viernes, 7 de abril de 2023

VV.AA.: Mundo Weird. Antología de nueva ficción extraña

Idioma original: Inglés / Español
Traducción: Federico Fernández Giordano / Ramiro Sanchiz
Año de publicación: 2022
Valoración: Recomendable (especialmente para interesados)

Mundo Weird reúne diecinueve relatos. Diecinueve relatos que han salido de la pluma de autores de diversas nacionalidades, sobre todo anglosajones e iberoamericanos. Diecinueve relatos que se pueden encasillar bajo el amplio paraguas de lo que se conoce como «ficción weird».

Un exhaustivo prólogo de Ramiro Sanchiz, de un rigor y minuciosidad casi académicos, nos sitúa ante el origen, desarrollo e influencias del género. 

A continuación tenemos los relatos. Algunos pueden adscribirse a una tradición más o menos familiar para el lector promedio; otros son de un vanguardismo desconcertante. Algunos evocan la ciencia ficción u horror clásicos, mientras que otros se bifurcan por los senderos del bizarro o lo extraño.

Como ya habréis intuido, aquí encontraréis poca uniformidad. Y es que estos relatos no coinciden ni en intenciones, ni en temática, ni en registro, ni en tono ni en estilo. Aun así, podríamos englobarlos en tres grandes categorías, aunque éstas a veces se solapen: los que exploran ideas súper locas, los que con apenas unas pinceladas construyen un mundo propio y los que juegan con la forma, dejando en segundo plano el contenido.  

Ah, antes que nada, debo advertiros que esta antología presenta altibajos considerables. Entre las piezas que la componen hay relatos magníficos de principio a fin, relatos que comienzan de manera deslumbrante y se desploman paulatinamente, relatos más o menos planos, relatos logrados pero en cierto modo prescindibles e incluso algún que otro relato infumable. Por lo demás, el nivel general es satisfactoriamente alto. 

Admito que mi gusto personal puede haber influido a la hora de seleccionar los que, a mi juicio, son los mejores relatos del conjunto. También mis carencias como lector pueden ser las culpables de que no haya apreciado adecuadamente ciertos componentes de esta antología. Sea como fuere, yo destacaría los siguientes:  

"Covehithe", de China Miéville. Molón a la par que reflexivo. Plataformas gigantescas cobran vida cual kaijus.

"Mayonesa negra", de Michael Cisco. Estudio de personaje cuya prosa es muy sensorial. Va sobre una mujer que empieza a obsesionarse con la idea del suicidio.

"La pared de moho", de Blake Butler. Erige una atmósfera tremendamente inmersiva y da un mal rollo que te cagas. Va sobre un matrimonio, cuyo hijo murió, y la decadencia de su relación, granja, terreno y cultivos.

"Amor de gulgrumbo", de Luis Carlos Barragán. Parte de un concepto muy bizarro y al final le da una vuelta de tuerca todavía más extraña. Imaginaos que, tras consumir una droga, nace una especie de pokémon de vuestro cuerpo.

"Por favor, entre", de Cynthia A. Matayoshi. Genialidad que presenta una voz narrativa única, personajes fascinantes y un escenario hipnótico. Transcurre en una La Plata onírica y alberga un Museo de Curiosidades, gente que sabe crear ilusiones, un cementerio de barcos y monos que hablan. 

"Bienvenidos al nuevo mundo", de Edmundo Paz Soldán. Lograda meditación alrededor de la entropía, el escapismo, la precarización de los trabajos académicos relacionados con las humanidades, etc… Varios integrantes de una universidad intentan evadirse (literalmente hablando) de la realidad.  

"Chaco", de Liliana Colanzi. Cuento descoyuntado, potente, perturbador. ¿Un niño asesina a unas cuantas personas?

"¡Cuidado, lobo! (fragmentos)", de Gary J. Shipley. Microrrelatos raros pero evocadores. El cielo desaparece, un bebé-cocodrilo nace, una unidad familiar parasita a otras…

No sé si lo expuesto sirve para que os hagáis una idea sobre lo que encontraréis en Mundo Weird. En todo caso, reitereraré que es una colección de relatos interesantes y variados pertenecientes a un género al que auguro muy buena salud.

