Título original: El carrer estret
Año de publicación: 1951
Valoración: está bien
Idioma original: catalánAño de publicación: 2020
Traducción: (al catalán, de Ricard Vela, edición leída con el título El fill del xofer)
Valoración: muy recomendable
Reconozco que mi opinión sobre El hijo del chófer puede estar mediatizada por alguna cuestión personal indirecta (digamos, un factor Kevin Bacon grado 2), y que me cuesta abstraerme a la cuestión de que, por un aspecto puramente generacional, la cercanía temporal (y física: el punto culminante de la narración se produce a menos de 2 km de mi piso en Barcelona) es tal, que su lectura me ha causado gran fascinación (con la dosis justa de morbo, no voy a negarlo) y me ha sido imposible saltarme cierto orden de lecturas, ya que mi opinión lleva ya unos días madurándose como para darla a conocer.
Porque estamos ante una excelente lectura. Amat toma la figura de un personaje público, Alfons Quintà, periodista, primer máximo dirigente, allá por los años 80, del canal autonómico de TV en Catalunya, TV3, un directivo del sector de las comunicaciones que hubiera tenido una trayectoria, sin más repercusión que la profesional, con los vaivenes propios de los influyentes altos cargos, pero que, a los setenta y tres años, en 2016, saltó a la fama cuando asesinó de un tiro en la cabeza a su ex-esposa, una médico de familia del centro de salud del barrio, y se suicidó, en el piso en que vivía en el barrio acomodado de Les Corts, en Barcelona.
Toma esa figura e investiga en su pasado, en sus vicisitudes familiares, en su devenir profesional, en aquellos a los que conoció y le conocieron, en sus artículos y sus manipulaciones para mantenerse cercano al poder. Arma una biografía en la que puede que se haya tomado alguna licencia o que haya tiznado algún párrafo o alguna situación con algún matiz ideológico, pero a mí me ha parecido que tanta precisión en los detalles, tanta mención directa a tanta celebridad en el panorama de medios y político (y no he oído que Amat haya sido desmentido o denunciado o querellado) sitúa la narración en las cercanías de la realidad, y me aventuraría a decir, incluso algunos hechos posteriores confirman que Amat no fabula o especula, que muchos de esos acontecimientos fueron así.
En la onda de El adversario de Carrère o el levemente inferior El impostor de Cercas, Amat nos acerca al personaje y traza un marcado perfil psicológico: Quintà, hijo del chófer del célebre Josep Pla que acompaña a su padre a esas reuniones en el tardofranquismo donde empieza a producirse cierta conspiración política, Quintà adolescente que se dirige por carta a Pla y amenaza con delatarle si Pla no media para que su padre le permita estudiar en Madrid, un adolescente que vive el abandono por parte del padre que ha llevado una doble vida, Quintà que empieza a ejercer cargos en el pujante periodismo de la Transición y que empieza a mostrar los rasgos perversos de su carácter, sus fijaciones, su personalidad como dirigente, despótico, cruel, tóxico, maquiavélico, errático, sus cambios de bando en función de sus intereses, la enorme marca que deja el abandono, sus obsesiones periodísticas (el caso Banca Catalana, oscura historia de cómo se manipuló la situación de un banco del cual la familia Pujol era principal accionista), sus devaneos ideológicos, siempre orientados a abrazar el poder y a denostarlo cuando este poder no actuaba a favor de sus intereses... todo ello Amat lo narra con un prodigioso dominio del tempo, con un ritmo firme y preciso, con una administración de los hechos que es tan inapelable como producto de la investigación periodística que como narración literaria deudora lejana del género negro, con los comprensibles ajustes de ficción al servicio de la trama. En fin. Uno puede pensar que Amat haya escorado algo el relato para criticar el errático devenir de los primeros pasos del procès (si bien recientemente sus protagonistas estén empeñados en convertirlo en un esperpento), pero es absurdo negar que este es un estupendo libro, un certero estudio psicológico de un criminal o, simplemente, una historia perfecta de la relación entre medios de comunicación y poder económico y político: en ese ámbito particular, Amat no deja títere con cabeza, y yo a esto no voy a ponerle pega alguna. Tros de llibre.
Año de publicación: 2020 y 2018
Valoración: empachosos
Andrés Trapiello es un autor que se mueve en un relativo margen literario, desde donde lanza sus propuestas. Algunas son geniales, como sus artículos costumbristas o ese diario del que lleva ya publicados 24 volúmenes. Otras son un tanto descabelladas, como cuando se empeña en comentar la actualidad política. Y otras quizá son incomprendidas, como sus novelas, eclipsadas por el mencionado diario, o libros donde combina sus excelentes dotes de memorialista con páginas que llegan a caer en la irrelevancia. Las dos que dan lugar a esta reseña son de este último grupo, entre el objeto de regalo y de exposición y el buen pulso intimista que ha sido marca de la casa y que se viene difuminando en estas entregas de los últimos tiempos, en apariencia más enfocadas al continente que al contenido en sí.
