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lunes, 2 de septiembre de 2013

V.S. Naipaul: Guerrilleros

Idioma: inglés
Título original: Guerrillas
Año de publicación: 1975
Traducción: Daniel Gascón
Valoración: Recomendable

Uno tiene que recordar varias veces el año en que esta novela se escribió, 1975 para, al igual que en otras lecturas ambientadas en ciertas zonas inestables del planeta, recordar que casi 40 años allí no han servido para lo mismo, por desgracia, que para otros lugares del globo. La portada y el título de Guerrilleros dejan bien claras las cosas desde el principio. Esta es una novela con profusión de puntos cercanos a la realidad. Tal es la capacidad de evocación de V.S. Naipaul, escritor que obtuvo el Nobel en en 2001, a raíz de lo cual su obra dispuso de gran repercusión.
Y Guerrilleros no es una historia de violencia y agresividad, como podría parecer a priori. O por lo menos esa violencia no representa el centro de gravedad de esta novela. Es la historia de Jane, a la que la curiosidad acerca al peligro como acercamos nuestro dedo a la llama de una vela. Una novela que se va cargando de matices sexuales conforme avanza, que elude recrearse en la crueldad de los conflictos bélicos, elude alimentar el morbo con la descripción de la crueldad y opta por un contenido tono lírico, por una especie de suspense sumamente efectivo. Ahí Naipaul se muestra como un escritor muy solvente, especialmente en las descripciones de los paisajes en que los personajes se mueven. Vemos los bosques y vemos los caminos, pasamos por las carreteras que atraviesan zonas deterioradas (esas donde la mano colonizadora ya ha arrambado con todo), y comprendemos que la distancia social y la distancia física (la que separa las villas ostentosas de mandatarios de las precarias viviendas de los súbditos) parece corta pero es extrema, cruelmente extrema.
Jane parece empeñada en ignorar esa distancia, parece entregarse a un juego no siempre claro, no siempre explícito. Jimmy, el líder guerrillero, y Roche, el hombre poderoso al cual está unida. Es un triángulo que, en honor a la verdad, no llega a esclarecerse del todo. Pues donde Naipaul cojea un poco en esta novela es en la transparencia de la trama. Sabemos que la tensión es total, tanto en las relaciones privadas de los personajes como en las situaciones de su entorno geográfico. Pero no estamos ante una denuncia directa. Estamos ante una novela de personajes donde sus relaciones no alcanzan un desenlace diáfano. Lo cual puede poner a prueba la paciencia de cierto perfil de lector. Y, aunque se trata de una lectura recomendable, hay que advertirlo.

También de Naipaul en Unlibroaldía: Cartas entre un padre y un hijoMiguel StreetIndia

viernes, 30 de enero de 2026

V. S. Naipaul: El escritor y el mundo

Idioma original: inglés
Título original: The Writer and The World
Año de publicación: 2016
Traducción: Flora Casas
Valoración: imprescindible

Pues alguna vez habrán acertado los del Nobel, ¿no? Recuerdo que quedé algo decepcionado cuando leí, supongo que con alguna expectativa errónea, Guerrilleros, y que, cosas de los devaneos lectores, no presté atención a su obra hasta que leí una mención a uno de los artículos contenidos en esta recopilación de ensayos. Una mención bastante curiosa y tangencial, por cierto. Pero no me hagáis explicar a fondo mis filias. Que luego nos copiarán, más aún. 

Y he descubierto una faceta de Naipaul que apenas intuía. Aquí se recogen textos de casi tres décadas que quedan agrupados por ámbitos geográficos y, hasta cierto punto, siguen la evolución del escritor trinitense conforme analiza las sociedades que le son cercanas en el ámbito geográfico, y se va extendiendo a otros más alejados. Todo ello le hace encajar en un perfil algo análogo a Kapuscinski, aunque donde el genio polaco era un especialista en meterse a fondo y hasta límites de riesgo extremo en zonas de conflicto, Naipaul toma menos riesgos - no es un reportero sino un escritor. Ese sería el límite de la comparación. Pero lo que escriben, ambos, es certero y afilado. 

Naipaul habla de pequeñas islas caribeñas que han sido descolonizadas con torpeza. Escribe sobre sus orígenes hindús y menudo zapatazo le arrea a lo que viene siendo reiteradamente apelada la mayor democracia del planeta. Analiza sin ambigüedades el sistema de castas y desde luego no es que se exprese con excesiva diplomacia. Si usáramos cierto sesgo, podríamos afirmar que enfatiza la cuestión de que el hecho migratorio tiene sentido para mejorar el status de quien emigra, pero lo pierde a medida que quien emigra intenta mimetizar su destino como si fuera su origen. Una cuestión que da para mucho debate en el mundo de hoy en día. Analiza países como Argentina (delicioso ensayo que vale por sí solo todo el libro, en el que serpentea desde Borges a Eva Perón, pasando por las debacles causadas por la inflación), Costa de Marfil o Zaire - enfoque colosal sobre las excentricidades de los mandatarios africanos y sus cambios de ideario a medida que el poder excesivo intoxica sus mentes, Estados Unidos, pequeñas islas caribeñas donde ejemplifica la pantagruélica hambre de poder del imperialismo. Todos sus análisis, que se extienden por décadas y en los que se percibe que su status avanza y sus viajes cuentan con mejores condiciones, cuentan con un factor crítico que seguro que le causaría problemas en algún momento. No es que se exprese con optimismo sobre las perspectivas de muchos de los países que visita, más bien en algunos casos vaticina que sus soluciones son precarias y abocan a nuevas crisis. Su prosa muestra un sentido común y un nivel literario al alcance de pocos, y uno acaba con la impresión de que nadie más adecuado que un escritor de orígenes exóticos y residente en una pequeña isla del Caribe puede ser tan perspicaz analizando el mundo, en tantos sitios, por tanto tiempo.

