lunes, 14 de septiembre de 2015

Umberto Eco: Número Cero

Idioma: italiano
Título original: Numero Zero
Año de publicación: 2015
Traducción: Helena Lozano Miralles
Valoración: se deja leer

Última novela, hasta la fecha, del eximio escritor y popular profesor de semiología (un momento... ¿era al revés?), el piamontés Umberto Eco, en la que se dedica a satirizar sobre los medios de comunicación escritos. La historia que cuenta, quizá algo rebuscada, es la siguiente: en el año 1992 -la fecha tiene su por qué-, un tal Colonna, ghost writer o "negro" de medio pelo es contratado para escribir la crónica de la puesta en marcha de un periódico, Domani, que en realidad no es sino un instrumento de presión, merced a la edición de varios y escandalosos "números cero" -no destinados a la difusión pública-, que pretende utilizar un empresario para ser admitido en los círculos más selectos de la economía italiana. Para ello, se contrata a un grupo de periodistas también de medio pelo, que se dedican a husmear en noticias pasadas aspectos que puedan ser comprometedores para el futuro... de según quién.

Este argumento, vagamente "chestertoniano", se ve enriquecido con muchos de los "lugares comunes" de la trasologia -o conspiranoica- italiana de la segunda mitad del siglo XX: el final de Mussolini, las intrigas vaticanas, la red Gladio, los atentados neofascistas, las Brigadas Rojas, los servicios secretos (de ahí la necesidad de situar la acción de la novela en el año 92)... elementos que, si bien pueden suscitar el interés de algunos lectores (el mío, por ejemplo), creo que resbalarán sobre la atención de la la mayoría; en el caso de los compatriotas del señor Eco, por excesivo conocimiento -y hasta cansancio, supongo- de todos estos asuntos; en el caso de los lectores de otros países, por todo lo contrario. El argumento, además, recuerda demasiado al de otra novela del mismo escritor, El péndulo de Foucault (ésa que mucho empezaron, pocos acabaron y a casi nadie gustó... aunque a mí sí, reconozco también), si bien en ésta de lo que se hablaba era de una conspiración esotérica desarrollada a lo largo de varios siglos -novela bastante anterior a El código Da Vinci , hay que decirlo, y de la que, no obstante, se burla- en vez de una trama política. Pero cierta similitud está ahí.

Tampoco es que esta trama se desarrolle de la manera más adecuada, por otro lado; más bien la novela, bastante corta, da la sensación de escasez, con líneas argumentales que debían ser, en principio, las más importantes (la gestación del falso periódico), truncadas o disueltas en una serie de explicaciones teóricas sobre el periodismo y la manipulación que se suele hacer de las noticias (con triquiñuelas no sé hasta qué punto eficaces, por ingenuas y/o sutiles... el dottore Eco debería echarle un vistazo a cierta prensa española para enterarse de lo que vale un peine). Pero el conjunto resulta mal desarrollado, con cierto desequilibrio entre lo fundamental y lo anecdótico. Pido perdón de antemano por esta pequeña maldad, pero en realidad, da la sensación de ser un proyecto de novela archivado desde hace 20 años (de ahí también la época en la que se data la acción) y que, siendo ya el autor de una edad avanzada, no quería desperdiciar...

En cuanto al contenido de la novela o su intención, ya digo que resulta de una cierta ingenuidad: la idea es hacer una sátira del papel de los medios de comunicación y de la elaboración de las noticias que nos tragamos como caramelos... también una crítica al público de esos medios -es decir, a todos nosotros-, capaces de consumir esas noticias sin descanso y sin memoria, por atroces o comprometedoras que sean, pero sin preocuparnos de profundizar en ellas (y en esto Eco tiene razón). Lo que ocurre es que a este respecto la realidad supera a diario cualquier ficción: lo de Número Cero parece un juego de niños en comparación con la manipulación que sufrimos cada día... y el cinismo con que la aceptamos. Eso, por no mencionar que desde el año 92 hasta ahora los medios de comunicación y el periodismo se han visto agitados por algún que otro cambio: los personajes de la novela, evidentemente no habían oído hablar de Internet... Quizá si este libro hubiese sido publicado hace 20 años, su impacto habría sido otro, mucho mayor, pero a día de hoy, se queda en una salva con pólvora mojada. Menos mal que, por lo menos, la prosa es fácil de leer y se ventila en una tarde. O dos.

