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sábado, 13 de mayo de 2023

Carson McCullers: La balada del café triste

 Idioma original: inglés

Título original: The ballad of the sad café: The shorter novels and stories of Carson McCullers

Año de publicación: 1951

Traducción: María Campuzano

Valoración: entre recomendable y está bien

No vamos a descubrir, a estas alturas, a la escritora norteamericana Carson McCullers, más que apreciada desde hace tiempo, mucho antes, incluso, de la actual corriente de justa reivindicación de autoras más o menos olvidadas o poco valoradas por su condición de mujeres. Ya hemos reseñado en este blog varios de sus libros, aunque de entre los más conocidos nos faltaba esta Balada... con la que vamos hoy. Se trata de un libro de cuentos compuesto por seis de no excesiva extensión y otro, el que da título al volumen, bastante más largo; de hecho, ocupa la mitad del libro. 

La balada del café triste, es preciso señalarlo, resulta un título engañoso, puesto que, si bien no se puede decir -o no del todo- que se trate de un relato cómico, sin duda denota un tono humorístico, asombrado y algo naïf, al estilo de los cuentos tradicionales que se cuentan o contaban junto al fuego las noches de invierno, sobre personajes, hechos y gros argumentales extraordinarios. Narra el nacimiento, esplendor y decadencia del único café en un pueblo del "profundo Sur" de EE.UU., propiedad de la virago Miss Amelia Evans, una mujer digna de cualquier epopeya de la Antigua Grecia y el "triángulo de amor bizarro" que establece con su marido, el criminal Marvin Marcy y su jorobado y enano -perdón: persona de físico divergente- primo Lymon. La cosa, aclaro porque sé lo que estaréis malpensando, no va tanto por el lado erótico como por el de la fascinación, el rencor y la violencia. En fin, un cuento muy divertido que bien podría haberse desarrollado en macondo o algún otro escenario del realismo mágico latinoamericano, salvo que McCullers lo escribió varios años antes de que esta corriente literaria eclosionara. Cierto es que también podría tratarse del guión de un episodio de Popeye el marino, pero es que ahí radica la gracia del asunto...

El segundo relato, Wunderkind, cuenta las tribulaciones de Frances, una pianista adolescente que siente que ha perdido su condición de "niña prodigio". Este relato, que fue, al parecer, el primero publicado por McCullers, está con seguridad basado en su propia experiencia como joven y prometedora estudiante de piano.

El jockey nos presenta, justamente, a un jinete de caballos de carreras, Bitsy Barlow, bastante trastornado desde que su mejor amigo y también jockey sufrió un accidente en una carrera. El siguiente relato vuelve a tocar el tema de la música, aunque de forma determinante: la protagonista de Madame Zilensky y el rey de Finlandia es una compositora y profesora bastante peculiar, cuyo jefe en la universidad norteamericana que la ha contratado, Mr. Brook, sospecha que se trata de una una mentirosa compulsiva.

El transeúnte, que junto con el siguiente, es el cuento narrado desde un punto de vista más subjetivo, está protagonizado por John Ferris, un periodista residente en parís que, de paso un día por Nueva York, ve a su ex-mujer, Elizabeth, caminando por la calle y decide visitarla. En cambio, en el caso del siguiente relato, Dilema doméstico, el protagonista, Martin Meadows, lo que teme es volver a casa junto a su mujer, Emily, pues ésta tiene un evidente problema de alcoholismo.

Por último, Un árbol. Una roca. Una nube es quizás el cuento más original y, en cierto modo, poético de todos, en el que un chaval repartidor de periódicos escucha una sorprendente disertación sobre el amor de un desconocido.

Los relatos más logrados son, en mi opinión, el primero, con su aire de fábula algo delirante y el último, el más desconcertante pero, como ya digo, también poético. También destaca, creo yo, el de madame Zilensky, que plantea un pequeño misterio y lo resuelve de un modo enternecedor. El resto, sin ser en absoluto desdeñables, corresponden más a un tipo de cuento psicológicoen el que lo más importante son las cuitas y el desarrollo de los personajes, más, quizás, que el arco narrativo . Todos son individuos que experimentan una crisis de algún tipo en sus vidas y el interés reside, sobre todo, en ver cómo la superan o sucumben a ella.

En cualquier caso, en todos los relatos destaca la excelencia estilística de la autora, especialmente diestra en lo que respecta a las descripciones, ya se traqte de los personajes, de los ambientes o incluso de los cambios atmosféricos. de hecho, y aunque también lo hace a través de de los diálogos y, más allá, de los pensamientos de sus criaturas, a menudo son estas descripciones físicas las que nos indican los cambios de ánimo de las mismas o hacia dónde se va dirigiendo la acción. Aunque sólo sea (que no sólo es) por esta habilidad técnica y por la fluidez y calidad de su prosa, desde luego que merecen leerse los relatos de esta escritora.


Otros libros de Carson McCullers reseñados en ULAD: Reflejos en un ojo doradoEl aliento del cieloEl mudo y otros textosEl corazón es un cazador solitario

martes, 4 de enero de 2011

Carson McCullers: Reflejos en un ojo dorado


Título original: Reflections in a Golden Eye
Idioma original: Inglés
Fecha de publicación: 1941
Valoración: Recomendable

No es la primera vez que me ocurre: me leo un libro ensalzado (en general) por la crítica y resulta que a mí no me parece para tanto, lo cual, inevitablemente, me hace sentirme un tanto culpable.

Pero es que Reflejos en un ojo dorado, pese a que tiene varias virtudes, no me ha parecido la maravilla que pensaba que era a raíz de leer varias críticas y reseñas sobre esta novela escrita por una de las autoras del llamado gótico sureño, corriente literaria que también engloba, entre otros, a los archifamosos Truman Capote, William Faulkner o Flannery O'Connor.

Carson McCullers tuvo una existencia cuanto menos complicada y tumultuosa que incluye una enfermedad de juventud mal diagnosticada que la mortificaría toda su vida, tendencias homosexuales, y una tormentosa relación (llegó a casarse con él en dos ocasiones) con un escritor alcohólico celoso de sus logros literarios. Tras dejar sin aliento a la crítica con su flamante primer libro, El corazón es un cazador solitario, a la edad de 23, apenas un año después, McCullers también causó una honda impresión en el panorama literario de su tiempo con la novela que hoy reseño. Reflejos en un ojo dorado cuenta una historia, o más bien, varias historias que discurren dentro de un fuerte militar del Sur de Estados Unidos en tiempo de paz. Pero las personas que allí conviven no son precisamente ejemplos de paz interior: el capitán Penderton está harto de su temperamental esposa, Leonora, y parece más interesado por un joven soldado de nombre Williams, fascinado éste por Leonora, a la que espía cuando puede, dando rienda suelta a sus más fetichistas fantasías. Y Leonora le pone los cuernos a Penderton con un amigo de éste, Langdon, esposo de la desequilibrada Alison, traumatizada por la muerte de un hijo y que mantiene una curiosa relación con su criado filipino, Anacleto.

Con esta breve descripción de lo que pasa dentro del peculiar fuerte militar, es de esperar que nos vayamos a encontrar con seres complejos y atormentados entregados a extrañas e insanas pasiones, y lo cierto es que sí: la novela de McCullers supura lo que sospechamos.

Pero como ya he dicho, el libro, qué se le va a hacer, no me conveció del todo pese a sus buenas dosis de atrevimientos varios y curiosos análisis humanos. Me dejó la desagradable sensación de que la escritora, pese a que marcó bien sobre las páginas de esta novela su peculiar e intenso estilo, no logró articular y coordinar del todo la poderosa maquinaria que tenía entre sus maquiavélicas manos, y escribió una obra un tanto irregular, más prometedora que lograda.

Pese a todo, aunque sea por curiosidad, les recomiendo que la lean, y si pueden, que vean también la película que sobre la misma hizo John Huston con el gran Marlon Brando y la bella Liz Taylor como intensos animales sureños.

