sábado, 21 de febrero de 2015

Carson McCullers: El corazón es un cazador solitario

Resultado de imagen de el corazón es un cazador solitario Idioma original: inglés
Título original: The Heart is a Lonely Hunter
Año de publicación: 1940
Valoración: Imprescindible



El corazón es un cazador solitario destaca entre los numerosos retratos de la América profunda por haber logrado ese tan peliagudo equilibrio entre realismo y humanidad, entre espiritualidad y sordidez, entre comprensión hacia los personajes y asunción de sus miserias. Una crónica que detalla pero no se complace y, por tanto, exenta de crueldad en las caracterizaciones. La autora nos sitúa en un ámbito muy similar a aquel donde nació, una pequeña y humilde población del tan manoseado Sur, descrita con rasgos gruesos pero certeros, habitada por seres humildes pero no exentos de dignidad que se adaptan a las circunstancias como la mano al guante aunque solo sea porque, al no haber conocido otras, les está vedado –al menos, a la mayoría– concebir otras diferentes.

Factores fundamentales de esta novela –primera de su autora y publicada con solo 23 años– serían: su certero análisis de la sociedad (a cargo de los personajes) y de la incomunicación omnipresente, así como la inclinación que sentirán forzosamente los lectores por cada prodigiosa criatura extraída de la pluma de Mc Cullers. Pero, además, creo necesario destacar la que considero su idea predominante, que se trasluce prácticamente en cada frase y que deja un regusto agridulce al cerrar el libro. La idea es esta: lo que de verdad nos cuesta exteriorizar no es el odio, como creíamos, sino el amor. Un amor que avergüenza y nos esforzamos en erradicar si no se atiene a pautas convencionales, si no va dirigido a la familia ni a un particular objeto de deseo sino que se manifiesta caprichosa y arbitrariamente por haber surgido sin que intervengan razón ni voluntad.

En la novela –y probablemente en la vida– la inquina sorda, el deseo de revancha o la ligera hostilidad tarde o temprano acaban saliendo a la luz. Pero ¿qué ocurre con la bondad, con la necesidad de comunicarse o de contribuir a mejorar la suerte de la especie de una forma verdaderamente altruista? Me refiero, no a la cháchara sino a sentimientos verdaderos. ¿No producen un pudor tan descomunal que acaban encerrados bajo siete llaves en el interior de cada uno? Sin ir más lejos, en esta historia solo se permite dar rienda suelta a una emoción bastante habitual, la que surge entre los dos adolescentes y que acabará abortada y reducida a mero encuentro sexual probablemente a causa de los convencionalismos.

Dicho esto, podría parecer que se trata de un producto ñoño y sin garra. Todo lo contrario. Es precisamente su cotidianeidad lo que convierte a la trama en inquietante. La presión sobre el lector se acentúa a medida que esta avanza volviéndose intensísima al final. Los personajes (e ideas) que aparecen aquí, el perfecto engranaje de los elementos y el pesimismo que encierra transmiten, paradójicamente, un gran apego a la vida y convierten su lectura en una experiencia entrañable.

El reparto que se nos ofrece es sólido en su funcionalidad. Los personajes –pertenecientes todos ellos a la estirpe de los solitarios– no muestran más que lo imprescindible para que avance el argumento, pues cualquier otro detalle añadido arruinaría la armonía del conjunto. Primer, y extraordinario, hallazgo: que un mudo protagonice un relato sobre la  incomunicación. Para construir a John Singer, se le dota de una personalidad tan misteriosa como repleta de matices que, sin embargo, no hace sombra a otras figuras espléndidas. En primer lugar, la de Mick, esa adolescente solitaria, alter ego de Mc Cullers, que personifica la secreta pasión de todo artista. A los rasgos extraídos de su infancia y adolescencia, la autora añade un puñado de idealizaciones de sí misma y de sus circunstancias que componen un convincente retrato. Si el estoico y bonachón Biff Branon oculta una secreta fascinación por su persona, a Mick le guía su fervor por la música y una admiración ilimitada hacia Singer. Por cierto, la incapacidad de este para hablar –que se añade a un indiscutible halo de dignidad y a su ilimitada y eterna reserva– estimula la imaginación de su entorno que acaba atribuyéndole todas las virtudes imaginables. Es lo que le ocurre al tarambana Jake Blount, cuya tosca superficie oculta a un espíritu altruista y a un profesional competente. O al desdichado doctor Copeland, cuya ruina anímica nace de la injusta incomprensión de sus hijos. Ambos encarnan una conciencia social y un idealismo que acabarán desperdiciándose sumergidos en la banalidad del entorno. Pero el sentimiento más puro, la camaradería que no exige nada a cambio, la encontramos, de nuevo, en lo que el propio Singer siente hacia su compañero Antonapoulos. Es su afecto indestructible quien abre y cierra el relato como un personaje más.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo leí hace un año y estoy totalmente de acuerdo. Recomendable

Paco Castillo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Paco Castillo dijo...

Hola.Estupenda reseña.
Carson McCullers es una escritora que lleva ya tiempo instalada en mi biblioteca esperando su turno. Tendrá su oportunidad llegado el momento,desde luego. Casualmente la edición que yo tengo coincide con la que se muestra en la foto, la de Seix Barral del año 2013,junto a éste reposa otro libro de la misma autora,
“La balada del café triste” , también de Seix Barral pero de 1984.Aunque el sur más profundo y marginal de los Estados Unidos ya ha sido retratado ampliamente por la literatura, ¿quién no recuerda la Cabaña del tío Tom? de la escritora Harriet Beecher Stowe (1811-1896) retrato de los marginados sureños por excelencia, los esclavos.
Interesante la idea que destacas como predominante en la obra,el esfuerzo de exteriorizar el amor y no el odio,además contado por la voz de una mujer.Razón suficiente para hacer de este libro una lectura recomendable. Ironías del destino, la autora murió el mismo año que nací yo.

Montuenga dijo...

Gracias a los dos.

Pues sí, Paco, muchos autores emblemáticos (Faulkner, Toni Morrison etc.) han adoptado esa perspectiva y, lo mejor de todo, es que no se dejaron llevar por los tópicos. Cada uno ha aportado su visión personal usando recursos personalísimos y cuando los leemos no nos suena a manido, como ocurre con otros temas que están en la mente de todos.

Sobre el asunto ese del "amor", aclaro que no habla de lo que comúnmente entendemos por tal. En este caso, se trata de algo parecido a "caer bien", agrandado por la mente de esos grandes solitarios que protagonizan la novela. Tanto que se permiten prescindir de tabúes sociales y dejarse llevar internamente. Todo muy sutil. Lo que se retrata, pues, es la sociedad sureña, pero al individuo de cualquier lugar del mundo.

Saludos

Anónimo dijo...

He conocido a esta autora gracias a esta reseña y aunque todavía no he leído esta novela ya he podido disfrutar de "Reloj sin manecillas" que me ha encantado. Me quedo con esta escritora para futuras lecturas y os agradezco que nos acerquéis a tan buenos escritores.

Montuenga dijo...

Pues te agradezco que me lo digas, Anónimo. Este tipo de feedback anima, aunque parezca que no. Seguimos leyendo a McCullers.

Saludos