Más reseñas de Naipaul en ULAD aquí


 

sábado, 21 de abril de 2012

V. S. Naipaul: Cartas entre un padre y un hijo. Los años de Oxford

Idioma original (de la primera edición): inglés
Título original: Letters Between a Father and Son
Año de publicación (en Reino Unido): 1999
Valoración: Recomendable



A pesar de haber publicado su primera novela en 1957, de contar en su haber con cerca de cuarenta obras de diversos géneros: novela, relato, ensayo, crónica periodística, de haber sido nombrado caballero del imperio británico en 1990 y haber ganado el Nobel en 2001, Vidiadhar Surajprasad Naipaul es menos conocido en España de lo que debería, o ésa es al menos mi impresión. Nacido en 1932 en la isla de Trinidad, nieto de inmigrantes hindúes, miembro de familia numerosa, con un padre entregado a ambiciones literarias cada vez más inalcanzables y a una profesión periodística vocacional que rendía lo justo para sostener la casa, Naipaul obtiene una de las cuatro becas para estudiar en Oxford que ofrecía el gobierno colonial y, en 1950, con apenas 18 años, se traslada a Inglaterra, dónde reside.

El libro recoge una muestra más que significativa de la correspondencia que cruzó con su hermana mayor, Kamla – por entonces estudiante en Benarés –, y con el padre de ambos, junto a esporádicos intercambios con algún otro miembro de la familia, entre septiembre de 1949 y junio de 1957, a la que se añade una breve introducción aclaratoria, un somero árbol genealógico y las notas indispensables. Aparte de la expresividad de las propias cartas, hay que destacar el trabajo de recopilación, organización y selección del material que obraba en poder de la universidad de Tulsa hasta ese momento.

Este trabajo, además de resultar imprescindible para quien tenga interés en la producción de Naipaul, de explicar cómo se gestó Una casa para el señor Biswas (una de sus mejores obras, para la que recurrió a la información contenida en las cartas) y de dar pistas a los interesados en la evolución de su personalidad, hará las delicias de cualquier lector que se atreva con una narración poco convencional. Porque el hecho de estar compuesta exclusivamente por cartas no le presta un carácter disperso ni fragmentario, tampoco la convierte en aburrida. En cambio, su unidad argumental y coherencia, así como el interés de los contenidos, la acercan a las obras de ficción. Según avanza la lectura, nos olvidamos de que lo que tenemos delante son textos originales y nos sentimos tan implicados por lo que les ocurre a los personajes e intrigados por su devenir como lo estaríamos leyendo una amena novela. A través de la interacción de Vidia con sus dos principales corresponsales podemos entrever la evolución personal, académica y literaria del escritor así como las vicisitudes por las que pasa su familia. La entrañable y fecunda relación con su padre y hermana, la saludable competencia de aquél con el hijo y la complicidad a que da lugar compartir la misma pasión, el papel que juegan en todo ello el cuadro de actores más o menos secundarios, componen una auténtica trama que se sigue con verdadero interés.

Como podéis imaginar, todo gira alrededor del personaje. Vemos a un Vidia joven y valiente que empieza a dirigir con cuidado su vida, al principio tanteando sus límites y cada vez de forma más resuelta. Un chico que siempre estuvo adelantado a su edad y que no ha tenido más remedio que madurar rápidamente al haber necesitado desenvolverse solo en un continente distinto del que nació, lejos de su familia y de todos sus conocidos desde mucho antes de cumplir los veinte. Ese desarraigo, a una edad que él mismo considera demasiado temprana, repercute en su ánimo. Durante los tres primeros años pasa por momentos muy difíciles y, aunque esto acaba fortaleciendo su carácter e impulsándole a arriesgarse a apostar por él mismo hasta llegar a convertirse en profesional de la escritura, se propone evitar a toda costa que sus hermanos pequeños pasen por lo mismo que él.

Los asuntos tratados en las cartas van de lo más doméstico y coyuntural (la salud, el dinero, los hermanos, otros familiares, el trabajo, las amistades, los estudios) hasta cuestiones como la diferencia de mentalidad de los países, impresiones de viaje y la literatura por encima de todo. Vidia y su padre reflexionan sobre la necesidad de hacer caso a la vocación, se plantean temas y personajes que deberían tratar en sus escritos y hasta se recomiendan métodos para hacerse más prolíficos o escribir mejor. Curiosamente, es del hijo de quien suelen proceder los consejos – y según va pasando el tiempo y va adquiriendo experiencia, todavía más a menudo y con mayor seguridad –, es él quien parece un autor consagrado y con una obra a cuestas transmitiendo su bagaje a un jovencito, él quien se esfuerza en convencer, con el mayor aplomo, a su padre de que, mediados los cuarenta, no es demasiado viejo para producir una obra completa.