jueves, 6 de abril de 2023

Chris Kraus: La fábrica de canallas

Idioma original: alemán

Título original: Das kalte Blut

Año de publicación: 2017

Traducción: Isabel García Adánez

Valoración: muy recomendable

¿Se puede tener simpatía por un nazi, aunque se trate de un personaje de ficción? Si alguno fuéramos un escritor murciano de extremocentro, dedicado a llamar la atención en los medios de derechas denunciando la dictadura woke, no cabe duda que la contestación sería: "Sí, por supuesto", antes de enseñar la foto de Knut Hamsun que tendríamos sobre el escritorio. Pero para el resto de personas normales y más o menos decentes, la respuesta no es tan clara..."Hombre, un nazi-nazi, aunque sea un personaje de novela... Buf, qué difícil..." Pues más complicado resulta aún decirlo una vez leída esta novela. Porque su protagonista-narrador en primera persona, Konstantin -Koja- Solm es un alemán del Báltico y, junto a su hermano Hubert, miembro de las SS y, más concretamente, agente de la SD, su servicio de información, integrada dentro de la igualmente infame Oficina para la Defensa del Reich dirigida por el felizmente finiquitado Heydrich y. después, por el mismísimo Himmler. Pero, además, Koja Solm es un tío ocurrente, simpático y sentimental, con un temperamento y vocación artística, más que por la intolerancia política -de hecho, en ningún momento se presenta como un nazi convencido y no tiene ningún problema en tener trato amistoso hombres, ni mucho menos en mantener relaciones de...ejem, todo tipo con mujeres de razas supuestamente inferiores-; a diferencia de su hermano Hub, ha devenido nazi por las circunstancias del momento, de igual forma que luego espía para diferentes servicios secretos, traicionando a quien haga falta para su propia supervivencia y la de quien le importa de verdad. Es, en todo caso, más un pícaro que un fanático, aunque también un criminal.

Se ha comparado este libro con Las benévolas de Jonathan Littell, libro que no he leído (ni creo que vaya a hacerlo, que son 1200 paginacas, tetes...); no sé, pues, hasta que punto existen similitudes, aparte de las más obvias, entre las dos obras, pero si hay algo que distingue a sus autores: a diferencia, supongo, del norteamericano que escribe en francés, el alemán Kraus (*) no sólo originario del país responsable de todo el quilombo, sino también está afectado personalmente, por la conmoción que le supuso enterarse de que su abuelito querido había sido de las SS durante la guerra, y de ahí el germen de esta novela. No obstante, parece que el abuelo nazi debía de ser cariñoso con el nieto (igual que le ocurre a cierto escritor murciano, que tenía "un abuelo rojo y otro facha"... sólo que, visto lo visto, parece que el facha le daba más propina), porque ya digo que  Kraus no presenta al personaje basado en él  -aunque no únicamente- como un psicópata asesino, sino como un canalla, o medio canalla, que se amolda a lo que le va tocando vivir. Aunque claro, algo de mala conciencia sobre las tropelías que ha cometido a lo largo de su vida sí que le debe de quedar a Koja Solm, pues durante su estancia en un hospital de Múnich en 1974 -debido, en concreto, a una bala que tiene alojada en la cabeza- se dedica a contárselo todo a su infortunado compañero de habitación, un hippie llamado Basti, que alucina ante la historia, y sin necesidad de psicotrópicos (bueno, alguno que otro también hay, ejem...).

De todos modos, más que un lamento por lasa culpas de Alemania, que también, lo que aquí encontramos es una crónica histórica-familiar a lo largo de casi un siglo, un dramón incestuoso -o varios., una novela de espías que se desarrolla en diferentes épocas y escenarios, un libro de humor -sí, lo siento, pero hay mucho humor en esta novela, incluyendo humor judío-; más aún, una crónica sobre los avatares de la Alemania y el mundo de la posguerra y el papel que jugaron en ella los antiguos (?) nazis como fue el doctor Gehlen, general de contrainteligencia de la Wehrmacht y posterior director de la semioficial Org -bajo el ala de la CIA-, y su sucesor, el BND, organizaciones más llenas de nazis que los juicios de Nüremberg (y sólo un poco menos que en los congresos que se celebraban en esa ciudad durante el III Reich). Claro, que no sólo los servicios secretos occidentales hicieron la vista gorda con según que gente de turbio pasado, también el KGB, cómo no, e incluso el muy judío Mosad, con quien nuestro Koja y el resto canallas también tienen no poco trato, en algunas de las páginas, por cierto, más hilarantes del libro, merced, en gran medida, a la presencia del jefe de la inteligencia y contrainteligencia israelí, el inefable Isser Harel  (oriundo también de Letonia, por cierto).

En este extenso libro (perfectamente podría haber entrado en una de nuestras Tochoweeks) cada cual puede encontrar lo que busque: quien quiera estremecerse con un relato de los horrores de la época nazi, podrá hacerlo -aunque hay que señalar que la denuncia de Kraus va más hacia lo que ocurrió después, la connivencia de los gobernantes de la RFA con los criminales de guerra), igual que quien busque el morbo erótico y sentimental  o quien guste de una novela de espías a la vieja usanza, cuando no había hackers , algoritmos ni deep web o cosas por el estilo.... Quien quiera partirse de risa, lo hará, ya digo, y quien quiera llorar -o, al menos, emocionarse-, también. Lo más importante, en cualquier caso, es que todo esto, junto, conforma un PEDAZO DE NOVELÓN, un relato de resonancias bíblicas, sobre el amor, la traición, la cobardía o el valor y los vínculos que no se pueden borrar ni con sangre ni con fuego. Algo tramposo, sin duda, y tal vez inverosímil (aunque cosas más raras se han visto), pero que funcuiona de principio a fin merced, quizás a esta misma variedad , lo mismo que por una prosa de más que notable calidad y, sobre todo, a un protagonista y narrador que no puede dejar de conquistarnos y repelernos a la vez. Un canalla o medio canalla, al menos, incluso un nazi, de acuerdo -de aquella manera, eso sí-, pero que, pese a todo, no deja de concitar simpatía.  Otra cosa es que, en la vida real, un tipo así debería quizás acabar colgando de una soga, no lo sé... Pero, en fin, esto es una novela, después de todo...