También de Carson McCullers en ULADEl aliento del cieloEl corazón es un cazador solitarioEl mudo y otros textos

jueves, 10 de mayo de 2012

Zoom: El aliento del cielo, de Carson McCullers


Título original: Breath from the Sky
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1971 (en castellano): 2007
Valoración: Recomendable

Este relato narra una de esas historias pequeñas que se desarrollan en un espacio reducido donde no sucede nada de importancia. En el jardín de una casa se muestra a una niña inmóvil que observa a la gente que pasa por allí. A primera vista, no pasa de ser una estampa intrascendente con sólo una decena de páginas, pero puede que esa acción mínima esté señalando a otro sitio, fuera del alcance de la vista.

Lo que de verdad importa es lo que McCullers no cuenta. A pesar de la poca experiencia que tenía cuando lo escribió, su gran talento acierta a crear dos campos de batalla ocultos dentro de la niña. En uno, quienes pelean a muerte son los bacilos de Koch con los pulmones de la maltrecha Clarence. Ésta languidece en su hamaca sin más actividad que unas toses que la dejan exhausta; en ese estado, hasta le intensidad de la luz resulta dolorosa y cualquier forma, color, movimiento que entre en su campo de visión recibe un interés fugaz. El otro ring es su propia mente, no tanto por la comprensible envidia que le produce la normalidad de los suyos como por la angustia que supone saber que en un futuro próximo vivirá alejada de todo y de todos, quién sabe durante cuánto tiempo. Y, por si esto fuera poco, tiene que enfrentarse a la indiferencia con que la van a dejar sola allá arriba, a esa resolución sin alma que parece guiar a todos, al desaliento que produce ser la única que ve el lado terrible del proyecto.

La intensidad que alcanzan estos sentimientos, por debajo de la aparente banalidad de la escena, se debe a su carácter autobiográfico. Carson McCullers aún no había olvidado los atroces momentos que le tocó vivir cuando, siendo adolescente, fue enviada a un sanatorio por culpa de unas fiebres reumáticas que al principio confundieron con tuberculosis y que le perseguirían durante toda su vida. Más tarde, su hermano quitaría importancia a esta anécdota afirmando que, en realidad, Carson era la preferida de su madre y que, sólo a causa de su sensibilidad de artista, interpretaba de esa forma los hechos. No creo que los artistas sean más sensibles que los que no lo son, sólo que algunos de los que tienen sensibilidad son, además, capaces de reflejar sus impresiones artísticamente. De cualquier modo, la escritora debió guardar un poso de traición mucho tiempo y quiso liberarlo poniéndolo por escrito. Debajo de la minuciosa descripción de lo que ve Clarence, atisbamos el desamparo del personaje, su temor, y también una entereza admirable.

El aliento del cielo es un cuento primerizo, sorprendentemente bien construido, que se recogió póstumamente en The Mortgaged Heart y que, desde 2007, podemos leer en español al formar parte del volumen al que da título, junto con otros dieciocho y tres novelas cortas.

También de Carson McCullers en ULADReflejos en un ojo doradoEl corazón es un cazador solitarioEl mudo y otros textos

jueves, 7 de agosto de 2014

Carson McCullers: El mudo y otros textos

Idioma original: inglés
Año de publicación: 1971
Traducción: José Luis López Muñoz
Valoración: muy recomendable

No existe una equivalencia del título en inglés para este libro: sus artículos se publicaron integrados en una recopilación llamada The mortgaged heart. Puestos a aclarar aspectos técnicos y a ser coherente con la lógica de este blog, el muy recomendable podría quedarse corto o ser generoso en función de su repercusión final sobre el lector. Pues lecturas como esta actúan como anzuelo o tirador hacia otras. 
En particular, su texto de referencia, El mudo, es una especie de diario de a bordo, de anotaciones, guión, informe de trabajo en progreso, comentarios, sobre El corazón es un cazador solitario, novela de referencia de la autora y, pero esto espero confirmarlo en muy poco tiempo, obra maestra del realismo sucio o del gótico sureño o de vayan a saber que género. El mudo aporta el valor de la excitación hacia la lectura, de la explicación del proceso creativo, de la planificación del ensamblaje de las tramas y el ahondamiento en la definición de los personajes, de sus interacciones (cuidado, algunos de los hechos fundamentales que sucederán se adelantan aquí) y de su importancia y sentido en el conjunto. Y esto, para los que aquí escribimos y, espero, que para los que nos leen, es de enorme valor.
A este texto se acompañan artículos variados en los que se hace mención a otras obras de la autora, no tan meticulosa en estos casos en cuanto a su proceso (la autora ya se encuentra ensalzada por la repercusión de su obra), a algunos de sus autores favoritos (Chéjov, Dostoievski, Faulkner, Dinesen), a una vida ya marcada por su condición de joven talento (publicó El corazón es un cazador solitario a los 23 años), y en todos ellos nos encontramos con esos trazos que se nos hacen, en pocas páginas, curiosamente familiares: cercanía narrativa, consciencia del pulso creativo, sensibilidad social. Quepa una pequeña recriminación por mi parte: no sé distinguir en la autora al escritor porque no puede dejar de escribir del escritor porque puede permitirse escribir. Esa esporádica mención religiosa, ese recato en entrar en detalles sobre lo lúbrico es lo único que me descoloca. Aunque hay que situar la obra en su contexto temporal y social, el de unos Estados Unidos en la década de los 40-50 metidos en plena consciencia de su pujante importancia, una nación orgullosa de lo que la había llevado allí y sin dudar un instante sobre las condiciones en que ese ascenso se había sustentado. Pero esta es una apreciación muy particular.
Quede constancia, entonces, de que, si apenas cien páginas, que se leen en menos de dos horas, nos llevan a tal reflexión, estamos ante una autora poco común.

También de Carson McCullers en ULADReflejos en un ojo doradoEl aliento del cieloEl corazón es un cazador solitario

sábado, 21 de febrero de 2015

Carson McCullers: El corazón es un cazador solitario

 Idioma original: inglés
Título original: The Heart is a Lonely Hunter
Año de publicación: 1940
Valoración: Imprescindible

El corazón es un cazador solitario destaca entre los numerosos retratos de la América profunda por haber logrado ese tan peliagudo equilibrio entre realismo y humanidad, entre espiritualidad y sordidez, entre comprensión hacia los personajes y asunción de sus miserias. Una crónica que detalla pero no se complace y, por tanto, exenta de crueldad en las caracterizaciones. La autora nos sitúa en un ámbito muy similar a aquel donde nació, una pequeña y humilde población del tan manoseado Sur, descrita con rasgos gruesos pero certeros, habitada por seres humildes pero no exentos de dignidad que se adaptan a las circunstancias como la mano al guante aunque solo sea porque, al no haber conocido otras, les está vedado –al menos, a la mayoría– concebir otras diferentes.

Factores fundamentales de esta novela –primera de su autora y publicada con solo 23 años– serían: su certero análisis de la sociedad (a cargo de los personajes) y de la incomunicación omnipresente, así como la inclinación que sentirán forzosamente los lectores por cada prodigiosa criatura extraída de la pluma de Mc Cullers. Pero, además, creo necesario destacar la que considero su idea predominante, que se trasluce prácticamente en cada frase y que deja un regusto agridulce al cerrar el libro. La idea es esta: lo que de verdad nos cuesta exteriorizar no es el
odio, como creíamos, sino el amor. Un amor que avergüenza y nos esforzamos en erradicar si no se atiene a pautas convencionales, si no va dirigido a la familia ni a un particular objeto de deseo sino que se manifiesta caprichosa y arbitrariamente por haber surgido sin que intervengan razón ni voluntad.

En la novela –y probablemente en la vida– la inquina sorda, el deseo de revancha o la ligera hostilidad tarde o temprano acaban saliendo a la luz. Pero ¿qué ocurre con la bondad, con la necesidad de comunicarse o de contribuir a mejorar la suerte de la especie de una forma verdaderamente altruista? Me refiero, no a la cháchara sino a sentimientos verdaderos. ¿No producen un pudor tan descomunal que acaban encerrados bajo siete llaves en el interior de cada uno? Sin ir más lejos, en esta historia solo se permite dar rienda suelta a una emoción bastante habitual, la que surge entre los dos adolescentes y que acabará abortada y reducida a mero encuentro sexual probablemente a causa de los convencionalismos.