Con Kamla ocurre justamente lo contrario. Les une la cercanía de la edad, el hecho de ser los hijos mayores y haberse independizado tan pronto, que ambos estén viviendo lo mismo aunque muy lejos el uno del otro. Se nota que se añoran, que se comprenden bastante bien. Se ayudan, se regañan, intercambian confidencias. Pero en lo relativo a las ambiciones de Vidia no se compenetran tanto, como se deduce de estas palabras que, leídas al cabo del tiempo, forzosamente nos hacen sonreír: “Si estuviera ahora cerca de ti ¿sabes lo que me gustaría hacer? Darte un buen capón. Tú y tus sueños de escritor. ¿Y qué más? No sé qué será lo próximo que se te ocurra.”

También de Naipaul en Unlibroaldía: Miguel StreetIndiaGuerrilleros

jueves, 5 de agosto de 2010

V. S. Naipaul: India


Idioma original: inglés
Título original: A Million Mutinies Now
Año de publicación (en España): 1998
Valoración: Muy recomendable


Si has nacido en Trinidad pero eres de origen hindú. Si has sido educado en los más sólidos principios y creencias de la India, sus saberes y tradiciones. Si has vivido tu infancia y primera juventud con la nostalgia de la patria perdida. Si el primer encuentro ocurrió a tus 30 años y comprobaste que no la conocías tan bien como pensabas. Si, a pesar de todo, la amas con todas tus fuerzas. Si vuelves una y otra vez al país de tus ancestros y mucho más tarde, ya en la madurez, pones tu experiencia de escritor consagrado en el empeño de reflejar lo más fielmente posible la compleja realidad hindú así como tus propios y ambivalentes sentimientos, tu desconcierto y tu intriga. Si te ocurre todo eso, entonces eres V. S. Naipaul y has elaborado una obra extraordinaria.


En India asistimos a un pasional y minucioso recorrido por diversos aspectos de ese vasto país, en el que emociones y hechos objetivos se entremezclan sabia y sutilmente. Sin ocultar sus contradicciones emotivas – amor por la tierra y por sus gentes pero también una gran decepción al contemplar de primera mano la cruda realidad unida a la urgente necesidad de que el país supere sus carencias – el escritor se embarca en una indagación sistemática y minuciosa de las circunstancias del momento y las causas que las provocaron mediante observaciones personales, estudio de documentos y entrevistas. Con una prosa cuidada y cercana, Naipaul nos invita a seguir sus pasos, a penetrar en viviendas y edificios públicos pero también a rastrear sus pensamientos, o bien deja que sean sus personajes los que se expliquen por sí solos. Gracias a esas vívidas descripciones y poderosos testimonios, cada uno de nosotros consigue estar presente con sus cinco sentidos en cada uno de los lugares dónde él tiene a bien trasladarnos. De esta forma, va abordando toda clase de cuestiones: el angustioso problema de la vivienda, occidentalización, evolución de la mujer, revistas femeninas, división urbanística por motivos religiosos, el sistema de castas, la escasa exigencia en el acabado de productos industriales, los grandes cambios históricos y un larguísimo etcétera que convierte este libro en un viaje intensísimo y sorprendente sin necesidad de moverse del sofá.

También de Naipaul en Unlibroaldía: Cartas entre un padre y un hijoMiguel StreetGuerrilleros

miércoles, 22 de junio de 2011

V. S. Naipaul: Miguel Street

Idioma original: inglés
Título original: Miguel Street
Año de publicación: 1959
Valoración: Muy recomendable

Es verdad que los suecos a veces hacen cosas raras: poca gente entiende por ejemplo el Premio Nobel a Doris Lessing o a Le Clezio, escritores buenos pero no geniales, e incluso el de Vargas Llosa puede ponerse en duda, no tanto por cuestiones ideológicas sino literarias. Pero también hay que reconocerles que a veces nos descubren a escritores desconocidos y geniales que no habríamos leído probablemente si no hubiera sido por ellos. Porque ahora no vamos a decir que todos habíamos leído a Herta Müller, a Ohran Pamuk, a Coetzee o a Kertesz antes de que les dieran el premio. Sí, probablemente eran conocidos en círculos especializados, pero para el gran público, no. Naipaul es otro ejemplo más de este efecto benéfico de los Nobel: no creo que nunca hubiera llegado a leer Miguel Street (o igual sí, quién sabe) si un grupo de críticos suecos jubilados no hubieran decidido regalarle unos cuantos puñados de coronas, una medalla y un diploma.

Y habría sido una pena, verdaderamente, porque me ha encantado. Todavía no sé si es una novela o un libro de relatos (me inclino por la primera opción), pero está claro que es un universo en forma de libro, construido a partir de pequeñas historias cotidianas y hermosas. Cada capítulo está dedicado a un personaje, pero el protagonista de uno es secundario en los de los demás; y el narrador es siempre el mismo: un niño/adolescende de Miguel Street que lo mira todo con sorpresa, fascinación y una inocencia cada vez menor.

Y las que se nos cuentan son historias duras, donde abundan los malos tratos, el abandono, el alcoholismo, los sueños frustrados; pero en ellas predomina el humor, la belleza y el milagro. El narrador mismo muestra una obsesión con la belleza que encuentra a su alrededor: la que fabrica Popo, el carpintero empeñado en contruir "lo que no tiene nombre"; o la del pirotécnico Morgan; o la de Edward con sus pinceles; o Hat, empeñado en transformar la vida en algo diferente y más divertido en medio de la miseria. Es un libro luminoso, que cuenta cosas que en manos de Dickens habrían dado para un dramón de primer nivel, pero que Naipaul transforma en una farsa tragicómica llena de dignidad y claridad, aunque siempre conserve su aguijón melancólico. Como Las cenizas de Ángela, pero cambiando la lluvia de Limerick por el sol de Trinidad.