(*) Hay que aclarar que el autor de esta novela es un escritor y director de cine alemán, no una crítica de arte y escritora norteamericana también llamada, mira por dónde, Chris Kraus.

miércoles, 5 de abril de 2023

Vicenç Pagès Jordà: Kennedyana


Idioma original: catalán

Año de publicación: 2022

Valoración: bastante recomendable

Bien: en el momento de escribir esta reseña, en este blog (lo he buscado con Google) no se ha mencionado, todavía, a ChatGPT. Con lo cual no ha surgido el debate estéril sobre la creación literaria, ya no digamos su aplicación a este subgénero inmundo que es la crítica/reseña/comentario literario y nos hemos librado, que nuestro sudor nos cuesta y el bienestar de nuestras familias de ello depende, de vivir inquietos bajo el yugo amenazador de que un señor pésimamente pagado, subcontratado por algún gigante de Silicon Valley, halle el algoritmo que permita emitir la opinión objetivamente definitiva y metacontrastada sobre los libros que día a día vamos viendo aquí. 

Y ¿a qué viene al caso este comentario, aparte de rellenar el obligatorio primer párrafo introductorio? Bueno: Kennedyana se publicó unos meses después de que su autor falleciera y en algún momento del texto he echado de menos que no sea un libro más extenso, más abrumador. Incluso creo percibir cierto desequilibrio entre el texto introductorio, que abarca casi una cuarta parte del libro, y su desarrollo propiamente dicho, que ocupa menos de doscientas páginas, que se me ha hecho muy corto y por eso he pensado si, como de una Sagrada Família literaria se tratara, alguien hubiera extendido más algunos de esos capítulos y los hubiera llenado, que material no hubiera faltado, con más alusiones a la historia de esa saga, los Kennedy, que viene a representar, trágicamente a su pesar, el primer eslabón de la política global insertada en una especie de cultura pop. 

Pero lo descarto: por mucho empeño que se pusiera, el texto está impregnado de la personalidad del autor, e incluso me atrevería a aseverar que la propia foto elegida para la portada (unos operarios manipulan unas figuras a tamaño real de JFK y Jackie) es una manifestación orgullosa de la condición humana como elemento inimitable e irrepetible al servicio de ciertas manifestaciones culturales. 

Mal: en el momento de escribir esta reseña en este blog (lo he buscado con Google) no se ha mencionado, todavía, a ChatGPT. Y un blog literario de presencia diaria y constante, de confluencia forzada, pero pacífica, de individuos de diversos orígenes y generaciones debería haber puesto el tema sobre el tapete. Ni que fuera para distanciarse(nos) de esos opinadores con el piloto automático que componen reseñas sobre libros con un  40% de sinopsis y un 70% de panfleto promocional* y las publican pendientes de que las máquinas de búsqueda controlen los vínculos y moneticen con calderilla, que ya da igual (sabéis a quienes me refiero) recomendar buenos o pésimos libros con tal de facturar. Tanto quien esto escribe, como el autor de este libro, han de echar mano de recursos personales, de, experiencias propias y del bagaje de lo leído/visto/consultado, que naturalmente no es todo lo posible y naturalmente viene distorsionado por la opinión o el impacto. O sea, Pagès Jordà documenta la historia de la familia Kennedy desde los orígenes de la dinastía como inmigrantes de origen irlandés que amasan una gran fortuna que les permite acceder a una trascendencia social de mucho impacto, y fruto de ello es su enorme ambición política, su colosal éxito personal y la inconmensurable repercusión de todos los hechos que afectan a su persona, con la descomunal cima que suponen los hechos del 22 de noviembre de 1963 (junto al 11-S, dos cifras marcadas a fuego en el imaginario universal, por mucho que les pese a los crispados anti-yankis), hasta toda la concatenación de hechos - tragedias en su mayor parte - que prácticamente llegan hasta la actualidad, que los convierte en una dinastía mítica y uno de los elementos clave del imaginario moderno, cuya capilaridad es absoluta, interminable, inconsciente y descontrolada. Pagès no se limita a lo morboso ni se centra en el Gran Misterio de la Humanidad, pero es profuso en acudir a toda clase de referencias (literarias, periodísticas, visuales), demostrando no solo una amplia cultura sino una desvergonzada actitud que no distingue entre los distintos estratos de éstas. Da igual referirse a prensa rosa o amarilla o a obras de gran envergadura (De Lillo, Pynchon) o si los hechos han sido tratados de forma epidérmica o si se les ha sometido a una análisis de alto calado: Pagès Jordà lo abarca todo y consigue apuntalar un estudio más exhaustivo en su alcance potencial que en su extensión. Las alusiones son continuas y excitan la curiosidad del lector, que se dispara en todas direcciones, incluyendo la propia obra de Pagès Jordà,  que ya alude a su recurrencia sobre el tema, y las páginas de Kennedyana se me antojan trágicamente exiguas porque estamos ante un artefacto literario (encajémoslo en la categoría de ensayo) que es rabiosamente contemporáneo.

