecho, no me han interesado lo más mínimo.
Es difícil resumir el argumento de La casa lúgubre, precisamente porque este entrelazamiento de historias. Quizás los protagonistas centrales sean el triángulo de jóvenes compuesto por Esther Summerson (una huérfana de corazón puro purísimo), Ada Clare y Richard Carstone (amantes cuyo amor es imposible, por lo menos por ahora), todos ellos bajo la supervisión de John Jarndyce, un hombre tan rico como generoso. Pero también ocupan un lugar central Lord y Lady Dedlock, representantes de la elitista aristocracia inglesa; Jo, el muy dickensiano niño mendigo; la filantrópica señora Jellyby, que se preocupa tanto por los pobres niñitos africanos que descuida a sus propios hijos hasta el punto de la indigencia...
Y de fondo, atravesando toda la novela de la primera a la última página, encontramos un despiadado retrato de la judicatura británica, lenta, farragosa, injusta, destinada más a dar de comer a los abogados que a descubrir la verdad e impartir justicia. El máximo representante de este sistema absurdo y corrupto es el caso "Jarndyce contra Jarndyce", del que se dice que ha atravesado ya varias generaciones, que requiere carretillas llenas para trasladar toda su documentación y que contamina con su perniciosa influencia a todos los que se implican en él (y muy particularmente, en este caso, al joven Richard, que fía toda su futura fortuna a la resolución del caso, condenándose así a desperdiciar su vida).
No creo ser muy original si digo que mi Dickens favorito es el humorista, el satirizador implacable de los defectos de la sociedad inglesa, en particular de la alta burguesía y la aristocracia: el retrato de lady Jellyby, que siempre tiene la mirada perdida "como si estuviera viendo África" y que es incapaz de cuidar a su propia familia, por ejemplo, es de lo más memorable del texto. En cambio, el Dickens lacrimógeno, el de las doncellas inmaculadas y los niños harapientos, me resulta bastante más intragable.
Resulta difícil, como decía al principio, darle una valoración a esta novela. Tiene, desde luego, acérrimos defensores (entre ellos G. K. Chesterton, nada menos) y tiene, indudablemente también, páginas y personajes magistrales, que están al alcance solo de los escritores más consumados. La propia construcción narrativa es digna de los maestros de la novela realista decimonónica, como Tolstoi, Balzac, Galdós, Eça, capaces de mantener vivos y diferenciados decenas de personajes.
Y sin embargo, la lectura se me ha hecho pesada, pesadísima por momentos. Quizás convenga recordar que La casa lúgubre, como gran parte de la obra de Dickens, se publicó por entregas de treinta y dos páginas cada una (a un precio de un chelín). No cabe duda de que la experiencia de leer ochocientas página seguidas es muy diferente a la de leer 32 páginas al mes durante dos años, y quizás sea esta segunda la lectura preferente de un texto como este: por entregas, por fascículos para no empachar.
Otras obras de Charles Dickens en ULAD: Aquí
jueves, 27 de diciembre de 2012
Julian Barnes: El sentido de un final
Título original: The sense of an ending
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable
Los escritores británicos contemporáneos (algunos escritores británicos contemporáneos, por lo menos) tienen la capacidad de ser divertidos sin resultar triviales -una capacidad, por otra parte, muy cervantina-. En la literatura española actual, si se quiere hacer humor se recurre casi siempre al humor absurdo o al juego lingüístico; pocas veces se recurre a la ironía fina, no necesariamente hiriente, como forma de distanciamiento, de crítica e incluso de conocimiento de la realidad. Será porque en Gran Bretaña (y en Irlanda) existe una larga tradición de escritores ingeniosos, satíricos y humorísticos, tan prestigiosos como los escritores "serios": Oscar Wilde, Chesterton, Jonathan Swift... y más recientemente Roald Dahl, Saki, Woodehouse...
Efectivamente, Julian Barnes (como Nick Hornby, como Zadie Smith, como Ian McEwan cuando le apetece...) tiene esta capacidad para contar historias trágicas con una media sonrisa (tongue in cheek, con la lengua en la mejilla, se dice en inglés). Esto ya se notaba en Nada que temer, un libro que era una reflexión sobre la muerte que entretenía y hasta hacía reír; y también en El sentido de un final, cuya trama es digna de un culebrón venezolano pero que se salva de serlo, entre otras cosas, por su ligereza y su humor.
El sentido de un final empieza como una novela sobre la amistad: tres chavales adolescentes, entre ellos el narrador, reciben en su pandilla a un cuarto, Adrian, más inteligente, más brillante y (todavía) más pedante que ellos. De pronto surge otra subtrama: la relación amorosa del protagonista, Tony, y Veronica, una muchacha algo extraña con la que las cosas no terminan bien. Poco después descubrimos que las dos tramas son la misma: el clásico triángulo amoroso con final trágico (y no digo más para no destripar el argumento). La segunda parte de la novela transcurre varias décadas más tarde, cuando el narrador recibe algunos documentos que revuelven su conciencia, e intenta saldar cuentas con el pasado.