Dicho esto, podría parecer que se trata de un producto ñoño y sin garra. Todo lo contrario. Es precisamente su cotidianeidad lo que convierte a la trama en inquietante. La presión sobre el lector se acentúa a medida que esta avanza volviéndose intensísima al final. Los personajes (e ideas) que aparecen aquí, el perfecto engranaje de los elementos y el pesimismo que encierra transmiten, paradójicamente, un gran apego a la vida y convierten su lectura en una experiencia entrañable.

El reparto que se nos ofrece es sólido en su funcionalidad. Los personajes –pertenecientes todos ellos a la estirpe de los solitarios– no muestran más que lo imprescindible para que avance el argumento, pues cualquier otro detalle añadido arruinaría la armonía del conjunto. Primer, y extraordinario, hallazgo: que un mudo protagonice un relato sobre la  incomunicación. Para construir a John Singer, se le dota de una personalidad tan misteriosa como repleta de matices que, sin embargo, no hace sombra a otras figuras espléndidas. En primer lugar, la de Mick, esa adolescente solitaria, alter ego de Mc Cullers, que personifica la secreta pasión de todo artista. A los rasgos extraídos de su infancia y adolescencia, la autora añade un puñado de idealizaciones de sí misma y de sus circunstancias que componen un convincente retrato. Si el estoico y bonachón Biff Branon oculta una secreta fascinación por su persona, a Mick le guía su fervor por la música y una admiración ilimitada hacia Singer. Por cierto, la incapacidad de este para hablar –que se añade a un indiscutible halo de dignidad y a su ilimitada y eterna reserva– estimula la imaginación de su entorno que acaba atribuyéndole todas las virtudes imaginables. Es lo que le ocurre al tarambana Jake Blount, cuya tosca superficie oculta a un espíritu altruista y a un profesional competente. O al desdichado doctor Copeland, cuya ruina anímica nace de la injusta incomprensión de sus hijos. Ambos encarnan una conciencia social y un idealismo que acabarán desperdiciándose sumergidos en la banalidad del entorno. Pero el sentimiento más puro, la camaradería que no exige nada a cambio, la encontramos, de nuevo, en lo que el propio Singer siente hacia su compañero Antonapoulos. Es su afecto indestructible quien abre y cierra el relato como un personaje más.

lunes, 15 de enero de 2024

Kay Boyle: Vivir es lo mejor

Idioma original: Inglés
Título original: Life being the best. An anthology
Año de publicación: Entre 1931 y 1951
Traducción: Magdalena Palmer
Valoración: Bastante recomendable

Si hace un par de años la lectura de El caballo ciego suponía el descubrimiento de una autora como Kay Boyle, la lectura de este Vivir es lo mejor supone la confirmación de la calidad de una autora que parece que va encontrando poco a poco su espacio en el saturado mercado español.

En esta ocasión, nos encontramos con una colección de cuentos escritos entre 1931 y 1951 que se presentan en dos partes diferenciadas según criterio temático y cronológico.

La primera de ellas (1931-1938) agrupa nueve relatos con temática más o menos común (racismo, prejuicios, locura, etc) y que basan gran parte de su atractivo en los gestos, en los silencios y en los "huecos" que ha de rellenar el lector. Destacan en este grupo:

  • Vivir es lo mejor, relato de iniciación con personajes antagónicos que destaca por su poderoso crescendo.
  • Su idea de una madre, texto de infinita tristeza protagonizado por un niño huérfano.
  • Tu cuerpo es un joyero, oscuro relato que comienza con una imagen muy en la onda de El barón rampante para ir creando una atmósfera de lo más desasosegante y, sobre todo,
  • Doncella, doncella, el mejor del conjunto por su desarrollo, asociaciones, símbolos e imágenes, así como por la interrelación del paisaje interior y exterior (y también, por qué no, por su ambientación el glaciar Pasterze, a los pies del Grossglockner, que me hace recordar cierto viaje que hice allá por 2007).

La segunda (1941-1951), por su parte, tiene como hilo argumental la Segunda Guerra Mundial. Pero Boyle rehúye la contienda en sí y pone el foco en personajes afectados de una u otra manera por la guerra y la posguerra. Corresponsales, campesinos que sufren las penurias de los años posteriores al conflicto, prisioneros alemanes, niños abandonados, etc, pueblan las páginas de estos relatos que hablan de angustias, miserias, violencias, ansias de libertad, heridas y cicatrices. Se trata de textos mucho más explícitos que los anteriores y ese cambio en el tono resulta algo chocante en un primer momento. No sé si será casualidad o no, pero son justamente los últimos relatos los que me resultan más interesantes. Así:

  • La casa de Fife, relato que puede ser leído como una metáfora del ascenso del nazismo. Vaya, como si fuese La cinta blanca de Haneke (¿será Horst el niño del película?).
  • Los perdidos, texto también iniciático que recuerda vagamente a Un soplo en el corazón de Louis Malle (por seguir con las referencias cinematográficas) y que tiene como protagonistas a tres chavales que se acercan a un centro de acogida. Quizá es el relato que mayor desarrollo de los personajes ofrece y que tiene un tratamiento más novelístico.
  • Noche de invierno, profundamente triste, con esas heridas que no terminan de cerrar.
Por lo tanto, más que recomendable selección de quince de los relatos publicados por Kay Boyle, una autora cuyos textos (en especial, los de la primera parte) me recuerdan a la bastante más conocida por estos lares Carson McCullers. A ver si con un poco de suerte Boyle llega a ser tan difundida como McCullers. Espero que así sea. 

También de Kay Boyle en ULAD: El caballo ciego

jueves, 31 de octubre de 2019

Biblio-Necrophiliac Quiz 2019: No somos nada...

¡Hola a todo el mundo y feliz Noche de Todos los Santos, chavalada! ¿Qué tal van los preparativos del Samaín? ¿Ya habéis colocado las calabazas en la puerta de casa, desempolvado la Ouija, descargado alguna peli de George A. Romero? Bueno, que no se diga que Un Libro Al Día no estamos por la labor conmemorativa, así que, para ir calentando motores, os proponemos esta segunda edición del Biblio-Necrophiliac Quiz, el test de conocimientos sobre escritores que ellos mismos no hubieran sido capaces de responder... El año pasado ya demostrasteis que no teníais ni idea sobre tumbas de escritores el turismo funerario no era lo vuestro. No pasa nada: este año, el Quiz de este año  NO VA DE TUMBAS (lo siento por los que pasásteis las vacaciones del Pére Lachaise a Montparnasse o de Highgate al oxfoniano cementerio de Wolvercote para documentaros. Amigos bonaerenses: siempre merece la pena pasear por La Recoleta). Esta vez vamos al paso previo a la inhumación (aunque no siempre, ahí tenemos algún cuento de Poe): cuando te viene el apechusque y la roscas. Para quien no entienda el manchego (el resto de la Humanidad): cuando la palmas, la espichas, la diñas, estiras la pata, pasas a mejor vida, te viene a ver la Parca, te vas al otro barrio, feneces, expiras, falleces, MUERES. Fin de fiesta. Game over. THE END. 
                                              


¿Cómo fue el final de vuestros autores o autoras favoritas? ¿Cual fue la causa de su muerte? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras (tranquis, que no os voy a preguntar por Walt Whitman)? Veamos si sabéis tanto de literatura como pretendéis en esos simposios, mesas redondas, presentaciones de libros (con canapés), talleres literarios, cursos, cursillitos, clubes de lectura, tertulias, cafés hipsters,  barras de bar, vertederos de amor, os enseñé mi trocito peor... ¿Preparados? Are you ready to rock? Pues a la de tres... ¡Ya! 

1- Como siempre, empecemos por una sencillita para no desanimar al personal: ¿Qué celebérrimo escritor romántico murió de un disparo al perder un duelo con otro señor, por culpa de un quítame allá esas pajas asunto de honor en relación a una mujer casada?

A/ Víctor Hugo
B/ Mariano José de Larra
C/ Alexander Pushkin
D/ Walter Scott

2- ¿Qué eminente autora norteamericana falleció a consecuencia de la enfermedad favorita del televisivo doctor House, el lupus?