* Lo que deja la opinión de quien lo escribe, si se trata de una persona, en un 10% negativo.


martes, 4 de abril de 2023

Xavier Mas Craviotto: La pell del món

Idioma original: catalán
Título original: La pell del món
Traducción: publicado en catalán por L'Altra Editorial, sin traducción al castellano en el momento de publicar la reseña
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


Tenía curiosidad por saber cómo sería la nueva novela del autor de «La mort lenta», una opera prima muy interesante que mostraba indicios de gran potencial en su autor. Han pasado ya cuatro años desde la publicación de esa novela y por el camino ha escrito poemarios como «La gran náusea» (aprovecho aquí para reivindicar su lectura), otra de las vías creativas del autor y más prolíficas. Y debo decir que en este libro ambos géneros se encuentran muy próximos, pues el estilo de Mas Craviotto se ha afilado y ha ampliado y perfeccionado el uso de metáforas y alegorías, a menudo recursos más próximos a la poesía que a la novela.

En una clara muestra de influencias literarias (que el autor no esconde, como detalla en su nota final), el libro empieza con la cita de un libro de Clarice Lispector, y eso ya es algo admirable y un acierto por lo que el libro ofrece. Y a esa cita le sigue una entrada de las impactan y suponen toda una declaración de intenciones, la apertura a una antesala de introspección: «Querrías saber cómo soy. Querrías entenderme. Pero cuando piensas en mí, solo sabes ver la muerte». Con ello, una de las protagonistas se nos dirige en una suerte de monólogo interno o introspectivo en el que afirma que «las preguntas que se hacen por dentro solo pueden tener respuestas que también vengan de dentro. Y piensas que hacen mucho ruido, las preguntas que vienen de dentro. Mucho más que las que se hacen en voz alta.»

Así, con pocas páginas, el lector toma consciencia de cómo ha evolucionado la prosa de Mas Craviotto, pues ha agudizado su estilo y le ha dado un contenido más profundo, más introspectivo y estilísticamente más próximo a la poesía. Aun así, es claramente identificable y deslumbra en el uso de sus alegorías, como cuando afirma que «porque las imágenes y los recuerdos, como las bacterias, te habitan el cuerpo y la mente y, con la paciencia persistente y tozuda de las hormigas, te van creando túneles de memoria por dentro». De esta manera, este libro se acerca a «La gran náusea» en la sabia elección de las palabras y en el viaje al interior de los sentimientos sin mostrar miedo alguno a aquello que se encuentre en el arduo viaje. Y la cita inicial de Lispector no es gratuita, tiene su más alto sentido, pues el libro conecta de manera ineludible las reflexiones sobre la vida y la muerte y aquello que somos, en un continuo diálogo laberíntico en el que la única salida válida es la cordura. Porque el pasado marca la vida y el presente, a veces, nos lo exhibe de nuevo como desafiándonos, como sometiendo nuestra fortaleza con clara intención de quebrantarla. Porque la protagonista habla de su madre que está en un hospital en los últimos días de su vida, en un cuerpo que ya no responde, con «dos ojos vivos dentro de una cosa quieta y dura e inerte. Dos ojos vivos dentro de una cosa muerta. Como si los ojos fueran la única ventana de vida que le queda abierta. La única puerta que la conecta con el mundo» e intuimos con ello que la relación entre madre e hija no fue fácil, o simplemente no fue y, ahora que la tiene enfrente, postrada en la cama del hospital, reconoce que «te esfuerzas a recordar que la madre es una mala persona. Te lo recuerdas porque te ha parecido que te empezaba a dar un poco de pena (…) La maldad de la madre era de las silenciosas. Una maldad pasiva, cómplice». Tampoco la relación con el hermano fue fácil, ni entre ellos dos ni con los padres, pues «nunca hablaba de vosotros, como hacen todas las madres del mundo. Las madres que conoces siempre hablan de sus hijos. Como si fueran la cosa más importante que les ha sucedido nunca. Pero madre era diferente. No hablaba nunca, de vosotros.»