También de Naipaul en Unlibroaldía: Cartas entre un padre y un hijoIndiaGuerrilleros

domingo, 26 de junio de 2011

Zoom: "El hombre que pudo reinar" de Rudyard Kipling

Idioma original: inglés
Título original: "The Man Who Would Be King"
Año de publicación: 1888
Valoración: Está bien

Después de leerme el libro y de empezar a informarme para escribir la reseña, descubro que hay algunas similitudes entre Naipaul, autor de Miguel Street o El sanador místico, y Rudyard Kipling, autor de "El hombre que pudo reinar" o de El libro de la selva: los dos recibieron el Premio Nobel; los dos nacieron en una colonia británica (el primero, en Trinidad y Tomago; Kipling, en la India); después, los dos se instalaron en la "metrópoli", Inglaterra, y viajaron por el mundo a lo largo de su vida. Pero por supuesto estas similitudes son superficiales, y de hecho casi se podría considerar a los dos escritores como opuestos, o complementarios: Kipling era un británico nacido, casi accidentalmente, en la India, y sus narraciones son por lo tanto las de un "occidental" que observa asombrado y algo desorientado un mundo al que no pertenece. Naipaul, quizás a su pesar, es un "indígena" reconvertido en metropolitano que retrata el mundo en el que nació con cierto aire de superioridad.

"El hombre que pudo reinar" (quizás una traducción más acertada habría sido "El hombre que iba a ser rey") es un ejemplo de este eurocentrismo narrativo típico de Kipling, y de muchos otros autores como él: se trata de un relato largo, o una novela corta, que cabría en el género de aventuras, aunque con tintes de farsa trágica. Se sitúa en la India de mediados del siglo XIX, y presenta la historia de un triángulo de personajes: el narrador, un periodista afincado en la India, y dos pícaros y aventureros, Daniel Dravot y Peachey Carnehan, quienes le piden ayuda en su plan para convertirse en reyes de un lejan (y real) reino de Kafiristán. Meses despúes, Carnehan vuelve, enloquecido y deshecho, y le cuenta el relato de su afortunada conquista del trono y su posterior caída en desgracia.

Aunque basada en la historia real de James Brooke, un británico que consiguió convertirse en Rajá de Sawarak, el relato resulta a veces demasiado inverosímil o paradójicamente irreal, por la sucesión de casualidades y buenas fortunas que acompañan a los personajes en su ascensión. La última parte, donde se relata la caída y desaparición del fugaz reinado, y la suerte de sus protagonistas, es más oscura, más interesante, más humana. Más cruel, también. Todo el tono comico que pudiera existir en la primera parte, se evapora. Al final, queda una sensación extraña, como de haber asistido a una broma que se ha salido de madre y que ha terminado pasando factura a sus protagonistas.

Por supuesto, muchos conoceréis la adaptación cinematográfica de 1975, con Sean Connery y Michael Caine en los papeles principales. Yo no la he visto, pero la veré en breve.

jueves, 16 de mayo de 2013

Ondjaki: Los de mi calle

Idioma original: portugués
Título original: Os da minha rua
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable

Leyendo Os da minha rua de Ondjaki, me resultaba inevitable pensar en otros dos libros ya reseñados aquí: Miguel Street de V. S. Naipaul y Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos: los tres comparten una misma mirada infantil, asombrada y soñadora (recreada, claro está, desde una edad adulta que recuerda con cierta nostalgia) hacia una realidad a veces dura, otras veces entrañable y siempre sorprendente. En comparación con estos dos grandes libros, Los de mi calle queda un punto, solo un punto, por debajo.

Ondjaki (seudónimo del escritor angoleño Ndalu de Almeida) recrea en esta obra, a través de pequeños relatos de dos o tres páginas, episodios de su infancia en Luanda, una Luanda post-independencia en la que hay profesores cubanos y camiones soviéticos, proclamas nacionalistas y viajes a Portugal para comprar gafas nuevas. La mayoría de los relatos se refieren a la familia del escritor o a sus compañeros de juegos: recuerdos de la escuela, de la primera televisión en colores, de la experiencia de ver cine en el cine o del primer beso.

El comienzo del libro es deslumbrante: con un lenguaje sencillo, como corresponde a la perspectiva infantil, y con la inclusión de algunas expresiones características del portugués de Angola (para el que lo lea en el original, claro), el narrador nos consigue trasladar inmediatamente a su mundo, visto con una inocencia y con una luminosidad cautivadoras. Aunque los años 80 fuesen años convulsos en Angola, un país con un papel significativo en la Guerra Fría, el niño que entonces era Ndalu no percibía estas cuestiones sino de una forma muy lejana y nada problemática, de manera que parece habitar un mundo sin más conflictos que los pequeños conflictos domésticos o escolares.

Pero lo que hace que este libro quede un poco por debajo de Miguel Street o de Mi planta de naranja lima, como decía, es su falta de evolución, su estatismo. A diferencia de Miguel Street, los personajes y los conflictos no se desarrollan: los relatos de Os da minha rua están en el orden en que están, pero podrían haber estado en casi cualquier otro, y poco habría importado. El tono, algo saudosista y, se sospecha, algo idelizante, se mantiene constante a lo largo de todo el libro, y llega a empalagar ligeramente. Parece que el lector espera, después de leída una decena de relatos, que el tono o el contenido cambie, que se abandone el costumbrismo de lo exótico y se desarrolle una historia que nos atrape, como pasaba en Mi planta de naranja lima.