A/ Flannery O'Connor
B/ Lucia Berlin
C/ Mary McCarthy
D/ Susan Sontag



3- Y hablando de la serie House, ¿de qué forma un tanto bizarresca, pero, como vemos, plausible y que aparece en un capítulo de esta serie murió el también estadounidense Sherwood Anderson?

A/ Se perforó el intestino con un palillo de dientes que se había tragado.
B/ Levantó una estatuilla de Buda que escondía dentro un electroimán y éste movió los alfileres que sus padres le habían clavado en la cabeza, siendo un bebé, a través de la fontanela.
C/ Sufrió una meningitis provocada por la picadura de una garrapata.
D/ Buceando en el pecio de un barco esclavista, rescató una botella que contenía pústulas de enfermos de viruela que, al romperse, liberó el virus de esa enfermedad.

4- ¿Qué otro célebre escritor o escritora norteamericano/a, en este caso oriundo/a de uno de los antiguos estados confederados, feneció a causa de un accidente no menos desafortunado e improbable (en su descargo hay que decir que se encontraba en un momento un tanto alcohólico), al atragantarse con la tapa del bote de barbitúricos que estaba abriendo con la boca?

A/ William Faulkner
B/ Tenessee Williams
C/ Truman Capote
D/ Carson McCullers

5- Claro que las muertes rocambolescas no son una circunstancia exclusiva de los tiempos modernos. De hecho, en la Antigüedad ya se dio algún caso llamativo, como el del dramaturgo Esquilo, que murió a consecuencia de: 

A/ Se cayó de una higuera a la que se había subido huyendo de unos soldados persas. No se mató, pero quedó inconsciente y fue devorado vivo por una manada de perros salvajes.
B/ Un quebrantahuesos confundió su cabeza calva con una roca y soltó sobre ella una tortuga para romper así su caparazón, consiguiendo en cambio aplastar la cabeza del pobre Esquilo.
C/ Tras participar victorioso en las batallas de Maratón, Salamina y Platea, volvió a su casa como un héroe, pero, enseñando a su hijo pequeño cómo había combatido a los persas, se enredó con una correa suelta de su sandalia y cayó al suelo, clavándose su propio xiphos o espada corta lanceolada.
D/ Comprobando la acústica del teatro de Epidauro había subido hasta la grada más alta (de 52) cuando una lechuza tempranera alzó el vuelo hacia él y por culpa del sobresalto bajó rodando por las escaleras hasta la orchestra, donde se desnucó.

6- Otro literato que participó en una guerra fue el poeta Wilhem Albert Włodzimierz Apolinary Kostrowicki, conocido por Guillaume Apollinaire, que formó parte del ejército francés durante la Gran Guerra. Sin embargo, moriría al poco de acabada ésta, a causa de: 

A/ La gripe española.
B/ Las heridas en la cabeza recibidas en el frente por la explosión de un obús.
C/ Fue atropellado por un carro que transportaba carne de cerdo al mercado de Les Halles, en París.
D/ El mamporro que le arreó Pablo Picasso, a quien unos años antes Apollinaire había implicado falsamente en el robo de la Gioconda, y que removió un trozo de metralla que los cirujanos no le habían extraído, por desgracia demasiado cercano a la arteria subclavia derecha.

7- Por continuar con más poetas de ánimo belicoso, es sabido que Lord Byron falleció en Grecia, país al que había acudido para ayudar en su guerra de independencia del Imperio otomano. Aunque no murió en una batalla, sino a consecuencia de una sangría demasiado entusiasta que le practicaron unos médicos tras una crisis epiléptica. Bien, pero en cambio, ¿sabéis cómo pereció su gran amigo de francachelas, el también poeta británico Percy Shelley?

A/ Naufragó el velero en el que viajaba y que él había bautizado "Don Juan", en honor de su amigo Byron.
B/Se golpeó al caer de un pura sangre árabe de su propiedad y que él llamaba "Prometeo" en honor de su amigo Byron.
C/ A consecuencia del coma etílico que le sobrevino de la tremenda borrachera que se agarró al enterarse de la muerte de su amigo Byron.
D/ Por culpa de un recio y repujado ejemplar de la novela Frankenstein que su esposa Mary le arrojó a la cabeza porque no dejaba de hablar a todas horas de su amigo Byron.

8- Pasemos a temas más alegres: entre el gremio literario siempre ha cundido bastante la costumbre de quitarse la vida o al menos intentarlo; no digamos ya en países donde la idiosincrasia nacional fomentaba tal práctica. En Japón, por ejemplo, ha habido muchos escritores que se han suicidado, pero el más persistente fue uno que lo intentó no una ni dos veces, sino hasta cuatro veces antes de conseguirlo: 

A/ Yukio Mishima
B/ Yasunari Kawabata
C/ Ryunosuke Akutagawa
D/ Osamu Dazai

9- Por acabar con los escritores suicidas (ejem... qué mal suena eso), recordemos al poeta ruso Sergei Yesenin (o Esenin) que antes de ahorcarse dejó por escrito un emotivo poema ("Adiós, amigo mío, adiós/ tú estás en mi corazón/ Una separación predestinada /promete un encuentro futuro (...)" en cuya gestación intervino un elemento sorprendente: 

A/ La propia sangre del poeta, que fue la tinta con la que lo escribió.
B/ Utilizó, continuándolo, el telegrama que le había enviado el también poeta Mayakovski (al parecer, enamorado de él), sabedor de su intención de quitarse la vida.
C/ Un discurso funerario del mismísimo Iosef Stalin, para despedir al fundador de la Checa, Félix Dzerzhinski, y en el que se pronunciaban los dos primeros versos.
D/ Las palabras (las únicas que aprendió a decir en ruso) que le solía decir la que fuera su esposa, la célebre bailarina Isadora Duncan, cuando aún eran amantes y Sergei salía de su camerino tras alguna efusión amorosa rapidita... 

10- Por cierto que las últimas palabras pronunciadas por los literatos en el lecho de muerte siempre han dado mucho juego: desde las más poéticas o sugerentes ("Se disipa la niebla", dijo Emily Dickinson; en cambio, Goethe exclamó: "Más luz...") a las más desabridas de Karl Marx: "Las últimas palabras son para estúpidos que no han dicho lo suficiente mientras vivían". Quizá la palma de originalidad se la lleva el gran Oscar Wilde, que dijo "O se va él o me voy yo", refiriéndose a: 

A/ Un cura católico llamado para administrarle los santos sacramentos.
B/ Su antiguo amante (y causante de su infortunio) Lord Alfred Douglas, que había acudido a París al enterarse de la agonía de Wilde.
C/ Un ejemplar de El Paraíso perdido, de Milton, poema que aborrecía y que alguna visita se había dejado en la habitación del hotel Alsace, donde murió.
D/ El horrible papel pintado de la pared.

Pues ya está. ¿Qué tal ha ido la cosa? Son preguntas facilitas, ¿no? Culturilla general, como quien dice. Ahora bien, como seguro que más de uno o una de nuestros seguidores se ha quedado con ganas de más,  aquí va una BOLA EXTRA, para rematar los diez aciertos con un pleno al once:

11- No vamos a preguntar de quién fue el siguiente sepelio, pues algo parecido sólo se le podía haber ocurrido a Hunter S. Thompson, que dejó establecido que así fuera antes de, cómo no, suicidarse en 2005: en su rancho de Colorado, sus cenizas fueron dispersadas mediante un cañonazo mientras sonaba Mr. Tambourine Man, de Bob Dylan, disparadas por un cañón de 50 metros de altura terminado en un puño de dos pulgares que agarraba un botón de peyote (símbolo de su campaña a sheriff en 1970 y del periodismo Gonzo). Tan sencilla ceremonia costó unos 2'5 millones de dólares, que fueron sufragados por la estrella de cine y admirador de Thompson: 

A/ Nick Nolte
B/ Johnny Depp
C/ Nicholas Cage
D/ Woody Harrelson

Y ahora sí que ya está. Después de la foto del equipo reseñador de Un Libro Al Día, tenéis las soluciones correctas:




1- C; 2- C; 3- A; 4- B; 5- B; 6- A; 7- A; 8- D; 9- A; 10- D; 11- B


Valoración de los resultados:

-De 0 a 4 aciertos: Enhorabuena. Sois personas que viven la vida, se enamoran, comen, trabajan, hacen el amor, van al fútbol, se emborrachan, pasean al perro, se manifiestan, suben montañas, navegan en veleros, practican artes marciales, se tiran por un barranco en una bici de montaña, bucean entre tiburones... LO QUE SEA, menos aprenderse las muertes de escritores famosos (o no tan famosos).