A nivel estructural, el autor alterna tres momentos narrativos, tres líneas temporales: las escenas en las que están en el hospital y que le sirven al autor para profundizar en los recuerdos pasados acerca de la relación familiar entre hermana, hermano y padres, la evocación de escenas de la infancia y, por otra parte, breves pinceladas con las sesiones con el terapeuta con quién repasa su estado anímico en un punto indefinido temporalmente y hacen de puente entre presente y pasado y la infancia como tercer y marcado momento. Esta alternancia está bien estructurada ya que no rompe el ritmo narrativo sino que sirve para aplicar una especie de zoom emocional reviviendo momentos puntuales que van estrechamente enlazados con lo descrito en la trama principal en la que dirige su mirada especialmente a la infancia. Porque la infancia nos marca, a todos, y Mas Craviotto sabe utilizar sus recursos poéticos para describir los ambientes opresivos de una casa donde el padre impone su voluntad y el resto calla, por falta de opciones pero también por costumbre. Y por miedo. Y el ambiente es incómodo, hasta el punto de que se nota que hay «una calma tensa quieta que molesta un poco, porque es la calma que siempre hace la casa después que padre se enfade y chille e insulte a madre. Una calma peligrosa. Como si la casa aguantara la respiración para no molestar demasiado, ahora que todos estáis tristes». Y aquí vemos otro aspecto singular (por inusual) de la novela: la narración en segunda persona, un punto de vista que emula a un testigo presencial y que añade tensión a la propia de los protagonistas. Un «tú» que sitúa al narrador (y por extensión al lector) en una posición a medio camino entre testigo y juez.

La novela nos habla también de la relación entre la protagonista y su hermano al que vuelve a ver después de muchos años, de quién no sabía apenas nada, en un reencuentro siempre tenso, siempre violento, porque después de tanto tiempo «entre vosotros nacían, muy lentas, todas las distancias». Un hermano del que se distanció después de la adolescencia, alguien por quien siente rabia por haber sigo tan débil en los momentos en los que ella tenía que ser fuerte; alguien que a sus ojos es un extraño («no podía ser que aquel hombre fuera tu hermano (…) pero al mismo tiempo aún podías reconocerle alguna facción, algún tipo de movimiento facial, un batido casi imperceptible en las aletas de la nariz que te decía que sí, que ese era tu hermano, y era el de siempre»). De esta manera, a medida que avanzamos en la lectura entendemos el ambiente dentro de la familia y el por qué ella se marchó del pueblo. Pueblos pequeños, cotilleos grandes. Y situaciones familiares conflictivas. E inevitables. Como si fueran contagiosas, como si fuera una plaga de la que lo mejor es apartarse. Porque «estas cosas se transiten de padres a hijos. La rabia y el odio se heredan. Pasan de una generación a la siguiente» y en la escuela lo sabían, porque «cuando entras en el aula, todos los silencios hablan de ti», porque en sus casas se hablaba de ello y «aquella escuela era como el pueblo pero en miniatura». 

Parece que hay una literatura centrada en las relaciones familiares desestructuradas, narradas desde los más damnificados, los pequeños, indefensos, frágiles…. Hay casos en los que vemos de manera clara que el amor existe y también el afecto aunque sea unidireccional y en el que la protección va en sentido inverso al natural. Hablamos de Douglas Stuart con «La historia de Shuggie Bain» o también de Jesmyn Ward y «La canción de los vivos y los muertos», por poner un par de ejemplos. Pero hay otros casos en lo que el amor no existe en ningún caso ni de ninguna forma, donde lo que abunda es miedo, temor y odio. Porque existe también, y nos lo cuentan perfectamente Winkler, Bastašić y Kristof, entre otras. Este libro se enmarcaría en este último grupo, a pesar de la belleza de su narración poética. Y ubica la acción del reencuentro familiar en el hospital, ese lugar donde parece que el pasado nos atrape después de una vida huyendo de él, un lugar común de reencuentro y revisión (como hizo Mouawad en «Todos pájaros» o también Annie Ernaux en «No he salido de mi noche»), como si el lecho de muerte fuera la pasarela por la que desfilan los recuerdos y los rencores pasados, en un camino ineludible a la muerte que transitamos acompañados de dolor, pérdida pero también añoranza. Pero la aridez de esta lectura también nos hace llegar ecos que resuenan fuerte a Bendicho y sus «Tierras muertas» por la dureza del relato, por ese padre desgraciado («un grandísimo hijo de puta», según un conocido), y al que también, de manera similar, topa con el final de su vida de manera abrupta y sin saber el rostro del verdugo que ha terminado con su camino de desgracias infringidas o también por el entorno rural y la brutalidad de estar rodeados de muerte, en los animales y en sus propias almas. El autor nutre el relato de una fuerte tensión ambiental y emocional, a veces contenida a través de forzados silencios («Pero callas. Porque hay muchas cosas a decir y pocas palabras que puedan decirlas. Y porque los silencios te gustan más que las palabras»), otras veces expuesta, porque inevitablemente hay momentos en que «percibes muchas cosas. Cosas que dormían alrededor, silenciosas y quietas. Nunca te las habías mirado demasiado. Porque no os las miráis demasiado, las cosas que duermen. Pero hoy tu hermana las ha despertado todas. Y madre quería que siguieran dormidas, porque las cosas dormidas no hacen ruido». 