Madrid y El Rastro son dos ocurrencias editoriales muy bien envueltas, en formato de lujo, quién sabe si inspirados en los que hizo Josep Pla de similar género (¡qué pesada está alguna gente con Pla, y qué poco se le pega a esa gente lo mejor de este escritor excelso!). Lucen los dos títulos repletos de material gráfico de primer nivel, fotografías, reproducciones artísticas de todo tipo, manuscritos, tickets, instrucciones, la inmensa mayoría con su pie detallado y acreditado, lo que es de agradecer y que salvará a estos libros de la maraña de esta época, que todo lo destripa y plagia sin consideración y a la que se enfrentan estos títulos en su preocupación por mencionar casi hasta el último desconocido que hizo una foto de agencia en el año de Maricastaña. Este material se sostiene sobre algo que es de lo mejor del libro, el diseño de Trapiello en colaboración con Alfonso Meléndez, primoroso en lo que se refiere a orden, tipografía o maquetación. De hecho, la implicación es tal que en cierto modo se puede considerar a Meléndez coautor de una buena parte de la bibliografía del leonés.
El primero de los títulos, Madrid, que es sin embargo el que se publicó en segundo lugar, marca la pauta de ambos. Trapiello estructura en capítulos muy bien medidos, bien descritos en sus corolarios, herencia de sus maestros Galdós y Baroja, pero atrabiliarios, en contra de las enseñanzas de aquellos; y así hasta los tres quintos del libro, donde enmarca sus obsesiones particulares en pequeños sumarios como arquitectura o arte u otros dedicados a personajes puntuales que son de su gusto, a medio camino entre las glorias consumadas y los bohemios de manual. ¿Y por qué lo atrabiliario? Pues porque aunque brillante en su escritura memorialista, el fondo histórico propiamente dicho puede arropar de más una armadura literaria que no pierde su sello mercurial, densa en el sentido de con un peso específico, en una tradición de gran clásico, más alumno aventajado que maestro, remitiendo a sus referentes en todo momento, como hace en cada cosa que escribe. Vamos, que si las 350 páginas de narración se hubiesen despojado de esas 150 con informaciones que se pueden encontrar en cualquier guía común medianamente documentada y se hubiesen quedado las que cuentan lo más granado del autor y sus pareceres, la obra habría salido ganando. Pero también sería otro libro, ajeno al concepto enciclopédico que por momentos tiene este Madrid.
Los capítulos son también un poco rastros en sí mismos, acumulación de lugares curiosos y estampas populares en el caso de Madrid y de objetos y motivos típicos en El Rastro. Y en este segundo tomo, lo de siempre: capítulos dedicados a la historia y el desarrollo que ha tenido este mercado callejero desde su fundación en tiempo incierto, y elogios del coleccionismo, pautas de regateo, la anécdota de la espada, que refleja que uno nunca encuentra lo que busca pero a veces sí, y una larga disertación de cómo ha llegado hasta nuestros días esta particular forma de intercambio. El motivo de unirlos a los dos en una reseña es que El Rastro es como una costilla de Adán de Madrid, cuyo capítulo 20 trata el famoso mercado y es, de alguna manera, un extracto de aquel. La intención está clara, pues el propio autor remite al libro en las últimas líneas de ese capítulo.Aparte de las virtudes ya mencionadas, hay que subrayar un oído fino para los diálogos de la calle y compasión y generosidad para los adjetivos, cualidades ambas que el autor reparte sin reparo y que le habrían venido bien a su propia carrera para que en España estuviésemos más pendientes de la verdadera escritura que de otros aspectos secundarios, como la innecesaria pretendida carga ideológica de que adolece su obra más reciente. Últimamente se viene excediendo en el afán de remarcar su cambio de bando cuando siempre fue de no militante de ninguno, y es repetitivo y cansino tanto en cuanto a la glorificación de los que considera amigos como a la censura de los enemigos, así como en el ostracismo de viejos compañeros de viaje. Sus recientes memorias (‘políticas’ las ha llamado él o su editorial) caen en lo mismo. De ahí el efecto de empacho de la valoración, pues los nuevos lectores pueden saturarse y no aporta novedad a los fieles; nada, en fin, en lo que no hayan caído algunos de sus maestros. Pero cuando Trapiello se olvida de la hemeroteca y de las rencillas y tira del hilo, surge la que es sin duda una de las prosas privilegiadas de la literatura de hoy en español. Esta escritura arrolladora es la línea de sus grandes obras, la de sus crónicas de clásicos olvidados y su diario, de los que deberíamos dar cuenta algún día.