-De 5 a 8 aciertos: Madre mía... ¿no tenéis nada mejor que hacer? Quiero pensar que la mayoría de aciertos han sido de chiripa. Por favor, dejad estas piraduras para los bibliófilos, necrófilos y sociópatas como nosotros, será lo mejor (bueno, como yo, que mis compañeros son gente más o menos equilibrada... ¡oh, perdón, que me olvidaba de... vale, NO).

-9-10 aciertos: Mirad lo que vamos a hacer: ya que sois casos incurables de morbosidad y pedantería libresca, a ver si por los menos le damos una utilidad a vuestro trastorno ¿Qué tal si vais dejando sugerencias para el Biblionecrophiliac Quiz del año que viene? Porque ya la cosa se está poniendo peluda... Gracias de antemano.

-Pleno al 11: Buff... hasta luego, Mari Carmen...

viernes, 10 de julio de 2009

Truman Capote: Desayuno en Tiffany’s

Idioma original: inglés
Título original: Breakfast in Tiffany’s
Año de publicación: la última edición data de 1973 (por Truman Capote)
Valoración: Muy recomendable

No, no y no. No pienso dedicar este espacio en hacer paralelismos entre un relato titulado Desayuno en Tiffany’s y una película basada (muuuuy libremente) en la misma historia llamada Desayuno con diamantes. Para no ceder a tamaña tentación, atacaré la cuestión en cuatro puntos: a) Truman Capote siempre pensó en su amiga Marilyn Monroe como la perfecta protagonista del asunto, y no en Audrey Hepburn (a la que cogió ojeriza por ser la elegida), dos modelos de mujer tan opuestos como lo son los buñelos y las marron glacée. b) El narrador y protagonista del cuento raramente podría enamorarse de una mujer (Marilyn, Audrey, o la que ustedes se imaginen), cuando los críticos han coincidido en ver en él una suerte de segundo Truman Capote, homosexual reconocido para los que no sepan. c) La película y el libro no acaban igual. Saboreen ambos para descubrirlo…d) Moon river, la mítica canción que canta Audrey en el film, no aparece para nada en el libro.

Ahora, a lo que íbamos, que yo he venido a hablar de “mi libro”.

Desayuno en Tifffany’s reúne cuatro relatos de Truman Capote, el irrepetible escritor de Nueva Orleans, cuya vida (fue abandonado por su madre, una reina de la belleza sureña, y criado por sus tres tías solteronas) bien podría ser la trama de una de sus historias, donde sus héroes (o antihéroes, mejor dicho) son personas de origen incierto, tumultuosa infancia y dolorosa madurez, pero no por ello poco sagaces: todos ellos tienen las agallas suficientes para luchar contra su destino y encontrar su lugar en el mundo pese a que desde que tuvieran uso de razón las facilidades y el afecto fueran envidiables tesoros que se les resistían.

Desayuno en Tiffany’s, el primero de los relatos, presenta a uno de los personajes femeninos más carismáticos de la literatura americana de posguerra: la aparentemente amoral y alocada Holly Golightly, estrella de cine en ciernes de pasado tormentoso y vergonzante, que ahoga en el glamour más impostado sus debilidades. Holly es una suerte de Violeta Gautier con gafas de sol y moños altos, una muchacha de veinte años que cuando está deprimida se come el croissant frente a Tiffany’s, la tienda de joyas más exquisita del mundo. Ella es la “amiga de todos”, el objeto de deseo de los hombres ricos y fácilmente impresionables de Nueva York (incluidos mafiosos encarcelados, lo que será determinante para el desenlace del relato), que la rondan en las múltiples fiestas en las que se la ve, pese a su misteriosa ascendencia. Un vecino/amigo aspirante a escritor del bloque donde vive será el narrador de la vida de esta chica, a la que se puede llegar a aborrecer pese a que se conozca, finalmente, su triste historia.

Los otros tres relatos son Una casa de flores, donde se narra la historia de amor que viven una joven ex prostituta enamorada y su encantador marido, entorpecida por la molesta presencia de una vieja bruja (literalmente), la madre del muchacho, que le hará la vida imposible a la joven incluso una vez muerta. Una guitarra de diamantes, el tercero, logrará arrancar lágrimas al lector medianamente sensible contando la historia de amistad y fuga entre dos tipos encarcelados, uno de los cuales posee una guitarra cubierta, precisamente, de diamantes. Pero el relato que logró dejarme con un nudo en el estómago y los ojos anegados en lágrimas, y que me impulsó a leer toda la bibliografía de Capote (es el único escritor con el que lo he hecho, por ahora) fue el último, Un recuerdo navideño, donde los protagonistas son una pobre mujer madura con cierto retraso que se comporta como una niña fantasiosa y su “amiguito”, el chaval huérfano que ella y otros familiares se han encargado de criar. En una palabra: conmovedor. Y no hay que ser muy sagaz para deducir que Truman Capote habla, una vez más, de lo que él conoció de niño.

Capote es uno de los abanderados del llamado gótico sureño, género cultivado, asimismo, por otros escritores como Carson McCullers, Flannery O’Connor o el terrible Faulkner, todos ellos crecidos y amamantados en las peculiares tierras situadas en las inmediaciones del río Mississippi, donde la humedad, las costumbres atrabiliarias y una impagable mezcla de costumbrismos WASP, negro, criollo y afrancesado han hecho que surgiera esta apasionante corriente literaria, violenta, mítica, y sin precedente a la vista.

A lo largo de la vida de este blog trataré de hacer críticas de algunas de estas obras, aunque mi preferida sea la de Capote, cuyo final fue triste e indigno, quemando sus últimos días como una reinona de lengua mordaz que apuraba sus noches entre alcohol, drogas y amantes jóvenes al ritmo de la música dance del mítico Studio 54 neoyorquino.

Otras obras de Truman Capote en ULAD: Aquí

miércoles, 25 de marzo de 2020

Reseña + Entrevista: Enero, de Sara Gallardo

Idioma original: Español
Año de publicación: 1958
Valoración: Muy recomendable

Siempre que se habla de “Mejores novelas escritas con menos de 30 años” aparece “El corazón es un cazador solitario” de Carson McCullers, que cuenta, a su vez, con una de las mejores primeras frases de novela. Pues bien, “Enero” fue publicada en 1958, cuando Sara Gallardo contaba con 26-27 años y cuenta también con una primera frase de una contundencia tal que constituye un llamado a la lectura inmediata de la novela.

“Hablan de la cosecha y no saben que para entonces y no habrá remedio –piensa Nefer-; todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar”

Con esta primera frase podemos adivinar la ubicación espacial de la novela (resulta curiosa la elección del campo como escenario tanto de Enero como de Eisejuaz, siendo Gallardo una autora bonaerense y siendo buena parte de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX eminentemente urbana), que Nefer será la absoluta protagonista de la novela, que algo se cierne sobre ella y que este algo, irremediable y oscuro, tendrá terribles consecuencias.

Pero Sara Gallardo juega con el lector y en la misma primera página desvela el misterio (el embarazo de Nefer, de apenas 16 años, producto de una violación). “Enero” pasa a ser una novela diferente a la que podía parecer y su centro se desplaza del misterio, de la violación, apenas dibujada, y del embarazo, al que apenas se hace referencia, a los efectos que estos dos últimos provocan en Nefer y en la comunidad que la rodea.