Pero eso no pasa, el libro continúa y uno se queda con la sensación de haber disfrutado de un bonito volumen de memorias infantiles, que quizás podría haber llegado a ser algo más.

lunes, 14 de octubre de 2019

Kaouther Adimi: El reverso de los demás

Idioma original: francés
Título original: L'envers des autres
Año de publicación: 2011
Valoración: Está bien



Soledad, incomunicación, amor no correspondido, tradición, vidas marchitas, sumisión de unas mujeres, rebeldía de otras, parejas fracasadas, dolor, esperanza en el futuro, futuros inciertos. Es mucho lo que sugiere esta primera novela de la escritora argelina Kaouther Adimi (1986), que a pesar de tener una obra corta ya ha recibido algún premio. Aparecen nuevos valores que aportan perspectivas diferentes, nos llegan obras de países que solían editarse poco en España… Alentador. O eso parece. Pero vamos a mirarlo despacio.
En primer lugar, detecto información esencial, detalles sin los que la novela pierde su sentido más profundo, rasgos, insisto, en ningún modo insignificantes que solo conocemos al leer la contraportada. Esto es un defecto serio, de bulto, para el que no sirve la excusa de que se trata de una primera novela. Porque un producto puede haberse realizado con mayor o menor pericia, pero tiene que estar perfectamente acabado antes de ofrecérselo al público.
El reverso de los demás consta de once breves capítulos, cada uno a cargo de un personaje –excepto dos, que repiten–, cada uno de ellos, más que aportar datos a un relato común, expresa su visión del mundo desde su cascarón particular. A veces, como de pasada, se refieren a los demás personajes, pero lo que vemos carece de movimiento, más bien se compone de una serie de cuadros estáticos, sin demasiada conexión entre sí, que componen otro más amplio y repleto de lagunas. Individuos que, a pesar de autorretratarse, no llegamos a conocer demasiado: los rasgos que intentan definirlos son tan irrelevantes que se desvanecen; si no fuese por la edad y el sexo algunos serían perfectamente intercambiables entre sí. No busquemos, pues, personalidades bien construidas porque no existen, y el fresco social que parece esbozarse a partir de mentalidades y conductas también se  queda a medio camino.
El último monólogo aclara un poco el borroso panorama. Y el epílogo pretende añadir un elemento sorpresa, pero resulta bastante artificial.
Con este material, la autora tenía dos posibilidades. Mantener estas páginas como presentación de la novela y desarrollar a continuación el argumento, o bien completar cada fragmento a modo de relato más o menos independiente hasta componer un mosaico que reflejara la realidad en su conjunto.
A pesar de todo, tengo la impresión de que Adimi tenía realmente algo que contar, incluso verdadera necesidad de contarlo, y voluntad de hacerlo muy bien. Tampoco me parece que peque de falta de talento: las escenas están bien desarrolladas, la descripción del ambiente es atinada, encontramos una forma de enfocar muy personal, la primera aproximación a los personajes promete, los diálogos son creíbles, resulta agradable de leer.  Entonces, ¿qué ha impulsado a la autora a publicar un texto de solo noventa páginas en tamaño pequeño y letra grande con aspecto de inacabado? En mi opinión, el argumento hubiera dado para mucho. Además, hacía falta espacio para explicar bien la relación entre los personajes, tanto el parentesco que los une como los conflictos que les separan. Pienso que bajo el formato de novela corta se nos ofrece un producto que es solo un esbozo de algo más voluminoso y complejo; que hubiese merecido la pena esperar el tiempo necesario para que la autora lograse situarse en su espacio novelístico y desarrollar todo lo que queda latente: carácter de los personajes, ambiente familiar, de barrio y más allá quizás. Insinuar no está mal, pero antes debe haber historia. Si lo que leemos no llega más allá de la mera insinuación, la ficción que esperábamos se queda en balbuceo.   
Y es que, no lo olvidemos, el talento natural necesita un caldo de cultivo en el que desarrollarse. Los genios que todos admiramos nunca estuvieron solos, editores y amigos han aconsejado, pulido, rechazado, exigido y ejercido de amables tiranos hasta llevarlos a la extenuación. Es gente a la que no se le ha pasado ni una porque sus mentores confiaron ciegamente en ellos. Unos rectificaron su trayectoria gracias al consejo de su editor (el nobel Naipaul), se dedicaron exclusivamente a escribir siguiendo el consejo de su agente (Vargas Llosa) o tuvieron en sus amigos a los mejores y más duros lectores previos (Flaubert). Esta es una de las claves del asunto: las mujeres que despuntan tampoco lo pueden dar todo a la primera, también necesitan ser orientadas mientras encuentran su camino y pulen sus técnicas, que se confíe en que pasarán de simples promesas a profesionales de mérito. Mejor aún, en la mayoría de los casos, esos genios contaban con una pareja abnegada que resolvía las incidencias del día a día (Nabokov, Vargas Llosa). Las mujeres no solo carecen de esa ventaja, la mayoría de las veces son ellas quienes, además de a la escritura, se tienen que dedicar a la intendencia del hogar. O quedarse solas, y no sé que es peor. Me pregunto si se les exige lo mismo o, por el contrario, se les trata con condescendencia, sobre todo ahora, que los libros escritos por mujeres parecen haberse puesto de moda. Me pregunto si no entra en juego en muchos casos cierta inseguridad, cierto complejo de usurpadoras (el término no es mío) en un mundillo que hasta ahora había sido patrimonio del varón, al menos –y salvo excepciones– en sus cotas más altas. Es más, me pregunto si no se rechazarán algunas obras por considerarse demasiado serias, demasiado ubicadas en un territorio que no parece corresponder a las mujeres.
Y me hago todas esas preguntas porque hoy es el Día de las Escritoras. Valgan estas palabras de homenaje a todas ellas, a esas escritoras consagradas porque consiguieron elevarse por encima de las circunstancias y a las que, a pesar de su talento, tuvieron que conformarse con una obra más o menos mediocre porque el doble rasero no tuvo piedad con ellas.