Año de publicación: 2022
Valoración: recomendable
Dentro del calendario laico (incluso impío) y republicano español la fecha quizá más destacada es la del 14 de abril, aniversario de la proclamación de la II República, en 1931. Un acontecimiento celebrado e incluso idealizado por todo aquel ciudadano que reniega de la monarquía (y de la dictadura, como es obvio), más aún por que se trató de una proclamación popular y hasta cierto punto espontánea, como resultado no de un acuerdo entre las altas dignidades del estado o los próceres del país, y ni siquiera de un referéndum al respecto, como fue más tarde el caso de los actuales regímenes vigentes en Italia y Grecia, sino a raíz de unas elecciones municipales en las que los partidos republicanos vencieron en las ciudades con abrumadora mayoría. Eso sucedió el domingo 12 de abril del 31 y el martes 14 se proclamó la República, primero en Eibar y luego en multitud de localidades, por supuesto, también en Madrid, donde el rey Alfonso XIII hubo de renunciar al trono y partió hacia Cartagena, para abandonar España en barco.
Es esa histórica jornada -una jornada alargada, en realidad, porque se extiende desde las 6 de la mañana hasta las primeras horas del día siguiente- la que nos cuenta Paco Cerdà en esta ¿novela? de no ficción o Historia novelizada, que resulta una narración vibrante, emocionante y hasta adrenalítica, por momentos. Cerdà nos lleva por diferentes escenarios en los que se desarrollaron los hechos: por supuesto, Eibar, Madrid y Barcelona, pero también Huelva, Granada, Salamanca, Jaca y Huesca (recordemos que había habido un levantamiento republicano en el diciembre anterior), Tarragona, Palma, Cartagena... En ellos encontramos a personajes célebres, como el ya entonces general Franco, Unamuno, Santiago Carrillo, Josep Pla, la actriz Margarita Xirgú... o, por supuesto, el rey Alfonso XIII, pero también personas en absoluto conocidas para el gran público y, en ocasiones, ni siquiera para los especialistas en el tema, simples notas a pie de página en los libros de Historia, gente que vivó esa jornada excepcional o que murió en ella, como el Emilio con quien se abre y cierra el libro: Emilio Arauzo Honorio, un encuadernador muerto en Madrid a causa de las cargas de la Guardia Civil contra los manifestantes en la noche del 13 al 14, "la última víctima de la monarquía", se le llamó... aunque en el propio libro ya vemos que no fue el último; otras personas también cayeron en sucesos similares, antes de que el cambio de régimen político deviniera inevitable y el rey abandonara su reino al convertirse éste en república.
Paco Cerdá aborda esta ficcionalización (horroroso palabro, lo siento) de tal acontecimiento histórico centrándose, al a manera de Éric Vuillard en 14 de julio o ese otro escritor español tan patriotero sobre el 2 de mayo de 1808, en las vivencias individuales, luego parciales, del hecho, pero que dan una atinado panorama del conjunto, con pericia y talento más que suficiente para salir airoso del cometido. Sobre todo, de la difícil tarea de encontrar el punto justo entre el rigor histórico, la diferenciación de los personajes y su devenir, la amplitud de miras y el tono trascendente -incluso épico, aunque se trate más de una epicidad civil o popular, más que guerrera-; Tampoco olvida las puntadas líricas que encontramos en más de una ocasión... aunque aquí he de decir que tal vez se le vaya un poco la mano con lo lorquiano, en mi opinión. No es ésta, sin embargo, la única referencia poética que encontramos, tanto en castellano como en catalán o valenciano y resulta un placer ir descubriéndolas.
En conclusión, estamos ante una estupenda narración sobre un retazo de Historia, el nacimiento de la Segunda República española, que quizás haya quien juzgue como un momento ya trasnochado o apolillado, pero otros muchos consideramos perfectamente pertinente hoy en día. Porque, si se me permite expresar una aspiración política (que no tiene por qué coincidir con las del autor del libro ni, mucho menos, de mis compañeros de blog), en mi opinión la Tercera ya está tardando...