Es precisamente ese giro lo que confiere a las apenas 100 páginas de “Enero” una carga y una intensidad brutal. La elección de Nefer y de los sentimientos y pensamientos que la atraviesan como núcleo del relato permiten a Gallardo combinar inocencia y madurez, mezclar el lenguaje coloquial / popular de los diálogos con el lenguaje poético de las descripciones y transiciones (casi siempre con frases que son como latigazos en la espalda) y construir la novela en base a una serie de contraposiciones y contradicciones que la dotan de variadas capas y lecturas.

En cuanto a las capas que podemos encontrar en "Enero", podemos citar:

  • La contraposición entre espacios “abiertos” y “cerrados”: la casa y la iglesia como prisiones o como espacios asfixiantes frente a un campo de horizontes infinitos que ofrece una libertad apenas entrevista. Así, paisaje y clima ser convierten en otros personajes de la novela
  • Como también ocurriera en "Eisejuaz", la contraposición entre Iglesia y creencias “indígenas”. Frente a aquella, una sensación de inferioridad y temor; frente a estas, mayor proximidad y confianza.
  • La relación entre patronos y trabajadores de la estancia. La sumisión de estos a aquellos es total y no solo en el aspecto económico.
  • Los roles que juegan Doña María y Don Pedro, madre y padre de Nefer, y por extensión el resto de personajes masculinos y femeninos
Y en cuanto a las posibles lecturas, no excluyentes entre sí, que ofrecen las apenas cien páginas de “Enero”, se me ocurren las siguientes:
  • Novela de formación o novela sobre el fin de la inocencia.
  • Novela folletinesca, con su amor no correspondido, su embarazo no deseado, etc. En este sentido, podría ligarse en cierto modo a “Boquitas pintadas” y a su contraste brutal entre fondo y forma.
  • Novela social, con su lado de denuncia de la situación de la mujer en general y de la mujer pobre en particular y con su lado de crítica a una sociedad pacata y timorata que conduce a Nefer a un final terrible
Para no extenderme más, y tal y como he dicho al principio, “Enero” es una magnífica primera novela, breve, emocionante e intensa, aunque quizá ligeramente inferior a “Eisejuaz”, que me parece mucho más ambiciosa, arriesgada y atrevida (aunque también exigente para el lector) en el aspecto formal. Eso sí, no debemos olvidar la edad a la que “Enero” fue escrita.

También de Sara Gallardo en ULAD: Eisejuaz y Los galgos, los galgos

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En los comentarios a la reseña de Eisejuaz hizo su aparición (cosa que me hizo mucha ilusión) Paula Pico Estrada, responsable de la Editorial Winograd e hija de Sara Gallardo. Contactamos con ella vía Twitter y muy amablemente se presta a responder a nuestras preguntas. De nuevo, muchas gracias, Paula

Pese a sus escasas 100 páginas, creo que “Enero” puede ofrecer diversas lecturas no necesariamente excluyentes: novela romántica, folletín (no lo digo, ni mucho menos, en sentido peyorativo), denuncia social… ¿Con cuál te quedas tu?

Buena pregunta. Yo creo que es una novela realista social, pero sin un propósito extraliterario de denuncia. Es decir: explora mucho de los temas de las novelas sociales; en el caso de Enero podríamos hablar de la relación de poder entre las clases, entre los géneros, y entre la Iglesia y sus fieles. También podríamos hablar de las alianzas entre los poderosos, por ejemplo, entre la patrona, el violador y, de nuevo, la Iglesia. ¡Y la cuestión del aborto! Pero te puedo asegurar, también de modo extraliterario, que nada de eso pasó en términos teóricos por la cabeza de mi madre. A ella se le presentó u ocurrió una historia a partir del mundo social que conocía, y todo el resto es fruto de su sensibilidad, de su imaginación y de su amor a la lengua castellana. Es decir, de la necesidad inútil de escribir.

Solo he podido leer “Enero” y “Eisejuaz”, pero resulta curiosa la elección del campo como escenario de ambas novelas, teniendo en cuenta tanto su origen bonaerense como que la mayor parte de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX (al menos, la que llega a Europa) es fundamentalmente urbana. ¿A qué puede deberse?

Creo que a su origen social. Por el lado materno, mi madre pertenecía a una familia afrancesada y liberal; por el paterno a una familia hispanista y nacionalista. Ambas familias estaban vinculadas con las letras, la historia, el periodismo y ninguna era terrateniente. Son familias burguesas ilustradas urbanas. En ambas familias había una percepción de que la biografía personal y la historia de la Argentina se entretejían, pero esa percepción tomaba formas diferentes. Mi abuela materna tenía horror por el campo y por los animales y un enorme orgullo por su abuelo escritor (Miguel Cané) y su bisabuelo presidente y traductor de la Divina commedia (Bartolomé Mitre). Mi abuelo paterno, en cambio, tenía una visión nacionalista de cuyo imaginario formaba parte constitutiva el campo. De nuevo: no era una familia terrateniente. Cuando mi abuelo heredó a sus padres, se compró 300 hectáreas (para la Argentina de aquella época, nada de nada, un campito) en un bajo, porque al agua atraía a los pájaros. Le gustaba salir a caballo vestido de gaucho, rodeado de perros, y salir a caminar, rezando el rosario. Más allá de la ideología, su amor por la naturaleza era profundo, real y artístico, y mi madre se embebió de él.

Pregunta quizá ligada a lo anterior: El boom obvió a buena parte de los narradores que ofrecían una visión nada condescendiente de la realidad rural o indígena (Vamos, que en Europa preferíamos una visión edulcorada de la realidad). Si a eso le unimos el hecho de que fue un “movimiento” eminentemente masculino, la obra de Sara Gallardo parecía condenada de antemano. ¿Pueden haber sido esos los motivos de su olvido o puede haber algo más?

Es que hay algo que precede a su ausencia del grupo del boom, y esto es su ausencia de cualquier círculo literario en la Argentina. Yo creo que esos círculos son siempre políticos, de una u otra manera, y la idea que mi madre tenía de la literatura estaba completamente fuera de cualquier mundillo: concebía el valor del arte por el arte mismo. Ni se le ocurría pensar al arte como un producto superestructural de condiciones materiales: para ella existía el eidos platónico de la Belleza y su vocación era acercarse a él. Escribía en una soledad muy grande.
Por otro lado, no hay que minimizar el hecho de que fuera mujer, y, para colmo, muy hermosa y de clase media alta. Siempre existió (o ella lo sufrió) la idea de que era una señora que escribía para entretenerse y para entretener. Yo creo que sus pares no la leyeron, directamente. Excepto el adorable Manucho Mujica Lainez, de quien se hizo muy amiga a fines de los años 70.

Pese a ese olvido y haber transcurrido más de 60 años de la publicación de “Enero”, todavía quedamos lectores (y editores como Nicolás) que en 2020 descubrimos a Sara Gallardo y encontramos a una autora moderna y atemporal al mismo tiempo. ¿A qué crees que puede deberse esa conexión?

¡Ay, en cualquier momento me remito yo también al eidos platónico para contestarte! Porque, ¿qué es lo que vuelve clásica a una novela? Yo creo que hay cosas que son buenas independientemente del contexto; novelas que, en cada época en que las leas, te van a develar una perspectiva que parece actual sobre la naturaleza humana, donde vas a leer descripciones de la sociedad o del mundo natural que te los harán ver con ojos nuevos.

Tambien me llama la atención en “Enero” y “Eisejuaz” el contraste entre “lo culto y lo popular”, entre la experimentación formal o estilística (más en “Eisejuaz”) y el lenguaje popular o el lado “folletinesco”. Aquí tiro de “Las tres vanguardias: Saer, Puig y Walsh” de Ricardo Piglia y a su tesis sobre el uso del fondo y la forma en estos autores para preguntarte: ¿en qué espacio podríamos situar a Sara Gallardo?

¡Me mataste! No leí el ensayo y no te puedo contestar.

Entre la publicación de “Enero” y la publicación de “Eisejuaz” transcurren 13 años en los que se observa un gran salto en lo que a riesgo a nivel formal se refiere. Podríamos decir que “Enero” es una gran novela de juventud y “Eisejuaz” la gran novela de madurez de Sara Gallardo. De no haber sido por su temprano fallecimiento, ¿qué camino habría seguido su narrativa?