Una novelita, si no desdeñable del todo, tampoco especialmente memorable. Se deja leer e incluso puede ser recomendable para los fans del autor y para estudiantes de Ciencias de la Información... los que suelan ir a clase, quiero decir; a los que se pasen la mañana en la cafetería de la facultad, leyendo la prensa diaria -aunque sea sólo la deportiva-, no les hace falta: de manipulación informativa y prácticas torticeras ya sabrán bastante.

Otros libros de Umberto Eco reseñados en Un Libro Al Día: Aquí

domingo, 13 de septiembre de 2015

William Gaddis: Los reconocimientos


Idioma original: inglés
Título original: The Recognitions
Año de publicación: 1955
Traducción: Juan Antonio Santos Rodríguez
Valoración: Muy recomendable

El auge de lo falso, favorecido por la relatividad de valores y precios, caracteriza en cierto modo al mundo moderno y posmoderno, pero es preciso poseer la erudición y la perspectiva de Gaddis para sintetizar primero y particularizar después los rasgos que identifican un momento histórico.
El plagio parece haber descendido a todos los ámbitos de la cultura favorecido por un pacto de silencio. Todos son cómplices, hermanados por el temor a ser descubiertos. La relatividad de valor y precio se refleja aquí en todos los aspectos posibles. Poetas que roban sin proponérselo, dramaturgos y cuentistas que escarban en las obras de más prosapia y las fusilan alegremente, reliquias prefabricadas de santos, pretendidas momias egipcias elaboradas con restos del cementerio local y hasta la mismísima Cleopatra reconstruida con los restos de un soldado árabe, pintores de éxito que venden lo pintado por otros, pintores novatos que usan como base lo que el marido de su amante desecha, obras de la escuela flamenca descubiertas al poco de ser pintadas en un taller clandestino, libros con portada artesana y todas las páginas en blanco publicados por nadie, falsificación de fichas de poker o de series enteras de billetes. Hasta las personalidades pueden ser ficticias aquí, como ese falso Hemingway que aparece de vez en cuando. Y el mundo de la crítica, que se presenta como un copia y pega en forma de juicios todoterreno y alusiones con pátina de autoridad. Hay un tono de guasa, muy discreta, más bien irónica, necesitada de lectores cómplices, que atraviesa todo el texto. El título Los reconocimientos alude al examen que reciben las obras antiguas tardíamente descubiertas y pone en tela de juicio un axioma generalmente aceptado: la combinación de expertos con técnicas modernas producen opiniones infalibles. La pregunta implícita es si existe el falsificador perfecto, aquel que no se conforma con reproducir lo obvio, que estudia a fondo materiales, procedimientos y hasta el espíritu de cada artista.
Quede claro que lo que Gaddis desaprueba del mundillo artístico no se reduce a las falsificaciones. Ataca la banalidad, la falta de rigor, menciona, incluso, la posibilidad de una producción novelística en cadena  –una idea bastante premonitoria–  y resume su opinión con estas palabras: “El arte (art) actual se escribe con f (de fart). Usted lo sabe. Todo el mundo lo sabe”. 
El autor lo considera un indicio más, pero muy claro, de un siglo decadente que camina hacia la autodestrucción. La esencia de la actual alarma por el futuro del planeta se condensa en un significativo párrafo a través de expresiones como “el humo circulaba por lóbulos de acero protegido por cavidades pleurales de granito”, “esparcirse en el vómito de mugre” o “pavesas, cenizas y arena, alquitrán, hollín y ácido sulfúrico… se posaban cada día sobre aquel barrio”.
No obstante, y como demuestra en su propia obra, el proceso creador en sí mismo inspira al novelista el mayor de los respetos. Lo metaliterario aflora constantemente, a veces incluso en forma de panfleto o manifiesto de las inquietudes literarias del autor filtradas por la mente de sus personajes. Encontramos también descripciones muy detalladas de la forma de trabajar de un genio de la pintura, o una carta de la poeta y talentosa náufraga que es Esme, y que constituye un delirante pero agudo tratado sobre la creación pictórica, o aproximaciones a su propia inspiración. Y lo que vemos cada vez es un rapto creador apasionado, evasión de la realidad, una mente confusa, incluso alucinada, pero concentrada y firme en sus decisiones.