También de Paco Cerdà en Un Libro Al Día: El peón
Año de publicación: 2022
Valoración: Está bien
Por una vez empezaré por esa parte que a tantos lectores (nos) incordia: la faja promocional. Tras un esperable halago al autor, dice Santos Sanz Villanueva (El cultural) que ‘si el riesgo literario fuera un mérito principal de los escritores, tendría [Astur] asegurado un puesto en el podium’. Sensu contrario viene a decir que el riesgo literario, claro está, no es un mérito principal de los escritores. ¿Cuáles son esos méritos principales entonces? ¿Entretener? ¿Agradar al lector? ¿Estimularle a base de recetas como las que hace muy poco nos ofrecía Palahniuk? Pues ya lo siento, don Santos, pero para este oscuro lector y reseñista el riesgo literario es, por supuesto, un mérito fundamental para valorar un libro. Un riesgo, claro está, con sentido, con proporción, que busca algo, y que se la juega a que mucha gente lo rechace simplemente por no encontrarse con lo que esperaba, con lo que es cómodo y conocido. Así que, señor Sanz, me temo que si volvemos a encontrarnos no vamos a coincidir en la mayoría de nuestras opiniones.
Pero es que además, aparte de que sospecho una doble lectura a eso que en principio parece un elogio, tampoco entiendo esa alusión al riesgo refiriéndose al libro de Manuel Astur, al que no encuentro por ninguna parte nada que se parezca a riesgo literario. La aurora cuando surge cuenta un viaje por Italia que el autor realiza un año después de la muerte de su padre. Es un viaje más o menos largo, de norte a sur, empezando por la Toscana y Génova, pasando por Pisa, Siena, Roma o Nápoles para terminar, creo, en Sicilia. Pero visitando también, y deteniéndose con cierto deleite, en pequeñas poblaciones menos conocidas, algunas ajenas al turismo. Astur es ecuánime, y dedica un tiempo semejante a los grandes monumentos y a aquellos pequeños pueblos donde parece encontrar un alma escondida de lo italiano, no necesariamente más auténtica, simplemente una especie de cara interior más difícil de detectar.
A lo largo del trayecto hay tiempo para todo, desde tomarse tranquilamente una cerveza o un spritz en una terraza hasta admirar un monumento, observar a los ancianos en una taberna o contemplar los distintos tonos del mar según las latitudes, abrir un espacio a la lectura o a la composición (Astur introduce unas cuantas poesías escritas sobre la marcha), recordar a grandes creadores que eligieron aquellas tierras para vivir o para morir, y naturalmente, dedicar reflexiones a su padre difunto, con la distancia que ponen los meses transcurridos y la herida todavía reciente pero en proceso de cicatrizar.
El tono es pausado, amable, a veces con algún tinte irónico, pero siempre templado. A Astur no le gustan las masas de turistas, pero no les insulta (como Barceló), ni saca conclusiones filosófico-políticas (como Escohotado) de las artimañas para sacar dinero a los extranjeros. Hay una atmósfera de observación relajada y generalmente abierta a la belleza que recuerda más bien a Josep Pla. Pero por encima de todo predomina una prosa poética muy marcada, encontrando a cada paso la metáfora, la imagen, el tropo, el aforismo, figuras que sin llegar a recargar demasiado el texto, le otorgan una esencia claramente lírica. Esto no es en absoluto riesgo literario, es simplemente un estilo particular del autor, que habrá a quien entusiasme y a quien suene a demasiado almibarado. Obviamente me encuentro entre estos últimos, me gusta bastante poco ese empeño en buscar la frase redonda, la imagen poética de cada cuerpo y cada sombra.
No deja de ser cierto que, con tal despliegue de recursos, alguna que otra vez da en el clavo, como cuando afirma que ‘la mayoría de los versos solo son verdaderos para el que los vivió –y, si son buenos, consiguen serlo también para el lector.’ Una reflexión que tiene algo de escalofriante para quien, como casi todo el mundo en algún momento, se haya arriesgado a escribir algo, sea poesía o prosa. Pero en general, ya digo, salvo que a uno le entusiasme mucho esta forma de expresarse, creo que Astur es mucho más interesante cuando se olvida un poco de los florilegios y se sitúa más a ras de suelo. Pongamos como ejemplos un pequeño pasaje sobre la estancia de Lord Byron en Génova, un párrafo dedicado a escudriñar en los sonidos de la naturaleza, o breves historias sobre ascensiones al Vesubio o al Etna. Se sale el autor de su propio carril y en mi opinión luce mucho más, aunque habrá quien guste más del tono general del libro, y en ese caso disfrutará desde luego mucho más que yo.
P.D: Es inevitable terminar sin meter una pequeña aguja. Muy pequeña, solo una palabra, pero que me ha sonado tan mal que no lo puedo pasar por alto. Creo que era refiriéndose a Taormina, cita Astur a varios artistas que se trasladaron allá a vivir. Entre ellos, el ‘fotógrafo homosexual Wilhelm von Gloeden’, que no tengo ni idea quién era, pero la pregunta es: ¿ser fotógrafo homosexual es una profesión algo diferente de ser fotógrafo a secas? Seguro que es un simple desliz, pero convendría cuidar un poco más los detalles, porque no hace falta lupa para detectar cosas así de feas.