Lo que decís con respecto a Enero y Eisejuaz es exactamente así, son sus dos grandes novelas, y las dos que ella prefería. A Enero la siguieron dos novelas sociales más, Pantalones azules y Los galgos, los galgos. A Eisejuaz, dos libros de cuentos, El país del humo y La rosa en el viento, en los cuales priman la imaginación y la experimentación formal. Yo creo que estaba en una etapa de transición, y que si hubiera podido superar la depresión que tuvo en sus últimos años, que la tenía muy dispersa, se
hubiera volcado a una forma directa y sencilla de narrativa, al estilo de su ídolo Robert Louis Stevenson o de Herodoto. De hecho, esto te lo digo porque ella misma, en sus últimos años, me dijo “Hay que escribir como Herodoto”, a quien recién leía. (Recordemos que murió muy joven, al menos, joven para morir: a los 56 años).

Por ir terminando. Asistimos en los últimos años a la recuperación de la obra de Sara y otras autoras de su generación, al auge de nuevas narradoras argentinas y latinoamericanas como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Mónica Ojeda, etc, pero seguro que continúan existiendo autoras olvidadas y/o ninguneadas. ¿Cuáles son, en tu opinión, los secretos mejor guardados de la literatura argentina y que no debemos dejar pasar bajo ningún concepto?

¡Uy! Me agarraste con las manos fuera de la masa. Leo casi exclusivamente en inglés, porque mi locura son los escritores ingleses de mediados del siglo XIX y la lista es infinita. Estoy con George Eliot ahora, después de haber pasado por un romance con Trollope, al que tengo que volver. En fin… Solo te puedo hablar de tres escritores argentinos que me han gustado muchísimo en los últimos tiempos y creo que los tres son muy buenos. Mariana Enríquez, a quien nombraste; Hugo Salas y Miguel Vitagliano. Pero repito que hay demasiados autores que no he leído y que quizás por eso no pueda nombrarlos. Volviendo a tu pregunta: no hay que dejar pasar ni a Salas ni a Vitagliano, eso por cierto. (A Enríquez tampoco, pero ya lo han dicho otros antes que yo.)

La última pregunta será puramente mitómana. En la contraportada de la edición de Malas Tierras de “Eisejuaz” aparece un texto de mi adorado Mujica Lainez en el que alaba de forma entusiasta la novela de Sara (me choca mucho porque parecen dos narradores absolutamente antagónicos en lo estilístico). ¿Pudiste conocer a Manucho? ¿Qué nos puedes contar de él?

¡Qué bueno que lo adores! ¡Era adorable! Él y su mujer, Ana de Alvear, fueron buenísimos con mi madre, que acababa de enviudar, se había mudado a la provincia argentina de Córdoba, a la localidad en la que él vivía (Cruz Chica) y andaba como bola sin manija, con dos hijos adolescentes y un niño de 5 ó 6 años. Manucho le ofreció una casita dentro de su propiedad, la integró a su vida social y familiar, leyó sus textos, se los comentó con cariño y con generosidad. Fue un gran, gran amigo y protector. Él es un autor argentino que quiero leer; tengo varias novelas suyas acumuladas en casa. Quizás con este nuevo raro mundo de aislamiento en que estamos viviendo logre ponerme al día.

domingo, 31 de julio de 2022

Kay Boyle: El caballo ciego

Idioma original: Inglés
Título original: The crazy hunter
Traducción: Magdalena Palmer
Año de publicación: 1940
Valoración: Muy recomendable

Un punto de partida aparentemente inocente y bucólico que oculta una lucha larvada y feroz,  una tragedia menor (o lo que casi podría parecer un incidente nimio) para representar un drama mayor. Dos planos que conviven en la narración, tres personajes y una novela breve y al mismo tiempo magnífica. Varios son los motivos:

1. La construcción de los personajes y la interacción entre ellos. Una madre castradora (palabra clave) de la que no conocemos su nombre, un padre artista y frustrado con su vida y su matrimonio (Candy) y una hija que trata de construir su propio camino (Nancy). Diálogos, miradas, silencios que dibujan las relaciones en este triángulo familiar en apenas un puñado de páginas. No hacen falta más. Todo queda dicho (o insinuado).

Madre, tú puedes tocar estas cosas, tú puedes tocar la muerte y después limpiártela de las manos con un pañuelo, y tocar el dolor sin arredrarte, pero ya no puedes abrazarme cuando estoy contigo y tengo miedo.

2. El manejo de la tensión narrativa. Un comienzo casi naif va dando paso, a través de retazos de conversación, gestos, etc, a un drama familiar que acabará estallando en un perfecto clímax final. 

3. Los símbolos. Estamos en 1940 y las teorías psicoanalíticas de Freud, Jung y compañía dominan el panorama. La influencia es obvia (el caballo ciego y castrado, la madre "dominante", el sexo, etc) y es el telón de fondo de esta historia sobre la eterna lucha entre el ideal y lo "material", entre el éxito y el fracaso, entre el deseo y la realidad.

4. Los recursos narrativos. Cierta extrañeza inicial debida a la combinación de diálogo, monólogo interior y narrador omnisciente se ve superada con el paso de las páginas al comprobar su utilidad. No son fuegos de artificio sino que contribuyen de manera fundamental a la construcción de todo el entramado.

¿Y por qué no un "imprescindible", entonces? Pues por dos motivos: 

1. Algunas escenas "puente", demasiado impresionistas a mi modo de ver. Entiendo el sentido que pueden tener dentro de la historia o lo que buscan, pero creo que de alguna manera rompen el ritmo y la tensión. 

2. Pese a que he dicho anteriormente que la construcción de los personajes y las relaciones entre ellos están perfectamente definidas en apenas unas pocas páginas, me quedo con ganas de más, especialmente en el caso de Candy, personaje con un potencial brutal que podría haber dado (aún) más de sí.

Más allá de estos dos pequeños apuntes, "El caballo ciego" es una estupenda novela de una autora prácticamente desconocida por estos lares y que a mí me ha recordado, sobre todo por esa capacidad de construir una historia brutal partiendo de una "nimiedad", a la gran Carson McCullers.

martes, 15 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (2)

TOC, por David Villar Cembellín

El acto de leer, a estas alturas lo tengo claro, es un trastorno obsesivo-compulsivo. Obsesivo, porque mentalmente no concibes tu existencia sin lectura o tu mente sin el sumatorio de las mismas; y compulsivo, porque recurrentemente vuelves a los libros como pulsión vital. «El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad», que dijo Picasso en la que puede ser la mejor definición sobre la función de la Literatura.

Así las cosas, recapitulemos: ¿dónde comenzó mi afición de lector? No tengo ninguna duda, el germen tuvo lugar a edad temprana con las historietas de Pulgarcito, un tebeo que devoraba semanalmente y que proporcionó infantil e infinito placer al niño que fui. Por supuesto que a esos Pulgarcitos siguieron otros tebeos: la colección entera de Tintín, de Astérix, Zipi y Zapes, Mortadelos y Filemón, Grandes Aventuras Ilustradas… mi afición lectora se cimentó sobre una sólidas raíces: los tebeos. En mi cabeza sonaban Enrique y Ana.

A posteriori —o paralelamente, no recuerdo— llegaron decenas, quizá centenares de libros infantiles que sacaba casi a diario de la Biblioteca del Colegio de La Salle de Sestao (un abrazo fuerte desde aquí para Míkel, el bibliotecario): allí fueron cayendo desde la colección de Los Cinco (que me volvió loco), hasta los infames Hollister (que nunca me terminaron de gustar, demasiado anglobuenistas), Los tres investigadores, La banda del cuatro y medio, libros de El barco de vapor, la colección entera de los inolvidables Elige tu propia aventura de tapa roja (mis favoritos, La guarida de los dragones y Te conviertes en tiburón), etc. Pero si debo rescatar un libro de mi infancia, aquel fue La historia interminable. Su extensión (400 páginas o´clock), el carácter épico de la aventura que contaba, la multitud de personajes, la tipografía a doble color… aquel ejemplar que mi madre me compró en el Círculo de Lectores fue, sin ambages, mi lectura favorita de aquella infancia tardía. Aún lo es. En la radio sonaban casetes de Duncan Dhu que regalaban con la SuperPop y recopilatorios grabados de Los 40 Prinicpales a los que bautizaba con los originales nombres de “Guay 1”, “Guay 2”, “Guay 3”…

Y en estas llegó mi pubertad, llegó la adolescencia… y digamos que estuve más preocupado/ocupado de otras cosas que de leer. Además, en términos estrictamente crematísticos fue mi adolescencia una época particularmente jodida: fumador precoz, bebedor de fin de semana y aficionado a los tebeos… muchos vicios para 300 pesetas a la semana si las notas acompañaban (que no era el caso, para más inri). Pero, oh, de repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas en mi mano. ¡2000 pesetas!