Aunque suene a chiste, lo que menos me ha gustado de El sentido de un final es precisamente su final, porque es donde el aire a culebrón se desboca. El profesor de literatura que protagoniza El chico de la última fila, de Juan Mayorga, le explica a su alumno que un final debe ser al mismo tiempo necesario y sorprendente. El final propuesto por Julian Barnes, desde luego, es sorprendente, pero de necesario tiene muy poco; más bien es bastante excesivo, diría yo...
Sé que Julian Barnes tiene muchos y muy apasionados defensores; sin ir más lejos, esta novela ganó el Man Booker Prize. Personalmente, no creo que sea una obra maestra, pero sí una novela entretenida y con más profundidad de lo que puede parecer. En cualquier caso, Julian Barnes es un autor al que apetece seguir leyendo, a la espera de descubrir su obra maestra...
También de Julian Barnes en ULAD: Aquí
viernes, 8 de octubre de 2010
Grandes villanos literarios en el archivo ULAD
-El Capitán Garfio, en Peter Pan, de James Barrie. Uno de esos villanos a los que es imposible odiar. Torturado por Peter Pan y sus Niños Perdidos, perseguido por el cocodrilo y su reloj, el Capitán Garfio es un malvado carismático que despierta nuestra simpatía y nuestra comprensión; sobre todo por contraposición con el niño-eterno, que es sencillamente insoportable.
-Jean-Baptiste Grenouille, en El Perfume de Patrick Süskind. Con su nariz todopoderosa, su espíritu de supervivencia y su absoluta falta de escrúpulos, este perfumista/asesino es uno de los personajes más originales e inquietantes de la narrativa del siglo XX.
-Domingo, en El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton. Pero ¿es Domingo verdaderamente un villano? ¿Es un héroe? ¿Es un diablo? ¿Es un semidiós? Es necesario leer la novela para poder contestar a esa pregunta. E incluso, después de leerla...
-Eso en It, de Stephen King. No sabemos qué es, cómo nació, de qué está hecho. Lo conocemos sencillamente como "eso", o, en su encarnación de payaso, como "Pennywise". Lo que sí sabemos es que nos da miedo. Mucho miedo. Ah, y que aquí todos flotamos.
-Annie Wilkes, en Misery, por seguir con Stephen King. Una voraz lectora de ideas fijas e higiene difusa: alguien que no quisiéramos tener como vecina. La gran pantalla ha hecho célebres algunos de sus peculiares métodos de enfermería.
-Dorian Gray, en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. El perfecto dandy inglés seducido por la tentación de la eterna juventud, cuya degeneración moral y física se van reflejando en su retrato y no en su cuerpo, es ya un mito moderno de la literatura universal. Y además, con el incomparable estilo de Wilde.
-Dexter Morgan, en El oscuro pasajero (y los demás de la serie), de Jeff Lindsay. Porque antes de ser una serie de éxito, Dexter fue un personaje literario.
-El Coronel Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Otro de esos villanos enigmáticos, complejos, hipnóticos, capaz de dominar una novela en la que solo aparece en el último tercio, y de despedirse con una de esas frases memorables y mil veces repetidas y parodiadas: "¡El horror! ¡El horror!".
-Sauron, en El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Como no necesita presentación, pasemos al siguiente.
-El padre de Kafka, en Cartas al padre, o lo que es lo mismo, esa forma inaprensible y opresiva del poder que torturó al pobre Franz toda su vida, y sin la cual nunca habríamos tenido obras maestras como La metamorfosis, El castillo o El proceso. (Vale, igual es un poco excesivo llamar villano al pobre hombre, pero ya se entiende...)
-Voldemort en la heptalogía de Harry Potter, de J. K. Rowling. El reverso tenebroso del héroe, el lado oscuro de la magia, el-que-no-debe-ser-nombrado, que fue adquiriendo relevancia (y poder) a medida que los libros avanzaban y la serie iba volviéndose más adulta y más oscura. Hasta el gran enfrentamiento final...
Seguro que nos hemos olvidado de muchos otros, pero así os dejamos opción a vosotros, los lectores, para que nos habléis de vuestros "villanos de cabecera". Así que adelante, los comentarios son vuestros: ¿quiénes son vuestros malos favoritos?
jueves, 1 de octubre de 2015
Evelyn Waugh: Retorno a Brideshead
Idioma: inglésTítulo original: Brideshead revisited
Año de publicación: 1945
Traducción: Caroline Phipps
Valoración: Muy recomendable
No puedo acabar esta ya demasiado larga reseña sin mencionar la excelente calidad de la prosa de Evelyn Waugh: La novela resulta ser una exquisitez, no sólo por los refinados ambientes y personajes que aparecen (como es de suponer, se desenvuelve en un mundo bastante pijo, me temo, aunque el peor de todos, en mi opinión, es el esteta Charles): lo que produce esa sensación es la maestría y, sobre todo, inteligencia -e ironía- con que está escrita.