Esta novela claramente coral –pese al vigor del personaje que conduce la acción a lo largo de unos cuantos capítulos–, con personalidades antológicas, como Gwyon, Recktall Brown, Otto, Esme, Valentine, Wyatt, el señor Pivner, entre otros, y un muestrario bastante exhaustivo de tics y tópicos sociales de entonces y de ahora, no olvida que toda época se fundamenta en las anteriores. De ahí que la cultura occidental, con sus raíces grecolatinas y cristianas filtradas por el Medievo, impregne sus páginas, dejando un regusto rancio a cosa arcaica y pasada de fecha. 
También ayuda a crear tal sensación la reiterada presencia del elemento religioso, que encontramos a lo largo de toda la novela; casi podríamos decir que a modo de catálogo: encontramos aquí desde las formas idólatras, mitraísmo incluido, a las que tiende el panteísmo del reverendo Gwyon, al rigor de la predestinación protestante -otro "reconocimiento", divino en este caso- o los rituales del catolicismo más enfermizo... incluso el aparente rechazo de la religión, aderezado por todo tipo de blasfemias, entre las que se revuelca el personaje de Anselm. Aunque cabe preguntarse hasta qué punto el religioso es un tema fundamental para Gaddis o supone su propia falsificación irónica, un atrezzo que utiliza para que sirva de fondo y espejo al tema que realmente le interesa, el de la creación artística.
Al final de los años cuarenta –aunque tardaría en publicarse más de un lustro– un Gaddis de solo 27 años, alumbró esta obra prodigiosa que, lejos de perder vigencia y a pesar de su dificultad evidente, encaja a la perfección con el canon posmoderno. Porque está elaborada a base de retazos (de caracteres, escenas, vidas, conversaciones…), enfoca gran cantidad de aspectos y presenta un conjunto de fragmentos que componen un todo inconcluso. También porque, situándose entre el absurdo y la banalidad más absoluta y combinando procedimientos de manera muy personal, recrea una atmósfera altamente inquietante. A ello contribuye, sin duda, el exigente y desasosegante estilo de Gaddis, que obliga al lector a prestar toda su atención: abarrocado, conceptista incluso, en los párrafos descriptivos o que expresan el pensamiento de los personajes; en contraste, la extrema agilidad de sus diálogos (fabulosamente escritas las varias fiestas que suceden en la novela, por ejemplo), pero que exigen no menos atención para ser seguidos. Por suerte, acude a menudo en nuestra ayuda un sentido del humor que, aunque trágico o grotesco en ocasiones (el descacharrante episodio de la armadura o el robo de la pierna en el hospital, sin ir más lejos), hace más llevadera la lectura de la novela.
No podemos dejar de mencionar la presencia  de España en esta novela, el lugar donde se desarrollan varios de sus momentos más memorables. Según Gaddis, España era "un país para atravesar huyendo"... aunque claro, hay que situar esta frase en el contexto de la narración. Pero aún así, la semblanza que hace de este país no es demasiado halagüeño: pobreza, primitivismo y superstición, hasta componer un retrato casi digno del esperpento valleinclanesco. Cierto que estamos hablando de la España de los años cuarenta, en plena posguerra, pero cabe preguntarse cuánto de aquel país descrito por Gaddis ha desaparecido y cuanto pervive aún hoy en día, en pleno siglo XXI. Mejor no contestar.

Nota final: Hemos valorado esta novela como "Muy recomendable" (aunque en las etiquetas está también la de "Imprescindible") no por su falta de calidad o importancia literaria, sino tan sólo porque consideramos que quizá no es una novela idónea para todo tipo de público. Pero sin duda a más de uno de sus lectores sí que les parecerá un libro imprescindible... ninguna objección, a ese respecto.


                                                                    Firmado: Montuenga y Juan G. B.