Por todo ello, y a pesar de su innegable dureza, la novela de Mas Craviotto es un claro ejemplo de que la belleza de un texto está muy por encima de la amarga historia que presenta y que, a pesar de la tristeza que desprende, uno puede disfrutar de su lectura solo por el placer de encontrar un autor que sabe plasmar con las palabras unas emociones que, con o sin experiencia previa, podemos comprender y compartir.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La gran nàuseaAnimals inexpressiusLa llum subterrània

lunes, 3 de abril de 2023

Rosa Chacel: Memorias de Leticia Valle

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1945

Valoración: Recomendable alto


Puestos a buscar mujeres escritoras no hace falta irse muy lejos y mucho menos hacer ‘descubrimientos’ extraños. Esto es, claro está, una opinión personal, porque creo que hay escritoras interesantes que siempre han estado ahí, que sí están en los manuales, pero a las que casi nadie presta atención hoy en día, quizá porque no se ajustan a ciertos patrones. Pero antes de meterme en berenjenales no deseados, pasemos a hablar de Rosa Chacel, vallisoletana, autora poco ruidosa que afortunadamente llego a cosechar premios importantes en vida. Memorias de Leticia Valle es quizá su obra más conocida, y da para comentar bastantes cosas.

Se trata de un texto en primera persona con la narración de una niña de apenas doce años que cuenta cosas que va sintiendo y descubriendo, pero que nadie piense en el diario tontorrón de preadolescente llena de perplejidad e inseguridades. Con posibles rasgos autobiográficos, Leticia describe la vida, más bien aburrida, en un pueblo donde convive con una tía y con su padre, militar lisiado recién regresado de Marruecos. Pronto comienza la niña a tomar clases de música en casa de doña Luisa, y también enseguida el marido de esta, don Daniel, pasa a ser su profesor en materias escolares amplias. Todo el relato se establecerá en el triángulo entre estos tres personajes.

Leticia es una niña precoz, pero su voz no es la de una repipi, ni la impostada de una adulta que finge hablar como una menor, lo que leemos es sobre todo lo que ella ve y siente desde la posición en que le coloca la edad, narrado de forma cristalina, con maestría absoluta que combina la necesaria ingenuidad de la mirada con la precisión y la finura del relato. Una síntesis perfecta que deja además imágenes insólitas, algunas de enorme belleza, que solo pueden salir de la cabeza de una niña, como cuando explica con naturalidad las fantasías que de improviso le venían cuando era aún más pequeña.

Pero claro, esto no es tan sencillo, porque lo que vive Leticia va más allá de lo corriente o esperable. Está ansiosa de aprender cosas, aunque no necesariamente, o no solo, lo que se aprende en la escuela. No piensen mal: la niña disfruta con la música de doña Luisa, y también cocinando con ella, necesita conocer de verdad a su padre, saber lo que hace o hacía y por qué, se entusiasma con las enseñanzas de don Daniel, quiere absorber conocimientos y teme no llegar al nivel deseado. Como es lógico, no tiene claro lo que busca, pero sí que busca con intensidad, quizá probarse, quizá tocar la puerta del mundo adulto, absorber lo que siente o intuye que puede estar ahí fuera.

Todo ello va configurando esa relación tan especial con Luisa y Daniel. Con ella establece lazos que se parecerían a los que tendría con su propia madre, que es por cierto una figura completamente ausente del libro, como si nunca hubiera existido. La maestra ve sin embargo a Leticia como una amiga, sin importar la diferencia de edad. Y con Daniel las cosas, que siempre tuvieron un sesgo algo extraño, tomarán un rumbo inesperado donde irá creciendo una atracción (¿mutua o solo unilateral?) que ha hecho que se compare a esta obra con Lolita, escrita por cierto diez años más tarde.

Pero no, tampoco eso es suficiente para hacernos una idea fiable del libro, hace falta el ingrediente fundamental: la elipsis. Todo en Memorias de Leticia Valle es una enorme elipsis donde, aunque lo que leemos aporta información necesaria, mucho más importante es lo que no podemos leer, lo que no se cuenta, lo que queda tras la cortina que extiende la autora. Es la mayor grandeza y originalidad del libro, continuar línea tras línea siendo conscientes al mismo tiempo de que hay mucho más que queda fuera del foco, cosas que llevarán al relato a su desenlace (también brumoso, equívoco) pero que deberemos construir en base a lo que tenemos delante. Si no lo hacemos, nos quedará la sensación de algo escrito con inteligencia y finura, pero algo blando donde pesa más la sensibilidad del diario que el vigor de una narración atrayente.