Aún así, me resisto un poco a otorgarle ese preciado galardón que es un "imprescindible" de ULAD. Quizá sea un prejuicio mío, pero cuando un libro parece destinado a tal valoración desde la primera página, me cuesta dársela; me gusta que me sorprendan. Y eso que Retorno a Brideshead está muy cerca, sin duda, de ser una novela imprescindible. Al borde, pero que muy al borde... a falta tan sólo de un empujoncito...
martes, 17 de marzo de 2009
Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo: Antología de la literatura fantástica
Fecha de publicación: 1965
Valoración: Muy recomendable
Borges solía decir que le enorgullecían más las páginas que había leído que las que había escrito. El hecho de que escribiera algunas de las mejores de la literatura en lengua castellana no desvirtúa la justicia de esa opinión. Borges fue, desde su niñez, un lector insaciable, caótico, casi monstruoso. Su figura de anciano ciego, encerrado en una biblioteca, encarna ya al lector por antonomasia, que se acaba destruyendo a sí mismo en el ejercicio de la lectura. En sus obras se escuchan los ecos de las obras maestras de todas las literaturas y filosofías, pero también de géneros considerados menores: la novela policíaca y el relato fantástico. La actual valoración de la literatura fantástica debe mucho, no sólo a la propia obra de Borges, sino a su labor divulgativa y editorial. El libro que nos ocupa es un buen ejemplo.
Elaborada en colaboración con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, buenos amigos de Borges, esta antología no pretende exhaustividad filológica o histórica. Su espíritu es, más bien, el de este blog: unos lectores que comparten con otros los textos que más han disfrutado. En la antología –al menos– este criterio se revela más que suficiente, porque permite una variedad que la hace muy agradable de leer. Pueden encontrarse relatos de Poe, Maupassant, Wells y Chesterton, pero también gratas sorpresas de autores desconocidos; antiguos cuentos árabes o chinos, junto a la Casa tomada de Cortázar o algún texto de los propios antologistas (esto sólo en la segunda edición, que es la que tengo). Relatos, en fin, de todo tamaño y condición para cualquier momento. Qué más se puede pedir.
Otras obras de Jorge Luis Borges en ULAD: Aquí
Otras obras de Silvina Ocampo en ULAD: La promesa
jueves, 17 de julio de 2014
Mai Jia: El don
Idioma original: chinoTítulo original:《解密》 (título en inglés: Decoded)
Traductora (del inglés): Claudia Conde
Año de publicación: 2002
Valoración: se deja leer
lunes, 14 de abril de 2014
Biografías lectoras: ganadores (1)
Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez
Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.
Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.
Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.
Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.
Cada libro con su postal.
Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.
La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.
Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.
Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.
En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.
Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).
Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.
Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…
…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.
El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.
domingo, 13 de febrero de 2022
Reseña + Entrevista: La habitación de los sueños rotos de Carlos Télez Sedano
Idioma original: Español
Año de publicación: 2022
Valoración: Está bien / recomendable
Aunque los dos versos de Keats que constituyen el epígrafe de la novela sintetizan a la perfección lo que encontraremos en ella, citaré uno de los comienzos más célebres de la literatura para completar el cuadro: "Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera".
Porque "La habitación de los sueños rotos" es una novela coral que, bajo el aspecto inicial de "biografía" de su protagonista, oculta la historia de la descomposición de una familia. Pero no solo eso porque también, aunque en menor medida, hay algo de crónica social, de novela psicológica, de novela "negra", de relato generacional, etc.
El aspecto coral es obvio ya que es una decena de voces la que se encarga de desgranar la historia de Alberto, quien carece de voz en la novela por permanecer postrado en la cama de un hospital, y su familia. Monólogos (y aquí resulta imposible no pensar en Faulkner o en "Cinco horas con Mario") que funcionan como desahogo o confesión ante un confesor mudo y que sirven para ofrecer, a través de la cotidianeidad, los reproches, los recuerdos, las envidias o la pura cháchara intrascendente, una visión global del asunto y que facilitan.
Por no enrollarme demasiado, citaré brevemente los aspectos más destacables de la novela:
- el riesgo que asume el autor, al optar por un protagonista "principal" que carece de voz en la novela.
- la diferenciación de las voces. Creo que lo más difícil en este tipo de textos es dotar de voz propia a los distintos personajes y eso es algo que, en buena medida, se consigue.
- los personajes, creíbles y reconocibles en sus diferentes aristas, lo cual es clave en una novela eminentemente realista.
- el manejo y dosificación de la información.
- el ritmo. Pese a que la propia estructura elegida por el autor obliga a ciertas reiteraciones, el texto tiene un ritmo endiablado.
- el final, con sensibilidad pero sin sensiblería, con el cual el autor demuestra que sabe moverse en un registro diferente al del resto del texto.
- una cierta sobreexplicación de la trama. Personalmente, me gusta que en este tipo de textos haya aspectos que queden más a la imaginación del lector.
- alguno de los personajes secundarios (Carlos ya sabe cuál) me parece algo desaprovechado, mientras que otros (también se los he comentado ya) ocupan demasiado espacio en comparación con su aporte a la historia.
- un exceso de "linealidad" en la primera parte de la novela. Pese a que ya digo que las voces de los protagonistas están bien definidas, creo que una mayor alternancia de registros (como sucede al final del texto) daría mayor empaque a la novela.




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