Otros libros de William Gaddis reseñados en Un Libro Al Día: Gótico carpintero, Ágape se paga

sábado, 12 de septiembre de 2015

Don Carpenter: Dura la lluvia que cae

Idioma: inglés
Título original: Hard rain falling
Año de publicación: 1966
Traducción: Ramón de España
Valoración: muy recomendable

Debe funcionar el filón de The Wire: porque lo de poner que el prólogo es de George Pelecanos bajo el título de esta novela es una obvia llamada para atraer a cierto público. Funciona, por eso. Y si esa es la razón que lleve a un número de personas a leer Dura la lluvia que cae, pues bien está lo que bien acaba. Porque esta es una novela excelente, una narración, como algún amable comentario anotó hace unas semanas, a la altura de No hay bestia tan feroz, en ese ejercicio duro pero fascinante de ponerse en la piel del delincuente de largo recorrido, e intentar experimentar sus actitudes hacia la vida. A Jack Levitt, protagonista, no le han dado demasiadas opciones. De orfanato a correccional, de correccional a cárcel, y cada nueva etapa una vuelta de tuerca en una existencia difícil, lejos de lo convencional, pero con una encomiable disposición a mantener la dignidad y a tirar hacia adelante. Sin planes a largo plazo, por supuesto.

Las cosas le suceden a Levitt con enorme naturalidad, y él, que insiste en ocasiones que no hace plan alguno, va tirando adelante como puede. Dura la lluvia que cae se divide en tres partes claramente espaciadas en el tiempo. La primera nos muestra a Levitt, abandonado por su padre, fallecida su madre a temprana edad, desenvolviéndose en su adolescencia en ambientes poco aconsejables. Garitos con mesas de billar, bares, burdeles. Con sus amigos, buscándose la vida en un día a día que no les plantea más dificultades que el obtener dinero para la siguiente cerveza, la siguiente comida o la siguiente noche en pensiones u hoteles cutres. Las amistades de conveniencia van y vienen, la picaresca de las apuestas en las partidas de diversas modalidades de billares, los pequeños y casi ingenuos escarceos con delitos de poca monta. En la segunda, el paso adelante está dado. Delitos con armas, golpes a licorerías, violencia, cárcel, condenas en convivencia con nuevos y antiguos compañeros de correrías. Sin opciones, con escasa expectativa de mejora, Levitt es trasladado y se reencuentra con Billy, colega de la infancia, bien dotado para el billar, otro buscavidas que, en un episodio memorable, demostrará hacia Levitt algo de lo que ha estado falto toda su triste existencia: alguien que se preocupe de él, alguien que le demuestre sentimientos. Su corta historia de amor homosexual, en la celda del condado de Balboa que comparten, resulta constituirse en el único conato de romanticismo de esta novela. Fuera de la cárcel, Levitt se intenta reintegrar en la sociedad. En medio de un tenso incidente, conoce a Sally, adinerada ex esposa de un actor de éxito, amor fou inmediato, cómplice sexual, por la que abrazará lo más parecido a una vida convencional, toda la que pueda tener un ex-presidiario. Un hijo, al que llamará Billy, un trabajo. facturas que pagar.

Dura la lluvia que cae es casi una bildungsroman de recorrido alternativo, donde Levitt, a través de la narración, me recuerda algo al Stoner de Williams: cede solo, en circunstancias especiales, ante su voluntad, pero casi siempre deja que sea un destino inexorable el que tome sus decisiones. Su instinto de supervivencia prevalece y cree que eso será suficiente para llegar a buen puerto. Todo lo bueno que su dura condición pueda tenerle reservado.

Una narración potente, por momentos brillante y en alguno ligeramente previsible, Carpenter es uno de esos autores, como Bunker, que merece la pena descubrir. Camuflados entre la nutrida escena literaria norteamericana del siglo XX, quizás condicionados por temáticas menos ambiciosas a priori que algunos coétaneos que les sobreviven (DeLillo, Roth), Carpenter murió a los 64 años, se quitó la vida, dicen, a causa de su deteriorada salud.

También de Don Carpenter en ULAD: Los viernes en Enrico´s, Un par de cómicos

viernes, 11 de septiembre de 2015

Colaboración: El planeta americano de Vicente Verdú

Idioma original: español
Año de publicación: 1.996
Valoración: Recomendable

Con el paso de los años y una poderosa combinación de poder político, económico y militar, Estados Unidos ha terminado por conformar una entidad mitológica y, desde finales del siglo XX, el objetivo del planeta entero parece consistir en intentar copiarla. Aunque nos cabría la duda de en qué medida copiar el modelo es un deseo real o es una necesidad que nos es inoculada cada día.