Hay quien dice que Rosa Chacel tenía cierta tendencia a la autocensura, y de ahí el vaciado de los elementos más potentes, y quizá escabrosos, del texto (ya sabemos que los censores no se destacaban por su perspicacia). Sinceramente pienso que esto no es suficiente para explicar un relato escrito como a trasluz. Yo creo que la voluntad de escamotear escenas decisivas es parte, y una parte fundamental, del planteamiento narrativo, como si la autora se hubiera propuesto el ejercicio de contar sin llegar a ser explícita, un recurso muy difícil de desarrollar y que en mi opinión se alcanza con pleno éxito.

Es más, eso que solo se deja entrever tras las veladuras de un discurso aparentemente inocente, provoca mucho más desasosiego precisamente por permanecer oculto, o casi. El lector se pregunta si ha entendido bien, si no estará malinterpretando pequeños detalles, si se ha perdido alguna información. Eso sí, la jugada es arriesgada porque, a fuerza de sutileza y de amagar, uno puede terminar por desconectar y decidir que no quiere hacer el esfuerzo de leer entre líneas porque que en realidad en el relato de Leticia no ocurre nada importante. Y yo les aseguraría que sí, que sí ocurre, que Rosa Chacel nos hace sufrir un poco para descubrirlo pero está ahí, y luego cada uno lo verá de una forma y con un alcance diferente. Seguramente no llegaremos a la misma conclusión, pero habrá merecido la pena.


domingo, 2 de abril de 2023

Yukio Mishima: La casa de Kyoko

Idioma original: Japonés
Título original: Kyōko no le
Traducción: Emilio Masiá López
Año de publicación: 1959
Valoración: Más que recomendable (joder, que es Yukio Mishima!)

Algún tocapelotas puede decir que Yukio Mishima escribía siempre el mismo libro. Sus personajes atormentados y tendentes a lo autodestructivo, sus incisos políticos y espirituales, su obsesión por la belleza y el cuerpo o sus atmósferas oscuras y opresivas puede que constituyan elementos comunes a la mayoría de sus novelas, pero de ahí a decir que es siempre la misma novela hay un trecho.

Como no podía ser de otra forma, "La casa de Kyoko" posee todos esos ingredientes (y alguno más), aunque ciertos aspectos confieren al texto un aire algo diferente. Veamos.

"La casa de Kyoko", publicada originalmente en 1959 y, por tanto, situada en una etapa intermedia de la obra de Mishima, es una de las novelas más autobiográficas y "autopredictiva" del autor. 

Cuatro personajes masculinos de unos 25-30 años y la omnipresente Kyoko, que vendría a ser el pegamento que los une, son los protagonistas de una novela eminentemente psicología y autobiográfica en la que Mishima se sirve de un grupo heterogéneo en edad, profesión y procedencia para mostrarnos las diferentes vertientes de su propia personalidad: la narcisista, la nihilista, la sensible y la de hombre de acción. 

Todo lo anterior, por si fuera poco, situado en un contexto de crisis económica y espiritual (la guerra de Corea, la ocupación norteamericana, etc) que determina en cierto modo la vida de los personajes.

Es, por tanto, ese componente psicológico (ese exprimir a sus personajes hasta el límite, ese hurgamiento salvaje en sus ideas, sentimientos y pensamientos ) el centro y la principal virtud de "La casa de Kyoko". Esto no es obstáculo para que en ella encontremos , aunque en menor medida que en otras obras del japonés, detalladas y hermosas descripciones de paisajes, oscuras y perturbadoras imágenes de una potencia erótica brutal o las a veces frecuentes "brasas teóricas" de Mishima sobre economía o espiritualidad.

Por ir terminando, diría que "La casa de Kyoko" es una buena novela pero no la situaría entre las mejores del autor. Quizá una cierta descompensación entre la carga psicológica y la carga poética de la novela y algún que otro exceso teórico hagan que el texto no llegue a la altura de "La corrupción de un ángel" o "Nieve de primavera", dos de mis favoritas del autor. Al menos, esa es mi impresión.