También de Kaouther Adimi en ULAD: Nuestras riquezas

martes, 8 de julio de 2014

Xavi Ayén: Rebeldía de Nobel. Conversaciones con 16 autores premios Nobel de literatura

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable (porque solemos reservar los imprescindibles a obras más basadas en la creación, que si no...)

Culos inquietos. Xavi Ayén seguro que conoce a Jorge Carrión. Los dos son (como yo) catalanes, y los dos son jóvenes escritores, o periodistas, o ambas cosas, que demuestran haber pasado por un severo y estricto régimen consistente en leer todos los estantes de la biblioteca del barrio propio y de otros limítrofes, desde la A a la Z. Sí: una de las maneras, no solamente de que bulla el deseo de escribir, sino de que esta escritura sea poderosa, es leer a manta. Leer sin negociación, hasta que el peso de los párpados ya es tal que ni a por café para seguir despiertos tenemos fuerzas de ir. Menudos dos tipos. Si los de RBA han captado la desesperación en mis mails (los he envíado remojados en sangre, sudor y lágrimas), cuando esta reseña se publique yo debería tener en las manos su galardonado ensayo Aquellos años del boom, dedicado a la eclosión de la literatura iberoamericana. Pero como, hoy por hoy, no puedo saberlo, tiro de lo que hay.

Lo que hay no es poco: son 16 conversaciones de Xavi Ayén con premios Nobel de Literatura, las recogidas en este magnífico Rebeldía de Nobel. Si los Nobel son escritores necesarios por antonomasia (¡oigo ataques de tos!) lo que digan dieciséis de ellos no puede dejar de interesarnos nunca. A pesar de lo cual, despistado de mí, lo que me informa de la existencia de este estupendo libro es el tweet de su autor en su cuenta @XaviAyen, conforme va a ser descatalogado. Lo puedo comprender: libros de este tamaño (25x30, desafiando los confines de una librería convencional y otorgándole un engañoso status de libro-objeto, que me niego a etiquetar), con este entorno gráfico, son proyectos arriesgados, inversiones de alto riesgo para cualquier editor. Pero, por favor, necesarios. Absolutely. Aunque cuenten con el respaldo de poderosos medios de comunicación, que supongo que fueron los que debieron correr con los gastos de desplazamiento, con las minutas para pagar las excelentes fotografías de Kim Manresa, los traductores. Inversión difícil de recuperar, si, como defiende Vila-Matas, somos solamente 30.000 los interesados en disfrutar de ellos. Los que aceptamos sacrificarnos por los millones restantes que no se prestan a disfrutar. Como cosacos, oigan.

Difícil quedarse con uno solo de los personajes: detalle tras detalle, todos los entrevistados nos seducen. Casi todos, algo un poco obvio, premiados cuando ya son ancianos, muchos de ellos representantes de literaturas alejadas de corrientes y mercados mayoritarios. Xavi Ayén nos deleita con sus elegantes presentaciones sobre los entornos de los escritores, los lugares que habitan, su día a día, las situaciones generales o personales que les han inducido a su creación literaria. Sobre lo que han hecho mientras han sido entrevistados. Habrá quien opte por dosificar el disfrute, servidor se lo ha zampado en unas tres horitas de desbordante lujuria.

Entonces, yo me pregunto si esos enormes y atractivos libros que reposan en posición horizontal "decorando" las mesas auxiliares de medio mundo (esos de la Taschen, o algunos como Rincones de las iglesias románicas en Languedoc o Las mejores mil fotografías de capós de Aston Martin) no pueden dejar un espacio para que obras como están se reediten por la eternidad, y acaben formando parte de nuestra librería personal (ergo, yo no tenga que ir abrazado al libro a devolverlo a la biblioteca, a entregarlo entre sollozos, cómo sin saber que va a ser de él cuando nos separemos) y acaben esperando pacientes a que esporádicamente volvamos a sus textos y a sus imágenes, que tanto nos dicen. Cómo que resignarme. No creo que tengamos muchas veces la suerte de leer, reunidas en un solo volumen, la entrañable rebeldía de Doris Lessing, la chulería caribeña de García Márquez, la firmeza de Kenzaburo Oé, la serenidad de Imre Kertesz, la tozudería de Naipaul o la dignidad de Naguib Mahfuz. Y me dejo otros diez. Descatalogar este excelente trabajo, este colosal esfuerzo. A qué hay que apelar, a quién hay que llamar.

martes, 3 de febrero de 2015

Toni Morrison: Sula

Idioma original: inglés
Título original: Sula
Año de publicación: 1973
Traducción: Mireia Bofill Abello
Valoración: Muy recomendable

Es un pecado que no hubiese leído nada de Toni Morrison hasta ahora, a pesar de que varias personas me habían recomendado sus novelas, en especial Beloved o La canción de Salomón, ambas reseñadas en este blog. Y la primera que he leído es esta, Sula, que a juzgar por lo que he leído no es una de sus novelas más complejas, pero sí representa muy bien las preocupaciones, los puntos de vista, las técnicas y el estilo de Morrison.