Es esta aproximadamente la idea que vertebra el trabajo de Vicente Verdú, que señala cómo lo americano ‘se importa como un lote completo’, que incluye la forma de divertirse y de comprar, el éxito, la educación, los valores, toda una cultura, una forma de vida que asimilamos por ósmosis. Lo más llamativo es que el texto tiene casi veinte años de antigüedad, de forma que cabe plantearse hasta dónde ha llegado la colonización si ya hace dos décadas el fenómeno ya se formulaba con tal claridad.

A partir de aquí, el ensayo expone en qué consiste el American way of life, qué es exactamente todo eso que queremos imitar o que el entorno nos está imponiendo. Y aunque lógicamente hay un trasfondo crítico, el texto está lejos del sesgo panfletario que se le podría suponer a primera vista. El planeta americano es un recorrido por los principales rasgos del alma yankee: sus ciudades, su alimentación, sus obsesiones, el concepto de familia, el dinero. Naturalmente, estamos ante una reducción, se manejan arquetipos muy reconocibles, pero predomina la objetividad y el tono neutro, lo que, además en engrandecer la obra, favorece la nitidez de los planteamientos.

Con el estilo periodístico impecablemente ágil propio del autor, y cuajado de un sentido del humor tan atemperado que a veces solo se puede intuir, no se entra en excesivas profundidades, los datos no son prolijos ni se proponen reflexiones muy profundas. Hasta cabría decir que está escrito al estilo americano, claro y sencillo, aunque expuesto con coherencia europea. De esta forma, lo que sería un rosario de informaciones variopintas, anécdotas y comentarios, se va transformando en una exposición sólida, consistente sin perder amenidad o incluso ligereza, que va dejando como poso las ideas y sensaciones básicas que el autor desea transmitir.

Impagable el manejo de la hamburguesa como elemento retórico y soberbias las conclusiones de las últimas páginas, donde Verdú se moja de forma explícita por primera y única vez.

Y, tratándose de estos asuntos, a quien esto suscribe siempre le ronda la duda de cuándo empezaremos en Europa a celebrar el Día de Acción de Gracias, pavo mediante. Al tiempo.




Firmado: Carlos Andia

jueves, 10 de septiembre de 2015

E.L. Doctorow: Billy Bathgate

Idioma original: inglés
Título original: Billy Bathgate
Año de publicación: 1989
Traductor: César Armando Gómez
Valoración: Muy recomendable

Edgar Lawrence Doctorow falleció este pasado 21 de Julio, a los 84 años de edad, dejando, entre otras cosas, un buen puñado de libros escritos y una excelente reputación como novelista. Circunstancia que a mí en particular - y subrayo la primera persona del singular, porque es cosa exclusivamente mía- me suponía un pequeño "problema"... aunque quizás fuera más exacto decir "incomodidad": la única experiencia que había tenido hasta el momento con la narrativa de Doctorow no había sido demasiado satisfactoria; en efecto, hace años leí El arca de agua, novela ambientada en el Nueva York del siglo XIX, y recuerdo que la impresión que me dejó fue más bien tibia, por no decir decepcionante. Sin embargo, vista la aquiescencia general sobre la calidad de este escritor, me he pasado años pensando que debía darle otra oportunidad... pero con no muchas ganas de hacerlo. Y eso que a la novela de la que trata esta reseña le tenía echado el ojo desde hace tiempo -querencia personal por los temas gangsteriles-, pero aún así, ni por ésas... y hasta ahora. En fin, ya sé que me podía haber decidido antes, pero bueno, más vale tarde que nunca, no hay mal que por bien no venga, bien está lo que bien acaba... y cualquier otro recurso del refranero que venga a decir que sí, que por fin he leído Billy Bathgate.