Un porrón de libros de Yukio Mishima reseñados en ULAD: Caballos desbocadosSed de amor, Nieve de primaveraEl Templo del AlbaEl pabellón de oroEl rumor del oleajeLos años verdesDespués del banqueteEl sol y el aceroEl marino que perdió la gracia del marLa corrupción de un ángel

sábado, 1 de abril de 2023

Victoria Martín: Se tiene que morir mucha gente

Idioma original: español
Año de publicación: 2022
Valoración: entre recomendable y está bien

Una aterriza en el mundo con una carga genética heredada, en un entorno familiar, con unos factores culturales, sociales, políticos... Y con esas cartas se lanza una a transitar este mundo. Y el mundo tiene baches, tiene pinchos, tiene papel de lija, y aunque una hace lo que puede, a veces no puede evitar friccionar con algunos de esos elementos y texturas que le salen al paso. A veces pica, a veces duele y a veces se pone una de muy mala leche pero la buena noticia es que, fruto de esa fricción con el mundo, algunas consiguen hacer humor.

Resumen resumido: Bárbara, una guionista treintañera, adicta al alcohol, a los ansiolíticos y, sobre todo, a la deriva vital, se ve empujada a revisar su relación con sus dos amigas de la infancia cuando una de ellas se presenta en su casa con una barriga de veintisiete semanas.

Se tiene que morir mucha gente rebosa ingenio, inteligencia y unas ganas irrefrenables de ver el mundo arder. Se trata de una narración en primera persona, cargada de sarcasmo y humor irreverente, que aprovecha las vicisitudes que le facilita la trama para lanzar una crítica feroz hacia la misoginia y el machismo, el clasismo y las desigualdades, el racismo y toda una serie de «ismos» recogidos dentro del sistema capitalista del que todos participamos.
Vi a Claudia correteando como una loca, sus bucles terroríficos se movían con cada uno de sus saltos. Me entraron ganas de abrazarla y decirle que todo iba a estar bien, pero me contuve porque no se puede abrazar a niños que no sean tuyos.
Para una seguidora de la carrera de Victoria Martín es inevitable reconocer su voz y su discurso tras el alter-ego de Bárbara. Tampoco creo que se esconda de ello. Victoria Martín no es una youtuber que se ha lanzado a escribir un libro para que lo compren sus seguidores; ella es periodista, guionista y cómica, y sabe muy bien lo que tiene entre manos, de ahí la buena factura de esta primera novela.

El estilo es muy reconocible ya que deriva claramente del mundo del guion (hemos visto algún otro caso igualmente exitoso) y que depende en gran medida del carisma de la voz narrativa para atraparnos, así como de un ritmo muy dinámico en el que el lector se ve atrapado y siente que continuamente están sucediendo cosas. Este último punto es quizá el único aspecto que, en mi opinión, no acababa de estar del todo calibrado. Es decir, la novela atrapa desde la primera página y fluye muy bien, pero algunas veces ese ritmo tan exigente que imprime la narradora no hace justicia a los pasajes más emotivos e intensos de la novela, que los hay. Al menos a mí como lectora me ha sucedido que de pronto me he visto ya inmersa en esos pasajes sin saber muy bien cómo he llegado a ellos, como cuando empiezas tarde a frenar y acabas con las ruedas delanteras en el paso cebra.

Y lo que, definitivamente, Se tiene que morir mucha gente no tiene, es sutileza. Ni lo pretende. Y es muy de agradecer. La verborrea de esta Bárbara asqueada con el mundo en general, le da una patada en la boca (con lucidez y desparpajo) a todas las convenciones tóxicas, lo cual resulta muy muy liberador:
(…) a lo largo de la historia los hombres han logrado que esta práctica sea una herramienta válida para infravalorar y desacreditar a las mujeres que prosperan en el trabajo. Si una mujer ha conseguido un ascenso a base de mamadas, me parece absolutamente lícito, solo faltaría que después de hacer algo así no te den un aumento, más responsabilidades y un despacho con vistas.
Sobre la protagonista, su pasividad, su falta de iniciativa para todo lo que no sea autodestruirse o intoxicar al personal, es un factor muy difícil de poner a su favor y, sin embargo, poco a poco se va humanizando a medida que avanza la trama y el lector acaba por quererla y aceptarla tal como es. Bárbara no es una heroína trágica ni tampoco vive una evolución espectacular. Es una personita más haciendo lo que buenamente puede y dando pequeños pasos, casi imperceptibles.

Así que entre recomendable y está bien, ya que no estamos ante una lectura complaciente ni apta para todos los paladares. Personalmente, espero leer más obras de ficción de esta autora.
Warning: Cayetanos, abstenerse.

Y ya dando la reseña por zanjada, aprovecho para decir que Victoria Martín y Carolina Iglesias son probablemente de lo mejor que le ha sucedido al mundo de la comunicación en los últimos cinco años, que su frescura, su verdad y su sentido del humor no solo resultan altamente terapéuticos si no que el discurso político que hay detrás deja en absoluta evidencia lo mal montado que está este sistema nuestro. Y no es casualidad que estén continuamente en el ojo del huracán de las rrss y que todo lo que digan o hagan sea sistemáticamente juzgado y/o cancelado. Su discurso no solo resulta molesto para ciertos sectores de nuestra suciedad, si no que está calando mucho más de lo que algunos desearían.