Son para sacarte el bono mensual para el tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre.
—Sí, mama —mentía yo.

Y esas 2000 pesetas para el bono mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía ir el resto del mes de colada en el tren, ni tan mal. Así fue como el casi hasta la indigencia misérrimo adolescente de Margen Izquierda que fui —que en el fondo siempre seré— consiguió dinero para seguir comprando cómics (el Spiderman de McFarlane, la Patrulla-X de Claremont…). Mis lecturas de esa época: las Crónicas de la Dragonlance (que me encantaron), El señor de los anillos (que me pareció un tostón ultradescriptivo, aún hoy no trago a Tolkien), los mitos de Chtuluh de Lovecraft, y algún que otro libro de más empaque que iba rescatando de las abigarradas estanterías de mi casa: La ciudad de la alegría de Lapierre, La insoportable levedad del ser de Kundera, Por quién doblan las campanas de Hemingway, Misericordia de Galdós, Tartufo de Moliere, Papillón de Carriere, Réquiem por un campesino español de Sender, La buena tierra de Pearl S. Buck, etc. La verdad es que tenía en mi propio hogar un buen fondo de armario. 

Pero si he de elegir una lectura de adolescencia que me marcó, que me tocó hondo, fue El club de los poetas muertos de N. H. Kleinbaum. Probablemente será una obra menor, o tramposa, o maniquea, pero me da igual, no me avergüenza reconocerlo… en aquel momento quinceañero la leí de un tirón, me habló de mí mismo y agitó mi anterior como ninguna lectura lo había hecho hasta entonces. En mi radiocasete sonaban noche y día A night at the opera de Queen, Violator de Depeche Mode, Disintegration de The Cure y Zooropa de U2.

Y como quien no quiere la cosa, crecí, me hice legal —que no moralmente— adulto, y el cuerpo me pedía más y más. Y entre cosas que me dejaron amigos (La tregua de Benedetti, El camino de Delibes…) y cosas que iba sacando de la biblioteca de Sestao (me divertí mucho cuando descubrí a Bukowski y Fante, me maravillé con Unamuno a través de Niebla, flipé con la trilogía de Auschwitz de Primo Levi…), las lecturas crecían y crecían. Además, gracias a trabajos esporádicos comencé a gozar de cierto escaso poder adquisitivo y pude culminar los imprescindibles de cómics que había ido dejando cojos a falta de vil metal: Watchmen, V de Vendetta, The Sandman, Black Orchid... Los dos más grandes de aquella época fueron sin duda Alan Moore (de quien aún sigo comprando compulsivamente todo lo que hace, de nuevo el TOC) y Neil Gaiman. Todavía conservo los originales de aquellos cómics que editó Zinco por primera vez. En la radio sonaban Guns´n Roses y grupos grunge que nunca me acabaron de convencer del todo, mientras yo descubría a Serrat, a Sabina, a Victor Jara, y me iba de concierto hasta Barcelona para ver a U2 (año 1997, Placebo de teloneros).

Y el tiempo prosiguió. Y con él las lecturas. Y así llegaron los que considero los más grandes. Pessoa y su Libro del desasosiego. Dostoievski y sus hermanos Karamazov (y, ¡oh!, Noches blancas). Scott Fitzgerald y sus hermosos y malditos. Steinbeck y sus uvas de la ira. Céline y su viaje al fin de la noche. Kenzaburo Oé y su cuestión personal. Y los relatos y el teatro de Chejov (mención especial para las líneas finales de El tío Vania y Las tres hermanas). Y la inolvidable disertación amorosa de Carson McCullers en La balada del café triste. Y la siempre hilarante y divertida crítica social de Gogol. Y el realismo sucio y desesperanzado de Thom Jones, Kjell Askilden y Ray Pollock. Y los futuros distópicos de Zamiatin, Orwell y Huxley. Y los alegatos antibelicistas de Trumbo y Vonnegut. Y la eterna espera de Buzzati. Y la lucidez impía de Saramago. Y las historias siempre trágicas y emocionantes de Zweig. Y los justos de Camus. Y las ciudades de Calvino. Y las estrellas de Lem. Y tantos y tantos…

La lista a estas alturas no es interminable, pero sí extensa. Menos de lo que me gustaría, no obstante. También han ido evolucionando mis gustos en cómics, creo, hacia terrenos más europeos e independientes, y en estos años he leído unos cuantos excelentes: Blankets de Craig Thompson, El arte de volar de Altarriba y Kim, la serie de Paul de Rabagliati, el Paracuellos de Carlos Giménez, el siempre seguro de calidad Luis Durán, y muchos más que no tendría tiempo aquí de reseñar. Además, con el tiempo he dado cabida a la poesía, a la que tenía semiolvidada, y he disfrutado como un loco de poetas tan grandes como Pessoa, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvetaieva, Kavafis, Karmelo Iribarren, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Altolaguirre, Kirmen Uribe, y tantos otros que se me estaban escapando —que todavía se me escapan— por pura ignorancia (internet ha sido un cauce muy útil, por cierto, para estos hallazgos). En mi reproductor de mp3 ahora suenan mucho los Smiths y Nacho Vegas, señal tal vez de que a estas alturas me he vuelto un ser más triste, o quizá tan sólo más lastimero.

Pero a lo que vamos: con el carácter ecléctico de siempre, sigo leyendo. Sin un orden, sin un patrón, solo por el placer de leer, y lo seguiré haciendo. Pero sirvan estas líneas, este corolario a esta biografía lectora, como agradecimiento a todos aquellos que lo hicieron posible y sentaron las bases del lector en que me he convertido. Así, quede dicho:

¡GRACIAS A MI FAMILA POR AQUELLOS PRIMEROS “PULGARCITOS”!
¡GRACIAS A MIKEL Y SU BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE LA SALLE DE SESTAO POR EXISTIR!
¡GRACIAS A MI MADRE POR EL EXCELENTE FONDO DE ARMARIO LITERARIO QUE TENÍA EN CASA!
¡GRACIAS A LOS AMIGOS, NOVIAS, COMPAÑEROS DE TRABAJO… QUE COMPARTIERON CONMIGO SUS LECTURAS FAVORITAS!
¡GRACIAS A LOS LIBREROS QUE SUPIERON DESCUBRIRME AUTORES QUE DESCONOCÍA Y A AQUELLOS QUE SUPIERON ENCONTRAR MIS EXIGENCIAS MÁS BIZARRAS! (un abrazo especial para aquel dependiente rastafari de la FNAC-Zaragoza que se equivocó conmigo y se pensó algo que no era cuando le pedí el Maurice de Forster) ;P
¡GRACIAS A LA GUAPA BIBLIOTECARIA DE MUSKIZ QUE NUNCA SE ENFADA CUANDO LE LLEVO CON MUUUUUCHO RETRASO TODOS LOS LIBROS QUE ME LLEVO!
¡GRACIAS A LOS PEQUEÑOS EDITORES QUE ARRIESGAN Y RESCATAN DEL OLVIDO OBRAS QUE VALEN MUCHO LA PENA!
¡GRACIAS A INTERNET, Y SUS DESCONOCIDOS, Y SUS CRÍTICAS, Y SUS BLOGS, Y SUS PÁRRAFOS ESCOGIDOS… QUE SIRVEN DE BRÚJULA PARA TODOS ESOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS!

Gracias a todos, de verdad. Mi trastorno obsesivo-compulsivo está en deuda con vosotros. Pero eternamente agradecido por el mismo, en serio.