Así que al grano: el protagonista y narrador de esta novela es un chaval del Bronx, que mata el tiempo haciendo el canelo por la calle, en la época de la Gran Depresión, como tantos otros... pero él se las ingenia para hacerse de notar por el ídolo del barrio (que también es el barrio de origen de Doctorow, por cierto), el legendario gángster Dutch Schultz (Arthur Flegenheimer de nombre auténtico), uno de los más violentos y, sobre todo, imprevisibles de aquellos turbulentos años. Billy entra a formar parte de su banda, que pasa entonces por una época difícil, primero como simple chico de los recados, y después tomando un papel cada vez más importante, siendo testigo además de sus crímenes y depositario de sus secretos. Conoceremos así a personajes peculiares, como el matón Lulú Rosenkratz, el supereficiente Irving o el "mago de los números" (también es de suponer que no hacía falta ser un John Nash para destacar en aquel ambiente) Abbadabba Berman, acuñador, según se dice, de la archiconocida frase "Son sólo negocios, no es nada personal...", que se convierte en el mentor de Billy. Destaca también, en mi opinión, el acertado retrato que Doctorow hace del propio Schultz, matizando al desquiciado personaje que suele aparecer en libros y películas, aunque sin ocultar -sería imposible- su aspecto más sanguinario.

En suma, el autor se sirve del conocido truco... quiero decir recurso, de colocar a un personaje imaginario junto a otros reales, para darnos una visión de la historia -quizás en este caso habría que hablar casi de leyenda- enriquecida por una visión desde un punto de vista secundario. Este libro es también una novela de aprendizaje -no digo iniciación porque el ta Billy ya venía bastante baqueteado de su barrio- e incluso, creo yo, una novela picaresca: si cambiamos el Nueva York de los años 30 por los caminos de la España del siglo XVI, o la banda del Holandés (así se ha traducido siempre al castellano Dutchman, pero al parecer, en el argot neoyorquino de la época significaba más bien "alemán") por la de Monipodio, la historia podría encajar con bastante verosimilitud en esa tradición narrativa tan española y que ha trascendido incluso los límites de la literatura para imbricarse en la realidad. Y que parece no ir a agotarse nunca, añado... Por ponerle un "pero", cabría decir que en algún momento la historia toma una deriva algo "hollywoodesca", por lo que tampoco es de extrañar que al poco de su publicación fuera llevada a la gran pantalla (con Dustin Hoffmann como un improbable, creo yo, Dutch Schultz), pero aún así, hay que reconocer que estamos ante una narración de alta calidad literaria.

En fin, un buen libro y un autor al que pienso retornar, aunque sea a título póstumo... ahora ya puedo decir, si alguien me pregunta por él -que no creo-: "Sí, Doctorow, qué gran pérdida para las letras... De él me gusta sobre todo Billy Bathgate; gran novela". Y quedarme tan ancho.

Otros libros de E. L. Doctorow reseñados en Un Libro al Día: Todo el tiempo del mundo, Homer y Langley Cómo todo acabó y volvió a empezar, La gran marcha


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Colaboración: La calle de la judería de Toti Martínez de Lezea

Idioma original: español
Año de publicación: 2005
Valoración: Se deja leer

Ahora empiezo a entender el fenómeno de los best sellers y las legiones de lectores que se ‘enganchan’, ‘no lo pueden dejar’ y lo han leído ‘de una sentada’. El secreto es hacerlo lo más sencillo posible, narraciones desprovistas de artificio literario, un argumento que mantenga más o menos cierta tensión, y lectura que entra con la facilidad de un gin-tonic tras una cena veraniega.

Al lector no se le exige más esfuerzo que el de pasar las páginas, no ha lugar a detenerse en la belleza de una descripción, la profundidad de un personaje, no hay juegos de punto de vista, cambios del ritmo narrativo, una estructura especialmente estudiada, o un lenguaje determinado que nos quiera indicar nada. Sólo hay que sumergirse en la historia y dejarse llevar. Tampoco debe ser sencillo escribir un libro –normalmente, son además bastante voluminosos- ajustándose a toda esta sencillez, cualquiera no tiene esa capacidad, pero si se consigue, el éxito está cerca.

La calle de la judería se ajusta más o menos a estos parámetros. Toti nos cuenta una historia de judíos y conversos en Vitoria a finales del siglo XV, miembros de una misma familia a lo largo de varias generaciones, algunos de los cuales se mantienen en su fe tradicional, mientras otros abrazan el cristianismo mayoritario, con las consecuencias que pueden suponerse.