La novela trata en realidad, más que de un personaje, de un espacio: el "Fondo" (Bottom en inglés) con que paradójicamente se designa a una colina poblada situada en algún lugar de Ohio, y habitada por una comunidad fundamentalmente negra, pobre y desesperanzada (un personaje principal colectivo que me hace recordar, aunque con obvias diferencias, Miguel Street de Naipaul). Uno de sus habitantes es Shadrack, ex-combatiente de la I Guerra Mundial y que ha instaurado el 3 de enero como "Día del Suicidio". También viven en el Fondo tres chicos, los Deweys, que comparten un mismo nombre y resultan indistinguibles los unos de los otros a pesar de tener un año de diferencia y diferentes padres.

Y por supuesto, también viven en él Nel y Sula, dos niñas que se convierten en las mejores amigas (en la primera parte de la novela) y que compartirán aprendizajes, experiencias y secretos. Al final de la primera parte, Nel se casa con un hombre apuesto llamado Jude y Sula desaparece de su vida durante años. Cuando Sula vuelva al Fondo volverá convertida en una mujer independiente, segura, seductora, provocando una reacción negativa del resto de sus habitantes, que la consideran una mala mujer, cuando no directamente una bruja. También la relación con Nel se transformará ahora, cuando Sula seduzca al marido de Nel y este la abandone para siempre.

Como decía, en Sula encontramos algunas de las preocupaciones esenciales que atraviesan toda la obra de Toni Morrison: la condición de los negros en Estados Unidos, y en especial de las mujeres negras en Estados Unidos, discriminadas por la sociedad y por el Estado, abandonadas y maltratadas por los hombres (blancos y negros), alejadas de la educación y condenadas a cuidar de sus hijos de la mejor o peor manera que saben. Hay en Sula capítulos de grande belleza, en especial cuando se manifiesta el pensamiento mágico de los habitantes del Fondo (no creo que se pueda hablar de "realismo mágico" en esta novela, sin embargo), pero lo que más abunda es la violencia, una violencia a veces trivial y muchas veces terrible (una madre que se quema viva mientras su hija mira, otra madre que quema vivo a su hijo drogadicto, un niño que en medio de sus juegos cae en una charca y muere ahogado...).

Todas estas historias del Fondo, Toni Morrison las cuenta con crudeza pero también con ligereza, con abundante sentido del humor: de otra forma habría quedado una novela terrible pero también mucho menos
legible. La ironía con la que se trata a los personajes hace que resulten grotescos, entrañables también por momentos, pero en cualquier caso resulta difícil que alguno nos resulte completamente simpático, ni siquiera Nel, que es el personaje "bueno" de la novela (o quizás no tanto, como le dirá Sula en un momento).

No sé si Sula es la mejor obra de Morrison (ya digo que no he leído nada más de ella), pero sin duda es una lectura muy recomendable, muy personal y ciertamente memorable.

También de Toni Morrison en ULAD: BelovedLa canción de Salomón, VolverEl origen de los otros

lunes, 12 de julio de 2010

Hacia dónde va la novela


Desde finales del s. XX se ha venido anunciando la muerte de la novela. Aunque al principio pareciesen algo derrotistas, en realidad, las voces que abordaron la cuestión se referían, más que al género en sí, al modelo de novela que se venía practicando hasta entonces. Esto, como diría Eduardo Mendoza, tratando de explicar unas declaraciones suyas que levantaron bastante polémica: “La novela de sofá – heredera de las grandes obras y la única que merece tal nombre – “ya no da más de sí” y su muerte “se ha anunciado varias veces y siempre con razón”. Efectivamente, la primera transformación ocurrió a principios del s. XX, sobre todo con la llegada de las vanguardias. El modelo anterior siguió encontrando lectores, pero como experiencia creativa estaba agotado y no tuvo más remedio que evolucionar. Cuando después Vargas Llosa señala que la novela siempre fue un producto de minorías y que banalizarla convirtiéndola en light para que compita con lo audiovisual no conseguirá más que aburrir al público, en realidad estaba diciendo lo mismo: que urge dignificar el género y convertirlo de nuevo en signo de la época.

Este tipo de cambios lleva su tiempo. Tampoco son uniformes, pero la palabra que puede definirlos sería, quizá, mestizaje, pues lo que hemos observado hasta ahora es que las fronteras entre géneros están cada vez más diluidas.

En un primer grupo pondríamos obras que pierden la homogeneidad acostumbrada para convertirse en un amasijo de elementos. Como Vida de Pi de Yann Martel, La vida, instrucciones de uso de Georges Perec, No es país para viejos de Cormac McCarthy, El cuaderno dorado de Doris Lessing o Una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Si damos un paso más, llegamos a las que utilizan técnicas de géneros distintos mezclando la novela con un segundo género y a veces un tercero o más. Estos productos, de naturaleza híbrida, al estar formados por la acumulación de elementos, admite infinitas combinaciones. Lo que permanece invariable es la ficción, y con ella podrían fundirse historia, geografía, relato corto, biografía, crónica de viajes, reportaje periodístico, diario personal, notas sueltas, poesía o cualquier otro que se nos ocurra. Cabe todo lo que pueda transformarse en literatura o ensamblarse con ella, incluidos documentos oficiales, sentencias judiciales e instancias. Valga como muestra la magnífica Pantaleón y las visitadoras. Nos encontramos entonces con nuevas y hermosas experiencias lejos del camino trillado de siempre, con un campo abierto a la creatividad.