Como decía, un relato irregular que, no carente de cierto interés, se sitúa –creo que voluntariamente- al margen de pretensiones literarias. Desprovisto de adornos, con un estilo plano, sin figuras retóricas y narrativamente convencional, la historia se desarrolla en los parámetros de las viejas sagas familiares. La capacidad expositiva y el ritmo son más o menos correctos, y el argumento consigue captar moderadamente la atención, sin excesivos baches.

De todas formas, si nos ponemos puntillosos también podríamos airearle algunas tachas formales. Por ejemplo, la un tanto mareante proliferación (y confusión) de nombres de los distintos personajes, que parece no casar del todo con la simplicidad que domina el texto. O la existencia de giros y expresiones excesivamente coloquiales (y modernos), que chirrían en algunas páginas.

Por tanto, nada que objetar si lo que se busca es llenar horas muertas. Aunque para tener entre manos algo de más enjundia, habrá que esperar a otra cosa.

Firmado: Carlos Andia

También de Toti Martínez de Lezea en Un Libro Al Día: El señor de la guerra, La flor de la argoma

martes, 8 de septiembre de 2015

Juan Villoro: ¿Hay vida en la Tierra?

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Nunca había leído nada de Juan Villoro, y me dije: quiero leer algo de Juan Villoro. Su obra más famosa es El testigo, que ganó el Premio Herralde de novela 2004, así que iba con la idea de comprarme esa, pero cuando estaba curioseando en la librería virtual donde suelo comprar mis eBooks, me llamó la atención el resumen de ¿Hay vida en la Tierra?: "...cuenta cien historias tan diversas como contundentes, cien relatos apoyados en una prosa adictiva". ¡Caramba, cien relatos! ¡Impresionante!

Bueno, la verdad es que esa descripción bordea la publicidad engañosa, porque en realidad lo que componen ¿Hay vida en la Tierra? no son relatos, sino crónicas o columnas periodísticas, que es un género que tiene algo que ver con el relato pero no es exactamente lo mismo. En realidad la crónica, tal y como la maneja Villoro, está a medio camino entre la narración costumbrista, el relato fantástico y la reflexión antropológica: hay en el libro espacio para retratar al mexicano prototípico (orgulloso, desconfiado, impuntual, formalísimo), pero también para hablarnos de galletas chinas de la suerte, de apagones en Ciudad de México, de dobles de Borges, de apuestas desorbitadas, de cenas con amigos...

Aunque son textos independientes desarrollados a partir de un tema o una anécdota individual, también pueden hasta cierto punto ser leídos como un ciclo, porque hay personajes que se repiten (la madre del narrador, inolvidable, o amigos como Chacho, los Glutamato o Frank...), porque las historias de unas crónicas se aluden en otras, y sobre todo por la personalidad central del narrador, el propio Villoro, que se muestra a ridículo, humilde, comunicativo, simpático, dando cuerpo a la voz común de todos los textos.

De hecho, sin duda lo mejor que tienen estas crónicas de Villoro es su ingenio, su tono bienhumorado. Incluso cuando critica aspectos de la sociedad mexicana, o de la especie humana en general, lo hace con humor, con una ironía no demasiado corrosiva. Y tiene además ocasionales destellos que casi son greguerías, como cuando dice que en algunas casas de México hace tanto frío que si se abre la puerta se enfría la calle, o que cierto crítico "en cada texto comía vidrio y decía por qué no le gustaba" (lo cual me hace pensar en ciertos críticos literarios y cinematográficos que todos conocemos).

Creo que este no es un libro para leer todo seguido: es un libro para tener en la mesilla o, ejem, en el váter, leer un par de crónicas o tres de vez en cuando, y alternarlo con lecturas más enjundiosas. Las crónicas son entretenidas, incluso divertidas a veces, pero leer cien de ellas de una vez puede provocar un empacho, porque terminan por resultar repetitivas, y su aire desenfadado e incluso banal llega también a cansar después de unas cuantas páginas. Fueron textos pensados originariamente para ser publicados en periódicos, y quizás sea ese el contexto que más los favorece: leídos como respiro ligero a la triste gravedad de las noticias cotidianas, y con cierto espacio entre una y otra que dé tiempo a quedarse con ganas de más.

También de Juan Villoro en Unlibroaldía: Arrecife, Dios es redondo, El testigo