Aunque es una forma de expresión que llevaba casi un siglo gestándose, sólo al acercarse el fin de milenio empezó a adquirir relevancia. Hasta 1990 Mario Benedetti no se decide a publicar su miscelánea Despistes y franquezas, un tipo de obra que, por sus posibilidades de libertad creativa, le había atraído desde siempre. Y en 2003, Carlos Fuentes manifiesta que le parecería inconcebible que en la novela no tuvieran cabida “la narrativa, la poesía, el ensayo, la filosofía, la ciencia, el reportaje”. El crítico Stephen Kock se suma a esa opinión: “La novela no escrita es un libro, sin embargo, tan pulido, que parece una recopilación de fragmentos. Sin embargo estas obras no son pastiches. Tienen una unidad. Esta unidad se la da la coherencia que supone rechazar la homogeneidad. La negación de la unidad contribuye a su energía".

Encontramos ejemplos en todas las épocas: biografías noveladas como Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz o Desde el amanecer de Rosa Chacel, combinación de ensayo y narrativa en Milan Kundera con La insoportable levedad del ser y La inmortalidad, entre otros, apuntes de viaje literarios en Ventanas de Mahattan de Muñoz Molina, meditaciones personales en Mortal y rosa de Francisco Umbral, De profundis de Oscar Wilde y Diario de la galera de Imre Kemrestz, periodismo unido a literatura desde A sangre fría de Truman Capote o Los ejércitos de la noche de Norman Mailer hasta India de V. S. Naipaul, memorias noveladas en París no se acaba nunca de Vila Matas y poetizadas en Confieso que he vivido de Neruda, misceláneas como El azul relativo de Andres Trapiello y miles de ejemplos más de todos los países del mundo que se han ido haciendo más comunes a medida que avanzaba esta primera década. En realidad son la respuesta espontánea de los autores al momento que estamos viviendo, tienen su correspondencia en otros campos artísticos como la música y las artes plásticas, se las ha definido como misceláneas o enciclopedias en miniatura y se caracterizan por ser de carácter abierto, componerse de una combinación de elementos y carecer de jerarquía entre sus componentes. Pero lo que más me fascina de ellas es la multitud de posibilidades que promete su evolución.

domingo, 25 de septiembre de 2011

José Eduardo Agualusa: A Feira dos Assombrados

Idioma original: portugués
Título original: A Feira dos assombrados
Año de publicación: 1992
Valoración: Recomendable


Creo que con esta reseña estoy incumpliendo una de las normas implícitas de ULAD (mea culpa, mea culpa, mea culpa) al reseñar un libro que, hasta donde he podido averiguar, no ha sido todavía traducido al español (y debería: editores a la caza de buenos libros, esta es vuestra oportunidad). Por eso, también, no me atrevo a poner un título en español en el encabezamiento, porque ¿qué pasaría si pongo uno, y luego la traducción española pone otro? Quedaría poco serio. Y ULAD, si es algo, es la seriedad personalizada, o mejor, bloguizada. Además, la palabra "assombrados" del título no significa, como podría pensarse, "asombrados", sino más bien "embrujados, hechizados, encantados"... A saber por cuál van a optar los futuros traductores (o editores) españoles... Mejor dejarlo como está, por si acaso...

Pero bueno, vamos al contenido: A Feira dos Assombrados es una mezcla de Miguel Street, de Naipaul, y casi cualquier relato de García Márquez (por ejemplo "Un señor muy viejo con unas alas enormes"). Creo que el realismo mágico latinoamericano tiene aquí su contrapunto africano; no digo que Agualusa copie a los maestros del boom, sino que quizás sus realidades americana y angoleña, y el modo en que esas realidades son interpretadas, tienen elementos comunes que se trasladan a la literatura. En el caso de Agualusa, el mensaje (ya desde el subtítulo "y otras historias verdaderas e inverosímiles") es bastante evidente: no importa tanto lo que realmente suceda o haya sucedido, como la narración de los hechos (narrar es explicar y dominar al mismo tiempo) que se construya y que consiga perdurar.

En esta novela -o ciclo de relatos con un escenario común, la aldea de Dondo, en Angola, en pleno cambio del siglo XIX al siglo XX-, lo maravilloso se inicia con la aparición en el río de una serie de cadáveres cada vez menos humanos, que el sacerdote del pueblo se niega a enterrar en suelo sagrado. Los capítulos dedicados a los cadáveres-pez se entrelazan con otros dedicados a los habitantes del pueblo: el niño criado por monos; el cacique enamorado de la muchacha más bonita; el hipnotizador milagroso... Todo ello (no es por repetirme, pero: como en el realismo mágico latinoamericano o, por qué no, en Kafka) contado con el mismo estilo desapasionado y rutinario con que contaría que alguien sale a comprar el periódico en cualquier ciudad europea una mañana de miércoles.

A los relatos que componen el núcleo principal del libro se añaden todavía cuatro o cinco fragmentos narrativos independientes que, tal y como yo lo interpreto, insisten en la misma idea general: no importa la verdad de los hechos, sino la narración de los hechos. Quien controla la memoria y sus construcciones, tiene el poder.